|

Adviento quiere decir
«venida»
1- Estamos ya habituados al
término «adviento»; sabemos qué significa; pero precisamente por el hecho de
estar tan familiarizados con él, quizá no llegamos a captar toda la riqueza que
encierra dicho concepto.
Adviento quiere decir
«venida».
Por lo tanto, debemos
preguntarnos: ¿Quién es el que viene?, y ¿para quién viene?
En seguida encontramos la
respuesta a esta pregunta. Hasta los niños saben que es Jesús quien viene para
ellos y para todos los hombres. Viene una noche en Belén, nace en una gruta que
se utilizaba como establo para el ganado.
Esto lo saben los niños, lo
saben también los adultos que participan de la alegría de los niños y parece que
se hacen niños ellos también la noche de Navidad. Sin embargo, muchos son los
interrogantes que se plantean. E1 hombre tiene el derecho, e incluso el deber,
de preguntar para saber. Hay asimismo quienes dudan y parecen ajenos a la verdad
que encierra la Navidad, aunque participen de su alegría.
Precisamente para esto
disponemos del tiempo de Adviento, para que podamos penetrar en esta verdad
esencial del cristianismo cada año de nuevo.
2. La verdad del
cristianismo corresponde a dos realidades fundamentales que no podemos perder
nunca de vista. Las dos están estrechamente relacionadas entre sí. Y justamente
este vínculo íntimo, hasta el punto de que una realidad parece explicar la otra,
es la nota característica del cristianismo. La primera realidad se llama «Dios»,
y la segunda, «el hombre». El cristianismo brota de una relación particular
recíproca entre Dios y el hombre. En los últimos tiempos —en especial durante el
concilio Vaticano II— se discutía mucho sobre si dicha relación es teocéntrica o
antropocéntrica. Si seguimos considerando por separado los dos términos de la
cuestión, jamás se obtendrá una respuesta satisfactoria a esta pregunta. En
efecto, el cristianismo es antropocéntrico precisamente porque es plenamente
teocéntrico; y al mismo tiempo es teocéntrico gracias a su antropocentrismo
singular.
Pero es cabalmente el
misterio de la Encarnación el que explica por sí mismo esta relación.
Y justamente por esto el
cristianismo no es sólo una «religión de adviento», sino el Adviento mismo. El
cristianismo vive el misterio de la venida real de Dios hacia el hombre, y de
esta realidad palpita y late constantemente. Esta es sencillamente la vida misma
del cristianismo. Se trata de una realidad profunda y sencilla a un tiempo, que
resulta cercana a la comprensión y a la sensibilidad de todos los hombres y
sobre todo de quien sabe hacerse niño con ocasión de la noche de Navidad. No en
vano dijo Jesús una vez: «Si no os volviereis y os hiciereis como niños, no
entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3).
3. Para comprender hasta el
fondo esta doble realidad de la que cada día late y palpita el cristianismo, hay
que remontarse hasta los comienzos mismos de la Revelación o, mejor, hasta los
comienzos casi del pensamiento humano.
En los comienzos del pensar humano pueden darse
concepciones diferentes; el pensar de cada individuo tiene la propia historia en
su vida, ya desde la infancia. Sin embargo, hablando del «comienzo» no nos
proponemos tratar propiamente de la historia del pensamiento. En cambio,
queremos dejar constancia de que en las bases mismas del pensar, es decir, en
sus fuentes, se encuentran el concepto de «Dios» y el concepto de «hombre». A
veces están recubiertos por un estrato de otros muchos conceptos distintos
(sobre todo en la actual civilización, de «cosificación materialista» e incluso
«tecnocrática») ; pero ello no significa que aquellos conceptos no existan o no
estén en la base de nuestro pensar. Incluso el sistema ateo más elaborado sólo
tiene un sentido en el caso de que se presuponga que conoce el significado de la
idea de «Theos», es decir, Dios. A este propósito, la constitución pastoral del
Vaticano II nos enseña justamente que muchas formas de ateísmo se derivan de que
falta una relación adecuada con este concepto de Dios. Por ello, dichas formas
son, o al menos pueden serlo, negaciones de algo o, más bien, de Algún otro que
no corresponde al Dios verdadero.
- En los comienzos de la Revelación
4. El Adviento —en cuanto tiempo litúrgico del
año eclesial— nos remonta a los comienzos de la Revelación. Y precisamente en
los comienzos nos encontramos en seguida con la vinculación fundamental de estas
dos realidades: Dios y el hombre.
Tomando el primer libro de
la Sagrada Escritura, esto es el Génesis, se comienza leyendo estas palabras: Beresit bara: «Al principio creó... » . Sigue luego el nombre de Dios, que
en este texto bíblico suena «Elohim». A1 principio creó, y el que creó es Dios.
Estas tres palabras constituyen como el umbral de la Revelación. A1 principio
del libro del Génesis se define a Dios no sólo con el nombre de «Elohim»; otros
pasajes de este libro utilizan también el nombre de «Yavé». Habla de Él aún más
claramente el verbo «creó». En efecto, este verbo revela a Dios, quién es Dios.
Expresa su sustancia, no tanto en sí misma cuanto en relación con el mundo, o
sea con el conjunto de las criaturas sujetas a las leyes del tiempo y del
espacio. El complemento circunstancial «al principio» señala a Dios como Aquel
que es antes de este principio, Aquel que no está limitado ni por el tiempo ni
por el espacio, y que «crea», es decir, que «da comienzo» a todo lo que no es.
Dios, lo que constituye el
mundo visible e invisible (según el Génesis: el cielo y la tierra). En este
contexto, el verbo «creó» dice acerca de Dios, en primer lugar, que Él mismo
existe, que es, que É1 es la plenitud del ser, que tal plenitud se manifiesta
como Omnipotencia, y que esta Omnipotencia es a un tiempo Sabiduría y Amor. Esto
es lo que nos dice de Dios la primera frase de la Sagrada Escritura. De este
modo se forma en nuestro entendimiento el concepto de «Dios», si nos queremos
referir a los comienzos de la Revelación.
Sería significativo examinar
la relación en que está el concepto de «Dios», tal como lo encontramos en los
comienzos de la Revelación, con el que encontramos en la base del pensar humano
(incluso en el caso de la negación de Dios, es decir, del ateísmo). Pero hoy no
nos proponemos desarrollar este tema.
- Las bases del cristianismo
5. En cambio, sí queremos
hacer constar que en los comienzos de la Revelación —en el mismo libro del
Génesis—, y ya en el primer capítulo, encontramos la verdad fundamental acerca
del hombre, que Dios (Elohim) crea a su «imagen y semejanza». Leemos en él: «Díjose
entonces Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza» (Gén
1, 26), y a continuación: «Creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de
Dios lo creó, y los creó macho y hembra» (Gén 1, 27).
Sobre el problema del hombre volveremos el
miércoles próximo. Pero hoy debemos señalar esta relación particular entre Dios
y su imagen, es decir, el hombre.
Esta relación nos ilumina las bases mismas del
cristianismo.
Nos permite además dar una respuesta fundamental
a dos preguntas: primera, ¿qué significa «el Adviento»?; y segunda, ¿por qué
precisamente «el Adviento» forma parte de la sustancia misma del cristianismo?
Estas preguntas las dejo a vuestra reflexión.
Volveremos sobre ellas en nuestras meditaciones futuras y más de una vez. La
realidad del Adviento está llena de la más profunda verdad sobre Dios y sobre el
hombre.
Juan Pablo II
|