EXHORTACION APOSTOLICA
DEL SUMO PONTIFICE JUAN PABLO II SOBRE LA FIGURA Y LA MISION DE
SAN JOSE
EN LA VIDA DE CRISTO Y DE LA IGLESA
Introducción [n. 1]
I. El marco evangélico [nn. 2-3]
El matrimonio con María [n.2]
II. El depositario del misterio de Dios [nn. 4-16]
El servicio de la paternidad [n. 7]
El censo [n. 9]
El nacimiento en Belén [n. 10]
La circuncisión [n. 11]
La imposición del nombre [n. 12]
La presentación de Jesús en el templo [n. 13]
La huida a Egipto [n. 14]
Jesús en el templo [n. 15]
El mantenimiento y educación de Jesús en Nazaret [n. 16]
III. El varón justo - el esposo [nn. 17-21]
IV. El trabajo expresión del amor [nn. 22-24]
V. El primado de la vida interior [nn. 25-27]
VI. Patrono de la Iglesia de nuestro tiempo [nn. 28-32]
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A los Obispos
A los Sacerdotes y Diáconos
A los Religiosos y Religiosas
A todos los fieles
INTRODUCCION
1. Llamado a ser el Custodio del Redentor, "José... hizo como el
ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer" (Mt
1, 24). Desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia,
inspirándose en el Evangelio, han subrayado que san José, al
igual que cuidó amorosamente de María y se dedicó con gozoso
empeño a la educación de Jesucristo (1), también custodia y
protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa
es figura y modelo. En el centenario de la publicación de la
Carta Encíclica Quamquam pluries del Papa León XIII (2), y
siguiendo la huella de la secular veneración a san José, deseo
presentar a la consideración de vosotros, queridos hermanos y
hermanas, algunas reflexiones sobre aquél al cual Dios "confió
la custodia de sus tesoros más preciosos" (3). Con profunda
alegría cumple este deber pastoral, para que en todos crezca la
devoción al Patrono de la Iglesia universal y el amor al
Redentor, al que él sirvió ejemplarmente. De este modo, todo el
pueblo cristiano no sólo recurrirá con mayor fervor a san José e
invocará confiado su patrocinio, sino que tendrá siempre
presente ante sus ojos su humilde y maduro modo de servir, así
como de "participar" en la economía de la salvación (4).
Considero, en efecto, que el volver a reflexionar sobre la
participación del Esposo de María en el misterio divino
consentirá a la Iglesia, en camino hacia el futuro junto con
toda la humanidad, encontrar continuamente su identidad en el
ámbito del designio redentor, que tiene su fundamento en el
misterio de la Encarnación. Precisamente José de Nazaret
"participó" en este misterio como ninguna otra persona, a
excepción de María, la Madre del Verbo Encarnado. El participó
en este misterio junto con ella, comprometido en la realidad del
mismo hecho salvífico, siendo depositario del mismo amor, por
cuyo poder el eterno Padre "nos predestinó a la adopción de
hijos suyos por Jesucristo" (Ef 1, 5).
I
EL MARCO EVANGELICO
El matrimonio con María
2. "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu
mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará
a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él
salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 20-21). En estas
palabras se halla el núcleo central de la verdad bíblica sobre
san José, el momento de su existencia al que se refieren
particularmente los Padres de la Iglesia. El Evangelista Mateo
explica el significado de este momento, delineando también como
José lo ha vivido. Sin embargo, para comprender plenamente el
contenido y el contexto, es importante tener presente el texto
paralelo del Evangelio de Lucas. En efecto, en relación con el
versículo que dice: "La generación de Jesucristo fue de esta
manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de
empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del
Espíritu Santo" (Mt 1, 18), el origen de la gestación de María
"por obra del Espíritu Santo" encuentra una descripción más
amplia y explícita en el versículo que se lee en Lucas sobre la
anunciación del nacimiento de Jesús: "Fue enviado por Dios el
ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una
virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de
David; el nombre de la virgen era María" (Lc 1, 26-27). Las
palabras del ángel: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está
contigo" (Lc 1, 28), provocaron una turbación interior en María
y, a la vez, le llevaron a la reflexión. Entonces el mensajero
tranquiliza a la Virgen y, al mismo tiempo, le revela el
designio especial de Dios referente a ella misma: "No temas,
María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir
en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre
Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el
Señor Dios le dará el trono de David, su padre" (Lc 1, 30-32).
El evangelista había afirmado poco antes que, en el momento de
la anunciación, María estaba "desposada con un hombre llamado
José, de la casa de David". La naturaleza de este "desposorio"
es explicada indirectamente, cuando María, después de haber
escuchado lo que el mensajero había dicho sobre el nacimiento
del hijo, pregunta: "¿Cómo será esto, puesto que no conozco
varón?" (Lc 1, 34). Entonces le llega esta respuesta: "El
Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te
cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y
será llamado Hijo de Dios" (Lc 1, 35). María, si bien ya estaba
"desposada" con José, permanecerá virgen, porque el niño,
concebido en su seno desde la anunciación, había sido concebido
por obra del Espíritu Santo. En este punto el texto de Lucas
coincide con el de Mateo 1, 18 y sirve para explicar lo que en
él se lee. Si María, después del desposorio con José, se halló
"encinta por obra del Espíritu Santo", este hecho corresponde a
todo el contenido de la anunciación y, de modo particular, a las
últimas palabras pronunciadas por María: "Hágase en mí según tu
palabra" (Lc 1, 38). Respondiendo al claro designio de Dios,
María con el paso de los días y de las semanas se manifiesta
ante la gente y ante José "encinta", como aquella que debe dar a
luz y lleva consigo el misterio de la maternidad.
3. A la vista de esto "su marido José, como era justo y no
quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto" (/Mt/01/19),
pues no sabía cómo comportarse ante la "sorprendente" maternidad
de María. Ciertamente buscaba una respuesta a la inquietante
pregunta, pero, sobre todo, buscaba una salida a aquella
situación tan difícil para él. Por tanto, cuando "reflexionaba
sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del
Señor y le dijo: "José, hijo de David, no temas recibir en tu
casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del
Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre
Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 20-21).
Existe una profunda analogía entre la "anunciación" del texto de
Mateo y la del texto de Lucas. El mensajero divino introduce a
José en el misterio de la maternidad de María. La que según la
ley es su "esposa", permaneciendo virgen, se ha convertido en
madre por obra del Espíritu Santo. Y cuando el Hijo, llevado en
el seno por María, venga al mundo, recibirá el nombre de Jesús.
Era éste un nombre conocido entre los israelitas y, a veces, se
ponía a los hijos. En este caso, sin embargo, se trata del Hijo
que, según la promesa divina, cumplirá plenamente el significado
de este nombre: Jesús-Yehosua", que significa, Dios salva.
El mensajero se dirige a José como al "esposo de María", aquel
que, a su debido tiempo, tendrá que imponer ese nombre al Hijo
que nacerá de la Virgen de Nazaret, desposada con él. El
mensajero se dirige, por tanto, a José confiándole la tarea de
un padre terreno respecto al Hijo de María. "Despertado José del
sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó
consigo a su mujer" (Mt 1, 24). El la tomó en todo el misterio
de su maternidad; la tomó junto con el Hijo que llegaría al
mundo por obra del Espíritu Santo, demostrando de tal modo una
disponibilidad de voluntad, semejante a la de María, en orden a
lo que Dios le pedía por medio de su mensajero.
II
EL DEPOSITARIO DEL MISTERIO DE DIOS
4. Cuando María, poco después de la anunciación, se dirigió a la
casa de Zacarías para visitar a su pariente Isabel, mientras la
saludaba oyó las palabras pronunciadas por Isabel "llena de
Espíritu Santo" (Lc 1, 41). Además de las palabras relacionadas
con el saludo del ángel en la anunciación, Isabel dijo: "¡Feliz
la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron
dichas de parte del Señor!" (Lc 1, 45). Estas palabras han sido
el pensamiento-guía de la encíclica Redemptoris Mater, con la
cual he pretendido profundizar en las enseñanzas del Concilio
Vaticano II que afirma: "La Bienaventurada Virgen avanzó en la
peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo
hasta la cruz" (5) y "precedió" (6) a todos los que, mediante la
fe, siguen a Cristo. Ahora, al comienzo de esta peregrinación,
la fe de María se encuentra con la fe de José. Si Isabel dijo de
la Madre del Redentor: "Feliz la que ha creído", en cierto
sentido se puede aplicar esta bienaventuranza a José, porque él
respondió afirmativamente a la Palabra de Dios, cuando le fue
transmitida en aquel momento decisivo. En honor a la verdad,
José no respondió al "anuncio" del ángel como María; pero hizo
como le había ordenado el ángel del Señor y tomó consigo a su
esposa. Lo que él hizo es genuina "obediencia de la fe" (cf. Rom
1, 5; 16, 26; 2Cor 10, 5-6).
Se puede decir que lo que hizo José le unió en modo
particularísimo a la fe de María. Aceptó como verdad proveniente
de Dios lo que ella ya había aceptado en la anunciación. El
Concilio dice al respecto: "Cuando Dios revela hay que prestarle
"la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía libre y
totalmente a Dios, prestando a Dios revelador el homenaje del
entendimiento y de la voluntad y asintiendo voluntariamente a la
revelación hecha por él" (7). La frase anteriormente citada, que
concierne a la esencia misma de la fe, se refiere plenamente a
José de Nazaret.
5. El, por tanto, se convirtió en el depositario singular del
misterio "escondido desde siglos en Dios" (cf. Ef 3, 9), lo
mismo que se convirtió María en aquel momento decisivo que el
Apóstol llama "la plenitud de los tiempos", cuando "envió Dios a
su Hijo, nacido de mujer" para "rescatar a los que se hallaban
bajo la ley", "para que recibieran la filiación adoptiva" (cf.
Gál 4, 4-5). "Dispuso Dios -afirma el Concilio- en su sabiduría
revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad
(cf. Ef 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de
Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu
Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Ef 2,
18; 2Pe 1, 4)". (8) De este misterio divino José es, junto con
María, el primer depositario. Con María -y también en relación
con María- él participa en esta fase culminante de la
autorrevelación de Dios en Cristo, y participa desde el primer
instante. Teniendo a la vista el texto de ambos evangelistas
Mateo y Lucas, se puede decir también que José es el primero en
participar de la fe de la Madre de Dios, y que, haciéndolo así,
sostiene a su esposa en la fe de la divina anunciación. El es
asimismo el que ha sido puesto en primer lugar por Dios en la
vía de la "peregrinación de la fe", a través de la cual, María,
sobre todo en el Calvario y en Pentecostés, precedió de forma
eminente y singular. (9)
6. La vía propia de José, su peregrinación de la fe, se
concluirá antes, es decir, antes de que María se detenga ante la
Cruz en el Gólgota y antes de que Ella, una vez vuelto Cristo al
Padre, se encuentre en el Cenáculo de Pentecostés el día de la
manifestación de la Iglesia al mundo, nacida mediante el poder
del Espíritu de verdad. Sin embargo, la vía de la fe de José
sigue la misma dirección, queda totalmente determinada por el
mismo misterio del que él junto con María se había convertido en
el primer depositario. La encarnación y la redención constituyen
una unidad orgánica e indisoluble, donde el "plan de la
revelación se realiza con palabras y gestos intrínsecamente
conexos entre sí" (10). Precisamente por esta unidad el Papa
Juan XXIII, que tenía una gran devoción a san José, estableció
que en el Canon romano de la Misa, memorial perpetuo de la
redención, se incluyera su nombre junto al de María, y antes del
de los Apóstoles, de los Sumos Pontífices y de los Mártires.
(11)
El servicio de la paternidad
7. Como se deduce de los textos evangélicos, el matrimonio con
María es el fundamento jurídico de la paternidad de José. Es
para asegurar la protección paterna a Jesús por lo que Dios
elige a José como esposo de María. Se sigue de esto que la
paternidad de José -una relación que lo sitúa lo más cerca
posible de Jesús, término de toda elección y predestinación (cf.
Rom 8, 28 s.)- pasa a través del matrimonio con María, es decir,
a través de la familia. Los evangelistas, aun afirmando
claramente que Jesús ha sido concebido por obra del Espíritu
Santo y que en aquel matrimonio se ha conservado la virginidad
(cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38), llaman a José esposo de María y
a María esposa de José (cf. Mt 1, 16. 18-20. 24; Lc 1, 27; 2,
5).
Y también para la Iglesia, si es importante profesar la
concepción virginal de Jesús, no lo es menos defender el
matrimonio de María con José, porque jurídicamente depende de
este matrimonio la paternidad de José. De aquí se comprende por
qué las generaciones han sido enumeradas según la genealogía de
José. "¿Por qué -se pregunta san Agustín- no debían serlo a
través de José? ¿No era tal vez José el marido de María? (...)
La Escritura afirma, por medio de la autoridad angélica, que él
era el marido. No temas, dice, recibir en tu casa a María, tu
esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Se
le ordena poner el nombre del niño, aunque no fuera fruto suyo.
Ella, añade, dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre
Jesús. La Escritura sabe que Jesús no ha nacido de la semilla de
José, porque a él, preocupado por el origen de la gravidez de
ella, se le ha dicho: es obra del Espíritu Santo. Y, no
obstante, no se le quita la autoridad paterna, visto que se le
ordena poner el nombre al niño. Finalmente, aun la misma Virgen
María, plenamente consciente de no haber concebido a Cristo por
medio de la unión conyugal con él, le llama sin embargo padre de
Cristo" (12).
El hijo de María es también hijo de José en virtud del vínculo
matrimonial que les une: "A raíz de aquel matrimonio fiel ambos
merecieron ser llamados padres de Cristo; no sólo aquella madre,
sino también aquel padre, del mismo modo que era esposo de su
madre, ambos por medio de la mente, no de la carne" (13). En
este matrimonio, no faltaron los requisitos necesarios para su
constitución: "En los padres de Cristo se han cumplido todos los
bienes del matrimonio: la prole, la fidelidad y el sacramento.
Conocemos la prole, que es el mismo Señor Jesús; la fidelidad,
porque no existe adulterio; el sacramento, porque no hay
divorcio" (14).
Analizando la naturaleza del matrimonio, tanto san Agustín como
santo Tomás la ponen siempre en la "indivisible unión
espiritual", en la "unión de los corazones", en el
"consentimiento" (15), elementos que en aquel matrimonio se han
manifestado de modo ejemplar. En el momento culminante de la
historia de la salvación, cuando Dios revela su amor a la
humanidad mediante el don del Verbo, es precisamente el
matrimonio de María y José el que realiza en plena "libertad" el
"don esponsal de sí" al acoger y expresar tal amor (16). "En
esta grande obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el
matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad
nueva, en un sacramento de la nueva Alianza. Y he aquí que en el
umbral del Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo,
hay una pareja. Pero, mientras la de Adán y Eva había sido
fuente del mal que ha inundado al mundo, la de José y María
constituye el vértice, por medio del cual la santidad se esparce
por toda la tierra. El Salvador ha iniciado la obra de la
salvación con esta unión virginal y santa, en la que se
manifiesta su omnipotente voluntad de purificar y santificar la
familia, santuario de amor y cuna de la vida" (17).
¡Cuántas enseñanzas se derivan de todo esto para la familia!
Porque "la esencia y el cometido de la familia son definidos en
última instancia por el amor" y "la familia recibe la misión de
custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y
participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor
de Cristo Señor por la Iglesia su esposa" (18); es en la Sagrada
Familia, en esta originaria "iglesia doméstica" (19), donde
todas las familias cristianas deben mirarse. En efecto, "por un
misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años
el Hijo de Dios: es pues el prototipo y ejemplo de todas las
familias cristianas" (20).
8. San José ha sido llamado por Dios para servir directamente a
la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su
paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los
tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente
"ministro de la salvación" (21). Su paternidad se ha expresado
concretamente "al haber hecho de su vida un servicio, un
sacrificio, al misterio de la encarnación y a la misión
redentora que está unida a él; al haber hecho uso de la
autoridad legal, que le correspondía sobre la Sagrada Familia,
para hacerle don total de sí, de su vida y de su trabajo; al
haber convertido su vocación humana al amor doméstico con la
oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad,
en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa"
(22). La liturgia, al recordar que han sido confiados "a la fiel
custodia de san José los primeros misterios de la salvación de
los hombres" (23), precisa también que "Dios le ha puesto al
cuidado de su familia, como siervo fiel y prudente, para que
custodiara como padre a su Hijo unigénito" (24). León XIII
subraya la sublimidad de esta misión: "El se impone entre todos
por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue
custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de
Dios. De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a
José, le obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia
que los hijos deben a su propio padre" (25).
Al no ser concebible que a una misión tan sublime no
correspondan las cualidades exigidas para llevarla a cabo de
forma adecuada, es necesario reconocer que José tuvo hacia Jesús
"por don especial del cielo, todo aquel amor natural, toda
aquella afectuosa solicitud que el corazón de un padre pueda
conocer" (26). Con la potestad paterna sobre Jesús, Dios ha
otorgado también a José el amor correspondiente, aquel amor que
tiene su fuente en el Padre, "de quien toma nombre toda familia
en el cielo y en la tierra" (Ef 3, 15). En los Evangelios se
expone claramente la tarea paterna de José respecto a Jesús. De
hecho, la salvación, que pasa a través de la humanidad de Jesús,
se realiza en los gestos que forman parte diariamente de la vida
familiar, respetando aquella "condescendencia" inherente a la
economía de la encarnación. Los Evangelistas están muy atentos
en mostrar cómo en la vida de Jesús nada se deja a la casualidad
y todo se desarrolla según un plan divinamente preestablecido.
La fórmula repetida a menudo: "Así sucedió, para que se
cumplieran..." y la referencia del acontecimiento descrito a un
texto del Antiguo Testamento, tienden a subrayar la unidad y la
continuidad del proyecto, que alcanza en Cristo su cumplimiento.
Con la encarnación las "promesas" y la "figuras" del Antiguo
Testamento se hacen "realidad": lugares, personas, hechos y
ritos se entremezclan según precisas órdenes divinas,
transmitidas mediante el ministerio angélico y recibidos por
criaturas particularmente sensibles a la voz de Dios. María es
la humilde sierva del Señor, preparada desde la eternidad para
la misión de ser Madre de Dios; José es aquel que Dios ha
elegido para ser "el coordinador del nacimiento del Señor" (27),
aquél que tiene el encargo de proveer a la inserción "ordenada"
del Hijo de Dios en el mundo, en el respeto de las disposiciones
divinas y de las leyes humanas. Toda la vida, tanto "privada"
como "escondida" de Jesús ha sido confiada a su custodia.
El censo
9. Dirigiéndose a Belén para el censo, de acuerdo con las
disposiciones emanadas por la autoridad legítima, José, respecto
al niño, cumplió la tarea importante y significativa de
inscribir oficialmente el nombre "Jesús, hijo de José de Nazaret"
(cf. Jn 1, 45) en el registro del Imperio. Esta inscripción
manifiesta de modo evidente la pertenencia de Jesús al género
humano, hombre entre los hombres, ciudadano de este mundo,
sujeto a las leyes e instituciones civiles, pero también
"salvador del mundo". Orígenes describe acertadamente el
significado teológico inherente a este hecho histórico,
ciertamente nada marginal: "Dado que el primer censo de toda la
tierra acaeció bajo César Augusto y, como todos los demás,
también José se hizo registrar junto con María su esposa, que
estaba encinta, Jesús nació antes de que el censo se hubiera
llevado a cabo; a quien considere esto con profunda atención, le
parecerá ver una especie de misterio en el hecho de que en la
declaración de toda la tierra debiera ser censado Cristo. De
este modo, registrado con todos, podía santificar a todos;
inscrito en el censo con toda la tierra, a la tierra ofrecía la
comunión consigo; y después de esta declaración escribía a todos
los hombres de la tierra en el libro de los vivos, de modo que
cuantos hubieran creído en él, fueran luego registrados en el
cielo con los Santos de Aquel a quien se debe la gloria y el
poder por los siglos de los siglos. Amén" (28).
El nacimiento en Belén
10. Como depositarios del misterio "escondido desde siglos en
Dios" y que empieza a realizarse ante sus ojos "en la plenitud
de los tiempos", José es con María, en la noche de Belén,
testigo privilegiado de la venida del Hijo de Dios al mundo. Así
lo narra Lucas: "Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se
le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz su hijo
primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre,
porque no tenían sitio en el alojamiento" (Lc 2, 6-7). José fue
testigo ocular de este nacimiento, acaecida en condiciones
humanamente humillantes, primer anuncio de aquel "anonadamiento"
(Flp 2, 5-8), al que Cristo libremente consintió para redimir
los pecados. Al mismo tiempo José fue testigo de la adoración de
los pastores, llegados al lugar del nacimiento de Jesús después
de que el ángel les había traído esta grande y gozosa nueva (cf.
Lc 2, 15-16); más tarde fue también testigo de la adoración de
los Magos, venidos de Oriente (cf. Mt 2, 11).
La circuncisión
11. Siendo la circuncisión del hijo el primer deber religioso
del padre, José con este rito (cf. Lc 2, 21) ejercita su
derecho-deber respecto a Jesús. El principio según el cual todos
los ritos del Antiguo Testamento son una sombra de la realidad
(cf. Heb 9, 9 s.; 10, 1), explica el por qué Jesús los acepta.
Como para los otros ritos, también el de la circuncisión halla
en Jesús el "cumplimiento". La Alianza de Dios con Abrahán, de
la cual la circuncisión era signo (cf. Jn 17, 13), alcanza en
Jesús su pleno efecto y su perfecta realización, siendo Jesús el
"sí" de todas las antiguas promesas (cf. 2Cor 1, 20).
La imposición del nombre
12. En la circuncisión, José impone al niño el nombre de Jesús.
Este nombre es el único en el que se halla la salvación (cf.
Hech 4, 12); y a José le había sido revelado el significado en
el instante de su "anunciación": "Y tú le pondrás por nombre
Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21).
Al imponer el nombre, José declara su paternidad legal sobre
Jesús y, al proclamar el nombre, proclama también su misión
salvadora.
La presentación de Jesús en el templo
13. Este rito, narrado por Lucas (2, 2 ss.), incluye el rescate
del primogénito e ilumina la posterior permanencia de Jesús a
los doce años de edad en el templo. El rescate del primogénito
es otro deber del padre, que es cumplido por José. En el
primogénito estaba representado el pueblo de la Alianza,
rescatado por la esclavitud para pertenecer a Dios. También en
esto, Jesús, que es el verdadero "precio" del rescate (cf. 1Cor
6, 20; 7, 23; 1Pe 1, 19), no sólo "cumple" el rito del Antiguo
Testamento, sino que, al mismo tiempo, lo supera, al no ser él
mismo un sujeto de rescate, sino el autor mismo del rescate. El
Evangelista pone de manifiesto que "su padre y su madre estaban
admirados de lo que se decía de él" (Lc 2, 33), y, de modo
particular, de lo dicho por Simeón, en su canto dirigido a Dios,
al indicar a Jesús como la "salvación preparada por Dios a la
vista de todos los pueblos" y "luz para iluminar a los gentiles
y gloria de su pueblo Israel" y, más adelante, también "señal de
contradicción" (cf. Lc 2, 30-34).
La huida a Egipto
14. Después de la presentación en el templo el evangelista Lucas
hace notar: "Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del
Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño
crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de
Dios estaba sobre él" (Lc 2, 39-40). Pero, según el texto de
Mateo, antes de este regreso a Galilea, hay que situar un
acontecimiento muy importante, para el que la Providencia divina
recurre nuevamente a José. Leemos: "Después que ellos (los
Magos) se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a
José y le dijo: "Levántate, toma contigo al niño y a su madre y
huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque
Herodes va a buscar el niño para matarle""(Mt 2, 13). Con
ocasión de la venida de los Magos de Oriente, Herodes supo del
nacimiento del "rey de los judíos" (Mt 2, 2). Y cuando partieron
los Magos él "envió a matar a todos los niños de Belén y de toda
la comarca, de dos años para abajo" (Mt 2, 16). De este modo,
matando a todos, quería matar a aquel recién nacido "rey de los
judíos", de quien había tenido conocimiento durante la visita de
los magos a su corte. Entonces José, habiendo sido advertido en
sueños, "tomó al niño y a su madre y se retiró a Egipto; y
estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el
oráculo del Señor por medio del profeta: "De Egipto llamé a mi
hijo"" (Mt 2, 14-15; cf. Os 11, 1). De este modo, el camino de
regreso de Jesús desde Belén a Nazaret pasó a través de Egipto.
Así como Israel había tomado la vía del éxodo "en condición de
esclavitud" para iniciar la Antigua Alianza, José, depositario y
cooperador del misterio providencial de Dios, custodia también
en el exilio a aquel que realiza la Nueva Alianza.
Jesús en el templo
15. Desde el momento de la anunciación, José, junto con María,
se encontró en cierto sentido en la intimidad del misterio
escondido desde siglos en Dios, y que se encarnó: "Y la Palabra
se hizo carne, y puso su morada entre nosotros" (Jn 1, 14). El
habitó entre los hombres, y el ámbito de su morada fue la
Sagrada Familia de Nazaret, una de tantas familias de esta aldea
de Galilea, una de tantas familias de Israel. Allí Jesús "crecía
y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios
estaba con él" (Lc 2, 40). Los Evangelios compendian en pocas
palabras el largo periodo de la vida "oculta", durante el cual
Jesús se preparaba a su misión mesiánica. Un solo episodio se
sustrae a este "ocultamiento", que es descrito en el Evangelio
de Lucas: la Pascua de Jerusalén, cuando Jesús tenía doce años.
Jesús participó en esta fiesta como joven peregrino junto con
María y José. Y he aquí que "pasados los días, el niño Jesús se
quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres" (Lc 2, 43). Pasado
un día se dieron cuenta e iniciaron la búsqueda entre los
parientes y conocidos: "Al cabo de tres días, lo encontraron en
el templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y
preguntándoles. Todos los que le oían estaban estupefactos por
su inteligencia y sus respuestas" (Lc 2, 46-47). María le
pregunta: "Hijo ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y
yo, angustiados, te andábamos buscando" (Lc 2, 48). La respuesta
de Jesús fue tal que "ellos no comprendieron". El les había
dicho: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabéis que yo debía ocuparme
en las cosas de mi Padre?" (Lc 2, 49-50). Esta respuesta la oyó
José, a quien María se había referido poco antes llamándole "tu
padre". Y así es lo que se decía y pensaba: "Jesús... era, según
se creía, hijo de José" (Lc 3, 23). No obstante, la respuesta de
Jesús en el templo habría reafirmado en la conciencia del
"presunto padre" lo que éste había oído una noche doce años
antes: "José... no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque
lo engendrado en ella es del Espíritu Santo" (Mt 1, 20). Ya
desde entonces, él sabía que era depositario del misterio de
Dios, y Jesús en el templo evocó exactamente este misterio:
"Debo ocuparme en las cosas de mi Padre".
El mantenimiento y educación de Jesús en Nazaret
16. El crecimiento de Jesús "en sabiduría, edad y gracia" (Lc 2,
52) se desarrolla en el ámbito de la Sagrada Familia, a la vista
de José, que tenía la alta misión de "criarle", esto es,
alimentar, vestir e instruir a Jesús en la Ley y en un oficio,
como corresponde a los deberes propios del padre. En el
sacrificio eucarístico la Iglesia venera ante todo la memoria de
la gloriosa siempre Virgen María, pero también la del
bienaventurado José (29) porque "alimentó a aquel que los fieles
comerían como pan de vida eterna" (30). Por su parte, Jesús
"vivía sujeto a ellos" (Lc 2, 51), correspondiendo con el
respeto a las atenciones de sus "padres". De esta manera quiso
santificar los deberes de la familia y del trabajo que
desempeñaba al lado de José.
III
EL VARON JUSTO - EL ESPOSO
17. Durante su vida, que fue una peregrinación en la fe, José,
al igual que María, permaneció fiel a la llamada de dios hasta
el final. La vida de ella fue el cumplimiento hasta sus últimas
consecuencias de aquel primer "fiat" pronunciado en el momento
de la anunciación, mientras que José -como ya se ha dicho- en el
momento de su "anunciación" no pronunció palabra alguna.
Simplemente él "hizo como el ángel del Señor le había mandado" (Mt
1, 24). Y este primer "hizo" es el comienzo del "camino de
José". A lo largo de este camino; los Evangelios no citan
ninguna palabra dicha por él. Pero el silencio de José posee una
especial elocuencia: gracias a este silencio se puede leer
plenamente la verdad contenida en el juicio que de él da el
Evangelio: el "justo" (Mt 1, 19). Hace falta saber leer esta
verdad, porque ella contiene uno de los testimonios más
importantes acerca del hombre y de su vocación. En el transcurso
de las generaciones la Iglesia lee, de modo siempre atento y
consciente, dicho testimonio, casi como si sacase del tesoro de
esta figura insigne "lo nuevo y lo viejo" (Mt 13, 52).
18. El varón "justo" de Nazaret posee ante todo las
características propias del esposo. El Evangelista habla de
María como de "una virgen desposada con un hombre llamado José"
(Lc 1, 27). Antes de que comience a cumplirse "el misterio
escondido desde siglos" (Ef 3, 9) los Evangelios ponen ante
nuestros ojos la imagen del esposo y de la esposa. Según la
costumbre del pueblo hebreo, el matrimonio se realizaba en dos
etapas: primero se celebraba el matrimonio legal (verdadero
matrimonio) y, sólo después de un cierto periodo, el esposo
introducía en su casa a la esposa. Antes de vivir con María,
José era, por tanto, su "esposo"; pero María conservaba en su
intimidad el deseo de entregarse a Dios de modo exclusivo. Se
podría preguntar cómo se concilia este deseo con el
"matrimonio". La respuesta viene sólo del desarrollo de los
acontecimientos salvíficos, esto es, de la especial intervención
de Dios. Desde el momento de la anunciación, María sabe que debe
llevar a cabo su deseo virginal de darse a Dios de modo
exclusivo y total precisamente por el hecho de llegar a ser la
madre del Hijo de Dios. La maternidad por obra del Espíritu
Santo es la forma de donación que el mismo Dios espera de la
Virgen, "esposa prometida" de José. María pronuncia su "fiat"
El hecho de ser ella la "esposa prometida" de José está
contenido en el designio mismo de Dios. Así lo indican los dos
Evangelistas citados, pero de modo particular Mateo. Son muy
significativas las palabras dichas a José: "No temas en tomar
contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del
Espíritu Santo" (Mt 1, 20). Estas palabras explican el misterio
de la esposa de José: María es virgen en su maternidad. En ella
el "Hijo del Altísimo" asume un cuerpo humano y viene a ser "el
Hijo del hombre". Dios, dirigiéndose a José con las palabras del
ángel, se dirige a él al ser el esposo de la Virgen de Nazaret.
Lo que se ha cumplido en ella por obra del Espíritu Santo
expresa al mismo tiempo una especial confirmación del vínculo
esponsal, existente ya antes entre José y María. El mensajero
dice claramente a José: "No temas tomar contigo a María tu
mujer". Por tanto, lo que había tenido lugar antes -esto es, sus
desposorios con María- había sucedido por voluntad de Dios y,
consiguientemente, había que conservarlo. En su maternidad
divina María ha de continuar, viviendo como "una virgen, esposa
de un esposo" (cf. Lc 1, 27).
19. En las palabras de la "anunciación" nocturna, José escucha
no sólo la verdad divina acerca de la inefable vocación de su
esposa, sino que también vuelve a escuchar la verdad sobre su
propia vocación. Este hombre "justo", que en el espíritu de las
más nobles tradiciones del pueblo elegido amaba a la virgen de
Nazaret y se había unido a ella con amor esponsal, es llamado
nuevamente por Dios a este amor. "José hizo como el ángel del
Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer" (Mt 1, 24);
lo que en ella había sido engendrado "es del Espíritu Santo". A
la vista de estas expresiones, ¿no habrá que concluir que
también su amor como hombre ha sido regenerado por el Espíritu
Santo? ¿No habrá que pensar que el amor de Dios, que ha sido
derramado en el corazón humano por medio del Espíritu Santo (cf.
Rom 5, 5) configura de modo perfecto el amor humano? Este amor
de Dios forma también -y de modo muy singular- el amor esponsal
de los cónyuges, profundizando en él todo lo que tiene de
humanamente digno y bello, lo que lleva el signo del abandono
exclusivo, de la alianza de las personas y de la comunión
auténtica a ejemplo del Misterio trinitario. "José... tomó
consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un
hijo" (Mt 1, 24-25). Estas palabras indican también otra
proximidad esponsal. La profundidad de esta proximidad, es
decir, la intensidad espiritual de la unión y del contacto entre
personas -entre el hombre y la mujer- proviene en definitiva del
Espíritu Santo, que da la vida (cf. Jn 6, 63). José, obediente
al Espíritu, encontró justamente en El la fuente del amor, de su
amor esponsal de hombre, y este amor fue más grande que el que
aquel "varón justo" podía esperarse según la medida del propio
corazón humano.
20. En la liturgia se celebra a María como "unida a José, el
hombre justo, por un estrechísimo y virginal vínculo de amor"
(31). Se trata, en efecto, de dos amores que representan
conjuntamente el misterio de la Iglesia, virgen y esposa, la
cual encuentra en el matrimonio de María y José su propio
símbolo. "La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no
sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la
presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos
modos de expresar y vivir el único misterio de la Alianza de
Dios con su pueblo" (32), que es comunión de amor entre Dios y
los hombres.
Mediante el sacrificio total de sí mismo José expresa su
generoso amor hacia la Madre de Dios, haciéndole "don esponsal
de sí". Aunque decidido a retirarse para no obstaculizar el plan
de Dios que se estaba realizando en ella, él, por expresa orden
del ángel, la retiene consigo y respeta su pertenencia exclusiva
a Dios. Por otra parte, es precisamente del matrimonio con María
del que derivan para José su singular dignidad y sus derechos
sobre Jesús. "Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega
tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre
la beatísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay
duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de
Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más
que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y
amistad -al que de por sí va unida la comunión de bienes- se
sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo
ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad
y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por
medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella" (33).
21. Este vínculo de caridad constituyó la vida de la Sagrada
Familia, primero en la pobreza de Belén, luego en el exilio en
Egipto y, sucesivamente, en Nazaret. La Iglesia rodea de
profunda veneración a esta Familia, proponiéndola como modelo
para todas las familias. La Familia de Nazaret, inserta
directamente en el misterio de la encarnación, constituye un
misterio especial. Y -al igual que en la encarnación- a este
misterio pertenece también una verdadera paternidad: la forma
humana de la familia del Hijo de Dios, verdadera familia humana
formada por el misterio divino. En esta familia José es el
padre: no es la suya una paternidad derivada de la generación;
y, sin embargo, no es "aparente" o solamente "sustitutiva", sino
que posee plenamente la autenticidad de la paternidad humana y
de la misión paterna en la familia. En ello está contenida una
consecuencia de la unión hipostática: la humanidad asumida en la
unidad de la Persona divina del Verbo-Hijo, Jesucristo. Junto
con la asunción de la humanidad, en Cristo está también
"asumido" todo lo que es humano, en particular, la familia, como
primera dimensión de su existencia en la tierra. En este
contexto está también "asumida" la paternidad humana de José. En
base a este principio adquieren su justo significado las
palabras de María a Jesús en el templo: "Tu padre y yo... te
buscábamos". Esta no es una frase convencional; las palabras de
la Madre de Jesús indican toda la realidad de la encarnación,
que pertenece al misterio de la Familia de Nazaret. José, que
desde el principio aceptó mediante la "obediencia de la fe" su
paternidad humana respecto a Jesús, siguiendo la luz del
Espíritu Santo, que mediante la fe se da al hombre, descubría
ciertamente cada vez más el don inefable de su paternidad.
IV
EL TRABAJO EXPRESION DEL AMOR
22. Expresión cotidiana de este amor en la vida de la Familia de
Nazaret es el trabajo. El texto evangélico precisa el tipo de
trabajo con el que José trataba de asegurar el mantenimiento de
la Familia: el de carpintero. Esta simple palabra abarca toda la
vida de José. Para Jesús éstos son los años de la vida
escondida, de la que habla el evangelista tras el episodio
ocurrido en el templo: "Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía
sujeto a ellos" (Lc 2, 51). Esta "sumisión", es decir, la
obediencia de Jesús en la casa de Nazaret, es entendida también
como participación en el trabajo de José. El que era llamado el
"hijo del carpintero" había aprendido el trabajo de su "padre"
putativo. Si la Familia de Nazaret en el orden de la salvación y
de la santidad es ejemplo y modelo para las familias humanas, lo
es también análogamente el trabajo de Jesús al lado de José, el
carpintero. En nuestra época la Iglesia ha puesto también esto
de relieve con la fiesta litúrgica de San José Obrero, el 1 de
mayo. El trabajo humano y, en particular, el trabajo manual
tienen en el Evangelio un significado especial. Junto con la
humanidad del Hijo de Dios, el trabajo ha formado parte del
misterio de la encarnación, y también ha sido redimido de modo
particular. Gracias a su banco de trabajo sobre el que ejercía
su profesión con Jesús, José acercó el trabajo humano al
misterio de la redención.
23. En el crecimiento humano de Jesús "en sabiduría, edad y
gracia" representó una parte notable la virtud de la
laboriosidad, al ser "el trabajo un bien del hombre" que
"transforma la naturaleza" y que hace al hombre "en cierto
sentido más hombre" (34). La importancia del trabajo en la vida
del hombre requiere que se conozcan y asimilen aquellos
contenidos "que ayuden a todos los hombres a acercarse a través
de él a Dios, Creador y Redentor, a participar en sus planes
salvíficos respecto al hombre y al mundo y a profundizar en sus
vidas la amistad con Cristo, asumiendo mediante la fe una viva
participación en su triple misión de sacerdote, profeta y rey"
(35).
24. Se trata, en definitiva, de la santificación de la vida
cotidiana, que cada uno debe alcanzar según el propio estado y
que puede ser fomentada según un modelo accesible a todos: "San
José es el modelo de los humildes, que el cristianismo eleva a
grandes destinos; san José es la prueba de que para ser buenos y
auténticos seguidores de Cristo no se necesitan "grandes cosas",
sino que se requieren solamente las virtudes comunes, humanas,
sencillas, pero verdaderas y auténticas" (36).
V
EL PRIMADO DE LA VIDA INTERIOR
25. También el trabajo de carpintero en la casa de Nazaret está
envuelto por el mismo clima de silencio que acompaña todo lo
relacionado con la figura de José. Pero es un silencio que
descubre de modo especial el perfil interior de esta figura. Los
Evangelios hablan exclusivamente de lo que José "hizo"; sin
embargo permiten descubrir en sus "acciones" -ocultas por el
silencio- un clima de profunda contemplación. José estaba en
contacto cotidiano con el misterio "escondido desde siglos", que
"puso su morada" bajo el techo de su casa. Esto explica, por
ejemplo, por qué Santa Teresa de Jesús, la gran reformadora del
Carmelo contemplativo, se hizo promotora de la renovación del
culto a san José en la cristiandad occidental.
26. El sacrificio total, que José hizo de toda su existencia a
las exigencias de la venida del Mesías a su propia casa,
encuentra una razón adecuada "en su insondable vida interior, de
la que le llegan mandatos y consuelos singularísimos, y de donde
surge para él la lógica y la fuerza -propia de las almas
sencillas y limpias- para las grandes decisiones, como la de
poner enseguida a disposición de los designios divinos su
libertad, su legítima vocación humana, su fidelidad conyugal,
aceptando de la familia su condición propia, su responsabilidad
y peso, y renunciando, por un amor virginal incomparable, al
natural amor conyugal que la constituye y alimenta" (37). Esta
sumisión a Dios, que es disponibilidad de ánimo para dedicarse a
las cosas que se refieren a su servicio, no es otra cosa que el
ejercicio de la devoción, la cual constituye una de las
expresiones de la virtud de la religión (38).
27. La comunión de vida entre José y Jesús nos lleva todavía a
considerar el misterio de la encarnación precisamente bajo el
aspecto de la humanidad de Cristo, instrumento eficaz de la
divinidad en orden a la santificación de los hombres: "En virtud
de la divinidad, las acciones humanas de Cristo fueron
salvíficas para nosotros, produciendo en nosotros la gracia
tanto por razón del mérito, como por una cierta eficacia" (39).
Entre estas acciones los Evangelistas resaltan las relativas al
misterio pascual, pero tampoco olvidan subrayar la importancia
del contacto físico con Jesús en orden a la curación (cf., p.e.,
Mc 1, 41) y el influjo ejercido por él sobre Juan Bautista,
cuando ambos estaban aún en el seno materno (cf. Lc 1, 41-44).
El testimonio apostólico no ha olvidado -como hemos visto- la
narración del nacimiento de Jesús, la circuncisión, la
presentación en el templo, la huida a Egipto y la vida oculta en
Nazaret, por el "misterio" de gracia contenido en tales
"gestos", todos ellos salvíficos, al ser partícipes de la misma
fuente de amor: la divinidad de Cristo. Si este amor se
irradiaba a todos los hombres, a través de la humanidad de
Cristo, los beneficiados en primer lugar eran ciertamente:
María, su madre, y su padre putativo, José, a quienes la
voluntad divina había colocado en su estrecha intimidad (40).
Puesto que el amor "paterno" de José no podía dejar de influir
en el amor "filial" de Jesús y, viceversa, el amor "filial" de
Jesús no podía dejar de influir en el amor "paterno" de José,
¿cómo adentrarnos en la profundidad de esta relación
singularísima? Las almas más sensibles a los impulsos del amor
divino ven con razón en José un luminoso ejemplo de vida
interior. Además, la aparente tensión entre la vida activa y la
contemplativa encuentra en él una superación ideal, cosa posible
en quien posee la perfección de la caridad. Según la conocida
distinción entre el amor de la verdad (caritas veritatis) y la
exigencia del amor (necessitas caritatis) (41), podemos decir
que José ha experimentado tanto el amor a la verdad, esto es, el
puro amor de contemplación de la Verdad divina que irradiaba de
la humanidad de Cristo, como la exigencia del amor, esto es, el
amor igualmente puro del servicio, requerido por la tutela y por
el desarrollo de aquella misma humanidad.
VI
PATRONO DE LA IGLESIA DE NUESTRO TIEMPO
28. En tiempos difíciles para la Iglesia, Pío IX, queriendo
ponerla bajo la especial protección del santo patriarca José, lo
declaró "Patrono de la Iglesia Católica" (42). El Pontífice
sabía que no se trataba de un gesto peregrino, pues, a causa de
la excelsa dignidad concedida por Dios a este su siervo fiel,
"la Iglesia, después de la Virgen Santa, su esposa, tuvo siempre
en gran honor y colmó de alabanzas al bienaventurado José, y a
él recurrió sin cesar en las angustias" (43). ¿Cuáles son los
motivos para tal confianza? León XIII los expone así: "Las
razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado
especial Patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la
Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen
principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre
putativo de Jesús (...). José, en su momento, fue el custodio
legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia
(...). Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del
bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar
santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja
ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de
Cristo" (44).
29. Este patrocinio debe ser invocado y todavía es necesario a
la Iglesia no sólo como defensa contra los peligros que surgen,
sino también y sobre todo como aliento en su renovado empeño de
evangelización en el mundo y de reevangelización en aquellos
"países y naciones, en los que -como he escrito en la
Exhortación Apostólica Post-Sinodal Christifideles laici- la
religión y la vida cristiana fueron florecientes y" que "están
ahora sometidos a dura prueba" (45). Para llevar el primer
anuncio de Cristo y para volver a llevarlo allí donde está
descuidado u olvidado, la Iglesia tiene necesidad de un especial
"poder desde lo alto" (cf. Lc 24, 49; Hech 1, 8), don
ciertamente del Espíritu del Señor, no desligado de la
intercesión y del ejemplo de sus Santos.
30. Además de la certeza en su segura protección, la Iglesia
confía también en el ejemplo insigne de José; un ejemplo que
supera los estados de vida particulares y se propone a toda la
Comunidad cristiana, cualesquiera que sean las condiciones y las
funciones de cada fiel. Como se dice en la Constitución
Dogmática del Concilio Vaticano II sobre la divina Revelación,
la actitud fundamental de toda la Iglesia debe ser de "religiosa
escucha de la Palabra de Dios" (46), esto es, de disponibilidad
absoluta para servir fielmente a la voluntad salvífica de Dios
revelada en Jesús. Ya al inicio de la redención humana
encontramos el modelo de obediencia -después del de María-
precisamente en José, el cual se distingue por la fiel ejecución
de los mandatos de Dios. Pablo VI invitaba a invocar este
patrocinio "como la Iglesia, en estos últimos tiempos suele
hacer; ante todo, para sí, en una espontánea reflexión teológica
sobre la relación de la acción divina con la acción humana, en
la gran economía de la redención, en la que la primera, la
divina, es completamente suficiente, pero la segunda, la humana,
la nuestra, aunque no puede nada (cf. Jn 15, 5), nunca está
dispensada de una humilde, pero condicional y ennoblecedora
colaboración. Además, la Iglesia lo invoca como protector con un
profundo y actualísimo deseo de hacer florecer su terrena
existencia con genuinas virtudes evangélicas, como resplandecen
en san José" (47).
31. La Iglesia transforma estas exigencias en oración. Y
recordando que Dios ha confiado los primeros misterios de la
salvación de los hombres a la fiel custodia de San José, le pide
que le conceda colaborar fielmente en la obra de la salvación,
que le dé un corazón puro, como san José, que se entregó por
entero a servir al Verbo Encarnado, y que "por el ejemplo y la
intercesión de san José, servidor fiel y obediente, vivamos
siempre consagrados en justicia y santidad" (48). Hace ya cien
años el Papa León XIII exhortaba al mundo católico a orar para
obtener la protección de san José, patrono de toda la Iglesia.
La Carta Encíclica Quamquam pluries se refería a aquel "amor
paterno" que José "profesaba al niño Jesús"; a él, "próvido
custodio de la Sagrada Familia" recomendaba la "heredad que
Jesucristo conquistó con su sangre". Desde entonces, la Iglesia
-como he recordado al comienzo- implora la protección de san
José en virtud de "aquel sagrado vínculo que lo une a la
Inmaculada Virgen María", y le encomienda todas sus
preocupaciones y los peligros que amenazan a la familia humana.
Aún hoy tenemos muchos motivos para orar con las mismas palabras
de León XIII: "Aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este
flagelo de errores y vicios... Asístenos propicio desde el cielo
en esta lucha contra el poder de las tinieblas...; y como en
otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del niño
Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las
hostiles insidias y de toda adversidad" (49). Aún hoy existen
suficientes motivos para encomendar a todos los hombres a san
José.
32. Deseo vivamente que el presente recuerdo de la figura de san
José renueve también en nosotros la intensidad de la oración que
hace un siglo mi Predecesor recomendó dirigirle. Esta plegaria y
la misma figura de José adquieren una renovada actualidad para
la Iglesia de nuestro tiempo, en relación con el nuevo Milenio
cristiano. El Concilio Vaticano II ha sensibilizado de nuevo a
todos hacia "las grandes cosas de Dios", hacia la "economía de
la salvación" de la que José fue ministro particular.
Encomendándonos, por tanto, a la protección de aquel a quien
Dios mismo "confió la custodia de sus tesoros más preciosos y
más grandes" (50) aprendamos al mismo tiempo de él a servir a la
"economía de la salvación". Que san José sea para todos un
maestro singular en el servir a la misión salvífica de Cristo,
tarea que en la Iglesia compete a todos y a cada uno: a los
esposos y a los padres, a quienes viven del trabajo de sus manos
o de cualquier otro trabajo, a las personas llamadas a la vida
contemplativa, así como a las llamadas al apostolado. El varón
justo, que llevaba consigo todo el patrimonio de la Antigua
Alianza, ha sido también introducido en el "comienzo" de la
nueva y eterna Alianza en Jesucristo. Que él nos indique el
camino de esta Alianza salvífica, ya a las puertas del próximo
Milenio, durante el cual debe perdurar y desarrollarse
ulteriormente la "plenitud de los tiempos", que es propia del
misterio inefable de la encarnación del Verbo. Que san José
obtenga para la Iglesia y para el mundo, así como para cada uno
de nosotros, la bendición del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 15 de agosto, solemnidad
de la Asunción de la Virgen María, del año 1989, undécimo de mi
Pontificado.
Joannes Paulus PP II
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1. Cf. S. Ireneo, Adversus haereses, IV, 23, 1: S. Ch 100/2, pp.
692-294.
2. León XIII, Carta Encícl. Quamquam pluries (15 de agosto de
1889: Leonis XIII P. M. Acta, IX (1890), pp. 175-182.
3. Sacr. Rituum Congr., Decr. Quemadmodum Deus (8 de diciembre
de 1870): Pii IX P.M. Acta, pars I, vol. V, p. 282; Pio IX,
Carta Apóstol. Inclytum Patriarcham (7 de julio de 1871): l.c.,
pp. 331-335.
4. Cf. S. Juan Crisóstomo, In Math. 5, 4: PG 57, 57 s.; Doctores
de la Iglesia y Sumos Pontífices, en base tam- bién a la
identidad del nombre, han visto en José de Egipto la figura de
José de Nazaret, por haber simbolizado, en cierto modo, la labor
y la grandeza de custodio de los más preciosos tesoros de Dios
Padre, del Verbo Encarnado y de su Santísima Madre; cf., por
ejemplo, S. Bernardo, Super "Missus est", Hom. II, 16: S.
Bernardi Opera, Ed. Cist., IV, 33 s.; León XIII, Carta Encicl.
Quamquam pluries (15 de agosto de 1889): l.c., p. 179.
5. Const. dogm. Lumen gentium sobre la Iglesia, 58.
6. Cf. Ibid., 63.
7. Const. dogm. Dei Verbum sobre la divina Revelación, 5.
8. Ibid., 2.
9. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium sobre la
Iglesia, 63.
10. 10. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum sobre la
divina Revelación, 2.
11. S. Congr. de los Ritos, Decr. Novis hisce temporibus (13 de
noviembre de 1962): AAS 54 (1962), p. 873.
12. S. Agustín, Sermo 51, 10, 16: PL 38, 342.
13. S. Agustín, De nuptiis et concupiscentia, I. 11, 12: PL 44,
421; cf. De consensu evangelistarum, II, 1, 2: PL 34, 1071;
Contra Faustum, III, 2: PL 42, 214.
14. S. Agustín, De nuptiis et concupiscentia, I, 11, 43: PL 44,
421; cf. Contra Iulianum, V. 12, 46: PL 44, 810.
15. S. Agustín, Contra Faustum, XXIII, 8; PL 42, 470 s.; De
consensu evangelistarum, II, I, 3: PL 34, 1072; Sermo 51, 13,
21: PL 38, 344 S.; S. Tomás, Summa Theol., III, q. 29, a. 2 in
conclus.
16. Cf. Alocuciones del 9 de enero; 16 de enero; 20 de febrero
de 1980: Insegnamenti, III/I (1980), pp. 88-92; 148-152;
428-431.
17. Pablo VI, Alocución al Movimiento "Equipes Notre-Dame (4 de
mayo de 1970), n. 7: AAS 62 (1970), p. 431. Análoga exaltación
de la Familia de Nazaret como modelo absoluto de la comunidad
familiar se halla, por ejemplo, en León XIII, Carta Apost.
Neminem fugit (14 de junio de 1892): Leonis XIII P.M. Acta, XII
(1892), pp. 149 s.; Benedicto XV, Motu Proprio Bonum sane (25 de
julio de 1920): AAS 12 (1920), pp. 313-317.
18. Exhort. Apost. Familiaris consortio (22 de noviembre de
1981), 17: AAS 74 (1982), p. 100.
19. Ibid., 49: l.c., p. 140; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Lumen gentium sobre la Iglesia, 11; Decreto Apostolicam
actuositatem sobre el apostolado de los Seglares, 11.
20. Exhort. Apost. Familiaris consortio (22 de noviembre de
1981), 85: l.c., pp. 189 s.
21. S. Juan Crisóstomo, In Matth. Hom. V, 3: PG 57, 57-58.
22. Pablo VI, Alocución (19 de marzo de 1966): Insegnamenti, IV
(1966), p. 110.
23. Cf. Missale Romanum, Collecta: in "Sollemnitate S. Ioseph
Sponsi B.M.V.".
24. Cf. Ibid., Praefatio in "Sollemnitate S. Ioseph Sponsi B.M.V.".
25. Carta Encícl. Quamquam pluries (15 de agosto de 1889): l.c.,
p. 178.
26. Pio XII, Radiomensaje a los alumnos de las escuelas
católicas de los Estados Unidos de América (19 de febrero de
1958): AAS 50 (1958), p. 174.
27. Orígenes, Hom. XIII in Lucam, 7: S. Ch. 87, pp. 214 s.
28. Orígenes, Hom. X in Lucam, 6: S. Ch. 87, pp. 196 s.
29. Cf. Missale Romanum, Prex Eucharistica I.
30. Sacr. Rituum Congr., Decr. Quemadmodum Deus (8 de diciembre
de 1870): l.c., p. 282.
31. Collectio Missarum de Beata Maria Virgini, I, "Sancta Maria
de Nazaret", Praefatio.
32. Exhort. Apost. Familiaris consortio, (22 de noviembre de
1981), 16: l.c., p., 98.
33. León XIII, Carta Encícl. Quamquam pluries (15 de agosto de
1889): l.c., pp. 177 s.
34. Cf. Carta Encicl. Laborem exercens (14 de setiembre de
1981), 9: AAS 73 (1981), pp. 599 s.
35. Ibid., 24: l.c., p. 638. Los Sumos Pontífices en tiempos
recientes han presentado constantemente a san José como "modelo"
de los obreros y de los trabajadores; cf., por ejemplo, León
XIII, Carta Encícl. Quamquam pluries (15 de agosto de 1889): l.c.,
p. 180; Benedicto XV, Motu Proprio Bonum sane (25 de julio de
1920): l.c., pp. 314-316; Pio XII Alocución (11 de marzo de
1945), 4: AAS 37 (1945) p. 72; Alocución (1o. de mayo de 1955):
AAS 47 (1955), 406; Juan XXIII, Radiomensaje (1o. de mayo de
1960): AAS 52 (1960), p. 398.
36. Pablo VI, Alocución (19 de marzo de 1969): Insegnamenti, VII
(1969), p. 1268.
37. Ibid.: l.c., p. 1267.
38. Cf. S. Tomás, Summa Theol., II-IIae, q. 82, a. 3, ad 2.
39. Ibid., III, q. 8, a. 1, ad 1.
40. Pio XII, Carta Encícl. Haurietis aquas (15 de mayo de 1956),
III: AAS 48 (1956), pp. 329 s.
41. Cf. S. Tomás, Summa Theol., II-IIae, q. 182, a. 1. ad 3.
42. Cf. Sacr. Rituum Congr., Decr. Quemadmodum Deus (8 de
diciembre de 1870): l.c., p. 283.
43. Ibid., l.c., pp. 282 s.
44. León XIII, Carta Encicl. Quamquam pluries (15 de agosto de
1889): l.c., pp. 177-179.
45. Exhort. Apost. Post-Sinodal Christifideles laici (30 de
diciembre de 1988), 34: AAS 81 (1989), p. 456.
46. Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 1.
47. Pablo VI, Alocución (19 de marzo de 1969): Insegnamenti, VII
(1969), p. 1269.
48. Cf. Missale Romanum, Collecta; Super oblata en "Sollemnitate
S. Ioseph Sponsi B.M.V."; Post. commn. en "Missa votiva S.
Ioseph".
49. Cf. León XIII, "Oratio ad Sanctum Iosephum", que aparece
inmediatamente después del texto de la Carta Encícl. Quamquam
pluries (15 de agosto de 1889): Leonis XIII P.M. Acta, IX
(1890), p. 183.
50. Sacr. Rituum Congr., Decr. Quemadmodum Deus (8 de diciembre
de 1870): l.c., p. 282
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