I. LA IGLESIA MISIONERA UNIVERSAL
1.La salvación universal de Jesús
3. La razón de ser de la Iglesia
4. Respuesta a objeciones y nuevos argumentos
La afirmación del carácter misionero universal de la Iglesia está implícita en todos los documentos. Pero la toma de conciencia misionera de la Iglesia, con sus peculiares exigencias, tiene una cierta evolución, dentro de una homogeneidad de doctrina, de modo que los desarrollos posteriores están ya implícitos en las afirmaciones precedentes. Punto importante de esta reflexión es la afirmación conciliar de la Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera (AG 2). En la razón del ser misionero de la Iglesia podemos distinguir tres reflexiones principales.
1.La salvación universal de Jesús
La primera fundamentación se centra en la salvación para todos los hombres, obtenida por Jesús y que La Iglesia anuncia y ofrece. La salvación hay que presentarla y, en nombre de Jesús, ofrecerla a cuantas decreto personas la desconocen, y que están en un gran déficit humano que es diversamente calificado, como veremos al estudiar la condición de quienes ignoran a Jesús. La idea de la salvación por la luz evangélica, reflejada por la misión, se halla ya en la MI (42), y la constatación de que la misión aporta la salvación de Jesús a todos, se halla en los nueve documentos.
Las grandes disertaciones sobre la salvación y la misión se hallan en el decreto AG y en la EN. El documento conciliar enseña que “la razón de ser de la actividad misionera se basa en la voluntad de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad” (AG 7); de donde deduce que “es necesario que todos se conviertan a El, una vez conocido por la predicación de la Iglesia, y que por el bautismo sean incorporados a El y a la Iglesia, que es su Cuerpo” (AG 7). Aunque en los diversos documentos se alude a diferentes aspectos de la salvación, hasta llegar a la EN no encontramos ampliamente desarrollados los contenidos de esta salvación; EN, arrancando de la actuación de Jesús en su paso visible por este mundo (4), llega al concepto de liberación integral (29). También la RM insiste en la amplitud de contenido de la liberación cristiana, exhortando a no presentarla reductivamente.
La dimensión escatológica de esta salvación se explica en AG 9 y en EN 28. Por su parte, Juan Pablo II, hacia el final del documento, afirma: “la causa misionera debe ser la primera, porque concierne al destino eterno de los hombres y responde al designio misterioso y misericordioso de Dios” (RM 86; cf. RM 20).
En ningún documento se deja de mencionar el mandato misionero dado por Jesús a los apóstoles, como consta en los Evangelios y en los Hechos de los
Apóstoles. La MI empieza su explicación recordando las palabras de Jesús, según el evangelio de San Marcos. La RE anota que este mandato afecta hoy a los Obispos como sucesores de los apóstoles (RE 23) y el decreto conciliar AG empieza recordando que la Iglesia enviada por Dios a las gentes, obedeciendo el
mandato de su fundador, se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres (AG 1). Más adelante, ampliamente, explica el mandato de Jesús a los apóstoles, del cual deduce “el deber de la Iglesia de propagar la fe y la salvación de Cristo” (AG 5), aunque no se limita a este argumento.
Siete veces se refiere al mandato Pablo VI, señalando algunas consecuencias muy importantes: que la misión no es algo facultativo de la Iglesia, sino un estricto deber de gran importancia, toda vez que el mensaje que proclama es irreemplazable (EN 5), que la misión no es una actividad individual, sino eclesial, de modo que el misionero no es dueño de su misión, sino servidor fiel de un mandato (EN 60) y que la evangelización fue confiada a los apóstoles con destino a una universalidad sin fronteras (EN 49).
La RM contiene siete alusiones al mandato misionero. Se inicia haciendo memoria de la misión confiada a la Iglesia por Jesucristo Redentor (RM 1), alude al mandato formal al justificar la necesidad de la misión, aunque sin reducirla a este argumento (RM 11); recuerda que fue un envío en el Espíritu (RM 22), y, comentando las diversas formulaciones del mandato misionero en los cuatro evangelistas, señala que las mismas tienen en común dos elementos -la dimensión universal y la garantía de que en la misión tendrán la asistencia divina-, pero ofrecen acentuaciones diversas que indica concisamente (RM 33; cf. RM 22 y
92). Adviértase que los documentos pontificios no entran en los problemas exegéticos de las palabras de Jesús resucitado y se limitan a tomar las del mandato como manifestativas de una voluntad expresada a los apóstoles por el Señor resucitado.
3. La razón de ser de la Iglesia
La fundamentación del deber misionero se profundiza más allá de la verdad básica de la destinación universal de la salvación y de la fuerza indiscutible del mandato de Jesús. Ya la RE indica el nexo entre la Iglesia y su misión: “La Iglesia no tiene otra razón de existir sino la de hacer partícipes a todos los hombres de la
Redención salvadora” (RE 2). El decreto conciliar, en su primer párrafo, alude a la Iglesia, que define como sacramento universal de la salvación (AG l,cf. AG 2 y 6), concepto típicamente conciliar que, luego, dos veces es citado en apoyo del carácter misionero universal de la Iglesia (AG 2 y 6). Además une al argumento del mandato el de “la misma vida que Cristo infunde a sus miembros”: por su dinamismo propio, la Iglesia, Cuerpo de Cristo, tiende a expansionarse para que todos los hombres y pueblos puedan participar del misterio de Cristo. Así pues -al decir de Juan Pablo II-, “el mandato de Cristo no es algo contingente y externo, sino que alcanza el corazón mismo de la Iglesia” (RM61). Pablo VI, con frase concisa, afirma que “Evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia,
su identidad más profunda” (EN 14).
4. Respuesta a objeciones y nuevos argumentos
En nuestros tiempos, incluso dentro de la misma Iglesia se ha objetado sobre si debía continuarse la misión universal con sus objetivos de conversión a la fe y entrada en la Iglesia. EN responde a estas objeciones proclamando que la evangelización es un homenaje a la libertad que en nada queda lesionada, que todo hombre tiene derecho a conocer su redención por Jesucristo y que ninguna objeción tiene fuerza para invalidar el mandato de Jesús (EN 80). En RM se reasume el tema planteando explícitamente la presenta de la validez de la misión y exponiendo brevemente las posturas contrarias (RM 4), y da respuesta cumplida con nuevos argumentos o matizaciones de los tres ya antes expuestos: hay que abrir a todo hombre a su verdadera salvación y liberación, el mandato misionero del Señor es una gracia, y la vida que de Dios recibimos nos impulsa a testimoniar la fe y la vida, “como servicio a los hermanos y respuesta debida a Dios”, que nos ha favorecido con su gracia (RM 11). La consideración del desarrollo de la misión como gratitud a Dios que nos ha dado la fe que queremos propagar, se halla también en Pío XII (FD 1).
Se comprende que la Iglesia se sienta impulsada y urgida a la misión universal, de modo que pueda hacerse suya la exclamación de Pablo: ¡ay de mí si no evangelizare! (1 Cor 9,16; cf. EN 14 y RM 1).