II. LA MISION “AD GENTES”

 

1. Problemas de terminología

2. El fin específico y las tareas de la misión «ad gentes»

3. El anuncio evangélico para la conversión

4. La plantación de la Iglesia

5. La promoción de los valores del Reino

6. Los ámbitos de la misión “ad gentes”

7. La inculturación

8. El diálogo interreligioso

9. Itinerarios y medios de la misión “ad gentes”

 

 

 

 

1. Problemas de terminología

 

a. La expansión de la fe

 

            La solicitud misionera universal de la Iglesia se concreta en las acciones que emprende para llevar el anuncio de la fe y la interpelación a la conversión, a cada una de las personas que están en el mundo entero. Este empeño no se puede realizar sin atender a la situación social de la persona humana, que no sólo influye en sus decisiones, aun las más personalizadas, sino que crea unas realidades comunitarias que, a su modo, son también objeto de evangelización. Así lo explica Pablo VI al reflexionar sobre la complejidad de la acción evangelizadora: “La Iglesia evangeliza cuando, por la fuerza divina del mensaje que

proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambientes concretos” (EN 18). Esta visión amplia deberá tenerse en cuenta al considerar la actividad misionera en los distintos lugares o entre los diversos grupos humanos.

            La expansión universal de la fe va obteniéndose a medida que el Evangelio es anunciado en los distintos lugares del mundo, a partir del lugar que habitan quienes son ya miembros de la Iglesia comprometida en la misión. Desde los pueblos que ya han recibido

la fe, mientras unos lo afirman, desarrollan y anuncian a quienes entre ellos aún no creen, otros heraldos de la fe van a lugares distintos y distantes para realizar la misión evangelizadora universal. Así Felipe en Samaría, los “helenistas” en Antioquía y luego Bemabé y Pablo en Asia Menor y Europa.

 

b. Las misiones

 

            Esta expansión del anuncio y de la fe ha sido nombrada diversamente en los distintos tiempos. A principios del siglo xx, como en los inmediatamente precedentes, se la llamaba “misiones”. El mismo Código de Derecho Canónico de 1917 confirma este modo de hablar (aunque extiende el nombre de misión a las predicaciones extraordinarias en tierras cristianas, en las llamadas “misiones populares”). Este uso, sin más, del término misiones lo hallamos en los documentos pontificios anteriores al Concilio. A veces, a la palabra misiones se añade algún adjetivo: Benedicto XV habla de: misiones extranjeras. (MI 11) (concepto que arranca de una división del mundo entre países cristianos y países no cristianos que son evangelizados por los ya cristianos, para los cuales son países extranjeros), Pío XI dice “misiones de infieles” (RE 6), Pío XII por una parte las llama “misiones católicas” (EP 1 y FD 19), y por otra advierte que se desarrollan “entre los gentiles” (EP 1 y 20), y Juan XXIII mantiene el título de “misiones católicas” (PP; y 20) y se refiere a “tierras de misión” (PP 23), “países de misión” (PP 20) y “territorios de misión” (PP 23) . Esta terminología, aún válida hoy con las precisiones convenientes, era usual en misionología durante la primera mitad de nuestro siglo. La palabra misión, referida a la Iglesia -y sus derivados semánticos-, quedaba reservada a la obra de la propagación de la fe en los pueblos que empezaban a recibir el anuncio evangélico.

            Una ulterior reflexión de la situación, no sólo de personas aisladas sino también de grupos humanos con determinadas características ambientales, hizo ver que la obra de la propagación de la fe tenía también campo muy propio en lugares de antigua cristiandad. Fue llamada fuerte en este sentido el libro France, pays de mission en 1943. Por otra parte, el concepto de misión en sí mismo alcanza a cuanto doquiera realiza la Iglesia, pues ésta sólo tiene una tarea: cumplir el encargo que le dio el Señor. Una toma de conciencia de esta verdad dio paso a la costumbre de apellidar misionero a cualquier quehacer eclesial, generalmente para subrayar la dimensión de anuncio e interpelación que de algún modo se incluye en dichas actividades. Así, el término de «misión. y sus derivados, que pacífica y unánimente se habían entendido como la obra de expansión de la fe y la Iglesia en nuevos lugares, pasó a ser ambiguo y esta singular tarea eclesial quedóse sin nombre sencillo con que apellidarse.

 

c. La aportación del Concilio

 

            El Concilio afrontó esta cuestión terminológica al buscar un título al decreto sobre “misiones”, y después de no poca discusión se adoptó el concepto de “actividad misional” que ha quedado consolidado con esta precisa significación (la expresión en sí misma tendría la misma problemática de “misiones”). Las palabras primeras del documento (que sirven luego para denominarlo) incluyen el concepto de “gentes”: su significado se remonta a San Pablo, que, tomándola de la terminología del pueblo judío (gentiles eran los que no se integraban en el pueblo de Dios), lo adapta a la nueva situación, al aplicarlo a quienes no están en la Iglesia (nuevo Pueblo de Dios), con excepción de los israelitas no cristianos, a los cuales tal título les habría sonado a injuria. El uso del término ad gentes para denominar el decreto conciliar ha ayudado a consolidar el concepto de misión ad gentes.

            El Concilio, entrando ya a fondo en el concepto de misión, después de unas espléndidas páginas iniciales sobre cómo se origina la misión eclesial en el designio divino, pasa a distinguir entre el concepto total de misión y el de “misiones” como anuncio de la fe a nuevos pueblos: Las iniciativas particulares con las que los heraldos del Evangelio, enviados por la Iglesia, yendo por todo el mundo, cumplen la tarea de predicar el Evangelio y de implantar la misma Iglesia entre los pueblos o grupos que todavía no creen en Cristo, reciben comúnmente el nombre de 'misiones'. Estas se llevan a cabo por medio de la actividad misionera (AG 6). Por otra parte, el Concilio desarrolló el concepto de "iglesias jóvenes”, que ya se encuentra en MI 30 y que suple con ventaja el de “iglesias de misiones”,

en las que resonaban las antiguas concomitancias entre misión y colonización. Así aclarada la cuestión terminológica básica, quedan aún dos problemas, de carácter derivado: qué hay que entender por pueblos o sociedades no creyentes en Cristo y cuáles son los territorios concretos donde se desarrolla esta actividad misionera. Este segundo problema “atendiendo especialmente a la situación de algunos lugares de América Latina” fue tomado en consideración por el Concilio en una nota marginal al decreto, que advierte que la definición de “territorios de misión” es cuestión administrativa en la que no entra: el tema es especialmente importante para las Iglesias de España que en América Latina tienen enviados a los que legítimamente llama misioneros, en lugares no reconocidos como misioneros estrictamente dichos por la Curia Romana. Después del Concilio, Pablo VI enfoca el tema desde la noción de evangelización, que comprende una acción y su contenido: la evangelización es “la misión esencial de la Iglesia” (EN 14). Su discurso mira la totalidad mundial de la obra de la Iglesia, pero con oportunas referencias a la primera evangelización al hablar de los destinatarios del anuncio de la fe (EN 51 a 53). Su gran aportación es el análisis de los aspectos y contenidos de la evangelización y su síntesis bajo

este concepto.

d. Fijación de conceptos en Juan Pablo II

 

            Juan Pablo II toma decididamente la terminología que se ha hecho ya común después del Concilio Vaticano II. De entre las tareas en el interior de la Iglesia destaca “la actividad misionera que vamos a llamar misión ad gentes, con referencia al decreto conciliar” (RM 31). Pero no sólo fija una terminología –cuestión sin embargo importante, pues al término corresponde el concepto y, a la larga, la síntesis misma del pensamiento-, sino que además reflexiona sobre estos temas. Descubre las clarificaciones derivadas de estas discusiones terminológicas y advierte: “Hay que precaverse contra el riesgo de igualar situaciones muy

distintas y de reducir, si no hacer desaparecer, la misión y los misioneros ad gentes. Afirmar que toda la Iglesia es misionera no excluye que haya una específica misión ad gentes” (RM 32).

            En consonancia con el Concilio, afirma que las diferencias dentro de la misión total de la Iglesia sólo nacen de las "diversas circunstancias en las que ésta se desarrolla" (RM 33, cf. AG 6). La misión ad gentes es propiamente aquella actividad misionera de la Iglesia

que se dirige a “pueblos, grupos humanos, contextos socioculturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos”

(RM 33). Tomando la gran aportación de Pablo VI, interpreta la frase del Concilio .pueblos o grupos humanos aún no creyentes en Cristo» (AG 6) como los lugares humanos entre los cuales la Iglesia no ha arraigado todavía y .cuya cultura no ha sido influida por el Evangelio» (RM 34). El punto de referencia va evolucionando del aspecto geográfico al aspecto cultural; ello es principio de un ulterior desarrollo de la misión ad gentes, como más adelante veremos.

            La Redemptoris missio distingue cuidadosamente la actividad misionera ad gentes de la pastoral y de la nueva evangelización, concepto posterior al Concilio. Pero advierte la dificultad práctica de definir los lìmites de los tres aspectos de la gran misión, entre los cuales “no es pensable crear barreras o recintos estancados” (RM 34); cada uno influye en los otros, estimulándolos y ayudándolos. La misión ad gentes es ensalzada como “tarea primordial de la Iglesia”, “responsabilidad más específicamente misionera que Jesús le ha confiado”, la que realiza el significado fundamental y la actuación ejemplar de la dimensión misionera de la Iglesia (RM 34). Su campo es inmenso (RM 35),  un que se desarrolla desde el principio de la Iglesia, está aún en los comienzos (RM 40). Es una tarea que acucia a la Iglesia con urgencia (RM 34), y que tiene hoy peculiares dificultades (RM 36), pero también grandes posibilidades (RM 30).

 

2. El fin específico y las tareas de la misión «ad gentes»

 

            Supuestos los fines propios de la Iglesia, el supremo de la gloria de Dios y el genérico de la salvación del hombre, los teólogos han discutido largamente sobre el fin específico de la obra misionera que hoy llamamos ad gentes. No es del caso entrar aquí en estos temas, sino sólo señalar los caminos que ha marcado el magisterio al respecto.

 

a. Documentos preconciliares

 

            En la MI se anotan tareas: predicación, establecimiento de la Iglesia, educación, asistencia, sanidad, etc. La RE recuerda que la obra misionera lleva a los nuevos pueblos la luz de la doctrina evangélica y los beneficios de la civilización cristiana, y señala explícitamente como fin "fundar e implantar en regiones dilatísimas la Iglesia de Jesucristo. (RE 73). Pío XII desea que brille la verdad cristiana, se consigan nuevos cristianos y la Iglesia se establezca sólidamente en otros pueblos con jerarquía indígena (EP 22; FD 3 y PP 4); hablando de África advierte que la obra misionera aporta simultáneamente la luz del cristianismo y el progreso de la civilización (cf. FD 19).

            Juan XXIII centra su reflexión en el concepto del Reino de Dios, cuya dilatación es buscada por las “misiones” y se realiza al surgir “nuevas comunidades exuberantes en saludables frutos”, de modo que se realice el deseo de Jesús: “una sola grey bajo la guía de

un solo Pastor” (PP 2, cf. PP 6 y 25). Pero no basta lograr bautizados, sino que es preciso educarlos para que puedan asumir sus responsabilidades en la vida y porvenir de la Iglesia (cf. PP 15).

 

b. El Concilio

 

            El decreto conciliar recoge el pensamiento de las encíclicas misionales y avanza a la luz de la renovación eclesiológica del mismo. Empieza recordando el texto de San Agustín sobre la obra de los apóstoles, quienes predicaron la palabra de la verdad y engendraron las Iglesias. (AG 1), y al entrar en la determinación de lo que son las misiones afirma que "el fin propio de la actividad misional es la evangelización e implantación de la Iglesia en los pueblos o grupos humanos en los que aún no está arraigada” (AG 6:JCf. AG 27). Tiene varias referencias al Reino de Dios que se anuncia, extiende, difunde, expansiona entre los

gentiles, etc. (AG 1, 40 y 42). También alude a .la expansión y dilatación del Cuerpo de Cristo. (AG 36, cf.AG 39). Amplía los horizontes de la tarea misionera al decir que lleva a la fe, la libertad y la paz de Cristo (AG 7), y se extiende en todo el quehacer eclesial en

misiones, respecto de la humanización de la vida y de la sociedad.

 

c. Pablo VI

 

            Pablo VI también destaca el valor absoluto del Reino que relativiza todo otro objetivo (EN 8). Desarrolla la evangelización con sus sucesivas metas en el quehacer intraeclesial (EN 17) y los objetivos de liberación integral que se buscan en la tarea misionera, con atención singular a los aspectos sociales de los mismos (EN 29-33). Es su gran aportación ala misionología.

 

d. Juan Pablo II

 

            Es difícil resumir la amplia enseñanza de Juan Pablo II en relación al fin ya las tareas de la actividad misionera. Una preocupación fundamental aparece reiteradamente: la de servir a “la salvación integral que vino a traer Jesús y que abarca al hombre entero ya todos los hombres, abriéndolos a los admirables horizontes de la filiación adoptiva” (RM 11). Dice también en acertada síntesis que la Iglesia manifiesta y comunica la caridad de Dios a todos los hombres y pueblos (cf. 31, citando AG 10). La trascendencia del quehacer

misionero viene subrayada por la conciencia de llevar a la humanidad hacia el Reino escatológico y de servir a esta obra también con la oración (cf. RM 20). Ofrece un concepto amplio de Reino de Dios que desarrolla lo insinuado ya por el Concilio y Pablo VI, afirma que la liberación y salvación del Reino miran a la persona tanto en lo físico como en lo espiritual (RM 15); y desarrolla la teología del Reino de Dios en clave misionera.

            De acuerdo con esta perspectiva, Juan Pablo II presenta la tarea misional con un precioso tríptico: “anuncio de Jesús y su Evangelio, construcción de la Iglesia local y promoción de los valores (o bienes) del Reino” (RM 34). Participa del temor de Pablo VI de que el tercer elemento que se integra en la tarea misionera, por su mayor notoriedad y urgencia, se Sobreponga a los otros dos, que son lo específico de la actividad misionera: la promoción de bienes humanos y de valores evangélicos (aplicados a las realidades mundanas) “no debe separarse ni contraponerse” a los cometidos fundamentales que son el anuncio de Cristo y su Evangelio, y la fundación y desarrollo de comunidades eclesiales (RM 19 y 20). Las tres tareas se condicionan mutuamente. Es evidente que del anuncio y las conversiones nacen las comunidades. Estas, a su vez, son .instrumento de liberación en todos los sentidos- (RM 83). El compromiso con los pobres, la liberación y los derechos humanos (RM 83) es también un testimonio de vida que se integra en el testimonio total. Las tres tareas misioneras merecen tratamiento propio, pues desarrollan una línea de actividad misionera que aparece ya “al menos germinalmente” en los primeros documentos.

 

3. El anuncio evangélico para la conversión

 

            Los cinco documentos preconciliares que estudiamos tienen una referencia explícita ala predicación del Evangelio como tarea primera de la actividad misionera (MI 1; RE 1; EP 1; FD 1; PP 1). Muchas veces con el concepto de iluminación a quienes viven en ti-nieblas por no conocer a Jesús. Otras veces se expresa con el concepto de propagación de la fe: “El espíritu misionero, animado por el fuego de la caridad, es en cierto modo la primera respuesta de nuestra gratitud para con Dios, al comunicar a nuestros hermanos la fe que nosotros hemos recibido” (FD 1). También la referencia a la conversión como efecto buscado por el anuncio aparece continuamente: “el intento primario de las misiones... que brille con más esplendor la luz de la verdad cristiana en otras naciones y se consigan nuevos cristianos” (EP 22).

            El decreto conciliar, además de subrayar la predicación apostólica en el mismo inicio de la disertación (AG 1) y de recordar que en el plan de Dios el anuncio inicia todo el itinerario de la fe y de la Iglesia (AG 6), tiene una compendiosa disertación sobre la conversión, con el desarrollo de la fe en la vida personal y social (AG 13). En línea con el pensamiento de la Gaudium et spes, anota la dimensión antropológica de la fe que revela en Cristo la verdad del hombre (cf.AG 8), el sentido de la vida humana y el fundamento de la unión de todos los hombres (AG 11). Con todo ello se indica claramente que el anuncio no tiende sólo a hacer hombres religiosos en Cristo, sino también partícipes de un gran plan divino que abarca todo lo humano y compromete la vida de los cristianos, llamados a ser tanto beneficiarios como cooperadores de dicho designio superior. Es de notar también la referencia al testimonio de palabra y de vida “tema principal conciliar”, advirtiendo que no basta dar buen ejemplo, sino que también con palabras claras hay que anunciar a Cristo (AG 15 y 21) sin avergonzarse de la cruz y con generosidad hasta dar la vida si es preciso (AG 24).

 

a. Un concepto más amplio de evangelización

 

            La exhortación de Pablo VI se basa en un concepto amplio de evangelización, como antes ya hemos explicado. Esta evangelización empieza por la predicación y la enseñanza (EN 14), y tiene como base, centro y culmen la “clara proclamación de que en Jesucristo,

Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios” (EN 27).

            Esta salvación ofrece bienes que “no se agotan en el cuadro de la existencia temporal”, sino que “desborda estos límites para realizarse en una comunión con el único Absoluto, Dios, salvación trascendente, escatológica, que comienza ciertamente en esta vida, pero que tiene su cumplimiento en la eternidad- (EN 27). Pero no se cierra tampoco a lo trascendente, pues “tiene en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta personal y social del hombre” (EN 29). La buena noticia de Jesús es liberación de cuanto oprime al hombre “ante todo, del pecado y del Maligno” que debe ser continuada pacientemente a través de la historia (EN 9).

            En el anuncio y la conversión se incluyen, pues, todas las exigencias que, según el plan de Dios, afectan al hombre tomado en todas sus dimensiones. Como datos del riquísimo documento a señalar en orden al anuncio, anotamos los preciosos análisis sobre el

testimonio de vida y de palabra (EN 21-22, 40-42 y 76), la advertencia sobre el carácter eclesial y no particular del anuncio (EN 15) y el valor de la religiosidad popular en orden a la evangelización (EN 48).

 

b. El anuncio, primera tarea

 

            Juan Pablo 11, al reducir a tres las tareas de la misión ad gentes, indica como primera “el anuncio de Jesús y su Evangelio” (RM 34). Luego, al analizar “los caminos de la misión”, desarrolla ampliamente las características de este anuncio que “tiene prioridad permanente en la misión” y cuya urgencia declara: “la Iglesia no puede sustraerse al mandato explícito de Cristo; no puede privar a los hombres de la Buena Nueva de que son amados y salvados por Dios” (RM 44). Así la ha entendido desde siempre, como la acreditan los Hechos de los Apóstoles (RM 5 y 11). Jesús salva al hombre aportándole una “liberación de toda forma de alienación y extravío”, empezando por “la liberación de la esclavitud del poder del pecado y de la muerte” (RM 11, cf. RM 39); pero alcanzando una total liberación (RM 23). Con ello se da sentido y alegría a la vida, se invita a participar de las riquezas inescrutables de Cristo destinadas a todos, y se presta un gran servicio a los hermanos (RM 11). Insiste en la referencia esencial de esta salvación al amor de Dios (RM 11): la Iglesia ha sido enviada “para manifestar y comunicar la caridad de Dios a todos los hombres y pueblos” (RM 31, cf. AG 10). Clarificadora es también la encíclica en la relación entre el Reino de Dios y Jesucristo, como contenido del anuncio evangélico: hay que unir ambas proclamaciones, pues “se complementan e iluminan mutuamente” (RM 16).

            Retomando un pensamiento de Pablo VI, la Redemptoris míssio afirma claramente que el anuncio no es un hecho personal, sino eclesial, que se realiza en comunión con el Espíritu. Esta convicción es principio de confianza: el Espíritu acompaña y por su acción los oyentes esperan ya el anuncio de Jesús (RM 45).

 

c. La conversión

 

            Al anuncio sigue la interpelación a la conversión (RM 20). Los seis discursos de los Hechos de los Apóstoles “anuncian a Jesús e invitan a la conversión, es decir, a acoger a Jesús por la fe ya dejarse transformar en él por el Espíritu” (RM 24). También sobre la conversión “tomada en este sentido de transformación vital, y no sólo en un sentido ideológico o moral” diserta a continuación del anuncio. Insiste en que no puede ponerse en tela de juicio o pasar en silencio la conversión, contentándose en ayudar al prójimo en los aspectos meramente humanos y sociales, o dejándolo en su propia religión (RM 46): “los apóstoles... Invitaban a todos a cambiar de vida”, a convertirse y recibir el bautismo” (RM 47), de acuerdo con el mandato recibido del Señor (RM 47). Todo hombre tiene derecho a escuchar la buena noticia de la salvación ya realizar en plenitud su propia vocación (RM 44 y 46; cf. EN 80).

            La conversión lleva consigo la participación en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo, lo que constituye el fin último de la misión (RM 23 y 45).

 

4. La plantación de la Iglesia

 

            La encíclica de Benedicto XV no trata explícitamente de la implantación de la Iglesia, pero se ocupa largamente de la formación del clero nativo, requisito indispensable para establecer plenamente la Iglesia (cf. MI 36). Pío XI, en el principio de su documento, señala la dilatación por todo el mundo del Reino de Cristo, como camino para hacer partícipes a todos de la redención salvadora (cf. RE 2); por el contexto se ve que casi identifica Reino de Cristo con Iglesia (cf. RE 3). Con su predecesor, indica la importancia del clero nativo al respecto (cf. RE 67). Más ampliamente desarrolla el tema Pío XII, quien después de recordar que el intento primario de las misiones es el anuncio de la verdad cristiana y la conversión de los hombres, añade: “Es necesario que tiendan también, como última meta... a que la Iglesia se establezca sólidamente en otros pueblos y se constituya en ellos una jerarquía propia, formada con elementos indígenas” (EP 22, texto citado luego en FD 3). La Fidei donum avanza la reflexión al entroncar el establecimiento de la Iglesia doquiera con el concepto y realidad de la catolicidad de la Iglesia (cf. FD 12), donde se da “un intercambio de vida y energías entre todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo en la tierra” (FD 10); con ello enaltece el valor de las jóvenes Iglesias y relativiza el de las antiguas. Poco nuevo aporta al tema Juan XXIII.

            El Concilio incluye la tarea de implantar la Iglesia en los pueblos que aún no creen en Cristo entre los fines de la actividad misionera (AG 6) y la explica: de la semilla de la Palabra de Dios surgen las Iglesias autóctonas, con sus propias energías, provistas de jerarquía propia, con medios apropiados para el pleno desarrollo de la vida cristiana, de manera que aporten al bien de toda la Iglesia. Luego dedica un número interesantísimo a la comunidad cristiana como signo de la presencia de Dios en el mundo (AG 15), la que completa con la reflexión sobre el clero local, los catequistas y la vida religiosa, como elementos sobresalientes de las nuevas comunidades (AG 16-18). A las Iglesias particulares dedica un capítulo entero (AG 19-22): les urge el deber misionero y el testimonio de palabra y de vida que compete a los seglares.

            La aportación más notable de Pablo VI la descripción de la Iglesia particular, con su atención al ambiente cultural en que se desenvuelve y su apertura esencial a la Iglesia universal (EN 62-64). Recuerda que “la totalidad de la evangelización, aparte de la predicación... consiste en implantar la Iglesia” (EN 28); más aún, el anuncio adquiere toda su dimensión con la inserción del convertido en la comunidad de los fieles (cf. EN 23).

            Juan Pablo II trata de la plantación de la Iglesia en su encíclica sobre los dos santos apóstoles de los eslavos: “Implantaron la Iglesia de modo pacífico, guiados por su visión de Iglesia una, santa y universal” (S.A.12). Destaca el celo por la inculturación de las nuevas Iglesias, en las que usaron la lengua eslava en la liturgia. Estaban convencidos de que cada Iglesia local está llamada a enriquecer con sus propios dones el pleroma católico. Son puestos como modelo de cómo hay que amar la Iglesia particular en la estima de la Iglesia universal (SA 13 y 26).

            La Redemptoris missio desarrolla la tarea de la construcción de la Iglesia local, consiguiente al anuncio (RM 34) con una idea rica de contenido sobre el ser y quehacer de la comunidad: la Iglesia está al servicio del Reino “fundando comunidades o instituyendo Iglesias particulares, llevándolas a la madurez de la fe y caridad, mediante la apertura a las demás, con el servicio a la persona ya la sociedad, por la comprensión y estima de las instituciones humanas” (RM 20; cf. RM 48 y 83). Advierte que es mucho el trabajo que aún hay que desplegar para plantar plenamente la Iglesia en el mundo (RM 49) y anota que un laicado maduro es un elemento esencial e irrenunciable de la “plantatio Ecclesiae” (RM 71). No sólo recoge las reflexiones de los documentos anteriores sino que los completa con un concepto vital y no sólo geográfico o jurídico de la plantación de la Iglesia y con una atención al laicado y no sólo al clero indígena; la importancia de los laicos para una cabal implantación de la Iglesia se halla ya en Pío XII (EP 29-46) y en Juan XXIII (PP 14-15) y está insinuada en el Concilio (AG 15). Pablo VI trata ampliamente de la acción de los laicos en la Iglesia tanto en el desarrollo interno de los servicios de la propia comunidad eclesial como de la acción de inspiración cristiana en el mundo (cf. EN 73). Juan Pablo II indica las “formas de servicio a la vida de la Iglesia ya la misión” con una enumeración muy completa de ministerios (cf. RM 74) e insiste en la presencia operativa de los laicos en medio del mundo, como veremos al tratar de la participación laical en la misión.

 

a. La jerarquía y clero indígena

 

            El tema de los obispos oriundos del mismo lugar misionero aparece en todos los primeros documentos papales. Con obispos nativos .se establece sólida y definitivamente la Iglesia en nuevos pueblos. (FD 3). Generalmente se trata junto con el de sacerdotes y religiosos indígenas. Benedicto XV lamenta que las jóvenes comunidades “no hayan sido capaces de producir... obispos que las rijan” (MI 38). Pío XI reitera textualmente la misma consideración (RE 69). Pío XII, en la mirada retrospectiva de los veinticinco años precedentes, anota que muchas Iglesias tienen ya “Obispos originarios de los mismos habitantes de la región”, lo que certifica la catolicidad de la Iglesia (EP 5), y en lo referente a África se alegra de haber elevado ya “a numerosos sacerdotes africanos a la plenitud del sacerdocio” (FD 3). Juan XXIII agradece a Dios el aumento de obispos nativos de países de misión y da estadísticas al respecto (PP 5). El Concilio reconoce que la Iglesia echa raíces cada vez más firmes en cada grupo humano cuando las diferentes comunidades de fieles tienen de entre sus miembros ministros propios... en el orden de los obispos, presbíteros y diáconos (AG 16). Suficientemente aclarado ya el tema y crecientemente llevados a la práctica los deseos de jerarquía indígena, cesa la insistencia de los primeros documentos.

            En cuanto al clero en general, Benedicto XV sienta un principio al que luego harán eco los documentos posteriores: “la Iglesia está perfectamente establecida donde el clero indígena bien formado es suficiente” (MI 36; cf. RE 66; PP 4; AG 19). Este clero es la esperanza de las Iglesias jóvenes (cf. MI 30). Pío XII años después afirmará que la constitución del clero local entra de lleno en el fin de la obra misionera (EP 22 y FD 3); lo reiterará Juan XXIII (PP 4).

            La MI dedica varios números al cuidado y formación del clero nativo. “Su formación debe ser plena, completa y acabada, tal como suele darse hoy a los sacerdotes en los pueblos cultos” (MI 33), para que sean aptos, en su día, para “tomar dignamente sobre sí el gobierno de su pueblo. (MI 34). Pío XI continuó la reflexión y dio un gran impulso al clero nativo ordenando también obispos oriundos de los países de misión. Recuerda la praxis de los principios de la Iglesia (RE 70 y 71), defiende la categoría del clero indígena, al que no debe reducirse a ministerios de menor importancia (RE 72 y 95-96), afirma que este clero tiene derecho a gobernar sus Iglesias (RE 75); anota las grandes posibilidades apostólicas del mismo para conectar con su pueblo (RE 77), y advierte que es necesario ante las convulsiones políticas o bélicas de los territorios de misión (RE 79-80). Urge su cabal formación (RE 85-89).

            Pío XII se felicita de que exista ya un numeroso y valioso clero nativo en países de misión (EP 5, 27 y FI;) 3), en lo cual luego le siguen Juan XXIII (PP 4 y 5) y Juan Pablo II, quien lo considera en primer lugar al enumerar los frutos del Concilio (RM 2). La PP tiene una larga exposición sobre cómo se ha procedido y se debe proceder para promocionar un clero bien formado, que debe ser apto para los cargos más importantes de las Iglesias jóvenes (PP 4 a 10). Les exhorta a que estimen la cultura local pero tengan perspectivas universales (PP 13).

            El Concilio retornó el tema con un estudio amplio. Para que la Iglesia esté implantada, es preciso “que esté dotada de propia aunque insuficiente plantilla de sacerdotes locales, de religiosos y de laicos” (AG 19). Abiertamente señala cuanto pueden realizar en la tarea de la inculturación de la fe (AG 16), punto en el cual insiste también Juan Pablo II (RM 52 y 54).

            Los documentos que estudiamos señalan claramente los momentos de evolución de este fundamental empeño misionero, hoy gradualmente logrado.

 

b. Las comunidades eclesiales de base

 

            Merece especial atención el tratamiento que hacen de las comunidades eclesiales de base Pablo VI y Juan Pablo II. La Evangelii nuntiandi, al final del capítulo dedicado a los destinatarios de la evangelización, distingue las comunidades unidas a los Pastores legítimos de las que “se reúnen con un espíritu de crítica amarga hacia la Iglesia”, y marca las condiciones de que deben estar adornadas para ser lugares de evangelización dentro de las Iglesias particulares (EN 58); el tono general es de mucha reserva, aunque con ánimo de encauzar esta experiencia que “florece un poco en todas partes” (EN 58).

            En la Redemptoris missio, quince años después, esta realidad se halla en muchas Iglesias jóvenes; más aún, a veces tiene carácter de opción prioritaria de la pastoral. El Papa lo califica positivamente. El texto tiene un tono muy distinto del anterior. Describe las distintas tareas que desarrollan y las considera un signo de vitalidad, un instrumento de formación y evangelización, un punto de partida para la civilización del amor. Las compara con la primitiva comunidad de Jerusalén, cuyos cuatro rasgos nos dan los Hechos de los Apóstoles, y, aunque llama la atención sobre el riesgo de cerrazón y de instrumentalización ideológica las valora como una gran esperanza para la Iglesia misionera (RM 51).

 

5. La promoción de los valores del Reino

 

            La tercera tarea de la misión ad gentes según la RM es la promoción de los valores (o de los bienes, como dice el texto latino) del Reino. Hay que entenderlo para contraponerlo, como complemento, al anuncio de Jesús ya la plantación de la Iglesia. Es evidente que la fe, que el anuncio quiere suscitar, es el bien fundamental del Reino en cada corazón humano. La vida eclesial, tanto en Su desarrollo interno como en su expansión hacia afuera, se realiza con un maravilloso despliegue de bienes del Reino. Pero ahora reducimos la significación de esta frase a aquellos bienes de orden humano y social que entran en el dinamismo del Reino: “La Iglesia además sirve al Reino difundiendo en el mundo los valores evangélicos que son expresión de ese Reino y ayudan a los hombres a escoger el designio de Dios”... la Iglesia contribuye a este itinerario de conversión al proyecto de Dios con su testimonio y actividad, como son el diálogo, la promoción humana, el compromiso por la justicia y la paz, la educación, el cuidado de los enfermos, la asistencia a los pobres ya los pequeños, salvaguardando siempre la prioridad de las realidades trascendentes y espirituales que son premisas de la salvación escatológica. (RM 20). A esta amplia gama de acciones que tienden al desarrollo profano del hombre y de la sociedad, nos referimos en esta tercera tarea de la Iglesia misionera.

            Benedicto XV anota que en la obra misionera se integran numerosas obras de caridad (MI 76), que no sólo son remedio para las indigencias del prójimo, sino obra apostólica (MI 95) pues tienen eficacia para dilatar los dominios de la fe (MI 27). Pío XI no sólo recuerda las obras benéficas, sino que añade que los misioneros con la luz evangélica llevan a los pueblos los beneficios de la civilización cristiana (RE 1). Profundiza Pío XII reconociendo que los misioneros inculcan la bondad humana y cristiana (EP 2) y “favorecen el incremento de la cultura humana y civil y la concordia fraterna entre los pueblos” (EP 23). Recuerda que las misiones alivian angustias, miserias e inquietudes (EP 48) y extienden los verdaderos valores de la civilización cristiana (FD 4 y 19), pero advierte también que no es su oficio introducir la civilización de los pueblos europeos (EP 61). Alaba Juan XXIII las iniciativas de carácter social y asistencial, pero advirtiendo de paso sobre el riesgo de que estas actividades absorban al misionero y le alejen de su función de enseñanza, santificación y salvación sobrenatural (PP 12).

            El decreto Ad gentes, en consonancia con la preocupación humana y social del Concilio, además de recordar que el Evangelio ha sido siempre en la historia fermento de libertad y de progreso y hoy lo es de fraternidad, unidad y paz (AG 8), explica que la Iglesia por caridad debe preocuparse por el hombre, amándolo con el mismo movimiento con que Dios lo buscó y Cristo lo atendió en sus milagros, que eran signo de la llegada del Reino (AG 12). Los cristianos han de abrir el corazón a las inmensas y profundas necesidades de los hombres y socorrerlas (AG 36). Los cristianos no buscan meramente el progreso material de los hombres, sino que promueven la dignidad y unión fraterna desde la visión del hombre en Cristo y en orden a su apertura a Dios (AG 12).

            Pablo VI proclama que la evangelización tiene un mensaje explícito para la vida comunitaria en la paz, la justicia, el desarrollo, es decir, para una liberación integral, que la Iglesia misionera ha de buscar con afán (EN 29 y 30). Advierte sobre el peligro de un reduccionismo y de ambigüedades en la formulación y praxis de la liberación (EN 32), que debe insertarse en el designio global de la salvación: ésta es la liberación que Cristo ha anunciado y por la que se sacrificó (EN38). Notable es su estudio de las razones de esta solicitud por el bien temporal del prójimo, que desarrolla desde la antropología, la teología y el Evangelio del amor (EN 31). Extiende especialmente esta solicitud eclesial a los campos inmensos de la vida social.

            Amplia es la enseñanza de Juan Pablo II al respecto. En SA presenta a los dos santos evangelizadores de los eslavos como agentes de reconciliación, convivencia amistosa, desarrollo humano y respeto a la dignidad intrínseca de cada nación (SA 1). En RM se alegra de dos hechos históricos: que en la Iglesia se va logrando “una más profunda inserción de las comunidades en la vida de los pueblos” (RM 2) y que en el mundo se afianzan “los valores evangélicos que Jesús encarnó en su vida: paz, justicia, fraternidad, dedicación a los más necesitados”, progreso temporal, etc. (RM 3). Trata claramente de la promoción al desarrollo recordando el hecho histórico de la aportación de los misioneros y la razón y limitaciones de la actividad misionera al respecto (RM 58). Manifiesta “en línea con Pablo VI” tanto su afán de entrar en estos campos de acción temporal, a los que alude reiteradamente, como el temor de reduccionismo a los mismos de la labor misionera: la Iglesia misionera está comprometida en la ayuda a los pobres, la liberación de los oprimidos, la promoción del desarrollo, la defensa de los derechos humanos, etc., “pero su cometido primario es otro: los pobres tienen hambre de Dios y no sólo de pan y libertad; la actividad misionera, ante todo, ha de testimoniar y anunciar la salvación en Cristo, fundando las Iglesias locales que son luego instrumento de liberación en todos los sentidos” (RM 83).

            Urge la acción misionera en la promoción, desarrollo o liberación humana, desde la perspectiva del Reino que exige la promoción de los bienes humanos como acción unida íntimamente al anuncio de la buena nueva: “el Reino tiende a transformar las relaciones humanas...; interesa a todos: a las personas, a la sociedad, al mundo entero...; construir el Reino significa trabajar por la liberación del mal en todas sus formas” (RM 15). Otras razones de este quehacer misionero son: la amplitud de la salvación integral (RM 31), la importancia capital del testimonio cristiano de atención a las necesidades humanas (RM 42), la virtud de la caridad, que es el alma de estas actividades en la Iglesia (RM 60), y la evangélica atención preferencial por los pobres (RM 60). Recuerda repetidamente las obras de promoción de las misiones (RM 37, 42, 58-60 y 81) y advierte que en esta tarea la gran aportación eclesial es la formación cristiana de las personas que son los protagonistas del desarrollo: “Con el mensaje evangélico, la Iglesia ofrece una fuerza liberadora y promotora de desarrollo, precisamente porque lleva a la conversión del corazón y la mentalidad, ayuda a reconocer la dignidad de cada persona, dispone a la solidaridad, al compromiso y al servicio de los hermanos, inserta al hombre en el proyecto de Dios que es la construcción del Reino de paz y de justicia, a partir ya de esta vida" (RM 59).

 

a. El Tercer Mundo y los pobres

 

            La Iglesia desde su fe y su misión está comprometida con la liberación del hoy llamado Tercer Mundo (EN 30) o Sur (RM 58 y 59). Todo ello dice Pablo VI no es extraño a la evangelización. (EN 30). Juan Pablo II atiende a que “la misión se despliega aún hoy día, mayormente en aquellas regiones... donde es más urgente la acción para el desarrollo integral y la liberación de toda opresión” (RM 58). La Redemptoris missio en la línea conciliar que urge la lucha contra el hambre (AG 12) alude reiteradamente a los pobres: recuerda que Jesús se acercó sobre todo a aquellos que estaban al margen de la sociedad (RM 14; cf. RM 37), denuncia las situaciones de pobreza intolerable que originan las migraciones (RM37), destaca el valor del testimonio de ayuda a los pobres (RM 42 y 43), recoge el texto de Puebla sobre la atención preferencial por los pobres (RM60), advierte que a los pobres destina la Iglesia lo que recauda para las misiones (RM 81) e invita a los misioneros a un amor solícito para con los pobres y pequeños (RM 89).

            Obras de asistencia vital son recordadas, ya sea en general, ya con algún detalle, en casi todos los documentos que estudiamos (cf. MI 27 y 75; RE 125; AG 12;RM 58, 60, 63). En el campo sanitario la Iglesia misionera se ha mostrado siempre benemérita, siendo de destacar la actuación de las religiosas (MI 27). Pío XI anota que a través de estas acciones “se granjea la benevolencia y el amor de los corazones” (RE 120, cf. RE 117 y 125). Pío XII, entre otras actividades de esta índole, cita las leproserías (EP 6 y 43) y los asilos, “las más hermosas flores del jardín” (EP 43). También el Concilio invitó a tomar parte en la lucha contra las enfermedades (AG12) y la Redemptoris missio subraya la promoción de la sanidad como actividad misionera (RM 20, 58 y 60).

 

b. La obra educativa

 

            Notable es la actuación de la Iglesia misionera en la amplia obra de la educación de la niñez y la juventud con toda clase de escuelas y colegios (MI 27 y 75 y RE 125). Pío XII reflexiona largamente al respecto, y después de felicitarse por la creación de universidades, colegios de estudios superiores y escuelas primarias, llama la atención sobre la importancia de la formación de las futuras elites de los pueblos que iban despertando ala independencia (EP 6 y 39); Juan XXIII insiste en este punto (PP 22). Las escuelas son lugar de encuentro con los no creyentes para hacerles estimar la religión cristiana y para refutar los errores del comunismo (EP 40 y 41).

            El Concilio invita a tomar parte en la lucha contra la ignorancia y atender la educación como un servicio valioso para los hombres en las naciones en vías de desarrollo (AG 12). La vida cristiana de las nuevas comunidades es favorecida por la aportación de las escuelas (AG 15). Juan Pablo II valora también la obra escolar (RM 58 y 81), como elemento importante en el itinerario de conversión al proyecto de Dios (RM 20), como servicio a los pobres (RM 60) y como campo donde los laicos pueden cooperar mucho en la obra misionera (RM 71).

 

c. Los derechos humanos, la solidaridad y la paz

 

            Una realización de los bienes del Reino se da en la defensa y promoción de los derechos humanos. Los documentos eclesiales van sucesivamente entrando más y más en este campo misional. Aparte de una referencia a Bartolomé de las Casas como defensor de los indígenas ante la tiranía despótica (MI 6), poco hallamos en las dos primeras encíclicas.

            Pío XII desarrolla ampliamente el tema en Evangelii praecones. Advierte que por la acción de la Iglesia “clero y laicos conjuntamente” los pueblos fueron conducidos “a un mayor bienestar aun en el terreno social” (EP 35). Manifiesta gran preocupación por la cuestión obrera: rechaza el comunismo, que disminuye la dignidad de la persona humana que casi reduce a la nada. (EP 47), pero advierte: ¿qué cristiano, qué sacerdote podrá permanecer sordo al grito que se levanta de lo más profundo del alma y que, en un mundo creado por un Dios justo, pide justicia y convivencia fraterna de todos los hombres? (EP 50). Recuerda lo fundamental de la doctrina social de la Iglesia (EP 51). En FD expone sus temores ante la civilización técnica y recuerda el papel de la doctrina cristiana para el orden social (FD 6). La caridad puede remediar mucho, pero .ante todo hay que practicar la justicia. (EP 49). Urge la acción en este campo formando a los cristianos y promoviendo asociaciones y buenas publicaciones (EP 38, 42 y 53). Juan XXIII retoma el tema e insiste sobre todo en la acción que en este campo compete a los laicos en territorios de misión (PP 23).

            El Concilio afirma que el Evangelio es fermento de libertad y de progreso (AG 8 y 5), e invita a todos a trabajar por la justicia (AG 19); para ello los sacerdotes deben formarse convenientemente (AG 16). Pablo VI destaca el mensaje sobre la paz, la justicia y el desarrollo -mensaje de liberación integral- que se contiene en la evangelización (EN 29) y proclama el deber de anunciar la liberación de toda miseria e injusticia (EN 30). Este afán se halla en el dinamismo de las comunidades eclesiales de base (EN 58).

            Juan Pablo II manifiesta una gran preocupación por el tema de la justicia entre los hombres y pueblos, pues su encíclica misionera tiene once referencias al tema. Se congratula de que se afiance entre los pueblos un deseo paz, justicia, fraternidad, atención a los mas necesitados (RM 3), el respeto a la persona humana ya sus derechos, la tendencia a superar racismos y racionalismos, la valoración de la mujer, etc. (RM 86). Afirma con rotundidad que el Reino de Dios tiende a transformar .las relaciones humanas e “interesa alas personas, a la sociedad y al mundo” (RM 15). En el camino hacia el Reino se incluye el compromiso por la justicia y la paz- (RM 20); estas realidades sociales son un areópago a evangelizar (RM 37). Ahí debe darse un gran testimonio cristiano (RM 42) que llevará hasta asumir “posiciones valientes y proféticas ante la corrupción del poder político o económico” (RM43). El proyecto de Dios es paz y justicia ya en esta vida (RM 54), aspecto que debe ser tenido en cuenta en la espiritualidad misionera (RM 91).

            Junto a la promoción de la justicia hallamos el trabajo misionero en pro de la solidaridad entre los hombres y entre todos los pueblos del mundo (EP 2 y 22), tema al cual el Concilio fue muy sensible, con alusiones y llamadas reiteradas a la concordia fraterna que está en el deseo de toda la humanidad (cf. AG 1, 4, 7, 8, 12 y 20) así como a la solidaridad humana, “que brota del misterio de Cristo” (AG 20). La misma preocupación hallamos en Pablo VI, que recuerda que Jesús murió “para reunir en uno todos los hijos de Dios” (EN 12). Juan Pablo II afirma que ser cristiano hoy significa ser artífice de comunión en la Iglesia y en la sociedad (SA 27). El afán de lograr una mayor unidad y solidaridad se da hoy en el mundo y debe ser atendido por la misión ad gentes (RM 3, 86 y 37). Tema de la paz, al que se refieren también el Concilio (AG 5,8 y 12), Pablo VI (EN 29) y Juan Pablo II (SA 1 y RM 3, 11, 59 y 86): el trabajo por la paz es un aspecto importantísimo del testimonio cristiano misionero (RM 42).

 

6. Los ámbitos de la misión “ad gentes”

           

            Una novedad de la encíclica Redemptoris missio es la presentación de lo que denomina “los ámbitos” de la misión ad gentes (RM 37). En tal reflexión se ofrecen nuevas perspectivas de la misión, pero también se recogen insinuaciones y llamadas de anteriores documentos.

 

a. Los ámbitos territoriales

 

            Es obvio que los documentos preconciliares consideran .las misiones» como obra que se desarrolla en determinados lugares de la tierra, que se distinguen de aquellos en que tal actividad no se realiza, ya sea por ser considerados territorios ya cristianizados, ya por concurrir otras circunstancias, como es el caso de lugares dominados por confesiones cristianas no católicas. Así, por ejemplo, Juan XXIII enfoca su encíclica afirmando que quiere hablar “sobre la necesidad y las esperanzas de la dilatación del Reino de Dios en aquella considerable parte del mundo donde se desarrolla la preciosa labor de los misioneros...” (PP 2 cf. FD 2).

            El Concilio, en la declaración de lo que entiende por misiones, habla de la actividad eclesial en “pueblos o grupos humanos que aún no creen en Cristo, la cual ordinariamente se desarrolla en ciertos territorios reconocidos por la Santa Sede”. Advierte, sin embargo, que esta determinación de territorios no es definitiva, pues a veces territorios ya no misionales recaen en situaciones que requieren nuevamente la actividad misionera (AG 6).

            Pablo VI enfoca el tema con mayor amplitud: la “evangelización” universal excede la misión ad gentes de carácter territorial determinado (EN 19 y 54). Juan Pablo II reconoce que “la actividad misionera ha sido definida normalmente en relación con territorios con-cretos”, y, frente alas confusiones nacidas de nuevas situaciones de increencia en lugares de antigua cristiandad, explica tanto el aspecto misionero básico de toda pastoral como -sobre todo-la nueva evangelización (RM 33). Puestas estas bases, puede afirmar que la actividad misionera ad gentes, al ser diferente de la atención pastoral a los fieles y de la nueva evangelización de los no practicantes, se ejerce en territorios y entre grupos humanos bien definidos" (RM 37 a). Oportunamente advierte que las situaciones de misión no son homogéneas. El criterio geográfico, “no muy preciso y siempre provisional" (RM 37 a), sigue siendo válido.

 

b. Los inmigrados

 

            En los territorios no misionales existen grupos humanos que por razón de su procedencia reclaman la misión ad gentes son los inmigrados de los países de misión, para los cuales se reclama reiteradamente una atención especial en los lugares de cristiandad adonde han ido (FD 17, PP 24, AG 38 y EN 21). Juan XXIII carga la conciencia de 1os obispos sobre esta nueva ayuda a las Iglesias misioneras (PP 24) y el Concilio proclama la responsabilidad de servicio, amor y ayuda, así como de ofrecerles el rostro genuino de Cristo (AG 38). Juan Pablo II trata más ampliamente este tema considerando a los inmigrados como un ámbito especial de la misión ad gentes (RM 37 b).

 

c. Los grupos humanos y las culturas

 

            Es evidente que al hablar de territorios de misión nos referimos a la misión en relación con las personas que habitan dichos territorios. Pero la distinción de grupos humanos formalmente no se hace por territorios, sino por las culturas sociológicas de los mismos, influyendo muchos factores. Más aún, estas personas sufren impactos en su cultura al cambiar de lugar o situación. Ya el Concilio advierte a los obispos de misiones que atiendan ala influencia ambiental cambiante, en la urbanización, las emigraciones, el indiferentismo religioso (AG 20).

            Pablo VI considera amplia y profundamente el factor cultural de los que han de ser evangelizados, no sólo como elemento influyente en la mentalidad a convertir, sino también como un objetivo de evangelización: evangelizar es también “transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuerzas inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad” que contrastan con la vida según el Evangelio (EN 19). A este respecto se extiende sobre el humanismo ateo, el secularismo, el ateísmo antropológico pragmático, el consumismo, el hedonismo, la voluntad de poder, y las discriminaciones como aspectos de una cultura necesitada de evangelización (EN 55). En esta línea de atención al fenómeno cultural, tanto en sí como en su influencia sobre la persona y grupos humanos, se mueve la ulterior reflexión de Juan Pablo II sobre los ámbitos de la misión ad gentes.

 

d. Mundos y fenómenos sociales nuevos

 

            En el mismo mundo geográfico de la misión ad gentes se están produciendo cambios de situaciones humanas y sociales que deben ser atentamente consideradas en la actividad misionera. Más aún, estos cambios se dan también en los países no misioneros, y reclaman una acción eclesial a parangonar con la actividad misionera ad gentes. La Redemptoris missio indica los siguientes fenómenos causantes de estas fuertes modificaciones ambientales: la urbanización o incremento masivo de ciudades de gran fuerza en el devenir histórico pero donde el individuo se sumerge en un pernicioso anonimato; la juventud que en muchos países es la mitad de la población y reclama nuevas iniciativas sociales, culturales y evangelizadoras; las migraciones, con nueva exigencia misionera de las comunidades humanas que reciben o conectan inmediatamente con los inmigrados; los refugiados, que son millones en el mundo y sufren penosísimas y desesperantes miserias; los pobres en situaciones de máxima indigencia, etc. En estos mundos el anuncio de Cristo y del Reino de Dios, con palabras y obras testimoniales y adecuadamente serviciales, ha de ser instrumento también .de rescate humano de estas poblaciones desconcertadas (RM 37 b).

 

e. Las áreas culturales

 

            Tomando la palabra del episodio de Pablo en su paso por Atenas, el Papa llama a estas áreas “areópagos modernos” (RM 37 c). Se trata de actividades que influyen grandemente en la cultura y de las estructuras sociales desde las que se realizan dichas actividades. Juan Pablo II enumera el mundo de la comunicación (que está transformando el mundo en una aldea global y que no sólo ofrece contenidos, sino nuevos lenguajes y nuevos comportamientos psicológicos), la paz, el desarrollo, la liberación de los pueblos, los derechos humanos, las minorías étnicas, la promoción de la mujer y del niño, la salvaguardia de la creación, la cultura intelectual, la investigación científica, las relaciones internacionales, etc. (RM 37 c). Completa esta lista el ambiente interior del hombre de nuestro tiempo, que por una parte se sumerge en el materialismo consumista y por otra busca un mejor sentido de la vida y formas de concentración y oración (RM 38).

            Esta nueva presentación de la misión ad gentes, repasando los territorios, abre inmensos campos de acción en todo el mundo y reclama personas vocacionadas y ulteriormente especializadas para proclamar el primer anuncio de la salvación por Jesús y lograr la conversión de tantas pautas sociales de comportamiento al Evangelio con sus directrices y sus horizontes trascendentes.

 

7. La inculturación

 

            El tema de la inculturación es uno de los más apasionantes de la misionología moderna. Tiene dos aspectos íntimamente enlazados. Por una parte, el Evangelio, sin confundirse con una cultura, sino en la esencialidad de la revelación cristiana, se proyecta sobre la cultura: la evangeliza discerniendo sus elementos y aportando nuevas luces y valores. Como dice el Concilio, toda cultura ha de ser .purificada, elevada y perfeccionada. (LG 17, citado en RM 54). Por otra parte, la misma fe viva, sin mengua alguna de sus contenidos esenciales, ha de hacer surgir de la propia tradición de los pueblos expresiones originales de vida, de celebración y de pensamiento cristianos. Quan Pablo II en Cathechesi tradendae n. 53, capital para estudiar este punto. En el proceso largo de la inculturación, ambos pasos se favorecen mutuamente; son como cara y cruz de una misma moneda. Por tanto, no los analizamos separadamente, pues juntos se encuentran en la reflexión papal y conciliar, como unidos se encuentran en la vivencia de la fe.

            El tema es ineludible en toda la actividad misionera: el anuncio debe ser hecho con lenguaje inteligible a la cultura del pueblo a evangelizar, y por otra parte proyecta su luz discernidora sobre los valores de la misma. La inculturación es decisiva para la auténtica plantación de la Iglesia; lo que en su lugar hemos dicho sobre la jerarquía y el clero indígena, se relaciona con la inculturación: estos agentes misioneros, por su origen, están particularmente capacitados para este aspecto de la misión. También se relaciona con la in-

culturación la actuación misionera en los bienes y valores humanos del Reino; es, en definitiva, despliegue de la inculturación, que así vitalmente va lográndose.

 

a. La adaptación misionera

 

            Las dos primeras encíclicas apuntan al problema de la inculturación al urgir a los misioneros el conocimiento de las lenguas del pueblo a evangelizar (MI 59 y RE 77). Pío XII expresa más tarde las líneas fundamentales de la inculturación en una página espléndida sobre adaptación (así se decía entonces) y respeto por las culturas, donde, tomando pie de la historia de las misiones, escribe que “la Iglesia católica ni despreció las doctrinas de los paganos ni las rechazó, sino que más bien las libró de todo error e impureza y las consumó y perfeccionó con la sabiduría cristiana” (EP 60; cf. AG 9 que reitera este pensamiento). Por otra parte, al llamar a los pueblos ala fe “imita a quienes injertan en los árboles silvestres la buena rama, a fin de que algún día maduren en ellos frutos más dulces y exquisitos. (EP 58). Advierte, por consiguiente, que no es propio del oficio del misionero introducir la civilización de los pueblos europeos (EN 61). Juan XXIII cita a su predecesor y añade que la Iglesia favorece los valores del arte o del pensamiento de cualquier cultura que enriquecen la familia humana (PP 10); asimismo advierte que el cristiano debe amar su propia cultura con perspectivas universales (PP 13).

            Los principios ya establecidos por ambos papas son tenidos en cuenta por el Concilio, que le añade algunas reflexiones de fondo y varias aplicaciones ala vida misionera. Espléndido es el punto 22 del decreto Ad gentes, que llama aún adaptación a la que hoy nombramos inculturación. Considera el tema teológico a la luz de la Encarnación del Verbo, que aceptó las maneras humanas de vivir sin concesión alguna al pecado, y urge “una profunda adaptación” de toda la vida de la fe, la que dará nuevas tradiciones católicas a asumir en la comunión eclesial (AG 22). Urge los compromisos consiguientes a las Iglesias particulares de misiones (15 y 19), al clero (AG 16), a los Institutos religiosos, incluso los de vida contemplativa (AG 18 y 40), a los laicos (AG 11, 20 y 21), a los misioneros, que han de ser formados para una evangelización inculturizada (AG 26), ya la misma Congregación Romana para la Propagación de la Fe, que ha de tener la inculturación en gran estima y obrar en consecuencia (AG 29). Urge que en el diálogo con culturas no cristianas colaboren los Institutos científicos que cultivan la misionología u otras ciencias o artes útiles al respecto, como son la etnología, la lingüística, la historia, la ciencia de las religiones, la sociología, la pastoral, etc. (AG 34). Juan Pablo II, aceptando el valor del estudio de los peritos en orden ala inculturación, advierte, sin embargo, que “debe madurar en el seno de la comunidad y no ser fruto exclusivo de investigaciones eruditas” (RM 54).

 

b. Culturas y evangelización

 

            Pablo VI desarrolló la gran lección de la evangelización de las culturas y de la expresión de la fe según diferentes culturas: “El Evangelio y la evangelización no se identifican ciertamente con la cultura...; sin embargo, el Reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura, y la construcción del Reino no puede menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas...; hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura o, más exactamente, de las culturas” (EN 20). Vuelve más adelante a tratar la inculturación hablando de las Iglesias particulares, que “tienen la función de asimilar lo esencial del mensaje evangélico, de trasvasarlo, sin la menor traición a su verdad esencial, al lenguaje que esos hombres comprenden, y después, de anunciarlo en ese mismo lenguaje” (EN 63). El problema -advierte- es delicado, pero ineludible. El documento de Pablo VI es precioso para cuanto hace referencia al diálogo entre la fe y la cultura.

 

c. Amplio magisterio de Juan Pablo II

 

            Juan Pablo II ha tratado el tema en varios documentos: la Catechesi tradendae, la Familiaris consortio, la Slavorum apostoli y la Redemptoris missio. Ya hemos citado un texto precioso del documento sobre la catequesis; explica además cómo, por una parte, el mensaje evangélico “no puede pura y simplemente aislarse de la cultura en la que está inserto desde el principio”, y, por otra, “la fuerza del Evangelio es en todas partes transformadora y regeneradora" (CT 53). En FC, aplicando la inculturación a la vida familiar, sienta el principio de que “la Iglesia entera quedará enriquecida también por aquellas culturas que, aun, privadas de tecnología, abundan en sabiduría humana, y están vivificadas por profundos valores humanos” (PC 10).

            En la encíclica sobre los misioneros de los pueblos eslavos el tema de la inculturación es principal: Cirilo y Metodio son presentados como modelos en esta faceta de la actividad misionera: .se prefijaron el cometido de comprender y penetrar la lengua, las costumbres y tradiciones propias de los pueblos eslavos, interpretando fielmente las aspiraciones y valores humanos que en ellos subsistían y se expresaban" (SA 10) en orden a una evangelización plenamente inculturizada. Adaptaron a la lengua eslava los textos de la liturgia bizantina y adecuaron incluso el derecho grecoromano; fueron sostenidos por el Papa cuando sus innovaciones de inculturación fueron impugnadas (SA 6, 13 y 17). Mantuvieron el sentido católico de la Iglesia, entendiendo que ello es compatible con “presentar en cada contexto humano la verdad revelada... de manera que se haga accesible a los modos de pensar elevados ya las justas aspiraciones de cada hombre y de cada pueblo, pues el Evangelio no lleva a empobrecimiento, sino que .induce a asimilar estos valores, vivirlos en plenitud y completarlos y sublimarlos con los revelados (SA 18). La Iglesia realiza en todas partes su propia universalidad acogiendo, uniendo y elevando, en el modo que le es propio y con solicitud maternal, todo valor humano auténtico (SA 19).

            La Redemptoris missio considera un fruto importante del Concilio ir logrando una inserción más profunda de las comunidades cristianas en la vida de los pueblos. (RM 2). Explica que ya los cuatro evangelios testimonian un sano pluralismo, adecuado a situaciones diversas (RM 23). La atención a las diversas procedencias de los cristianos tuvo su momento de reflexión en el Concilio de Jerusalén, a partir del cual la Iglesia es “casa donde todos pueden entrar y sentirse a gusto conservando su propia cultura y las propias tradiciones, siempre que no estén en contraste con el Evangelio”(RM 24). Más adelante afronta directamente el proceso misionero de la inculturación, en el que la Iglesia se ve comprometida (RM 52) y fija el objetivo en la íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas (RM 52). Siente como principios de la inculturación la compatibilidad de los elementos culturales con el Evangelio y la comunión con la Iglesia universal (RM 54). Señala que es un tema a tratar en Conferencias Episcopales (RM 76) y que, gracias ala inculturación, es rico el intercambio -el dar y recibir- de las diversas comunidades de creyentes en el mundo entero (RM 85).

            Con todas las esperanzas y riesgos, el proceso de inculturación en el campo de la vida eclesial y cristiana está en marcha y sin duda dará frutos sorprendentes en el futuro a pesar de los temores con que algunos lo miran. Si la vida misionera de Metodio y Cirilo nos es presentada no como excepción, sino como normativa, la inculturación en los pueblos africanos y asiáticos y aborígenes de América y Oceanía, tan distintos de los mediterráneos (cuna de la Iglesia) y de los actuales europeos, es una exigencia principal de la misión ad gentes en el día de hoy.

 

8. El diálogo interreligioso

 

            La afirmación de Juan Pablo II es rotunda: .el diálogo interreligioso forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. (RM 55). Pero debe reconocerse que a esta conciencia -por lo menos con las connotaciones de hoy- la Iglesia ha llegado recientemente. Esta evolución ha sido paralela á la de la visión que se ha tenido de la vivencia religiosa de los no cristianos y de las correspondientes religiones. En este proceso se ha reflexionado también más a fondo sobre la relación entre la Iglesia -cuya misión universal jamás ha sido puesta en entredicho- y la salvación de cada persona. Por todo lo cual es preciso que, antes de entrar en el tema formal del diálogo, consideremos la situación de los destinatarios de la misión, la relación Iglesia-salvación y la valoración de las otras religiones.

 

a. Los destinatarios de la misión y su salvación

 

            Conviene ante todo recordar las verdades indiscutibles de la destinación universal de la salvación obrada por Jesús y de la posibilidad de salvación concreta que Dios -al modo que sólo El sabe- ofrece a cada uno (RM 6). Esto jamás ha sido negado, a pesar de ciertas afirmaciones pesimistas referentes a la salvación de los no creyentes en Cristo. También conviene recordar que, sobre el número de los que se salvan, Jesús no quiso dar respuesta; en esta nesciencia la Iglesia deberá permanecer siempre.

            Las primeras encíclicas misionales de este siglo expresan una gran conmiseración por la suerte de quienes no conocen aún a Jesucristo. Tomándolo de la frase bíblica, se dice que “yacen en tinieblas y sombras de muerte” (MI 40; REl y EP 16). Sin la misión “se despeñarían a la ruina” (MI 40). Pío XII considera además su peligro de caer en el materialismo ateo (EP 17). Estas posiciones son suavizadas en FD y PP, donde se habla de quienes “todavía” esperan el mensaje y están apartados de la verdadera fe (FD 1 y 13 y PP 6). El Concilio plantea el tema de otro modo muy distinto. Parte de la consideración de la acción secreta de Dios en las almas, de la búsqueda de Dios y del sentido de preparación evangélica, según un designio divino, que hay que dar a muchos empeños religiosos a cristianos (AG 3). Cuando la Iglesia consigue conectar con estas realidades religiosas en sí positivas aunque imperfectas, “las trae a la plenitud católica” (AG 6; cf. LG 17). Insiste en que Dios, por los caminos que él sabe, puede traer a todos a la fe, pero que ello no invalida ni debilita la urgencia del mandato misionero de la Iglesia que “conserva íntegra, hoy como siempre, su fuerza y necesidad” (AG 7). Estas condiciones religiosas de los pueblos deben ser estudiadas y valoradas debidamente por los misioneros (AG 26). Una importante referencia a este tema se halla en la Gaudium et spes 22: el Espíritu ofrece a todo hombre alguna posibilidad concreta de asociarse al misterio pascual salvífico.

            Pablo VI no entra explícitamente en este tema, pero aporta mucho en lo referente al valor de las religiones no cristianas, como veremos más adelante, lo que lleva consigo tener una visión menos pesimista de la suerte de tos no cristianos. Pero, sea cual sea esta valoración, Pablo VI es claro en la necesidad del Evangelio que tiene toda persona, sin excepción y sin elitismos (EN 57).

            La doctrina de la Redemptoris missio, que recoge el espíritu de la famosa reunión interreligiosa de Asís, es más explícita aún sobre la acción del Espíritu Santo fuera de la Iglesia, pero rechaza que ello pueda ser pretexto para abandonar la misión universal de la

Iglesia (RM 4). A quienes inculpablemente ignoran la Iglesia como camino de salvación, “la salvación de Cristo les es accesible en virtud de la gracia, que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella”, pero les ilumina

de manera adecuada y les permite llegar a la salvación mediante su libre colaboración (RM 10); aquí cita GS 22, que otras tres veces viene mencionada en el texto papal.

 

b. La salvación y la Iglesia

 

            La necesidad de la Iglesia para la salvación fue afirmada y al mismo tiempo aclarada en los documentos del Concilio Vaticano II (LG 14 y AG 17). Juan Pablo II lo recuerda: “Cristo vive en la Iglesia..., por medio de ella cumple la misión...; el Concilio ha reclamado ampliamente el papel de la Iglesia para la salvación de la humanidad, a la par que reconoce que Dios ama a todos los hombres y les concede la posibilidad de salvarse. La Iglesia profesa que Dios ha constituido a Cristo como único mediador y que ella misma ha sido constituida como sacramento universal de salvación. Es necesario mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación” (RM 9).

            Vuelve al tema al considerar la relación “singular y Única” del Reino con la Iglesia, que lo anuncia e instaura en todos los pueblos. Ello “no excluye la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los confines visibles de la Iglesia” (RM 18). Más adelante afirma que la Iglesia es camino ordinario de salvación, de modo que sólo ella posee la plenitud de los medios de salvación, pero los seguidores de otras religiones pueden recibir la gracia de Dios y ser salvados por Cristo independientemente de los medios idóneos por El establecidos (RM 55). Téngase en cuenta que la Iglesia sirve también al Reino con su intercesión, al ser éste por naturaleza don y obra de Dios- (RM 20), y que la Iglesia reza siempre por todos los hombres y mujeres del mundo, sin excepción alguna.

 

c. Valor de las religiones no cristianas

 

            En su magnífica exposición sobre adaptación respetuosa de las culturas, Pío XII implícitamente alude a los valores religiosos, ya que pueden entenderse englobados en lo bueno, honesto y hermoso que, según su propia índole y genio, cada pueblo posee. (EP 58).

Afirma luego que la Iglesia católica no desprecia las doctrinas de los paganos, sino que más bien las purifica y perfecciona con la sabiduría cristiana (EP 60), y cita un texto de su primera encíclica donde dice: “Todo aquello que en las costumbres de los pueblos no está vinculado indisolublemente con supersticiones o errores, se examina siempre con benevolencia y, si es posible, se conserva incólume” (EP 61).

            El Concilio afrontó directamente el juicio sobre las religiones no cristianas en la declaración Nostra aetate. Después de reconocer que los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas escondidos de la condición humana (NA 1), afirma que la Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepen mucho de los que ella mantiene y propone, no pocas veces reflejan, sin  embargo, un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene la obligación de anunciar sin cesar a Cristo, que es camino, verdad y vida, en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas. (NA 2).

            El decreto Ad gentes manifiesta una valoración positiva de las religiones no cristianas al afirmar que los esfuerzos de los hombres que buscan a Dios, si bien necesitan ser iluminados y sanados por la fe cristiana, sin embargo pueden a veces considerarse como pedagogía hacia el verdadero Dios o como preparación en orden al Evangelio (AG 3). Da un paso adelante al tomar una idea de algunos Padres de la Iglesia primitiva: hay “semillas del Verbo” fuera de la Iglesia. Aquellos Padres (Justino, Ireneo y Clemente de Alejandría) aplicaron esta teoría a las filosofías griegas, que como pensadores tanto estimaban. El Concilio la aplica también a las doctrinas religiosas: las Iglesias han de descubrir las “semillas del Verbo” de los no creyentes para dialogar mejor con ellos y evangelizarlos (AG 11) y el Espíritu Santo llama a todos mediante las “semillas del Verbo” (AG 15). En sintonía con este pensamiento, afirma que los religiosos católicos han de ver si pueden asumir las tradiciones ascéticas y contemplativas cuyas semillas ha esparcido Dios en las culturas antiguas (AG 18).

            En la Evangelii nuntiandi hallamos una explícita reflexión sobre el valor de las religiones no cristianas. Son expresión viviente del alma de vastos grupos humanos, fruto de milenios de búsqueda de Dios con sinceridad y rectitud de corazón; en ellas hay “semillas del Verbo” y constituyen una preparación evangélica. Ello suscita cuestiones complejas y delicadas. Pero no implica para la Iglesia invitación a silenciar el anuncio de Cristo, pues todos los hombres tienen derecho a conocerlo con toda su riqueza; la fe cristiana instaura la relación auténtica y viviente con Dios que tales religiones no lograron (EN 53). Al final del documento vuelve al tema y afirma que el reconocimiento de que hay

“semillas del Verbo” fuera de la Iglesia no es objeción para cumplir el mandato misionero universal (EN 80).

            Reflexiona Juan Pablo II sobre el tema desde lo afirmado por el Concilio y Pablo VI. Con su predecesor insiste en que la posibilidad de salvación en las religiones no cristianas en modo alguno invalida la misión eclesial universal (RM 4). Explica que siendo Jesucristo el único mediador, sólo por esta mediación “cobran significado y valor” “las mediaciones parciales de cualquier tipo y orden”, que en modo alguno “han de ser entendidas como paralelas y complementarias” (RM 5). Admite reiteradamente de modo explícito la realidad de “semillas del Verbo” en las religiones no cristianas (RM 6, 28, 39 y 56). En sintonía con esta valoración, invita a los religiosos de vida contemplativa a establecerse “donde es tenida en gran estima la vida contemplativa por medio de la ascesis y la búsqueda del Absoluto” (RM 69).

            Donde hallamos el mayor avance doctrinal es en el capítulo sobre la operación del Espíritu Santo, unida al tema de las “semillas del Verbo”. El Espíritu actúa en el corazón del hombre, “incluso en las iniciativas religiosas, en los esfuerzos de la actividad humana encaminada a la verdad, al bien y a Dios”. “La presencia y la actividad del Espíritu no afectan únicamente a los individuos, sino también a la sociedad, a la historia, a los pueblos, a las culturas ya las religiones” (RM 28). Más adelante completa la idea uniéndola a la de la acción universal del Espíritu en la Iglesia; es siempre el Espíritu quien actúa, ya sea cuando vivifica la Iglesia y la impulsa a anunciar a Cristo, ya sea cuando siembra y desarrolla sus dones en todos los hombres y pueblos, guiando la Iglesia a descubrirlos, promoverlos y recibirlos mediante el diálogo- (RM 29). Sobre estas bases teológicas se justifica el diálogo y se clarifican sus líneas y sus objetivos misioneros.

 

d. El diálogo con las religiones

 

            El Concilio se desarrolló bajo el signo del diálogo, promovido por Pablo VI en su primera encíclica programática Ecclesiam suam, que contiene ya un apartado referente al diálogo con las religiones (ES 49): El decreto Ad gentes contiene algunas referencias sobre este diálogo: los cristianos, a través de un “diálogo sincero y paciente”, han de dar a conocer las riquezas que Dios dispensa (AG 11); el clero local ha de conocer bien “las relaciones entre la religión patria y la religión cristiana” y ha de “prepararse convenientemente para el diálogo fraterno con los no cristianos” (AG 16). Lo mismo se dice de los misioneros: han de conocer a fondo los aspectos religiosos de la vida y mentalidad de quienes han de evangelizar (AG 26). Invita a los Institutos de misionología a contribuir a los diálogos con las religiones y las culturas (AG 34) y elogia a los seglares estudiosos que con sus estudios sobre los pueblos y sus religiones .ayudan a los predicadores del Evangelio y preparan el diálogo con los no cristianos (AG 41).

            Pero el texto que refleja claramente el pensamiento del Concilio lo hallamos en la declaración Nostra aetate, donde, después de manifestar y razonar el respeto de la Iglesia por cuanto de santo y verdadero se halle en las tradiciones religiosas no cristianas, añade: “Así pues, exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los seguidores de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que se encuentran en ellos” (NA 2). La referencia posterior al Islam ya la religión judía aplica estos principios a tales casos. La importancia de este documento conciliar ha motivado que se incluya en el apéndice de este libro.

            La Redemptoris missio reasume explícita y largamente el tema del diálogo con las religiones no cristianas, que es una expresión de la misión ad gentes (RM 55). Ya en el inicio del documento considera un fruto muy notable de la renovación conciliar que las Iglesias particulares “se muestren abiertas al encuentro, al diálogo ya la colaboración con los miembros de otras Iglesias cristianas y de otras religiones” (RM 2). Más adelante incluye estos diálogos en el itinerario del proyecto de Dios que ha de seguir la Iglesia (RM 20).

            Cuando pasa a desarrollar ampliamente el tema, llama a este diálogo “método y medio para un conocimiento y enriquecimiento recíproco”. En el ámbito de la misión ad gentes deben compaginarse el anuncio y el diálogo, con vinculación íntima y distinción mutua; “por lo cual no deben ser confundidos, ni instrumentalizados, ni tampoco considerados equivalentes, como si fueran intercambiables” (RM 55). En este punto el Papa es reiterativo: el diálogo no sustituye al anuncio (RM 4) ni debe llevar a reducir la totalidad del anuncio evangélico (RM 17).

            Explica cómo se hace el diálogo: “El interlocutor ha de ser coherente con las propias tradiciones y abierto para comprender al otro, sin disimular ni cerrarse, sino con una actitud de verdad, humildad y lealtad, sabiendo que el diálogo puede enriquecer a cada uno. No debe darse ningún tipo de abdicación ni de irenismo” (RM 56). Para el cristiano, “el diálogo no nace de una táctica o de un interés..., sino que es exigido por el profundo respeto hacia todo lo que en el hombre ha obrado el Espíritu que sopla donde quiere; en el diálogo, la Iglesia descubre las “semillas del Verbo” (RM 56). El diálogo sirve al cristiano para descubrir la acción del Espíritu, profundizar en la propia identidad y testimoniar la revelación; para todos los dialogantes sirve para el enriquecimiento mutuo y la superación de prejuicios (RM 56). El campo del diálogo es grande: se dialoga con intercambios entre expertos, colaboraciones conjuntas al desarrollo, salvaguardia de los valores religiosos, comunicación de experiencias espirituales, -diálogo de vida y edificación, en unión, de una sociedad más justa y fraterna (RM 57).

            No es fácil el camino del diálogo, pues no siempre se consigue acogida y respuesta al proponerlo (RM 57). Pero hay que empeñarse en él con esperanza y caridad, sabiendo que es un camino hacia el Reino (RM 57) y que en su día dará frutos en el Espíritu (RM 56).

            Posteriormente a la encíclica, la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y el Pontificio Consejo para el Diálogo interreligioso han elaborado un más amplio estudio bajo el título Diálogo y anuncio. Lo insertamos en apéndice por su importancia, como última actualización de este tema difícil y apasionante de la misionología de hoy.

 

9. Itinerarios y medios de la misión “ad gentes”

 

            Aunque el estudio anterior analítico ha indicado ya oportunamente los elementos de la rica actividad misionera especialmente desarrollados por los sucesivos documentos, parece oportuno cerrar este capítulo con una mirada de conjunto a los temas que priman en cada uno de dichos documentos ya los métodos y medios que especialmente se encarecen, combinando dichos elementos.

            La MI considera de principal importancia la actuación directiva de los Obispos, Vicarios Apostólicos y Prefectos en sus respectivas comunidades. Hay un llamamiento muy claro a promover vocaciones consagradas entre los nativos. Exhorta a los misioneros a una vida espiritual y apostólica acorde con su gran responsabilidad eclesial. Para Benedicto XV parece preferente el factor personal; los documentos siguientes mantendrán siempre esta primera preocupación.

            La RE insiste en el tema del clero nativo con normas sobre su formación. Urge la promoción vocacional también de religiosos y religiosas; desea se extienda la vida contemplativa en misiones (RE 106-112). En cuanto a la ordenación de la actividad misionera, encarece la organización de cada misión por sectores pastorales y la prestación de servicios humanitarios para los nativos.

            Pío XII en EP, además de volver a subrayar la formación de misioneros y clero nativo, trata ampliamente de la cooperación de los seglares, justificándolo por la historia de la Iglesia, y desarrolla las tareas que pueden realizar en educación, prensa, asistencia sanitaria y acción social. En la FD, dedicada a África, trata de los peligros internos y externos de la evolución africana de aquel momento histórico, y llama a hacerles frente con premura, pues de lo contrario “pueden producirse situaciones difícilmente reparables (FD

6).

            La PP revisa de nuevo el tema permanente del clero local, de los misioneros y del laicado en países de misión. Se extiende especialmente en este último. La solicitud por el personal alcanza ya un gran abanico, pues todos han de colaborar en la obra misionera: El Concilio revisó toda la actividad misionera y, por consiguiente, retomó los puntos que habían sido objeto de gran atención en las cinco encíclicas precedentes. Por la que se refiere a la ordenación de la actividad misionera, se extiende largamente en el capítulo II, engarzando bien los temas del testimonio cristiano, la presencia de la caridad, la evangelización y la conversión, el catecumenado y la iniciación cristiana, la formación de la comunidad cristiana, la constitución del clero local, la formación de los catequistas y la promoción de la vida religiosa. Luego, en sucesivos capítulos, trata de las Iglesias: particulares y de la ordenación de la actividad misionera en todos los niveles. Un tratado completo de caminos y medios misioneros.

            Pablo VI se plantea la pregunta sobre los métodos que deben utilizarse para proclamar eficazmente el Evangelio (EN 4). El documento es riquísimo de contenido, a veces subrayando y desarrollando puntos ya indicados por el Concilio, otras veces entrando en algunos temas algo nuevos: la atención a la civilización de la imagen (EN 42; sobre este punto ya había advertido AG 19 y 26), el descubrimiento de los designios divinos en los acontecimientos (EN 43), 14 relación entre Palabra y Sacramento (EN 47), la excelencia de la piedad popular, que “refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden

Conocer” (EN 48), etc.

            La encíclica sobre los santos misioneros de los eslavos presenta el gran testimonio de ambos, especialmente en la atención a .la inculturación ya la viva comunión con toda la Iglesia. Juan Pablo II ofrece luego en RM amplias reflexiones y normativas sobre cómo conducir la actividad misionera. Dos advertencias previas: el Espíritu es quien guía a la Iglesia misionera (RM 24) y “antes de ser acción, la misión es testimonio e irradiación” (RM 26). En el capítulo V, dedicado a los caminos de la misión, después de recordar que la misión es una realidad unitaria pero compleja (RM 41), trata sucesivamente del testimonio, el anuncio, la conversión y bautismo. Aquí se detiene para reprobar ciertos silencios sobre la conversión so pretexto de que se debe evitar el proselitismo. De la conversión y el bautismo pasa a la formación de las Iglesias locales, a la inculturación, al diálogo con los hermanos de otras religiones ya la promoción del desarrollo educando las conciencias. Termina con una referencia al amor, “que es y sigue siendo la fuerza de la misión y es también el único criterio según el cual todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse. Es el principio que debe dirigir toda actuación y el fin al que debe tender” (RM 60). Al final del documento vuelve a los caminos de la misión, considerando la espiritualidad que debe inspirarlos en el corazón de cada misionero: pobreza, mansedumbre, aceptación de los sufrimientos y persecuciones, etc. (RM 91). No basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explotar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe; es necesario suscitar un nuevo anhelo de santidad entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana, particularmente entre aquellos que son los colaboradores más íntimos de los misioneros (RM 90).

 

 

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