Mensaje del Santo
Padre Benedicto XVI para la Jornada
Mundial de las Misiones 2007:
"Todas las Iglesias para todo el
mundo"
81ª Jornada Mundial de las Misiones, que este año se celebra el domingo 21
de octubre
Queridos hermanos y hermanas,
Con ocasión de la próxima
Jornada Mundial de las Misiones
quisiera invitar a todo el
Pueblo de Dios - Pastores,
sacerdotes, religiosos,
religiosas y laicos - a
reflexionar sobre la urgencia y
la importancia que reviste, en
estos tiempos, la acción
misionera de la Iglesia.
Continuamente resuenan en
nuestro interior, como una
llamada universal y un afligido
llamamiento, las palabras con
las que Jesucristo, crucificado
y resucitado, antes de subir a
los Cielos, confió a los
Apóstoles el mandato misionero:
"Id, pues, y haced discípulos a
todas las gentes bautizándolas
en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo y
enseñándoles a guardar todo lo
que yo os he mandado". Y añadió:
" Y he aquí que yo estoy con
vosotros todos los días hasta el
fin del mundo" (Mt 28,19-20). En
la gran obra de evangelización
nos sustenta y acompaña la
certeza de que Él, el dueño de
la mies, está con nosotros y
guía sin descanso a su pueblo.
Cristo es la fuente inagotable
de la misión de la Iglesia. Este
año, además, un ulterior motivo
nos impulsa a un renovado
compromiso misionero: se celebra
en efecto el 50° aniversario de
la Encíclica del Siervo de Dios
Pío XII ‘Fidei Donum’, con la
que se promovió y alentó la
cooperación entre las Iglesias
para la misión ad gentes.
"Todas las Iglesias para todo el
mundo": este es el tema elegido
para la próxima Jornada Mundial
de las Misiones. Invita a las
Iglesias locales de todos los
continentes a tomar mayor
conciencia de la urgente
necesidad de impulsar de nuevo
la acción misionera ante los
múltiples y graves desafíos de
nuestro tiempo.
Ciertamente han cambiado las
condiciones de la humanidad, y
en estas décadas se ha realizado
un gran esfuerzo por difundir el
Evangelio, sobre todo a partir
del Concilio Vaticano II. Sin
embargo, todavía queda mucho por
hacer para responder al
llamamiento misionero que el
Señor continuamente dirige a
todos los bautizados. Él
continua llamando, en primer
lugar, a las Iglesias llamadas
de antigua tradición, que en el
pasado ofrecieron a las
misiones, además de medios
materiales, un numero
considerable de sacerdotes,
religiosos, religiosas y laicos,
dando vida a una eficaz
cooperación entre las
comunidades cristianas. De esta
cooperación surgieron abundantes
frutos apostólicos tanto en las
jóvenes Iglesias en tierras de
misión, como en las realidades
eclesiales de origen de los
misioneros.
Frente al avance de la cultura
secularizada, que en tantas
ocasiones parece que penetra
cada vez más en las sociedades
occidentales, y considerando
además la crisis de la familia,
la disminución de las vocaciones
y el progresivo envejecimiento
del clero, estas Iglesias corren
el peligro de encerrarse en si
mismas, de mirar al futuro con
poca esperanza y de disminuir su
esfuerzo misionero. Pero es
precisamente este, el momento de
abrirse con confianza a la
Providencia de Dios, que nunca
abandona a su pueblo y que, con
la potencia del Espíritu Santo,
lo conduce hacia el cumplimiento
de su eterno diseño de
salvación.
El Buen Pastor invita también a
las iglesias de reciente
evangelización a dedicarse
generosamente a la “missio ad
gentes”. Aún en medio de grandes
dificultades y obstáculos en su
desarrollo, estas comunidades
están en constante crecimiento.
Algunas poseen afortunadamente
numerosos sacerdotes y personas
consagradas y no pocos de estos,
aún siendo muchas las
necesidades en sus lugares de
origen, son sin embargo enviados
para desarrollar su ministerio
pastoral y su servicio
apostólico en otros lugares,
incluidas las tierras de antigua
evangelización. De esta manera
se asiste a un providencial
"intercambio de dones", que
redunda en beneficio de todo el
Cuerpo Místico de Cristo.
Deseo vivamente que se
intensifique la cooperación
misionera, valorizando las
potencialidades y los carismas
de cada uno. Deseo, además, que
la Jornada Mundial de las
Misiones contribuya a que todas
las comunidades cristianas y
todos los bautizados sean cada
vez más conscientes de que la
llamada de Cristo a propagar su
Reino hasta los últimos confines
del planeta es universal "La
Iglesia es misionera por su
propia naturaleza - escribía
Juan Pablo II en la Encíclica
‘Redemptoris missio’ -, ya que
el mandato de Cristo no es algo
contingente y externo, sino que
toca el corazón mismo de la
Iglesia. Por ello, toda la
Iglesia y cada Iglesia es
enviada a las gentes. Las mismas
Iglesias más jóvenes deben
participar cuanto antes y de
hecho en la misión universal de
la Iglesia, enviando también
ellas misioneros a predicar por
todas las partes del mundo el
Evangelio, aunque sufran escasez
de clero" (n. 61).
A cincuenta años del histórico
llamamiento de mi predecesor Pío
XII con la Encíclica Fidei donum
para una cooperación entre las
Iglesias al servicio de la
misión, quisiera recordar que el
anuncio del Evangelio continua
teniendo gran actualidad y
urgencia. En la citada Encíclica
‘Redemptoris missio’, el Papa
Juan Pablo II, reconocía que "la
misión de la Iglesia es más
vasta que la «comunión entre las
Iglesias»: ésta, además de la
ayuda para la nueva
evangelización, debe tener sobre
todo una orientación con miras a
la especifica índole misionera"
(n. 65). El compromiso misionero
continua siendo pues, como se ha
recordado en diversas ocasiones,
el primer servicio que la
Iglesia debe a la humanidad de
hoy, para orientar y evangelizar
las transformaciones culturales,
sociales y ética; para ofrecer
la salvación de Cristo al hombre
de nuestro tiempo, que en tantas
partes del mundo es humillado y
oprimido a causa de pobrezas
endémicas, de la violencia, de
la negación sistemática de los
derechos humanos.
La Iglesia no puede sustraerse
de esta misión universal, pues
tiene para ella una fuerza
vinculante. Al haber confiado
Cristo el mandato misionero en
primer lugar a Pedro y a los
Apóstoles, esta labor compite en
la actualidad ante todo al
Sucesor de Pedro, que la
Providencia divina ha elegido
como fundamento visible de la
unidad de la Iglesia. Y a los
Obispos directamente
responsables de la
evangelización ya sea como
miembros del Colegio episcopal,
ya sea como pastores de las
Iglesias particulares (cfr
Redemptoris missio, 63). Me
dirijo, por tanto, a los
Pastores de todas las Iglesias
puestos por el Señor para guiar
su rebaño, para que compartan la
obsesión del anuncio y la
difusión del Evangelio.
Precisamente esta fue la
preocupación que impulsó hace
cincuenta años al Siervo de Dios
Pío XII a hacer la cooperación
misionera más conforme a las
exigencias de los tiempos. Ante
las perspectivas de la
evangelización pidió
especialmente a las comunidades
de antigua evangelización que
enviaran sacerdotes para apoyar
a las Iglesias de reciente
fundación. Se dio vida de este
modo a un nuevo "sujeto
misionero" que toma su nombre
precisamente de las primeras
palabras de la Encíclica, "Fidei
donum". Escribió a este
propósito: "Considerando por un
lado las innumerables filas de
nuestros hijos que, sobre todo
en los Países de antigua
tradición cristiana, son
partícipes del don de la fe, y
por otro, la masa aún más
numerosa de los que todavía
esperan el mensaje de salvación,
sentimos el ardiente deseo de
exhortaros, Venerables Hermanos,
a apoyar con vuestro celo la
causa santa de la expansión de
la Iglesia en el mundo". Y
añadió: "Quiera Dios que gracias
a nuestro llamamiento, el
espíritu misionero penetre más a
fondo en el corazón de todos los
sacerdotes e inflamen a todos
los fieles con su ministerio" (AAS
XLIX 1957, 226).
Damos gracias al Señor por los
frutos abundantes que se han
obtenido gracias a esta
cooperación misionera en África
y en otras regiones de la
tierra. Filas de sacerdotes,
dejando sus comunidades de
origen, han dedicado todas sus
energías apostólicas al servicio
de comunidades apenas creadas,
en zonas pobres y en vías de
desarrollo. Entre ellos se
encuentran no poco mártires que,
unieron al testimonio de la
palabra y a la dedicación
apostólica, el sacrificio de la
propia vida. No podemos tampoco
olvidar a tantos religiosos,
religiosas y laicos voluntarios
quienes, junto a los
presbiterios, se prodigaron por
difundir el Evangelio hasta los
últimos confines del mundo.
Que la Jornada Mundial de las
Misiones sea una ocasión para
recordar en la oración a estos
nuestros hermanos y hermanas en
la fe y a cuantos continúan
trabajando con desvelo en el
vasto campo misionero. Pidamos a
Dios que su ejemplo suscite en
todas partes nuevas vocaciones y
una renovada conciencia
misionera en el pueblo
cristiano. Efectivamente, toda
comunidad cristiana nace
misionera, y precisamente el
amor de los creyentes hacia su
Señor, se mide según la valentía
en evangelizar. Podríamos pues
decir, que para los fieles no se
trata ya simplemente de
colaborar en la actividad de
evangelización, sino de sentirse
ellos mismos protagonistas y
responsales de la misión de la
Iglesia. Esta corresponsabilidad
implica un crecimiento de la
comunión entre las comunidades y
un incremento en la ayuda
recíproca por lo que concierne
tanto al personal (sacerdotes,
religiosos, religiosas y laicos
voluntarios) como al empleo de
los medios necesarios para
evangelizar hoy en día.
Queridos hermanos y hermanas, el
mandato misionero confiado por
Cristo a los Apóstoles nos
afecta a todos. Que la Jornada
Mundial de las Misiones sea por
tanto, una ocasión propicia para
tomar una más profunda
conciencia de este compromiso y
para elaborar juntos itinerarios
espirituales y formativos
adecuados que favorezcan la
cooperación entre las Iglesias y
la preparación de nuevos
misioneros que difundan del
Evangelio en este nuestro
tiempo. Sin embargo, no podemos
olvidar que la primera y
principal contribución, que
estamos llamados a ofrecer a la
acción misionera de la Iglesia,
es la oración. "La mies es
mucha, pero los obreros son
pocos - dice el Señor -. Rogad
pues al dueño de la mies para
que envíe operarios a su mies" (Lc
10,2). "En primer lugar -
escribía hace cincuenta años el
Papa Pío XII de venerada memoria
- rezad pues, Venerables
Hermanos, rezad más. Recordad
las inmensas necesidades
espirituales de tantos pueblos
que están lejos de la verdadera
fe y carecen de las ayudas para
perseverar" (AAS, cit., pág.
240). Y exhortaba a multiplicar
las Misas celebradas por las
Misiones, indicando que "eso
responde a los deseos del Señor,
que ama a su Iglesia y la quiere
extendida y floreciente por
todos los rincones de la tierra"
(ibid., pág. 239).
Queridos hermanos y hermanas, yo
también renuevo esta invitación
más actual que nunca. Se
extienda por todas las
comunidades la coral invocación
al "Padre nuestro que está en
los cielos", para que venga su
reino sobre la tierra. Realizo
un llamamiento especialmente a
los niños y jóvenes, siempre
dispuestos a generosas acciones
misioneras. Me dirijo a los
enfermos y a los que sufren,
recordando el valor de su
misteriosa e indispensable
colaboración en la obra de la
salvación. Pido a las personas
consagradas y especialmente a
los monasterios de clausura que
intensifiquen su oración por las
misiones. Que gracias al
compromiso de todos los
creyentes se extienda por toda
la Iglesia la red espiritual de
oración en apoyo de la
evangelización. Que la Virgen
Maria, que acompañó con maternal
solicitud el camino de la
Iglesia naciente, conduzca
también nuestros pasos en esta
época y nos obtenga un nuevo
Pentecostés de amor. Nos haga
especialmente conscientes de que
todos somos misioneros, enviados
por el Señor para ser sus
testigos en todos los momentos
de nuestra existencia. A los
sacerdotes "Fidei donum", a los
religiosos, a las religiosas, a
los laicos voluntarios que
trabajan en primera fila en la
labor de la evangelización, así
como a cuantos se dedican de
modos diversos al anuncio del
Evangelio, les aseguro un
recuerdo cotidiano en mi
oración, mientras imparto con
afecto a todos la Bendición
Apostólica.
Del Vaticano, 27 de mayo de
2007, Solemnidad de Pentecostés
BENEDICTUS PP. XVI
(Traducción realizada por la
Agencia Fides)