2º SEMANA: SACRIFICIO
Nuestra sociedad vive ansiosa por competir. Siempre estamos interesados en llegar de primeros a cualquier sitio, más tratándose cuando la meta corresponde con algún interés particular. Por ejemplo, los corredores de la bolsa de wall street de New York, se esfuerzan en llegar de primeros para lograr acaparar más puntos de acciones al incremento de sus ganancias. El deporte tampoco se escapa de esta excesiva competencia; se muestran las situaciones de escándalo que protagonizan algunos atletas, que para lograr nuevas marcas, aumentaron su volumen muscular con asteroides. Miramos también lo que sucede a nuestro alrededor en el ámbito político, que no importa a quien atropellemos o a quien agraviemos por su situación social o su tendencia partidista, lo importante es que se nos reconozca primero nuestros méritos que al de los demás.
Ahora bien, de qué manera nos invita esta sociedad para llegar de primeros. Hoy en día nuestros niños están creciendo con esta tendencia “casi cultural” que hemos querido justificar con autoestima. Ese sentimiento valorativo que debemos tener hacia nosotros mismos para que nuestros rasgos corporales, mentales y espirituales se configuren a nuestra personalidad, sin ningún tipo de complejos. Pero a veces nos aferramos en conseguirlos atropellando a media sociedad, porque llegar de último es un valor que no cuenta, lo importante es llegar de primeros a la meta.
Trasladándonos al ámbito del mensaje paulino, se advierte que debemos correr para llegar de primeros. Es decir, que la vida siempre será una perenne competencia, porque llegar de primeros es lo que cuenta. Así lo dice san pablo en su carta:
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¿No saben que en el estadio corren todos lo corredores, pero sólo uno recibe el premio? Pues corran ustedes para conseguirlo. Los que compiten se controlan en todo; y ellos lo hacen para ganar una corona corruptible. Por mi parte, yo corro, a la ventura; lucho, no dando golpes al aire. Sino que entreno mi cuerpo y lo someto, no sea que, después de proclamar para otros quede yo descalificado (1 Cor 9. 24-27). |
La diferencia de san Pablo es la meta. Es decir, es la llegada que consiste en no gloriarse en aquello que es corruptible, pasajero y fugas; sino más bien gloriarse en lo que era necio para los judíos y loco para los romanos: la cruz. Es absurdo pensar para cualquier ciudadano, sea de cualquier región del mundo, que ser necio o chiflado sea el mejor camino para alcanzar nuestras propias metas o transformar la sociedad. Ciertamente no es la mejor opción y mucho menos envueltos en la dinámica de nuestra lógica racional, donde estos mensajes de dar la vida por los demás no sólo se ajustan en lo ridículo sino en lo absurdo e irracional.
En ese sentido, la religión que Pablo predicó, es una profesión de fe que orienta su práctica en una esperanza necia y en un amor loco por la persona de Jesucristo. No es una esperanza vacilante o un amor temporal, como el que sucede cuando se fractura una relación o cuando dejamos de existir; se trata de una esperanza y un amor que permanecen vivo como permanece vivo Aquel que murió en una necia y loca cruz por nuestra redención.
En este ambiente es donde nos coloca la competencia. Un ambiente que nos expone a situaciones muy adversas, pero que al mismo tiempo no asumimos y renunciamos por nuestra comodidad y mediocridad. Nos cuesta, ciertamente, ser cristianos en la actualidad y más al estilo de Pablo, que renunció a la seguridad templo y del imperio por la improvisación de un mensaje que en su tiempo no había terminado de cuajarse.
San Pablo siempre invitaba a un entrenamiento parecido al del atleta para llegar a la meta de ser cristianos. Evidentemente que aquel tipo de competencia tenía un escenario distinto al nuestro. Pero si se trata de comparar para justificarnos, en aquel tiempo cualquier cristiano era perseguido para matarlo, nosotros en la actualidad en el ámbito religioso, presumimos de ser cristianos y más si somos católicos.
Pues, ésta es nuestra competencia. No se trata de llegar primero, se trata de llegar “sin dar golpes al aire” para no quedar descalificado. Como le sucedió recientemente –y con esto termino- a una atleta que fue en algún momento un símbolo para todo lo bueno del deporte femenino; que en octubre de 2007, se declaró culpable de haberse dopado durante los Juegos Olímpicos de Sydney 2000, devolviendo las cinco medallas obtenidas y siendo suspendida por dos años. En enero del 2008, un juez de la Corte de Distrito de Estados Unidos, impuso a la famosa velocista la máxima pena, después de que se declaró culpable de dos acusaciones en octubre. La primera por mentir a los investigadores sobre su dopaje y la segunda, por perjurio en un caso criminal por fraude y lavado de dinero. Al salir del tribunal, la atleta dio unas breves declaraciones a los medios. “Como pueden imaginar estoy extremadamente desilusionada con todo esto; pero así como di la cara en los años de victoria ahora lo hago por lo que es correcto”. “Respeto la decisión del juez y espero que la gente aprenda de mis errores”.
Esta atleta sin duda alguna, que aprendió de la lección. La idea no es seguir censurándola, porque de alguna manera asumió su revés; se trata de seguir su ejemplo, no para alcanzar las medallas corruptibles de la vanidad que le hicieron quedar descalificada, sino la medalla gloriosa de reconocerse débil y humilde ante Dios como lo hizo San Pablo.