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La historia de la humanidad ha cobrado personajes que influyeron, de tal manera en la vida de otros seres humanos que es imposible pasarlos por alto, en nuestras conversaciones cotidianas y como referencia para nuestras propias vidas. Por ejemplo, la vida de Nelson Mandela y todo el proceso en contra de la segregación racial en Suráfrica; la hazaña humana y religiosa de Edith Steim en los campos de concentración nazi, o la heroicidad bondadosa de sanar y dar consuelo a los enfermos que tuvo José Gregorio Hernández; en fin, se agotarían todas estas páginas mencionado la experiencia de otros muchos personajes. En este caso particular, nos toca mencionar la vida de un hombre que curiosamente tuvo que derribarse al suelo –según relatan de los hechos de los apóstoles- para que el cristianismo se diseminara por muchos pueblos y culturas. |
Un episodio crucial en la vida de Saulo de Tarso, en la que el cristianismo y la misma historia humana probablemente hubiesen sido otra, fue su asombrosa conversión, que él mismo llama en sus cartas “vocación”. Una vocación que no sólo se centró en la vida de un Cristo que lo llamaba, sino también, una vocación volcada a un mundo ávido de un mensaje de esperanza como el que envió a la comunidad de Galacia, por ejemplo, donde “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en el cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo” (Gal. 6, 14).
Es contradictorio el hecho de que un hombre por un lado persiga y decida sobre la vida de otras personas; y por otro lado, según un cambio repentino de su vida, hable de amor y de locura por el Cristo a quien perseguía. Es lo grandioso de su vida. Saber reconocer que se puede cambiar y que se puede alcanzar la meta, sin necesidad de hablar todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, o descubrir todos los misterios, o de repartir todo lo que se tiene e incluso sacrificar el propio cuerpo (1Cor 13, 1ss). Porque ¿quién no ha tropezado y vacilado para poder alcanzar lo que aspira en su vida? Se trata de esos ideales que sin querer se nos alejan y que se nos van desviando por aquello de que “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rom. 7, 19).
Es un personaje netamente humano San Pablo, y al mismo tiempo uno de los personajes más implicados con Dios por su profunda mística de amor y de humildad. El misionero por excelencia, el hombre de fe y de talante apasionado que hizo del cristianismo una Buena Noticia.
Durante la celebración de las Primeras Vísperas de los Santos Pedro y Pablo – según Aciprensa -, en la Basílica de San Pablo de Extramuros en Roma, del pasado año, el Papa Benedicto XVI anunció oficialmente la celebración de un año jubilar dedicado a San Pablo. Este "Año Paulino", explicó el Papa, "podrá desarrollarse de modo privilegiado en Roma", ciudad en donde está ubicada la basílica dedicada al Apóstol de Gentes, bajo cuyo altar mayor se conserva el sarcófago con sus restos. Este año comenzará el próximo 28 de junio de 2008 y que culminará el 29 de junio de 2009, con ocasión de los dos mil años de su nacimiento. Con este año jubilar que toda la Iglesia dedica a la figura de Pablo, es propicio también evocar un acontecimiento significativo como fue su asombrosa conversión.