MENSAJE DE SU SANTIDAD
BENEDICTO XVI
PARA LA JORNADA
MISIONERA MUNDIAL 2009
En este
domingo dedicado a las misiones, me dirijo ante todo a vosotros,
Hermanos en el ministerio episcopal y sacerdotal, y también a
vosotros, hermanos y hermanas de todo el Pueblo de Dios, para
exhortar a cada uno a reavivar en sí mismo la conciencia del
mandato misionero de Cristo de hacer “discípulos a todos los
pueblos” (Mt 28,19), siguiendo los pasos de San Pablo, el
Apóstol de las Gentes.
“Las naciones caminarán a su luz” (Ap
21,24). Objetivo de la misión de la Iglesia es, en efecto,
iluminar con la luz del Evangelio a todos los pueblos en su
camino histórico hacia Dios, para que en Él tengan su
realización plena y su cumplimiento. Debemos sentir el ansia y
la pasión por iluminar a todos los pueblos con la luz de Cristo,
que brilla en el rostro de la Iglesia, para que todos se reúnan
en la única familia humana, bajo la paternidad amorosa de Dios.
En esta perspectiva los discípulos de
Cristo dispersos por todo el mundo trabajan, se esfuerzan, gimen
bajo el peso de los sufrimientos y donan la vida. Reafirmo con
fuerza lo que ha sido varias veces dicho por mis venerados
predecesores: la Iglesia no actúa para extender su poder o
afirmar su dominio, sino para llevar a todos a Cristo, salvación
del mundo. Nosotros no pedimos sino el ponernos al servicio de
la humanidad, especialmente de aquella más sufriente y
marginada, porque creemos que “el esfuerzo orientado al anuncio
del Evangelio a los hombres de nuestro tiempo... es sin duda
alguna un servicio que se presta a la comunidad cristiana e
incluso a toda la humanidad” (Evangelii nuntiandi, 1), la cual
“está conociendo grandes conquistas, pero parece haber perdido
el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia” (Redemptoris
missio, 2).
1. Todos los pueblos, llamados a la
salvación
La humanidad entera tiene la vocación
radical de regresar a su fuente, que es Dios, el único en quien
encontrará su realización final mediante la restauración de
todas las cosas en Cristo. La dispersión, la multiplicidad, el
conflicto, la enemistad serán repacificadas y reconciliadas
mediante la sangre de la Cruz, y reconducidas a la unidad.
El nuevo inicio ya comenzó con la
resurrección y exaltación de Cristo, que atrae a sí todas las
cosas, las renueva, las hace partícipes del eterno gozo de Dios.
El futuro de la nueva creación brilla ya en nuestro mundo y
enciende, aunque en medio de contradicciones y sufrimientos, la
esperanza de una vida nueva. La misión de la Iglesia es la de
“contagiar” de esperanza a todos los pueblos. Para esto Cristo
llama, justifica, santifica y envía a sus discípulos a anunciar
el Reino de Dios, para que todas las naciones lleguen a ser
Pueblo de Dios. Solo dentro de dicha misión se comprende y
autentifica el verdadero camino histórico de la humanidad. La
misión universal debe convertirse en una constante fundamental
de la vida de la Iglesia. Anunciar el Evangelio debe ser para
nosotros, como lo fue para el apóstol Pablo, un compromiso
impostergable y primario.
2. Iglesia peregrina
La Iglesia universal, sin confines y sin
fronteras, se siente responsable del anuncio del Evangelio ante
pueblos enteros (cf. Evangelii nuntiandi, 53). Ella, germen de
esperanza por vocación, debe continuar el servicio de Cristo al
mundo. Su misión y su servicio no son a la medida de las
necesidades materiales o incluso espirituales que se agotan en
el cuadro de la existencia temporal, sino de una salvación
trascendente, que se actúa en el Reino de Dios (cf. Evangelii
nuntiandi, 27). Este Reino, aun siendo en su plenitud
escatológico y no de este mundo (cf. Jn 18,36), es también en
este mundo y en su historia fuerza de justicia, de paz, de
verdadera libertad y de respeto de la dignidad de cada hombre.
La Iglesia busca transformar el mundo con la proclamación del
Evangelio del amor, “que ilumina constantemente a un mundo
oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar... y así llevar la
luz de Dios al mundo” (Deus caritas est, 39). Es a esta misión y
servicio al que, con este Mensaje, llamo a participar a todos
los miembros e instituciones de la Iglesia.
3. “Missio ad gentes”
De este modo, la misión de la Iglesia es
la de llamar a todos los pueblos a la salvación operada por Dios
a través de su Hijo encarnado. Es necesario por lo tanto renovar
el compromiso de anunciar el Evangelio, que es fermento de
libertad y de progreso, de fraternidad, de unidad y de paz (cf.
Ad gentes, 8). Deseo “confirmar una vez más que la tarea de la
evangelización de todos los hombres constituye la misión
esencial de la Iglesia” (Evangelii nuntiandi, 14), tarea y
misión que los amplios y profundos cambios de la sociedad actual
hacen cada vez más urgentes. Está en cuestión la salvación
eterna de las personas, el fin y la realización misma de la
historia humana y del universo. Animados e inspirados por el
Apóstol de las Gentes, debemos ser conscientes de que Dios tiene
un pueblo numeroso en todas las ciudades recorridas también por
los apóstoles de hoy (cf. Hch 18,10). En efecto, “la promesa es
para todos aquellos que son lejanos, para cuantos llamará el
Señor nuestro Dios” (Hch 2,39).
La Iglesia entera debe comprometerse en la
missio ad gentes, hasta que la soberanía salvadora de Cristo no
se realice plenamente: “Al presente no vemos que todas las cosas
estén sometidas a Él” (Hb 2,8).
4. Llamados a evangelizar también
mediante el martirio
En esta Jornada dedicada a las misiones,
recuerdo en la oración a quienes han hecho de su vida una
exclusiva consagración al trabajo de evangelización. Una mención
particular es para aquellas Iglesias locales y para aquellos
misioneros y misioneras que se encuentran testimoniando y
difundiendo el Reino de Dios en situaciones de persecución, con
formas de opresión que van desde la discriminación social hasta
la cárcel, la tortura y la muerte. No son pocos quienes
actualmente son llevados a la muerte por causa de su “Nombre”.
Es aún de una actualidad tremenda lo que escribía mi venerado
predecesor, el Papa Juan Pablo II: “La memoria jubilar nos ha
abierto un panorama sorprendente, mostrándonos nuestro tiempo
particularmente rico en testigos que, de una manera u otra, han
sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y
persecución, a menudo hasta dar su propia sangre como prueba
suprema” (Novo millennio ineunte, 41).
La participación en la misión de Cristo,
en efecto, marca también la vida de los anunciadores del
Evangelio, para quienes está reservado el mismo destino de su
Maestro. “Acordaos de la palabra que os he dicho: el siervo no
es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os
perseguirán a vosotros” (Jn 15,20). La Iglesia sigue el mismo
camino y sufre la misma suerte de Cristo, porque no actúa según
una lógica humana o contando con las razones de la fuerza, sino
siguiendo la vía de la Cruz y haciéndose, en obediencia filial
al Padre, testigo y compañera de viaje de esta humanidad.
A las Iglesias antiguas como a las de
reciente fundación les recuerdo que han sido colocadas por el
Señor como sal de la tierra y luz del mundo, llamadas a difundir
a Cristo, Luz de las gentes, hasta los extremos confines de la
tierra. La missio ad gentes debe constituir la prioridad de sus
planes pastorales.
A las Obras Misionales Pontificias dirijo
mi agradecimiento y mi aliento por el indispensable trabajo de
animación, formación misionera y ayuda económica que aseguran a
las jóvenes Iglesias. A través de estas instituciones
pontificias se realiza en modo admirable la comunión entre las
Iglesias, con el intercambio de dones, en la solicitud mutua y
en la común proyección misionera.
5. Conclusión
El empuje misionero ha sido siempre signo
de vitalidad de nuestras Iglesias (cf. Redemptoris missio, 2).
Es necesario, sin embargo, reafirmar que la evangelización es
obra del Espíritu y que, incluso antes de ser acción, es
testimonio e irradiación de la luz de Cristo (cf. Redemptoris
missio, 26) por parte de la Iglesia local, que envía sus
misioneros y misioneras para ir más allá de sus fronteras. Pido
por lo tanto a todos los católicos que recen al Espíritu Santo
para que aumente en la Iglesia la pasión por la misión de
difundir el Reino de Dios, y que sostengan a los misioneros, las
misioneras y las comunidades cristianas comprometidas en primera
línea en esta misión, a veces en ambientes hostiles de
persecución.
Al mismo tiempo, invito a todos a dar un
signo creíble de comunión entre las Iglesias, con una ayuda
económica, especialmente en la fase de crisis que está
atravesando la humanidad, para colocar a las Iglesias locales en
condición de iluminar a las gentes con el Evangelio de la
caridad.
Nos guíe en nuestra acción misionera la
Virgen María, Estrella de la Nueva Evangelización, que ha dado
al mundo a Cristo, puesto como luz de las gentes, para que lleve
la salvación “hasta los extremos de la tierra” (Hch 13,47).
A todos mi Bendición.
Benedicto XVI, Vaticano 29 de junio de
2009

Oración por las misiones
Padre de bondad, Tú que eres rico en amor y misericordia,
que nos enviaste a tu Hijo Jesús para nuestra salvación, escucha a tu iglesia
misionera.
Que todos los bautizados sepamos responder a la llamada de Jesús: Id
y haced que todos los pueblos sean mis discípulos.
Fortalece con el fuego de tu
Espíritu a todos los misioneros, que en tu nombre anuncian la Buena Nueva del
Reino.
María, Madre de la Iglesia y estrella de la evangelización, acompáñanos y
concédenos el don de la perseverancia en nuestro compromiso misionero. Amén.