TESTIMONIOS

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DESDE AUSTRALIA

 

Comentan que un día llegó hasta la comunidad de la Madre Teresa en Melbourne (Australia), un hombre bien vestido, que cortésmente le dijo: "Hermana, he leído en los diarios que usted se dedica a cuidar a los pobres. Admiro su labor comunitaria y yo también quisiera colaborar de alguna manera con su obra". Se produjo un silencio. El caballero saca la chequera, desprende un cheque en blanco, ofreciéndoselo a la mujer ataviada con un sari blanco con rayas azules: "Hermana, escriba usted la cantidad de dólares que quiera", le dice el hombre lleno de sí mismo, a la vez que se dibuja en su rostro una sonrisa de satisfacción. La Madre lo mira y, orientada por esa fuerza interior que la caracterizaba, exclama: "No quiero sus dólares. Lo quiero a usted. ¿Por qué no viene usted personalmente a cuidar de los pobres?" El hombre, tan generoso y seguro de su poder económico, se ve sacudido por la realidad y compromiso que le sugiere la religiosa. El minuto de silencio parece que no pasará nunca... Pero había que dar una respuesta digna y coherente. "Sí, Madre, acepto el desafío", son las palabras que temblorosas saltan de su boca, manifestando una agilidad mental envidiable. Desde aquel día, después de ese encuentro, que para el banquero no revestía mayor Compromiso que el de ofrecer algo que aparentemente le sobraba y le tranquilizaría la conciencia frente a la situación de tantos que sufren, hubo un descubrimiento personal, confirmando que él valía algo más que su dinero: convertirse en protagonista frente a la realidad de los que sufren. Desde entonces, todos los jueves en la tarde, se hace presente el hombre del "cheque en blanco", para higienizar a los enfermos, cortarles las uñas y jugar con ellos... Sinceramente este mensaje de la Madre Teresa nos confirma que no hemos dado mucho hasta que, nos damos a nosotros mismos. Por eso entendemos el categórico consejo de Jesús: "No hay amor más grande que gastar la vida por los demás" (Juan 15,13). Sólo nos resta hacer fructificar con generosidad los talentos que Dios, nuestro Padre, ha depositado en nuestras manos. "Quien no vive para servir, no sirve para vivir", dice un proverbio popular.  Reflexión ¿Cómo vives el compartir? ¿En qué gestos se aprecia en ti el espíritu de Dar y Compartir? ¿Cómo puedo aplicar el mensaje del testimonio a mi vida? ¿Me resulta más fácil dar algo que darme a mí, mi persona...?

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