Con ocasión del Jubileo del año 2000, el venerable Juan Pablo II, al
comienzo de un nuevo milenio de la era cristiana, reafirmó con
fuerza la necesidad de renovar el compromiso de llevar a todos el
anuncio del Evangelio «con el mismo entusiasmo de los cristianos de
los primeros tiempos» (Novo millennio ineunte, 58). Es el servicio
más valioso que la Iglesia puede prestar a la humanidad y a toda
persona que busca las razones profundas para vivir en plenitud su
existencia. Por ello, esta misma invitación resuena cada año en la
celebración de la Jornada mundial de las misiones. En efecto, el
incesante anuncio del Evangelio vivifica también a la Iglesia, su
fervor, su espíritu apostólico; renueva sus métodos pastorales para
que sean cada vez más apropiados a las nuevas situaciones —también
las que requieren una nueva evangelización— y animados por el
impulso misionero: «La misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y
la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones.
¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los pueblos
cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la
misión universal» (Juan Pablo II, Redemptoris missio, 2).
Id y anunciad
Este objetivo se reaviva continuamente por la celebración de la
liturgia, especialmente de la Eucaristía, que se concluye siempre
recordando el mandato de Jesús resucitado a los Apóstoles: «Id...» (Mt
28, 19). La liturgia es siempre una llamada «desde el mundo» y un
nuevo envío «al mundo» para dar testimonio de lo que se ha
experimentado: el poder salvífico de la Palabra de Dios, el poder
salvífico del Misterio pascual de Cristo. Todos aquellos que se han
encontrado con el Señor resucitado han sentido la necesidad de
anunciarlo a otros, como hicieron los dos discípulos de Emaús.
Después de reconocer al Señor al partir el pan, «y levantándose en
aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos
a los Once» y refirieron lo que había sucedido durante el camino (Lc
24, 33-35). El Papa Juan Pablo II exhortaba a estar «vigilantes y
preparados para reconocer su rostro y correr hacia nuestros
hermanos, para llevarles el gran anuncio: ¡Hemos visto al Señor!»
(Novo millennio ineunte, 59).
A
todos
Destinatarios del anuncio del Evangelio son todos los pueblos. La
Iglesia «es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene
su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo,
según el plan de Dios Padre» (Ad gentes, 2). Esta es «la dicha y
vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Existe
para evangelizar» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 14). En
consecuencia, no puede nunca cerrarse en sí misma. Arraiga en
determinados lugares para ir más allá. Su acción, en adhesión a la
palabra de Cristo y bajo la influencia de su gracia y de su caridad,
se hace plena y actualmente presente a todos los hombres y a todos
los pueblos para conducirlos a la fe en Cristo (cf. Ad gentes, 5).
Esta tarea no ha perdido su urgencia. Al contrario, «la misión de
Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de
cumplirse... Una mirada global a la humanidad demuestra que esta
misión se halla todavía en los comienzos y que debemos
comprometernos con todas nuestras energías en su servicio» (Redemptoris
missio, 1). No podemos quedarnos tranquilos al pensar que, después
de dos mil años, aún hay pueblos que no conocen a Cristo y no han
escuchado aún su Mensaje de salvación.
No
sólo; es cada vez mayor la multitud de aquellos que, aun habiendo
recibido el anuncio del Evangelio, lo han olvidado y abandonado, y
no se reconocen ya en la Iglesia; y muchos ambientes, también en
sociedades tradicionalmente cristianas, son hoy refractarios a
abrirse a la palabra de la fe. Está en marcha un cambio cultural,
alimentado también por la globalización, por movimientos de
pensamiento y por el relativismo imperante, un cambio que lleva a
una mentalidad y a un estilo de vida que prescinden del Mensaje
evangélico, como si Dios no existiese, y que exaltan la búsqueda del
bienestar, de la ganancia fácil, de la carrera y del éxito como
objetivo de la vida, incluso a costa de los valores morales.
Corresponsabilidad de todos
La
misión universal implica a todos, todo y siempre. El Evangelio no es
un bien exclusivo de quien lo ha recibido; es un don que se debe
compartir, una buena noticia que es preciso comunicar. Y este
don-compromiso está confiado no sólo a algunos, sino a todos los
bautizados, los cuales son «linaje elegido, nación santa, pueblo
adquirido por Dios» (1 P 2, 9), para que proclame sus grandes
maravillas.
En
ello están implicadas también todas las actividades. La atención y
la cooperación en la obra evangelizadora de la Iglesia en el mundo
no pueden limitarse a algunos momentos y ocasiones particulares, y
tampoco pueden considerarse como una de las numerosas actividades
pastorales: la dimensión misionera de la Iglesia es esencial y, por
tanto, debe tenerse siempre presente. Es importante que tanto los
bautizados de forma individual como las comunidades eclesiales se
interesen no sólo de modo esporádico y ocasional en la misión, sino
de modo constante, como forma de la vida cristiana. La misma Jornada
mundial de las misiones no es un momento aislado en el curso del
año, sino que es una valiosa ocasión para detenerse a reflexionar si
respondemos a la vocación misionera y cómo lo hacemos; una respuesta
esencial para la vida de la Iglesia.
Evangelización global
La
evangelización es un proceso complejo y comprende varios elementos.
Entre estos, la animación misionera ha prestado siempre una atención
peculiar a la solidaridad. Este es también uno de los objetivos de
la Jornada mundial de las misiones, que a través de las Obras
misionales pontificias, solicita ayuda para el desarrollo de las
tareas de evangelización en los territorios de misión. Se trata de
sostener instituciones necesarias para establecer y consolidar a la
Iglesia mediante los catequistas, los seminarios, los sacerdotes; y
también de dar la propia contribución a la mejora de las condiciones
de vida de las personas en países en los que son más graves los
fenómenos de pobreza, malnutrición sobre todo infantil,
enfermedades, carencia de servicios sanitarios y para la educación.
También esto forma parte de la misión de la Iglesia. Al anunciar el
Evangelio, la Iglesia se toma en serio la vida humana en sentido
pleno. No es aceptable, reafirmaba el siervo de Dios Pablo VI, que
en la evangelización se descuiden los temas relacionados con la
promoción humana, la justicia, la liberación de toda forma de
opresión, obviamente respetando la autonomía de la esfera política.
Desinteresarse de los problemas temporales de la humanidad
significaría «ignorar la doctrina del Evangelio acerca del amor al
prójimo que sufre o padece necesidad» (Evangelii nuntiandi, 31. cf.
n. 34); no estaría en sintonía con el comportamiento de Jesús, el
cual «recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las
sinagogas, proclamando la buena nueva del Reino y curando todas las
enfermedades y dolencias» (Mt 9, 35).
Así, a través de la participación corresponsable en la misión de la
Iglesia, el cristiano se convierte en constructor de la comunión, de
la paz, de la solidaridad que Cristo nos ha dado, y colabora en la
realización del plan salvífico de Dios para toda la humanidad. Los
retos que esta encuentra llaman a los cristianos a caminar junto a
los demás, y la misión es parte integrante de este camino con todos.
En ella llevamos, aunque en vasijas de barro, nuestra vocación
cristiana, el tesoro inestimable del Evangelio, el testimonio vivo
de Jesús muerto y resucitado, encontrado y creído en la Iglesia.
Que la Jornada mundial de las misiones reavive en cada uno el deseo
y la alegría de «ir» al encuentro de la humanidad llevando a todos a
Cristo. En su nombre os imparto de corazón la bendición apostólica,
en particular a quienes más se esfuerzan y sufren por el Evangelio.
Vaticano, 6 de enero de 2011, solemnidad de la Epifanía del Señor