FAMILIARIS CONSORTIO EXHORTACION APOSTOLICA DE SU SANTIDAD JUAN
PABLO II
AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES DE TODA LA IGLESIA SOBRE
LA MISION DE LA FAMILIA CRISTIANA EN EL MUNDO ACTUAL
INTRODUCCION
La Iglesia al servicio de la familia
El Sínodo de 1980 continuación de los Sínodos anteriores
El bien precioso del matrimonio y de la familia
PRIMERA PARTE: LUCES Y SOMBRAS DE LA FAMILIA EN LA ACTUALIDAD
Necesidad de conocer la situación
Discernimiento evangélico
Situación de la familia en el mundo de hoy
Influjo de la situación en la conciencia de los fieles
Nuestra época tiene necesidad de sabiduría
Gradualidad y conversión
Inculturación
SEGUNDA PARTE: EL DESIGNIO DE DIOS SOBRE EL MATRIMONIO Y LA
FAMILIA
El hombre imagen de Dios Amor
Matrimonio y comunión entre Dios y los hombres
Jesucristo, esposo de la Iglesia, y el sacramento del matrimonio
Los hijos, don preciosísimo del matrimonio
La familia, comunión de personas
Matrimonio y virginidad
TERCERA PARTE: MISION DE LA FAMILIA CRISTIANA
¡Familia, sé lo que eres!
I.- FORMACION DE UNA COMUNIDAD DE PERSONAS
El amor, principio y fuerza de la comunión
Unidad indivisible de la comunión conyugal
Una comunión indisoluble
La más amplia comunión de la familia
Derechos y obligaciones de la mujer
Mujer y sociedad
Ofensas a la dignidad de la mujer
El hombre esposo y padre
Derechos del niño
Los ancianos en familia
II.- SERVICIO A LA VIDA
1) La transmisión de la vida
2) La educación
III.- PARTICIPACION
En el desarrollo de la sociedad
IV.- PARTICIPACION
En la vida y mision de la Iglesia
CUARTA PARTE: PASTORAL FAMILIAR: TIEMPOS, ESTRUCTURAS, AGENTES Y
SITUACIONES
I.- TIEMPOS DE LA PASTORAL FAMILIAR
La Iglesia acompaña a la familia cristiana en su camino
Preparación
Celebración
Celebración del matrimonio y evangelización de los bautizados no
creyentes
Pastoral postmatrimonial
II.- ESTRUCTURAS DE LA PASTORAL FAMILIAR
La comunidad eclesial y la parroquia en particular
La familia
Asociaciones de familias para las familias
III.- AGENTES DE LA PASTORAL FAMILIAR
Obispos y presbíteros
Religiosos y religiosas
Laicos especializados
Destinatarios y agentes de la comunicación social
IV.- LA PASTORAL FAMILIAR EN LOS CASOS DIFICILES
Circunstancias particulares
Matrimonios mixtos
Acción pastoral frente a algunas situaciones irregulares
Los privados de familia
CONCLUSION
INTRODUCCION
LA IGLESIA AL SERVICIO DE LA FAMILIA
1. La familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como
ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones
amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura.
Muchas familias viven esta situación permaneciendo fieles a los
valores que constituyen el fundamento de la institución
familiar. Otras se sienten inciertas y desanimadas de cara a su
cometido, e incluso en estado de duda o de ignorancia respecto
al significado último y a la verdad de la vida conyugal y
familiar. Otras, en fin, a causa de diferentes situaciones de
injusticia se ven impedidas para realizar sus derechos
fundamentales.
La Iglesia, consciente de que el matrimonio y la familia
constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad,
quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que,
conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de
vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la
incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel
que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el
propio proyecto familiar. Sosteniendo a los primeros, iluminando
a los segundos y ayudando a los demás, la Iglesia ofrece su
servicio a todo hombre preocupado por los destinos del
matrimonio y de la familia[1].
De manera especial se dirige a los jóvenes que están para
emprender su camino hacia el matrimonio y la familia, con el fin
de abrirles nuevos horizontes, ayudándoles a descubrir la
belleza y la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la
vida.
EL SINODO DE 1980 CONTINUACION DELOS SINODOS ANTERIORES
2. Una señal de este profundo interés de la Iglesia por la
familia ha sido el último Sínodo de los Obispos, celebrado en
Roma del 26 de setiembre al 25 de octubre de 1980. Fue
continuación natural de los anteriores[2]. En efecto, la familia
cristiana es la primera comunidad llamada a anunciar el
Evangelio a la persona humana en desarrollo y a conducirla a la
plena madurez humana y cristiana, mediante una progresiva
educación y catequesis.
Es más, el reciente Sínodo conecta idealmente, en cierto
sentido, con el que abordó el tema del sacerdocio ministerial y
de la justicia en el mundo contemporáneo. Efectivamente, en
cuanto comunidad educativa, la familia debe ayudar al hombre a
discernir la propia vocación y a poner todo el empeño necesario
en orden a una mayor justicia, formándolo desde el principio
para unas relaciones interpersonales ricas en justicia y amor.
Los Padres Sinodales, al concluir su Asamblea, me presentaron
una larga lista de propuestas, en las que recogían los frutos de
las reflexiones hechas durante las intensas jornadas de trabajo,
a la vez que me pedían, con voto unánime, que me hiciera
intérprete ante la humanidad de la viva solicitud de la Iglesia
en favor de la familia, dando oportunas indicaciones para un
renovado empeño pastoral en este sector fundamental de la vida
humana y eclesial.
Al recoger tal deseo mediante la presente Exhortación, como una
actuación peculiar del ministerio apostólico que se me ha
encomendado, quiero expresar mi gratitud a todos los miembros
del Sínodo por la preciosa contribución en doctrina y
experiencia que han ofrecido, sobre todo con sus "propositiones",
cuyo texto he confiado al Pontificio Consejo para la Familia,
disponiendo que haga un estudio profundo de las mismas, a fin de
valorizar todos los aspectos de las riquezas allí contenidas.
EL BIEN PRECIOSO DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA
3. La Iglesia, iluminada por la fe, que le da a conocer toda la
verdad acerca del bien precioso del matrimonio y de la familia y
acerca de sus significados más profundos, siente una vez más el
deber de anunciar el Evangelio, esto es, la "buena nueva", a
todos indistintamente, en particular a aquellos que son llamados
al matrimonio y se preparan para él, a todos los esposos y
padres del mundo.
Está íntimamente convencida de que sólo con la aceptación del
Evangelio se realiza de manera plena toda esperanza puesta
legítimamente en el matrimonio y en la familia.
Queridos por Dios con la misma creación[3], matrimonio y familia
están internamente ordenados a realizarse en Cristo[4] y tienen
necesidad de su gracia para ser curados de las heridas del
pecado[5] y ser devueltos "a su principio"[6], es decir, al
conocimiento pleno y a la realización integral del designio de
Dios.
En un momento histórico en que la familia es objeto de muchas
fuerzas que tratan de destruirla o deformarla, la Iglesia,
consciente de que el bien de la sociedad y de sí misma está
profundamente vinculado al bien de la familia[7], siente de
manera más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el
designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, asegurando su
plena vitalidad, así como su promoción humana y cristiana,
contribuyendo de este modo a la renovación de la sociedad y del
mismo Pueblo de Dios.
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PRIMERA PARTE:
LUCES Y SOMBRAS DE LA FAMILIA EN LA ACTUALIDAD
NECESIDAD DE CONOCER LA SITUACION
4. Dado que los designios de Dios sobre el matrimonio y la
familia afectan al hombre y a la mujer en su concreta existencia
cotidiana, en determinadas situaciones sociales y culturales, la
Iglesia, para cumplir su servicio, debe esforzarse por conocer
el contexto dentro del cual matrimonio y familia se realiza
hoy[8].
Este conocimiento constituye consiguientemente una exigencia
imprescindible de la tarea evangelizadora. En efecto, es a las
familias de nuestro tiempo a las que la Iglesia debe llevar el
inmutable y siempre nuevo Evangelio de Jesucristo; y son a su
vez las familias, implicadas en las presentes condiciones del
mundo, las que están llamadas a acoger y a vivir el proyecto de
Dios sobre ellas. Es más, las exigencias y llamadas del Espíritu
Santo resuenan también en los acontecimientos mismos de la
historia, y por tanto la Iglesia puede ser guiada a una
comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio
y de la familia, incluso por las situaciones, interrogantes,
ansias y esperanzas de los jóvenes, de los esposos y de los
padres de hoy[9].
A esto hay que añadir una ulterior reflexión de especial
importancia en los tiempos actuales. No raras veces al hombre y
a la mujer de hoy día, que están en búsqueda sincera y profunda
de una respuesta a los problemas cotidianos y graves de su vida
matrimonial y familiar, se les ofrecen perspectivas y propuestas
seductoras, pero que en diversa medida comprometen la verdad y
la dignidad de la persona humana. Se trata de un ofrecimiento
sostenido con frecuencia por una potente y capilar organización
de los medios de comunicación social que ponen sutilmente en
peligro la libertad y la capacidad de juzgar con objetividad.
Muchos son conscientes de este peligro que corre la persona
humana y trabajan en favor de la verdad. La Iglesia, con su
discernimiento evangélico, se une a ellos, poniendo a
disposición su propio servicio a la verdad, libertad y dignidad
de todo hombre y mujer.
DISCENIMIENTO EVANGELICO
5. El discernimiento hecho por la Iglesia se convierte en el
ofrecimiento de una orientación, a fin de que se salve y realice
la verdad y la dignidad plena del matrimonio y de la familia.
Tal discernimiento se lleva a cabo con el sentido de la fe[10]
que es un don participado por el Espíritu Santo a todos los
fieles[11]. Es por tanto obra de toda la Iglesia, según la
diversidad de los diferentes dones y carismas que junto y según
la responsabilidad propia de cada uno, cooperan para un más
hondo conocimiento y actuación de la Palabra de Dios. La
Iglesia, consiguientemente, no lleva a cabo el propio
discernimiento evangélico únicamente por medio de los Pastores,
quienes enseñan en nombre y con el poder de Cristo, sino también
por medio de los seglares: Cristo "los constituye sus testigos y
les dota del sentido de la fe y de la gracia de la palabra (cfr.
Act. 2, 17-18; Ap. 19, 10) para que la virtud del evangelio
brille en la vida diaria familiar y social"[12]. Más aún, los
seglares por razón de su vocación particular tienen el cometido
específico de interpretar a la luz de Cristo la historia de este
mundo, en cuanto que están llamados a iluminar y ordenar todas
las realidades temporales según el designio de Dios Creador y
Redentor.
El "sentido sobrenatural de la fe"[13] no consiste sin embargo
única o necesariamente en el consentimiento de los fieles. La
Iglesia, siguiendo a Cristo, busca la verdad que no siempre
coincide con la opinión de la mayoría. Escucha a la conciencia y
no al poder, en lo cual defiende a los pobres y despreciados. La
Iglesia puede recurrir también a la investigación sociológica y
estadística, cuando se revele útil para captar el contexto
histórico dentro del cual la acción pastoral debe desarrollarse
y para conocer mejor la verdad; no obstante tal investigación
por sí sola no debe considerarse, sin más, expresión del sentido
de la fe.
Dado que es cometido del ministerio apostólico asegurar la
permanencia de la Iglesia en la verdad de Cristo e introducirla
en ella cada vez más profundamente, los Pastores deben promover
el sentido de la fe en todos los fieles, valorar y juzgar con
autoridad la genuidad de sus expresiones, educar a los creyentes
para un discernimiento evangélico cada vez más maduro[14].
Para hacer un auténtico discernimiento evangélico en las
diversas situaciones y culturas en que el hombre y la mujer
viven su matrimonio y su vida familiar, los esposos y padres
cristianos pueden y deben ofrecer su propia e insustituible
contribución. A este cometido les habilita su carisma y don
propio, el don del sacramento del matrimonio[15].
SITUACION DE LA FAMILIA EN EL MUNDO DE HOY
6. La situación en que se halla la familia presenta aspectos
positivos y aspectos negativos: signo, los unos, de la salvación
de Cristo operante en el mundo; signo, los otros, del rechazo
que el hombre opone al amor de Dios.
En efecto, por una parte existe una conciencia más viva de la
libertad personal y una mayor atención a la calidad de las
relaciones interpersonales en el matrimonio, a la promoción de
la dignidad de la mujer, a la procreación responsable, a la
educación de los hijos; se tiene además conciencia de la
necesidad de desarrollar relaciones entre las familias, en orden
a una ayuda recíproca espiritual y material, al conocimiento de
la misión eclesial propia de la familia, a su responsabilidad en
la construcción de una sociedad más justa. Por otra parte no
faltan, sin embargo, signos de preocupante degradación de
algunos valores fundamentales: una equivocada concepción teórica
y práctica de la independencia de los cónyuges entre sí; las
graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre
padres e hijos; las dificultades concretas que con frecuencia
experimenta la familia en la transmisión de los valores; el
número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el
recurso cada vez más frecuente a la esterilización, la
instauración de una verdadera y propia mentalidad
anticoncepcional.
En la base de estos fenómenos negativos está muchas veces una
corrupción de la idea y de la experiencia de la libertad,
concebida no como la capacidad de realizar la verdad del
proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia, sino como una
fuerza autónoma de autoafirmación, no raramente contra los
demás, en orden al propio bienestar egoísta.
Merece también nuestra atención el hecho de que en los Países
del llamado Tercer Mundo a las familias les faltan muchas veces
bien sea los medios fundamentales para la supervivencia como son
el alimento, el trabajo, la vivienda, las medicinas, bien sea
las libertades más elementales. En cambio, en los Países más
ricos, el excesivo bienestar y la mentalidad consumística,
paradójicamente unida a una cierta angustia e incertidumbre ante
el futuro, quitan a los esposos la generosidad y la valentía
para suscitar nuevas vidas humanas; y así la vida en muchas
ocasiones no se ve ya como una bendición, sino como un peligro
del que hay que defenderse.
La situación histórica en que vive la familia se presenta pues
como un conjunto de luces y sombras.
Esto revela que la historia no es simplemente un progreso
necesario hacia lo mejor, sino más bien un acontecimiento de
libertad, más aún, un combate entre libertades que se oponen
entre sí, es decir, según la conocida expresión de San Agustín,
un conflicto entre dos amores: el amor de Dios llevado hasta el
desprecio de sí, y el amor de sí mismo llevado hasta el
desprecio de Dios[16].
Se sigue de ahí que solamente la educación en el amor enraizado
en la fe puede conducir a adquirir la capacidad de interpretar
los "signos de los tiempos", que son la expresión histórica de
este doble amor.
INFLUJO DE LA SITUACION EN LA CONCIENCIA
7. Viviendo en un mundo así, bajo las presiones derivadas sobre
todo de los medios de comunicación social, los fieles no siempre
han sabido ni saben mantenerse inmunes del oscurecerse de los
valores fundamentales y colocarse como conciencia crítica de
esta cultura familiar y como sujetos activos de la construcción
de un auténtico humanismo familiar.
Entre los signos más preocupantes de este fenómeno, los Padres
Sinodales han señalado en particular la facilidad del divorcio y
del recurso a una nueva unión por parte de los mismos fieles; la
aceptación del matrimonio puramente civil, en contradicción con
la vocación de los bautizados a "desposarse en el Señor"; la
celebración del matrimonio sacramento no movidos por una fe
viva, sino por otros motivos; el rechazo de las normas morales
que guían y promueven el ejercicio humano y cristiano de la
sexualidad dentro del matrimonio.
NUESTRA EPOCA TIENE NECESIDAD DE SABIDURIA
8. Se plantea así a toda la Iglesia el deber de una reflexión y
de un compromiso profundos, para que la nueva cultura que está
emergiendo sea íntimamente evangelizada, se reconozcan los
verdaderos valores, se defiendan los derechos del hombre y de la
mujer y se promueva la justicia en las estructuras mismas de la
sociedad. De este modo el "nuevo humanismo" no apartará a los
hombres de su relación con Dios, sino que los conducirá a ella
de manera más plena.
En la construcción de tal humanismo, la ciencia y sus
aplicaciones técnicas ofrecen nuevas e inmensas posibilidades.
Sin embargo, la ciencia, como consecuencia de las opciones
políticas que deciden su dirección de investigación y sus
aplicaciones, se usa a menudo contra su significado original, la
promoción de la persona humana.
Se hace pues necesario recuperar por parte de todos la
conciencia de la primacía de los valores morales, que son los
valores de la persona humana en cuanto tal. Volver a comprender
el sentido último de la vida y de sus valores fundamentales es
el gran e importante cometido que se impone hoy día para la
renovación de la sociedad. Sólo la conciencia de la primacía de
éstos permite un uso de las inmensas posibilidades, puestas en
manos del hombre por la ciencia; un uso verdaderamente orientado
como fin a la promoción de la persona humana en toda su verdad,
en su libertad y dignidad. La ciencia está llamada a ser aliada
de la sabiduría.
Por tanto se pueden aplicar también a los problemas de la
familia las palabras del Concilio Vaticano II: "Nuestra época,
más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para
humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El
destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres
más instruidos en esta sabiduría"[17].
La educación de la conciencia moral que hace a todo hombre capaz
de juzgar y de discernir los modos adecuados para realizarse
según su verdad original, se convierte así en una exigencia
prioritaria e irrenunciable.
Es la alianza con la Sabiduría divina la que debe ser más
profundamente reconstituida en la cultura actual. De tal
Sabiduría todo hombre ha sido hecho partícipe por el mismo gesto
creador de Dios. Y es únicamente en la fidelidad a esta alianza
como las familias de hoy estarán en condiciones de influir
positivamente en la construcción de un mundo más justo y
fraterno.
GRADUALIDAD Y CONVERSION
9. A la injusticia originada por el pecado -que ha penetrado
profundamente también en las estructuras del mundo de hoy- y que
con frecuencia pone obstáculos a la familia en la plena
realización de sí misma y de sus derechos fundamentales, debemos
oponernos todos con una conversión de la mente y del corazón,
siguiendo a Cristo Crucificado en la renuncia al propio egoísmo:
semejante conversión no podrá dejar de ejercer una influencia
beneficiosa y renovadora incluso en las estructuras de la
sociedad.
Se pide una conversión continua, permanente, que, aunque exija
el alejamiento interior de todo mal y la adhesión al bien en su
plenitud, se actúa sin embargo concretamente con pasos que
conducen cada vez más lejos. Se desarrolla así un proceso
dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración
de los dones de Dios y de las exigencias de su amor definitivo y
absoluto en toda la vida personal y social del hombre. Por esto
es necesario un camino pedagógico de crecimiento con el fin de
que los fieles, las familias y los pueblos, es más, la misma
civilización, partiendo de lo que han recibido ya del misterio
de Cristo sean conducidos pacientemente más allá hasta llegar a
un conocimiento más rico y a una integración más plena de este
misterio en su vida.
INCULTURACION
10. Está en conformidad con la tradición constante de la Iglesia
el aceptar de las culturas de los pueblos, todo aquello que está
en condiciones de expresar mejor las inagotables riquezas de
Cristo[18]. Sólo con el concurso de todas las culturas, tales
riquezas podrán manifestarse cada vez más claramente y la
Iglesia podrá caminar hacia un conocimiento cada día más
completo y profundo de la verdad, que le ha sido dada ya
enteramente por su Señor.
Teniendo presente el doble principio de la compatibilidad con el
Evangelio de las varias culturas a asumir y de la comunión con
la Iglesia Universal se deberá proseguir en el estudio, en
especial por parte de las Conferencias Episcopales y de los
Dicasterios competentes de la Curia Romana, y en el empeño
pastoral para que esta "inculturación" de la fe cristiana se
lleve a cabo cada vez más ampliamente, también en el ámbito del
matrimonio y de la familia.
Es mediante la "inculturación" como se camina hacia la
reconstitución plena de la alianza con la Sabiduría de Dios que
es Cristo mismo. La Iglesia entera quedará enriquecida también
por aquellas culturas que, aun privadas de tecnología, abundan
en sabiduría humana y están vivificadas por profundos valores
morales.
Para que sea clara la meta y, consiguientemente, quede indicado
con seguridad el camino, el Sínodo justamente ha considerado a
fondo en primer lugar el proyecto original de Dios acerca del
matrimonio y de la familia: ha querido "volver al principio",
siguiendo las enseñanzas de Cristo[19].
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SEGUNDA PARTE:
EL DESIGNIO DE DIOS SOBRE EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA
EL HOMBRE IMAGEN DE DIOS AMOR
11. Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza[20]:
llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo
tiempo al amor.
Dios es amor[21] y vive en sí mismo un misterio de comunión
personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola
continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del
hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la
capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión[22]. El
amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser
humano.
En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en
el cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre está
llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca
también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor
espiritual.
La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar
integralmente la vocación de la persona humana al amor: el
Matrimonio y la Virginidad. Tanto el uno como la otra, en su
forma propia, son una concretización de la verdad más profunda
del hombre, de su "ser imagen de Dios".
En consecuencia, la sexualidad, mediante la cual el hombre y la
mujer se dan uno a otro con los actos propios y exclusivos de
los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al
núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se
realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte
integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen
totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total
sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la
que está presente toda la persona incluso en su dimensión
temporal; si la persona se reservase algo o la posibilidad de
decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría
totalmente.
Esta totalidad, exigida por el amor conyugal, corresponde
también con las exigencias de una fecundidad responsable, la
cual, orientada a engendrar una persona humana, supera por su
naturaleza el orden puramente biológico y toca una serie de
valores personales, para cuyo crecimiento armonioso es necesaria
la contribución perdurable y concorde de los padres.
El único "lugar" que hace posible esta donación total es el
matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o elección
consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la
comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo[23], que
sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado. La
institución matrimonial no es una ingerencia indebida de la
sociedad o de la autoridad ni la imposición intrínseca de una
forma, sino exigencia interior del pacto de amor conyugal que se
confirma públicamente como único y exclusivo, para que sea
vivida así la plena fidelidad al designio de Dios Creador. Esta
fidelidad, lejos de rebajar la libertad de la persona, la
defiende contra el subjetivismo y relativismo, y la hace
partícipe de la Sabiduría creadora.
MATRIMONIO Y COMUNION ENTRE DIOS Y LOS HOMBRES
12. La comunión de amor entre Dios y los hombres, contenido
fundamental de la Revelación y de la experiencia de fe de
Israel, encuentra una significativa expresión en la alianza
esponsal que se establece entre el hombre y la mujer.
Por esta razón, la palabra central de la Revelación, "Dios ama a
su pueblo", es pronunciada a través de las palabras vivas y
concretas con que el hombre y la mujer se declaran su amor
conyugal.
Su vínculo de amor se convierte en imagen y símbolo de la
Alianza que une a Dios con su pueblo[24]. El mismo pecado que
puede atentar contra el pacto conyugal se convierte en imagen de
la infidelidad del pueblo a su Dios: la idolatría es
prostitución[25], la infidelidad es adulterio, la desobediencia
a la ley es abandono del amor esponsal del Señor. Pero la
infidelidad de Israel no destruye la fidelidad eterna del Señor
y por tanto el amor siempre fiel de Dios se pone como ejemplo de
las relaciones de amor fiel que deben existir entre los
esposos[26].
JESUCRISTO, ESPOSO DE LA IGLESIA, Y EL SACRAMENTODEL MATRIMONIO
13. La comunión entre Dios y los hombres halla su cumplimiento
definitivo en Cristo Jesús, el Esposo que ama y se da como
Salvador de la humanidad, uniéndola a sí como su cuerpo.
El revela la verdad original del matrimonio, la verdad del
"principio"[27] y, liberando al hombre de la dureza del corazón,
lo hace capaz de realizarla plenamente.
Esta revelación alcanza su plenitud definitiva en el don de amor
que el Verbo de Dios hace a la humanidad asumiendo la naturaleza
humana, y en el sacrificio que Jesucristo hace de sí mismo en la
cruz por su Esposa, la Iglesia. En este sacrificio se desvela
enteramente el designio que Dios ha impreso en la humanidad del
hombre y de la mujer desde su creación[28]; el matrimonio de los
bautizados se convierte así en el símbolo real de la nueva y
eterna Alianza, sancionada con la sangre de Cristo. El Espíritu
que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la
mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal
alcanza de este modo la plenitud a la que está ordenado
interiormente, la caridad conyugal, que es el modo propio y
específico con que los esposos participan y están llamados a
vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la cruz.
En una página justamente famosa, Tertuliano ha expresado
acertadamente la grandeza y belleza de esta vida conyugal en
Cristo: "¿Cómo lograré exponer la felicidad de ese matrimonio
que la Iglesia favorece, que la ofrenda eucarística refuerza,
que la bendición sella, que los ángeles anuncian y que el Padre
ratifica?... Qué yugo el de los dos fieles unidos en una sola
esperanza, en un solo propósito, en una sola observancia, en una
sola servidumbre! Ambos son hermanos y los dos sirven juntos; no
hay división ni en la carne ni en el espíritu. Al contrario, son
verdaderamente dos en una sola carne y donde la carne es única,
único es el espíritu"[29].
La Iglesia, acogiendo y meditando fielmente la Palabra de Dios,
ha enseñado solemnemente y enseña que el matrimonio de los
bautizaos es uno de los siete sacramentos de la Nueva
Alianza[30].
En efecto, mediante el bautismo, el hombre y la mujer con
inseridos definitivamente en la Nueva y Eterna Alianza, en la
Alianza esponsal de Cristo con la Iglesia. Y debido a esta
inserción indestructible, la comunidad íntima de vida y de amor
conyugal, fundada por el Creador[31], es elevada y asumida en la
caridad esponsal de Cristo, sostenida y enriquecida por su
fuerza redentora.
En virtud de la sacramentalidad de su matrimonio, los esposos
quedan vinculados uno a otro de la manera más profundamente
indisoluble. Su recíproca pertenencia es representación real,
mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo
con la Iglesia.
Los esposos son por tanto el recuerdo permanente, para la
Iglesia, de lo que acaeció en la cruz; son el uno para el otro y
para los hijos, testigos de la salvación, de la que el
sacramento les hace partícipes. De este acontecimiento de
salvación el matrimonio, como todo sacramento, es memorial,
actualización y profecía; "en cuanto memorial, el sacramento les
da la gracia y el deber de recordar las obras grandes de Dios,
así como de dar testimonio de ellas ante los hijos; en cuanto
actualización les da la gracia y el deber de poner por obra en
el presente, el uno hacia el otro y hacia los hijos, las
exigencias de un amor que perdona y que redime; en cuanto
profecía les da la gracia y el deber de vivir y de testimoniar
la esperanza del futuro encuentro con Cristo"[32].
Al igual que cada uno de los siete sacramentos, el Matrimonio es
también un símbolo real del acontecimiento de la salvación, pero
de modo propio. "Los esposos participan en cuanto esposos, los
dos, como pareja, hasta tal punto que el efecto primario e
inmediato del matrimonio (res et sacramentum) no es la gracia
sobrenatural misma, sino el vínculo conyugal cristiano, una
comunión en dos típicamente cristiana, porque representa el
misterio de la Encarnación de Cristo y su misterio de Alianza.
El contenido de la participación en la vida de Cristo es también
específico: el amor conyugal comporta una totalidad en la que
entran todos los elementos de la persona -reclamo del cuerpo y
del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad,
aspiración del espíritu y de la voluntad-; mira a una unidad
profundamente personal que, más allá de la unión en una sola
carne, conduce a no hacer más que un solo corazón y una sola
alma; exige la indisolubilidad y fidelidad de la donación
recíproca definitiva y se abre a la fecundidad (cfr. Humanae
vitae, 9). En una palabra, se trata de características normales
de todo amor conyugal natural, pero con un significado nuevo que
no sólo las purifica y consolida, sino que las eleva hasta el
punto de hacer de ellas la expresión de valores propiamente
cristianos"[33].
LOS HIJOS, DON PRECIOSISIMO DEL MATRIMONIO
14. Según el designio de Dios, el matrimonio es el fundamento de
la comunidad más amplia de la familia, ya que la institución
misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la
procreación y educación de la prole, en la que encuentran su
coronación[34].
En su realidad más profunda, el amor es esencialmente don y el
amor conyugal, a la vez que conduce a los esposos al recíproco
"conocimiento" que les hace "una sola carne"[35], no se agota
dentro de la pareja, ya que los hace capaces de la máxima
donación posible, por la cual se convierten en cooperadores de
Dios en el don de la vida a una nueva persona humana. De este
modo los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de
sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente de su amor,
signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e
inseparable del padre y de la madre.
Al hacerse padres, los esposos reciben de Dios el don de una
nueva responsabilidad. Su amor paterno está llamado a ser para
los hijos el signo visible del mismo amor de Dios, "del que
proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra"[36].
Sin embargo, no se debe olvidar que incluso cuando la
procreación no es posible, no por esto pierde su valor la vida
conyugal. La esterilidad física, en efecto, puede dar ocasión a
los esposos para otros servicios importantes a la vida de la
persona humana, como por ejemplo la adopción, las diversas
formas de obras educativas, la ayuda a otras familias, a los
niños pobres o minusválidos.
LA FAMILIA, COMUNION DE PERSONAS
15. En el matrimonio y en la familia se constituye un conjunto
de relaciones interpersonales -relación conyugal,
paternidad-maternidad, filiación, fraternidad- mediante las
cuales toda persona humana queda introducida en la "familia
humana" y en la "familia de Dios", que es la Iglesia.
El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia; en
efecto, dentro de la familia la persona humana no sólo es
engendrada y progresivamente introducida, mediante la educación,
en la comunidad humana, sino que mediante la regeneración por el
bautismo y la educación en la fe, es introducida también en la
familia de Dios, que es la Iglesia.
La familia humana, disgregada por el pecado, queda reconstituida
en su unidad por la fuerza redentora de la muerte y resurrección
de Cristo[37]. El matrimonio cristiano, partícipe de la eficacia
salvífica de este acontecimiento, constituye el lugar natural
dentro del cual se lleva a cabo la inserción de la persona
humana en la gran familia de la Iglesia.
El mandato de crecer y multiplicarse, dado al principio al
hombre y la mujer, alcanza de este modo su verdad y realización
plenas.
La Iglesia encuentra así en la familia, nacida del sacramento,
su cuna y el lugar donde puede actuar la propia inserción en las
generaciones humanas, y éstas, a su vez, en la Iglesia.
MATRIMONIO Y VIRGINIDAD
16. La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no
contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y
la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de
expresar y de vivir el único Misterio de la Alianza de Dios con
su pueblo. Cuando no se estima el matrimonio, no puede existir
tampoco la virginidad consagrada; cuando la sexualidad humana no
se considera un gran valor donado por el Creador, pierde
significado la renuncia por el Reino de los cielos.
En efecto, dice acertadamente San Juan Crisóstomo: "Quien
condena el matrimonio, priva también la virginidad de su gloria;
en cambio, quien lo alaba, hace la virginidad más admirable y
luminosa. Lo que aparece un bien solamente en comparación con un
mal, no es un gran bien; pero lo que es mejor aún que bienes por
todos considerados tales, es ciertamente un bien en grado
superlativo"[38].
En la virginidad el hombre está a la espera, incluso
corporalmente, de las bodas escatológicas de Cristo con la
Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia con la esperanza de que
Cristo se de a ésta en la plena verdad de la vida eterna. La
persona virgen anticipa así en su carne el mundo nuevo de la
resurrección futura[39].
En virtud de este testimonio, la virginidad mantiene viva en la
Iglesia la conciencia del misterio del matrimonio y lo defiende
de toda reducción y empobrecimiento.
Haciendo libre de modo especial el corazón del hombre[40],
"hasta encenderlo mayormente de caridad hacia Dios y hacia todos
los hombres"[41], la virginidad testimonia que el Reino de Dios
y su justicia con la perla preciosa que se debe preferir a
cualquier otro valor aunque sea grande, es más, que hay que
buscarlo como el único valor definitivo. Por esto, la Iglesia,
durante toda su historia, ha defendido siempre la superioridad
de este carisma frente al del matrimonio, por razón del vínculo
singular que tiene con el Reino de Dios[42].
Aun habiendo renunciado a la fecundidad física, la persona
virgen se hace espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos,
cooperando a la realización de la familia según el designio de
Dios.
Los esposos cristianos tiene pues el derecho de esperar de las
personas vírgenes el buen ejemplo y el testimonio de la
fidelidad a su vocación hasta la muerte. Así como para los
esposos la fidelidad se hace a veces difícil y exige sacrificio,
mortificación y renuncia de sí, así también puede ocurrir a las
personas vírgenes. La fidelidad de éstas incluso ante eventuales
pruebas, debe edificar la fidelidad de aquellos[43].
Estas reflexiones sobre la virginidad pueden iluminar y ayudar a
aquellos que por motivos independientes de su voluntad no han
podido casarse y han aceptado posteriormente su situación en
espíritu de servicio.
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TERCERA PARTE:
MISION DE LA FAMILIA CRISTIANA
¡Familia, sé lo que eres!
17. En el designio de Dios Creador y Redentor la familia
descubre no sólo su "identidad", lo que "es", sino también su
"misión", lo que puede y debe "hacer". El cometido, que ella por
vocación de Dios está llamada a desempeñar en la historia, brota
de su mismo ser y representa su desarrollo dinámico y
existencial. Toda familia descubre y encuentra en sí misma la
llamada imborrable, que define a la vez su dignidad y su
responsabilidad: familia, ¡"sé" lo que "eres"!
Remontarse al "principio" del gesto creador de Dios es una
necesidad para la familia, si quiere conocerse y realizarse
según la verdad interior no sólo de su ser, sino también de su
actuación histórica. Y dado que, según el designio divino, está
constituido como "íntima comunidad de vida y de amor"[44], la
familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir,
comunidad de vida y amor, en una tensión que, al igual que para
toda realidad creada y redimida, hallará su cumplimiento en el
Reino de Dios. En una perspectiva que además llega a las raíces
mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y el
cometido de la familia son definidos en última instancia por el
amor. Por esto la familia recibe la misión de custodiar, revelar
y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del
amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la
Iglesia su esposa.
Todo cometido particular de la familia es la expresión y la
actuación concreta de tal misión fundamental. Es necesario por
tanto penetrar más a fondo en la singular riqueza de la misión
de la familia y sondear sus múltiples y unitarios contenidos.
En este sentido, partiendo del amor y en constante referencia a
él, el reciente Sínodo ha puesto de relieve cuatro cometidos
generales de la familia:
1) formación de una comunidad de personas;
2) servicio a la vida;
3) participación en el desarrollo de la sociedad;
4) participación en la vida y misión de la Iglesia.
I.- FORMACION DE UNA COMUNIDAD DE PERSONAS
El amor, principio y fuerza de la comunión
18. La familia, fundada y vivificada por el amor, es una
comunidad de personas: del hombre y de la mujer esposos, de los
padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es
el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño
constante de desarrollar una auténtica comunidad de personas.
El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de
tal cometido es el amor: así como sin el amor la familia no es
una comunidad de personas, así también sin el amor la familia no
puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas.
Cuanto he escrito en la Encíclica Redemptor hominis encuentra su
originalidad y aplicación privilegiada precisamente en la
familia en cuanto tal: "El hombre no puede vivir sin amor.
Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está
privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se
encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio,
si no participa en él vivamnte"[45].
El amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma
derivada y más amplia, el amor entre los miembros de la misma
familia -entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, entre
parientes y familiares- está animado e impulsado por un
dinamismo interior e incesante que conduce la familia a una
comunión cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de
la comunidad conyugal y familia.
Unidad indivisible de la comunión conyugal
19. La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla
entre los cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el
hombre y la mujer "no son ya dos, sino una sola carne"[46] y
están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de
la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca
donación total.
Esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento
natural que existe entre el hombre y la mujer y se alimenta
mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo
su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por esto tal
comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente
humana. Pero, en Cristo Señor, Dios asume esta exigencia humana,
la confirma, la purifica y la eleva conduciéndola a perfección
con el sacramento del matrimonio: el Espíritu Santo infundido en
la celebración sacramental ofrece a los esposos cristianos el
don de una comunión nueva de amor, que es imagen viva y real de
la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible
Cuerpo místico del Señor Jesús.
El don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los
esposos cristianos y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin
de que cada día progresen hacia una unión cada vez más rica
entre ellos, a todos los niveles -del cuerpo, del carácter, del
corazón, de la inteligencia y voluntad, del alma[47]-, revelando
así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor, donada
por la gracia de Cristo.
Semejante comunión queda radicalmente contradicha por la
poligamia; ésta, en efecto, niega directamente el designio de
Dios tal como es revelado desde los orígenes, porque es
contraria a la igual dignidad personal del hombre y de la mujer,
que en el matrimonio se dan con un amor total y por lo mismo
único y exclusivo. Así lo dice el Concilio Vaticano II: "La
unidad matrimonial confirmada por el Señor aparece de modo claro
incluso por la igual dignidad personal del hombre y de la mujer,
que debe ser reconocida en el mutuo y pleno amor"[48].
Una comunión indisoluble
20. La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su unidad,
sino también por su indisolubilidad: "Esta unión íntima, en
cuanto donación mutua de dos personas, lo mismo que el bien de
los hijos, exigen la plena fidelidad de los cónyuges y reclaman
su indisoluble unidad"[49].
Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza -como
han hecho los Padres del Sínodo- la doctrina de la
indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días,
consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona
por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que
rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa
abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es
necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor
conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza[50].
Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y
exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del
matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha
manifestado en su Revelación: El quiere y da la indisolubilidad
del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor
absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús
vive hacia su Iglesia.
Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito
en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del
sacramento del matrimonio ofrece un "corazón nuevo": de este
modo los cónyuges no sólo pueden superar la "dureza de
corazón"[51], sino que también y principalmente pueden compartir
el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza
hecha carne. Así como el Señor Jesús es el "testigo fiel"[52],
es el "sí" de las promesas de Dios[53] y consiguientemente la
realización suprema de la fidelidad incondicional con la que
Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están
llamados a participar realmente en la indisolubilidad
irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada
por él hasta el fin[54].
El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento
para los esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles
entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en generosa
obediencia a la santa voluntad del Señor: "lo que Dios ha unido,
no lo separe el hombre"[55].
Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y
fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y
urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo. Por esto,
junto con todos los Hermanos en el Episcopado que han tomado
parte en el Sínodo de los Obispos, alabo y aliento a las
numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades,
conservan y desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen
así, de manera útil y valiente, el cometido a ellas confiado de
ser un "signo" en el mundo -un signo pequeño y precioso, a veces
expuestos a tentación, pero siempre renovado- de la incansable
fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a
cada hombre. Pero es obligado también reconocer el valor del
testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido
abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la
esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión: también
estos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el
mundo tiene hoy gran necesidad. Por ello deben ser animados y
ayudados por los pastores y por los fieles de la Iglesia.
La más amplia comunión de la familia
21. La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el cual
se va edificando la más amplia comunión de la familia, de los
padres y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas entre
sí, de los parientes y demás familiares.
Esta comunión radica en los vínculos naturales de la carne y de
la sangre y se desarrolla encontrando su perfeccionamiento
propiamente humano en el instaurarse y madurar de vínculos
todavía más profundos y ricos del espíritu: el amor que anima
las relaciones interpersonales de los diversos miembros de la
familia, constituye la fuerza interior que plasma y vivifica la
comunión y la comunidad familiar.
La familia cristiana está llamada además a hacer la experiencia
de una nueva y original comunión, que confirma y perfecciona la
natural y humana. En realidad la gracia de Cristo, "el
Primogénito entre los hermanos"[56], es por su naturaleza y
dinamismo interior una "gracia fraterna como la llama Santo
Tomás de Aquino[57]. El Espíritu Santo, infundido en la
celebración de los sacramentos, es la raíz viva y el alimento
inagotable de la comunión sobrenatural que acumula y vincula a
los creyentes con Cristo y entre sí en la unidad de la Iglesia
de Dios. Una revelación y actuación específica de la comunión
eclesial está constituida por la familia cristiana que también
por esto puede y debe decirse "Iglesia doméstica"[58].
Todos los miembros de la familia, cada uno según su propio don,
tienen la gracia y la responsabilidad de construir, día a día,
la comunión de las personas, haciendo de la familia una "escuela
de humanidad más completa y más rica"[59]: es lo que sucede con
el cuidado y el amor hacia los pequeños, los enfermos y los
ancianos; con el servicio recíproco de todos los días,
compartiendo los bienes, alegrías y sufrimientos.
Un momento fundamental para construir tal comunión está
constituido por el intercambio educativo entre padres e
hijos[60], en que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el
respeto, la obediencia a los padres, los hijos aportan su
específica e insustituible contribución a la edificación de una
familia auténticamente humana y cristiana[61]. En esto se verán
facilitados si los padres ejercen su autoridad irrenunciable
como un verdadero y propio "ministerio", esto es, como un
servicio ordenado al bien humano y cristiano de los hijos, y
ordenado en particular a hacerles adquirir una libertad
verdaderamente responsable, y también si los padres mantienen
viva la conciencia del "don" que continuamente reciben de los
hijos.
La comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo
con un gran espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta
y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión,
a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. Ninguna familia
ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los
conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la
propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de
división en la vida familiar. Pero al mismo tiempo, cada familia
está llamada por el Dios de la paz a hacer la experiencia gozosa
y renovadora de la "reconciliación", esto es, de la comunión
reconstruida, de la unidad nuevamente encontrada. En particular
la participación en el sacramento de la reconciliación y en el
banquete del único Cuerpo de Cristo ofrece a la familia
cristiana la gracia y la responsabilidad de superar toda
división y caminar hacia la plena verdad de la comunión querida
por Dios, respondiendo así al vivísimo deseo del Señor: que
todos "sean una sola cosa"[62].
Derechos y obligaciones de la mujer
22. La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y
comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y el
estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno
de sus miembros en la altísima dignidad de personas, esto es, de
imágenes vivientes de Dios. Como han afirmado justamente los
Padres Sinodales, el criterio moral de la autenticidad de las
relaciones conyugales y familiares consiste en la promoción de
la dignidad y vocación de cada una de las personas, las cuales
logran su plenitud mediante el don sincero de sí mismas[63].
En esta perspectiva, el Sínodo ha querido reservar una atención
privilegiada a la mujer, a sus derechos y deberes en la familia
y en la sociedad. En la misma perspectiva deben considerarse
también el hombre como esposo y padre, el niño y los ancianos.
De la mujer hay que resaltar, ante todo, la igual dignidad y
responsabilidad respecto al hombre; tal igualdad encuentra una
forma singular de realización en la donación de uno mismo al
otro y de ambos a los hijos, donación propia del matrimonio y de
la familia. Lo que la misma razón humana intuye y reconoce, es
revelado en plenitud por la Palabra de Dios; en efecto, la
historia de la salvación es un testimonio continuo y luminoso de
la dignidad de la mujer.
Creando al hombre "varón y mujer"[64], Dios da la dignidad
personal de igual modo al hombre y a la mujer, enriqueciéndolos
con los derechos inalienables y con las responsabilidades que
son propias de la persona humana. Dios manifiesta también de la
forma más elevada posible la dignidad de la mujer asumiendo El
mismo la carne humana de María Virgen, que la Iglesia honra como
Madre de Dios, llamándola la nueva Eva y proponiéndola como
modelo de la mujer redimida. El delicado respeto de Jesús hacia
las mujeres que llamó a su seguimiento y amistad, su aparición
la mañana de Pascua a una mujer antes que a los otros
discípulos, la misión confiada a las mujeres de llevar la buena
nueva de la Resurrección a los apóstoles, son signos que
confirman la estima especial del Señor Jesús hacia la mujer.
Dirá el Apóstol Pablo: "Todos, pues, sois hijos de Dios por la
fe en Cristo Jesús. No hay ya judío o griego, no hay siervo o
libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo
Jesús"[65].
Mujer y sociedad
23. Sin entrar ahora a tratar de los diferentes aspectos del
amplio y complejo tema de las relaciones mujer-sociedad, sino
limitándonos a algunos puntos esenciales, no se puede dejar de
observar cómo en el campo más específicamente familiar una
amplia y difundida tradición social y cultural ha querido
reservar a la mujer solamente la tarea de esposa y madre, sin
abrirla adecuadamente a las funciones públicas, reservadas en
general al hombre.
No hay duda de que la igual dignidad y responsabilidad del
hombre y de la mujer justifican plenamente el acceso de la mujer
a las funciones públicas. Por otra parte, la verdadera promoción
de la mujer exige también que sea claramente reconocido el valor
de su función materna y familiar respecto a las demás funciones
públicas y a las otras profesiones. Por otra parte, tales
funciones y profesiones deben integrarse entre sí, si se quiere
que la evolución social y cultural sea verdadera y plenamente
humana.
Esto resultará más fácil si, como ha deseado el Sínodo, una
renovada "teología del trabajo" ilumina y profundiza el
significado del mismo en la vida cristiana y determina el
vínculo fundamental que existe entre el trabajo y la familia, y
por consiguiente el significado original e insustituible del
trabajo de la casa y la educación de los hijos[66]. Por ello la
Iglesia puede y debe ayudar a la sociedad actual, pidiendo
incansablemente que el trabajo de la mujer en casa sea
reconocido por todos y estimado por su valor insustituible. Esto
tiene una importancia especial en la acción educativa; en
efecto, se elimina la raíz misma de la posible discriminación
entre los diversos trabajos y profesiones cuando resulta
claramente que todos y en todos los sectores se empeñan con
idéntico derecho e idéntica responsabilidad. Aparecerá así más
espléndida la imagen de Dios en el hombre y en la mujer.
Si se debe reconocer también a las mujeres, como a los hombres,
el derecho de acceder a las diversas funciones públicas, la
sociedad debe sin embargo estructurarse de manera tal que las
esposas y madres no sean de hecho obligadas a trabajar fuera de
casa y que sus familias puedan vivir y prosperar dignamente,
aunque ellas se dediquen totalmente a la propia familia.
Se debe superar además la mentalidad según la cual el honor de
la mujer deriva más del trabajo exterior que de la actividad
familiar. Pero esto exige que los hombres estimen y amen
verdaderamente a la mujer con todo el respeto de su dignidad
persona, y que la sociedad cree y desarrolle las condiciones
adecuadas para el trabajo doméstico.
La Iglesia, con el debido respeto por la diversa vocación del
hombre y de la mujer, debe promover en la medida de lo posible
en su misma vida su igualdad de derechos y de dignidad; y esto
por el bien de todos, de la familia, de la sociedad y de la
Iglesia.
Es evidente sin embargo que todo esto no significa para la mujer
la renuncia a su femineidad ni la imitación del carácter
masculino, sino la plenitud de la verdadera humanidad femenina
tal como debe expresarse en su comportamiento, tanto en familia
como fuera de ella, sin descuidar por otra parte en este campo
la variedad de costumbres y culturas.
Ofensas a la dignidad de la mujer
24. Desgraciadamente el mensaje cristiano sobre la dignidad de
la mujer halla oposición en la persistente mentalidad que
considera al ser humano no como persona, sino como cosa, como
objeto de compraventa, al servicio del interés egoísta y del
solo placer; la primera víctima de tal mentalidad es la mujer.
Esta mentalidad produce frutos muy amargos, como el desprecio
del hombre y de la mujer, la esclavitud, la opresión de los
débiles, la pornografía, la prostitución -tanto más cuando es
organizada- y todas las diferentes discriminaciones que se
encuentran en el ámbito de la educación, de la profesión, de la
retribución del trabajo, etc.
Además, todavía hoy, en gran parte de nuestra sociedad
permanecen muchas formas de discriminación humillante que
afectan y ofenden gravemente algunos grupos particulares de
mujeres como, por ejemplo, las esposas que no tienen hijos, las
viudas, las separadas, las divorciadas, las madres solteras.
Estas y otras discriminaciones han sido deploradas con toda la
fuerza posible por los Padres Sinodales. Por lo tanto, pido que
por parte de todos se desarrolle una acción pastoral específica
más enérgica e incisiva, a fin de que estas situaciones sean
vencidas definitivamente, de tal modo que se alcance la plena
estima de la imagen de Dios que se refleja en todos los seres
humanos sin excepción alguna.
El hombre esposo y padre
25. Dentro de la comunión-comunidad conyugal y familiar, el
hombre está llamado a vivir su don y su función de esposo y
padre.
El ve en la esposa la realización del designio de Dios: "No es
bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda
adecuada"[67], y hace suya la exclamación de Adán, el primer
esposo: "Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi
carne"[68].
El auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre tenga
profundo respeto por la igual dignidad de la mujer: "No eres su
amo -escribe S. Ambrosio- sino su marido; no te ha sido dada
como esclava, sino como mujer... Devuélvele sus atenciones hacia
ti y sé para con ella agradecida por su amor"[69]. El hombre
debe vivir con la esposa "un tipo muy especial de amistad
personal"[70]. El cristiano además está llamado a desarrollar
una actitud de amor nuevo, manifestando hacia la propia mujer la
caridad delicada y fuerte que Cristo tiene a la Iglesia[71].
El amor a la esposa madre y el amor a los hijos son para el
hombre el camino natural para la comprensión y la realización de
su paternidad. Sobre todo, donde las condiciones sociales y
culturales inducen fácilmente al padre a un cierto desinterés
respecto de la familia o bien a una presencia menor en la acción
educativa, es necesario esforzarse para que se recupere
socialmente la convicción de que el puesto y la función del
padre en y por la familia son de una importancia única e
insustituible[72]. Como la experiencia enseña, la ausencia del
padre provoca desequilibrios psicológicos y morales, además de
dificultades notables en las relaciones familiares, como
también, en circunstancias opuestas, la presencia opresiva del
padre, especialmente donde todavía vive el fenómeno del
"machismo", o sea, la superioridad abusiva de las prerrogativas
masculinas que humillan a la mujer e inhiben el desarrollo de
sanas relaciones familiares.
Revelando y reviviendo en la tierra la misma paternidad de
Dios[73], el hombre está llamado a garantizar el desarrollo
unitario de todos los miembros de la familia. Realizará esta
tarea mediante una generosa responsabilidad por la vida
concebida junto al corazón de la madre, un compromiso educativo
más solícito y compartido con la propia esposa[74], un trabajo
que no disgregue nunca la familia, sino que la promueva en su
cohesión y estabilidad, un testimonio de vida cristiana adulta,
que introduzca más eficazmente a los hijos en la experiencia
viva de Cristo y de la Iglesia.
Derechos del niño
26. En la familia, comunidad de personas, debe reservarse una
atención especialísima al niño, desarrollando una profunda
estima por su dignidad personal, así como un gran respeto y un
generoso servicio a sus derechos. Esto vale respecto a todo
niño, pero adquiere una urgencia singular cuando el niño es
pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o es
minusválido.
Procurando y teniendo un cuidado tierno y profundo para cada
niño que viene a este mundo, la Iglesia cumple una misión
fundamental. En efecto, está llamada a revelar y a proponer en
la historia el ejemplo y el mandato de Cristo, que ha querido
poner al niño en el centro del Reino de Dios: "Dejad que los
niños vengan a mí, ...que de ellos es el reino de los
cielos"[75].
Repito nuevamente lo que dije en la Asamblea General de las
Naciones Unidas, el 2 de octubre de 1979: "Deseo... expresar el
gozo que para cada uno de nosotros constituyen los niños,
primavera de la vida, anticipo de la historia futura de cada una
de las patrias terrestres actuales. Ningún país del mundo,
ningún sistema político puede pensar en el propio futuro, si no
es a través de la imagen de estas nuevas generaciones que
tomarán de sus padres el múltiple patrimonio de los valores, de
los deberes y de las aspiraciones de la nación a la que
pertenecen, junto con el de toda la familia humana. La solicitud
por el niño, incluso antes de su nacimiento, desde el primer
momento de su concepción y, a continuación, en los años de la
infancia y de la juventud es la verificación primaria y
fundamental de la relación del hombre con el hombre. Y por eso,
¿qué más se podría desear a cada nación y a toda la humanidad, a
todos los niños del mundo, sino un futuro mejor en el que el
respeto de los Derechos del Hombre llegue a ser una realidad
plena en las dimensiones del Dos mil que se acerca?"[76].
La acogida, el amor, la estima, el servicio múltiple y unitario
-material, afectivo, educativo, espiritual- a cada niño que
viene a este mundo, deberá constituir siempre una nota
distintiva e irrenunciable de los cristianos, especialmente de
las familias cristianas; así los niños, a la vez que crecen "en
sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los
hombres"[77], serán una preciosa ayuda para la edificación de la
comunidad familiar y para la misma santificación de los
padres[78].
Los ancianos en familia
27. Hay culturas que manifiestan una singular veneración y un
gran amor por el anciano; lejos de ser apartado de la familia o
de ser soportado como un peso inútil, el anciano permanece
inserido en la vida familiar, sigue tomando parte activa y
responsable -aun debiendo respetar la autonomía de la nueva
familia- y sobre todo desarrolla la preciosa misión de testigo
del pasado e inspirador de sabiduría para los jóvenes y para el
futuro.
Otras culturas, en cambio, especialmente como consecuencia de un
desordenado desarrollo industrial y urbanístico, han llevado y
siguen llevando a los ancianos a formas inaceptables de
marginación, que son fuente a la vez de agudos sufrimientos para
ellos mismos y de empobrecimiento espiritual para tantas
familias.
Es necesario que la acción pastoral de la Iglesia estimule a
todos a descubrir y a valorar los cometidos de los ancianos en
la comunidad civil y eclesial, y en particular en la familia. En
realidad, "la vida de los ancianos ayuda a clarificar la escala
de valores humanos; hace ver la continuidad de las generaciones
y demuestra maravillosamente la interdependencia del Pueblo de
Dios. Los ancianos tienen además el carisma de romper las
barreras entre las generaciones antes de que se consoliden:
¡Cuántos niños han hallado comprensión y amor en los ojos,
palabras y caricias de los ancianos! y ¡cuánta gente mayor no ha
subscrito con agrado las palabras inspiradas "la corona de los
ancianos son los hijos de sus hijos" (Prov. 17, 6)!"[79].
II.- SERVICIO A LA VIDA
1) La transmisión de la vida
Cooperadores del amor de Dios Creador
28. Dios, con la creación del hombre y de la mujer a su imagen y
semejanza, corona y lleva a perfección la obra de sus manos; los
llama a una especial participación en su amor y al mismo tiempo
en su poder de Creador y Padre, mediante su cooperación libre y
responsable en la transmisión del don de la vida humana: "Y
bendíjolos Dios y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos y
henchid la tierra y sometedla""[80].
Así el cometido fundamental de la familia es el servicio a la
vida, el realizar a lo largo de la historia la bendición
original del Creador, transmitiendo en la generación la imagen
divina de hombre a hombre[81].
La fecundidad es el fruto y el signo del amor conyugal, el
testimonio vivo de la entrega plena y recíproca de los esposos:
"El cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estructura de
la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado los demás
fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para
cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del
Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece
diariamente su propia familia"[82].
La fecundidad del amor conyugal no se reduce sin embargo a la
sola procreación de los hijos, aunque sea entendida en su
dimensión específicamente humana: se amplía y se enriquece con
todos los frutos de vida moral, espiritual y sobrenatural que el
padre y la madre están llamados a dar a los hijos y, por medio
de ellos, a la Iglesia y al mundo.
La doctrina y la norma siempre antigua y siempre nueva de la
Iglesia
29. Precisamente porque el amor de los esposos es una
participación singular en el misterio de la vida y del amor de
Dios mismo, la Iglesia sabe que ha recibido la misión especial
de custodiar y proteger la altísima dignidad del matrimonio y la
gravísima responsabilidad de la transmisión de la vida humana.
De este modo, siguiendo la tradición viva de la comunidad
eclesial a través de la historia, el reciente Concilio Vaticano
II y el magisterio de mi Predecesor Pablo VI, expresado sobre
todo en la encíclica Humanae vitae, han transmitido a nuestro
tiempo un anuncio verdaderamente profético, que reafirma y
propone de nuevo con claridad la doctrina y la norma siempre
antigua y siempre nueva de la Iglesia sobre el matrimonio y
sobre la transmisión de la vida humana.
Por esto, los Padres Sinodales, en su última asamblea declararon
textualmente: "Este Sagrado Sínodo, reunido en la unidad de la
fe con el Sucesor de Pedro, mantiene firmemente lo que ha sido
propuesto en el Concilio Vaticano II (cfr. Gaudium et spes, 50)
y después en la Encíclica Humanae vitae, y en concreto, que el
amor conyugal debe ser plenamente humano, exclusivo y abierto a
una nueva vida (Humanae vitae, n. 11 y cfr. 9 y 12)"[83].
La Iglesia en favor de la vida
30. La doctrina de la Iglesia se encuentra hoy en una situación
social y cultural que la hace a la vez más difícil de comprender
y más urgente e insustituible para promover el verdadero bien
del hombre y de la mujer.
En efecto, el progreso científico-técnico, que el hombre
contemporáneo acrecienta continuamente en su dominio sobre la
naturaleza, no desarrolla solamente la esperanza de crear una
humanidad nueva y mejor, sino también una angustia cada vez más
profunda ante el futuro. Algunos se preguntan si es un bien
vivir o si sería mejor no haber nacido; dudan de si es lícito
llamar a otros a la vida, los cuales quizás maldecirán su
existencia en un mundo cruel, cuyos terrores no son ni siquiera
previsibles. Otros piensan que son los únicos destinatarios de
las ventajas de la técnica y excluyen a los demás, a los cuales
imponen medios anticonceptivos o métodos aún peores. Otros
todavía, cautivos como son de la mentalidad consumista y con la
única preocupación de un continuo aumento de bienes materiales,
acaban por no comprender, y por consiguiente rechazar la riqueza
espiritual de una nueva vida humana. La razón última de estas
mentalidades es la ausencia, en el corazón de los hombres, de
Dios cuyo amor sólo es más fuerte que todos los posibles miedos
del mundo y los puede vencer.
Ha nacido así una mentalidad contra la vida (anti-life mentality),
como se ve en muchas cuestiones actuales: piénsese, por ejemplo,
en un cierto pánico derivado de los estudios de los ecólogos y
futurólogos sobre la demografía, que a veces exageran el peligro
que representa el incremento demográfico para la calidad de la
vida.
Pero la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil
y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad.
Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la
Iglesia está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe
descubrir el esplendor de aquel "Sí", de aquel "Amén" que es
Cristo mismo[84]. Al "no" que invade y aflige al mundo,
contrapone este "Sí" viviente, defendiendo de este modo al
hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida.
La Iglesia está llamada a manifestar nuevamente a todos, con un
convencimiento más claro y firme, su voluntad de promover con
todo medio y defender contra toda insidia la vida humana, en
cualquier condición o fase de desarrollo en que se encuentre.
Por esto la Iglesia condena, como ofensa grave a la dignidad
humana y a la justicia, todas aquellas actividades de los
gobiernos o de otras autoridades públicas, que tratan de limitar
de cualquier modo la libertad de los esposos en la decisión
sobre los hijos. Por consiguiente, hay que condenar totalmente y
rechazar con energía cualquier violencia ejercida por tales
autoridades en favor del anticoncepcionismo e incluso de la
esterilización y del aborto procurado. Al mismo tiempo, hay que
rechazar como gravemente injusto el hecho de que, en las
relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la
promoción de los pueblos esté condicionada a programas de
anticoncepcionismo, esterilización y aborto procurado[85].
Para que el plan divino sea realizado cada vez más plenamente
31. La Iglesia es ciertamente consciente también de los
múltiples y complejos problemas que hoy, en muchos Países,
afectan a los esposos en su cometido de transmitir
responsablemente la vida. Conoce también el grave problema del
incremento demográfico como se plantea en diversas partes de
mundo, con las implicaciones morales que comporta.
Ella cree, sin embargo, que una consideración profunda de todos
los aspectos de tales problemas ofrece una nueva y más fuerte
confirmación de la importancia de la doctrina auténtica acerca
de la regulación de la natalidad, propuesta de nuevo en el
Concilio Vaticano II y en la Encíclica Humanae vitae.
Por esto, junto con los Padres del Sínodo, siento el deber de
dirigir una acuciante invitación a los teólogos a fin de que,
uniendo sus fuerzas para colaborar con el magisterio jerárquico,
se comprometan a iluminar cada vez mejor los fundamentos
bíblicos, las motivaciones éticas y las razones personalistas de
esta doctrina. Así será posible, en el contexto de una
exposición orgánica, hacer que la doctrina de la Iglesia en este
importante capítulo sea verdaderamente accesible a todos los
hombres de buena voluntad, facilitando su comprensión cada vez
más luminosa y profunda; de este modo el plan divino podrá ser
realizado cada vez más plenamente, para la salvación del hombre
y gloria del Creador.
A este respecto, el empeño concorde de los teólogos, inspirado
por la adhesión convencida al Magisterio, que es la única guía
auténtica del Pueblo de Dios, presenta una urgencia especial
también a causa de la relación íntima que existe entre la
doctrina católica sobre este punto y la visión del hombre que
propone la Iglesia. Dudas o errores en el ámbito matrimonial o
familiar llevan a una ofuscación grave de la verdad integral
sobre el hombre, en una situación cultural que muy a menudo es
confusa y contradictoria. La aportación de iluminación y
profundización, que los teólogos están llamados a ofrecer en el
cumplimiento de su cometido específico, tiene un valor
incomparable y representa un servicio singular, altamente
meritorio, a la familia y a la humanidad.
En la visión integral del hombre y de su vocación
32. En el contexto de una cultura que deforma gravemente o
incluso pierde el verdadero significado de la sexualidad humana,
porque la desarraiga de su referencia a la persona, la Iglesia
siente más urgente e insustituible su misión de presentar la
sexualidad como valor y función de toda la persona creada, varón
y mujer, a imagen de Dios.
En esta perspectiva el Concilio Vaticano II afirmó claramente
que "cuando se trata de conjugar el amor conyugal con la
responsable transmisión de la vida, la índole moral de la
conducta no depende solamente de la sincera intención y
apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con
criterios objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de
sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la
mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el
amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la
virtud de la castidad conyugal"[86].
Es precisamente partiendo de la "visión integral del hombre y de
su vocación, no sólo natural y terrena sino también sobrenatural
y eterna"[87], por lo que Pablo VI afirmó, que la doctrina de la
Iglesia "está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha
querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa,
entre los dos significados del acto conyugal: el significado
unitivo y el significado procreador"[88]. Y concluyó recalcando
que hay que excluir, como intrínsecamente deshonesta, "toda
acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su
realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales,
se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la
procreación"[89].
Cuando lo esposos, mediante el recurso al anticoncepcionismo,
separan estos dos significados que Dios Creador ha inscrito en
el ser del hombre y de la mujer y en el dinamismo de su comunión
sexual, se comportan como "árbitros" del designio divino y
"manipulan" y envilecen la sexualidad humana, y con ella la
propia persona del cónyuge, alterando su valor de donación
"total". Así, al lenguaje natural que expresa la recíproca
donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un
lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse
al otro totalmente: se produce, no sólo el rechazo positivo de
la apertura a la vida, sino también una falsificación de la
verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en
plenitud personal.
En cambio, cuando los esposos, mediante el recurso a periodos de
infecundidad, respetan la conexión inseparable de los
significados unitivo y procreador de la sexualidad humana, se
comportan como "ministros" del designio de Dios y "se sirven" de
la sexualidad según el dinamismo original de la donación
"total", sin manipulaciones ni alteraciones[90].
A la luz de la misma experiencia de tantas parejas de esposos y
de los datos de las diversas ciencias humanas, la reflexión
teológica puede captar y está llamada a profundizar la
diferencia antropológica y al mismo tiempo moral, que existe
entre el anticoncepcionismo y el recurso a los ritmos
temporales. Se trata de una diferencia bastante más amplia y
profunda de lo que habitualmente se cree, y que implica en
resumidas cuentas dos concepciones de la persona y de la
sexualidad humana, irreconciliables entre sí. La elección de los
ritmos naturales comporta la aceptación del tiempo de la
persona, es decir de la mujer, y con esto la aceptación también
del diálogo, del respeto recíproco, de la responsabilidad común,
del dominio de sí mismo. Aceptar el tiempo y el diálogo
significa reconocer el carácter espiritual y a la vez corporal
de la comunión conyugal, como también vivir el amor personal en
su exigencia de fidelidad. En este contexto la pareja
experimenta que la comunión conyugal es enriquecida por aquellos
valores de ternura y afectividad, que constituyen el alma
profunda de la sexualidad humana, incluso en su dimensión
física. De este modo la sexualidad es respetada y promovida en
su dimensión verdadera y plenamente humana, no "usada" en cambio
como un "objeto" que, rompiendo la unidad personal de alma y
cuerpo, contradice la misma creación de Dios en la trama más
profunda entre naturaleza y persona.
La Iglesia Maestra y Madre para los esposos en dificultad
33. También en el campo de la moral conyugal la Iglesia es y
actúa como Maestra y Madre.
Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral que debe
guiar la transmisión responsable de la vida. De tal norma la
Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En
obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en
la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia
interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de
buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de
perfección.
Como Madre, la Iglesia se hace cercana a muchas parejas de
esposos que se encuentran en dificultad sobre este importante
punto de la vida moral; conoce bien su situación, a menudo muy
ardua y a veces verdaderamente atormentada por dificultades de
todo tipo, no sólo individuales sino también sociales; sabe que
muchos esposos encuentran dificultades no sólo para la
realización concreta, sino también para la misma comprensión de
los valores inherentes a la norma moral.
Pero la misma y única Iglesia es a la vez Maestra y Madre. Por
esto, la Iglesia no cesa nunca de invitar y animar, a fin de que
las eventuales dificultades conyugales se resuelvan sin
falsificar ni comprometer jamás la verdad. En efecto, está
convencida de que no puede haber verdadera contradicción entre
la ley divina de la transmisión de la vida y la de favorecer el
auténtico amor conyugal[91]. Por esto, la pedagogía concreta de
la Iglesia debe estar siempre unida y nunca separada de su
doctrina. Repito, por tanto, con la misma persuasión de mi
Predecesor: "No menoscabar en nada la saludable doctrina de
Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas"[92].
Por otra parte, la auténtica pedagogía eclesial revela su
realismo y su sabiduría solamente desarrollando un compromiso
tenaz y valiente en crear y sostener todas aquellas condiciones
humanas -psicológicas, morales y espirituales- que son
indispensables para comprender y vivir el valor y la norma
moral.
No hay duda de que entre estas condiciones se deben incluir la
constancia y la paciencia, la humildad y la fortaleza de ánimo,
la confianza filial en Dios y en su gracia, el recurso frecuente
a la oración y a los sacramentos de la Eucaristía y de la
reconciliación[93]. Confortados así, los esposos cristianos
podrán mantener viva la conciencia de la influencia singular que
la gracia del sacramento del matrimonio ejerce sobre todas las
realidades de la vida conyugal, y por consiguiente también sobre
su sexualidad: el don del Espíritu, acogido y correspondido por
los esposos, les ayuda a vivir la sexualidad humana según el
plan de Dios y como signo del amor unitivo y fecundo de Cristo
por su Iglesia.
Pero entre las condiciones necesarias está también el
conocimiento de la corporeidad y de sus ritmos de fertilidad. En
tal sentido conviene hacer lo posible para que semejante
conocimiento se haga accesible a todos los esposos, y ante todo
a las personas jóvenes, mediante una información y una educación
clara, oportuna y seria, por parte de parejas, de médicos y de
expertos. El conocimiento debe desembocar además en la educación
al autocontrol; de ahí la absoluta necesidad de la virtud de la
castidad y de la educación permanente en ella. Según la visión
cristiana, la castidad no significa absolutamente rechazo ni
menosprecio de la sexualidad humana: significa más bien energía
espiritual que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo
y de la agresividad, y sabe promoverlo hacia su realización
plena.
Pablo VI, con intuición profunda de sabiduría y amor, no hizo
más que escuchar la experiencia de tantas parejas de esposos
cuando en su Encíclica escribió: "El dominio del instinto,
mediante la razón y la voluntad libre, impone sin ningún género
de duda una ascética, para que las manifestaciones afectivas de
la vida conyugal estén en conformidad con el orden recto y
particularmente para observar la continencia periódica. Esta
disciplina, propia de la pureza de los esposos, lejos de
perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano más
sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su
influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan integralmente su
personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando
a la vida familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando la
solución de otros problemas; favoreciendo la atención hacia el
otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del
verdadero amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad.
Los padres adquieren así la capacidad de un influjo más profundo
y eficaz para educar a los hijos"[94].
Itinerario moral de los esposos
34. Es siempre muy importante poseer una recta concepción del
orden moral, de sus valores y normas; la importancia aumenta,
cuanto más numerosas y graves se hacen las dificultades para
respetarlos.
El orden moral, precisamente porque revela y propone el designio
de Dios Creador, no puede ser algo mortificante para el hombre
ni algo impersonal; al contrario, respondiendo a las exigencias
más profundas del hombre creado por Dios, se pone al servicio de
su humanidad plena, con el amor delicado y vinculante con que
Dios mismo inspira, sostiene y guía a cada criatura hacia su
felicidad.
Pero el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio
sabio y amoroso de Dios, es un ser histórico, que se construye
día a día con sus opciones numerosas y libres; por esto él
conoce, ama y realiza el bien moral según diversas etapas de
crecimiento.
También los esposos, en el ámbito de su vida moral, están
llamados a un continuo camino, sostenidos por el deseo sincero y
activo de conocer cada vez mejor los valores que la ley divina
tutela y promueve, y por la voluntad recta y generosa de
encarnarlos en sus opciones concretas.
Ello, sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que
se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como
un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las
dificultades. "Por ello la llamada "ley de gradualidad" o camino
gradual no puede identificarse con la "gradualidad de la ley",
como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley
divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los
esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en
el matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza en la medida
en que la persona humana se encuentra en condiciones de
responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en
la gracia divina y en la propia voluntad"[95]. En la misma
línea, es propio de la pedagogía de la Iglesia que los esposos
reconozcan ante todo claramente la doctrina de la Humanae vitae
como normativa para el ejercicio de su sexualidad y se
comprometan sinceramente a poner las condiciones necesarias para
observar tal norma.
Esta pedagogía, como ha puesto de relieve el Sínodo, abarca toda
la vida conyugal. Por esto la función de transmitir la vida debe
estar integrada en la misión global de toda la vida cristiana,
la cual sin la cruz no puede llegar a la resurrección. En
semejante contexto se comprende cómo no se puede quitar de la
vida familiar el sacrificio, es más, se debe aceptar de corazón,
a fin de que el amor conyugal se haga más profundo y sea fuente
de gozo íntimo.
Este camino exige reflexión, información, educación idónea de
los sacerdotes, religiosos y laicos que están dedicados a la
pastoral familiar; todos ellos podrán ayudar a los esposos en su
itinerario humano y espiritual, que comporta la conciencia del
pecado, el compromiso sincero a observar la ley moral y el
ministerio de la reconciliación. Conviene también tener presente
que en la intimidad conyugal están implicadas las voluntades de
dos personas, llamadas sin embargo a una armonía de mentalidad y
de comportamiento. Esto exige no poca paciencia, simpatía y
tiempo. Singular importancia tiene en este campo la unidad de
juicios morales y pastorales de los sacerdotes: tal unidad debe
ser buscada y asegurada cuidadosamente, para que los fieles no
tengan que sufrir ansiedades de conciencia[96].
El camino de los esposos será pues más fácil si, con estima de
la doctrina de la Iglesia y con confianza en la gracia de
Cristo, ayudados y acompañados por los pastores de almas y por
la comunidad eclesial entera, saben descubrir y experimentar el
valor de liberación y promoción del amor auténtico, que el
Evangelio ofrece y el mandamiento del Señor propone.
Suscitar convicciones y ofrecer ayudas concretas
35. Ante el problema de una honesta regulación de la natalidad,
la comunidad eclesial, en el tiempo presente, debe preocuparse
por suscitar convicciones y ofrecer ayudas concretas a quienes
desean vivir la paternidad y la maternidad de modo
verdaderamente responsable.
En este campo, mientras la Iglesia se alegra de los resultados
alcanzados por las investigaciones científicas para un
conocimiento más preciso de los ritmos de fertilidad femenina y
alienta a una más decisiva y amplia extensión de tales estudios,
no puede menos de apelar, con renovado vigor, a la
responsabilidad de cuantos -médicos, expertos, consejeros
matrimoniales, educadores, parejas- pueden ayudar efectivamente
a los esposos a vivir su amor, respetando la estructura y
finalidades del acto conyugal que lo expresa. Esto significa un
compromiso más amplio, decisivo y sistemático en hacer conocer,
estimar y aplicar los métodos naturales de regulación de la
fertilidad[97].
Un testimonio precioso puede y debe ser dado por aquellos
esposos que, mediante el compromiso común de la continencia
periódica, han llegado a una responsabilidad personal más madura
ante el amor y la vida. Como escribía Pablo VI, "a ellos ha
confiado el Señor la misión de hacer visible ante los hombres la
santidad y la suavidad de la ley que une el amor mutuo de los
esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de la vida
humana"[98].
2) La educación
El derecho-deber educativo de los padres
36. La tarea educativa tiene sus raíces en la vocación
primordial de los esposos a participar en la obra creadora de
Dios; ellos, engendrando en el amor y por amor una nueva
persona, que tiene en sí la vocación al crecimiento y al
desarrollo, asumen por eso mismo la obligación de ayudarla
eficazmente a vivir una vida plenamente humana. Como ha
recordado el Concilio Vaticano II: "Puesto que los padres han
dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de
educar a la prole, y por tanto hay que reconocerlos como los
primeros y principales educadores de sus hijos. Este deber de la
educación familiar es de tanta trascendencia que, cuando falta,
difícilmente puede suplirse. Es, pues, deber de los padres crear
un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia
Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra
personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la
primera escuela de las virtudes sociales, que todas las
sociedades necesitan"[99].
El derecho-deber educativo de los padres se califica como
esencial, relacionado como está con la transmisión de la vida
humana; como original y primario, respecto al deber educativo de
los demás, por la unicidad de la relación de amor que subsiste
entre padres e hijos; como insustituible e inalienable y que,
por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado
por otros.
Por encima de estas características, no puede olvidarse que el
elemento más radical, que determina el deber educativo de los
padres, es el amor paterno y materno que encuentra en la acción
educativa su realización, al hacer pleno y perfecto el servicio
a la vida. El amor de los padres se transforma de fuente en
alma, y por consiguiente, en norma, que inspira y guía toda la
acción educativa concreta, enriqueciéndola con los valores de
dulzura, constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu de
sacrificio, que son el fruto más precioso del amor.
Educar en los valores esenciales de la vida humana
37. Aun en medio de las dificultades, hoy a menudo agravadas, de
la acción educativa, los padres deben formar a los hijos con
confianza y valentía en los valores esenciales de la vida
humana. Los hijos deben crecer en una justa libertad ante los
bienes materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y
austero, convencidos de que "el hombre vale más por lo que es
que por lo que tiene"[100].
En una sociedad sacudida y disgregada por tensiones y conflictos
a causa del choque entre los diversos individualismos y
egoísmos, los hijos deben enriquecerse no sólo con el sentido de
la verdadera justicia, que lleva al respeto de la dignidad
personal de cada uno, sino también y más aún del sentido del
verdadero amor, como solicitud sincera y servicio desinteresado
hacia los demás, especialmente a los más pobres y necesitados.
La familia es la primera y fundamental escuela de socialidad;
como comunidad de amor, encuentra en el don de sí misma la ley
que la rige y hace crecer. El don de sí, que inspira el amor
mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí
que debe haber en las relaciones entre hermanos y hermanas, y
entre las diversas generaciones que conviven en la familia. La
comunión y la participación vivida cotidianamente en la casa, en
los momentos de alegría y de dificultad, representa la pedagogía
más concreta y eficaz para la inserción activa, responsable y
fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad.
La educación para el amor como don de sí mismo constituye
también la premisa indispensable para los padres, llamados a
ofrecer a los hijos una educación sexual clara y delicada. Ante
una cultura que "banaliza" en gran parte la sexualidad humana,
porque la interpreta y la vive de manera reductiva y
empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer
egoísta, el servicio educativo de los padres debe basarse sobre
una cultura sexual que sea verdadera y plenamente persona. En
efecto, la sexualidad es una riqueza de toda la persona -cuerpo,
sentimiento y espíritu- y manifiesta su significado íntimo al
llevar la persona hacia el don de sí misma en el amor.
La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres,
debe realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en
casa como en los centros educativos elegidos y controlados por
ellos. En este sentido la Iglesia reafirma la ley de la
subsidiaridad, que la escuela tiene que observar cuando coopera
en la educación sexual, situándose en el espíritu mismo que
anima a los padres.
En este contexto es del todo irrenunciable la educación para la
castidad, como virtud que desarrolla la auténtica madurez de la
persona y la hace capaz de respetar y promover el "significado
esponsal" del cuerpo. Más aún, los padres cristianos reserven
una atención y cuidado especial -discerniendo los signos de la
llamada de Dios- a la educación para la virginidad, como forma
suprema del don de uno mismo que constituye el sentido mismo de
la sexualidad humana.
Por los vínculos estrechos que hay entre la dimensión sexual de
la persona y sus valores éticos, esta educación debe llevar a
los hijos a conocer y estimar las normas morales como garantía
necesaria y preciosa para un crecimiento personal y responsable
en la sexualidad humana.
Por esto la Iglesia se opone firmemente a un sistema de
información sexual separado de los principios morales y tan
frecuentemente difundido, el cual no sería más que una
introducción a la experiencia del placer y un estímulo que lleva
a perder la serenidad, abriendo el camino al vicio desde los
años de la inocencia.
Misión educativa y sacramento del matrimonio
38. Para los padres cristianos la misión educativa, basada como
se ha dicho en su participación en la obra creadora de Dios,
tiene una fuente nueva y específica en el sacramento del
matrimonio, que los consagra a la educación propiamente
cristiana de los hijos, es decir, los llama a participar de la
misma autoridad y del mismo amor de Dios Padre y de Cristo
Pastor, así como del amor materno de la Iglesia, y los enriquece
en sabiduría, consejo, fortaleza y en los otros dones del
Espíritu Santo, para ayudar a los hijos en su crecimiento humano
y cristiano.
El deber educativo recibe del sacramento del matrimonio la
dignidad y la llamada a ser un verdadero y propio "ministerio"
de la Iglesia al servicio de la edificación de sus miembros. Tal
es la grandeza y el esplendor del ministerio educativo de los
padres cristianos, que Santo Tomás no duda en compararlo con el
ministerio de los sacerdotes: "Algunos propagan y conservan la
vida espiritual con un ministerio únicamente espiritual: es la
tarea del sacramento del orden; otros hacen esto respecto de la
vida a la vez corporal y espiritual, y esto se realiza con el
sacramento del matrimonio, en el que el hombre y la mujer se
unen para engendrar la prole y educarla en el culto a
Dios"[101].
La conciencia viva y vigilante de la misión recibida con el
sacramento del matrimonio ayudará a los padres cristianos a
ponerse con gran serenidad y confianza al servicio educativo de
los hijos y, al mismo tiempo, a sentirse responsables ante Dios
que los llama y los envía a edificar la Iglesia en los hijos.
Así la familia de los bautizados, convocada como iglesia
doméstica por la Palabra y por el Sacramento, llega a ser a la
vez, como la gran Iglesia, maestra y madre.
La primera experiencia de Iglesia
39. La misión de la educación exige que los padres cristianos
propongan a los hijos todos los contenidos que son necesarios
para la maduración gradual de su personalidad desde un punto de
vista cristiano y eclesial. Seguirán pues las líneas educativas
recordadas anteriormente, procurando mostrar a los hijos a cuán
profundos significados conducen la fe y la caridad de
Jesucristo. Además, la conciencia de que el Señor confía a ellos
el crecimiento de un hijo de Dios, de un hermano de Cristo, de
un templo del Espíritu Santo, de un miembro de la Iglesia,
alentará a los padres cristianos en su tarea de afianzar en el
alma de los hijos el don de la gracia divina.
El Concilio Vaticano II precisa así el contenido de la educación
cristiana: "La cual no persigue solamente la madurez propia de
la persona humana... sino que busca, sobre todo, que los
bautizados se hagan más conscientes cada día del don recibido de
la fe, mientras se inician gradualmente en el conocimiento del
misterio de la salvación; aprendan a adorar a Dios Padre en
espíritu y en verdad (cf. Jn. 4, 23), ante todo en la acción
litúrgica, formándose para vivir según el hombre nuevo en
justicia y santidad de verdad (Ef. 4, 22-24), y así lleguen al
hombre perfecto, en la edad de la plenitud de Cristo (cf. Ef. 4,
13), y contribuyan al crecimiento del Cuerpo místico.
Conscientes, además, de su vocación, acostúmbrense a dar
testimonio de la esperanza que hay en ellos (cf. 1 Pe. 3, 15) y
a ayudar a la configuración cristiana del mundo"[102].
También el Sínodo, siguiendo y desarrollando la línea conciliar
ha presentado la misión educativa de la familia cristiana como
un verdadero ministerio, por medio del cual se transmite e
irradia el Evangeli, hasta el punto de que la misma vida de
familia se hace itinerario de fe y, en cierto modo, iniciación
cristiana y escuela de los seguidores de Cristo. En la familia
consciente de tal don, como escribió Pablo VI, "todos los
miembros evangelizan y son evangelizados"[103].
En virtud del ministerio de la educación los padres, mediante el
testimonio de su vida, son los primeros mensajeros del Evangelio
ante los hijos. Es más, rezando con los hijos, dedicándose con
ellos a la lectura de la Palabra de Dios e introduciéndolos en
la intimidad del Cuerpo -eucarístico y eclesial- de Cristo
mediante la iniciación cristiana, llegan a ser plenamente
padres, es decir engendradores no sólo de la vida corporal, sino
también de aquella que, mediante la renovación del Espíritu,
brota de la Cruz y Resurrección de Cristo.
A fin de que los padres cristianos puedan cumplir dignamente su
ministerio educativo, los Padres Sinodales han manifestado el
deseo de que se prepare un texto adecuado de catecismo para las
familias claro, breve y que pueda ser fácilmente asimilao por
todos. Las conferencias episcopales han sido invitadas
encarecidamente a comprometerse en la realización de este
catecismo.
Relaciones con otras fuerzas educativas
40. La familia es la primera, pero no la única y exclusiva,
comunidad educadora; la misma dimensión comunitaria, civil y
eclesial del hombre exige y conduce a una acción más amplia y
articulada, fruto de la colaboración ordenada de las diversas
fuerzas educativas. Estas son necesarias, aunque cada una puede
y debe intervenir con su competencia y con su contribución
propias[104].
La tarea educativa de la familia cristiana tiene por esto un
puesto muy importante en la pastoral orgánica; esto implica una
nueva forma de colaboración entre los padres y las comunidades
cristianas, entre los diversos grupos educativos y los pastores.
En este sentido, la renovación de la escuela católica debe
prestar una atención especial tanto a los padres de los alumnos
como a la formación de una perfecta comunidad educadora.
Debe asegurarse absolutamente el derecho de los padres a la
elección de una educación conforme con su fe religiosa.
El estado y la Iglesia tienen la obligación de dar a las
familias todas las ayudas posibles, a fin de que puedan ejercer
adecuadamente sus funciones educativas. Por esto tanto la
Iglesia como el Estado deben crear y promover las instituciones
y actividades que las familias piden justamente, y la ayuda
deberá ser proporcionada a las insuficiencias de las familias.
Por tanto, todos aquellos que en la sociedad dirigen las
escuelas, no deben olvidar nunca que los padres han sido
constituidos por Dios mismo como los primeros y principales
educadores de los hijos, y que su derecho es del todo
inalienable.
Pero como complementario al derecho, se pone el grave deber de
los padres de comprometerse a fondo en una relación cordial y
efectiva con los profesores y directores de las escuelas.
Si en las escuelas se enseñan ideologías contrarias a la fe
cristiana, la familia junto con otras familias, si es posible
mediante formas de asociación familiar, debe con todas las
fuerzas y con sabiduría ayudar a los jóvenes a no alejarse de la
fe. En este caso la familia tiene necesidad de ayudas especiales
por parte de los pastores de almas, los cuales no deben olvidar
que los padres tienen el derecho inviolable de confiar sus hijos
a la comunidad eclesial.
Un servicio múltiple a la vida
41. El amor conyugal fecundo se expresa en un servicio a la vida
que tiene muchas formas, de las cuales la generación y la
educación son las más inmediatas, propias e insustituibles. En
realidad, cada acto de verdadero amor al hombre testimonia y
perfecciona la fecundidad espiritual de la familia, porque es
obediencia al dinamismo interior y profundo del amor, como
donación de sí mismo a los demás.
En particular los esposos que viven la experiencia de la
esterilidad física, deberán orientarse hacia esta perspectiva,
rica para todos en valor y exigencias.
Las familias cristianas, que en la fe reconocen a todos los
hombres como hijos del Padre común de los cielos, irán
generosamente al encuentro de los hijos de otras familias,
sosteniéndoles y amándoles no como extraños, sino como miembros
de la única familia de los hijos de Dios. Los padres cristianos
podrán así ensanchar su amor más allá de los vínculos de la
carne y de la sangre, estrechando esos lazos que se basan en el
espíritu y que se desarrollan en el servicio concreto a los
hijos de otras familias, a menudo necesitados incluso de lo más
necesario.
Las familias cristianas se abran con mayor disponibilidad a la
adopción y acogida de aquellos hijos que están privados de sus
padres o abandonados por éstos. Mientras esos niños, encontrando
el calor afectivo de una familia, pueden experimentar la
cariñosa y solícita paternidad de Dios, atestiguada por los
padres cristianos, y así crecer con serenidad y confianza en la
vida, la familia entera se enriquecerá con los valores
espirituales de una fraternidad más amplia.
La fecundidad de las familias debe llevar a su incesante
"creatividad", fruto maravilloso del Espíritu de Dios, que abre
el corazón para descubrir las nuevas necesidades y sufrimientos
de nuestra sociedad, y que infunde ánimo para asumirlas y darles
respuesta. En este marco se presenta a las familias un vasto
campo de acción; en efecto, todavía más preocupante que el
abandono de los niños es hoy el fenómeno de la marginación
social y cultural, que afecta duramente a los ancianos, a los
enfermos, a los minusválidos, a los drogadictos, a los
excarcelados, etc.
De este modo se ensancha enormemente el horizonte de la
paternidad y maternidad de las familias cristianas; un reto para
su amor espiritualmente fecundo viene de estas y tantas otras
urgencias de nuestro tiempo. Con las familias y por medio de
ellas, el Señor Jesús sigue teniendo "compasión" de las
multitudes.
III.- PARTICIPACION
En el desarrollo de la sociedad
La familia, célula primera y vital de la sociedad
42. "El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como
origen y fundamento de la sociedad humana"; la familia es por
ello la "célula primera y vital de la sociedad"[105].
La familia posee vínculos vitales y orgánicos con la sociedad,
porque constituye su fundamento y alimento continuo mediante su
función de servicio a la vida. En efecto, de la familia nacen
los ciudadanos, y éstos encuentran en ella la primera escuela de
esas virtudes sociales, que son el alma de la vida y del
desarrollo de la sociedad misma.
Así la familia, en virtud de su naturaleza y vocación, lejos de
encerrarse en sí misma, se abre a las demás familias y a la
sociedad, asumiendo su función social.
La vida familiar como experiencia de comunión y participación
43. La misma experiencia de comunión y participación, que debe
caracterizar la vida diaria de la familia, representa su primera
y fundamental aportación a la sociedad.
Las relaciones entre los miembros de la comunidad familiar están
inspiradas y guiadas por la ley de la "gratuidad" que,
respetando y favoreciendo en todos y cada uno la dignidad
personal como único título de valor se hace acogida cordial,
encuentro y diálogo, disponibilidad desinteresada, servicio
generoso y solidaridad profunda.
Así la promoción de una auténtica y madura comunión de personas
en la familia se convierte en la primera e insustituible escuela
de socialidad, ejemplo y estímulo para las relaciones
comunitarias más amplias en un clima de respeto, justicia,
diálogo y amor.
De este modo, como han recordado los Padres Sinodale, la familia
constituye el lugar natural y el instrumento más eficaz de
humanización y de personalización de la sociedad: colabora de
manera original y profunda en la construcción del mundo,
haciendo posible una vida propiamente humana, en particular
custodiando y transmitiendo las virtudes y los "valores". Como
dice el Concilio Vaticano II, en la familia "las distintas
generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor
sabiduría y a armonizar los derechos de las personas con las
demás exigencias de la vida social"[106].
Como consecuencia, de cara a una sociedad que corre el peligro
de ser cada vez más despersonalizada y masificada, y por tanto
inhumana y deshumanizadora, con los resultados negativos de
tantas formas de "evasión" -como son, por ejemplo, el
alcoholismo, la droga y el mismo terrorismo-, la familia posee y
comunica todavía hoy energías formidables capaces de sacar al
hombre del anonimato, de mantenerlo consciente de su dignidad
personal, de enriquecerlo con profunda humanidad y de inserirlo
activamente con su unicidad e irrepetibilidad en el tejido de la
sociedad.
Función social y política
44. La función social de la familia no puede ciertamente
reducirse a la acción procreadora y educativa, aunque encuentra
en ella su primera e insustituible forma de expresión.
Las familias, tanto solas como asociadas, pueden y deben por
tanto dedicarse a muchas obras de servicio social, especialmente
en favor de los pobres y de todas aquellas personas y
situaciones, a las que no logra llegar la organización de
previsión y asistencia de las autoridades públicas.
La aportación social de la familia tiene su originalidad, que
exige se la conozca mejor y se la apoye más decididamente, sobre
todo a medida que los hijos crecen, implicando de hecho lo más
posible a todos sus miembros[107].
En especial hay que destacar la importancia cada vez mayor que
en nuestra sociedad asume la hospitalidad, en todas sus formas,
desde el abrir la puerta de la propia casa, y más aún la del
propio corazón, a las peticiones de los hermanos, al compromiso
concreto de asegurar a cada familia su casa, como ambiente
natural que la conserva y la hace crecer. Sobre todo, la familia
cristiana está llamada a escuchar el consejo del Apóstol: "Sed
solícitos en la hospitalidad"[108], y por consiguiente en
practicar la cogida del hermano necesitado, imitando el ejemplo
y compartiendo la caridad de Cristo: "El que diere de beber a
uno de estos pequeños sólo un vaso de agua fresca en razón de
discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa"[109].
La función social de las familias está llamada a manifestarse
también en la forma de intervención política, es decir, las
familias deben ser las primeras en procurar que las leyes y las
instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan
y defiendan positivamente los derechos y los deberes de la
familia. En este sentido las familias deben crecer en la
conciencia de ser "protagonistas" de la llamada "política
familiar", y asumirse la responsabilidad de transformar la
sociedad; de otro modo las familias serán las primeras víctimas
de aquellos males que se han limitado a observar con
indiferencia. La llamada del Concilio Vaticano II a superar la
ética individualista vale también para la familia como tal[110].
La sociedad al servicio de la familia
45. La conexión íntima entre la familia y la sociedad, de la
misma manera que exige la apertura y la participación de la
familia en la sociedad y en su desarrollo, impone también que la
sociedad no deje de cumplir su deber fundamental de respetar y
promover la familia misma.
Ciertamente la familia y la sociedad tienen una función
complementaria en la defensa y en la promoción del bien de todos
los hombres y de cada hombre. Pero la sociedad, y más
específicamente el Estado, deben reconocer que la familia es una
"sociedad que goza de un derecho propio y primordial"[111] y por
tanto, en sus relaciones con la familia, están gravemente
obligados a atenerse al principio de subsidiaridad.
En virtud de este principio, el Estado no puede ni debe sustraer
a las familias aquellas funciones que pueden igualmente realizar
bien, por sí solas o asociadas libremente, sino favorecer
positivamente y estimular lo más posible la iniciativa
responsable de las familias. Las autoridades públicas,
convencidas de que el bien de la familia constituye un valor
indispensable e irrenunciable de la comunidad civil, deben hacer
cuanto puedan para asegurar a las familias todas aquellas ayudas
-económicas, sociales, educativas, políticas, culturales- que
necesitan para afrontar de modo humano todas sus
responsabilidades.
Carta a los derechos de la familia
46. El ideal de una recíproca acción de apoyo y desarrollo entre
la familia y la sociedad choca a menudo, y en medida bastante
grave, con la realidad de su separación e incluso de su
contraposición.
En efecto, como el Sínodo ha denunciado continuamente, la
situación que muchas familias encuentran en diversos países es
muy problemática, si no incluso claramente negativa:
instituciones y leyes desconocen injustamente los derechos
inviolables de la familia y de la misma persona humana, y la
sociedad, en vez de ponerse al servicio de la familia, la ataca
con violencia en sus valores y en sus exigencias fundamentales.
De este modo la familia, que, según los planes de Dios, es
célula básica de la sociedad, sujeto de derechos y deberes antes
que el Estado y cualquier otra comunidad, es víctima de la
sociedad, de los retrasos y lentitudes de sus intervenciones y
más aún de sus injusticias notorias.
Por esto la Iglesia defiende abierta y vigorosamente los
derechos de la familia contra las usurpaciones intolerables de
la sociedad y del Estado. En concreto, los Padres Sinodales han
recordado, entre otros, los siguientes derechos de la familia:
- a existir y progresar como familia, es decir, el derecho de
todo hombre, especialmente aun siendo pobre, a fundar una
familia, y a tener los recursos apropiados para mantenerla;
- a ejercer su responsabilidad en el campo de la transmisión de
la vida y a educar a los hijos;
- a la intimidad de la vida conyugal y familiar;
- a la estabilidad del vínculo y de la institución matrimonial;
- a creer y profesar su propia fe, y a difundirla;
- a educar a sus hijos de acuerdo con las propias tradiciones y
valores religiosos y culturales, con los instrumentos, medios e
instituciones necesarias;
- a obtener la seguridad física, social, política y económica,
especialmente de los pobres y enfermos;
- el derecho a una vivienda adecuada, para una vida familiar
digna;
- el derecho de expresión y de representación ante las
autoridades públicas, económicas, sociales, culturales y ante
las inferiores, tanto por sí misma como por medio de
asociaciones;
- a crear asociaciones con otras familias e instituciones, para
cumplir adecuada y esmeradamente su misión;
- a proteger a los menores, mediante instituciones y leyes
apropiadas, contra los medicamentos perjudiciales, la
pornografía, el alcoholismo, etc.;
- el derecho a un justo tiempo libre que favorezca, a la vez,
los valores de la familia;
- el derecho de los ancianos a una vida y a una muerte dignas;
- el derecho a emigrar como familia, para buscar mejores
condiciones de vida[112].
La Santa Sede, acogiendo la petición explícita del Sínodo, se
encargará de estudiar detenidamente estas sugerencias,
elaborando una "Carta de los derechos de la familia", para
presentarla a los ambientes y autoridades interesadas.
Gracia y responsabilidad de la familia cristiana
47. La función social propia de cada familia compete, por un
título nuevo y original, a la familia cristiana, fundada sobre
el sacramento del matrimonio. Este sacramento, asumiendo a
realidad humana del amor conyugal en todas sus implicaciones,
capacita y compromete a los esposos y a los padres cristianos a
vivir su vocación de laicos, y por consiguiente a "buscar el
reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos
según Dios"[113].
El cometido social y político forma parte de la misión real o de
servicio, en la que participan los esposos cristianos en virtud
del sacramento del matrimonio, recibiendo a la vez un mandato al
que no pueden sustraerse y una gracia que los sostiene y los
anima.
De este modo la familia cristiana está llamada a ofrecer a todos
el testimonio de una entrega generosa y desinteresada a los
problemas sociales, mediante la "opción preferencial" por los
pobres y los marginados. Por eso la familia, avanzando en el
seguimiento del Señor mediante un amor especial hacia todos los
pobres, debe preocuparse especialmente de los que padecen
hambre, de los indigentes, de los ancianos, los enfermos, los
drogadictos o los que están sin familia.
Hacia un nuevo orden internacional
48. Ante la dimensión mundial que hoy caracteriza a los diversos
problemas sociales, la familia ve que se dilata de una manera
totalmente nueva su cometido ante el desarrollo de la sociedad;
se trata de cooperar también a establecer un nuevo orden
internacional, porque sólo con la solidaridad mundial se pueden
afrontar y resolver los enormes y dramáticos problemas de la
justicia en el mundo, de la libertad de los pueblos y de la paz
de la humanidad.
La comunión espiritual de las familias cristianas, enraizadas en
la fe y esperanza común y vivificadas por la caridad, constituye
una energía interior que origina, difunde y desarrolla justicia,
reconciliación, fraternidad y paz entre los hombres. La familia
cristiana, como "pequeña Iglesia", está llamada, a semejanza de
la "gran Iglesia", a ser signo de unidad para el mundo y a
ejercer de ese modo su función profética, dando testimonio del
Reino y de la paz de Cristo, hacia el cual el mundo entero está
en camino.
Las familias cristianas podrán realizar esto tanto por medio de
su acción educadora, es decir, ofreciendo a los hijos un modelo
de vida fundado sobre los valores de la verdad, libertad,
justicia y amor, bien sea con un compromiso activo y responsable
para el crecimiento auténticamente humano de la sociedad y de
sus instituciones, bien con el apoyo, de diferentes modos, a las
asociaciones dedicadas específicamente a los problemas del orden
internacional.
IV.- PARTICIPACION
En la vida y misión de las empresa
La familia en el misterio de la Iglesia
49. Entre los cometidos fundamentales de la familia cristiana se
halla el eclesial, es decir, que ella está puesta al servicio de
la edificación del Reino de Dios en la historia, mediante la
participación en la vida y misión de la Iglesia.
Para comprender mejor los fundamentos, contenidos y
características de tal participación, hay que examinar a fondo
los múltiples y profundos vínculos que unen entre sí a la
Iglesia y a la familia cristiana, y que hacen de esta última
como una "Iglesia en miniatura" (Ecclesia domestica)[114 ] de
modo que sea, a su manera, una imagen viva y una representación
histórica del misterio mismo de la Iglesia.
Es ante todo la Iglesia Madre la que engendra, educa, edifica la
familia cristiana, poniendo en práctica para con la misma la
misión de salvación que ha recibido de su Señor. Con el anuncio
de la Palabra de Dios, la Iglesia revela a la familia cristiana
su verdadera identidad, lo que es y debe ser según el plan del
Señor; con la celebración de los sacramentos, la Iglesia
enriquece y corrobora a la familia cristiana con la gracia de
Cristo, en orden a su santificación para la gloria del Padre;
con la renovada proclamación del mandamiento nuevo de la
caridad, la Iglesia anima y guía a la familia cristiana al
servicio del amor, para que imite y reviva el mismo amor de
donación y sacrificio que el Señor Jesús nutre hacia toda la
humanidad.
Por su parte la familia cristiana está insertada de tal forma en
el misterio de la Iglesia que participa, a su manera, en la
misión de salvación que es propia de la Iglesia. Los cónyuges y
padres cristianos, en virtud del sacramento, "poseen su propio
don, dentro del Pueblo de Dios, en su estado y forma de
vida"[115]. Por eso no sólo "reciben" el amor de Cristo,
convirtiéndose en comunidad "salvada", sino que están también
llamados a "transmitir" a los hermanos el mismo amor de Cristo,
haciéndose así comunidad "salvadora". De esta manera, a la vez
que es fruto y signo de la fecundidad sobrenatural de la
Iglesia, la familia cristiana se hace símbolo, testimonio y
participación de la maternidad de la Iglesia[116].
Un cometido eclesial propio y original
50. La familia cristiana está llamada a tomar parte viva y
responsable en la misión de la Iglesia de manera propia y
original, es decir, poniendo a servicio de la Iglesia y de la
sociedad su propio ser y obrar, en cuanto comunidad íntima de
vida y de amor.
Si la familia cristiana es comunidad cuyos vínculos son
renovados por Cristo mediante la fe y los sacramentos, su
participación en la misión de la Iglesia debe realizarse según
una modalidad comunitaria; juntos, pues, los cónyuges en cuanto
pareja, y los padres e hijos en cuanto familia, han de vivir su
servicio a la Iglesia y al mundo. Deben ser en la fe "un corazón
y un alma sola"[117], mediante el común espíritu apostólico que
los anima y la colaboración que los empeña en las obras de
servicio a la humanidad eclesial y civil.
La familia cristiana edifica además el Reino de Dios en la
historia mediante esas mismas realidades cotidianas que tocan y
distinguen su condición de vida. Es por ello en el amor conyugal
y familiar -vivido en su extraordinaria riqueza de valores y
exigencias de totalidad, unicidad, fidelidad y fecundidad[118]-
donde se expresa y realiza la participación de la familia
cristiana en la misión profética, sacerdotal y real de
Jesucristo y de su Iglesia. El amor y la vida constituyen por lo
tanto el núcleo de la misión salvífica de la familia cristiana
en la Iglesia y para la Iglesia.
Lo recuerda el Concilio Vaticano II cuando dice: "La familia
hará partícipes a otras familias, generosamente, de sus riquezas
espirituales. Así es como la familia cristiana, cuyo origen está
en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de
amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia
viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la
Iglsia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y
fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos
sus miembros"[119].
Puesto así el fundamento de la participación de la familia
cristiana en la misión eclesial, hay que poner de manifiesto
ahora su contenido en la triple unitaria referencia a Jesucristo
Profeta, Sacerdote y Rey, presentando por ello la familia
cristiana como 1) comunidad creyente y evangelizadora, 2)
comunidad en diálogo con Dios, 3) comunidad al servicio del
hombre.
1) La familia cristiana, comunidad creyente y evangelizadora
La fe, descubrimiento y admiración del plan de Dios sobre la
familia
51. Dado que participa de la vida y misión de la Iglesia, la
cual escucha religiosamente la Palabra de Dios y la proclama con
firme confianza[120], la familia cristiana vive su cometido
profético acogiendo y anunciando la Palabra de Dios. Se hace
así, cada día más, una comunidad creyente y evangelizadora.
También a los esposos y padres cristianos se exige la obediencia
a la fe[121], ya que son llamados a acoger la Palabra del Señor
que les revela la estupenda novedad -la Buena Nueva- de su vida
conyugal y familiar, que Cristo ha hecho santa y santificadora.
En efecto, solamente mediante la fe ellos pueden descubrir y
admirar con gozosa gratitud a qué dignidad ha elevado Dios el
matrimonio y la familia, constituyéndolos en signo y lugar de la
alianza de amor entre Dios y los hombres, entre Jesucristo y la
Iglesia esposa suya.
La misma preparación al matrimonio cristiano se califica ya como
un itinerario de fe. Es, en efecto, una ocasión privilegiada
para que los novios vuelvan a descubrir y profundicen la fe
recibida en el Bautismo y alimentada con la educación cristiana.
De esta manera reconocen y acogen libremente la vocación a vivir
el seguimiento de Cristo y el servicio al Reino de Dios en el
estado matrimonial.
El momento fundamental de la fe de los esposos está en la
celebración del sacramento del matrimonio, que en el fondo de su
naturaleza es la proclamación, dentro de la Iglesia, de la Buena
Nueva sobre el amor conyugal. Es la Palabra de Dios que "revela"
y "culmina" el proyecto sabio y amoroso que Dios tiene sobre los
esposos, llamados a la misteriosa y real participación en el
amor mismo de Dios hacia la humanidad. Si la celebración
sacramental del matrimonio es en sí misma una proclamación de la
Palabra de Dios en cuanto son por título diverso protagonistas y
celebrantes, debe ser una "profesión de fe" hecha dentro y con
la Iglesia, comunidad de creyentes.
Esta profesión de fe ha de ser continuada en la vida de los
esposos y de la familia. En efecto, Dios que ha llamado a los
esposos "al" matrimonio, continúa a llamarlos "en el"
matrimonio[122]. Dentro y a través de los hechos, los problemas,
las dificultades, los acontecimientos de la existencia de cada
día, Dios viene a ellos, revelando y proponiendo las
"exigencias" concretas de su participación en el amor de Cristo
por su Iglesia, de acuerdo con la particular situación
-familiar, social y eclesial- en la que se encuentran.
El descubrimiento y la obediencia al plan de Dios deben hacerse
"en conjunto" por parte de la comunidad conyugal y familiar, a
través de la misma experiencia humana del amor vivido en el
Espíritu de Cristo entre los esposos, entre los padres y los
hijos.
Para esto, también la pequeña Iglesia doméstica, como la gran
Iglesia, tiene necesidad de ser evangelizada continua e
intensamente. De ahí deriva su deber de educación permanente en
la fe.
Ministerio de evangelización de la familia cristiana
52. En la medida en que la familia cristiana acoge el Evangelio
y madura en la fe, se hace comunidad evangelizadora. Escuchemos
de nuevo a Pablo VI: "La familia, al igual que la Iglesia, debe
ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde
éste se irradia.
Dentro pues de una familia consciente de esta misión, todos los
miembros de la misma evangelizan y son evangelizados. Los padres
no sólo comunican a los hijos el Evangelio, sino que pueden a su
vez recibir de ellos este mismo Evangelio profundamente
vivido... Una familia sí se hace evangelizadora de otras muchas
familias y del ambiente en que ella vive"[123].
Como ha repetido el Sínodo, recogiendo mi llamada lanzada en
Puebla, la futura evangelización depende en gran parte de la
Iglesia doméstica[124]. Esta misión apostólica de la familia
está enraizada en el Bautismo y recibe con la gracia sacramental
del matrimonio una nueva fuerza para transmitir la fe, para
santificar y transformar la sociedad actual según el plan de
Dios.
La familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial
vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante
la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza
de la esperanza, de la que debe dar razón: "La familia cristiana
proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del reino de
Dios como la esperanza de la vida bienaventurada"[125].
La absoluta necesidad de la catequesis familiar surge con
singular fuerza en determinadas situaciones, que la Iglesia
constata por desgracia en diversos lugares: "En los lugares
donde una legislación antirreligiosa pretende incluso impedir la
educación en la fe, o donde ha cundido la incredulidad o ha
penetrado el secularismo hasta el punto de resultar
prácticamente imposible una verdadera creencia religiosa, la
Iglesia doméstica es el único ámbito donde los niños y los
jóvenes pueden recibir una auténtica catequesis"[126].
Un servicio eclesial
53. El ministerio de evangelización de los padres cristianos es
original e insustituible y asume las características típicas de
la vida familiar, hecha, como debería estar, de amor, sencillez,
concreción y testimonio cotidiano[127].
La familia debe formar a los hijos para la vida, de manera que
cada uno cumpla en plenitud su cometido, de acuerdo con la
vocación recibida de Dios. Efectivamente, la familia que está
abierta a los valores trascendentes, que sirve a los hermanos en
la alegría, que cumple con generosa fidelidad sus obligaciones y
es consciente de su cotidiana participación en el misterio de la
cruz gloriosa de Cristo, se convierte en el primero y mejor
seminario de vocaciones a la vida consagrada al Reino de Dios.
El ministerio de evangelización y catequesis de los padres debe
acompañar la vida de los hijos también durante su adolescencia y
juventud, cuando ellos, como sucede con frecuencia, contestan o
incluso rechazan la fe cristiana recibida en los primeros años
de su vida. Y así como en la Iglesia no se puede separar la obra
de evangelización del sufrimiento del apóstol, así también en la
familia cristiana los padres deben afrontar con valentía y gran
serenidad de espíritu las dificultades que halla a veces en los
mismos hijos su ministerio de evangelización.
No hay que olvidar que el servicio llevado a cabo por los
cónyuges y padres cristianos en favor del Evangelio es
esencialmente un servicio eclesial, es decir, que se realiza en
el contexto de la Iglesia entera en cuanto comunidad
evangelizada y evangelizadora. En cuanto enraizado y derivado de
la única misión de la Iglesia y en cuanto ordenado a la
edificación del único Cuerpo de Cristo[128], el ministerio de
evangelización y de catequesis de la Iglesia doméstica ha de
quedar en íntima comunión y ha de armonizarse responsablemente
con los otros servicios de evangelización y de catequesis
presentes y operantes en la comunidad eclesial, tanto diocesana
como parroquial.
Predicar el Evangelio a toda criatura
54. La universalidad sin fronteras es el horizonte propio de la
evangelización, animada interiormente por el afán misionero, ya
que es de hecho la respuesta a la explícita e inequívoca
consigna de Cristo: "id por el mundo y predicad el Evangelio a
toda criatura"[129].
También la fe y la misión evangelizadora de la familia cristiana
poseen esta dimensión misionera católica. El sacramento del
matrimonio que plantea con nueva fuerza el deber arraigado en el
bautismo y en la confirmación de defender y difundir la fe[130],
constituye a los cónyuges y padres cristianos en testigos de
Cristo "hasta los últimos confines de la tierra"[131], como
verdaderos y propios "misioneros" del amor y de la vida.
Una cierta forma de actividad misionera puede ser desplegada ya
en el interior de la familia. Esto sucede cuando alguno de los
componentes de la misma no tiene fe o no la practica con
coherencia. En este caso, los parientes deben ofrecerles tal
testimonio de vida que los estimule y sostenga en el camino
hacia la plena adhesión a Cristo Salvador[132].
Animada por el espíritu misionero en su propio interior, la
Iglesia doméstica está llamada a ser un signo luminoso de la
presencia de Cristo y de su amor incluso para los "alejados",
para las familias que no creen todavía y para las familias
cristianas que no viven coherentemente la fe recibida. Está
llamada "con su ejemplo y testimonio" a iluminar "a los que
buscan la verdad"[133].
Así como ya al principio del cristianismo Aquila y Priscila se
presentaban como una pareja misionera[134], así también la
Iglesia testimonia hoy su incesante novedad y vigor con la
presencia de cónyuges y familias cristianas que, al menos
durante un cierto periodo de tiempo, van a tierras de misión a
anunciar el Evangelio, sirviendo al hombre por amor de
Jesucristo.
Las familias cristianas dan una contribución particular a la
causa misionera de la Iglesia, cultivando la vocación misionera
en sus propios hijos e hijas[135] y, de manera más general, con
una obra educadora que prepare a sus hijos, desde la juventud
"para conocer el amor de Dios hacia todos los hombres"[136].
2) La familia cristiana, comunidad en diálogo con Dios
El santuario doméstico de la Iglesia
55. El anuncio del Evangelio y su acogida mediante la fe
encuentran su plenitud en la celebración sacramental. La
Iglesia, comunidad creyente y evangelizadora, es también pueblo
sacerdotal, es decir, revestido de la dignidad y partícipe de la
potestad de Cristo, Sumo Sacerdote de la nueva y eterna
Alianza[137].
También la familia cristiana está inserta en la Iglesia, pueblo
sacerdotal, mediante el sacramento del matrimonio, en el cual
está enraizada y de la que se alimenta, es vivificada
continuamente por el Señor y es llamada e invitada al diálogo
con Dios mediante la vida sacramental, el ofrecimiento de la
propia vida y oración.
Este es el cometido sacerdotal que la familia cristiana puede y
debe ejercer en íntima comunión con toda la Iglesia, a través de
las realidades cotidianas de la vida conyugal y familiar. De
esta manera la familia cristiana es llamada a santificarse y a
santificar a la comunidad eclesial y al mundo.
El matrimonio, sacramento de mutua santificación y acto de culto
56. Fuente y medio original de santificación propia para los
cónyuges y para la familia cristiana es el sacramento del
matrimonio, que presupone y especifica la gracia santificadora
del bautismo. En virtud del misterio de la muerte y resurrección
de Cristo, en el que el matrimonio cristiano se sitúa de nuevo,
el amor conyugal es purificado y santificado: "El Señor se ha
dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don
especial de la gracia y la caridad"[138].
El don de Jesucristo no se agota en la celebración del
sacramento del matrimonio, sino que acompaña a los cónyuges a lo
largo de toda su existencia. Lo recuerda explícitamente el
Concilio Vaticano II cuando dice que Jesucristo "permanece con
ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con
perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se entregó
por ella... Por ello los esposos cristianos, para cumplir
dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como
consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al
cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de
Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad,
llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua
santificación, y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación
de Dios"[139].
La vocación universal a la santidad está dirigida también a los
cónyuges y padres cristianos. Para ellos está especificada por
el sacramento celebrado y traducida concretamente en las
realidades propias de la existencia conyugal y familiar[140]. De
ahí nacen la gracia y la exigencia de una auténtica y profunda
espiritualidad conyugal y familiar, que ha de inspirarse en los
motivos de la creación, de la alianza, de la cruz, de la
resurrección y del signo, de los que se ha ocupado en más de una
ocasión el Sínodo.
El matrimonio cristiano, como todos los sacramentos que "están
ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación
del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios"[141],
es en sí mismo un acto litúrgico de glorificación de Dios en
Jesucristo y en la Iglesia. Celebrándolo, los cónyuges
cristianos profesan su gratitud a Dios por el bien sublime que
se les da de poder revivir en su existencia conyugal y familiar
el amor mismo de Dios por los hombres y del Señor Jesús por la
Iglesia, su esposa.
Y como del sacramento derivan para los cónyuges el don y el
deber de vivir cotidianamente la santificación recibida, del
mismo sacramento brotan también la gracia y el compromiso moral
de transformar toda su vida en un continuo sacrificio
espiritual[142]. También a los esposos y padres cristianos, de
modo especial en esas realidades terrenas y temporales que los
caracterizan, se aplican las palabras del Concilio: "También los
laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente,
consagran el mundo mismo a Dios"[143].
Matrimonio y Eucaristía
57. El deber de santificación de la familia cristiana tiene su
primera raíz en el bautismo y su expresión máxima en la
Eucaristía, a la que está íntimamente unido el matrimonio
cristiano. El Concilio Vaticano II ha querido poner de relieve
la especial relación existente entre la Eucaristía y el
matrimonio, pidiendo que habitualmente éste se celebre "dentro
de la Misa"[144]. Volver a encontrar y profundizar tal relación
es del todo necesario, si se quiere comprender y vivir con mayor
intensidad la gracia y las responsabilidades del matrimonio y de
la familia cristiana.
La Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano. En
efecto, el sacrificio eucarístico representa la alianza de amor
de Cristo con la Iglesia, en cuanto sellada con la sangre de la
cruz[145]. Y en este sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza los
cónyuges cristianos encuentran la raíz de la que brota, que
configura interiormente y vivifica desde dentro, su alianza
conyugal. En cuanto representación del sacrificio de amor de
Cristo por su Iglesia, la Eucaristía es manantial de caridad. Y
en el don eucarístico de la caridad la familia cristiana halla
el fundamento y el alma de su "comunión" y de su "misión", ya
que el Pan eucarístico hace de los diversos miembros de la
comunidad familiar un único cuerpo, revelación y participación
de la más amplia unidad de la Iglesia; además, la participación
en el Cuerpo "entregado" y en la Sangre "derramada" de Cristo se
hace fuente inagotable del dinamismo misionero y apostólico de
la familia cristiana.
El sacramento de la conversión y reconciliación
58. Parte esencial y permanente del cometido de santificación de
la familia cristiana es la acogida de la llamada evangélica a la
conversión, dirigida a todos los cristianos que no siempre
permanecen fieles a la "novedad" del bautismo que los ha hecho
"santos". Tampoco la familia es siempre coherente con la ley de
la gracia y de la santidad bautismal, proclamada nuevamente en
el sacramento del matrimonio.
El arrepentimiento y perdón mutuo dentro de la familia cristiana
que tanta parte tienen en la vida cotidiana, hallan su momento
sacramental específico en la Penitencia cristiana. Respecto de
los cónyuges cristianos, así escribía Pablo VI en la Encíclica
Humanae vitae: "Y si el pecado les sorprendiese todavía, no se
desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la
misericordia de Dios, que se concede en el Sacramento de la
Penitencia"[146].
La celebración de este sacramento adquiere un significado
particular para la vida familiar. En efecto, mientras mediante
la fe descubren cómo el pecado contradice no sólo la alianza con
Dios, sino también la alianza de los cónyuges y la comunión de
la familia, los esposos y todos los miembros de la familia son
alentados al encuentro con Dios "rico en misericordia"[147], el
cual, infundiendo su amor más fuerte que el pecado[148],
reconstruye y perfecciona la alianza conyugal y la comunión
familiar.
La plegaria familiar
59. La Iglesia ora por la familia cristiana y la educa para que
viva en generosa coherencia con el don y el cometido sacerdotal
recibidos de Cristo Sumo Sacerdote. En realidad, el sacerdocio
bautismal de los fieles, vivido en el matrimonio-sacramento,
constituye para los cónyuges y para la familia el fundamento de
una vocación y de una misión sacerdotal, mediante la cual su
misma existencia cotidiana se transforma en "sacrificio
espiritual aceptable a Dios por Jesucristo"[149]. Esto sucede no
sólo con la celebración de la Eucaristía y de los otros
sacramentos o con la ofrenda de sí mismos para gloria de Dios,
sino también con la vida de oración, con el diálogo suplicante
dirigido al Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo.
La plegaria familiar tiene características propias. Es una
oración hecha en común, marido y mujer junto, padres e hijos
juntos. La comunión en la plegaria es a la vez fruto y exigencia
de esa comunión que deriva de los sacramentos del bautismo y del
matrimonio. A los miembros de la familia cristiana pueden
aplicarse de modo particular las palabras con las cuales el
Señor Jesús promete su presencia: "Os digo en verdad que si dos
de vosotros conviniéreis sobre la tierra en pedir cualquier
cosa, os lo otorgará mi Padre que está en los cielos. Porque
donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo
en medio de ellos"[150].
Esta plegaria tiene como contenido original la misma vida de
familia que en las diversas circunstancias es interpretada como
vocación de Dios y es actuada como respuesta filial a su
llamada: alegrías y dolores, esperanzas y tristezas, nacimientos
y cumpleaños, aniversarios de la boda de los padres, partidas,
alejamientos y regresos, elecciones importantes y decisivas,
muerte de personas queridas, etc., señalan la intervención del
amor de Dios en la historia de la familia, como deben también
señalar el momento favorable de acción de gracias, de
imploración, de abandono confiado de la familia al Padre común
que está en los cielos. Además, la dignidad y responsabilidades
de la familia cristiana en cuanto Iglesia doméstica solamente
pueden ser vividas con la ayuda incesante de Dios, que será
concedida sin falta a cuantos la pidan con humildad y confianza
en la oración.
Maestros de oración
60. En virtud de su dignidad y misión, los padres cristianos
tienen el deber específico de educar a sus hijos en la plegaria,
de introducirlos progresivamente al descubrimiento del misterio
de Dios y del coloquio personal con El: "Sobre todo en la
familia cristiana, enriquecida con la gracia y los deberes del
sacramento del matrimonio, importa que los hijos aprendan desde
los primeros años a conocer y a adorar a Dios y a amar al
prójimo según la fe recibida en el bautismo"[151].
Elemento fundamental e insustituible de la educación a la
oración es el ejemplo concreto, el testimonio vivo de los
padres; sólo orando junto con sus hijos, el padre y la madre,
mientras ejercen su propio sacerdocio real, calan profundamente
en el corazón de sus hijos, dejando huellas que los posteriores
acontecimientos de la vida no lograrán borrar. Escuchemos de
nuevo la llamada que Pablo VI ha dirigido a las madres y a los
padres: "Madres, ¿enseñáis a vuestros niños las oraciones del
cristiano? ¿Preparáis, de acuerdo con los sacerdotes, a vuestros
hijos para los sacramentos de la primera edad: confesión,
comunión, confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a
pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y
de los santos? ¿Rezáis el rosario en familia? Y vosotros,
padres, ¿sabéis rezar con vuestros hijos, con toda la comunidad
doméstica, al menos alguna vez? Vuestro ejemplo, en la rectitud
del pensamiento y de la acción, apoyado por alguna oración común
vale una lección de vida, vale un acto de culto de un mérito
singular; lleváis de este modo la paz al interior de los muros
domésticos: "Pax huic domui". Recordad: así edificáis la
Iglesia"[152].
Plegaria litúrgica y privada
61. Hay una relación profunda y vital entre la oración de la
Iglesia y la de cada uno de los fieles, como ha confirmado
claramente el Concilio Vaticano II[153]. Una finalidad
importante de la plegaria de la Iglesia doméstica es la de
constituir para los hijos la introducción natural a la oración
litúrgica propia de toda la Iglesia, en el sentido de preparar a
ella y de extenderla al ámbito de la vida personal, familiar y
social. De aquí deriva la necesidad de una progresiva
participación de todos los miembros de la familia cristiana en
la Eucaristía, sobre todo los domingos y días festivos, y en los
otros sacramentos, de modo particular en los de la iniciación
cristiana de los hijos. Las directrices conciliares han abierto
una nueva posibilidad a la familia cristiana, que ha sido
colocada entre los grupos a los que se recomienda la celebración
comunitaria del Oficio divino[154]. Pondrán asimismo cuidado las
familias cristianas en celebrar, incluso en casa y de manera
adecuada a sus miembros, los tiempos y festividades del año
litúrgico.
Para preparar y prolongar en casa el culto celebrado en la
iglesia, la familia cristiana recurre a la oración privada, que
presenta gran variedad de formas. Esta variedad, mientras
testimonia la riqueza extraordinaria con la que el Espíritu
anima la plegaria cristiana, se adapta a las diversas exigencias
y situaciones de vida de quien recurre al Señor. Además de las
oraciones de la mañana y de la noche, hay que recomendar
explícitamente -siguiendo también las indicaciones de los Padres
Sinodales- la lectura y meditación de la Palabra de Dios, la
preparación a los sacramentos, la devoción y consagración al
Corazón de Jesús, las varias formas de culto a la Virgen
Santísima, la bendición de la mesa, las expresiones de la
religiosidad popular.
Dentro del respeto debido a la libertad de los hijos de Dios, la
Iglesia ha propuesto y continúa proponiendo a los fieles algunas
prácticas de piedad en las que pone una particular solicitud e
insistencia. Entre éstas es de recordar el rezo del rosario: "Y
ahora, en continuidad de intención con nuestros Predecesores,
queremos recomendar vivamente el rezo del santo Rosario en
familia... no cabe duda de que el Rosario a la Santísima Virgen
debe ser considerado como una de las más excelentes y eficaces
oraciones comunes que la familia cristiana está invitada a
rezar. Nos queremos pensar y deseamos vivamente que cuando un
encuentro familiar se convierta en tiempo de oración, el Rosario
sea su expresión frecuente y preferida"[155]. Así la auténtica
devoción mariana, que se expresa en la unión sincera y en el
generoso seguimiento de las actitudes espirituales de la Virgen
Santísima, constituye un medio privilegiado para alimentar la
comunión de amor de la familia y para desarrollar la
espiritualidad conyugal y familiar. Ella, la Madre de Cristo y
de la Iglesia, es en efecto y de manera especial la Madre de las
familias cristianas, de las Iglesias domésticas.
Plegaria y vida
62. No hay que olvidar nunca que la oración es parte
constitutiva y esencial de la vida cristiana considerada en su
integridad y profundidad. Más aún, pertenece a nuestra misma
"humanidad" y es "la primera expresión de la verdad interior del
hombre, la primera condición de la auténtica libertad del
espíritu"[156].
Por ello la plegaria no es una evasión que desvía del compromiso
cotidiano, sino que constituye el empuje más fuerte para que la
familia cristiana asuma y ponga en práctica plenamente sus
responsabilidades como célula primera y fundamental de la
sociedad humana. En ese sentido, la efectiva participación en la
vida y misión de la Iglesia en el mundo es proporcional a la
fidelidad e intensidad de la oración con la que la familia
cristiana se una a la Vid fecunda, que es Cristo[157].
De la unión vital con Cristo, alimentada por la liturgia, de la
ofrenda de sí mismo y de la oración deriva también la fecundidad
de la familia cristiana en su servicio específico de promoción
humana, que no puede menos de llevar a la transformación del
mundo[158].
3) La familia cristiana, comunidad al servicio del hombre
El nuevo mandamiento del amor
63. La Iglesia, pueblo profético, sacerdotal y real, tiene la
misión de llevar a todos los hombres a acoger con fe la Palabra
de Dios, a celebrarla y profesarla en los sacramentos y en la
plegaria, y finalmente a manifestarla en la vida concreta según
el don y el nuevo mandamiento del amor.
La vida cristiana encuentra su ley no en un código escrito, sino
en la acción personal del Espíritu Santo que anima y guía al
cristiano, es decir, en "la ley del espíritu de vida en Cristo
Jesús"[159]: "el amor de Dios se ha derramado en nuestros
corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido
dado"[160].
Esto vale también para la pareja y para la familia cristiana: su
guía y norma es el Espíritu de Jesús, difundido en los corazones
con la celebración del sacramento del matrimonio. En continuidad
con el bautismo de agua y del Espíritu, el matrimonio propone de
nuevo la ley evangélica del amor, y con el don del Espíritu la
graba más profundamente en el corazón de los cónyuges
cristianos. Su amor, purificado y salvado, es fruto del Espíritu
que actúa en el corazón de los creyentes y se pone a la vez como
el mandamiento fundamental de la vida moral que es una exigencia
de su libertad responsable.
La familia cristiana es así animada y guiada por la ley nueva
del Espíritu y en íntima comunión con la Iglesia, pueblo real,
es llamada a vivir su "servicio" de amor a Dios y a los
hermanos. Como Cristo ejerce su potestad real poniéndose al
servicio de los hombres[161], así también el cristiano encuentra
el auténtico sentido de su participación en la realeza de su
Señor, compartiendo su espíritu y su actitud de servicio al
hombre: "Este poder lo comunicó a sus discípulos, para que
también ellos queden constituidos en soberana libertad, y por su
abnegación y santa vida venzan en sí mismos el reino del pecado
(cf. Rom. 6, 12). Más aún, para que sirviendo a Cristo también
en los demás, conduzcan con humildad y paciencia a sus hermanos
al Rey, cuyo servicio equivale a reinar. También por medio de
los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: reino de
verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de
justicia, de amor y de paz. Un reino en el cual la misma
creación será liberada de la servidumbre de la corrupción para
participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cf.
Rom. 8, 21)"[162].
Descubrir en cada hermano la imagen de Dios
64. Animada y sostenida por el mandamiento nuevo del amor, la
familia cristiana vive la acogida, el respeto, el servicio a
cada hombre, considerado siempre en su dignidad de persona y de
hijo de Dios.
Esto debe realizarse ante todo en el interior y en beneficio de
la pareja y la familia, mediante el cotidiano empeño en promover
una auténtica comunidad de personas, fundada y alimentada por la
comunión interior de amor. Ello debe desarrollarse luego dentro
del círculo más amplio de la comunidad eclesial en el que la
familia cristiana vive. Gracias a la caridad de la familia, la
Iglesia puede y debe asumir una dimensión más doméstica, es
decir, más familiar, adoptando un estilo de relaciones más
humano y fraterno.
La caridad va más allá de los propios hermanos en la fe, ya que
"cada hombre es mi hermano"; en cada uno, sobre todo si es
pobre, débil, si sufre o es tratado injustamente, la caridad
sabe descubrir el rostro de Cristo y un hermano a amar y servir.
Para que el servicio al hombre sea vivido en la familia de
acuerdo con el estilo evangélico, hay que poner en práctica con
todo cuidado lo que enseña el Concilio Vaticano II: "Para que
este ejercicio de la caridad sea verdaderamente irreprochable y
aparezca como tal, es necesario ver en el prójimo la imagen de
Dios, según la cual ha sido creado, y a Cristo Señor, a quien en
realidad se ofrece lo que al necesitado se da"[163].
La familia cristiana, mientras con la caridad edifica la
Iglesia, se pone al servicio del hombre y del mundo, actuando de
verdad aquella "promoción humana", cuyo contenido ha sido
sintetizado en el Mensaje del Sínodo a las familias: "Otro
cometido de la familia es el de formar los hombres al amor y
practicar el amor en toda relación humana con los demás, de tal
modo que ella no se encierre en sí misma, sino que permanezca
abierta a la comunidad, inspirándose en un sentido de justicia y
de solicitud hacia los otros, consciente de la propia
responsabilidad hacia toda la sociedad"[164].
CUARTA PARTE:
PASTORAL FAMILIAR: TIEMPOS, ESTRUCTURAS, AGENTES Y SITUACIONES
I.- TIEMPOS DE LA PASTORAL FAMILIAR
La Iglesia acompaña a la familia cristiana en su camino
65. Al igual que toda realidad viviente, también la familia está
llamada a desarrollarse y crecer. Después de la preparación
durante el noviazgo y la celebración sacramental del matrimonio
la pareja comienza el camino cotidiano hacia la progresiva
actuación de los valores y deberes del mismo matrimonio.
A la luz de la fe y en virtud de la esperanza, la familia
cristiana participa, en comunión con la Iglesia, en la
experiencia de la peregrinación terrena hacia la plena
revelación y realización del Reino de Dios.
Por ello hay que subrayar una vez más la urgencia de la
intervención pastoral de la Iglesia en apoyo de la familia. Hay
que llevar a cabo toda clase de esfuerzos para que la pastoral
de la familia adquiera consistencia y se desarrolle, dedicándose
a un sector verdaderamente prioritario, con la certeza de que la
evangelización, en el futuro, depende en gran parte de la
Iglesia doméstica[165].
La solicitud pastoral de la Iglesia no se limitará solamente a
las familias cristianas más cercanas, sino que, ampliando los
propios horizontes en la medida del Corazón de Cristo, se
mostrará más viva aún hacia el conjunto de las familias en
general y en particular hacia aquellas que se hallan en
situaciones difíciles o irregulares. Para todas ellas la Iglesia
tendrá palabras de verdad, de bondad, de comprensión, de
esperanza, de viva participación en sus dificultade a veces
dramáticas; ofrecerá a todos su ayuda desinteresada, a fin de
que puedan acercarse al modelo de familia, que ha querido el
Creador "desde el principio" y que Cristo ha renovado con su
gracia redentora.
La acción pastoral de la Iglesia debe ser progresiva, incluso en
el sentido de que debe seguir a la familia, acompañandola paso a
paso en las diversas etapas de su formación y de su desarrollo.
Preparación
66. En nuestros días es más necesaria que nunca la preparación
de los jóvenes al matrimonio y a la vida familiar. En algunos
Países siguen siendo las familias mismas las que, según antiguas
usanzas, transmiten a los jóvenes los valores relativos a la
vida matrimonial y familiar mediante una progresiva obra de
educación o iniciación. Pero los cambios que han sobrevenido en
casi todas las sociedades modernas exigen que no sólo la
familia, sino también la sociedad y la Iglesia se comprometan en
el esfuerzo de preparar convenientemente a los jóvenes para las
responsabilidades de su futuro. Muchos fenómenos negativos que
se lamentan hoy en la vida familiar derivan del hecho de que, en
las nuevas situaciones, los jóvenes no sólo pierden de vista la
justa jerarquía de valores, sino que, al no poseer ya criterios
seguros de comportamiento, no saben cómo afrontar y resolver las
nuevas dificultades. La experiencia enseña en cambio que los
jóvenes bien preparados para la vida familiar, en general van
mejor que los demás.
Esto vale más aún para el matrimonio cristiano, cuyo influjo se
extiende sobre la santidad de tantos hombres y mujeres. Por
esto, la Iglesia debe promover programas mejores y más intensos
de preparación al matrimonio, para eliminar lo más posible las
dificultades en que se debaten tantos matrimonios, y más aún
para favorecer positivamente el nacimiento y maduración de
matrimonios logrados.
La preparación al matrimonio ha de ser vista y actuada como un
proceso gradual y continuo. En efecto, comporta tres momentos
principales: una preparación remota, una próxima y otra
inmediata.
La preparación remota comienza desde la infancia, en la juiciosa
pedagogía familiar, orientada a conducir a los niños a
descubrirse a sí mismos como seres dotados de una rica y
compleja sicología y de una personalidad particular con sus
fuerzas y debilidades. Es el periodo en que se imbuye la estima
por todo auténtico valor humano, tanto en las relaciones
interpersonales como en las sociales, con todo lo que significa
para la formación del carácter, para el dominio y recto uso de
las propias inclinaciones, para el modo de considerar y
encontrar a las personas del otro sexo, etc. Se exige, además,
especialmente para los cristianos, una sólida formación
espiritual y catequística, que sepa mostrar en el matrimonio una
verdadera vocación y misión, sin excluir la posibilidad del don
total de sí mismo a Dios en la vocación a la vida sacerdotal o
religiosa.
Sobre esta base se programará después, en plan amplio, la
preparación próxima, la cual comporta -desde la edad oportuna y
con una adecuada catequesis, como en un camino catecumenal- una
preparación más específica para los sacramentos, como un nuevo
descubrimiento. Esta nueva catequesis de cuantos se preparan al
matrimonio cristiano es absolutamente necesaria, a fin de que el
sacramento sea celebrado y vivido con las debidas disposiciones
morales y espirituales. La formación religiosa de los jóvenes
deberá ser integrada, en el momento oportuno y según las
diversas exigencias concretas, por una preparación a la vida en
pareja que, presentando el matrimonio como una relación
interpersonal del hombre y de la mujer a desarrollarse
continuamente, estimule a profundizar en los problemas de la
sexualidad conyugal y de la paternidad responsable, con los
conocimientos médico-biológicos esenciales que están en conexión
con ella y los encamine a la familiaridad con rectos métodos de
educación de los hijos, favoreciendo la adquisición de los
elementos de base para una ordenada conducción de la familia
(trabajo estable, suficiente disponibilidad financiera, sabia
administración, nociones de economía doméstica, etc.).
Finalmente, no se deberá descubrir la preparación al apostolado
familiar, a la fraternidad y colaboración con las demás
familias, a la inserción activa en grupos, asociaciones,
movimientos e iniciativas que tienen como finalidad el bien
humano y cristiano de la familia.
La preparación inmediata a la celebración del sacramento del
matrimonio debe tener lugar en los últimos meses y semanas que
preceden a las nupcias, como para dar un nuevo significado,
nuevo contenido y forma nueva al llamado examen prematrimonial
exigido por el derecho canónico. De todos modos, siendo como es
siempre necesaria, tal preparación se impone con mayor urgencia
para aquellos prometidos que presenten aún carencias y
dificultades en la doctrina y en la práctica cristiana.
Entre los elementos a comunicar en este camino de fe, análogo al
catecumenado, debe haber también un conocimiento serio del
misterio de Cristo y de la Iglesia, de los significados de
gracia y responsabilidad del matrimonio cristiano, así como la
preparación para tomar parte activa y consciente en los ritos de
la liturgia nupcial.
A las distintas fases de la preparación matrimonial -descritas
anteriormente sólo a grandes rasgos indicativos- deben sentirse
comprometidas la familia cristiana y toda la comunidad eclesial.
Es deseable que las Conferencias Episcopales, al igual que están
interesadas en oportunas iniciativas para ayudar a los futuros
esposos a que sean más conscientes de la seriedad de su elección
y los pastores de almas a que acepten las convenientes
disposiciones, así también procuren que se publique un
directorio para la pastoral de la familia. En él se deberán
establecer ante todo los elementos mínimos de contenido, de
duración y de método de los "cursos de preparación",
equilibrando entre ellos los diversos aspectos -doctrinales,
pedagógicos, legales y médicos- que interesan al matrimonio, y
estructurándolos de manera que cuantos se preparen al mismo,
además de una profundización intelectual, se sientan animados a
inserirse vitalmente en la comunidad eclesial.
Por más que no sea de menospreciar la necesidad y obligatoriedad
de la preparación inmediata al matrimonio -lo cual sucedería si
se dispensase fácilmente de ella-, sin embargo tal preparación
debe ser propuesta y actuada de manera que su eventual omisión
no sea un impedimento para la celebración del matrimonio.
Celebración
67. El matrimonio cristiano exige por norma una celebración
litúrgica, que exprese de manera social y comunitaria la
naturaleza esencialmente eclesial y sacramental del pacto
conyugal entre los bautizados.
En cuanto gesto sacramental de santificación, la celebración del
matrimonio -inserida en la liturgia, culmen de toda la acción de
la Iglesia y fuente de su fuerza santificadora-[166] debe ser de
por sí válida, digna y fructuosa. Se abre aquí un campo amplio
para la solicitud pastoral, al objeto de satisfacer ampliamente
las exigencias derivadas de la naturaleza del pacto conyugal
elevado a sacramento y observar además fielmente la disciplina
de la Iglesia en lo referente al libre consentimiento, los
impedimentos, la forma canónica y el rito mismo de la
celebración. Este último debe ser sencillo y digno, según las
normas de las competentes autoridades de la Iglesia, a las que
corresponde a su vez -según las circunstancias concretas de
tiempo y de lugar y en conformidad con las normas impartidas por
la Sede Apostólica[167]- asumir eventualmente en la celebración
litúrgica aquellos elementos propios de cada cultura que mejor
se prestan a expresar el profundo significado humano y religioso
del pacto conyugal, con tal de que no contengan algo menos
conveniente a la fe y a la moral cristiana.
En cuanto signo, la celebración litúrgica debe llevarse a cabo
de manera que constituya, incluso en su desarrollo exterior, una
proclamación de la Palabra de Dios y una profesión de fe de la
comunidad de los creyentes. El empeño pastoral se expresará aquí
con la preparación inteligente y cuidadosa de la "liturgia de la
Palabra" y con la educación a la fe de los que participan en la
celebración, en primer lugar de los que se casan.
En cuanto gesto sacramental de la Iglesia, la celebración
litúrgica del matrimonio debe comprometer a la comunidad
cristiana, con la participación plena, activa y responsable de
todos los presentes, según el puesto e incumbencia de cada uno:
los esposos, el sacerdote, los testigos, los padres, los amigos,
los demás fieles, todos los miembros de una asamblea que
manifiesta y vive el misterio de Cristo y de su Iglesia.
Para la celebración del matrimonio cristiano en el ámbito de las
culturas o tradiciones ancestrales, se sigan los principios
anteriormente enunciados.
Celebración del matrimonio y evangelización de los bautizados no
creyentes
68. Precisamente porque en la celebración del sacramento se
reserva una atención especial a las disposiciones morales y
espirituales de los contrayentes, en concreto a su fe, hay que
afrontar aquí una dificultad bastante frecuente, que pueden
encontrar los pastores de la Iglesia en el contexto de nuestra
sociedad secularizada.
En efecto, la fe de quien pide desposarse ante la Iglesia puede
tener grados diversos y es deber primario de los pastores
hacerla descubrir, nutrirla y hacerla madurar. Pero ellos deben
comprender también las razones que aconsejan a la Iglesia
admitir a la celebración a quien está imperfectamente dispuesto.
El sacramento del matrimonio tiene esta peculiaridad respecto a
los otros: ser el sacramento de una realidad que existe ya en la
economía de la creación; ser el mismo pacto conyugal instituido
por el Creador "al principio". La decisión pues del hombre y de
la mujer de casarse según este proyecto divino, esto es, la
decisión de comprometer en su respectivo consentimiento conyugal
toda su vida en un amor indisoluble y en una fidelidad
incondicional, implica realmente, aunque no sea de manera
plenamente consciente, una actitud de obediencia profunda a la
voluntad de Dios, que no puede darse sin su gracia. Ellos quedan
ya por tanto inseridos en un verdadero camino de salvación, que
la celebración del sacramento y la inmediata preparación a la
misma pueden completar y llevar a cabo, dada la rectitud de su
intención.
Es verdad, por otra parte, que en algunos territorios, motivos
de carácter más bien social que auténticamente religioso
impulsan a los novios a pedir casarse en la iglesia. Esto no es
de extrañar. En efecto, el matrimonio no es un acontecimiento
que afecte solamente a quien se casa. Es por su misma naturaleza
un hecho también social que compromete a los esposos ante la
sociedad. Desde siempre su celebración ha sido una fiesta que
une a familias y amigos. De ahí pues que haya también motivos
sociales, además de los personales, en la petición de casarse en
la iglesia.
Sin embargo no se debe olvidar que estos novios, por razón de su
bautismo, están ya realmente inseridos en la Alianza esponsal de
Cristo con la Iglesia y que, dada su recta intención, han
aceptado el proyecto de Dios sobre el matrimonio y
consiguientemente -al menos de manera implícita- acatan lo que
la Iglesia tiene intención de hacer cuando celebra el
matrimonio. Por tanto, el solo hecho de que en esta petición
haya motivos también de carácter social, no justifica un
eventual rechazo por parte de los pastores. Por lo demás, como
ha enseñado el Concilio Vaticano II, los sacramentos, con las
palabras y los elementos rituales nutren y robustecen la
fe[168]; la fe hacia la cual están ya orientados en virtud de su
rectitud de intención que la gracia de Cristo no deja de
favorecer y sostener.
Querer establecer ulteriores criterios de admisión a la
celebración eclesial del matrimonio, que debieran tener en
cuenta el grado de fe de los que están próximos a contraer
matrimonio, comporta además muchos riesgos. En primer lugar el
de pronunciar juicios infundados y discriminatorios; el riesgo
además de suscitar dudas sobre la validez del matrimonio ya
celebrado, con grave daño para la comunidad cristiana y de
nuevas inquietudes injustificadas para la conciencia de los
esposos; se caería en el peligro de contestar o de poner en duda
la sacramentalidad de muchos matrimonios de hermanos separados
de la plena comunión con la Iglesia católica, contradiciendo así
la tradición eclesial.
Cuando por el contrario, a pesar de los esfuerzos hechos, los
contrayentes dan muestras de rechazar de manera explícita y
formal lo que la Iglesia realiza cuando celebra el matrimonio de
bautizados, el pastor de almas no puede admitirlos a la
celebración. Y, aunque no sea de buena gana, tiene obligación de
tomar nota de la situación y de hacer comprender a los
interesados que, en tales circunstancias, no es la Iglesia sino
ellos mismos quienes impiden la celebración que a pesar de todo
piden.
Una vez más se presenta en toda su urgencia la necesidad de una
evangelización y catequesis pre-matrimonial y post-matrimonial
puestas en práctica por toda la comunidad cristiana, para que
todo hombre y toda mujer que se casan, celebren el sacramento
del matrimonio no sólo válida sino también fructuosamente.
Pastoral postmatrimonial
69. El cuidado pastoral de la familia normalmente constituda
significa concretamente el compromiso de todos los elementos que
componen la comunidad eclesial local en ayudar a la pareja a
descubrir y a vivir su nueva vocación y misión. Para que la
familia sea cada vez más una verdadera comunidad de amor, es
necesario que sus miembros sean ayudados y formados en su
responsabilidad frente a los nuevos problemas que se presentan,
en el servicio recíproco, en la comparticipación activa a la
vida de familia.
Esto vale sobre todo para las familias jóvenes, las cuales,
encontrándose en un contexto de nuevos valores y de nuevas
responsabilidades, están más expuestas, especialmente en los
primeros años de matrimonio, a eventuales dificultades, como las
creadas por la adaptación a la vida en común o por el nacimiento
de hijos. Los cónyuges jóvenes sepan acoger cordialmente y
valorar inteligentemente la ayuda discreta, delicada y valiente
de otras parejas que desde hace tiempo tienen ya experiencia del
matrimonio y de la familia. De este modo, en seno a la comunidad
eclesial -gran familia formada por familias cristianas- se
actuará un mutuo intercambio de presencia y de ayuda entre todas
las familias, poniendo cada una al servicio de las demás la
propia experiencia humana, así como también los dones de fe y de
gracia. Animada por verdadero espíritu apostólico esta ayuda de
familia a familia constituirá una de las maneras más sencillas,
más eficaces y más al alcance de todos para transfundir
capilarmente aquellos valores cristianos, que son el punto de
partida y de llegada de toda cura pastoral. De este modo las
jóvenes familias no se limitarán sólo a recibir, sino que a su
vez, ayudadas así, serán fuente de enriquecimiento para las
otras familias, ya desde hace tiempo constituidas, con su
testimonio de vida y su contribución activa.
En la acción pastoral hacia las familias jóvenes, la Iglesia
deberá reservar una atención específica con el fin de educarlas
a vivir responsablemente el amor conyugal en relación con sus
exigencias de comunión y de servicio a la vida, así como a
conciliar la intimidad de la vida de casa con la acción común y
generosa para edificación de la Iglesia y la sociedad humana.
Cuando, por el advenimiento de los hijos, la pareja se convierte
en familia, en sentido pleno y específico, la Iglesia estará aún
más cercana a los padres para que acojan a sus hijos y los amen
como don recibido del Señor de la vida, asumiendo con alegría la
fatiga de servirlos en su crecimiento humano y cristiano.
II.- ESTRUCTURAS DE LA PASTORAL FAMILIAR
La acción pastoral es siempre expresión dinámica de la realidad
de la Iglesia, comprometida en su misión de salvación. También
la pastoral familiar -forma particular y específica de la
pastoral- tiene como principio operativo suyo y como
protagonista responsable a la misma Iglesia, a través de sus
estructuras y agentes.
La comunidad eclesial y la parroquia en particular
70. La Iglesia, comunidad al mismo tiempo salvada y salvadora,
debe ser considerada aquí en su doble dimensión universal y
particular. Esta se expresa y se realiza en la comunidad
diocesana, dividida pastoralmente en comunidades menores entre
las que se distingue, por su peculiar importancia, la parroquia.
La comunión con la Iglesia universal no rebaja, sino que
garantiza y promueve la consistencia y la originalidad de las
diversas Iglesias particulares; éstas permanecen como el sujeto
activo más inmediato y eficaz para la actuación de la pastoral
familiar. En este sentido cada Iglesia local y, en concreto,
cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de
la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden
a la promoción de la pastoral familiar. Los planes de pastoral
orgánica, a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar
en consideración la pastoral de la familia.
A la luz de esta responsabilidad hay que entender la importancia
de una adecuada preparación por parte de cuantos se comprometan
específicamente en este tipo de apostolado. Los sacerdotes,
religiosos y religiosas, desde la época de su formación, sean
orientados y formados de manera progresiva y adecuada para sus
respectivas tareas. Entre otras iniciativas, me es grato
subrayar la reciente creación en Roma, en la Pontificia
Universidad Lateranense, de un Instituto Superior dedicado al
estudio de los problemas de la Familia. También en algunas
diócesis se han fundado Institutos de este tipo; los Obispos
procuren que el mayor número posible de sacerdotes, antes de
asumir responsabilidades parroquiales, frecuenten cursos
especializados; en otros lugares se tienen periódicamente cursos
de formación en Institutos Superiores de estudios teológicos y
pastorales. Estas iniciativas sean alentadas, sostenidas,
multiplicadas y estén abiertas, naturalmente, también a los
seglares, que con su labor profesional (médica, legal,
psicológica, social y educativa) prestan su labor en ayuda a la
familia.
La familia
71. Pero sobre todo hay que reconocer el puesto singular que, en
este campo, corresponde a los esposos y a las familias
cristianas, en virtud de la gracia recibida en el sacramento. Su
misión debe ponerse al servicio de la edificación de la Iglesia
y de la construcción del Reino de Dios en la historia. Esto es
una exigencia de obediencia dócil a Cristo Señor. El, en efecto,
en virtud del matrimonio de los bautizados elevado a sacramento,
confiere a los esposos cristianos una peculiar misión de
apóstoles, enviándolos como obreros a su viña, y de manera
especial, a este campo de la familia.
En esta actividad ellos actúan en comunión y colaboración con
los restantes miembros de la Iglesia, que también trabajan en
favor de la familia, poniendo a disposición sus dones y
ministerios.
Este apostolado se desarrollará sobre todo dentro de la propia
familia, con el testimonio de la vida vivida conforme a la ley
divina en todos sus aspectos, con la formación cristiana de los
hijos, con la ayuda dada para su maduración en la fe, con la
educación en la castidad, con la preparación a la vida, con la
vigilancia para preservarles de los peligros ideológicos y
morales por los que a menudo se ven amenazados, con su gradual y
responsable inserción en la comunidad eclesial y civil, con la
asistencia y el consejo en la elección de la vocación, con la
mutua ayuda entre los miembros de la familia para el común
crecimiento humano y cristiano, etc. El apostolado de la
familia, por otra parte, se irradiará con obras de caridad
espiritual y material hacia las demás familias, especialmente a
las más necesitadas de ayuda y apoyo, a los pobres, los
enfermos, los ancianos, los minusválidos, los huérfanos, las
viudas, los cónyuges abandonados, las madres solteras y aquellas
que en situaciones difíciles sienten la tentación de deshacerse
del fruto de su seno, etc.
Asociaciones de familias para las familias
72. Sin salir del ámbito de la Iglesia, sujeto responsable de la
pastoral familiar, hay que recordar las diversas agrupaciones de
fieles, en las que se manifiesta y se vive de algún modo el
misterio de la Iglesia de Cristo. Por consiguiente, se han de
reconocer y valorar -cada una según las características,
finalidades, incidencias y métodos propios- las varias
comunidades eclesiales, grupos y movimientos comprometidos de
distintas maneras, por títulos y a niveles diversos, en la
pastoral familiar.
Por este motivo el Sínodo ha reconocido expresamente la
aportación de tales asociaciones de espiritualidad, de formación
y de apostolado. Su cometido será el de suscitar en los fieles
un vivo sentido de solidaridad, favorecer una conducta de vida
inspirada en el Evangelio y en la fe de la Iglesia, formar las
conciencias según los valores cristianos y no según los
criterios de la opinión pública, estimular a obras de caridad
recíproca y hacia los demás con un espíritu de apertura, que
hace de las familias cristianas una verdadera fuente de luz y un
sano fermento para las demás.
Igualmente es deseable que, con un vivo sentido del bien común,
las familias cristianas se empeñen activamente, a todos los
niveles, incluso en asociaciones no eclesiales. Algunas de estas
asociaciones se proponen la preservación, la transmisión y
tutela de los sanos valores éticos y culturales del respectivo
pueblo, el desarrollo de la persona humana, la protección
médica, jurídica y social de la maternidad y de la infancia, la
justa promoción de la mujer y la lucha frente a todo lo que va
contra su dignidad, el incremento de la mutua solidaridad, el
conocimiento de los problemas que tienen conexión con la
regulación responsable de la fecundidad, según los métodos
naturales conformes con la dignidad humana y la doctrina de la
Iglesia. Otras miran a la construcción de un mundo más justo y
más humano, a la promoción de leyes justas que favorezcan el
recto orden social en el pleno respeto de la dignidad y de la
legítima libertad del individuo y de la familia, a nivel
nacional e internacional, y a la colaboración con la escuela y
con las otra instituciones que completan la educación de los
hijos, etc.
III.- AGENTES DE LA PASTORAL FAMILIAR
Además de la familia -objeto y sobre todo sujeto de la pastoral
familiar- hay que recordar también los otros agentes principales
en este campo concreto.
Obispos y presbíteros
73. El primer responsable de la pastoral familiar en la diócesis
es el obispo. Como Padre y Pastor debe prestar particular
solicitud a este sector, sin duda prioritario, de la pastoral. A
él debe dedicar interés, atención, tiempo, personas, recursos; y
sobre todo apoyo personal a las familias y a cuantos, en las
diversas estructuras diocesanas, le ayudan en la pastoral de la
familia. Procurará particularmente que la propia diócesis sea
cada vez más una verdadera "familia diocesana", modelo y fuente
de esperanza para tantas familias que a ella pertenecen. La
creación del Pontificio Consejo para la Familia se ha de ver en
este contexto; es un signo de la importancia que yo atribuyo a
la pastoral de la familia en el mundo, para que al mismo tiempo
sea un instrumento eficaz a fin de ayudar a promoverla a todos
los niveles.
Los obispos se valen de modo particular de los presbíteros, cuya
tarea -como ha subrayado expresamente el Sínodo- constituye una
parte esencial del ministerio de la Iglesia hacia el matrimonio
y la familia. Lo mismo se diga de aquellos diáconos a los que
eventualmente se confíe el cuidado de este sector pastoral.
Su responsabilidad se extiende no sólo a los problemas morales y
litúrgicos, sino también a los de carácter persona y social.
Ellos deben sostener a la familia en sus dificultades y
sufrimientos, acercándose a sus miembros, ayudándoles a ver su
vida a la luz del Evangelio. No es superfluo anotar que de esta
misión, si se ejerce con el debido discernimiento y verdadero
espíritu apostólico, el ministro de la Iglesia saca nuevos
estímulos y energías espirituales aun para la propia vocación y
para el ejercicio mismo de su ministerio.
El sacerdote o el diácono preparados adecuada y seriamente para
este apostolado, deben comportarse constantemente, con respecto
a las familias, como padre, hermano, pastor y maestro,
ayudándolas con los recursos de la gracia e iluminándolas con la
luz de la verdad. Por lo tanto, su enseñanza y sus consejos
deben estar siempre en plena consonancia con el Magisterio
auténtico de la Iglesia de modo que ayude al pueblo de Dios a
formarse un recto sentido de la fe, que ha de aplicarse luego en
la vida concreta. Esta fidelidad al Magisterio permitirá también
a los sacerdotes lograr una perfecta unidad de criterios con el
fin de evitar ansiedades de conciencia en los fieles.
Pastores y laicado participan dentro de la Iglesia en la misión
profética de Cristo: los laicos, testimoniando la fe con las
palabras y con la vida cristiana; los pastores, discerniendo en
tal testimonio lo que es expresión de fe genuina y lo que no
concuerda con ella; la familia, como comunidad cristiana, con su
peculiar participación y testimonio de fe. Se abre así un
diálogo entre los pastores y las familias. Los teólogos y los
expertos en problemas familiares pueden ser de gran ayuda en
este diálogo, explicando exactamente el contenido del Magisterio
de la Iglesia y el de la experiencia de la vida de familia. De
esta manera se comprenden mejor las enseñanzas del Magisterio y
se facilita el camino para su progresivo desarrollo. No
obstante, es bueno recordar que la norma próxima y obligatoria
en doctrina de fe -incluso en los problemas de la familia- es
competencia del Magisterio jerárquico. Relaciones claras entre
los teólogos, los expertos en problemas familiares y el
Magisterio ayudan no poco a la recta comprensión de la fe y a
promover -dentro de los límites de la misma- el legítimo
pluralismo.
Religiosos y religiosas
74. La ayuda que los religiosos, religiosas y almas consagradas
en general, pueden dar al apostolado de la familia encuentra su
primera, fundamental y original expresión precisamente en su
consagración a Dios: "De este modo evocan ellos ante todos los
fieles aquel maravilloso connubio, fundado por Dios y que ha de
revelarse plenamente en el siglo futuro, por el que la Iglesia
tiene por esposo único a Cristo"[169]. Esa consagración los
convierte en testigos de aquella caridad universal que, por
medio de la castidad abrazada por el Reino de los cielos, les
hace cada vez más disponibles para dedicarse generosamente al
servicio divino y a las obras de apostolado.
De ahí deriva la posibilidad de que religiosos y religiosas,
miembros de Institutos seculares y de otros Institutos de
perfección, individualmente o asociados, desarrollen su servicio
a las familias, con especial dedicación a los niños,
especialmente a los abandonados, no deseados, huérfanos, pobres
o minusválidos, visitando a las familias y preocupándose de los
enfermos; cultivando relaciones de respeto y de caridad con
familias incompletas, en dificultad o separadas; ofreciendo su
propia colaboración en la enseñanza y asesoramiento para la
preparación de los jóvenes al matrimonio, y en la ayuda que hay
que dar a las parejas para una procreación verdaderamente
responsable; abriendo la propia casa a una hospitalidad sencilla
y cordial, para que las familias puedan encontrar el sentido de
Dios, el gusto por la oración y el recogimiento, el ejemplo
concreto de una vida vivida en caridad y alegría fraterna, como
miembros de la gran familia de Dios.
Quisiera añadir una exhortación apremiante a los responsables de
los Institutos de vida consagrada, para que consideren -dentro
del respeto sustancial al propio carisma original- el apostolado
dirigido a las familias como una de las tareas prioritarias,
requeridas más urgentemente por la situación actual.
Laicos especializados
75. No poca ayuda pueden prestar a las familias los laicos
especializados (médicos, juristas, psicólogos, asistentes
sociales, consejeros, etc.) que, tanto individualmente como por
medio de diversas asociaciones e iniciativas, ofrecen su obra de
iluminación, de consejo, de orientación y apoyo. A ellos pueden
aplicarse las exhortaciones que dirigí a la Confederación de los
Consultores familiares de inspiración cristiana: El vuestro s un
compromiso que bien merece la calificación de misión, por lo
noble que son las finalidades que persigue, y determinantes para
el bien de la sociedad y de la misma comunidad cristiana los
resultados que derivan de ellas... Todo lo que consigáis hacer
en apoyo de la familia está destinado a tener una eficacia que,
sobrepasando su ámbito, alcanza también otras personas e incide
sobre la sociedad. El futuro del mundo y de la Iglesia pasa a
través de la familia"[170].
Destinatarios y agentes de la comunicación social
76. Una palabra aparte se ha de reservar a esta categoría tan
importante en la vida moderna. Es sabido que los instrumentos de
comunicación social "inciden a menudo profundamente, tanto bajo
el aspecto afectivo e intelectual como bajo el aspecto moral y
religioso, en el ánimo de cuantos los usan", especialmente si
son jóvenes[171]. Tales medios pueden ejercer un influjo
benéfico en la vida y las costumbres de la familia y en la
educación de los hijos, pero al mismo tiempo esconden también
"insidias y peligros no insignificantes"[172], y podrían
convertirse en vehículo -a veces hábil y sistemáticamente
manipulado, como desgraciadamente acontece en diversos países
del mundo- de ideologías disgregadoras y de visiones deformadas
de la vida, de la familia, de la religión, de la moralidad y que
no respetan la verdadera dignidad y el destino del hombre.
Peligro tanto más real, cuanto "el modo de vivir, especialmente
en las naciones más industrializadas, lleva muy a menudo a que
las familias se descarguen de sus responsabilidades educativas,
encontrando en la facilidad de evasión (representada en casa
especialmente por la televisión y ciertas publicaciones) el modo
de tener ocupados tiempo y actividad de los niños y
muchachos"[173]. De ahí "el deber... de proteger especialmente a
los niños y muchachos de las "agresiones" que sufren también por
parte de los mass-media", procurando que el uso de éstos en
familia sea regulado cuidadosamente. Con la misma diligencia la
familia debería buscar para sus propios hijos también otras
diversiones más sanas, más útiles y formativas física, moral y
espiritualmente "para potenciar y valorizar el tiempo libre de
los adolescentes y orientar sus energías"[174].
Puesto que además los instrumentos de comunicación social -así
como la escuela y el ambiente- inciden a menudo de manera
notable en la formación de los hijos, los padres, en cuanto
receptores, deben hacerse parte activa en el uso moderado,
crítico, vigilante y prudente de tales medios, calculando el
influjo que ejercen sobre los hijos; y deben dar una orientación
que permita "educar la conciencia de los hijos para emitir
juicios serenos y objetivos, que después la guíen en la elección
y en el rechazo de los programas propuestos"[175].
Con idéntico empeño los padres tratarán de influir en la
elección y preparación de los mismos programas, manteniéndose
-con oportunas iniciativas- en contacto con los responsables de
las diversas fases de la producción y de la transmisión, para
asegurarse que no sean abusivamente olvidados o expresamente
conculcados aquellos valores humanos fundamentales que forman
parte del verdadero bien común de la sociedad, sino que, por el
contrario, se difundan programas aptos para presentar en su
justa luz los problemas de la familia y su adecuada solución. A
este respecto, mi predecesor Pablo VI escribía: "Los productores
deben concer y respetar las exigencias de la familia, y esto
requiere a veces, por parte de ellos una verdadera valentía, y
siempre un alto sentido de responsabilidad. Ellos, en efecto,
están obligados a evitar todo lo que pueda dañar a la familia en
su existencia, en su estabilidad, en su equilibrio y en su
felicidad. Toda ofensa a los valores fundamentales de la familia
-se trate de erotismo o de violencia, de apología del divorcio o
de actitudes antisociale por parte de los jóvenes- es una ofensa
al verdadero bien del hombre"[176].
Yo mismo, en ocasión semejante, ponía de relieve que las
familias "deben poder contar en no pequeña medida con la buena
voluntad, rectitud y sentido de responsabilidad de los
profesionales de los mass-media: editores, escritores,
productores, directores, dramaturgos, informadores,
comentaristas y actores"[177]. Por consiguiente, es justo que
también por parte de la Iglesia se siga dedicando toda atención
a estas categorías de personas, animando y sosteniendo al mismo
tiempo a aquellos católicos que se sienten llamados y tienen
cualidades para trabajar en estos delicados sectores.
IV.- LA PASTORAL FAMILIAR EN LOS CASOS DIFICILES
Circunstancias particulares
77. Es necesario un empeño pastoral todavía más generoso,
inteligente y prudente, a ejemplo del Buen Pastor, hacia
aquellas familias que -a menudo e independientemente de la
propia voluntad, o apremiados por otras exigencias de distinta
naturaleza- tienen que afrontar situaciones objetivamente
difíciles.
A este respecto hay que llamar especialmente la atención sobre
algunas categorías particulares de personas, que tienen mayor
necesidad no sólo de asistencia, sino de una acción más incisiva
ante la opinión pública y sobre todo ante las estructuras
culturales, profundas de sus dificultades.
Estas son, por ejemplo, las familias de los emigrantes por
motivos laborales; las familias de cuantos están obligados a
largas ausencias, como los militares, los navegantes, los
viajeros de cualquier tipo; las familias de los presos, de los
prófugos y de los exiliados; las familias que en las grandes
ciudades viven prácticamente marginadas; las que no tienen casa;
las incompletas o con uno solo de los padres; las familias con
hijos minusválidos o drogados; las familias de alcoholizados,
las desarraigadas de su ambiente cultural y social o en peligro
de perderlo; las discriminadas por motivos políticos o por otras
razones; las familias ideológicamente divididas; las que no
consiguen tener fácilmente un contacto con la parroquia; las que
sufren violencia o tratos injustos a causa de la propia fe; las
formadas por esposos menores de edad; los ancianos, obligados no
raramente a vivir en soledad o sin adecuados medios de
subsistencia.
Las familias de emigrantes, especialmente tratándose de obreros
y campesinos, deben tener la posibilidad de encontrar siempre en
la Iglesia su patria. Esta es una tarea connatural a la Iglesia,
dado que es signo de unidad en la diversidad. En cuanto sea
posible estén asistidos por sacerdotes de su mismo rito, cultura
e idioma. Corresponde igualmente a la Iglesia hacer una llamada
a la conciencia pública y a cuantos tienen autoridad en la vida
social, económica y política, para que los obreros encuentren
trabajo en su propia región y patria, sean retribuidos con un
justo salario, las familias vuelvan a reunirse lo antes posible,
sea tenida en consideración su identidad cultural, sean tratadas
igual que las otras, y a sus hijos se les de la oportunidad de
la formación profesional y del ejercicio de la profesión, así
como de la posesión de la tierra necesaria para trabajar y
vivir.
Un problema difícil es el de las familias ideológicamente
divididas. En estos casos se requiere una particular atención
pastoral. Sobre todo hay que mantener con discreción un contacto
personal con estas familias. Los creyentes deben ser
fortalecidos en la fe y sostenidos en la vida cristiana. Aunque
la parte fiel al catolicismo no puede ceder, no obstante, hay
que mantener siempre vivo el diálogo con la otra parte. Deben
multiplicarse las manifestaciones de amor y respeto, con la viva
esperanza de mantener firme la unidad. Mucho depende también de
las relaciones entre padres e hijos. Las ideologías extrañas a
la fe pueden estimular a los miembros creyentes de la familia a
crecer en la fe y en el testimonio de amor.
Otros momentos difíciles en los que la familia tiene necesidad
de la ayuda de la comunidad eclesial y de sus pastores pueden
ser: la adolescencia inquieta, contestadora y a veces
problematizada de los hijos; su matrimonio que les separa de la
familia de origen; la incomprensión o la falta de amor por parte
de las personas más queridas; el abandono por parte del cónyuge
o su pérdida, que abre la dolorosa experiencia de la viudez, de
la muerte de un familiar, que mutila y transforma en profundidad
el núcleo original de la familia.
Igualmente no puede ser descuidado por la Iglesia el periodo de
la ancianidad, con todos sus contenidos positivos y negativos:
la posible profundización del amor conyugal cada vez más
purificado y ennoblecido por una larga e ininterrumpida
fidelidad; la disponibilidad a poner en favor de los demás, de
forma nueva, la bondad y la cordura acumulada y las energías que
quedan; la dura soledad, a menudo más psicológica y afectiva que
física, por el eventual abandono o por una insuficiente atención
por parte de los hijos y de los parientes; el sufrimiento a
causa de enfermedad, por el progresivo decaimiento de las
fuerza, por la humillación de tener que depender de otros, por
la amargura de sentirse como un peso para lo suyos, por el
acercarse de los últimos momentos de la vida. Son éstas las
ocasiones en las que -como han sugerido los Padres Sinodales-
más fácilmente se pueden hacer comprender y vivir los aspectos
elevados de la espiritualidad matrimonial y familiar, que se
inspiran en el valor de la cruz y resurrección de Cristo, fuente
de santificación y de profunda alegría en la vida diaria, en la
perspectiva de las grandes realidades escatológicas de la vita
eterna.
En estas diversas situaciones no se descuide jamás la oración,
fuente de luz y de fuerza, y alimento de la esperanza cristiana.
Matrimonios mixtos
78. El número creciente de matrimonios entre católicos y otros
bautizados requiere también una peculiar atención pastoral a la
luz de las orientaciones y normas contenidas en los recientes
documentos de la Santa Sede y en los elaborados por las
Conferencias Episcopales, para facilitar su aplicación concreta
en las diversas situaciones.
Las parejas que viven en matrimonio mixto presentan peculiares
exigencias que pueden reducirse a tres apartados principales.
Hay que considerar ante todo las obligaciones de la parte
católica que derivan de la fe, en lo concerniente al libre
ejercicio de la misma y a la consecuente obligación de procurar,
según las propias posibilidades, bautizar y educar los hijos en
la fe católica[178].
Hay que tener presentes las particulares dificultades inherentes
a las relaciones entre marido y mujer, en lo referente al
respeto de la libertad religiosa; ésta puede ser violada tanto
por presiones indebidas para lograr el cambio de las
convicciones religiosas de la otra parte, como por impedimentos
puestos a la manifestación libre de las mismas en la práctica
religiosa.
En lo referente a la forma litúrgica y canónica del matrimonio,
los Ordinarios pueden hacer uso ampliamente de sus facultades
por varios motivos.
Al tratar de estas exigencias especiales hay que poner atención
en estos puntos:
- en la preparación concreta a este tipo de matrimonio, debe
realizarse todo esfuerzo razonable para hacer comprender la
doctrina católica sobre las cualidades y exigencias del
matrimonio, así como para asegurarse de que en el futuro no se
verifiquen las presiones y los obstáculos, de los que antes se
ha hablado.
- es de suma importancia que, con el apoyo de la comunidad, la
parte católica sea fortalecida en su fe y ayudada positivamente
a madurar en la comprensión y en la práctica de la misma, de
manera que llegue a ser verdadero testigo creíble dentro de la
familia, a través de la vida misma y de la calidad del amor
demostrado al otro cónyuge y a los hijos.
Los matrimonios entre católicos y otros bautizados presentan aun
en su particular fisonomía numerosos elementos que es necesario
valorar y desarrollar, tanto por su valor intrínseco, como por
la aportación que pueden dar al movimiento ecuménico. Esto es
verdad sobre todo cuando los dos cónyuges son fieles a sus
deberes religiosos. El bautismo común y el dinamismo de la
gracia procuran a los esposos, en estos matrimonios, la base y
las motivaciones para compartir su unidad en la esfera de los
valores morales y espirituales.
A tal fin, aun para poner en evidencia la importancia ecuménica
de este matrimonio mixto, vivido plenamente en la fe por los dos
cónyuges cristianos, se debe buscar -aunque esto no sea siempre
fácil- una colaboración cordial entre el ministro católico y el
no católico, desde el tiempo de la preparación al matrimonio y a
la boda.
Respecto a la participación del cónyuge no católico en la
comunión eucarística, obsérvense las normas impartidas por el
Secretariado para la Unión de los Cristianos[179].
En varias partes del mundo se asiste hoy al aumento del número
de matrimonios entre católicos y no bautizados. En muchos de
ellos, el cónyuge no bautizado profesa otra religión, y sus
convicciones deben ser tratadas con respeto, de acuerdo con los
principios de la Declaración Nostra aetate del Concilio
Ecuménico Vaticano II sobre las relaciones con las religiones no
cristianas; en no pocos otros casos, especialmente en las
sociedades secularizadas, la persona no bautizada no profesa
religión alguna. Para estos matrimonios es necesario que las
Conferencias Episcopales y cada uno de los obispos tomen
adecuadas medidas pastorales, encaminadas a garantizar la
defensa de la fe del cónyuge católico y la tutela del libre
ejercicio de la misma, sobre todo en lo que se refiere al deber
de hacer todo lo posible para que los hijos san bautizados y
educados católicamente. El cónyuge católico debe además ser
ayudado con todos los medios en su obligación de dar, dentro de
la familia, un testimonio genuino de fe y vida católica.
Acción pastoral frente a algunas situaciones irregulares
79. En su solicitud por tutelar la familia en toda su dimensión,
no sólo la religiosa, el Sínodo no ha dejado de considerar
atentamente algunas situaciones irregulares, desde el punto de
vista religioso y con frecuencia también civil, que -con las
actuales y rápidas transformaciones culturales- se van
difundiendo por desgracia también entre los católicos con no
leve daño de la misma institución familiar y de la sociedad, de
la que ella es la célula fundamental.
a) Matrimonio a prueba
80. Una primera situación irregular es la del llamado
"matrimonio a prueba" o experimental, que muchos quieren hoy
justificar, atribuyéndole un cierto valor. La misma razón humana
insinúa ya su no aceptabilidad, indicando que es poco
convincente que se haga un "experimento" tratándose de personas
humanas, cuya dignidad exige que sean siempre y únicamente
término de un amor de donación, sin límite alguno ni de tiempo
ni de otras circunstancias.
La Iglesia por su parte no puede admitir tal tipo de unión por
motivos ulteriores y originales derivados de la fe. En efecto,
por una parte el don del cuerpo en la relación sexual es el
símbolo real de la donación de toda la persona; por lo demás, en
la situación actual tal donación no puede realizarse con plena
verdad sin el concurso del amor de caridad dado por Cristo. Por
otra parte, el matrimonio entre dos bautizados es el símbolo
real de la unión de Cristo con la Iglesia, una unión no temporal
o "ad experimentum", sino fiel eternamente; por tanto, entre dos
bautizados no puede haber más que un matrimonio indisoluble.
Esta situación no puede ser superada de ordinario, si la persona
humana no ha sido educada -ya desde la infancia, con la ayuda de
la gracia de Cristo y no por temor- a dominar la concupiscencia
naciente e instaurar con los demás relaciones de amor genuino.
Esto no se consigue sin una verdadera educación en el amor
auténtico y en el recto uso de la sexualidad, de tal manera que
introduzca a la persona humana -en todas sus dimensiones, y por
consiguiente también en lo que se refiere al propio cuerpo- en
la plenitud del misterio de Cristo.
Será muy útil preguntarse acerca de las causas de este fenómeno,
incluidos los aspectos psicológicos, para encontrar una adecuada
solución.
b) Uniones libres de hecho
81. Se trata de uniones sin algún vínculo institucional
públicamente reconocido, ni civil ni religioso. Este fenómeno,
cada vez más frecuente, ha de llamar la atención de los pastores
de almas, ya que en el mismo puede haber elementos varios,
actuando sobre los cuales será quizá posible limitar sus
consecuencias.
En efecto, algunos se consideran como obligados por difíciles
situaciones -económicas, culturales y religiosas- en cuanto que,
contrayendo matrimonio regular, quedarían expuestos a daños, a
la pérdida de ventajas económicas, a discriminaciones, etc. En
otros, por el contrario, se encuentra una actitud de desprecio,
contestación o rechazo de la sociedad, de la institución
familiar, de la organización socio-política o de la mera
búsqueda del placer. Otros, finalmente, son empujados por la
extrema ignorancia y pobreza, a veces por condicionamientos
debidos a situaciones de verdadera injusticia, o también por una
cierta inmadurez psicológica que les hace sentir la
incertidumbre o el temor de atarse con un vínculo estable y
definitivo. En algunos países las costumbres tradicionales
prevén el matrimonio verdadero y propio solamente después de un
periodo de cohabitación y después del nacimiento del primer
hijo.
Cada uno de estos elementos pone a la Iglesia serios problemas
pastorales, por las graves consecuencias religiosas y morales
que de ellos derivan (pérdida del sentido religioso del
matrimonio visto a la luz de la Alianza de Dios con su pueblo,
privación de la gracia del sacramento, grave escándalo), así
como también por las consecuencias sociales (destrucción del
concepto de familia, atenuación del sentido de fidelidad incluso
hacia la sociedad, posibles traumas psicológicos en los hijos y
afirmación del egoísmo).
Los pastores y la comunidad eclesial se preocuparán por conocer
tales situaciones y sus causas concretas, caso por caso; se
acercarán a los que conviven, con discreción y respeto; se
empeñarán en una acción de iluminación paciente, de corrección
caritativa y de testimonio familiar cristiano que pueda
allanarles el camino hacia la regularización de su situación.
Pero, sobre todo, adelántense enseñándoles a cultivar el sentido
de la fidelidad en la educación moral y religiosa de los
jóvenes; instruyéndoles sobre las condiciones y estructuras que
favorecen tal fidelidad, sin la cual no se da verdadera
libertad; ayudándoles a madurar espiritualmente y haciéndoles
comprender la rica realidad humana y sobrenatural del
matrimonio-sacramento.
El pueblo de Dios se esfuerce también ante las autoridades
públicas para que, -resistiendo a las tendencias disgregadoras
de la misma sociedad y nocivas para la dignidad, seguridad y
bienestar de los ciudadanos-, procuren que la opinión pública no
sea llevada a menospreciar la importancia institucional del
matrimonio y de la familia. Y dado que en muchas regiones, a
causa de la extrema pobreza derivada de unas estructuras
socio-económicas injustas o inadecuadas, los jóvenes no están en
condiciones de casarse como conviene, la sociedad y las
autoridades públicas favorezcan el matrimonio legítimo a través
de una serie de intervenciones sociales y políticas,
garantizando el salario familiar, emanando disposiciones para
una vivienda apta a la vida familiar y creando posibilidades
adecuadas de trabajo y de vida.
c) Católicos unidos con mero matrimonio civil
82. Es cada vez más frecuente el caso de católicos que, por
motivos ideológicos y prácticos, prefieren contraer sólo
matrimonio civil, rechazando o, por lo menos, diferiendo el
religioso. Su situación no puede equipararse sin más a la de los
que conviven sin vínculo alguno, ya que hay en ellos al menos un
cierto compromiso a un estado de vida concreto y quizá estable,
aunque a veces no es extraña a esta situación la perspectiva de
un eventual divorcio. Buscando el reconocimiento público del
vínculo por parte del Estado, tales parejas demuestran una
disposición a asumir, junto con las ventajas, también las
obligaciones. A pesar de todo, tampoco esta situación es
aceptable para la Iglesia. La acción pastoral tratará de hacer
comprender la necesidad de coherencia entre la elección de vida
y la fe que se profesa, e intentará hacer lo posible para
convencer a estas personas a regular su propia situación a la
luz de los principios cristianos. Aun tratándoles con gran
caridad e interesándoles en la vida de las respectivas
comunidades, los pastores de la Iglesia no podrán admitirles al
uso de los sacramentos.
d) Separados y divorciados no casados de nuevo
83. Motivos diversos, como incomprensiones recíprocas,
incapacidad de abrirse a las relaciones interpersonales, etc.,
pueden conducir dolorosamente el matrimonio válido a una ruptura
con frecuencia irreparable. Obviamente la separación debe
considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier
intento razonable haya sido inútil.
La soledad y otras dificultades son a veces patrimonio del
cónyuge separado, especialmente si es inocente. En este caso la
comunidad eclesial debe particularmente sostenerlo, procurarle
estima, solidaridad, comprensión y ayuda concreta, de manera que
le sea posible conservar la fidelidad, incluso en la difícil
situación en la que se encuentra; ayudarle a cultivar la
exigencia del perdón, propio del amor cristiano y la
disponibilidad a reanudar eventualmente la vida conyugal
anterior.
Parecido es el caso del cónyuge que ha tenido que sufrir el
divorcio, pero que -conociendo bien la indisolubilidad del
vínculo matrimonial válido- no se deja implicar en una nueva
unión, empeñándose en cambio en el cumplimiento prioritario de
sus deberes familiares y de las responsabilidades de la vida
cristiana. En tal caso su ejemplo de fidelidad y de coherencia
cristiana asume un particular valor de testimonio frente al
mundo y a la Iglesia, haciendo todavía más necesaria, por parte
de ésta, una acción continua de amor y de ayuda, sin que exista
obstáculo alguno para la admisión a los sacramentos.
e) Divorciados casados de nuevo
84. La experiencia diaria enseña, por desgracia, que quien ha
recurrido al divorcio tiene normalmente la intención de pasar a
una nueva unión, obviamente sin el rito religioso católico.
Tratándose de una plaga que, como otras, invade cada vez más
ampliamente incluso los ambientes católicos, el problema debe
afrontarse con atención improrrogable. Los Padres Sinodales lo
han estudiado expresamente. La Iglesia, en efecto, instituida
para conducir a la salvación a todos los hombres, sobre todo a
los bautizados, no puede abandonar a sí mismos a quienes -unidos
ya con el vínculo matrimonial sacramental- han intentado pasar a
nuevas nupcias. Por lo tanto procurará infatigablemente poner a
su disposición los medios de salvación.
Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir
bien las situaciones. En efecto, hay diferencia entre lo que
sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y
han sido abandonados del todo injustamente, y los que por culpa
grave han destruido un matrimonio canónicamente válido.
Finalmente están los que han contraído una segunda unión en
vista a la educación de los hijos, y a veces están
subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente
matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca
válido.
En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los pastores y a toda
la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados,
procurando con solícita caridad que no se consideren separados
de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados,
participar en su vida. Se les exhorte a escuchar la Palabra de
Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la
oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de
la comunidad en favor de la justicia, a educar a los hijos en la
fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia
para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. La
Iglesia rece por ellos, los anime, se presente como madre
misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la esperanza.
La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura,
reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los
divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden
ser admitidos, dado que su estado y situación de vida
contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la
Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además
otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la
Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión
acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del
matrimonio.
La reconciliación en el sacramento de la penitencia -que les
abriría el camino al sacramento eucarístico- puede darse
únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de
la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente
dispuestos a una forma de vida que no contradiga la
indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente
que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, -como, por
ejemplo, la educación de los hijos- no pueden cumplir la
obligación de la separación, "asumen el compromiso de vivir en
plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de
los esposos"[180].
Del mismo modo el respeto debido al sacramento del matrimonio, a
los mismos esposos y sus familiares, así como a la comunidad de
los fieles, prohibe a todo pastor, -por cualquier motivo o
pretexto incluso pastoral-, efectuar ceremonias de cualquier
tipo para los divorciados que vuelven a casarse. En efecto,
tales ceremonias podrían dar la impresión de que se celebran
nuevas nupcias sacramentalmente válidas y como consecuencia
inducirían a error sobre la indisolubilidad del matrimonio
válidamente contraído.
Actuando de este modo, la Iglesia profesa la propia fidelidad a
Cristo y a su verdad; al mismo tiempo se comporta con espíritu
materno hacia estos hijos suyos, especialmente hacia aquellos
que inculpablemente han sido abandonados por su cónyuge
legítimo.
La Iglesia está firmemente convencida de que también quienes se
han alejado del mandato del Señor y viven en tal situación,
pueden obtener de Dios la gracia de la conversión y de la
salvación, si perseveran en la oración, en la penitencia y en la
caridad.
Los privados de familia
85. Deseo añadir una palabra en favor de una categoría de
personas que, por la situación concreta en la que viven -a
menudo no por voluntad deliberada- considero especialmente
cercanas al Corazón de Cristo, dignas del afecto y solicitud
activa de la Iglesia así como de los pastores.
Hay en el mundo muchas personas que desgraciadamente no tienen
en absoluto lo que con propiedad se llama una familia. Grandes
sectores de la humanidad viven en condiciones de enorme pobreza,
donde la promiscuidad, la falta de vivienda, la irregularidad de
relaciones y la grave carencia de cultura no permiten poder
hablar de verdadera familia. Hay otras personas que por motivos
diversos se han quedado solas en el mundo. Sin embargo para
todas ellas existe una "buena nueva de la familia".
Teniendo presentes a los que viven en extrema pobreza, he
hablado ya de la necesidad urgente de trabajar con valentía para
encontrar soluciones, también a nivel político, que permitan
ayudarles a superar esta condición inhumana de postración. Es un
deber que incumbe solidariamente a toda la sociedad, pero de
manera especial a las autoridades, por razón de sus cargos y
consecuentes responsabilidades, así como a las familias que
deben demostrar gran comprensión y voluntad de ayuda.
A los que no tienen una familia natural, hay que abrirles
todavía más las puertas de la gran familia que es la Iglesia, la
cual se concreta a su vez en la familia diocesana y parroquial,
en las comunidades eclesiale de base o en los movimientos
apostólicos. Nadie se sienta sin familia en este mundo: la
Iglesia es casa y familia para todos, especialmente para cuantos
están fatigados y cargados[181].
CONCLUSION
86. A vosotros esposos, a vosotros padres y madres de familia.
A vosotros, jóvenes, que sois el futuro y la esperanza de la
Iglesia y del mundo, y seréis los responsables de la familia en
el tercer milenio que se acerca.
A vosotros, venerables y queridos hermanos en el Episcopado y en
el sacerdocio, queridos hijos religiosos y religiosas, almas
consagradas al Señor, que testimoniáis a los esposos la realidad
última del amor de Dios.
A vosotros, hombres de sentimientos rectos, que por diversas
motivaciones os preocupáis por el futuro de la familia, se
dirige con anhelante solicitud mi pensamiento al final de esta
Exhortación Apostólica.
¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!
Por consiguiente es indispensable y urgente que todo hombre de
buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y
exigencias de la familia.
A este respecto, siento el deber de pedir un empeño particular a
los hijos de la Iglesia. Ellos, que mediante la fe conocen
plenamente el designio maravilloso de Dios, tienen una razón de
más para tomar con todo interés la realidad de la familia en
este tiempo de prueba y de gracia.
Deben amar de manera particular a la familia. Se trata de una
consigna concreta y exigente.
Amar a la familia significa saber estimar sus valores y
posibilidades, promoviéndolos siempre. Amar a la familia
significa individuar los peligros y males que la amenazan, para
poder superarlos. Amar a la familia significa esforzarse por
crear un ambiente que favorezca su desarrollo. Finalmente, una
forma eminente de amor es dar a la familia cristiana de hoy, con
frecuencia tentada por el desánimo y angustiada por las
dificultades crecientes, razones de confianza en sí misma, en
las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que
Dios le ha confiado: "Es necesario que las familias de nuestro
tiempo vuelvan a remontarse más alto. Es necesario que sigan a
Cristo"[182].
Corresponde también a los cristianos el deber de anunciar con
alegría y convicción la "buena nueva" sobre la familia, que
tiene absoluta necesidad de escuchar siempre de nuevo y de
entender cada vez mejor las palabras auténticas que le revelan
su identidad, sus recursos interiores, la importancia de su
misión en la Ciudad de los hombres y en la de Dios.
La Iglesia conoce el camino por el que la familia puede llegar
al fondo de su más íntima verdad. Este camino, que la Iglesia ha
aprendido en la escuela de Cristo y en el de la historia,
-interpretada a la luz del Espíritu- no lo impone, sino que
siente en sí la exigencia apremiante de proponerla a todos sin
temor, es más, con gran confianza y esperanza, aun sabiendo que
la "buena nueva" conoce el lenguaje de la Cruz. Porque es a
través de ella como la familia puede llegar a la plenitud de su
ser y a la perfección del amor.
Finalmente deseo invitar a todos los cristianos a colaborar,
cordial y valientemente con todos los hombres de buena voluntad,
que viven su responsabilidad al servicio de la familia. Cuantos
se consagran a su bien dentro de la Iglesia, en su nombre o
inspirados por ella, ya sean individuos o grupos, movimientos o
asociaciones, encuentran frecuentemente a su lado personas e
instituciones diversas que trabajan por el mismo ideal. Con
fidelidad a los valores del Evangelio y del hombre, y con
respeto a un legítimo pluralismo de iniciativas, esta
colaboración podrá favorecer una promoción más rápida e integral
de la familia.
Ahora, al concluir este mensaje pastoral, que quiere llamar la
atención de todos sobre el cometido pesado pero atractivo de la
familia cristiana, deseo invocar la protección de la Sagrada
Familia de Nazaret.
Por misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos
años el Hijo de Dios: es pues el prototipo y ejemplo de todas
las familias cristianas. Aquella familia, única en el mundo, que
transcurrió una existencia anónima y silenciosa en un pequeño
pueblo de Palestina; que fue probada por la pobreza, la
persecución y el exilio; que glorificó a Dios de manera
incomparablemente alta y pura, no dejará de ayudar a las
familias cristianas, más aún, a todas las familias del mundo,
para que sean fieles a sus deberes cotidianos, para que sepan
soportar las ansias y tribulaciones de la vida, abriéndose
generosamente a las necesidades de los demás y cumpliendo
gozosamente los planes de Dios sobre ellas.
Que San José, "hombre justo", trabajador incansable, custodio
integérrimo de los tesoros a él confiados, las guarde, proteja e
ilumine siempre.
Que la Virgen María, como es Madre de la Iglesia, sea también
Madre de la "Iglesia doméstica", y, gracias a su ayuda materna,
cada familia cristiana pueda llegar a ser verdaderamente una
"pequeña Iglesia", en la que se refleje y reviva el misterio de
la Iglesia de Cristo. Sea ella, Esclava del Señor, ejemplo de
acogida humilde y generosa de la voluntad de Dios; sea ella,
Madre Dolorosa a los pies de la Cruz, la que alivie los
sufrimientos y enjugue las lágrimas de cuantos sufren por las
dificultades de sus familias.
Que Cristo Señor, Rey del universo, Rey de las familias, esté
presente como en Caná, en cada hogar cristiano para dar luz,
alegría, serenidad y fortaleza. A él, en el día solemne dedicado
a su Realeza, pido que cada familia sepa dar generosamente su
aportación original para la venida de su Reino al mundo, "Reino
de verdad y de vida, Reino de santidad y de gracia, Reino de
justicia, de amor y de paz"[183] hacia el cual está caminando la
historia.
A Cristo, a María y a José encomiendo cada familia. En sus manos
y en su corazón pongo esta Exhortación: que ellos os la ofrezcan
a vosotros, venerables Hermanos y amadísimos hijos, y abran
vuestros corazones a la luz que el Evangelio irradia sobre cada
familia.
Asegurándoos mi constante recuerdo en la plegaria, imparto de
corazón a todos y cada uno, la Bendición Apostólica, en el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 22 de noviembre,
solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, del año 1981, cuarto
de mi Pontificado.
Joannes Paulus PP. II
[1] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 52.
[2] Cfr. Juan Pablo II, Homilía para la apertura del VI Sínodo
de los Obispos, 2 (26 de setiembre de 1980): AAS 72 (1980),
1008.
[3] Cfr. Gén. 1-2.
[4] Cfr. Ef. 5.
[5] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 47; Juan Pablo II, Carta
Appropinquat iam, 1 (15 de agosto de 1980): AAS 72 (1980), 791.
[6] Cfr. Mt. 19, 4.
[7] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 47.
[8] Cfr. Juan Pablo II, Discurso al Consejo de la Secretaría
General del Sínodo de los Obispos (23 de febrero de 1980):
Insegnamenti di Giovanni Paolo II, III, 1 (1980), 472-476.
[9] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 4.
[10] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 12.
[11] Cfr. 1 Jn. 2, 20.
[12] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 35.
[13] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 12; Sagrada Congregación para la Doctrina de la
Fe, Declaración Mysterium Ecclesiae, 2: AAS 65 (1973), 398-400.
[14] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 12; Const. dogmática sobre la divina revelación
Dei Verbum, 10.
[15] Cfr. Juan Pablo II, Homilía para la apertura del VI Sínodo
de los Obispos, 3 (26 de setiembre de 1980): AAS 72 (1980),
1008.
[16] Cfr. S. Agustín, De Civitate Dei, XIV, 28: CSEL 40, II, 56
s.
[17] Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium
et spes, 15.
[18] Cfr. Ef. 3, 8; Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre
la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 44; Decr. sobre
la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, 15 y 22.
[19] Cfr. Mt. 19, 4 s.
[20] Cfr. Gén. 1, 26 s.
[21]1 Jn. 4, 8.
[22] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 12.
[23]Ibid., 48.
[24] Cfr. por ej. Os., 2, 21; Jer. 3, 6-13; Is. 54.
[25] Cfr. Ez. 16, 25.
[26] Cfr. Os. 3.
[27] Cfr. Gén. 2, 24; Mt. 19, 5.
[28] Cfr. Ef. 5, 32 s.
[29] Tertuliano, Ad uxorem, II, VIII, 6-8: CCL, I, 393.
[30] Cfr. Conc. Ecum. Trident., Sessio XXIV, can. 1: I. D. Mansi,
Sacrorum Conciliorum Nova et Amplissima Collectio, 33, 149 s.
[31] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 48.
[32] Juan Pablo II, Discurso a los Delegados del "Centre de
Liaison des Equipes de Recherche", 3 (3 de noviembre de 1979):
Insegnamenti di Giovanni Paolo II, II, 2 (1979), 1032.
[33]Ibid., 4: l. c., p. 1032.
[34] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 50.
[35] Cfr. Gén. 2, 24.
[36]Ef. 3, 15.
[37] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 78.
[38] S. Juan Crisóstomo, La Virginidad, X: PG 48, 540.
[39] Cfr. Mt. 22, 30.
[40] Cfr. 1 Cor. 7, 32 s.
[41] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre la adecuada renovación de
la vida religiosa Perfectae caritatis, 12.
[42] Cfr. Pío XII, Cart. Enc. Sacra virginitas, II: AAS 46
(1954), 174 ss.
[43] Cfr. Juan Pablo II, Carta Novo incipiente, 9 (8 de abril de
1979): AAS 71 (1979), 410 s.
[44]Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 48.
[45]Juan Pablo II, Cart. Enc. Redemptor hominis, 10: AAS 71
(1979), 274.
[46]Mt. 19, 6; cfr. Gén. 2, 24.
[47]Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los esposos, 4 (Kinshasa, 3
de mayo de 1980): AAS 72 (1980), 426 s.
[48]Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium
et spes, 49; cfr. Juan Pablo II. Discurso a los esposos, 4
(Kinshasa, 3 de mayo de 1980): l. c.
[49]Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 48.
[50]Cfr. Ef. 5, 25.
[51]Cfr. Mt. 19, 8.
[52]Ap. 3, 14.
[53]Cfr. 2 Cor. 1, 20.
[54]Cfr. Jn. 13, 1.
[55]Mt. 19, 6.
[56]Rom. 8, 29.
[57]Summa Theologiae, IIa - IIae, 14, 2, ad 4.
[58]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 11; cfr. Decr. sobre el apostolado de los seglares
Apostolicam actuositatem, 11.
[59]Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 52.
[60]Cfr. Ef. 6, 1-4; Col. 3, 20 s.
[61]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 48.
[62]Jn. 17, 21.
[63]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 24.
[64]Gén. 1, 27.
[65]Gal. 3, 26.28.
[66]Cfr. Juan Pablo II, Cart. Enc. Laborem exercens, 19: AAS 73
(1981), 625.
[67]Gén. 2, 18.
[68]Ibid., 2, 23.
[69]S. Ambrosio, Exameron, V, 7, 19: CSEL 32, I, 154.
[70]Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 9: AAS 60 (1968), 486.
[71]Cfr. Ef. 5, 25.
[72]Cfr. Juan Pablo II, Homilía a los fieles de Terni, 3-5 (19
de marzo de 1981): AAS 73 (1981), 268-271.
[73]Cfr. Ef. 3, 15.
[74]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 52.
[75]Lc. 18, 16; cfr. Mt. 19, 14; Mc. 10, 14.
[76]Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea General de las
Naciones Unidas, 21 (2 de octubre de 1979): AAS 71 (1979), 1159.
[77]Lc. 2, 52.
[78]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 48.
[79]Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el "International
Forum on Active Aging", 5 (5 de setiembre de 1980): Insegnamenti
di Giovanni Paolo II, III, 2 (1980), 539.
[80]Gén. 1, 28.
[81]Cfr. Ibid. 5, 1-3.
[82]Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 50.
[83]Propositio 22. La conclusión del n. 11 de la Encíclica
Humanae vitae afirma: "La Iglesia, al exigir que los hombres
observen las normas de la ley natural interpretada por su
constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe
quedar abierto a la transmisión de la vida" ("ut quilibet
matrimonii usus ad vitam humanam procreandam per se destinatus
permaneat"): AAS 60 (1968), 488.
[84]Cfr. 2 Cor. 1, 19; Ap. 3, 14.
[85]Cfr. Mensaje del VI Sínodo de los Obispos a las Familias
cristianas en el mundo contemporáneo, 5 (24 de octubre de 1980):
"L"Osservatore Romano" en lengua española (2 de noviembre de
1980).
[86]Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium
et spes, 51.
[87]Cart. Enc. Humanae vitae, 7: AAS 60 (1968), 485.
[88]Ibid., 12: l. c., 488 s.
[89]Ibid., 14: l. c., 489.
[90]Ibid., 13: l. c., 489.
[91]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, 51.
[92]Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 29: AAS 60 (1968), 501.
[93]Cfr. Ibid., 25: l. c., 498 s.
[94]Ibid., 21: l. c., 496.
[95]Juan Pablo II, Homilía para la clausura del VI Sínodo de los
Obispos, 8 (25 de octubre de 1980): AAS 72 (1980), 1083.
[96]Cfr. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 28: AAS 60 (1968),
501.
[97]Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los Delegados del "Centre de
Liaison des Equipes de Recherche", 9 (3 de noviembre de 1979):
Insegnamenti di Giovanni Paolo II, II, 2 (1979), 1035; cfr.
también Discurso a los Participantes en el Congreso
Internacional de la Familia de Africa y de Europa, 1 s. (15 de
enero de 1981): "L"Osservatore Romano" en lengua española, 1 de
febrero de 1981.
[98]Cart. Enc. Humanae vitae, 25: AAS 60 (1968), 499.
[99]Decl. sobre la educación cristiana de la juventud
Gravissimum educationis, 3.
[100]Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 35.
[101]Santo Tomás de Aquino, Summa contra gentiles, IV, 58.
[102]Decl. sobre la educación cristiana de la juventud
Gravissimum educationis, 2.
[103]Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi, 71: AAS 68 (1976), 60 s.
[104]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la educación
cristiana de la juventud Gravissimum educationis, 3.
[105]Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 11.
[106]Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium
et spes, 52.
[107]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 11.
[108]Rom. 12, 13.
[109]Mt. 10, 42.
[110]Cfr. Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 30.
[111]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la libertad religiosa
Dignitatis humanae, 5.
[112]Cfr. Propositio 42.
[113]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 31.
[114 ] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 11; Decr. sobre el apostolado de los seglares
Apostolicam actuositatem, 11; Juan Pablo II, Homilía para la
apertura del VI Sínodo de los Obispos, 3 (26 de setiembre de
1980): AAS 72 (1980), 1008.
[115]Con. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 11.
[116]Cfr. Ibid., 41.
[117]Act. 4, 32.
[118]Cfr. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 9: AAS 60 (1968),
486 s.
[119]Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium
et spes, 48.
[120]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la divina
revelación Dei Verbum, 1.
[121]Cfr. Rom. 16, 26.
[122]Cfr. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 25: AAS 60 (1968),
498.
[123]Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi 71: AAS 68 (1976), 60 s.
[124]Cfr. Discurso a la III Asamblea General de los Obispos de
América Latina, IV, a (28 de enero de 1979): AAS 71 (1979), 204.
[125]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 35.
[126]Juan Pablo II, Exhort. Ap. Catechesi tradendae, 68: AAS 71
(1979), 1334.
[127]Cfr. Ibid., 36: l. c., 1308.
[128]Cfr. 1 Cor. 12, 4-6; Ef. 4, 12 s.
[129]Mc. 16, 15.
[130]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 11.
[131]Act. 1, 8.
[132]Cfr. 1 Pe. 3, 1 s.
[133]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 35; Decr. sobre el apostolado de los seglares
Apostolicam actuositatem, 11.
[134]Cfr. Act. 18; Rom. 16, 3 s.
[135]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre la actividad
misionera de la Iglesia Ad gentes, 39.
[136]Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 30.
[137]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 10.
[138]Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el
mundo actual Gaudium et spes, 49.
[139]Ibid., 48.
[140]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 41.
[141]Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia
Sacrosanctum Concilium, 59.
[142]Cfr. 1 Pe. 2, 5; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium, 34.
[143]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 34.
[144]Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium,
78.
[145]Cfr. Jn. 19, 34.
[146]N. 25: AAS 60 (1968), 499.
[147]Ef. 2, 4.
[148]Cfr. Juan Pablo II, Cart. Encíclica Dives in misericordia,
13: AAS 72 (1980), 1218 s.
[149]1 Pe. 2, 5.
[150]Mt. 18, 19 s.
[151]Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la educación cristiana de
la juventud Gravissimum educationis, 3; cfr. Juan Pablo II,
Exhort. Ap. Catechesi tradendae, 36: AAS 71 (1979), 1308.
[152]Discurso en la Audiencia general (11 de agosto de 1976):
Insegnamenti di Paolo VI, XIV (1976), 640.
[153]Cfr. Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum
Concilium, 12.
[154]Cfr. Institutio Generalis de Liturgia Horarum, 27.
[155]Pablo VI, Exhort. Ap. Marialis cultus, 52-54: AAS 66
(1974), 160 s.
[156]Juan Pablo II, Discurso en el Santuario de la Mentorella
(29 de octubre de 1978): Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I
(1978), 78 s.
[157]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 4.
[158]Cfr. Juan Pablo I, Discurso a los Obispos de la XII Región
Pastoral de los Estados Unidos de América (21 de setiembre de
1978): AAS 70 (1978), 767.
[159]Rom. 8, 2.
[160]Ibid., 5, 5.
[161]Cfr. Mc. 10, 45.
[162]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia
Lumen gentium, 36.
[163]Decr. sobre el apostolado de los seglares Apostolicam
actuositatem, 8.
[164]Cfr. Mensaje del VI Sínodo de los Obispos a las familias
cristianas en el mundo contemporáneo, 12: "L"Osservatore Romano"
en lengua española (26 de octubre de 1980).
[165]Cfr. Juan Pablo II, Discurso a la III Asamblea General de
los Obispos de América Latina, IV a (28 de enero de 1979): AAS
71 (1979), 204.
[166]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia
Sacrosanctum Concilium, 10.
[167]Cfr. Ordo celebrandi matrimonium, 17.
[168]Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia
Sacrosanctum Concilium, 59.
[169]Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre la adecuada renovación de
la vida religiosa Perfectae caritatis, 12.
[170]N. 3-4 (29 de noviembre del 1980): Insegnamenti di Giovanni
Paolo II, III, 2 (1980), 1453 s.
[171]Pablo VI, Mensaje para la III Jornada de las Comunicaciones
Sociales (7 de abril de 1969): AAS 61 (1969), 455.
[172]Juan Pablo II, Mensaje para la XIV Jornada Mundial de las
Comunicaciones Sociales (1 de mayo del 1980): Insegnamenti di
Giovanni Paolo II, III, I (1980), 1042.
[173]Juan Pablo II, Mensaje para la XV Jornada Mundial de las
Comunicaciones Sociales, 5: "L"Osservatore Romano" en lengua
española, 31 de mayo de 1981.
[174]Ibid.
[175]Pablo VI, Mensaje para la III Jornada de las Comunicaciones
Sociales: AAS 61 (1969), 456.
[176]Ibid.
[177]Mensaje para la XIV Jornada Mundial de las Comunicaciones
Sociales: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, III, 1 (1980),
1044.
[178]Cfr. Pablo VI, Motu Proprio Matrimonia mixta, 4-5: AAS 62
(1970), 257 ss. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en
la reunión plenaria del Secretariado para la Unión de los
Cristianos (13 noviembre de 1981): "L"Osservatore Romano" (14 de
noviembre de 1981).
[179]Instr. In quibus rerum circumstantiis (15 de junio de
1972): AAS 64 (1972), 518-525; Nota del 17 de octubre de 1973:
AAS 65 (1973), 616-619.
[180]Juan Pablo II, Homilía para la clausura del VI Sínodo de
los Obispos, 7 (25 de octubre de 1980): AAS 72 (1980), 1082.
[181]Cfr. Mt. 11, 28. |
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