FAMILIARIS CONSORTIO EXHORTACION APOSTOLICA DE SU SANTIDAD JUAN
PABLO II
AL EPISCOPADO, AL CLERO Y A LOS FIELES DE TODA LA IGLESIA SOBRE
LA MISION DE LA FAMILIA CRISTIANA EN EL MUNDO ACTUAL
INTRODUCCION
La Iglesia al servicio de la familia
El Sínodo de 1980 continuación de los Sínodos anteriores
El bien precioso del matrimonio y de la familia
PRIMERA PARTE: LUCES Y SOMBRAS DE LA FAMILIA EN LA ACTUALIDAD
Necesidad de conocer la situación
Discernimiento evangélico
Situación de la familia en el mundo de hoy
Influjo de la situación en la conciencia de los fieles
Nuestra época tiene necesidad de sabiduría
Gradualidad y conversión
Inculturación
SEGUNDA PARTE: EL DESIGNIO DE DIOS SOBRE EL MATRIMONIO Y LA
FAMILIA
El hombre imagen de Dios Amor
Matrimonio y comunión entre Dios y los hombres
Jesucristo, esposo de la Iglesia, y el sacramento del matrimonio
Los hijos, don preciosísimo del matrimonio
La familia, comunión de personas
Matrimonio y virginidad
TERCERA PARTE: MISION DE LA FAMILIA CRISTIANA
¡Familia, sé lo que eres!
I.- FORMACION DE UNA COMUNIDAD DE PERSONAS
El amor, principio y fuerza de la comunión
Unidad indivisible de la comunión conyugal
Una comunión indisoluble
La más amplia comunión de la familia
Derechos y obligaciones de la mujer
Mujer y sociedad
Ofensas a la dignidad de la mujer
El hombre esposo y padre
Derechos del niño
Los ancianos en familia
II.- SERVICIO A LA VIDA
1) La transmisión de la vida
2) La educación
III.- PARTICIPACION
En el desarrollo de la sociedad
IV.- PARTICIPACION
En la vida y mision de la Iglesia
CUARTA PARTE: PASTORAL FAMILIAR: TIEMPOS, ESTRUCTURAS, AGENTES Y
SITUACIONES
I.- TIEMPOS DE LA PASTORAL FAMILIAR
La Iglesia acompaña a la familia cristiana en su camino
Preparación
Celebración
Celebración del matrimonio y evangelización de los bautizados no
creyentes
Pastoral postmatrimonial
II.- ESTRUCTURAS DE LA PASTORAL FAMILIAR
La comunidad eclesial y la parroquia en particular
La familia
Asociaciones de familias para las familias
III.- AGENTES DE LA PASTORAL FAMILIAR
Obispos y presbíteros
Religiosos y religiosas
Laicos especializados
Destinatarios y agentes de la comunicación social
IV.- LA PASTORAL FAMILIAR EN LOS CASOS DIFICILES
Circunstancias particulares
Matrimonios mixtos
Acción pastoral frente a algunas situaciones irregulares
Los privados de familia
CONCLUSION
INTRODUCCION
LA IGLESIA AL SERVICIO DE LA FAMILIA
1. La familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como
ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones
amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura.
Muchas familias viven esta situación permaneciendo fieles a los
valores que constituyen el fundamento de la institución
familiar. Otras se sienten inciertas y desanimadas de cara a su
cometido, e incluso en estado de duda o de ignorancia respecto
al significado último y a la verdad de la vida conyugal y
familiar. Otras, en fin, a causa de diferentes situaciones de
injusticia se ven impedidas para realizar sus derechos
fundamentales.
La Iglesia, consciente de que el matrimonio y la familia
constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad,
quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que,
conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de
vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la
incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel
que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el
propio proyecto familiar. Sosteniendo a los primeros, iluminando
a los segundos y ayudando a los demás, la Iglesia ofrece su
servicio a todo hombre preocupado por los destinos del
matrimonio y de la familia[1].
De manera especial se dirige a los jóvenes que están para
emprender su camino hacia el matrimonio y la familia, con el fin
de abrirles nuevos horizontes, ayudándoles a descubrir la
belleza y la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la
vida.
EL SINODO DE 1980 CONTINUACION DELOS SINODOS ANTERIORES
2. Una señal de este profundo interés de la Iglesia por la
familia ha sido el último Sínodo de los Obispos, celebrado en
Roma del 26 de setiembre al 25 de octubre de 1980. Fue
continuación natural de los anteriores[2]. En efecto, la familia
cristiana es la primera comunidad llamada a anunciar el
Evangelio a la persona humana en desarrollo y a conducirla a la
plena madurez humana y cristiana, mediante una progresiva
educación y catequesis.
Es más, el reciente Sínodo conecta idealmente, en cierto
sentido, con el que abordó el tema del sacerdocio ministerial y
de la justicia en el mundo contemporáneo. Efectivamente, en
cuanto comunidad educativa, la familia debe ayudar al hombre a
discernir la propia vocación y a poner todo el empeño necesario
en orden a una mayor justicia, formándolo desde el principio
para unas relaciones interpersonales ricas en justicia y amor.
Los Padres Sinodales, al concluir su Asamblea, me presentaron
una larga lista de propuestas, en las que recogían los frutos de
las reflexiones hechas durante las intensas jornadas de trabajo,
a la vez que me pedían, con voto unánime, que me hiciera
intérprete ante la humanidad de la viva solicitud de la Iglesia
en favor de la familia, dando oportunas indicaciones para un
renovado empeño pastoral en este sector fundamental de la vida
humana y eclesial.
Al recoger tal deseo mediante la presente Exhortación, como una
actuación peculiar del ministerio apostólico que se me ha
encomendado, quiero expresar mi gratitud a todos los miembros
del Sínodo por la preciosa contribución en doctrina y
experiencia que han ofrecido, sobre todo con sus "propositiones",
cuyo texto he confiado al Pontificio Consejo para la Familia,
disponiendo que haga un estudio profundo de las mismas, a fin de
valorizar todos los aspectos de las riquezas allí contenidas.
EL BIEN PRECIOSO DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA
3. La Iglesia, iluminada por la fe, que le da a conocer toda la
verdad acerca del bien precioso del matrimonio y de la familia y
acerca de sus significados más profundos, siente una vez más el
deber de anunciar el Evangelio, esto es, la "buena nueva", a
todos indistintamente, en particular a aquellos que son llamados
al matrimonio y se preparan para él, a todos los esposos y
padres del mundo.
Está íntimamente convencida de que sólo con la aceptación del
Evangelio se realiza de manera plena toda esperanza puesta
legítimamente en el matrimonio y en la familia.
Queridos por Dios con la misma creación[3], matrimonio y familia
están internamente ordenados a realizarse en Cristo[4] y tienen
necesidad de su gracia para ser curados de las heridas del
pecado[5] y ser devueltos "a su principio"[6], es decir, al
conocimiento pleno y a la realización integral del designio de
Dios.
En un momento histórico en que la familia es objeto de muchas
fuerzas que tratan de destruirla o deformarla, la Iglesia,
consciente de que el bien de la sociedad y de sí misma está
profundamente vinculado al bien de la familia[7], siente de
manera más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el
designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, asegurando su
plena vitalidad, así como su promoción humana y cristiana,
contribuyendo de este modo a la renovación de la sociedad y del
mismo Pueblo de Dios.
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PRIMERA PARTE:
LUCES Y SOMBRAS DE LA FAMILIA EN LA ACTUALIDAD
NECESIDAD DE CONOCER LA SITUACION
4. Dado que los designios de Dios sobre el matrimonio y la
familia afectan al hombre y a la mujer en su concreta existencia
cotidiana, en determinadas situaciones sociales y culturales, la
Iglesia, para cumplir su servicio, debe esforzarse por conocer
el contexto dentro del cual matrimonio y familia se realiza
hoy[8].
Este conocimiento constituye consiguientemente una exigencia
imprescindible de la tarea evangelizadora. En efecto, es a las
familias de nuestro tiempo a las que la Iglesia debe llevar el
inmutable y siempre nuevo Evangelio de Jesucristo; y son a su
vez las familias, implicadas en las presentes condiciones del
mundo, las que están llamadas a acoger y a vivir el proyecto de
Dios sobre ellas. Es más, las exigencias y llamadas del Espíritu
Santo resuenan también en los acontecimientos mismos de la
historia, y por tanto la Iglesia puede ser guiada a una
comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio
y de la familia, incluso por las situaciones, interrogantes,
ansias y esperanzas de los jóvenes, de los esposos y de los
padres de hoy[9].
A esto hay que añadir una ulterior reflexión de especial
importancia en los tiempos actuales. No raras veces al hombre y
a la mujer de hoy día, que están en búsqueda sincera y profunda
de una respuesta a los problemas cotidianos y graves de su vida
matrimonial y familiar, se les ofrecen perspectivas y propuestas
seductoras, pero que en diversa medida comprometen la verdad y
la dignidad de la persona humana. Se trata de un ofrecimiento
sostenido con frecuencia por una potente y capilar organización
de los medios de comunicación social que ponen sutilmente en
peligro la libertad y la capacidad de juzgar con objetividad.
Muchos son conscientes de este peligro que corre la persona
humana y trabajan en favor de la verdad. La Iglesia, con su
discernimiento evangélico, se une a ellos, poniendo a
disposición su propio servicio a la verdad, libertad y dignidad
de todo hombre y mujer.
DISCENIMIENTO EVANGELICO
5. El discernimiento hecho por la Iglesia se convierte en el
ofrecimiento de una orientación, a fin de que se salve y realice
la verdad y la dignidad plena del matrimonio y de la familia.
Tal discernimiento se lleva a cabo con el sentido de la fe[10]
que es un don participado por el Espíritu Santo a todos los
fieles[11]. Es por tanto obra de toda la Iglesia, según la
diversidad de los diferentes dones y carismas que junto y según
la responsabilidad propia de cada uno, cooperan para un más
hondo conocimiento y actuación de la Palabra de Dios. La
Iglesia, consiguientemente, no lleva a cabo el propio
discernimiento evangélico únicamente por medio de los Pastores,
quienes enseñan en nombre y con el poder de Cristo, sino también
por medio de los seglares: Cristo "los constituye sus testigos y
les dota del sentido de la fe y de la gracia de la palabra (cfr.
Act. 2, 17-18; Ap. 19, 10) para que la virtud del evangelio
brille en la vida diaria familiar y social"[12]. Más aún, los
seglares por razón de su vocación particular tienen el cometido
específico de interpretar a la luz de Cristo la historia de este
mundo, en cuanto que están llamados a iluminar y ordenar todas
las realidades temporales según el designio de Dios Creador y
Redentor.
El "sentido sobrenatural de la fe"[13] no consiste sin embargo
única o necesariamente en el consentimiento de los fieles. La
Iglesia, siguiendo a Cristo, busca la verdad que no siempre
coincide con la opinión de la mayoría. Escucha a la conciencia y
no al poder, en lo cual defiende a los pobres y despreciados. La
Iglesia puede recurrir también a la investigación sociológica y
estadística, cuando se revele útil para captar el contexto
histórico dentro del cual la acción pastoral debe desarrollarse
y para conocer mejor la verdad; no obstante tal investigación
por sí sola no debe considerarse, sin más, expresión del sentido
de la fe.
Dado que es cometido del ministerio apostólico asegurar la
permanencia de la Iglesia en la verdad de Cristo e introducirla
en ella cada vez más profundamente, los Pastores deben promover
el sentido de la fe en todos los fieles, valorar y juzgar con
autoridad la genuidad de sus expresiones, educar a los creyentes
para un discernimiento evangélico cada vez más maduro[14].
Para hacer un auténtico discernimiento evangélico en las
diversas situaciones y culturas en que el hombre y la mujer
viven su matrimonio y su vida familiar, los esposos y padres
cristianos pueden y deben ofrecer su propia e insustituible
contribución. A este cometido les habilita su carisma y don
propio, el don del sacramento del matrimonio[15].
SITUACION DE LA FAMILIA EN EL MUNDO DE HOY
6. La situación en que se halla la familia presenta aspectos
positivos y aspectos negativos: signo, los unos, de la salvación
de Cristo operante en el mundo; signo, los otros, del rechazo
que el hombre opone al amor de Dios.
En efecto, por una parte existe una conciencia más viva de la
libertad personal y una mayor atención a la calidad de las
relaciones interpersonales en el matrimonio, a la promoción de
la dignidad de la mujer, a la procreación responsable, a la
educación de los hijos; se tiene además conciencia de la
necesidad de desarrollar relaciones entre las familias, en orden
a una ayuda recíproca espiritual y material, al conocimiento de
la misión eclesial propia de la familia, a su responsabilidad en
la construcción de una sociedad más justa. Por otra parte no
faltan, sin embargo, signos de preocupante degradación de
algunos valores fundamentales: una equivocada concepción teórica
y práctica de la independencia de los cónyuges entre sí; las
graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre
padres e hijos; las dificultades concretas que con frecuencia
experimenta la familia en la transmisión de los valores; el
número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el
recurso cada vez más frecuente a la esterilización, la
instauración de una verdadera y propia mentalidad
anticoncepcional.
En la base de estos fenómenos negativos está muchas veces una
corrupción de la idea y de la experiencia de la libertad,
concebida no como la capacidad de realizar la verdad del
proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia, sino como una
fuerza autónoma de autoafirmación, no raramente contra los
demás, en orden al propio bienestar egoísta.
Merece también nuestra atención el hecho de que en los Países
del llamado Tercer Mundo a las familias les faltan muchas veces
bien sea los medios fundamentales para la supervivencia como son
el alimento, el trabajo, la vivienda, las medicinas, bien sea
las libertades más elementales. En cambio, en los Países más
ricos, el excesivo bienestar y la mentalidad consumística,
paradójicamente unida a una cierta angustia e incertidumbre ante
el futuro, quitan a los esposos la generosidad y la valentía
para suscitar nuevas vidas humanas; y así la vida en muchas
ocasiones no se ve ya como una bendición, sino como un peligro
del que hay que defenderse.
La situación histórica en que vive la familia se presenta pues
como un conjunto de luces y sombras.
Esto revela que la historia no es simplemente un progreso
necesario hacia lo mejor, sino más bien un acontecimiento de
libertad, más aún, un combate entre libertades que se oponen
entre sí, es decir, según la conocida expresión de San Agustín,
un conflicto entre dos amores: el amor de Dios llevado hasta el
desprecio de sí, y el amor de sí mismo llevado hasta el
desprecio de Dios[16].
Se sigue de ahí que solamente la educación en el amor enraizado
en la fe puede conducir a adquirir la capacidad de interpretar
los "signos de los tiempos", que son la expresión histórica de
este doble amor.
INFLUJO DE LA SITUACION EN LA CONCIENCIA
7. Viviendo en un mundo así, bajo las presiones derivadas sobre
todo de los medios de comunicación social, los fieles no siempre
han sabido ni saben mantenerse inmunes del oscurecerse de los
valores fundamentales y colocarse como conciencia crítica de
esta cultura familiar y como sujetos activos de la construcción
de un auténtico humanismo familiar.
Entre los signos más preocupantes de este fenómeno, los Padres
Sinodales han señalado en particular la facilidad del divorcio y
del recurso a una nueva unión por parte de los mismos fieles; la
aceptación del matrimonio puramente civil, en contradicción con
la vocación de los bautizados a "desposarse en el Señor"; la
celebración del matrimonio sacramento no movidos por una fe
viva, sino por otros motivos; el rechazo de las normas morales
que guían y promueven el ejercicio humano y cristiano de la
sexualidad dentro del matrimonio.
NUESTRA EPOCA TIENE NECESIDAD DE SABIDURIA
8. Se plantea así a toda la Iglesia el deber de una reflexión y
de un compromiso profundos, para que la nueva cultura que está
emergiendo sea íntimamente evangelizada, se reconozcan los
verdaderos valores, se defiendan los derechos del hombre y de la
mujer y se promueva la justicia en las estructuras mismas de la
sociedad. De este modo el "nuevo humanismo" no apartará a los
hombres de su relación con Dios, sino que los conducirá a ella
de manera más plena.
En la construcción de tal humanismo, la ciencia y sus
aplicaciones técnicas ofrecen nuevas e inmensas posibilidades.
Sin embargo, la ciencia, como consecuencia de las opciones
políticas que deciden su dirección de investigación y sus
aplicaciones, se usa a menudo contra su significado original, la
promoción de la persona humana.
Se hace pues necesario recuperar por parte de todos la
conciencia de la primacía de los valores morales, que son los
valores de la persona humana en cuanto tal. Volver a comprender
el sentido último de la vida y de sus valores fundamentales es
el gran e importante cometido que se impone hoy día para la
renovación de la sociedad. Sólo la conciencia de la primacía de
éstos permite un uso de las inmensas posibilidades, puestas en
manos del hombre por la ciencia; un uso verdaderamente orientado
como fin a la promoción de la persona humana en toda su verdad,
en su libertad y dignidad. La ciencia está llamada a ser aliada
de la sabiduría.
Por tanto se pueden aplicar también a los problemas de la
familia las palabras del Concilio Vaticano II: "Nuestra época,
más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para
humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El
destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres
más instruidos en esta sabiduría"[17].
La educación de la conciencia moral que hace a todo hombre capaz
de juzgar y de discernir los modos adecuados para realizarse
según su verdad original, se convierte así en una exigencia
prioritaria e irrenunciable.
Es la alianza con la Sabiduría divina la que debe ser más
profundamente reconstituida en la cultura actual. De tal
Sabiduría todo hombre ha sido hecho partícipe por el mismo gesto
creador de Dios. Y es únicamente en la fidelidad a esta alianza
como las familias de hoy estarán en condiciones de influir
positivamente en la construcción de un mundo más justo y
fraterno.
GRADUALIDAD Y CONVERSION
9. A la injusticia originada por el pecado -que ha penetrado
profundamente también en las estructuras del mundo de hoy- y que
con frecuencia pone obstáculos a la familia en la plena
realización de sí misma y de sus derechos fundamentales, debemos
oponernos todos con una conversión de la mente y del corazón,
siguiendo a Cristo Crucificado en la renuncia al propio egoísmo:
semejante conversión no podrá dejar de ejercer una influencia
beneficiosa y renovadora incluso en las estructuras de la
sociedad.
Se pide una conversión continua, permanente, que, aunque exija
el alejamiento interior de todo mal y la adhesión al bien en su
plenitud, se actúa sin embargo concretamente con pasos que
conducen cada vez más lejos. Se desarrolla así un proceso
dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración
de los dones de Dios y de las exigencias de su amor definitivo y
absoluto en toda la vida personal y social del hombre. Por esto
es necesario un camino pedagógico de crecimiento con el fin de
que los fieles, las familias y los pueblos, es más, la misma
civilización, partiendo de lo que han recibido ya del misterio
de Cristo sean conducidos pacientemente más allá hasta llegar a
un conocimiento más rico y a una integración más plena de este
misterio en su vida.
INCULTURACION
10. Está en conformidad con la tradición constante de la Iglesia
el aceptar de las culturas de los pueblos, todo aquello que está
en condiciones de expresar mejor las inagotables riquezas de
Cristo[18]. Sólo con el concurso de todas las culturas, tales
riquezas podrán manifestarse cada vez más claramente y la
Iglesia podrá caminar hacia un conocimiento cada día más
completo y profundo de la verdad, que le ha sido dada ya
enteramente por su Señor.
Teniendo presente el doble principio de la compatibilidad con el
Evangelio de las varias culturas a asumir y de la comunión con
la Iglesia Universal se deberá proseguir en el estudio, en
especial por parte de las Conferencias Episcopales y de los
Dicasterios competentes de la Curia Romana, y en el empeño
pastoral para que esta "inculturación" de la fe cristiana se
lleve a cabo cada vez más ampliamente, también en el ámbito del
matrimonio y de la familia.
Es mediante la "inculturación" como se camina hacia la
reconstitución plena de la alianza con la Sabiduría de Dios que
es Cristo mismo. La Iglesia entera quedará enriquecida también
por aquellas culturas que, aun privadas de tecnología, abundan
en sabiduría humana y están vivificadas por profundos valores
morales.
Para que sea clara la meta y, consiguientemente, quede indicado
con seguridad el camino, el Sínodo justamente ha considerado a
fondo en primer lugar el proyecto original de Dios acerca del
matrimonio y de la familia: ha querido "volver al principio",
siguiendo las enseñanzas de Cristo[19].
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SEGUNDA PARTE:
EL DESIGNIO DE DIOS SOBRE EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA
EL HOMBRE IMAGEN DE DIOS AMOR
11. Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza[20]:
llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo
tiempo al amor.
Dios es amor[21] y vive en sí mismo un misterio de comunión
personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola
continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del
hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la
capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión[22]. El
amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser
humano.
En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en
el cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre está
llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca
también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor
espiritual.
La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar
integralmente la vocación de la persona humana al amor: el
Matrimonio y la Virginidad. Tanto el uno como la otra, en su
forma propia, son una concretización de la verdad más profunda
del hombre, de su "ser imagen de Dios".
En consecuencia, la sexualidad, mediante la cual el hombre y la
mujer se dan uno a otro con los actos propios y exclusivos de
los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al
núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se
realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte
integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen
totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total
sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la
que está presente toda la persona incluso en su dimensión
temporal; si la persona se reservase algo o la posibilidad de
decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría
totalmente.
Esta totalidad, exigida por el amor conyugal, corresponde
también con las exigencias de una fecundidad responsable, la
cual, orientada a engendrar una persona humana, supera por su
naturaleza el orden puramente biológico y toca una serie de
valores personales, para cuyo crecimiento armonioso es necesaria
la contribución perdurable y concorde de los padres.
El único "lugar" que hace posible esta donación total es el
matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o elección
consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la
comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo[23], que
sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado. La
institución matrimonial no es una ingerencia indebida de la
sociedad o de la autoridad ni la imposición intrínseca de una
forma, sino exigencia interior del pacto de amor conyugal que se
confirma públicamente como único y exclusivo, para que sea
vivida así la plena fidelidad al designio de Dios Creador. Esta
fidelidad, lejos de rebajar la libertad de la persona, la
defiende contra el subjetivismo y relativismo, y la hace
partícipe de la Sabiduría creadora.
MATRIMONIO Y COMUNION ENTRE DIOS Y LOS HOMBRES
12. La comunión de amor entre Dios y los hombres, contenido
fundamental de la Revelación y de la experiencia de fe de
Israel, encuentra una significativa expresión en la alianza
esponsal que se establece entre el hombre y la mujer.
Por esta razón, la palabra central de la Revelación, "Dios ama a
su pueblo", es pronunciada a través de las palabras vivas y
concretas con que el hombre y la mujer se declaran su amor
conyugal.
Su vínculo de amor se convierte en imagen y símbolo de la
Alianza que une a Dios con su pueblo[24]. El mismo pecado que
puede atentar contra el pacto conyugal se convierte en imagen de
la infidelidad del pueblo a su Dios: la idolatría es
prostitución[25], la infidelidad es adulterio, la desobediencia
a la ley es abandono del amor esponsal del Señor. Pero la
infidelidad de Israel no destruye la fidelidad eterna del Señor
y por tanto el amor siempre fiel de Dios se pone como ejemplo de
las relaciones de amor fiel que deben existir entre los
esposos[26].
JESUCRISTO, ESPOSO DE LA IGLESIA, Y EL SACRAMENTODEL MATRIMONIO
13. La comunión entre Dios y los hombres halla su cumplimiento
definitivo en Cristo Jesús, el Esposo que ama y se da como
Salvador de la humanidad, uniéndola a sí como su cuerpo.
El revela la verdad original del matrimonio, la verdad del
"principio"[27] y, liberando al hombre de la dureza del corazón,
lo hace capaz de realizarla plenamente.
Esta revelación alcanza su plenitud definitiva en el don de amor
que el Verbo de Dios hace a la humanidad asumiendo la naturaleza
humana, y en el sacrificio que Jesucristo hace de sí mismo en la
cruz por su Esposa, la Iglesia. En este sacrificio se desvela
enteramente el designio que Dios ha impreso en la humanidad del
hombre y de la mujer desde su creación[28]; el matrimonio de los
bautizados se convierte así en el símbolo real de la nueva y
eterna Alianza, sancionada con la sangre de Cristo. El Espíritu
que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la
mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal
alcanza de este modo la plenitud a la que está ordenado
interiormente, la caridad conyugal, que es el modo propio y
específico con que los esposos participan y están llamados a
vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la cruz.
En una página justamente famosa, Tertuliano ha expresado
acertadamente la grandeza y belleza de esta vida conyugal en
Cristo: "¿Cómo lograré exponer la felicidad de ese matrimonio
que la Iglesia favorece, que la ofrenda eucarística refuerza,
que la bendición sella, que los ángeles anuncian y que el Padre
ratifica?... Qué yugo el de los dos fieles unidos en una sola
esperanza, en un solo propósito, en una sola observancia, en una
sola servidumbre! Ambos son hermanos y los dos sirven juntos; no
hay división ni en la carne ni en el espíritu. Al contrario, son
verdaderamente dos en una sola carne y donde la carne es única,
único es el espíritu"[29].
La Iglesia, acogiendo y meditando fielmente la Palabra de Dios,
ha enseñado solemnemente y enseña que el matrimonio de los
bautizaos es uno de los siete sacramentos de la Nueva
Alianza[30].
En efecto, mediante el bautismo, el hombre y la mujer con
inseridos definitivamente en la Nueva y Eterna Alianza, en la
Alianza esponsal de Cristo con la Iglesia. Y debido a esta
inserción indestructible, la comunidad íntima de vida y de amor
conyugal, fundada por el Creador[31], es elevada y asumida en la
caridad esponsal de Cristo, sostenida y enriquecida por su
fuerza redentora.
En virtud de la sacramentalidad de su matrimonio, los esposos
quedan vinculados uno a otro de la manera más profundamente
indisoluble. Su recíproca pertenencia es representación real,
mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo
con la Iglesia.
Los esposos son por tanto el recuerdo permanente, para la
Iglesia, de lo que acaeció en la cruz; son el uno para el otro y
para los hijos, testigos de la salvación, de la que el
sacramento les hace partícipes. De este acontecimiento de
salvación el matrimonio, como todo sacramento, es memorial,
actualización y profecía; "en cuanto memorial, el sacramento les
da la gracia y el deber de recordar las obras grandes de Dios,
así como de dar testimonio de ellas ante los hijos; en cuanto
actualización les da la gracia y el deber de poner por obra en
el presente, el uno hacia el otro y hacia los hijos, las
exigencias de un amor que perdona y que redime; en cuanto
profecía les da la gracia y el deber de vivir y de testimoniar
la esperanza del futuro encuentro con Cristo"[32].
Al igual que cada uno de los siete sacramentos, el Matrimonio es
también un símbolo real del acontecimiento de la salvación, pero
de modo propio. "Los esposos participan en cuanto esposos, los
dos, como pareja, hasta tal punto que el efecto primario e
inmediato del matrimonio (res et sacramentum) no es la gracia
sobrenatural misma, sino el vínculo conyugal cristiano, una
comunión en dos típicamente cristiana, porque representa el
misterio de la Encarnación de Cristo y su misterio de Alianza.
El contenido de la participación en la vida de Cristo es también
específico: el amor conyugal comporta una totalidad en la que
entran todos los elementos de la persona -reclamo del cuerpo y
del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad,
aspiración del espíritu y de la voluntad-; mira a una unidad
profundamente personal que, más allá de la unión en una sola
carne, conduce a no hacer más que un solo corazón y una sola
alma; exige la indisolubilidad y fidelidad de la donación
recíproca definitiva y se abre a la fecundidad (cfr. Humanae
vitae, 9). En una palabra, se trata de características normales
de todo amor conyugal natural, pero con un significado nuevo que
no sólo las purifica y consolida, sino que las eleva hasta el
punto de hacer de ellas la expresión de valores propiamente
cristianos"[33].
LOS HIJOS, DON PRECIOSISIMO DEL MATRIMONIO
14. Según el designio de Dios, el matrimonio es el fundamento de
la comunidad más amplia de la familia, ya que la institución
misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la
procreación y educación de la prole, en la que encuentran su
coronación[34].
En su realidad más profunda, el amor es esencialmente don y el
amor conyugal, a la vez que conduce a los esposos al recíproco
"conocimiento" que les hace "una sola carne"[35], no se agota
dentro de la pareja, ya que los hace capaces de la máxima
donación posible, por la cual se convierten en cooperadores de
Dios en el don de la vida a una nueva persona humana. De este
modo los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de
sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente de su amor,
signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e
inseparable del padre y de la madre.
Al hacerse padres, los esposos reciben de Dios el don de una
nueva responsabilidad. Su amor paterno está llamado a ser para
los hijos el signo visible del mismo amor de Dios, "del que
proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra"[36].
Sin embargo, no se debe olvidar que incluso cuando la
procreación no es posible, no por esto pierde su valor la vida
conyugal. La esterilidad física, en efecto, puede dar ocasión a
los esposos para otros servicios importantes a la vida de la
persona humana, como por ejemplo la adopción, las diversas
formas de obras educativas, la ayuda a otras familias, a los
niños pobres o minusválidos.
LA FAMILIA, COMUNION DE PERSONAS
15. En el matrimonio y en la familia se constituye un conjunto
de relaciones interpersonales -relación conyugal,
paternidad-maternidad, filiación, fraternidad- mediante las
cuales toda persona humana queda introducida en la "familia
humana" y en la "familia de Dios", que es la Iglesia.
El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia; en
efecto, dentro de la familia la persona humana no sólo es
engendrada y progresivamente introducida, mediante la educación,
en la comunidad humana, sino que mediante la regeneración por el
bautismo y la educación en la fe, es introducida también en la
familia de Dios, que es la Iglesia.
La familia humana, disgregada por el pecado, queda reconstituida
en su unidad por la fuerza redentora de la muerte y resurrección
de Cristo[37]. El matrimonio cristiano, partícipe de la eficacia
salvífica de este acontecimiento, constituye el lugar natural
dentro del cual se lleva a cabo la inserción de la persona
humana en la gran familia de la Iglesia.
El mandato de crecer y multiplicarse, dado al principio al
hombre y la mujer, alcanza de este modo su verdad y realización
plenas.
La Iglesia encuentra así en la familia, nacida del sacramento,
su cuna y el lugar donde puede actuar la propia inserción en las
generaciones humanas, y éstas, a su vez, en la Iglesia.
MATRIMONIO Y VIRGINIDAD
16. La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no
contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y
la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de
expresar y de vivir el único Misterio de la Alianza de Dios con
su pueblo. Cuando no se estima el matrimonio, no puede existir
tampoco la virginidad consagrada; cuando la sexualidad humana no
se considera un gran valor donado por el Creador, pierde
significado la renuncia por el Reino de los cielos.
En efecto, dice acertadamente San Juan Crisóstomo: "Quien
condena el matrimonio, priva también la virginidad de su gloria;
en cambio, quien lo alaba, hace la virginidad más admirable y
luminosa. Lo que aparece un bien solamente en comparación con un
mal, no es un gran bien; pero lo que es mejor aún que bienes por
todos considerados tales, es ciertamente un bien en grado
superlativo"[38].
En la virginidad el hombre está a la espera, incluso
corporalmente, de las bodas escatológicas de Cristo con la
Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia con la esperanza de que
Cristo se de a ésta en la plena verdad de la vida eterna. La
persona virgen anticipa así en su carne el mundo nuevo de la
resurrección futura[39].
En virtud de este testimonio, la virginidad mantiene viva en la
Iglesia la conciencia del misterio del matrimonio y lo defiende
de toda reducción y empobrecimiento.
Haciendo libre de modo especial el corazón del hombre[40],
"hasta encenderlo mayormente de caridad hacia Dios y hacia todos
los hombres"[41], la virginidad testimonia que el Reino de Dios
y su justicia con la perla preciosa que se debe preferir a
cualquier otro valor aunque sea grande, es más, que hay que
buscarlo como el único valor definitivo. Por esto, la Iglesia,
durante toda su historia, ha defendido siempre la superioridad
de este carisma frente al del matrimonio, por razón del vínculo
singular que tiene con el Reino de Dios[42].
Aun habiendo renunciado a la fecundidad física, la persona
virgen se hace espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos,
cooperando a la realización de la familia según el designio de
Dios.
Los esposos cristianos tiene pues el derecho de esperar de las
personas vírgenes el buen ejemplo y el testimonio de la
fidelidad a su vocación hasta la muerte. Así como para los
esposos la fidelidad se hace a veces difícil y exige sacrificio,
mortificación y renuncia de sí, así también puede ocurrir a las
personas vírgenes. La fidelidad de éstas incluso ante eventuales
pruebas, debe edificar la fidelidad de aquellos[43].
Estas reflexiones sobre la virginidad pueden iluminar y ayudar a
aquellos que por motivos independientes de su voluntad no han
podido casarse y han aceptado posteriormente su situación en
espíritu de servicio.
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TERCERA PARTE:
MISION DE LA FAMILIA CRISTIANA
¡Familia, sé lo que eres!
17. En el designio de Dios Creador y Redentor la familia
descubre no sólo su "identidad", lo que "es", sino también su
"misión", lo que puede y debe "hacer". El cometido, que ella por
vocación de Dios está llamada a desempeñar en la historia, brota
de su mismo ser y representa su desarrollo dinámico y
existencial. Toda familia descubre y encuentra en sí misma la
llamada imborrable, que define a la vez su dignidad y su
responsabilidad: familia, ¡"sé" lo que "eres"!
Remontarse al "principio" del gesto creador de Dios es una
necesidad para la familia, si quiere conocerse y realizarse
según la verdad interior no sólo de su ser, sino también de su
actuación histórica. Y dado que, según el designio divino, está
constituido como "íntima comunidad de vida y de amor"[44], la
familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir,
comunidad de vida y amor, en una tensión que, al igual que para
toda realidad creada y redimida, hallará su cumplimiento en el
Reino de Dios. En una perspectiva que además llega a las raíces
mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y el
cometido de la familia son definidos en última instancia por el
amor. Por esto la familia recibe la misión de custodiar, revelar
y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del
amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la
Iglesia su esposa.
Todo cometido particular de la familia es la expresión y la
actuación concreta de tal misión fundamental. Es necesario por
tanto penetrar más a fondo en la singular riqueza de la misión
de la familia y sondear sus múltiples y unitarios contenidos.
En este sentido, partiendo del amor y en constante referencia a
él, el reciente Sínodo ha puesto de relieve cuatro cometidos
generales de la familia:
1) formación de una comunidad de personas;
2) servicio a la vida;
3) participación en el desarrollo de la sociedad;
4) participación en la vida y misión de la Iglesia.
I.- FORMACION DE UNA COMUNIDAD DE PERSONAS
El amor, principio y fuerza de la comunión
18. La familia, fundada y vivificada por el amor, es una
comunidad de personas: del hombre y de la mujer esposos, de los
padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es
el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño
constante de desarrollar una auténtica comunidad de personas.
El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de
tal cometido es el amor: así como sin el amor la familia no es
una comunidad de personas, así también sin el amor la familia no
puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas.
Cuanto he escrito en la Encíclica Redemptor hominis encuentra su
originalidad y aplicación privilegiada precisamente en la
familia en cuanto tal: "El hombre no puede vivir sin amor.
Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está
privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se
encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio,
si no participa en él vivamnte"[45].
El amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma
derivada y más amplia, el amor entre los miembros de la misma
familia -entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, entre
parientes y familiares- está animado e impulsado por un
dinamismo interior e incesante que conduce la familia a una
comunión cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de
la comunidad conyugal y familia.
Unidad indivisible de la comunión conyugal
19. La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla
entre los cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el
hombre y la mujer "no son ya dos, sino una sola carne"[46] y
están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de
la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca
donación total.
Esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento
natural que existe entre el hombre y la mujer y se alimenta
mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo
su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por esto tal
comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente
humana. Pero, en Cristo Señor, Dios asume esta exigencia humana,
la confirma, la purifica y la eleva conduciéndola a perfección
con el sacramento del matrimonio: el Espíritu Santo infundido en
la celebración sacramental ofrece a los esposos cristianos el
don de una comunión nueva de amor, que es imagen viva y real de
la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible
Cuerpo místico del Señor Jesús.
El don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los
esposos cristianos y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin
de que cada día progresen hacia una unión cada vez más rica
entre ellos, a todos los niveles -del cuerpo, del carácter, del
corazón, de la inteligencia y voluntad, del alma[47]-, revelando
así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor, donada
por la gracia de Cristo.
Semejante comunión queda radicalmente contradicha por la
poligamia; ésta, en efecto, niega directamente el designio de
Dios tal como es revelado desde los orígenes, porque es
contraria a la igual dignidad personal del hombre y de la mujer,
que en el matrimonio se dan con un amor total y por lo mismo
único y exclusivo. Así lo dice el Concilio Vaticano II: "La
unidad matrimonial confirmada por el Señor aparece de modo claro
incluso por la igual dignidad personal del hombre y de la mujer,
que debe ser reconocida en el mutuo y pleno amor"[48].
Una comunión indisoluble
20. La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su unidad,
sino también por su indisolubilidad: "Esta unión íntima, en
cuanto donación mutua de dos personas, lo mismo que el bien de
los hijos, exigen la plena fidelidad de los cónyuges y reclaman
su indisoluble unidad"[49].
Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza -como
han hecho los Padres del Sínodo- la doctrina de la
indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días,
consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona
por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que
rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa
abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es
necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor
conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza[50].
Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y
exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del
matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha
manifestado en su Revelación: El quiere y da la indisolubilidad
del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor
absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús
vive hacia su Iglesia.
Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito
en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del
sacramento del matrimonio ofrece un "corazón nuevo": de este
modo los cónyuges no sólo pueden superar la "dureza de
corazón"[51], sino que también y principalmente pueden compartir
el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza
hecha carne. Así como el Señor Jesús es el "testigo fiel"[52],
es el "sí" de las promesas de Dios[53] y consiguientemente la
realización suprema de la fidelidad incondicional con la que
Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están
llamados a participar realmente en la indisolubilidad
irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada
por él hasta el fin[54].
El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento
para los esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles
entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en generosa
obediencia a la santa voluntad del Señor: "lo que Dios ha unido,
no lo separe el hombre"[55].
Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y
fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y
urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo. Por esto,
junto con todos los Hermanos en el Episcopado que han tomado
parte en el Sínodo de los Obispos, alabo y aliento a las
numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades,
conservan y desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen
así, de manera útil y valiente, el cometido a ellas confiado de
ser un "signo" en el mundo -un signo pequeño y precioso, a veces
expuestos a tentación, pero siempre renovado- de la incansable
fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a
cada hombre. Pero es obligado también reconocer el valor del
testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido
abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la
esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión: también
estos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el
mundo tiene hoy gran necesidad. Por ello deben ser animados y
ayudados por los pastores y por los fieles de la Iglesia.
La más amplia comunión de la familia
21. La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el cual
se va edificando la más amplia comunión de la familia, de los
padres y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas entre
sí, de los parientes y demás familiares.
Esta comunión radica en los vínculos naturales de la carne y de
la sangre y se desarrolla encontrando su perfeccionamiento
propiamente humano en el instaurarse y madurar de vínculos
todavía más profundos y ricos del espíritu: el amor que anima
las relaciones interpersonales de los diversos miembros de la
familia, constituye la fuerza interior que plasma y vivifica la
comunión y la comunidad familiar.
La familia cristiana está llamada además a hacer la experiencia
de una nueva y original comunión, que confirma y perfecciona la
natural y humana. En realidad la gracia de Cristo, "el
Primogénito entre los hermanos"[56], es por su naturaleza y
dinamismo interior una "gracia fraterna como la llama Santo
Tomás de Aquino[57]. El Espíritu Santo, infundido en la
celebración de los sacramentos, es la raíz viva y el alimento
inagotable de la comunión sobrenatural que acumula y vincula a
los creyentes con Cristo y entre sí en la unidad de la Iglesia
de Dios. Una revelación y actuación específica de la comunión
eclesial está constituida por la familia cristiana que también
por esto puede y debe decirse "Iglesia doméstica"[58].
Todos los miembros de la familia, cada uno según su propio don,
tienen la gracia y la responsabilidad de construir, día a día,
la comunión de las personas, haciendo de la familia una "escuela
de humanidad más completa y más rica"[59]: es lo que sucede con
el cuidado y el amor hacia los pequeños, los enfermos y los
ancianos; con el servicio recíproco de todos los días,
compartiendo los bienes, alegrías y sufrimientos.
Un momento fundamental para construir tal comunión está
constituido por el intercambio educativo entre padres e
hijos[60], en que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el
respeto, la obediencia a los padres, los hijos aportan su
específica e insustituible contribución a la edificación de una
familia auténticamente humana y cristiana[61]. En esto se verán
facilitados si los padres ejercen su autoridad irrenunciable
como un verdadero y propio "ministerio", esto es, como un
servicio ordenado al bien humano y cristiano de los hijos, y
ordenado en particular a hacerles adquirir una libertad
verdaderamente responsable, y también si los padres mantienen
viva la conciencia del "don" que continuamente reciben de los
hijos.
La comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo
con un gran espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta
y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión,
a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. Ninguna familia
ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los
conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la
propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de
división en la vida familiar. Pero al mismo tiempo, cada familia
está llamada por el Dios de la paz a hacer la experiencia gozosa
y renovadora de la "reconciliación", esto es, de la comunión
reconstruida, de la unidad nuevamente encontrada. En particular
la participación en el sacramento de la reconciliación y en el
banquete del único Cuerpo de Cristo ofrece a la familia
cristiana la gracia y la responsabilidad de superar toda
división y caminar hacia la plena verdad de la comunión querida
por Dios, respondiendo así al vivísimo deseo del Señor: que
todos "sean una sola cosa"[62].
Derechos y obligaciones de la mujer
22. La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y
comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y el
estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno
de sus miembros en la altísima dignidad de personas, esto es, de
imágenes vivientes de Dios. Como han afirmado justamente los
Padres Sinodales, el criterio moral de la autenticidad de las
relaciones conyugales y familiares consiste en la promoción de
la dignidad y vocación de cada una de las personas, las cuales
logran su plenitud mediante el don sincero de sí mismas[63].
En esta perspectiva, el Sínodo ha querido reservar una atención
privilegiada a la mujer, a sus derechos y deberes en la familia
y en la sociedad. En la misma perspectiva deben considerarse
también el hombre como esposo y padre, el niño y los ancianos.
De la mujer hay que resaltar, ante todo, la igual dignidad y
responsabilidad respecto al hombre; tal igualdad encuentra una
forma singular de realización en la donación de uno mismo al
otro y de ambos a los hijos, donación propia del matrimonio y de
la familia. Lo que la misma razón humana intuye y reconoce, es
revelado en plenitud por la Palabra de Dios; en efecto, la
historia de la salvación es un testimonio continuo y luminoso de
la dignidad de la mujer.
Creando al hombre "varón y mujer"[64], Dios da la dignidad
personal de igual modo al hombre y a la mujer, enriqueciéndolos
con los derechos inalienables y con las responsabilidades que
son propias de la persona humana. Dios manifiesta también de la
forma más elevada posible la dignidad de la mujer asumiendo El
mismo la carne humana de María Virgen, que la Iglesia honra como
Madre de Dios, llamándola la nueva Eva y proponiéndola como
modelo de la mujer redimida. El delicado respeto de Jesús hacia
las mujeres que llamó a su seguimiento y amistad, su aparición
la mañana de Pascua a una mujer antes que a los otros
discípulos, la misión confiada a las mujeres de llevar la buena
nueva de la Resurrección a los apóstoles, son signos que
confirman la estima especial del Señor Jesús hacia la mujer.
Dirá el Apóstol Pablo: "Todos, pues, sois hijos de Dios por la
fe en Cristo Jesús. No hay ya judío o griego, no hay siervo o
libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo
Jesús"[65].
Mujer y sociedad
23. Sin entrar ahora a tratar de los diferentes aspectos del
amplio y complejo tema de las relaciones mujer-sociedad, sino
limitándonos a algunos puntos esenciales, no se puede dejar de
observar cómo en el campo más específicamente familiar una
amplia y difundida tradición social y cultural ha querido
reservar a la mujer solamente la tarea de esposa y madre, sin
abrirla adecuadamente a las funciones públicas, reservadas en
general al hombre.
No hay duda de que la igual dignidad y responsabilidad del
hombre y de la mujer justifican plenamente el acceso de la mujer
a las funciones públicas. Por otra parte, la verdadera promoción
de la mujer exige también que sea claramente reconocido el valor
de su función materna y familiar respecto a las demás funciones
públicas y a las otras profesiones. Por otra parte, tales
funciones y profesiones deben integrarse entre sí, si se quiere
que la evolución social y cultural sea verdadera y plenamente
humana.
Esto resultará más fácil si, como ha deseado el Sínodo, una
renovada "teología del trabajo" ilumina y profundiza el
significado del mismo en la vida cristiana y determina el
vínculo fundamental que existe entre el trabajo y la familia, y
por consiguiente el significado original e insustituible del
trabajo de la casa y la educación de los hijos[66]. Por ello la
Iglesia puede y debe ayudar a la sociedad actual, pidiendo
incansablemente que el trabajo de la mujer en casa sea
reconocido por todos y estimado por su valor insustituible. Esto
tiene una importancia especial en la acción educativa; en
efecto, se elimina la raíz misma de la posible discriminación
entre los diversos trabajos y profesiones cuando resulta
claramente que todos y en todos los sectores se empeñan con
idéntico derecho e idéntica responsabilidad. Aparecerá así más
espléndida la imagen de Dios en el hombre y en la mujer.
Si se debe reconocer también a las mujeres, como a los hombres,
el derecho de acceder a las diversas funciones públicas, la
sociedad debe sin embargo estructurarse de manera tal que las
esposas y madres no sean de hecho obligadas a trabajar fuera de
casa y que sus familias puedan vivir y prosperar dignamente,
aunque ellas se dediquen totalmente a la propia familia.
Se debe superar además la mentalidad según la cual el honor de
la mujer deriva más del trabajo exterior que de la actividad
familiar. Pero esto exige que los hombres estimen y amen
verdaderamente a la mujer con todo el respeto de su dignidad
persona, y que la sociedad cree y desarrolle las condiciones
adecuadas para el trabajo doméstico.
La Iglesia, con el debido respeto por la diversa vocación del
hombre y de la mujer, debe promover en la medida de lo posible
en su misma vida su igualdad de derechos y de dignidad; y esto
por el bien de todos, de la familia, de la sociedad y de la
Iglesia.
Es evidente sin embargo que todo esto no significa para la mujer
la renuncia a su femineidad ni la imitación del carácter
masculino, sino la plenitud de la verdadera humanidad femenina
tal como debe expresarse en su comportamiento, tanto en familia
como fuera de ella, sin descuidar por otra parte en este campo
la variedad de costumbres y culturas.
Ofensas a la dignidad de la mujer
24. Desgraciadamente el mensaje cristiano sobre la dignidad de
la mujer halla oposición en la persistente mentalidad que
considera al ser humano no como persona, sino como cosa, como
objeto de compraventa, al servicio del interés egoísta y del
solo placer; la primera víctima de tal mentalidad es la mujer.
Esta mentalidad produce frutos muy amargos, como el desprecio
del hombre y de la mujer, la esclavitud, la opresión de los
débiles, la pornografía, la prostitución -tanto más cuando es
organizada- y todas las diferentes discriminaciones que se
encuentran en el ámbito de la educación, de la profesión, de la
retribución del trabajo, etc.
Además, todavía hoy, en gran parte de nuestra sociedad
permanecen muchas formas de discriminación humillante que
afectan y ofenden gravemente algunos grupos particulares de
mujeres como, por ejemplo, las esposas que no tienen hijos, las
viudas, las separadas, las divorciadas, las madres solteras.
Estas y otras discriminaciones han sido deploradas con toda la
fuerza posible por los Padres Sinodales. Por lo tanto, pido que
por parte de todos se desarrolle una acción pastoral específica
más enérgica e incisiva, a fin de que estas situaciones sean
vencidas definitivamente, de tal modo que se alcance la plena
estima de la imagen de Dios que se refleja en todos los seres
humanos sin excepción alguna.
El hombre esposo y padre
25. Dentro de la comunión-comunidad conyugal y familiar, el
hombre está llamado a vivir su don y su función de esposo y
padre.
El ve en la esposa la realización del designio de Dios: "No es
bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda
adecuada"[67], y hace suya la exclamación de Adán, el primer
esposo: "Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi
carne"[68].
El auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre tenga
profundo respeto por la igual dignidad de la mujer: "No eres su
amo -escribe S. Ambrosio- sino su marido; no te ha sido dada
como esclava, sino como mujer... Devuélvele sus atenciones hacia
ti y sé para con ella agradecida por su amor"[69]. El hombre
debe vivir con la esposa "un tipo muy especial de amistad
personal"[70]. El cristiano además está llamado a desarrollar
una actitud de amor nuevo, manifestando hacia la propia mujer la
caridad delicada y fuerte que Cristo tiene a la Iglesia[71].
El amor a la esposa madre y el amor a los hijos son para el
hombre el camino natural para la comprensión y la realización de
su paternidad. Sobre todo, donde las condiciones sociales y
culturales inducen fácilmente al padre a un cierto desinterés
respecto de la familia o bien a una presencia menor en la acción
educativa, es necesario esforzarse para que se recupere
socialmente la convicción de que el puesto y la función del
padre en y por la familia son de una importancia única e
insustituible[72]. Como la experiencia enseña, la ausencia del
padre provoca desequilibrios psicológicos y morales, además de
dificultades notables en las relaciones familiares, como
también, en circunstancias opuestas, la presencia opresiva del
padre, especialmente donde todavía vive el fenómeno del
"machismo", o sea, la superioridad abusiva de las prerrogativas
masculinas que humillan a la mujer e inhiben el desarrollo de
sanas relaciones familiares.
Revelando y reviviendo en la tierra la misma paternidad de
Dios[73], el hombre está llamado a garantizar el desarrollo
unitario de todos los miembros de la familia. Realizará esta
tarea mediante una generosa responsabilidad por la vida
concebida junto al corazón de la madre, un compromiso educativo
más solícito y compartido con la propia esposa[74], un trabajo
que no disgregue nunca la familia, sino que la promueva en su
cohesión y estabilidad, un testimonio de vida cristiana adulta,
que introduzca más eficazmente a los hijos en la experiencia
viva de Cristo y de la Iglesia.
Derechos del niño
26. En la familia, comunidad de personas, debe reservarse una
atención especialísima al niño, desarrollando una profunda
estima por su dignidad personal, así como un gran respeto y un
generoso servicio a sus derechos. Esto vale respecto a todo
niño, pero adquiere una urgencia singular cuando el niño es
pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o es
minusválido.
Procurando y teniendo un cuidado tierno y profundo para cada
niño que viene a este mundo, la Iglesia cumple una misión
fundamental. En efecto, está llamada a revelar y a proponer en
la historia el ejemplo y el mandato de Cristo, que ha querido
poner al niño en el centro del Reino de Dios: "Dejad que los
niños vengan a mí, ...que de ellos es el reino de los
cielos"[75].
Repito nuevamente lo que dije en la Asamblea General de las
Naciones Unidas, el 2 de octubre de 1979: "Deseo... expresar el
gozo que para cada uno de nosotros constituyen los niños,
primavera de la vida, anticipo de la historia futura de cada una
de las patrias terrestres actuales. Ningún país del mundo,
ningún sistema político puede pensar en el propio futuro, si no
es a través de la imagen de estas nuevas generaciones que
tomarán de sus padres el múltiple patrimonio de los valores, de
los deberes y de las aspiraciones de la nación a la que
pertenecen, junto con el de toda la familia humana. La solicitud
por el niño, incluso antes de su nacimiento, desde el primer
momento de su concepción y, a continuación, en los años de la
infancia y de la juventud es la verificación primaria y
fundamental de la relación del hombre con el hombre. Y por eso,
¿qué más se podría desear a cada nación y a toda la humanidad, a
todos los niños del mundo, sino un futuro mejor en el que el
respeto de los Derechos del Hombre llegue a ser una realidad
plena en las dimensiones del Dos mil que se acerca?"[76].
La acogida, el amor, la estima, el servicio múltiple y unitario
-material, afectivo, educativo, espiritual- a cada niño que
viene a este mundo, deberá constituir siempre una nota
distintiva e irrenunciable de los cristianos, especialmente de
las familias cristianas; así los niños, a la vez que crecen "en
sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los
hombres"[77], serán una preciosa ayuda para la edificación de la
comunidad familiar y para la misma santificación de los
padres[78].
Los ancianos en familia
27. Hay culturas que manifiestan una singular veneración y un
gran amor por el anciano; lejos de ser apartado de la familia o
de ser soportado como un peso inútil, el anciano permanece
inserido en la vida familiar, sigue tomando parte activa y
responsable -aun debiendo respetar la autonomía de la nueva
familia- y sobre todo desarrolla la preciosa misión de testigo
del pasado e inspirador de sabiduría para los jóvenes y para el
futuro.
Otras culturas, en cambio, especialmente como consecuencia de un
desordenado desarrollo industrial y urbanístico, han llevado y
siguen llevando a los ancianos a formas inaceptables de
marginación, que son fuente a la vez de agudos sufrimientos para
ellos mismos y de empobrecimiento espiritual para tantas
familias.
Es necesario que la acción pastoral de la Iglesia estimule a
todos a descubrir y a valorar los cometidos de los ancianos en
la comunidad civil y eclesial, y en particular en la familia. En
realidad, "la vida de los ancianos ayuda a clarificar la escala
de valores humanos; hace ver la continuidad de las generaciones
y demuestra maravillosamente la interdependencia del Pueblo de
Dios. Los ancianos tienen además el carisma de romper las
barreras entre las generaciones antes de que se consoliden:
¡Cuántos niños han hallado comprensión y amor en los ojos,
palabras y caricias de los ancianos! y ¡cuánta gente mayor no ha
subscrito con agrado las palabras inspiradas "la corona de los
ancianos son los hijos de sus hijos" (Prov. 17, 6)!"[79].
II.- SERVICIO A LA VIDA
1) La transmisión de la vida
Cooperadores del amor de Dios Creador
28. Dios, con la creación del hombre y de la mujer a su imagen y
semejanza, corona y lleva a perfección la obra de sus manos; los
llama a una especial participación en su amor y al mismo tiempo
en su poder de Creador y Padre, mediante su cooperación libre y
responsable en la transmisión del don de la vida humana: "Y
bendíjolos Dios y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos y
henchid la tierra y sometedla""[80].
Así el cometido fundamental de la familia es el servicio a la
vida, el realizar a lo largo de la historia la bendición
original del Creador, transmitiendo en la generación la imagen
divina de hombre a hombre[81].
La fecundidad es el fruto y el signo del amor conyugal, el
testimonio vivo de la entrega plena y recíproca de los esposos:
"El cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estructura de
la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado los demás
fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para
cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del
Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece
diariamente su propia familia"[82].
La fecundidad del amor conyugal no se reduce sin embargo a la
sola procreación de los hijos, aunque sea entendida en su
dimensión específicamente humana: se amplía y se enriquece con
todos los frutos de vida moral, espiritual y sobrenatural que el
padre y la madre están llamados a dar a los hijos y, por medio
de ellos, a la Iglesia y al mundo.
La doctrina y la norma siempre antigua y siempre nueva de la
Iglesia
29. Precisamente porque el amor de los esposos es una
participación singular en el misterio de la vida y del amor de
Dios mismo, la Iglesia sabe que ha recibido la misión especial
de custodiar y proteger la altísima dignidad del matrimonio y la
gravísima responsabilidad de la transmisión de la vida humana.
De este modo, siguiendo la tradición viva de la comunidad
eclesial a través de la historia, el reciente Concilio Vaticano
II y el magisterio de mi Predecesor Pablo VI, expresado sobre
todo en la encíclica Humanae vitae, han transmitido a nuestro
tiempo un anuncio verdaderamente profético, que reafirma y
propone de nuevo con claridad la doctrina y la norma siempre
antigua y siempre nueva de la Iglesia sobre el matrimonio y
sobre la transmisión de la vida humana.
Por esto, los Padres Sinodales, en su última asamblea declararon
textualmente: "Este Sagrado Sínodo, reunido en la unidad de la
fe con el Sucesor de Pedro, mantiene firmemente lo que ha sido
propuesto en el Concilio Vaticano II (cfr. Gaudium et spes, 50)
y después en la Encíclica Humanae vitae, y en concreto, que el
amor conyugal debe ser plenamente humano, exclusivo y abierto a
una nueva vida (Humanae vitae, n. 11 y cfr. 9 y 12)"[83].
La Iglesia en favor de la vida
30. La doctrina de la Iglesia se encuentra hoy en una situación
social y cultural que la hace a la vez más difícil de comprender
y más urgente e insustituible para promover el verdadero bien
del hombre y de la mujer.
En efecto, el progreso científico-técnico, que el hombre
contemporáneo acrecienta continuamente en su dominio sobre la
naturaleza, no desarrolla solamente la esperanza de crear una
humanidad nueva y mejor, sino también una angustia cada vez más
profunda ante el futuro. Algunos se preguntan si es un bien
vivir o si sería mejor no haber nacido; dudan de si es lícito
llamar a otros a la vida, los cuales quizás maldecirán su
existencia en un mundo cruel, cuyos terrores no son ni siquiera
previsibles. Otros piensan que son los únicos destinatarios de
las ventajas de la técnica y excluyen a los demás, a los cuales
imponen medios anticonceptivos o métodos aún peores. Otros
todavía, cautivos como son de la mentalidad consumista y con la
única preocupación de un continuo aumento de bienes materiales,
acaban por no comprender, y por consiguiente rechazar la riqueza
espiritual de una nueva vida humana. La razón última de estas
mentalidades es la ausencia, en el corazón de los hombres, de
Dios cuyo amor sólo es más fuerte que todos los posibles miedos
del mundo y los puede vencer.
Ha nacido así una mentalidad contra la vida (anti-life mentality),
como se ve en muchas cuestiones actuales: piénsese, por ejemplo,
en un cierto pánico derivado de los estudios de los ecólogos y
futurólogos sobre la demografía, que a veces exageran el peligro
que representa el incremento demográfico para la calidad de la
vida.
Pero la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil
y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad.
Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la
Iglesia está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe
descubrir el esplendor de aquel "Sí", de aquel "Amén" que es
Cristo mismo[84]. Al "no" que invade y aflige al mundo,
contrapone este "Sí" viviente, defendiendo de este modo al
hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida.
La Iglesia está llamada a manifestar nuevamente a todos, con un
convencimiento más claro y firme, su voluntad de promover con
todo medio y defender contra toda insidia la vida humana, en
cualquier condición o fase de desarrollo en que se encuentre.
Por esto la Iglesia condena, como ofensa grave a la dignidad
humana y a la justicia, todas aquellas actividades de los
gobiernos o de otras autoridades públicas, que tratan de limitar
de cualquier modo la libertad de los esposos en la decisión
sobre los hijos. Por consiguiente, hay que condenar totalmente y
rechazar con energía cualquier violencia ejercida por tales
autoridades en favor del anticoncepcionismo e incluso de la
esterilización y del aborto procurado. Al mismo tiempo, hay que
rechazar como gravemente injusto el hecho de que, en las
relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la
promoción de los pueblos esté condicionada a programas de
anticoncepcionismo, esterilización y aborto procurado[85].
Para que el plan divino sea realizado cada vez más plenamente
31. La Iglesia es ciertamente consciente también de los
múltiples y complejos problemas que hoy, en muchos Países,
afectan a los esposos en su cometido de transmitir
responsablemente la vida. Conoce también el grave problema del
incremento demográfico como se plantea en diversas partes de
mundo, con las implicaciones morales que comporta.
Ella cree, sin embargo, que una consideración profunda de todos
los aspectos de tales problemas ofrece una nueva y más fuerte
confirmación de la importancia de la doctrina auténtica acerca
de la regulación de la natalidad, propuesta de nuevo en el
Concilio Vaticano II y en la Encíclica Humanae vitae.
Por esto, junto con los Padres del Sínodo, siento el deber de
dirigir una acuciante invitación a los teólogos a fin de que,
uniendo sus fuerzas para colaborar con el magisterio jerárquico,
se comprometan a iluminar cada vez mejor los fundamentos
bíblicos, las motivaciones éticas y las razones personalistas de
esta doctrina. Así será posible, en el contexto de una
exposición orgánica, hacer que la doctrina de la Iglesia en este
importante capítulo sea verdaderamente accesible a todos los
hombres de buena voluntad, facilitando su comprensión cada vez
más luminosa y profunda; de este modo el plan divino podrá ser
realizado cada vez más plenamente, para la salvación del hombre
y gloria del Creador.
A este respecto, el empeño concorde de los teólogos, inspirado
por la adhesión convencida al Magisterio, que es la única guía
auténtica del Pueblo de Dios, presenta una urgencia especial
también a causa de la relación íntima que existe entre la
doctrina católica sobre este punto y la visión del hombre que
propone la Iglesia. Dudas o errores en el ámbito matrimonial o
familiar llevan a una ofuscación grave de la verdad integral
sobre el hombre, en una situación cultural que muy a menudo es
confusa y contradictoria. La aportación de iluminación y
profundización, que los teólogos están llamados a ofrecer en el
cumplimiento de su cometido específico, tiene un valor
incomparable y representa un servicio singular, altamente
meritorio, a la familia y a la humanidad.
En la visión integral del hombre y de su vocación
32. En el contexto de una cultura que deforma gravemente o
incluso pierde el verdadero significado de la sexualidad humana,
porque la desarraiga de su referencia a la persona, la Iglesia
siente más urgente e insustituible su misión de presentar la
sexualidad como valor y función de toda la persona creada, varón
y mujer, a imagen de Dios.
En esta perspectiva el Concilio Vaticano II afirmó claramente
que "cuando se trata de conjugar el amor conyugal con la
responsable transmisión de la vida, la índole moral de la
conducta no depende solamente de la sincera intención y
apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con
criterios objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de
sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la
mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el
amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la
virtud de la castidad conyugal"[86].
Es precisamente partiendo de la "visión integral del hombre y de
su vocación, no sólo natural y terrena sino también sobrenatural
y eterna"[87], por lo que Pablo VI afirmó, que la doctrina de la
Iglesia "está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha
querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa,
entre los dos significados del acto conyugal: el significado
unitivo y el significado procreador"[88]. Y concluyó recalcando
que hay que excluir, como intrínsecamente deshonesta, "toda
acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su
realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales,
se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la
procreación"[89].
Cuando lo esposos, mediante el recurso al anticoncepcionismo,
separan estos dos significados que Dios Creador ha inscrito en
el ser del hombre y de la mujer y en el dinamismo de su comunión
sexual, se comportan como "árbitros" del designio divino y
"manipulan" y envilecen la sexualidad humana, y con ella la
propia persona del cónyuge, alterando su valor de donación
"total". Así, al lenguaje natural que expresa la recíproca
donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un
lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse
al otro totalmente: se produce, no sólo el rechazo positivo de
la apertura a la vida, sino también una falsificación de la
verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en
plenitud personal.
En cambio, cuando los esposos, mediante el recurso a periodos de
infecundidad, respetan la conexión inseparable de los
significados unitivo y procreador de la sexualidad humana, se
comportan como "ministros" del designio de Dios y "se sirven" de
la sexualidad según el dinamismo original de la donación
"total", sin manipulaciones ni alteraciones[90].
A la luz de la misma experiencia de tantas parejas de esposos y
de los datos de las diversas ciencias humanas, la reflexión
teológica puede captar y está llamada a profundizar la
diferencia antropológica y al mismo tiempo moral, que existe
entre el anticoncepcionismo y el recurso a los ritmos
temporales. Se trata de una diferencia bastante más amplia y
profunda de lo que habitualmente se cree, y que implica en
resumidas cuentas dos concepciones de la persona y de la
sexualidad humana, irreconciliables entre sí. La elección de los
ritmos naturales comporta la aceptación del tiempo de la
persona, es decir de la mujer, y con esto la aceptación también
del diálogo, del respeto recíproco, de la responsabilidad común,
del dominio de sí mismo. Aceptar el tiempo y el diálogo
significa reconocer el carácter espiritual y a la vez corporal
de la comunión conyugal, como también vivir el amor personal en
su exigencia de fidelidad. En este contexto la pareja
experimenta que la comunión conyugal es enriquecida por aquellos
valores de ternura y afectividad, que constituyen el alma
profunda de la sexualidad humana, incluso en su dimensión
física. De este modo la sexualidad es respetada y promovida en
su dimensión verdadera y plenamente humana, no "usada" en cambio
como un "objeto" que, rompiendo la unidad personal de alma y
cuerpo, contradice la misma creación de Dios en la trama más
profunda entre naturaleza y persona.
La Iglesia Maestra y Madre para los esposos en dificultad
33. También en el campo de la moral conyugal la Iglesia es y
actúa como Maestra y Madre.
Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral que debe
guiar la transmisión responsable de la vida. De tal norma la
Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En
obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en
la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia
interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de
buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de
perfección.
Como Madre, la Iglesia se hace cercana a muchas parejas de
esposos que se encuentran en dificultad sobre este importante
punto de la vida moral; conoce bien su situación, a menudo muy
ardua y a veces verdaderamente atormentada por dificultades de
todo tipo, no sólo individuales sino también sociales; sabe que
muchos esposos encuentran dificultades no sólo para la
realización concreta, sino también para la misma comprensión de
los valores inherentes a la norma moral.
Pero la misma y única Iglesia es a la vez Maestra y Madre. Por
esto, la Iglesia no cesa nunca de invitar y animar, a fin de que
las eventuales dificultades conyugales se resuelvan sin
falsificar ni comprometer jamás la verdad. En efecto, está
convencida de que no puede haber verdadera contradicción entre
la ley divina de la transmisión de la vida y la de favorecer el
auténtico amor conyugal[91]. Por esto, la pedagogía concreta de
la Iglesia debe estar siempre unida y nunca separada de su
doctrina. Repito, por tanto, con la misma persuasión de mi
Predecesor: "No menoscabar en nada la saludable doctrina de
Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas"[92].
Por otra parte, la auténtica pedagogía eclesial revela su
realismo y su sabiduría solamente desarrollando un compromiso
tenaz y valiente en crear y sostener todas aquellas condiciones
humanas -psicológicas, morales y espirituales- que son
indispensables para comprender y vivir el valor y la norma
moral.
No hay duda de que entre estas condiciones se deben incluir la
constancia y la paciencia, la humildad y la fortaleza de ánimo,
la confianza filial en Dios y en su gracia, el recurso frecuente
a la oración y a los sacramentos de la Eucaristía y de la
reconciliación[93]. Confortados así, los esposos cristianos
podrán mantener viva la conciencia de la influencia singular que
la gracia del sacramento del matrimonio ejerce sobre todas las
realidades de la vida conyugal, y por consiguiente también sobre
su sexualidad: el don del Espíritu, acogido y correspondido por
los esposos, les ayuda a vivir la sexualidad humana según el
plan de Dios y como signo del amor unitivo y fecundo de Cristo
por su Iglesia.
Pero entre las condiciones necesarias está también el
conocimiento de la corporeidad y de sus ritmos de fertilidad. En
tal sentido conviene hacer lo posible para que semejante
conocimiento se haga accesible a todos los esposos, y ante todo
a las personas jóvenes, mediante una información y una educación
clara, oportuna y seria, por parte de parejas, de médicos y de
expertos. El conocimiento debe desembocar además en la educación
al autocontrol; de ahí la absoluta necesidad de la virtud de la
castidad y de la educación permanente en ella. Según la visión
cristiana, la castidad no significa absolutamente rechazo ni
menosprecio de la sexualidad humana: significa más bien energía
espiritual que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo
y de la agresividad, y sabe promoverlo hacia su realización
plena.
Pablo VI, con intuición profunda de sabiduría y amor, no hizo
más que escuchar la experiencia de tantas parejas de esposos
cuando en su Encíclica escribió: "El dominio del instinto,
mediante la razón y la voluntad libre, impone sin ningún género
de duda una ascética, para que las manifestaciones afectivas de
la vida conyugal estén en conformidad con el orden recto y
particularmente para observar la continencia periódica. Esta
disciplina, propia de la pureza de los esposos, lejos de
perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano más
sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su
influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan integralmente su
personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando
a la vida familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando la
solución de otros problemas; favoreciendo la atención hacia el
otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del
verdadero amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad.
Los padres adquieren así la capacidad de un influjo más profundo
y eficaz para educar a los hijos"[94].
Itinerario moral de los esposos
34. Es siempre muy importante poseer una recta concepción del
orden moral, de sus valores y normas; la importancia aumenta,
cuanto más numerosas y graves se hacen las dificultades para
respetarlos.
El orden moral, precisamente porque revela y propone el designio
de Dios Creador, no puede ser algo mortificante para el hombre
ni algo impersonal; al contrario, respondiendo a las exigencias
más profundas del hombre creado por Dios, se pone al servicio de
su humanidad plena, con el amor delicado y vinculante con que
Dios mismo inspira, sostiene y guía a cada criatura hacia su
felicidad.
Pero el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio
sabio y amoroso de Dios, es un ser histórico, que se construye
día a día con sus opciones numerosas y libres; por esto él
conoce, ama y realiza el bien moral según diversas etapas de
crecimiento.
También los esposos, en el ámbito de su vida moral, están
llamados a un continuo camino, sostenidos por el deseo sincero y
activo de conocer cada vez mejor los valores que la ley divina
tutela y promueve, y por la voluntad recta y generosa de
encarnarlos en sus opciones concretas.
Ello, sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que
se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como
un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las
dificultades. "Por ello la llamada "ley de gradualidad" o camino
gradual no puede identificarse con la "gradualidad de la ley",
como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley
divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los
esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en
el matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza en la medida
en que la persona humana se encuentra en condiciones de
responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en
la gracia divina y en la propia voluntad"[95]. En la misma
línea, es propio de la pedagogía de la Iglesia que los esposos
reconozcan ante todo claramente la doctrina de la Humanae vitae
como normativa para el ejercicio de su sexualidad y se
comprometan sinceramente a poner las condiciones necesarias para
observar tal norma.
Esta pedagogía, como ha puesto de relieve el Sínodo, abarca toda
la vida conyugal. Por esto la función de transmitir la vida debe
estar integrada en la misión global de toda la vida cristiana,
la cual sin la cruz no puede llegar a la resurrección. En
semejante contexto se comprende cómo no se puede quitar de la
vida familiar el sacrificio, es más, se debe aceptar de corazón,
a fin de que el amor conyugal se haga más profundo y sea fuente
de gozo íntimo.
Este camino exige reflexión, información, educación idónea de
los sacerdotes, religiosos y laicos que están dedicados a la
pastoral familiar; todos ellos podrán ayudar a los esposos en su
itinerario humano y espiritual, que comporta la conciencia del
pecado, el compromiso sincero a observar la ley moral y el
ministerio de la reconciliación. Conviene también tener presente
que en la intimidad conyugal están implicadas las voluntades de
dos personas, llamadas sin embargo a una armonía de mentalidad y
de comportamiento. Esto exige no poca paciencia, simpatía y
tiempo. Singular importancia tiene en este campo la unidad de
juicios morales y pastorales de los sacerdotes: tal unidad debe
ser buscada y asegurada cuidadosamente, para que los fieles no
tengan que sufrir ansiedades de conciencia[96].
El camino de los esposos será pues más fácil si, con estima de
la doctrina de la Iglesia y con confianza en la gracia de
Cristo, ayudados y acompañados por los pastores de almas y por
la comunidad eclesial entera, saben descubrir y experimentar el
valor de liberación y promoción del amor auténtico, que el
Evangelio ofrece y el mandamiento del Señor propone.
Suscitar convicciones y ofrecer ayudas concretas
35. Ante el problema de una honesta regulación de la natalidad,
la comunidad eclesial, en el tiempo presente, debe preocuparse
por suscitar convicciones y ofrecer ayudas concretas a quienes
desean vivir la paternidad y la maternidad de modo
verdaderamente responsable.
En este campo, mientras la Iglesia se alegra de los resultados
alcanzados por las investigaciones científicas para un
conocimiento más preciso de los ritmos de fertilidad femenina y
alienta a una más decisiva y amplia extensión de tales estudios,
no puede menos de apelar, con renovado vigor, a la
responsabilidad de cuantos -médicos, expertos, consejeros
matrimoniales, educadores, parejas- pueden ayudar efectivamente
a los esposos a vivir su amor, respetando la estructura y
finalidades del acto conyugal que lo expresa. Esto significa un
compromiso más amplio, decisivo y sistemático en hacer conocer,
estimar y aplicar los métodos naturales de regulación de la
fertilidad[97].
Un testimonio precioso puede y debe ser dado por aquellos
esposos que, mediante el compromiso común de la continencia
periódica, han llegado a una responsabilidad personal más madura
ante el amor y la vida. Como escribía Pablo VI, "a ellos ha
confiado el Señor la misión de hacer visible ante los hombres la
santidad y la suavidad de la ley que une el amor mutuo de los
esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de la vida
humana"[98].
2) La educación
El derecho-deber educativo de los padres
36. La tarea educativa tiene sus raíces en la vocación
primordial de los esposos a participar en la obra creadora de
Dios; ellos, engendrando en el amor y por amor una nueva
persona, que tiene en sí la vocación al crecimiento y al
desarrollo, asumen por eso mismo la obligación de ayudarla
eficazmente a vivir una vida plenamente humana. Como ha
recordado el Concilio Vaticano II: "Puesto que los padres han
dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de
educar a la prole, y por tanto hay que reconocerlos como los
primeros y principales educadores de sus hijos. Este deber de la
educación familiar es de tanta trascendencia que, cuando falta,
difícilmente puede suplirse. Es, pues, deber de los padres crear
un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia
Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra
personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la
primera escuela de las virtudes sociales, que todas las
sociedades necesitan"[99].
El derecho-deber educativo de los padres se califica como
esencial, relacionado como está con la transmisión de la vida
humana; como original y primario, respecto al deber educativo de
los demás, por la unicidad de la relación de amor que subsiste
entre padres e hijos; como insustituible e inalienable y que,
por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado
por otros.
Por encima de estas características, no puede olvidarse que el
elemento más radical, que determina el deber educativo de los
padres, es el amor paterno y materno que encuentra en la acción
educativa su realización, al hacer pleno y perfecto el servicio
a la vida. El amor de los padres se transforma de fuente en
alma, y por consiguiente, en norma, que inspira y guía toda la
acción educativa concreta, enriqueciéndola con los valores de
dulzura, constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu de
sacrificio, que son el fruto más precioso del amor.
Educar en los valores esenciales de la vida humana
37. Aun en medio de las dificultades, hoy a menudo agravadas, de
la acción educativa, los padres deben formar a los hijos con
confianza y valentía en los valores esenciales de la vida
humana. Los hijos deben crecer en una justa libertad ante los
bienes materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y
austero, convencidos de que "el hombre vale más por lo que es
que por lo que tiene"[100].
En una sociedad sacudida y disgregada por tensiones y conflictos
a causa del choque entre los diversos individualismos y
egoísmos, los hijos deben enriquecerse no sólo con el sentido de
la verdadera justicia, que lleva al respeto de la dignidad
personal de cada uno, sino también y más aún del sentido del
verdadero amor, como solicitud sincera y servicio desinteresado
hacia los demás, especialmente a los más pobres y necesitados.
La familia es la primera y fundamental escuela de socialidad;
como comunidad de amor, encuentra en el don de sí misma la ley
que la rige y hace crecer. El don de sí, que inspira el amor
mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí
que debe haber en las relaciones entre hermanos y hermanas, y
entre las diversas generaciones que conviven en la familia. La
comunión y la participación vivida cotidianamente en la casa, en
los momentos de alegría y de dificultad, representa la pedagogía
más concreta y eficaz para la inserción activa, responsable y
fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad.
La educación para el amor como don de sí mismo constituye
también la premisa indispensable para los padres, llamados a
ofrecer a los hijos una educación sexual clara y delicada. Ante
una cultura que "banaliza" en gran parte la sexualidad humana,
porque la interpreta y la vive de manera reductiva y
empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer
egoísta, el servicio educativo de los padres debe basarse sobre
una cultura sexual que sea verdadera y plenamente persona. En
efecto, la sexualidad es una riqueza de toda la persona -cuerpo,
sentimiento y espíritu- y manifiesta su significado íntimo al
llevar la persona hacia el don de sí misma en el amor.
La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres,
debe realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en
casa como en los centros educativos elegidos y controlados por
ellos. En este sentido la Iglesia reafirma la ley de la
subsidiaridad, que la escuela tiene que observar cuando coopera
en la educación sexual, situándose en el espíritu mismo que
anima a los padres.
En este contexto es del todo irrenunciable la educación para la
castidad, como virtud que desarrolla la auténtica madurez de la
persona y la hace capaz de respetar y promover el "significado
esponsal" del cuerpo. Más aún, los padres cristianos reserven
una atención y cuidado especial -discerniendo los signos de la
llamada de Dios- a la educación para la virginidad, como forma
suprema del don de uno mismo que constituye el sentido mismo de
la sexualidad humana.
Por los vínculos estrechos que hay entre la dimensión sexual de
la persona y sus valores éticos, esta educación debe llevar a
los hijos a conocer y estimar las normas morales como garantía
necesaria y preciosa para un crecimiento personal y responsable
en la sexualidad humana.
Por esto la Iglesia se opone firmemente a un sistema de
información sexual separado de los principios morales y tan
frecuentemente difundido, el cual no sería más que una
introducción a la experiencia del placer y un estímulo que lleva
a perder la serenidad, abriendo el camino al vicio desde los
años de la inocencia.
Misión educativa y sacramento del matrimonio
38. Para los padres cristianos la misión educativa, basada como
se ha dicho en su participación en la obra creadora de Dios,
tiene una fuente nueva y específica en el sacramento del
matrimonio, que los consagra a la educación propiamente
cristiana de los hijos, es decir, los llama a participar de la
misma autoridad y del mismo amor de Dios Padre y de Cristo
Pastor, así como del amor materno de la Iglesia, y los enriquece
en sabiduría, consejo, fortaleza y en los otros dones del
Espíritu Santo, para ayudar a los hijos en su crecimiento humano
y cristiano.
El deber educativo recibe del sacramento del matrimonio la
dignidad y la llamada a ser un verdadero y propio "ministerio"
de la Iglesia al servicio de la edificación de sus miembros. Tal
es la grandeza y el esplendor del ministerio educativo de los
padres cristianos, que Santo Tomás no duda en compararlo con el
ministerio de los sacerdotes: "Algunos propagan y conservan la
vida espiritual con un ministerio únicamente espiritual: es la
tarea del sacramento del orden; otros hacen esto respecto de la
vida a la vez corporal y espiritual, y esto se realiza con el
sacramento del matrimonio, en el que el hombre y la mujer se
unen para engendrar la prole y educarla en el culto a
Dios"[101].
La conciencia viva y vigilante de la misión recibida con el
sacramento del matrimonio ayudará a los padres cristianos a
ponerse con gran serenidad y confianza al servicio educativo de
los hijos y, al mismo tiempo, a sentirse responsables ante Dios
que los llama y los envía a edificar la Iglesia en los hijos.
Así la familia de los bautizados, convocada como iglesia
doméstica por la Palabra y por el Sacramento, llega a ser a la
vez, como la gran Iglesia, maestra y madre.
La primera experiencia de Iglesia
39. La misión de la educación exige que los padres cristianos
propongan a los hijos todos los contenidos que son necesarios
para la maduración gradual de su personalidad desde un punto de
vista cristiano y eclesial. Seguirán pues las líneas educativas
recordadas anteriormente, procurando mostrar a los hijos a cuán
profundos significados conducen la fe y la caridad de
Jesucristo. Además, la conciencia de que el Señor confía a ellos
el crecimiento de un hijo de Dios, de un hermano de Cristo, de
un templo del Espíritu Santo, de un miembro de la Iglesia,
alentará a los padres cristianos en su tarea de afianzar en el
alma de los hijos el don de la gracia divina.
El Concilio Vaticano II precisa así el contenido de la educación
cristiana: "La cual no persigue solamente la madurez propia de
la persona humana... sino que busca, sobre todo, que los
bautizados se hagan más conscientes cada día del don recibido de
la fe, mientras se inician gradualmente en el conocimiento del
misterio de la salvación; aprendan a adorar a Dios Padre en
espíritu y en verdad (cf. Jn. 4, 23), ante todo en la acción
litúrgica, formándose para vivir según el hombre nuevo en
justicia y santidad de verdad (Ef. 4, 22-24), y así lleguen al
hombre perfecto, en la edad de la plenitud de Cristo (cf. Ef. 4,
13), y contribuyan al crecimiento del Cuerpo místico.
Conscientes, además, de su vocación, acostúmbrense a dar
testimonio de la esperanza que hay en ellos (cf. 1 Pe. 3, 15) y
a ayudar a la configuración cristiana del mundo"[102].
También el Sínodo, siguiendo y desarrollando la línea conciliar
ha presentado la misión educativa de la familia cristiana como
un verdadero ministerio, por medio del cual se transmite e
irradia el Evangeli, hasta el punto de que la misma vida de
familia se hace itinerario de fe y, en cierto modo, iniciación
cristiana y escuela de los seguidores de Cristo. En la familia
consciente de tal don, como escribió Pablo VI, "todos los
miembros evangelizan y son evangelizados"[103].
En virtud del ministerio de la educación los padres, mediante el
testimonio de su vida, son los primeros mensajeros del Evangelio
ante los hijos. Es más, rezando con los hijos, dedicándose con
ellos a la lectura de la Palabra de Dios e introduciéndolos en
la intimidad del Cuerpo -eucarístico y eclesial- de Cristo
mediante la iniciación cristiana, llegan a ser plenamente
padres, es decir engendradores no sólo de la vida corporal, sino
también de aquella que, mediante la renovación del Espíritu,
brota de la Cruz y Resurrección de Cristo.
A fin de que los padres cristianos puedan cumplir dignamente su
ministerio educativo, los Padres Sinodales han manifestado el
deseo de que se prepare un texto adecuado de catecismo para las
familias claro, breve y que pueda ser fácilmente asimilao por
todos. Las conferencias episcopales han sido invitadas
encarecidamente a comprometerse en la realización de este
catecismo.
Relaciones con otras fuerzas educativas
40. La familia es la primera, pero no la única y exclusiva,
comunidad educadora; la misma dimensión comunitaria, civil y
eclesial del hombre exige y conduce a una acción más amplia y
articulada, fruto de la colaboración ordenada de las diversas
fuerzas educativas. Estas son necesarias, aunque cada una puede
y debe intervenir con su competencia y con su contribución
propias[104].
La tarea educativa de la familia cristiana tiene por esto un
puesto muy importante en la pastoral orgánica; esto implica una
nueva forma de colaboración entre los padres y las comunidades
cristianas, entre los diversos grupos educativos y los pastores.
En este sentido, la renovación de la escuela católica debe
prestar una atención especial tanto a los padres de los alumnos
como a la formación de una perfecta comunidad educadora.
Debe asegurarse absolutamente el derecho de los padres a la
elección de una educación conforme con su fe religiosa.
El estado y la Iglesia tienen la obligación de dar a las
familias todas las ayudas posibles, a fin de que puedan ejercer
adecuadamente sus funciones educativas. Por esto tanto la
Iglesia como el Estado deben crear y promover las instituciones
y actividades que las familias piden justamente, y la ayuda
deberá ser proporcionada a las insuficiencias de las familias.
Por tanto, todos aquellos que en la sociedad dirigen las
escuelas, no deben olvidar nunca que los padres han sido
constituidos por Dios mismo como los primeros y principales
educadores de los hijos, y que su derecho es del todo
inalienable.
Pero como complementario al derecho, se pone el grave deber de
los padres de comprometerse a fondo en una relación cordial y
efectiva con los profesores y directores de las escuelas.
Si en las escuelas se enseñan ideologías contrarias a la fe
cristiana, la familia junto con otras familias, si es posible
mediante formas de asociación familiar, debe con todas las
fuerzas y con sabiduría ayudar a los jóvenes a no alejarse de la
fe. En este caso la familia tiene necesidad de ayudas especiales
por parte de los pastores de almas, los cuales no deben olvidar
que los padres tienen el derecho inviolable de confiar sus hijos
a la comunidad eclesial.
Un servicio múltiple a la vida
41. El amor conyugal fecundo se expresa en un servicio a la vida
que tiene muchas formas, de las cuales la generación y la
educación son las más inmediatas, propias e insustituibles. En
realidad, cada acto de verdadero amor al hombre testimonia y
perfecciona la fecundidad espiritual de la familia, porque es
obediencia al dinamismo interior y profundo del amor, como
donación de sí mismo a los demás.
En particular los esposos que viven la experiencia de la
esterilidad física, deberán orientarse hacia esta perspectiva,
rica para todos en valor y exigencias.
Las familias cristianas, que en la fe reconocen a todos los
hombres como hijos del Padre común de los cielos, irán
generosamente al encuentro de los hijos de otras familias,
sosteniéndoles y amándoles no como extraños, sino como miembros
de la única familia de los hijos de Dios. Los padres cristianos
podrán así ensanchar su amor más allá de los vínculos de la
carne y de la sangre, estrechando esos lazos que se basan en el
espíritu y que se desarrollan en el servicio concreto a los
hijos de otras familias, a menudo necesitados incluso de lo más
necesario.
Las familias cristianas se abran con mayor disponibilidad a la
adopción y acogida de aquellos hijos que están privados de sus
padres o abandonados por éstos. Mientras esos niños, encontrando
el calor afectivo de una familia, pueden experimentar la
cariñosa y solícita paternidad de Dios, atestiguada por los
padres cristianos, y así crecer con serenidad y confianza en la
vida, la familia entera se enriquecerá con los valores
espirituales de una fraternidad más amplia.
La fecundidad de las familias debe llevar a su incesante
"creatividad", fruto maravilloso del Espíritu de Dios, que abre
el corazón para descubrir las nuevas necesidades y sufrimientos
de nuestra sociedad, y que infunde ánimo para asumirlas y darles
respuesta. En este marco se presenta a las familias un vasto
campo de acción; en efecto, todavía más preocupante que el
abandono de los niños es hoy el fenómeno de la marginación
social y cultural, que afecta duramente a los ancianos, a los
enfermos, a los minusválidos, a los drogadictos, a los
excarcelados, etc.
De este modo se ensancha enormemente el horizonte de la
paternidad y maternidad de las familias cristianas; un reto para
su amor espiritualmente fecundo viene de estas y tantas otras
urgencias de nuestro tiempo. Con las familias y por medio de
ellas, el Señor Jesús sigue teniendo "compasión" de las
multitudes.
III.- PARTICIPACION
En el desarrollo de la sociedad
La familia, célula primera y vital de la sociedad
42. "El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como
origen y fundamento de la sociedad humana"; la familia es por
ello la "célula primera y vital de la sociedad"[105].
La familia posee vínculos vitales y orgánicos con la sociedad,
porque constituye su fundamento y alimento continuo mediante su
función de servicio a la vida. En efecto, de la familia nacen
los ciudadanos, y éstos encuentran en ella la primera escuela de
esas virtudes sociales, que son el alma de la vida y del
desarrollo de la sociedad misma.
Así la familia, en virtud de su naturaleza y vocación, lejos de
encerrarse en sí misma, se abre a las demás familias y a la
sociedad, asumiendo su función social.
La vida familiar como experiencia de comunión y participación
43. La misma experiencia de comunión y participación, que debe
caracterizar la vida diaria de la familia, representa su primera
y fundamental aportación a la sociedad.
Las relaciones entre los miembros de la comunidad familiar están
inspiradas y guiadas por la ley de la "gratuidad" que,
respetando y favoreciendo en todos y cada uno la dignidad
personal como único título de valor se hace acogida cordial,
encuentro y diálogo, disponibilidad desinteresada, servicio
generoso y solidaridad profunda.
Así la promoción de una auténtica y madura comunión de personas
en la familia se convierte en la primera e insustituible escuela
de socialidad, ejemplo y estímulo para las relaciones
comunitarias más amplias en un clima de respeto, justicia,
diálogo y amor.
De este modo, como han recordado los Padres Sinodale, la familia
constituye el lugar natural y el instrumento más eficaz de
humanización y de personalización de la sociedad: colabora de
manera original y profunda en la construcción del mundo,
haciendo posible una vida propiamente humana, en particular
custodiando y transmitiendo las virtudes y los "valores". Como
dice el Concilio Vaticano II, en la familia "las distintas
generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor
sabiduría y a armonizar los derechos de las personas con las
demás exigencias de la vida social"[106].
Como consecuencia, de cara a una sociedad que corre el peligro
de ser cada vez más despersonalizada y masificada, y por tanto
inhumana y deshumanizadora, con los resultados negativos de
tantas formas de "evasión" -como son, por ejemplo, el
alcoholismo, la droga y el mismo terrorismo-, la familia posee y
comunica todavía hoy energías formidables capaces de sacar al
hombre del anonimato, de mantenerlo consciente de su dignidad
personal, de enriquecerlo con profunda humanidad y de inserirlo
activamente con su unicidad e irrepetibilidad en el tejido de la
sociedad.
Función social y política
44. La función social de la familia no puede ciertamente
reducirse a la acción procreadora y educativa, aunque encuentra
en ella su primera e insustituible forma de expresión.
Las familias, tanto solas como asociadas, pueden y deben por
tanto dedicarse a muchas obras de servicio social, especialmente
en favor de los pobres y de todas aquellas personas y
situaciones, a las que no logra llegar la organización de
previsión y asistencia de las autoridades públicas.
La aportación social de la familia tiene su originalidad, que
exige se la conozca mejor y se la apoye más decididamente, sobre
todo a medida que los hijos crecen, implicando de hecho lo más
posible a todos sus miembros[107].
En especial hay que destacar la importancia cada vez mayor que
en nuestra sociedad asume la hospitalidad, en todas sus formas,
desde el abrir la puerta de la propia casa, y más aún la del
propio corazón, a las peticiones de los hermanos, al compromiso
concreto de asegurar a cada familia su casa, como ambiente
natural que la conserva y la hace crecer. Sobre todo, la familia
cristiana está llamada a escuchar el consejo del Apóstol: "Sed
solícitos en la hospitalidad"[108], y por consiguiente en
practicar la cogida del hermano necesitado, imitando el ejemplo
y compartiendo la caridad de Cristo: "El que diere de beber a
uno de estos pequeños sólo un vaso de agua fresca en razón de
discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa"[109].
La función social de las familias está llamada a manifestarse
también en la forma de intervención política, es decir, las
familias deben ser las primeras en procurar que las leyes y las
instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan
y defiendan positivamente los derechos y los deberes de la
familia. En este sentido las familias deben crecer en la
conciencia de ser "protagonistas" de la llamada "política
familiar", y asumirse la responsabilidad de transformar la
sociedad; de otro modo las familias serán las primeras víctimas
de aquellos males que se han limitado a observar con
indiferencia. La llamada del Concilio Vaticano II a superar la
ética individualista vale también para la familia como tal[110].
La sociedad al servicio de la familia
45. La conexión íntima entre la familia y la sociedad, de la
misma manera que exige la apertura y la participación de la
familia en la sociedad y en su desarrollo, impone también que la
sociedad no deje de cumplir su deber fundamental de respetar y
promover la familia misma.
Ciertamente la familia y la sociedad tienen una función
complementaria en la defensa y en la promoción del bien de todos
los hombres y de cada hombre. Pero la sociedad, y más
específicamente el Estado, deben reconocer que la familia es una
"sociedad que goza de un derecho propio y primordial"[111] y por
tanto, en sus relaciones con la familia, están gravemente
obligados a atenerse al principio de subsidiaridad.
En virtud de este principio, el Estado no puede ni debe sustraer
a las familias aquellas funciones que pueden igualmente realizar
bien, por sí solas o asociadas libremente, sino favorecer
positivamente y estimular lo más posible la iniciativa
responsable de las familias. Las autoridades públicas,
convencidas de que el bien de la familia constituye un valor
indispensable e irrenunciable de la comunidad civil, deben hacer
cuanto puedan para asegurar a las familias todas aquellas ayudas
-económicas, sociales, educativas, políticas, culturales- que
necesitan para afrontar de modo humano todas sus
responsabilidades.
Carta a los derechos de la familia
46. El ideal de una recíproca acción de apoyo y desarrollo entre
la familia y la sociedad choca a menudo, y en medida bastante
grave, con la realidad de su separación e incluso de su
contraposición.
En efecto, como el Sínodo ha denunciado continuamente, la
situación que muchas familias encuentran en diversos países es
muy problemática, si no incluso claramente negativa:
instituciones y leyes desconocen injustamente los derechos
inviolables de la familia y de la misma persona humana, y la
sociedad, en vez de ponerse al servicio de la familia, la ataca
con violencia en sus valores y en sus exigencias fundamentales.
De este modo la familia, que, según los planes de Dios, es
célula básica de la sociedad, sujeto de derechos y deberes antes
que el Estado y cualquier otra comunidad, es víctima de la
sociedad, de los retrasos y lentitudes de sus intervenciones y
más aún de sus injusticias notorias.
Por esto la Iglesia defiende abierta y vigorosamente los
derechos de la familia contra las usurpaciones intolerables de
la sociedad y del Estado. En concreto, los Padres Sinodales han
recordado, entre otros, los siguientes derechos de la familia:
- a existir y progresar como familia, es decir, el derecho de
todo hombre, especialmente aun siendo pobre, a fundar una
familia, y a tener los recursos apropiados para mantenerla;
- a ejercer su responsabilidad en el campo de la transmisión de
la vida y a educar a los hijos;
- a la intimidad de la vida conyugal y familiar;
- a la estabilidad del vínculo y de la institución matrimonial;
- a creer y profesar su propia fe, y a difundirla;
- a educar a sus hijos de acuerdo con las propias tradiciones y
valores religiosos y culturales, con los instrumentos, medios e
instituciones necesarias;
- a obtener la seguridad física, social, política y económica,
especialmente de los pobres y enfermos;
- el derecho a una vivienda adecuada, para una vida familiar
digna;
- el derecho de expresión y de representación ante las
autoridades públicas, económicas, sociales, culturales y ante
las inferiores, tanto por sí misma como por medio de
asociaciones;
- a crear asociaciones con otras familias e instituciones, para
cumplir adecuada y esmeradamente su misión;
- a proteger a los menores, mediante instituciones y leyes
apropiadas, contra los medicamentos perjudiciales, la
pornografía, el alcoholismo, etc.;
- el derecho a un justo tiempo libre que favorezca, a la vez,
los valores de la familia;
- el derecho de los ancianos a una vida y a una muerte dignas;
- el derecho a emigrar como familia, para buscar mejores
condiciones de vida[112].
La Santa Sede, acogiendo la petición explícita del Sínodo, se
encargará de estudiar detenidamente estas sugerencias,
elaborando una "Carta de los derechos de la familia", para
presentarla a los ambientes y autoridades interesadas.
Gracia y responsabilidad de la familia cristiana
47. La función social propia de cada familia compete, por un
título nuevo y original, a la familia cristiana, fundada sobre
el sacramento del matrimonio. Este sacramento, asumiendo a
realidad humana del amor conyugal en todas sus implicaciones,
capacita y compromete a los esposos y a los padres cristianos a
vivir su vocación de laicos, y por consiguiente a "buscar el
reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos
según Dios"[113].
El cometido social y político forma parte de la misión real o de
servicio, en la que participan los esposos cristianos en virtud
del sacramento del matrimonio, recibiendo a la vez un mandato al
que no pueden sustraerse y una gracia que los sostiene y los
anima.
De este modo la familia cristiana está llamada a ofrecer a todos
el testimonio de una entrega generosa y desinteresada a los
problemas sociales, mediante la "opción preferencial" por los
pobres y los marginados. Por eso la familia, avanzando en el
seguimiento del Señor mediante un amor especial hacia todos los
pobres, debe preocuparse especialmente de los que padecen
hambre, de los indigentes, de los ancianos, los enfermos, los
drogadictos o los que están sin familia.
Hacia un nuevo orden internacional
48. Ante la dimensión mundial que hoy caracteriza a los diversos
problemas sociales, la familia ve que se dilata de una manera
totalmente nueva su cometido ante el desarrollo de la sociedad;
se trata de cooperar también a establecer un nuevo orden
internacional, porque sólo con la solidaridad mundial se pueden
afrontar y resolver los enormes y dramáticos problemas de la
justicia en el mundo, de la libertad de los pueblos y de la paz
de la humanidad.
La comunión espiritual de las familias cristianas, enraizadas en
la fe y esperanza común y vivificadas por la caridad, constituye
una energía interior que origina, difunde y desarrolla justicia,
reconciliación, fraternidad y paz entre los hombres. La familia
cristiana, como "pequeña Iglesia", está llamada, a semejanza de
la "gran Iglesia", a ser signo de unidad para el mundo y a
ejercer de ese modo su función profética, dando testimonio del
Reino y de la paz de Cristo, hacia el cual el mundo entero está
en camino.
Las familias cristianas podrán realizar esto tanto por medio de
su acción educadora, es decir, ofreciendo a los hijos un modelo
de vida fundado sobre los valores de la verdad, libertad,
justicia y amor, bien sea con un compromiso activo y responsable
para el crecimiento auténticamente humano de la sociedad y de
sus instituciones, bien con el apoyo, de diferentes modos, a las
asociaciones dedicadas específicamente a los problemas del orden
internacional.
IV.- PARTICIPACION
En la vida y misión de las empresa
La familia en el misterio de la Iglesia
49. Entre los cometidos fundamentales de la familia cristiana se
halla el eclesial, es decir, que ella está puesta al servicio de
la edificación del Reino de Dios en la historia, mediante la
participación en la vida y misión de la Iglesia.
Para comprender mejor los fundamentos, contenidos y
características de tal participación, hay que examinar a fondo
los múltiples y profundos vínculos que unen entre sí a la
Iglesia y a la familia cristiana, y que hacen de esta última
como una "Iglesia en miniatura" (Ecclesia domestica)[114 ] de
modo que sea, a su manera, una imagen viva y una representación
histórica del misterio mismo de la Iglesia.
Es ante todo la Iglesia Madre la que engendra, educa, edifica la
familia cristiana, poniendo en práctica para con la misma la
misión de salvación que ha recibido de su Señor. Con el anuncio
de la Palabra de Dios, la Iglesia revela a la familia cristiana
su verdadera identidad, lo que es y debe ser según el plan del
Señor; con la celebración de los sacramentos, la Iglesia
enriquece y corrobora a la familia cristiana con la gracia de
Cristo, en orden a su santificación para la gloria del Padre;
con la renovada proclamación del mandamiento nuevo de la
caridad, la Iglesia anima y guía a la familia cristiana al
servicio del amor, para que imite y reviva el mismo amor de
donación y sacrificio que el Señor Jesús nutre hacia toda la
humanidad.
Por su parte la familia cristiana está insertada de tal forma en
el misterio de la Iglesia que participa, a su manera, en la
misión de salvación que es propia de la Iglesia. Los cónyuges y
padres cristianos, en virtud del sacramento, "poseen su propio
don, dentro del Pueblo de Dios, en su estado y forma de
vida"[115]. Por eso no sólo "reciben" el amor de Cristo,
convirtiéndose en comunidad "salvada", sino que están también
llamados a "transmitir" a los hermanos el mismo amor de Cristo,
haciéndose así comunidad "salvado | |