CARTA ENCICLICA DEL SUMO PONTIFICE
JUAN PABLO II
SOBRE LA DEFENSA DE LA VIDA
INTRODUCCION
Valor incomparable de la persona humana
Nuevas amenazas a la vida humana
En comunión con todos los Obispos del mundo
CAPITULO I: LA SANGRE DE TU HERMANO CLAMA A
MI DESDE EL SUELO. ACTUALES AMENAZAS A LA VIDA HUMANA
« Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató » (Gén 4, 8): raíz de la
violencia contra la vida
« ¿Qué has hecho? » (Gén 4, 10): eclipse del valor de la vida.
« ¿Soy acaso yo el guarda de mi hermano? » (Gén 4, 9): una idea perversa de
libertad
« He de esconderme de tu presencia » (Gén 4, 14): eclipse del sentido de
Dios y del hombre
« Os habéis acercado a la sangre de la aspersión » (cf. Hb 12, 22.24):
signos de esperanza y llamada al compromiso
CAPITULO II: HE VENIDO PARA QUE TENGAN
VIDA. MENSAJE CRISTIANO SOBRE LA VIDA
« La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto » (1 Jn 1, 2): la mirada
dirigida a Cristo, « Palabra de vida »
« Mi fortaleza y mi canción es el Señor. El es mi salvación » (Ex 15, 2): la
vida es siempre un bien
« El nombre de Jesús ha restablecido a este hombre » (cf. Hch 3, 16): en la
precariedad de la existencia humana Jesús lleva a término el sentido de la
vida
« Llamados... a reproducir la imagen de su Hijo » (Rom 8, 28-29): la gloria
de Dios resplandece en el rostro del hombre
« Todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás » (Jn 11, 26): el don de la
vida eterna
« A cada uno pediré cuentas de la vida de su hermano » (Gén 9, 5 ):
veneración y amor por la vida de todos
« Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla » (Gén 1,
28): responsabilidades del hombre ante la vida
« Porque tú mis vísceras has formado » (Sal 139/138, 13): la dignidad del
niño aún no nacido
« ¡Tengo fe, aún cuando digo: Muy desdichado soy! » (Sal 116/115, 10): la
vida en la vejez y en el sufrimiento
« Todos los que la guardan alcanzarán la vida » (Ba 4, 1): de la Ley del
Sinaí al don del Espíritu
« Mirarán al que atravesaron » (Jn 19, 37): en el árbol de la Cruz se cumple
el Evangelio de la vida
CAPITULO III: NO
MATARAS. LA LEY SANTA DE DIOS
« Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos » (Mt 19, 17):
Evangelio y mandamiento
« Pediré cuentas de la vida del hombre al hombre » (cf. Gén 9, 5): la vida
humana es sagrada e inviolable
« Mi embrión tus ojos lo veían » (Sal 139/138, 16): el delito abominable del
aborto
« Yo doy la muerte y doy la vida » (Dt 32, 39): el drama de la eutanasia
« Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres » (Hch 5, 29): ley civil y
ley moral
« Amarás a tu prójimo como a ti mismo » (Lc 10, 27): « promueve » la vida
CAPITULO IV: A MI ME
LO HICISTEIS. POR UNA NUEVA CULTURA DE LA VIDA HUMANA
« Vosotros sois el pueblo adquirido por Dios para anunciar sus alabanzas » (cf.
1 P 2, 9): el pueblo de la vida y para la vida
« Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos » (1 Jn 1, 3): anunciar el
Evangelio de la vida
« Te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy » (Sal 139/138, 14):
celebrar el Evangelio de la vida
« ¿De qué sirve hermanos míos, que alguien diga: Tengo fe, si no tiene
obras? » (St 2, 14): servir el Evangelio de la vida
« La herencia del Señor son los hijos, recompensa el fruto de las entrañas »
(Sal 127/126, 3): la familia « santuario de la vida »
« Vivid como hijos de la luz » (Ef 5, 8): para realizar un cambio cultural
« Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo » (1 Jn 1, 4): el
Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres
CONCLUSION
« Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer vestida del sol » (Ap 12,
1): la maternidad de María y de la Iglesia
« el Dragón se detuvo delante de la Mujer... para devorar a su Hijo en
cuanto lo diera a luz » (Ap 12, 4): la vida amenazada por las fuerzas del
mal
« No habrá ya muerte » (Ap 21, 4): esplendor de la resurrección
INTRODUCCION
1. EL EVANGELIO DE LA VIDA está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido
con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como
buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas.
En la aurora de la salvación, el nacimiento de un niño es proclamado como
gozosa noticia: « Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el
pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el
Cristo Señor » (Lc 2, 10-11). El nacimiento del Salvador produce ciertamente
esta « gran alegría »; pero la Navidad pone también de manifiesto el sentido
profundo de todo nacimiento humano, y la alegría mesiánica constituye así el
fundamento y realización de la alegría por cada niño que nace (cf. Jn 16,
21).
Presentando el núcleo central de su misión redentora, Jesús dice: « Yo he
venido para que tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10). Se
refiere a aquella vida « nueva » y « eterna », que consiste en la comunión
con el Padre, a la que todo hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por
obra del Espíritu Santificador. Pero es precisamente en esa « vida » donde
encuentran pleno significado todos los aspectos y momentos de la vida del
hombre.
Valor incomparable de la persona humana
2. El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las
dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de
la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta
la grandeza y elvalor de la vida humana incluso en su fase temporal. En
efecto, la vida en el tiempo es condición básica, momento inicial y parte
integrante de todo el proceso unitario de la vida humana. Un proceso que,
inesperada e inmerecidamente, es iluminado por la promesa y renovado por el
don de la vida divina, que alcanzará su plena realización en la eternidad (cf.
1Jn 3, 1-2). Al mismo tiempo, esta llamada sobrenatural subraya precisamente
el carácter relativo de la vida terrena del hombre y de la mujer. En verdad,
esa no es realidad « última », sino « penúltima »; es realidad sagrada, que
se nos confía para que la custodiemos con sentido de responsabilidad y la
llevemos a perfección en el amor y en el don de nosotros mismos a Dios y a
los hermanos.
La Iglesia sabe que este Evangelio de la vida, recibido de su Señor,[1]
tiene un eco profundo y persuasivo en el corazón de cada persona, creyente e
incluso no creyente, porque, superando infinitamente sus expectativas, se
ajusta a ella de modo sorprendente. Todo hombre abierto sinceramente a la
verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la
razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en
la ley natural escrita en su corazón (cf. Rom 2, 14-15) el valor sagrado de
la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de
cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el
reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la
misma comunidad política.
Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este
derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el Concilio
Vaticano II: « el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto
modo, con todo hombre ».[2] En efecto, en este acontecimiento salvífico se
revela a la humanidad no sólo el amor infinito de Dios que « tanto amó al
mundo que dio a su Hijo único » (Jn 3, 16), sino también el valor
incomparable de cada persona humana.
La Iglesia, escrutando asiduamente el misterio de la Redención, descubre con
renovado asombro este valor [3] y se siente llamada a anunciar a los hombres
de todos los tiempos este « Evangelio », fuente de esperanza inquebrantable
y de verdadera alegría para cada época de la historia. El Evangelio del amor
de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio
de la vida son un único e indivisible Evangelio.
Por ello el hombre, el hombre viviente, constituye el camino primero y
fundamental de la Iglesia.[4]
Nuevas amenazas a la vida humana
3. Cada persona, precisamente en virtud del misterio del Verbo de Dios hecho
carne (cf. Jn 1, 14), es confiada a la solicitud materna de la Iglesia. Por
eso, toda amenaza a la dignidad y a la vida del hombre repercute en el
corazón mismo de la Iglesia, afecta al núcleo de su fe en la encarnación
redentora del Hijo de Dios, la compromete en su misión de anunciar el
Evangelio de la vida por todo el mundo y a cada criatura (cf. Mc 16, 15) .
Hoy este anuncio es particularmente urgente ante la impresionante
multiplicación y agudización de las amenazas a la vida de las personas y de
los pueblos, especialmente cuando ésta es débil e indefensa. A las
tradicionales y dolorosas plagas del hambre, las enfermedades endémicas, la
violencia y las guerras, se añaden otras, con nuevas facetas y dimensiones
inquietantes.
Ya el Concilio Vaticano II, en una página de dramática actualidad, denunció
con fuerza los numerosos delitos y atentados contra la vida humana. A
treinta años de distancia, haciendo mías las palabras de la asamblea
conciliar, una vez más y con idéntica firmeza los deploro en nombre de la
Iglesia entera, con la certeza de interpretar el sentimiento auténtico de
cada conciencia recta: « Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios
de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo
suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana,
como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los
intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana,
como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios,
las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de
jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los
obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas
libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente
oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes
los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente
contrarios al honor debido al Creador ».[5]
4. Por desgracia, este alarmante panorama, en vez de disminuir, se va más
bien agrandando. Con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso
científico y tecnológico surgen nuevas formas de agresión contra la dignidad
del ser humano, a la vez que se va delineando y consolidando una nueva
situación cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto
inédito y --podría decirse-- aún más inicuo ocasionando ulteriores y graves
preocupaciones: amplios sectores de la opinión pública justifican algunos
atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad
individual, y sobre este presupuesto pretenden no sólo la impunidad, sino
incluso la autorización por parte del Estado, con el fin de practicarlos con
absoluta libertad y además con la intervención gratuita de las estructuras
sanitarias.
En la actualidad, todo esto provoca un cambio profundo en el modo de
entender la vida y las relaciones entre los hombres. El hecho de que las
legislaciones de muchos países, alejándose tal vez de los mismos principios
fundamentales de sus Constituciones, hayan consentido no penar o incluso
reconocer la plena legitimidad de estas prácticas contra la vida es, al
mismo tiempo, un síntoma preocupante y causa no marginal de un grave
deterioro moral. Opciones, antes consideradas unánimemente como delictivas y
rechazadas por el común sentido moral, llegan a ser poco a poco socialmente
respetables. La misma medicina, que por su vocación está ordenada a la
defensa y cuidado de la vida humana, se presta cada vez más en algunos de
sus sectores a realizar estos actos contra la persona, deformando así su
rostro, contradiciéndose a sí misma y degradando la dignidad de quienes la
ejercen. En este contexto cultural y legal, incluso los graves problemas
demográficos, sociales y familiares, que pesan sobre numerosos pueblos del
mundo y exigen una atención responsable y activa por parte de las
comunidades nacionales y de las internacionales, se encuentran expuestos a
soluciones falsas e ilusorias, en contraste con la verdad y el bien de las
personas y de las naciones.
El resultado al que se llega es dramático: si es muy grave y preocupante el
fenómeno de la eliminación de tantas vidas humanas incipientes o próximas a
su ocaso, no menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia
misma, casi oscurecida por condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez
más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor
fundamental mismo de la vida humana.
En comunión con todos los Obispos del mundo
5. El Consistorio extraordinario de Cardenales, celebrado en Roma del 4 al 7
de abril de 1991, se dedicó al problema de las amenazas a la vida humana en
nuestro tiempo. Después de un amplio y profundo debate sobre el tema y sobre
los desafíos presentados a toda la familia humana y, en particular, a la
comunidad cristiana, los Cardenales, con voto unánime, me pidieron
ratificar, con la autoridad del Sucesor de Pedro, el valor de la vida humana
y su carácter inviolable, con relación a las circunstancias actuales y a los
atentados que hoy la amenazan.
Acogiendo esta petición, escribí en Pentecostés de 1991 una carta personal a
cada Hermano en el Episcopado para que en el espíritu de colegialidad
episcopal, me ofreciera su colaboración para redactar un documento al
respecto.[6] Estoy profundamente agradecido a todos los Obispos que
contestaron, enviándome valiosas informaciones, sugerencias y propuestas.
Ellos testimoniaron así su unánime y convencida participación en la misión
doctrinal y pastoral de la Iglesia sobre el Evangelio de la vida.
En la misma carta, a pocos días de la celebración del centenario de la
Encíclica Rerum novarum, llamaba la atención de todos sobre esta singular
analogía: « Así como hace un siglo la clase obrera estaba oprimida en sus
derechos fundamentales, y la Iglesia tomó su defensa con gran valentía,
proclamando los derechos sacrosantos de la persona del trabajador, así
ahora, cuando otra categoría de personas está oprimida en su derecho
fundamental a la vida, la Iglesia siente el deber de dar voz, con la misma
valentía, a quien no tiene voz. El suyo es el clamor evangélico en defensa
de los pobres del mundo y de quienes son amenazados, despreciados y
oprimidos en sus derechos humanos ».[7]
Hoy una gran multitud de seres humanos débiles e indefensos, como son,
concretamente, los niños aún no nacidos, está siendo aplastada en su derecho
fundamental a la vida. Si la Iglesia, al final del siglo pasado, no podía
callar ante los abusos entonces existentes, menos aún puede callar hoy,
cuando a las injusticias sociales del pasado, tristemente no superadas
todavía, se añaden en tantas partes del mundo injusticias y opresiones
incluso más graves, consideradas tal vez como elementos de progreso de cara
a la organización de un nuevo orden mundial.
La presente Encíclica, fruto de la colaboración del Episcopado de todos los
Países del mundo, quiere ser pues una confirmación precisa y firme del valor
de la vida humana y de su carácter inviolable, y, al mismo tiempo, una
acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta,
defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! ¡Sólo siguiendo este
camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y
felicidad!
¡Que estas palabras lleguen a todos los hijos e hijas de la Iglesia! ¡Que
lleguen a todas las personas de buena voluntad, interesadas por el bien de
cada hombre y mujer y por el destino de toda la sociedad!
6. En comunión profunda con cada uno de los hermanos y hermanas en la fe, y
animado por una amistad sincera hacia todos, quiero meditar de nuevo y
anunciar el Evangelio de la vida, esplendor de la verdad que ilumina las
conciencias, luz diáfana que sana la mirada oscurecida, fuente inagotable de
constancia y valor para afrontar los desafíos siempre nuevos que encontramos
en nuestro camino.
Al recordar la rica experiencia vivida durante el Año de la Familia, como
completando idealmente la Carta dirigida por mí « a cada familia de
cualquier región de la tierra »,[8] miro con confianza renovada a todas las
comunidades domésticas, y deseo que resurja o se refuerce a cada nivel el
compromiso de todos por sostener la familia, para que también hoy --aun en
medio de numerosas dificultades y de graves amenazas-- ella se mantenga
siempre, según el designio de Dios, como « santuario de la vida ».[9]
A todos los miembros de la Iglesia, pueblo de la vida y para la vida, dirijo
mi más apremiante invitación para que, juntos, podamos ofrecer a este mundo
nuestro nuevos signos de esperanza, trabajando para que aumenten la justicia
y la solidaridad y se afiance una nueva cultura de la vida humana, para la
edificación de una auténtica civilización de la verdad y del amor.
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CAPITULO I
LA SANGRE DE TU HERMANO CLAMA A MI DESDE EL SUELO.
ACTUALES AMENAZAS A LA VIDA HUMANA
« Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató » (Gén 4, 8): raíz de la
violencia contra la vida
7. « No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los
vivientes; Él todo lo creó para que subsistiera... Porque Dios creó al
hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza; mas
por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los
que le pertenecen » (Sb 1, 13-14; 2, 23-24).
El Evangelio de la vida, proclamado al principio con la creación del hombre
a imagen de Dios para un destino de vida plena y perfecta (cf. Gén 2, 7; Sb
9, 2-3), está como en contradicción con la experiencia lacerante de la
muerte que entra en el mundo yoscurece el sentido de toda la existencia
humana. La muerte entra por la envidia del diablo (cf. Gén 3, 1.4-5) y por
el pecado de los primeros padres (cf. Gén 2, 17; 3, 17-19). Y entra de un
modo violento, a través de la muerte de Abel causada por su hermano Caín:
«Cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató
» (Gén 4, 8).
Esta primera muerte es presentada con una singular elocuencia en una página
emblemática del libro del Génesis. Una página que cada día se vuelve a
escribir, sin tregua y con degradante repetición, en el libro de la historia
de los pueblos.
Releamos juntos esta página bíblica, que, a pesar de su carácter arcaico y
de su extrema simplicidad, se presenta muy rica de enseñanzas.
« Fue Abel pastor de ovejas y Caín labrador. Pasó algún tiempo, y Caín hizo
al Señor una oblación de los frutos del suelo. También Abel hizo una
oblación de los primogénitos de su rebaño, y de la grasa de los mismos. El
Señor miró propicio a Abel y su oblación, mas no miró propicio a Caín y su
oblación, por lo cual se irritó Caín en gran manera y se abatió su rostro.
El Señor dijo a Caín: "¿Por qué andas irritado, y por qué se ha abatido tu
rostro? ¿No es cierto que si obras bien podrás alzarlo? Mas, si no obras
bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia, y a
quien tienes que dominar".
Caín dijo a su hermano Abel: "Vamos afuera". Y cuando estaban en el campo,
se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató.
El Señor dijo a Caín: "¿Dónde está tu hermano Abel?". Contestó: "No sé. ¿Soy
yo acaso el guarda de mi hermano?". Replicó el Señor: "¿Qué has hecho? Se
oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo. Pues bien: maldito
seas, lejos de este suelo que abrió su boca para recibir de tu mano la
sangre de tu hermano. Aunque labres el suelo, no te dará más fruto.
Vagabundo y errante serás en la tierra".
Entonces dijo Caín al Señor: "Mi culpa es demasiado grande para soportarla.
Es decir que hoy me echas de este suelo y he de esconderme de tu presencia,
convertido en vagabundo errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre
me matará".
El Señor le respondió: "Al contrario, quienquiera que matare a Caín, lo
pagará siete veces". Y el Señor puso una señal a Caín para que nadie que lo
encontrase le atacara. Caín salió de la presencia del Señor, y se estableció
en el país de Nod, al oriente de Edén »(Gén 4, 2-16).
8. Caín se « irritó en gran manera » y su rostro se « abatió » porque el
Señor « miró propicio a Abel y su oblación » (Gén 4, 4). El texto bíblico no
dice el motivo por el que Dios prefirió el sacrificio de Abel al de Caín;
sin embargo, indica con claridad que, aun prefiriendo la oblación de Abel,
no interrumpió su diálogo con Caín. Le reprende recordándole su libertad
frente al mal: el hombre no está predestinado al mal. Ciertamente, igual que
Adán, es tentado por el poder maléfico del pecado que, como bestia feroz,
está acechando a la puerta de su corazón, esperando lanzarse sobre la presa.
Pero Caín es libre frente al pecado. Lo puede y lo debe dominar: « Como
fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar » (Gén 4, 7).
Los celos y la ira prevalecen sobre la advertencia del Señor, y así Caín se
lanza contra su hermano y lo mata. Como leemos en el Catecismo de la Iglesia
Católica, «la Escritura, en el relato de la muerte de Abel a manos de su
hermano Caín, revela, desde los comienzos de la historia humana, la
presencia en el hombre de la ira y la codicia, consecuencia del pecado
original. El hombre se convirtió en el enemigo de sus semejantes ».[10]
El hermano mata a su hermano. Como en el primer fratricidio, en cada
homicidio se viola el parentesco « espiritual » que agrupa a los hombres en
una única gran familia[11] donde todos participan del mismo bien
fundamental: la idéntica dignidad personal. Además, no pocas veces se viola
también el parentesco « de carne y sangre», por ejemplo, cuando las amenazas
a la vida se producen en la relación entre padres e hijos, como sucede con
el aborto o cuando, en un contexto familiar o de parentesco más amplio, se
favorece o se procura la eutanasia.
En la raíz de cada violencia contra el prójimo se cede a la lógica del
maligno, es decir, de aquél que « era homicida desde el principio » (Jn 8,
44), como nos recuerda el apóstol Juan: « Pues este es el mensaje que habéis
oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No como Caín, que,
siendo del maligno, mató a su hermano » (1 Jn 3, 11-12). Así, esta muerte
del hermano al comienzo de la historia es el triste testimonio de cómo el
mal avanza con rapidez impresionante: a la rebelión del hombre contra Dios
en el paraíso terrenal se añade la lucha mortal del hombre contra el hombre.
Después del delito, Dios interviene para vengar al asesinado. Caín, frente a
Dios, que le pregunta sobre el paradero de Abel, lejos de sentirse
avergonzado y excusarse, elude la pregunta con arrogancia: « No sé. ¿Soy yo
acaso el guarda de mi hermano? » (Gén 4, 9). « No sé ». Con la mentira Caín
trata de ocultar su delito. Así ha sucedido con frecuencia y sigue
sucediendo cuando las ideologías más diversas sirven para justificar y
encubrir los atentados más atroces contra la persona. « ¿Soy yo acaso el
guarda de mi hermano? »: Caín no quiere pensar en su hermano y rechaza
asumir aquella responsabilidad que cada hombre tiene en relación con los
demás. Esto hace pensar espontáneamente en las tendencias actuales de
ausencia de responsabilidad del hombre hacia sus semejantes, cuyos síntomas
son, entre otros, la falta de solidaridad con los miembros más débiles de la
sociedad --es decir, ancianos, enfermos, inmigrantes y niños-- y la
indiferencia que con frecuencia se observa en la relación entre los pueblos,
incluso cuando están en juego valores fundamentales como la supervivencia,
la libertad y la paz.
9. Dios no puede dejar impune el delito: desde el suelo sobre el que fue
derramada, la sangre del asesinado clama justicia a Dios (cf. Gén 37, 26; Is
26, 21; Ez 24, 7-8). De este texto la Iglesia ha sacado la denominación de «
pecados que claman venganza ante la presencia de Dios » y entre ellos ha
incluido, en primer lugar, el homicidio voluntario.[12] Para los hebreos,
como para otros muchos pueblos de la antigüedad, en la sangre se encuentra
la vida, mejor aún, « la sangre es la vida » (Dt 12, 23) y la vida,
especialmente la humana, pertenece sólo a Dios: por eso quien atenta contra
la vida del hombre, de alguna manera atenta contra Dios mismo.
Caín es maldecido por Dios y también por la tierra, que le negará sus frutos
(cf. Gén 4, 11-12). Y es castigado: tendrá que habitar en la estepa y en el
desierto. La violencia homicida cambia profundamente el ambiente de vida del
hombre. La tierra de « jardín de Edén » (Gén 2, 15), lugar de abundancia, de
serenas relaciones interpersonales y de amistad con Dios, pasa a ser « país
de Nod » (Gén 4, 16), lugar de « miseria », de soledad y de lejanía de Dios.
Caín será « vagabundo errante por la tierra » (Gén 4, 14) la inseguridad y
la falta de estabilidad lo acompañarán siempre.
Pero Dios, siempre misericordioso incluso cuando castiga, « puso una señal a
Caín para que nadie que le encontrase le atacara » (Gén 4, 15). Le da, por
tanto, una señal de reconocimiento, que tiene como objetivo no condenarlo a
la execración de los demás hombres, sino protegerlo y defenderlo frente a
quienes querrán matarlo para vengar así la muerte de Abel. Nisiquiera el
homicida pierde su dignidad personal y Dios mismo se hace su garante. Es
justamente aquí donde se manifiesta el misterio paradójico de la justicia
misericordiosa de Dios, como escribió san Ambrosio: « Porque se había
cometido un fratricidio, esto es, el más grande de los crímenes, en el
momento mismo en que se introdujo el pecado, se debió desplegar la ley de la
misericordia divina; ya que, si el castigo hubiera golpeado inmediatamente
al culpable, no sucedería que los hombres, al castigar, usen cierta
tolerancia o suavidad, sino que entregarían inmediatamente al castigo a los
culpables. (...) Dios expulsó a Caín de su presencia y, renegado por sus
padres, lo desterró como al exilio de una habitación separada, por el hecho
de que había pasado de la humana benignidad a la ferocidad bestial. Sin
embargo, Dios no quiso castigar al homicida con el homicidio, ya que quiere
el arrepentimiento del pecador y no su muerte ».[13]
« ¿Qué has hecho? » (Gén 4, 10): eclipse del valor de la vida.
10. El Señor dice a Caín: « ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano
clamar a mí desde el suelo » (Gén 4, 10). La voz de la sangre derramada por
los hombres no cesa de clamar, de generación en generación, adquiriendo
tonos y acentos diversos y siempre nuevos.
La pregunta del Señor « ¿Qué has hecho? », que Caín no puede esquivar, se
dirige también al hombre contemporáneo para que tome conciencia de la
amplitud y gravedad de los atentados contra la vida, que siguen marcando la
historia de la humanidad; para que busque las múltiples causas que los
generan y alimentan; reflexione con extrema seriedad sobre las consecuencias
que derivan de estos mismos atentados para la vida de las personas y de los
pueblos.
Hay amenazas que proceden de la naturaleza misma, y que se agravan por la
desidia culpable y la negligencia de los hombres que, no pocas veces,
podrían remediarlas. Otras, sin embargo, son fruto de situaciones de
violencia, odio, intereses contrapuestos, que inducen a los hombres a
agredirse entre sí con homicidios, guerras, matanzas y genocidios.
¿Cómo no pensar también en la violencia contra la vida de millones de seres
humanos, especialmente niños, forzados a la miseria, a la desnutrición, y al
hambre, a causa de una inicua distribución de las riquezas entre los pueblos
y las clases sociales? ¿o en la violencia derivada, incluso antes que de las
guerras, de un comercio escandaloso de armas, que favorece la espiral de
tantos conflictos armados que ensangrientan el mundo? ¿o en la siembra de
muerte que se realiza con el temerario desajuste de los equilibrios
ecológicos, con la criminal difusión de la droga, o con el fomento de
modelos de práctica de la sexualidad que, además de ser moralmente
inaceptables, son también portadores de graves riesgos para la vida? Es
imposible enumerar completamente la vasta gama de amenazas contra la vida
humana, ¡son tantas sus formas, manifiestas o encubiertas, en nuestro
tiempo!
11. Pero nuestra atención quiere concentrarse, en particular, en otro género
de atentados, relativos a la vida naciente y terminal, que presentan
caracteres nuevos respecto al pasado y suscitan problemas de gravedad
singular, por el hecho de que tienden a perder, en la conciencia colectiva,
el carácter de « delito » y a asumir paradójicamente el de « derecho »,
hasta el punto de pretender con ello un verdadero y propio reconocimiento
legal por parte del Estado y la sucesiva ejecución mediante la intervención
gratuita de los mismos agentes sanitarios. Estos atentados golpean la vida
humana en situaciones de máxima precariedad, cuando está privada de toda
capacidad de defensa. Más grave aún es el hecho de que, en gran medida, se
produzcan precisamente dentro y por obra de la familia, que
constitutivamente está llamada a ser, sin embargo, « santuario de la vida ».
¿Cómo se ha podido llegar a una situación semejante? Se deben tomar en
consideración múltiples factores. En el fondo hay una profunda crisis de la
cultura, que engendra escepticismo en los fundamentos mismos del saber y de
la ética, haciendo cada vez más difícil ver con claridad el sentido del
hombre, de sus derechos y deberes. A esto se añaden las más diversas
dificultades existenciales y relaciónales, agravadas por la realidad de una
sociedad compleja, en la que las personas, los matrimonios y las familias se
quedan con frecuencia solas con sus problemas. No faltan además situaciones
de particular pobreza, angustia o exasperación, en las que la prueba de la
supervivencia, el dolor hasta el límite de lo soportable, y las violencias
sufridas, especialmente aquellas contra la mujer, hacen que las opciones por
la defensa y promoción de la vida sean exigentes, a veces incluso hasta el
heroísmo.
Todo esto explica, al menos en parte, cómo el valor de la vida pueda hoy
sufrir una especie de « eclipse », aun cuando la conciencia no deje de
señalarlo como valor sagrado e intangible, como demuestra el hecho mismo de
que se tienda a disimular algunos delitos contra la vida naciente o terminal
con expresiones de tipo sanitario, que distraen la atención del hecho de
estar en juego el derecho a la existencia de una persona humana concreta.
12. En efecto, si muchos y graves aspectos de la actual problemática social
pueden explicar en cierto modo el clima de extendida incertidumbre moral y
atenuar a veces en las personas la responsabilidad objetiva, no es menos
cierto que estamos frente a una realidad más amplia, que se puede considerar
como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la
difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se
configura como verdadera « cultura de muerte ». Esta estructura está
activamente promovida por fuertes corrientes culturales, económicas y
políticas, portadoras de una concepción de la sociedad basada en la
eficiencia. Mirando las cosas desde este punto de vista, se puede hablar, en
cierto sentido, de una guerra de los poderosos contra los débiles. La vida
que exigiría más acogida, amor y cuidado es tenida por inútil, o considerada
como un peso insoportable y, por tanto, despreciada de muchos modos. Quien,
con su enfermedad, con su minusvalidez o, más simplemente, con su misma
presencia pone en discusión el bienestar y el estilo de vida de los más
aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del que hay que defenderse o
a quien eliminar. Se desencadena así una especie de « conjura contra la vida
», que afecta no sólo a las personas concretas en sus relaciones
individuales, familiares o de grupo, sino que va más allá llegando a
perjudicar y alterar, a nivel mundial, las relaciones entre los pueblos y
los Estados.
13. Para facilitar la difusión del aborto, se han invertido y se siguen
invirtiendo ingentes sumas destinadas a la obtención de productos
farmacéuticos, que hacen posible la muerte del feto en el seno materno, sin
necesidad de recurrir a la ayuda del médico. La misma investigación
científica sobre este punto parece preocupada casi exclusivamente por
obtener productos cada vez más simples y eficaces contra la vida y, al mismo
tiempo, capaces de sustraer el aborto a toda forma de control y
responsabilidad social.
Se afirma con frecuencia que la anticoncepción, segura y asequible a todos,
es el remedio más eficaz contra el aborto. Se acusa además a la Iglesia
católica de favorecer de hecho el aborto al continuar obstinadamente
enseñando la ilicitud moral de la anticoncepción. La objeción, mirándolo
bien, se revela en realidad falaz. En efecto, puede ser que muchos recurran
a los anticonceptivos incluso para evitar después la tentación del aborto.
Pero los contravalores inherentes a la « mentalidad anticonceptiva » -bien
diversa del ejercicio responsable de la paternidad y maternidad, respetando
el significado pleno del acto conyugal- son tales que hacen precisamente más
fuerte esta tentación, ante la eventual concepción de una vida no deseada.
De hecho, la cultura abortista está particularmente desarrollada justo en
los ambientes que rechazan la enseñanza de la Iglesia sobre la
anticoncepción. Es cierto que anticoncepción y aborto, desde el punto de
vista moral, son males específicamente distintos: la primera contradice la
verdad plena del acto sexual como expresión propia del amor conyugal, el
segundo destruye la vida de un ser humano; la anticoncepción se opone a la
virtud de la castidad matrimonial, el aborto se opone a la virtud de la
justicia y viola directamente el precepto divino « no matarás ».
A pesar de su diversa naturaleza y peso moral, muy a menudo están
íntimamente relacionados, como frutos de una misma planta. Es cierto que no
faltan casos en los que se llega a la anticoncepción y al mismo aborto bajo
la presión de múltiples dificultades existenciales, que sin embargo nunca
pueden eximir del esfuerzo por observar plenamente la Ley de Dios. Pero en
muchísimos otros casos estas prácticas tienen sus raíces en una mentalidad
hedonista e irresponsable respecto a la sexualidad y presuponen un concepto
egoísta de libertad que ve en la procreación un obstáculo al desarrollo de
la propia personalidad. Así, la vida que podría brotar del encuentro sexual
se convierte en enemigo a evitar absolutamente, y el aborto en la única
respuesta posible frente a una anticoncepción frustrada.
Lamentablemente la estrecha conexión que, como mentalidad , existe entre la
práctica de la anticoncepción y la del aborto se manifiesta cada vez más y
lo demuestra de modo alarmante también la preparación de productos químicos,
dispositivos intrauterinos y « vacunas » que, distribuidos con la misma
facilidad que los anticonceptivos, actúan en realidad como abortivos en las
primerísimas fases de desarrollo de la vida del nuevo ser humano.
14. También las distintas técnicas de reproducción artificial, que
parecerían puestas al servicio de la vida y que son practicadas no pocas
veces con esta intención, en realidad dan pie a nuevos atentados contra la
vida. Más allá del hecho de que son moralmente inaceptables desde el momento
en que separan la procreación del contexto integralmente humano del acto
conyugal,[14] estas técnicas registran altos porcentajes de fracaso. Este
afecta no tanto a la fecundación como al desarrollo posterior del embrión,
expuesto al riesgo de muerte por lo general en brevísimo tiempo. Además, se
producen con frecuencia embriones en número superior al necesario para su
implantación en el seno de la mujer, y estos así llamados « embriones
supernumerarios » son posteriormente suprimidos o utilizados para
investigaciones que, bajo el pretexto del progreso científico o médico,
reducen en realidad la vida humana a simple « material biológico » del que
se puede disponer libremente.
Los diagnósticos prenatales, que no presentan dificultades morales si se
realizan para determinar eventuales cuidados necesarios para el niño aún no
nacido, con mucha frecuencia son ocasión para proponer o practicar el
aborto. Es el aborto eugenésico, cuya legitimación en la opinión pública
procede de una mentalidad -equivocadamente considerada acorde con las
exigencias de la « terapéutica »- que acoge la vida sólo en determinadas
condiciones, rechazando la limitación, la minusvalidez, la enfermedad.
Siguiendo esta misma lógica, se ha llegado a negar los cuidados ordinarios
más elementales, y hasta la alimentación, a niños nacidos con graves
deficiencias o enfermedades. Además, el panorama actual resulta aún más
desconcertante debido a las propuestas, hechas en varios lugares, de
legitimar, en la misma línea del derecho al aborto, incluso el infanticidio,
retornando así a una época de barbarie que se creía superada para siempre.
15. Amenazas no menos graves afectan también a los enfermos incurables y a
los terminales, en un contexto social y cultural que, haciendo más difícil
afrontar y soportar el sufrimiento, agudiza la tentación de resolver el
problema del sufrimiento eliminándolo en su raíz, anticipando la muerte al
momento considerado como más oportuno.
En una decisión así confluyen con frecuencia elementos diversos,
lamentablemente convergentes en este terrible final. Puede ser decisivo, en
el enfermo, el sentimiento de angustia, exasperación, e incluso
desesperación, provocado por una experiencia de dolor intenso y prolongado.
Esto supone una dura prueba para el equilibrio a veces ya inestable de la
vida familiar y personal, de modo que, por una parte, el enfermo -no
obstante la ayuda cada vez más eficaz de la asistencia médica y social-,
corre el riesgo de sentirse abatido por la propia fragilidad; por otra, en
las personas vinculadas afectivamente con el enfermo, puede surgir un
sentimiento de comprensible aunque equivocada piedad. Todo esto se ve
agravado por un ambiente cultural que no ve en el sufrimiento ningún
significado o valor, es más, lo considera el mal por excelencia, que debe
eliminar a toda costa. Esto acontece especialmente cuando no se tiene una
visión religiosa que ayude a comprender positivamente el misterio del dolor.
Además, en el conjunto del horizonte cultural no deja de influir también una
especie de actitud prometeica del hombre que, de este modo, se cree señor de
la vida y de la muerte porque decide sobre ellas, cuando en realidad es
derrotado y aplastado por una muerte cerrada irremediablemente a toda
perspectiva de sentido y esperanza. Encontramos una trágica expresión de
todo esto en la difusión de la eutanasia, encubierta y subrepticia,
practicada abiertamente o incluso legalizada. Esta, más que por una presunta
piedad ante el dolor del paciente, es justificada a veces por razones
utilitarias, de cara a evitar gastos innecesarios demasiado costosos para la
sociedad. Se propone así la eliminación de los recién nacidos malformados,
de los minusválidos graves, de los impedidos, de los ancianos, sobre todo si
no son autosuficientes, y de los enfermos terminales. No nos es lícito
callar ante otras formas más engañosas, pero no menos graves o reales, de
eutanasia. Estas podrían producirse cuando, por ejemplo, para aumentar la
disponibilidad de órganos para trasplante, se procede a la extracción de los
órganos sin respetar los criterios objetivos y adecuados que certifican la
muerte del donante.
16. Otro fenómeno actual, en el que confluyen frecuentemente amenazas y
atentados contra la vida, es el demográfico. Este presenta modalidades
diversas en las diferentes partes del mundo: en los Países ricos y
desarrollados se registra una preocupante reducción o caída de los
nacimientos; los Países pobres, por el contrario, presentan en general una
elevada tasa de aumento de la población, difícilmente soportable en un
contexto de menor desarrollo económico y social, o incluso de grave
subdesarrollo. Ante la superpoblación de los Países pobres faltan, a nivel
internacional, medidas globales -serias políticas familiares y sociales,
programas de desarrollo cultural y de justa producción y distribución de los
recursos- mientras se continúan realizando políticas antinatalistas.
La anticoncepción, la esterilización y el aborto están ciertamente entre las
causas que contribuyen a crear situaciones de fuerte descenso de la
natalidad. Puede ser fácil la tentación de recurrir también a los mismos
métodos y atentados contra la vida en las situaciones de « explosión
demográfica ».
El antiguo Faraón, viendo como una pesadilla la presencia y aumento de los
hijos de Israel, los sometió a toda forma de opresión y ordenó que fueran
asesinados todos los recién nacidos varones de las mujeres hebreas (cf. Ex
1, 7-22). Del mismo modo se comportan hoy no pocos poderosos de la tierra.
Estos consideran también como una pesadilla el crecimiento demográfico
actual y temen que los pueblos más prolíficos y más pobres representen una
amenaza para el bienestar y la tranquilidad de sus Países. Por consiguiente,
antes que querer afrontar y resolver estos graves problemas respetando la
dignidad de las personas y de las familias, y el derecho inviolable de todo
hombre a la vida, prefieren promover e imponer por cualquier medio una
masiva planificación de los nacimientos. Las mismas ayudas económicas, que
estarían dispuestos a dar, se condicionan injustamente a la aceptación de
una política antinatalista.
17. La humanidad de hoy nos ofrece un espectáculo verdaderamente alarmante,
si consideramos no sólo los diversos ámbitos en los que se producen los
atentados contra la vida, sino también su singular proporción numérica,
junto con el múltiple y poderoso apoyo que reciben de una vasta opinión
pública, de un frecuente reconocimiento legal y de la implicación de una
parte del personal sanitario.
Como afirmé con fuerza en Denver, con ocasión de la VIII Jornada Mundial de
la Juventud: « Con el tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen. Al
contrario, adquieren dimensiones enormes. No se trata sólo de amenazas
procedentes del exterior, de las fuerzas de la naturaleza o de los "Caínes"
que asesinan a los "Abeles"; no, se trata de amenazas programadas de manera
científica y sistemática. El siglo XX será considerado una época de ataques
masivos contra la vida, una serie interminable de guerras y una destrucción
permanente de vidas humanas inocentes. Los falsos profetas y los falsos
maestros han logrado el mayor éxito posible ».[15] Más allá de las
intenciones, que pueden ser diversas y presentar tal vez aspectos
convincentes incluso en nombre de la solidaridad, estamos en realidad ante
una objetiva « conjura contra la vida », que ve implicadas incluso a
Instituciones internacionales, dedicadas a alentar y programar auténticas
campañas de difusión de la anticoncepción, la esterilización y el aborto.
Finalmente, no se puede negar que los medios de comunicación social son con
frecuencia cómplices de esta conjura, creando en la opinión pública una
cultura que presenta el recurso a la anticoncepción, la esterilización, el
aborto y la misma eutanasia como un signo de progreso y conquista de
libertad, mientras muestran como enemigas de la libertad y del progreso las
posiciones incondicionales a favor de la vida.
« ¿Soy acaso yo el guarda de mi hermano? » (Gén 4, 9): una idea perversa de
libertad
18. El panorama descrito debe considerarse atendiendo no sólo a los
fenómenos de muerte que lo caracterizan, sino también a las múltiples causas
que lo determinan. La pregunta del Señor: « ¿Qué has hecho? » (Gén 4, 10)
parece como una invitación a Caín para ir más allá de la materialidad de su
gesto homicida, y comprender toda su gravedad en las motivaciones que
estaban en su origen y en las consecuencias que se derivan.
Las opciones contra la vida proceden, a veces, de situaciones difíciles o
incluso dramáticas de profundo sufrimiento, soledad, falta total de
perspectivas económicas, depresión y angustia por el futuro. Estas
circunstancias pueden atenuar incluso notablemente la responsabilidad
subjetiva y la consiguiente culpabilidad de quienes hacen estas opciones en
sí mismas moralmente malas. Sin embargo, hoy el problema va bastante más
allá del obligado reconocimiento de estas situaciones personales. Está
también en el plano cultural, social y político, donde presenta su aspecto
más subversivo e inquietante en la tendencia, cada vez más frecuente, a
interpretar estos delitos contra la vida como legítimas expresiones de la
libertad individual, que deben reconocerse y ser protegidas como verdaderos
y propios derechos.
De este modo se produce un cambio de trágicas consecuencias en el largo
proceso histórico, que después de descubrir la idea de los « derechos
humanos » -como derechos inherentes a cada persona y previos a toda
Constitución y legislación de los Estados- incurre hoy en una sorprendente
contradicción: justo en una época en la que se proclaman solemnemente los
derechos inviolables de la persona y se afirma públicamente el valor de la
vida, el derecho mismo a la vida queda prácticamente negado y conculcado, en
particular en los momentos más emblemáticos de la existencia, como son el
nacimiento y la muerte.
Por una parte, las varias declaraciones universales de los derechos del
hombre y las múltiples iniciativas que se inspiran en ellas, afirman a nivel
mundial una sensibilidad moral más atenta a reconocer el valor y la dignidad
de todo ser humano en cuanto tal , sin distinción de raza, nacionalidad ,
religión, opinión política o clase social.
Por otra parte, a estas nobles declaraciones se contrapone lamentablemente
en la realidad su trágica negación. Esta es aún más desconcertante y hasta
escandalosa, precisamente por producirse en una sociedad que hace de la
afirmación y de la tutela de los derechos humanos su objetivo principal y al
mismo tiempo su motivo de orgullo. ¿Cómo poner de acuerdo estas repetidas
afirmaciones de principios con la multiplicación continua y la difundida
legitimación de los atentados contra la vida humana? ¿Cómo conciliar estas
declaraciones con el rechazo del más débil, del más necesitado, del anciano
y del recién concebido? Estos atentados van en una dirección exactamente
contraria a la del respeto a la vida, y representan una amenaza frontal a
toda la cultura de los derechos del hombre. Es una amenaza capaz, al límite,
de poner en peligro el significado mismo de la convivencia democrática:
nuestras ciudades corren el riesgo de pasar de ser sociedades de «
con-vivientes » a sociedades de excluidos, marginados, rechazados y
eliminados. Si además se dirige la mirada al horizonte mundial, ¿cómo no
pensar que la afirmación misma de los derechos de las personas y de los
pueblos se reduce a un ejercicio retórico estéril, como sucede en las altas
reuniones internacionales, si no se desenmascara el egoísmo de los Países
ricos que cierran el acceso al desarrollo de los Países pobres, o lo
condicionan a absurdas prohibiciones de procreación, oponiendo el desarrollo
al hombre? ¿No convendría quizá revisar los mismos modelos económicos,
adoptados a menudo por los Estados incluso por influencias y
condicionamientos de carácter internacional, que producen y favorecen
situaciones de injusticia y violencia en las que se degrada y vulnera la
vida humana de poblaciones enteras?
19. ¿Dónde están las raíces de una contradicción tan sorprendente?
Podemos encontrarlas en valoraciones generales de orden cultural o moral,
comenzando por aquella mentalidad que, tergiversando e incluso deformando el
concepto de subjetividad, sólo reconoce como titular de derechos a quien se
presenta con plena o, al menos, incipiente autonomía y sale de situaciones
de total dependencia de los demás. Pero, ¿cómo conciliar esta postura con la
exaltación del hombre como ser « indisponible »? La teoría de los derechos
humanos se fundamenta precisamente en la consideración del hecho que el
hombre, a diferencia de los animales y de las cosas, no puede ser sometido
al dominio de nadie. También se debe señalar aquella lógica que tiende a
identificar la dignidad personal con la capacidad de comunicación verbal y
explícita y, en todo caso, experimentable. Está claro que, con estos
presupuestos, no hay espacio en el mundo para quien, como el que ha de nacer
o el moribundo, es un sujeto constitutivamente débil, que parece sometido en
todo al cuidado de otras personas, dependiendo radicalmente de ellas, y que
sólo sabe comunicarse mediante el lenguaje mudo de una profunda simbiosis de
afectos. Es, por tanto, la fuerza que se hace criterio de opción y acción en
las relaciones interpersonales y en la convivencia social. Pero esto es
exactamente lo contrario de cuanto ha querido afirmar históricamente el
Estado de derecho, como comunidad en la que a las « razones de la fuerza »
sustituye la « fuerza de la razón ».
A otro nivel, el origen de la contradicción entre la solemne afirmación de
los derechos del hombre y su trágica negación en la práctica, está en un
concepto de libertad que exalta de modo absoluto al individuo, y no lo
dispone a la solidaridad, a la plena acogida y al servicio del otro. Si es
cierto que, a veces, la eliminación de la vida naciente o terminal se
enmascara también bajo una forma malentendida de altruismo y piedad humana,
no se puede negar que semejante cultura de muerte, en su conjunto,
manifiesta una visión de la libertad muy individualista, que acaba por ser
la libertad de los « más fuertes » contra los débiles destinados a sucumbir.
Precisamente en este sentido se puede interpretar la respuesta de Caín a la
pregunta del Señor « ¿Dónde está tu hermano Abel? »: « No sé. ¿Soy yo acaso
el guarda de mi hermano? » (Gén 4, 9). Sí,cada hombre es « guarda de su
hermano », porque Dios confía el hombre al hombre. Y es también en vista de
este encargo que Dios da a cada hombre la libertad, que posee una esencial
dimensión relacional. Es un gran don del Creador, puesto al servicio de la
persona y de su realización mediante el don de sí misma y la acogida del
otro. Sin embargo, cuando la libertad es absolutizada en clave
individualista, se vacía de su contenido original y se contradice en su
misma vocación y dignidad.
Hay un aspecto aún más profundo que acentuar: la libertad reniega de sí
misma, se autodestruye y se dispone a la eliminación del otro cuando no
reconoce ni respeta su vínculo constitutivo con la verdad. Cada vez que la
libertad, queriendo emanciparse de cualquier tradición y autoridad, se
cierra a las evidencias primarias de una verdad objetiva y común, fundamento
de la vida personal y social, la persona acaba por asumir como única e
indiscutible referencia para sus propias decisiones no ya la verdad sobre el
bien o el mal, sino sólo su opinión subjetiva y mudable o, incluso, su
interés egoísta y su capricho.
20. Con esta concepción de la libertad, la convivencia social se deteriora
profundamente. Si la promoción del propio yo se entiende en términos de
autonomía absoluta, se llega inevitablemente a la negación del otro,
considerado como enemigo de quien defenderse. De este modo la sociedad se
convierte en un conjunto de individuos colocados unos junto a otros, pero
sin vínculos recíprocos: cada cual quiere afirmarse independientemente de
los demás, incluso haciendo prevalecer sus intereses. Sin embargo, frente a
los intereses análogos de los otros, se ve obligado a buscar cualquier forma
de compromiso, si se quiere garantizar a cada uno el máximo posible de
libertad en la sociedad. Así, desaparece toda referencia a valores comunes y
a una verdad absoluta para todos; la vida social se adentra en las arenas
movedizas de un relativismo absoluto. Entonces todo es pactable, todo es
negociable: incluso el primero de los derechos fundamentales, el de la vida.
Es lo que de hecho sucede también en el ámbito más propiamente político o
estatal: el derecho originario e inalienable a la vida se pone en discusión
o se niega sobre la base de un voto parlamentario o de la voluntad de una
parte -aunque sea mayoritaria- de la población. Es el resultado nefasto de
un relativismo que predomina incontrovertible: el « derecho » deja de ser
tal porque no está ya fundamentado sólidamente en la inviolable dignidad de
la persona, sino que queda sometido a la voluntad del más fuerte. De este
modo la democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo
fundamental. El Estado deja de ser la « casa común » donde todos pueden
vivir según los principios de igualdad fundamental, y se transforma en
Estado tirano, que presume de poder disponer de la vida de los más débiles e
indefensos, desde el niño aún no nacido hasta el anciano, en nombre de una
utilidad pública que no es otra cosa, en realidad, que el interés de
algunos. Parece que todo acontece en el más firme respeto de la legalidad,
al menos cuando las leyes que permiten el aborto o la eutanasia son votadas
según las, así llamadas, reglas democráticas. Pero en realidad estamos sólo
ante una trágica apariencia de legalidad, donde el ideal democrático, que es
verdaderamente tal cuando reconoce y tutela la dignidad de toda persona
humana, es traicionado en sus mismas bases: « ¿Cómo es posible hablar
todavía de dignidad de toda persona humana, cuando se permite matar a la más
débil e inocente? ¿En nombre de qué justicia se realiza la más injusta de
las discriminaciones entre las personas, declarando a algunas dignas de ser
defendidas, mientras a otras se niega esta dignidad? ».[16] Cuando se
verifican estas condiciones, se han introducido ya los dinamismos que llevan
a la disolución de una auténtica convivencia humana y a la disgregación de
la misma realidad establecida.
Reivindicar el derecho al aborto, al infanticidio, a la eutanasia, y
reconocerlo legalmente, significa atribuir a la libertad humana un
significado perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre los demás y
contra los demás. Pero ésta es la muerte de la verdadera libertad: « En
verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo » (Jn 8,
34).
« He de esconderme de tu presencia » (Gén 4, 14): eclipse del sentido de
Dios y del hombre
21. En la búsqueda de las raíces más profundas de la lucha entre la «
cultura de la vida » y la « cultura de la muerte », no basta detenerse en la
idea perversa de libertad anteriormente señalada. Es necesario llegar al
centro del drama vivido por el hombre contemporáneo: el eclipse del sentido
de Dios y del hombre, característico del contexto social y cultural dominado
por el secularismo, que con sus tentáculos penetrantes no deja de poner a
prueba, a veces, a las mismas comunidades cristianas. Quien se deja
contagiar por esta atmósfera, entra fácilmente en el torbellino de un
terrible círculo vicioso: perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder
también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida. A su vez, la
violación sistemática de la ley moral, especialmente en el grave campo del
respeto de la vida humana y su dignidad, produce una especie de progresiva
ofuscación de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora
de Dios.
Una vez más podemos inspirarnos en el relato del asesinato de Abel por parte
de su hermano. Después de la maldición impuesta por Dios, Caín se dirige así
al Señor: « Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Es decir que hoy
me echas de este suelo y he de esconderme de tu presencia, convertido en
vagabundo errante por la tierra, y cualquiera que me encuentre me matará » (Gén
4, 13-14). Caín considera que su pecado no podrá ser perdonado por el Señor
y que su destino inevitable será tener que « esconderse de su presencia ».
Si Caín confiesa que su culpa es « demasiado grande », es porque sabe que se
encuentra ante Dios y su justo juicio. En realidad, sólo delante del Señor
el hombre puede reconocer su pecado y percibir toda su gravedad. Esta es la
experiencia de David, que después de « haber pecado contra el Señor »,
reprendido por el profeta Natán (cf. 2Sam 11-12), exclama: « Mi delito yo lo
reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra ti, contra ti sólo he
pecado, lo malo a tus ojos cometí » (Sal 51/50, 5-6).
22. Por esto, cuando se pierde el sentido de Dios, también el sentido del
hombre queda amenazado y contaminado, como afirma lapidariamente el Concilio
Vaticano II: « La criatura sin el Creador desaparece... Más aún, por el
olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida ».[17] El hombre no puede
ya entenderse como « misteriosamente otro » respecto a las demás criaturas
terrenas; se considera como uno de tantos seres vivientes, como un organismo
que, a lo sumo, ha alcanzado un estadio de perfección muy elevado. Encerrado
en el restringido horizonte de su materialidad, se reduce de este modo a «
una cosa », y ya no percibe el carácter trascendente de su « existir como
hombre ». No considera ya la vida como un don espléndido de Dios, una
realidad « sagrada » confiada a su responsabilidad y, por tanto, a su
custodia amorosa, a su « veneración ». La vida llega a ser simplemente « una
cosa », que el hombre reivindica como su propiedad exclusiva, totalmente
dominable y manipulable.
Así, ante la vida que nace y la vida que muere, el hombre ya no es capaz de
dejarse interrogar sobre el sentido más auténtico de su existencia,
asumiendo con verdadera libertad estos momentos cruciales de su propio «
existir ». Se preocupa sólo del « hacer » y, recurriendo a cualquier forma
de tecnología, se afana por programar, controlar y dominar el nacimiento y
la muerte. Estas, de experiencias originarias que requieren ser « vividas »,
pasan a ser cosas que simplemente se pretenden « poseer » o « rechazar ».
Por otra parte, una vez excluida la referencia a Dios, no sorprende que el
sentido de todas las cosas resulte profundamente deformado, y la misma
naturaleza, que ya no es « mater », quede reducida a « material » disponible
a todas las manipulaciones. A esto parece conducir una cierta racionalidad
técnico-científica, dominante en la cultura contemporánea, que niega la idea
misma de una verdad de la creación que hay que reconocer o de un designio de
Dios sobre la vida que hay que respetar. Esto no es menos verdad, cuando la
angustia por los resultados de esta « libertad sin ley » lleva a algunos a
la postura opuesta de una « ley sin libertad », como sucede, por ejemplo, en
ideologías que contestan la legitimidad de cualquier intervención sobre la
naturaleza, como en nombre de una « divinización » suya, que una vez más
desconoce su dependencia del designio del Creador.
En realidad, viviendo « como si Dios no existiera », el hombre pierde no
sólo el misterio de Dios, sino también el del mundo y el de su propio ser.
23. El eclipse del sentido de Dios y del hombre conduce inevitablemente al
materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el
utilitarismo y el hedonismo. Se manifiesta también aquí la perenne validez
de lo que escribió el Apóstol: « Como no tuvieron a bien guardar el
verdadero conocimiento de Dios, Dios los entregó a su mente insensata, para
que hicieran lo que no conviene » (Rom 1, 28). Así, los valores del ser son
sustituidos por los del tener. El único fin que cuenta es la consecución del
propio bienestar material. La llamada « calidad de vida » se interpreta
principal o exclusivamente como eficiencia económica, consumismo
desordenado, belleza y goce de la vida física, olvidando las dimensiones más
profundas -relacionales, espirituales y religiosas- de la existencia.
En semejante contexto el sufrimiento, elemento inevitable de la existencia
humana, aunque también factor de posible crecimiento personal, es «
censurado », rechazado como inútil, más aún, combatido como mal que debe
evitarse siempre y de cualquier modo. Cuando no es posible evitarlo y la
perspectiva de un bienestar al menos futuro se desvanece, entonces parece
que la vida ha perdido ya todo sentido y aumenta en el hombre la tentación
de reivindicar el derecho a su supresión.
Siempre en el mismo horizonte cultural, el cuerpo ya no se considera como
realidad típicamente personal, signo y lugar de las relaciones con los
demás, con Dios y con el mundo. Se reduce a pura materialidad: está
simplemente compuesto de órganos, funciones y energías que hay que usar
según criterios de mero goce y eficiencia. Por consiguiente, también la
sexualidad se despersonaliza e instrumentaliza: de signo, lugar y lenguaje
del amor, es decir, del don de sí mismo y de la acogida del otro según toda
la riqueza de la persona, pasa a ser cada vez más ocasión e instrumento de
afirmación del propio yo y de satisfacción egoísta de los propios deseos e
instintos. Así se deforma y falsifica el contenido originario de la
sexualidad humana, y los dos significados, unitivo y procreativo, innatos a
la naturaleza misma del acto conyugal, son separados artificialmente. De
este modo, se traiciona la unión y la fecundidad se somete al arbitrio del
hombre y de la mujer. La procreación se convierte entonces en el « enemigo »
a evitar en la práctica de la sexualidad. Cuando se acepta, es sólo porque
manifiesta el propio deseo, o incluso la propia voluntad, de tener un hijo «
a toda costa », y no, en cambio, por expresar la total acogida del otro y,
por tanto, la apertura a la riqueza de vida de la que el hijo es portador.
En la perspectiva materialista expuesta hasta aquí, las relaciones
interpersonales experimentan un grave empobrecimiento. Los primeros que
sufren sus consecuencias negativas son la mujer, el niño, el enfermo o el
que sufre y el anciano. El criterio propio de la dignidad personal -el del
respeto, la gratuidad y el servicio- se sustituye por el criterio de la
eficiencia, la funcionalidad y la utilidad. Se aprecia al otro no por lo que
« es », sino por lo que « tiene, hace o produce ». Es la supremacía del más
fuerte sobre el más débil.
24. En lo íntimo de la consciencia moral se produce el eclipse del sentido
de Dios y del hombre, con todas sus múltiples y funestas consecuencias para
la vida. Se pone en duda, sobre todo, la conciencia de cada persona, que en
su unicidad e irrepetibilidad se encuentra sola ante Dios.[18] Pero también
se cuestiona, en cierto sentido, la « conciencia moral » de la sociedad.
Esta es de algún modo responsable, no sólo porque tolera o favorece
comportamientos contrarios a la vida, sino también porque alimenta la «
cultura de la muerte », llegando a crear y consolidar verdaderas y
auténticas « estructuras de pecado » contra la vida. La conciencia moral,
tanto individual como social, está hoy sometida, a causa también del fuerte
influjo de muchos medios de comunicación social, a un peligro gravísimo y
mortal, el de la confusión entre el bien y el mal en relación con el mismo
derecho fundamental a la vida. Lamentablemente, una gran parte de la
sociedad actual se asemeja a la que Pablo describe en la Carta a los
Romanos. Está formada « de hombres que aprisionan la verdad en la injusticia
» (1, 18): habiendo renegado de Dios y creyendo poder construir la ciudad
terrena sin necesidad de El, « se ofuscaron en sus razonamientos » de modo
que « su insensato corazón se entenebreció » (1, 21); « jactándose de sabios
se volvieron estúpidos » (1, 22), se hicieron autores de obras dignas de
muerte y « no solamente las practican, sino que aprueban a los que las
cometen » (1, 32). Cuando la conciencia, este luminoso ojo del alma (cf. Mt
6, 22-23), llama « al mal bien y al bien mal » (Is 5, 20), camina ya hacia
su degradación más inquietante y hacia la más tenebrosa ceguera moral.
Sin embargo, todos los condicionamientos y esfuerzos por imponer el silencio
no logran sofocar la voz del Señor que resuena en la conciencia de cada
hombre. De este íntimo santuario de la conciencia puede empezar un nuevo
camino de amor, de acogida y de servicio a la vida humana.
« Os habéis acercado a la sangre de la aspersión » (cf. Hb 12, 22.24):
signos de esperanza y llamada al compromiso
25. « Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo » (Gén 4,
10). No es sólo la sangre de Abel, el primer inocente asesinado, que clama a
Dios, fuente y defensor de la vida. También la sangre de todo hombre
asesinado después de Abel es un clamor que se eleva al Señor. De una forma
absolutamente única, clama a Dios la sangre de Cristo, de quien Abel en su
inocencia es figura profética, como nos recuerda el autor de la Carta a los
Hebreos: « Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, a la
ciudad del Dios vivo... al mediador de una Nueva Alianza, y a la aspersión
purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel » (12, 22.24)
Es la sangre de la aspersión. De ella había sido símbolo y signo anticipador
la sangre de los sacrificios de la Antigua Alianza, con los que Dios
manifestaba la voluntad de comunicar su vida a los hombres, purificándolos y
consagrándolos (cf. Ex 24, 8; Lv 17, 11). Ahora, todo esto se cumple y
verifica en Cristo: la suya es la sangre de la aspersión que redime,
purifica y salva; es la sangre del mediador de la Nueva Alianza « derramada
por muchos para perdón de los pecados » (Mt 26, 28). Esta sangre, que brota
del costado abierto de Cristo en la cruz (cf. Jn 19, 34), « habla mejor que
la de Abel »; en efecto, expresa y exige una « justicia » más profunda, pero
sobre todo implora misericordia,[19] se hace ante el Padre intercesora por
los hermanos (cf. Hb 7, 25), es fuente de redención perfecta y don de vida
nueva.
La sangre de Cristo, mientras revela la grandeza del amor del Padre,
manifiesta qué precioso es el hombre a los ojos de Dios y qué inestimable es
el valor de su vida. Nos lo recuerda el apóstol Pedro: « Sabéis que habéis
sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con
algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin
tacha y sin mancilla, Cristo » (1 Pe 1, 18-19). Precisamente contemplando la
sangre preciosa de Cristo, signo de su entrega de amor (cf. Jn 13, 1),el
creyente aprende a reconocer y apreciar la dignidad casi divina de todo
hombre y puede exclamar con nuevo y grato estupor: « ¡Qué valor debe tener
el hombre a los ojos del Creador, si ha "merecido tener tan gran Redentor"
(Himno Exsultet de la Vigilia pascual), si "Dios ha dado a su Hijo", a fin
de que él, el hombre, "no muera sino que tenga la vida eterna" (cf. Jn 3,
16)! ».[20]
Además, la sangre de Cristo manifiesta al hombre que su grandeza, y por
tanto su vocación, consiste en el don sincero de sí mismo. Precisamente
porque se derrama como don de vida, la sangre de Cristo ya no es signo de
muerte, de separación definitiva de los hermanos, sino instrumento de una
comunión que es riqueza de vida para todos. Quien bebe esta sangre en el
sacramento de la Eucaristía y permanece en Jesús (cf. Jn 6, 56) queda
comprometido en su mismo dinamismo de amor y de entrega de la vida, para
llevar a plenitud la vocación originaria al amor, propia de todo hombre (cf.
Jn 1, 27; 2, 18-24).
Es en la sangre de Cristo donde todos los hombres encuentran la fuerza para
comprometerse en favor de la vida. Esta sangre es justamente el motivo más
grande de esperanza, más aún, es el fundamento de la absoluta certeza de que
según el designio divino la vida vencerá. « No habrá ya muerte », exclama la
voz potente que sale del trono de Dios en la Jerusalén celestial (Ap 21, 4).
Y san Pablo nos asegura que la victoria actual sobre el pecado es signo y
anticipo de la victoria definitiva sobre la muerte, cuando « se cumplirá la
palabra que está escrita: "La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde
está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?" » (1 Cor
15, 54-55).
26. En realidad, no faltan signos que anticipan esta victoria en nuestras
sociedades y culturas, a pesar de estar fuertemente marcadas por la «
cultura de la muerte ». Se daría, por tanto, una imagen unilateral, que
podría inducir a un estéril desánimo, si junto con la denuncia de las
amenazas contra la vida no se presentan los signos positivos que se dan en
la situación actual de la humanidad.
Desgraciadamente, estos signos positivos encuentran a menudo dificultad para
manifestarse y ser reconocidos, tal vez también porque no encuentran una
adecuada atención en los medios de comunicación social. Pero, ¡cuántas
iniciativas de ayuda y apoyo a las personas más débiles e indefensas han
surgido y continúan surgiendo en la comunidad cristiana y en la sociedad
civil, a nivel local, nacional e internacional, promovidas por individuos,
grupos, movimientos y organizaciones diversas!
Son todavía muchos los esposos que, con generosa responsabilidad, saben
acoger a los hijos como « el don más excelente del matrimonio ».[21] No
faltan familias que, además de su servicio cotidiano a la vida, acogen a
niños abandonados, a muchachos y jóvenes en dificultad, a personas
minusválidas, a ancianos solos. No pocos centros de ayuda a la ,vida, o
instituciones análogas, están promovidos por personas y grupos que, con
admirable dedicación y sacrificio, ofrecen un apoyo moral y material a
madres en dificultad, tentadas de recurrir al aborto. También surgen y se
difunden grupos de voluntarios dedicados a dar hospitalidad a quienes no
tienen familia, se encuentran en condiciones de particular penuria o tienen
necesidad de hallar un ambiente educativo que les ayude a superar
comportamientos destructivos y a recuperar el sentido de la vida.
La medicina, impulsada con gran dedicación por investigadores y
profesionales, persiste en su empeño por encontrar remedios cada vez más
eficaces: resultados que hace un tiempo eran del todo impensables y capaces
de abrir prometedoras perspectivas se obtienen hoy para la vida naciente,
para las personas que sufren y los enfermos en fase aguda o terminal.
Distintos entes y organizaciones se movilizan para llevar, incluso a los
países más afectados por la miseria y las enfermedades endémicas, los
beneficios de la medicina más avanzada. Así, asociaciones nacionales e
internacionales de médicos se mueven oportunamente para socorrer a las
poblaciones probadas por calamidades naturales, epidemias o guerras. Aunque
una verdadera justicia internacional en la distribución de los recursos
médicos está aún lejos de su plena realización, ¿cómo no reconocer en los
pasos dados hasta ahora el signo de una creciente solidaridad entre los
pueblos, de una apreciable sensibilidad humana y moral y de un mayor respeto
por la vida?
27. Frente a legislaciones que han permitido el aborto y a tentativas,
surgidas aquí y allá, de legalizar la eutanasia, han aparecido en todo el
mundo movimientos e iniciativas de sensibilización social en favor de la
vida. Cuando, conforme a su auténtica inspiración, actúan con determinada
firmeza pero sin recurrir a la violencia, estos movimientos favorecen una
toma de conciencia más difundida y profunda del valor de la vida,
solicitando y realizando un compromiso más decisivo por su defensa.
¿Cómo no recordar, además, todos estos gestos cotidianos de acogida,
sacrificio y cuidado desinteresado que un número incalculable de personas
realiza con amor en las familias, hospitales, orfanatos, residencias de
ancianos y en otros centros o comunidades, en defensa de la vida? La
Iglesia, dejándose guiar por el ejemplo de Jesús « buen samaritano » (cf. Lc
10, 29-37) y sostenida por su fuerza, siempre ha estado en la primera línea
de la caridad: tantos de sus hijos e hijas, especialmente religiosas y
religiosos, con formas antiguas y siempre nuevas, han consagrado y continúan
consagrando su vida a Dios ofreciéndola por amor al prójimo más débil y
necesitado. Estos gestos construyen en lo profundo la « civilización del
amor y de la vida », sin la cual la existencia de las personas y de la
sociedad pierde su significado más auténticamente humano. Aunque nadie los
advierta y permanezcan escondidos a la mayoría, la fe asegura que el Padre,
« que ve en lo secreto » (Mt 6, 4), no sólo sabrá recompensarlos, sino que
ya desde ahora los hace fecundos con frutos duraderos para todos.
Entre los signos de esperanza se da también el incremento, en muchos
estratos de la opinión pública, de una nueva sensibilidad cada vez más
contraria a la guerra como instrumento de solución de los conflictos entre
los pueblos, y orientada cada vez más a la búsqueda de medios eficaces, pero
« no violentos », para frenar la agresión armada. Además, en este mismo
horizonte se da la aversión cada vez más difundida en la opinión pública a
la pena de muerte, incluso como instrumento de « legítima defensa » social,
al considerar las posibilidades con las que cuenta una sociedad moderna para
reprimir eficazmente el crimen de modo que, neutralizando a quien lo ha
cometido, no se le prive definitivamente de la posibilidad de redimirse
También se debe considerar positivamente una mayor atención a la calidad de
vida y a la ecología, que se registra sobre todo en las sociedades más
desarrolladas, en las que las expectativas de las personas no se centran
tanto en los problemas de la supervivencia cuanto más bien en la búsqueda de
una mejora global de las condiciones de vida. Particularmente significativo
es el despertar de una reflexión ética sobre la vida. Con el nacimiento y
desarrollo cada vez más extendido de la bioética se favorece la reflexión y
el diálogo -entre creyentes y no creyentes, así como entre creyentes de
diversas religiones- sobre problemas éticos, incluso fundamentales, que
afectan a la vida del hombre.
28. Este horizonte de luces y sombras debe hacernos a todos plenamente
conscientes de que estamos ante un enorme y dramático choque entre el bien y
el mal, la muerte y la vida, la « cultura de la muerte » y la « cultura de
la vida ». Estamos no sólo « ante », sino necesariamente « en medio » de
este conflicto: todos nos vemos implicados y obligados a participar, con la
responsabilidad ineludible de elegir incondicionalmente en favor de la vida.
También para nosotros resuena clara y fuerte la invitación a Moisés: « Mira,
yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia...; te pongo
delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que
vivas, tú y tu descendencia » (Dt 30, 15.19). Es una invitación válida
también para nosotros, llamados cada día a tener que decidir entre la «
cultura de la vida » y la « cultura de la muerte ». Pero la llamada del
Deuteronomio es aún más profunda, porque nos apremia a una opción
propiamente religiosa y moral. Se trata de dar a la propia existencia una
orientación fundamental y vivir en fidelidad y coherencia con la Ley del
Señor: « Yo te prescribo hoy que ames al Señor tu Dios, que sigas sus
caminos y guardes sus mandamientos, preceptos y normas... Escoge la vida,
para que vivas, tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su
voz, viviendo unido a Él; pues en eso está tu vida, así como la prolongación
de tus días » (30, 16.19-20).
La opción incondicional en favor de la vida alcanza plenamente su
significado religioso y moral cuando nace, viene plasmada y es alimentada
por la fe en Cristo. Nada ayuda tanto a afrontar positivamente el conflicto
entre la muerte y la vida, en el que estamos inmersos, como la fe en el Hijo
de Dios que se ha hecho hombre y ha venido entre los hombres « para que
tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10): es la fe en el
Resucitado, que ha vencido la muerte; es la fe en la sangre de Cristo « que
habla mejor que la de Abel » (Hb 12, 24).
Por tanto, a la luz y con la fuerza de esta fe, y ante los desafíos de la
situación actual, la Iglesia toma más viva conciencia de la gracia y de la
responsabilidad que recibe de su Señor para anunciar, celebrar y servir al
Evangelio de la vida.
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CAPITULO II
HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA.
MENSAJE CRISTIANO SOBRE LA VIDA
« La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto » (1 Jn 1, 2): la mirada
dirigida a Cristo, « Palabra de vida »
29. Ante las innumerables y graves amenazas contra la vida en el mundo
contemporáneo, podríamos sentirnos como abrumados por una sensación de
impotencia insuperable: ¡el bien nunca podrá tener la fuerza suficiente para
vencer el mal!
Este es el momento en que el Pueblo de Dios, y en él cada creyente, está
llamado a profesar, con humildad y valentía, la propia fe en Jesucristo, «
Palabra de vida » (1 Jn 1, 1). En realidad, el Evangelio de la vida no es
una mera reflexión, aunque original y profunda, sobre la vida humana; ni
sólo un mandamiento destinado a sensibilizar la conciencia y a causar
cambios significativos en la sociedad; menos aún una promesa ilusoria de un
futuro mejor el Evangelio de la vida es una realidad concreta y personal,
porque consiste en el anuncio de la persona misma de Jesús, el cual se
presenta al apóstol Tomás, y en él a todo hombre, con estas palabras: « Yo
soy el Camino, la Verdad y la Vida » (Jn 14, 6). Es la misma identidad
manifestada a Marta, la hermana de Lázaro: « Yo soy la resurrección y la
vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en
mí, no morirá jamás » (Jn 11, 25-26). Jesús es el Hijo que desde la
eternidad recibe la vida del Padre (cf. Jn 5, 26) y que ha venido a los
hombres para hacerles partícipes de este don: « Yo he venido para que tengan
vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10).
Así, por la palabra, la acción y la persona misma de Jesús se da al hombre
la posibilidad de « conocer » toda la verdad sobre el valor de la vida
humana. De esa « fuente » recibe, en particular, la capacidad de « obrar »
perfectamente esa verdad (cf. Jn 3, 21), es decir, asumir y realizar en
plenitud la responsabilidad de amar y servir, defender y promover la vida
humana.
En efecto, en Cristo se anuncia definitivamente y se da plenamente aquel
Evangelio de la vida que, anticipado ya en la Revelación del Antiguo
Testamento y, más aún, escrito de algún modo en el corazón mismo de cada
hombre y mujer, resuena en cada conciencia « desde el principio », o sea,
desde la misma creación, de modo que, a pesar de los condicionamientos
negativos del pecado, también puede ser conocido por la razón humana en sus
aspectos esenciales. Como dice el Concilio Vaticano II, Cristo « con su
presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros,
sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu
de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con
testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las
tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna
».[22]
30. Por tanto, con la mirada fija en el Señor Jesús queremos volver a
escuchar de El « las palabras de Dios » (Jn 3, 34) y meditar de nuevo el
Evangelio de la vida. El sentido más profundo y original de esta meditación
del mensaje revelado sobre la vida humana ha sido expuesto por el apóstol
Juan, al comienzo de su Primera Carta: « Lo que existía desde el principio,
lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos
y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida -pues la Vida se
manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la
Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó- lo que
hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en
comunión con nosotros » (1, 1-3).
En Jesús, « Palabra de vida », se anuncia y comunica la vida divina y
eterna. Gracias a este anuncio y a este don, la vida física y espiritual del
hombre, incluida su etapa terrena, encuentra plenitud de valor y
significado: en efecto, la vida divina y eterna es el fin al que está
orientado y llamado el hombre que vive en este mundo. El Evangelio de la
vida abarca así todo lo que la misma experiencia y la razón humana dicen
sobre el valor de la vida, lo acoge, lo eleva y lo lleva a término.
« Mi fortaleza y mi canción es el Señor. El es mi salvación » (Ex 15, 2): la
vida es siempre un bien
31. En realidad, la plenitud evangélica del mensaje sobre la vida fue ya
preparada en el Antiguo Testamento. Es sobre todo en las vicisitudes del
Éxodo, fundamento de la experiencia de fe del Antiguo Testamento, donde
Israel descubre el valor de la vida a los ojos de Dios. Cuando parece ya
abocado al exterminio, porque la amenaza de muerte se extiende a todos sus
recién nacidos varones (cf. Ex 1, 15-22), el Señor se le revela como
salvador, capaz de asegurar un futuro a quien está sin esperanza. Nace así
en Israel una clara conciencia: su vida no está a merced de un faraón que
puede usarla con arbitrio despótico; al contrario, es objeto de un tierno y
fuerte amor por parte de Dios.
La liberación de la esclavitud es el don de una identidad, el reconocimiento
de una dignidad indeleble y el inicio de una historia nueva, en la que van
unidos el descubrimiento de Dios y de sí mismo. La experiencia del Éxodo es
original y ejemplar. Israel aprende de ella que, cada vez que es amenazado
en su existencia, sólo tiene que acudir a Dios con confianza renovada para
encontrar en él asistencia eficaz: « Eres mi siervo, Israel. ¡Yo te he
formado, tú eres mi siervo, Israel, yo no te olvido! » (Is 44, 21).
De este modo, mientras Israel reconoce el valor de su propia existencia como
pueblo, avanza también en la percepción del sentido y valor de la vida en
cuanto tal. Es una reflexión que se desarrolla de modo particular en los
libros sapienciales, partiendo de la experiencia cotidiana de la precariedad
de la vida y de la conciencia de las amenazas que la acechan. Ante las
contradicciones de la existencia, la fe está llamada a ofrecer una
respuesta.
El problema del dolor acosa sobre todo a la fe y la pone a prueba. ¿Cómo no
oír el gemido universal del hombre en la meditación del libro de Job? el
inocente aplastado por el sufrimiento se pregunta comprensiblemente: « ¿Para
qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma, a
los que ansían la muerte que no llega y excavan en su búsqueda más que por
un tesoro? » (3, 20-21). Pero también en la más densa oscuridad la fe
orienta hacia el reconocimiento confiado y adorador del « misterio »: « Sé
que eres todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable » (Jb 42, 2).
Progresivamente la Revelación lleva a descubrir con mayor claridad el germen
de vida inmortal puesto por el Creador en el corazón de los hombres: « el ha
hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo; también ha puesto el mundo en
sus corazones » (Ecl 3, 11). Este germen de totalidad y plenitud espera
manifestarse en el amor, y realizarse, por don gratuito de Dios, en la
participación en su vida eterna.
« El nombre de Jesús ha restablecido a este hombre » (cf. Hch 3, 16): en la
precariedad de la existencia humana Jesús lleva a término el sentido de la
vida
32. La experiencia del pueblo de la Alianza se repite en la de todos los «
pobres » que encuentran a Jesús de Nazaret. Así como el Dios « amante de la
vida » (cf. Sb 11, 26) había confortado a Israel en medio de los peligros,
así ahora el Hijo de Dios anuncia, a cuantos se sienten amenazados e
impedidos en su existencia, que sus vidas también son un bien al cual el
amor del Padre da sentido y valor.
« Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos
oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva » (Lc 7,
22). Con estas palabras del profeta Isaías (35, 5-6; 61, 1), Jesús presenta
el significado de su propia misión. Así, quienes sufren a causa de una
existencia de algún modo « disminuida », escuchan de El la buena nueva de
que Dios se interesa por ellos, y tienen la certeza de que también su vida
es un don celosamente custodiado en las manos del Padre (cf. Mt 6, 25-34).
Los « pobres » son interpelados particularmente por la predicación y las
obras de Jesús. La multitud de enfermos y marginados, que lo siguen y lo
buscan (cf. Mt 4, 23-25), encuentran en su palabra y en sus gestos la
revelación del gran valor que tiene su vida y del fundamento de sus
esperanzas de salvación.
Lo mismo sucede en la misión de la Iglesia desde sus comienzos. Ella, que
anuncia a Jesús como aquél que « pasó haciendo el bien y curando a todos los
oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él » (Hch 10, 38), es
portadora de un mensaje de salvación que resuena con toda su novedad
precisamente en las situaciones de miseria y pobreza de la vida del hombre.
Así hace Pedro en la curación del tullido, al que ponían todos los días
junto a la puerta « Hermosa » del templo de Jerusalén para pedir limosna: «
No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo,
el Nazareno, ponte a andar » (Hch 3, 6). Por la fe en Jesús, « autor de la
vida » (cf. Hch 3, 15), la vida que yace abandonada y suplicante vuelve a
ser consciente de sí misma y de su plena dignidad.
La palabra y las acciones de Jesús y de su Iglesia no se dirigen sólo a
quienes padecen enfermedad, sufrimiento o diversas formas de marginación
social, sino que conciernen más profundamente al sentido mismo de la vida de
cada hombre en sus dimensiones morales y espirituales. Sólo quien reconoce
que su propia vida está marcada por la enfermedad del pecado, puede
redescubrir, en el encuentro con Jesús Salvador, la verdad y autenticidad de
su existencia, según sus mismas palabras: « No necesitan médico los que
están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a
justos, sino a pecadores » (Lc 5, 31-32).
En cambio, quien cree que puede asegurar su vida mediante la acumulación de
bienes materiales, como el rico agricultor de la parábola evangélica, en
realidad se engaña. La vida se le está escapando, y muy pronto se verá
privado de ella sin haber logrado percibir su verdadero significado: «
¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste,
¿para quién serán? » (Lc 12, 20).
33. En la vida misma de Jesús, desde el principio al fin, se da esta
singular « dialéctica » entre la experiencia de la precariedad de la vida
humana y la afirmación de su valor. En efecto, la precariedad marca la vida
de Jesús desde su nacimiento. Ciertamente encuentra acogida en los justos,
que se unieron al « sí » decidido y gozoso de María (cf. Lc 1, 38). Pero
también siente, en seguida, el rechazo de un mundo que se hace hostil y
busca al niño « para matarle » (Mt 2, 13), o que permanece indiferente y
distraído ante el cumplimiento del misterio de esta vida que entra en el
mundo: « no tenían sitio en el alojamiento » (Lc 2, 7). Del contraste entre
las amenazas y las inseguridades, por una parte, y la fuerza del don de
Dios, por otra, brilla con mayor intensidad la gloria que se irradia desde
la casa de Nazaret y del pesebre de Belén: esta vida que nace es salvación
para toda la humanidad (cf. Lc 2, 11).
Jesús asume plenamente las contradicciones y los riesgos de la vida: «
siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con
su pobreza » (2 Cor 8, 9). La pobreza de la que habla Pablo no es sólo
despojarse de privilegios divinos, sino también compartir las condiciones
más humildes y precarias de la vida humana (cf. Flp 2, 6-7). Jesús vive esta
pobreza durante toda su vida, hasta el momento culminante de la cruz: « se
humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo
cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre » (Flp
2, 8-9). Es precisamente en su muerte donde Jesús revela toda la grandeza y
el valor de la vida, ya que su entrega en la cruz es fuente de vida nueva
para todos los hombres (cf. Jn 12, 32). En este peregrinar en medio de las
contradicciones y en la misma pérdida de la vida, Jesús es guiado por la
certeza de que está en las manos del Padre. Por eso puede decirle en la
cruz: « Padre, en tus manos pongo mi espíritu » (Lc 23, 46), esto es, mi
vida. ¡Qué grande es el valor de la vida humana si el Hijo de Dios la ha
asumido y ha hecho de ella el lugar donde se realiza la salvación para toda
la humanidad!
« Llamados... a reproducir la imagen de su Hijo » (Rom 8, 28-29): la gloria
de Dios resplandece en el rostro del hombre
34. La vida es siempre un bien. Esta es una intuición o, más bien, un dato
de experiencia, cuya razón profunda el hombre está llamado a comprender.
¿Por qué la vida es un bien? La pregunta recorre toda la Biblia, y ya desde
sus primeras páginas encuentra una respuesta eficaz y admirable. La vida que
Dios da al hombre es original y diversa de la de las demás criaturas
vivientes, ya que el hombre, aunque proveniente del polvo de la tierra (cf.
Gén 2, 7; 3, 19; Jb 34, 15; Sal 103/102, 14; 104/103, 29), es manifestación
de Dios en el mundo, signo de su presencia, resplandor de su gloria (cf. Gén
1, 26-27; Sal 8, 6). Es lo que quiso acentuar también san Ireneo de Lyón con
su célebre definición: « el hombre que vive es la gloria de Dios ».[23] Al
hombre se le ha dado una altísima dignidad, que tiene sus raíces en el
vínculo íntimo que lo une a su Creador: en el hombre se refleja la realidad
misma de Dios.
Lo afirma el libro del Génesis en el primer relato de la creación, poniendo
al hombre en el vértice de la actividad creadora de Dios, como su culmen, al
término de un proceso que va desde el caos informe hasta la criatura más
perfecta. Toda la creación está ordenada al hombre y todo se somete a él:
«Henchid la tierra y sometedla; mandad... en todo animal que serpea sobre la
tierra » (1, 28), ordena Dios al hombre y a la mujer. Un mensaje semejante
aparece también en el otro relato de la creación: « Tomó, pues, el Señor
Dios al hombre y le dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase
» (Gén 2, 15). Así se reafirma la primacía del hombre sobre las cosas, las
cuales están destinadas a él y confiadas a su responsabilidad, mientras que
por ningún motivo el hombre puede ser sometido a sus semejantes y reducido
al rango de cosa.
En el relato bíblico, la distinción entre el hombre y las demás criaturas se
manifiesta sobre todo en el hecho de que sólo su creación se presenta como
fruto de una especial decisión por parte de Dios, de una deliberación que
establece un vínculo particular y específico con el Creador: « Hagamos al
ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra » (Gén 1, 26). La vida
que Dios ofrece al hombre es un don con el que Dios comparte algo de sí
mismo con la criatura.
Israel se preguntará durante mucho tiempo sobre el sentido de este vínculo
particular y específico del hombre con Dios. También el libro del
Eclesiástico reconoce que Dios al crear a los hombres « los revistió de una
fuerza como la suya, y los hizo a su imagen » (17, 3). Con esto el autor
sagrado manifiesta no sólo su dominio sobre el mundo, sino también las
facultades espirituales más características del hombre, como la razón, el
discernimiento del bien y del mal, la voluntad libre: « De saber e
inteligencia los llenó, les enseñó el bien y el mal » (Si 17, 6). La
capacidad de conocer la verdad y la libertad son prerrogativas del hombre en
cuanto creado a imagen de su Creador, el Dios verdadero y justo (cf. Dt 32,
4). Sólo el hombre, entre todas las criaturas visibles, tiene « capacidad
para conocer y amar a su Creador ».[24] La vida que Dios da al hombre es
mucho más que un existir en el tiempo. Es tensión hacia una plenitud de
vida, es germen de un existencia que supera los mismos límites del tiempo:
«Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su
misma naturaleza » (Sb 2, 23).
35. El relato yahvista de la creación expresa también la misma convicción.
En efecto, esta antigua narración habla de un soplo divino que es infundido
en el hombre para que tenga vida: « El Señor Dios formó al hombre con polvo
del suelo, sopló en sus narices un aliento de vida, y resultó el hombre un
ser viviente » (Gén 2, 7).
El origen divino de este espíritu de vida explica la perenne insatisfacción
que acompaña al hombre durante su existencia. Creado por Dios, llevando en
sí mismo una huella indeleble de Dios, el hombre tiende naturalmente a el.
Al experimentar la aspiración profunda de su corazón, todo hombre hace suya
la verdad expresada por san Agustín: « Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro
corazón está inquieto hasta que descanse en ti ».[25]
Qué elocuente es la insatisfacción de la que es víctima la vida del hombre
en el Edén, cuando su única referencia es el mundo vegetal y animal (cf. Gén
2, 20). Sólo la aparición de la mujer, es decir, de un ser que es hueso de
sus huesos y carne de su carne (cf. Gén 2, 23), y en quien vive igualmente
el espíritu de Dios creador, puede satisfacer la exigencia de diálogo
interpersonal que es vital para la existencia humana. En el otro, hombre o
mujer, se refleja Dios mismo, meta definitiva y satisfactoria de toda
persona.
« ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de
él te cuides? », se pregunta el Salmista (Sal 8, 5). Ante la inmensidad del
universo es muy poca cosa, pero precisamente este contraste descubre su
grandeza: « Apenas inferior a los ángeles le hiciste (también se podría
traducir: « apenas inferior a Dios »), coronándole de gloria y de esplendor
» (Sal 8, 6). La gloría de Dios resplandece en el rostro del hombre. En él
encuentra el Creador su descanso, como comenta asombrado y conmovido san
Ambrosio: « Finalizó el sexto día y se concluyó la creación del mundo con la
formación de aquella obra maestra que es el hombre, el cual ejerce su
dominio sobre todos los seres vivientes y es como el culmen del universo y
la belleza suprema de todo ser creado. Verdaderamente deberíamos mantener un
reverente silencio, porque el Señor descansó de toda obra en el mundo.
Descansó al final en lo íntimo del hombre, descansó en su mente y en su
pensamiento; en efecto, había creado al hombre dotado de razón, capaz de
imitarle, émulo de sus virtudes, anhelante de las gracias celestes. En estas
dotes suyas descansa el Dios que dijo: "¿En quién encontraré reposo, si no
es en el humilde y contrito, que tiembla a mi palabra" (cf. Is 66, 1-2). Doy
gracias al Señor nuestro Dios por haber creado una obra tan maravillosa
donde encontrar su descanso ».[26]
36. Lamentablemente, el magnífico proyecto de Dios se oscurece por la
irrupción del pecado en la historia. Con el pecado el hombre se rebela
contra el Creador, acabando por idolatrar a las criaturas: « Cambiaron la
verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez
del Creador » (Rom 1, 25). De este modo, el ser humano no sólo desfigura en
sí mismo la imagen de Dios, sino que está tentado de ofenderla también en
los demás, sustituyendo las relaciones de comunión por actitudes de
desconfianza, indiferencia, enemistad, llegando al odio homicida. Cuando no
se reconoce a Dios como Dios, se traiciona el sentido profundo del hombre y
se perjudica la comunión entre los hombres.
En la vida del hombre la imagen de Dios vuelve a resplandecer y se
manifiesta en toda su plenitud con la venida del Hijo de Dios en carne
humana: « El es Imagen de Dios invisible » (Col 1, 15), « resplandor de su
gloria e impronta de su sustancia » (Hb 1, 3). El es la imagen perfecta del
Padre.
El proyecto de vida confiado al primer Adán encuentra finalmente su
cumplimiento en Cristo. Mientras la desobediencia de Adán deteriora y
desfigura el designio de Dios sobre la vida del hombre, introduciendo la
muerte en el mundo, la obediencia redentora de Cristo es fuente de gracia
que se derrama sobre los hombres abriendo de par en par a todos las puertas
del reino de la vida (cf. Rom 5, 12-21). Afirma el apóstol Pablo: « Fue
hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da
vida » (1 Cor 15, 45).
La plenitud de la vida se da a cuantos aceptan seguir a Cristo. En ellos la
imagen divina es restaurada, renovada y llevada a perfección. Este es el
designio de Dios sobre los seres humanos: que « reproduzcan la imagen de su
Hijo » (Rom 8, 29). Sólo así, con el esplendor de esta imagen, el hombre
puede ser liberado de la esclavitud de la idolatría, puede reconstruir la
fraternidad rota y reencontrar su propia identidad.
« Todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás » (Jn 11, 26): el don de la
vida eterna
37. La vida que el Hijo de Dios ha venido a dar a los hombres no se reduce a
la mera existencia en el tiempo. La vida, que desde siempre está « en él » y
es « la luz de los hombres » (Jn 1, 4), consiste en ser engendrados por Dios
y participar de la plenitud de su amor: « A todos los que lo recibieron les
dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; el cual no
nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació
de Dios » (Jn 1, 12-13).
A veces Jesús llama esta vida, que el ha venido a dar, simplemente así: « la
vida »; y presenta la generación por parte de Dios como condición necesaria
para poder alcanzar el fin para el cual Dios ha creado al hombre: « el que
no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios » (Jn 3, 3). El don de
esta vida es el objetivo específico de la misión de Jesús: él « es el que
baja del cielo y da la vida al mundo » (Jn 6, 33), de modo que puede afirmar
con toda verdad: « el que me siga... tendrá la luz de la vida » (Jn 8, 12).
Otras veces Jesús habla de « vida eterna », donde el adjetivo no se refiere
sólo a una perspectiva supratemporal. « Eterna » es la vida que Jesús
promete y da, porque es participación plena de la vida del « Eterno ». Todo
el que cree en Jesús y entra en comunión con El tiene la vida eterna (cf. Jn
3, 15; 6, 40), ya que escucha de El las únicas palabras que revelan e
infunden plenitud de vida en su existencia; son las « palabras de vida
eterna » que Pedro reconoce en su confesión de fe: « Señor, ¿a quién vamos a
ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú
eres el Santo de Dios » (Jn 6, 68-69).Jesús mismo explica después en qué
consiste la vida eterna, dirigiéndose al Padre en la gran oración
sacerdotal: « Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios
verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo » (Jn 17, 3). Conocer a Dios
y a su Hijo es acoger el misterio de la comunión de amor del Padre, del Hijo
y del Espíritu Santo en la propia vida, que ya desde ahora se abre a la vida
eterna por la participación en la vida divina.
38. Por tanto, la vida eterna es la vida misma de Dios y a la vez la vida de
los hijos de Dios. Un nuevo estupor y una gratitud sin límites se apoderan
necesariamente del creyente ante esta inesperada e inefable verdad que nos
viene de Dios en Cristo. El creyente hace suyas las palabras del apóstol
Juan: « Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios,
pues ¡lo somos!... Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha
manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos
semejantes a él, porque le veremos tal cual es » (1 Jn 3, 1-2).
Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su dignidad no sólo
está ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también a su fin,
a su destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la luz de
esta verdad san Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre: « el
hombre que vive » es « gloria de Dios », pero « la vida del hombre consiste
en la visión de Dios ».[27]
De aquí derivan unas consecuencias inmediatas para la vida humana en su
misma condición terrena, en la que ya ha germinado y está creciendo la vida
eterna. Si el hombre ama instintivamente la vida porque es un bien, este
amor encuentra ulterior motivación y fuerza, nueva extensión y profundidad
en las dimensiones divinas de este bien. En esta perspectiva, el amor que
todo ser humano tiene por la vida no se reduce a la simple búsqueda de un
espacio donde pueda realizarse a sí mismo y entrar en relación con los
demás, sino que se desarrolla en la gozosa conciencia de poder hacer de la
propia existencia el « lugar » de la manifestación de Dios, del encuentro y
de la comunión con El. La vida que Jesús nos da no disminuye nuestra
existencia en el tiempo, sino que la asume y conduce a su destino último: «
Yo soy la resurrección y la vida...; todo el que vive y cree en mí, no
morirá jamás » (Jn 11, 25.26).
« A cada uno pediré cuentas de la vida de su hermano » (Gén 9, 5 ):
veneración y amor por la vida de todos
39. La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen e impronta,
participación de su soplo vital. Por tanto, Dios es el único señor de esta
vida: el hombre no puede disponer de ella. Dios mismo lo afirma a Noé
después del diluvio: « Os prometo reclamar vuestra propia sangre: la
reclamaré a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno reclamaré el alma
humana » (Gén 9, 5). El texto bíblico se preocupa de subrayar cómo la
sacralidad de la vida tiene su fundamento en Dios y en su acción creadora: «
Porque a imagen de Dios hizo El al hombre » (Gén 9, 6).
La vida y la muerte del hombre están, pues, en las manos de Dios, en su
poder: « El, que tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de
toda carne de hombre », exclama Job (12, 10). « El Señor da muerte y vida,
hace bajar al Seol y retornar » (1 S 2, 6). Sólo El puede decir: « Yo doy la
muerte y doy la vida » (Dt 32, 39).
Sin embargo, Dios no ejerce este poder como voluntad amenazante, sino como
cuidado y solicitud amorosa hacia sus criaturas. Si es cierto que la vida
del hombre está en las manos de Dios, no lo es menos que sus manos son
cariñosas como las de una madre que acoge, alimenta y cuida a su niño: «
Mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su
madre. ¡Como niño destetado está mi alma en mí! » (Sal 131/130, 2; cf. Is
49, 15; 66, 12-13; Os 11, 4). Así Israel ve en las vicisitudes de los
pueblos y en la suerte de los individuos no el fruto de una mera casualidad
o de un destino ciego, sino el resultado de un designio de amor con el que
Dios concentra todas las potencialidades de vida y se opone a las fuerzas de
muerte que nacen del pecado: « No fue Dios quien hizo la muerte, ni se
recrea en la destrucción de los vivientes; él todo lo creó para que
subsistiera » (Sb 1, 13-14).
40. De la sacralidad de la vida deriva su carácter inviolable, inscrito
desde el principio en el corazón del hombre, en su conciencia. La pregunta «
¿Qué has hecho? » (Gén 4, 10), con la que Dios se dirige a Caín después de
que éste hubiera matado a su hermano Abel, presenta la experiencia de cada
hombre: en lo profundo de su conciencia siempre es llamado a respetar el
carácter inviolable de la vida -la suya y la de los demás-, como realidad
que no le pertenece, porque es propiedad y don de Dios Creador y Padre.
El mandamiento relativo al carácter inviolable de la vida humana ocupa el
centro de las « diez palabras » de la alianza del Sinaí (cf. Ex 34, 28).
Prohíbe, ante todo, el homicidio: « No matarás » (Ex 20, 13); « No quites la
vida al inocente y justo » (Ex 23, 7); pero también condena -como se
explicita en la legislación posterior de Israel- cualquier daño causado a
otro (cf. Ex 21, 12-27). Ciertamente, se debe reconocer que en el Antiguo
Testamento esta sensibilidad por el valor de la vida, aunque ya muy marcada,
no alcanza todavía la delicadeza del Sermón de la Montaña, como se puede ver
en algunos aspectos de la legislación entonces vigente, que establecía penas
corporales no leves e incluso la pena de muerte. Pero el mensaje global, que
corresponde al Nuevo Testamento llevar a perfección, es una fuerte llamada a
respetar el carácter inviolable de la vida física y la integridad personal,
y tiene su culmen en el mandamiento positivo que obliga a hacerse cargo del
prójimo como de sí mismo: « Amarás a tu prójimo como a ti mismo » (Lv 19,
18).
41. El mandamiento « no matarás », incluido y profundizado en el precepto
positivo del amor al prójimo, es confirmado por el Señor Jesús en toda su
validez. Al joven rico que le pregunta: « Maestro, ¿qué he de hacer de bueno
para conseguir vida eterna? », responde: « Si quieres entrar en la vida,
guarda los mandamientos » (Mt 19, 16.17). Y cita, como primero, el « no
matarás » (v. 18). En el Sermón de la Montaña, Jesús exige de los discípulos
una justicia superior a la de los escribas y fariseos también en el campo
del respeto a la vida: « Habéis oído que se dijo a los antepasados: No
matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo
aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal » (Mt
5, 21-22) .
Jesús explicita posteriormente con su palabra y sus obras las exigencias
positivas del mandamiento sobre el carácter inviolable de la vida. Estas
estaban ya presentes en el Antiguo Testamento, cuya legislación se
preocupaba de garantizar y salvaguardar a las personas en situaciones de
vida débil y amenazada: el extranjero, la viuda, el huérfano, el enfermo, el
pobre en general, la vida misma antes del nacimiento (cf. Ex 21, 22; 22,
20-26). Con Jesús estas exigencias positivas adquieren vigor e impulso
nuevos y se manifiestan en toda su amplitud y profundidad: van desde cuidar
la vida del hermano (familiar, perteneciente al mismo pueblo, extranjero que
vive en la tierra de Israel), a hacerse cargo del forastero, hasta amar al
enemigo.
No existe el forastero para quien debe hacerse prójimo del necesitado,
incluso asumiendo la responsabilidad de su vida, como enseña de modo
elocuente e incisivo la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 25-37).
También el enemigo deja de serlo para quien está obligado a amarlo (cf. Mt
5, 38-48; Lc 6, 27-35) y « hacerle el bien » (cf. Lc 6, 27.33.35),
socorriendo las necesidades de su vida con prontitud y sentido de gratuidad
(cf. Lc 6, 34-35). Culmen de este amor es la oración por el enemigo,
mediante la cual sintonizamos con el amor providente de Dios: « Pues yo os
digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que
seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y
buenos, y llover sobre justos e injustos » (Mt 5, 44-45; cf. Lc 6, 28.35).
De este modo, el mandamiento de Dios para salvaguardar la vida del hombre
tiene su aspecto más profundo en la exigencia de veneración y amor hacia
cada persona y su vida. Esta es la enseñanza que el apóstol Pablo,
haciéndose eco de la palabra de Jesús (cf. Mt 19, 17-18), dirige a los
cristianos de Roma: « En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no
robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta
fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al
prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud » (Rom 13, 9-10).
« Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla » (Gén 1,
28): responsabilidades del hombre ante la vida
42. Defender y promover, respetar y amar la vida es una tarea que Dios
confía a cada hombre, llamándolo, como imagen palpitante suya, a participar
de la soberanía que el tiene sobre el mundo: « Y Dios los bendijo, y les
dijo Dios: "Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla;
mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que
serpea sobre la tierra" » (Gén 1, 28).
El texto bíblico evidencia la amplitud y profundidad de la soberanía que
Dios da al hombre. Se trata, sobre todo, del dominio sobre la tierra y sobre
cada ser vivo, como recuerda el libro de la Sabiduría: « Dios de los Padres,
Señor de la misericordia... con tu Sabiduría formaste al hombre para que
dominase sobre los seres por ti creados, y administrase el mundo con
santidad y justicia » (9, 1.2-3). También el Salmista exalta el dominio del
hombre como signo de la gloria y del honor recibidos del Creador: « Le
hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus
pies: ovejas y bueyes, todos juntos, y aun las bestias del campo, y las aves
del cielo, y los peces del mar, que surcan las sendas de las aguas » (Sal 8,
7-9)
El hombre, llamado a cultivar y custodiar el jardín del mundo (cf. Gén 2,
15), tiene una responsabilidad específica sobre el ambiente de vida, o sea,
sobre la creación que Dios puso al servicio de su dignidad personal, de su
vida: respecto no sólo al presente, sino también a las generaciones futuras.
Es la cuestión ecológica -desde la preservación del « hábitat » natural de
las
diversas especies animales y formas de vida, hasta la « ecología humana »
propiamente dicha [28]- que encuentra en la Biblia una luminosa y fuerte
indicación ética para una solución respetuosa del gran bien de la vida, de
toda vida. En realidad, « el dominio confiado al hombre por el Creador no es
un poder absoluto, ni se puede hablar de libertad de "usar y abusar", o de
disponer de las cosas como mejor parezca. La limitación impuesta por el
mismo Creador desde el principio, y expresada simbólicamente con la
prohibición de "comer del fruto del árbol" (cf. Gén 2, 16-17), muestra
claramente que, ante la naturaleza visible, estamos sometidos a las leyes no
sólo biológicas sino también morales, cuya transgresión no queda impune
».[29]
43. Una cierta participación del hombre en la soberanía de Dios se
manifiesta también en la responsabilidad específica que le es confiada en
relación con la vida propiamente humana. Es una responsabilidad que alcanza
su vértice en el don de la vida mediante la procreación por parte del hombre
y la mujer en el matrimonio, como nos recuerda el Concilio Vaticano II: « el
mismo Dios, que dijo « no es bueno que el hombre esté solo » (Gén 2, 18) y
que « hizo desde el principio al hombre, varón y mujer » (Mt 19, 4),
queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra
creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: « Creced y multiplicaos »
(Gén 1, 28) ».[30]
Hablando de una « cierta participación especial » del hombre y de la mujer
en la « obra creadora » de Dios, el Concilio quiere destacar cómo la
generación de un hijo es un acontecimiento profundamente humano y altamente
religioso, en cuanto implica a los cónyuges que forman « una sola carne » (Gén
2, 24) y también a Dios mismo que se hace presente. Como he escrito en la
Carta a las Familias, « cuando de la unión conyugal de los dos nace un nuevo
hombre, éste trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de Dios
mismo: en la biología de la generación está inscrita la genealogía de la
persona. Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son colaboradores de
Dios Creador en la concepción y generación de un nuevo ser humano, no nos
referimos sólo al aspecto biológico; queremos subrayar más bien que en la
paternidad y maternidad humanas Dios mismo está presente de un modo diverso
de como lo está en cualquier otra generación "sobre la tierra". En efecto,
solamente de Dios puede provenir aquella "imagen y semejanza", propia del
ser humano, como sucedió en la creación. La generación es, por consiguiente,
la continuación de la creación ».[31]
Esto lo enseña, con lenguaje inmediato y elocuente, el texto sagrado
refiriendo la exclamación gozosa de la primera mujer, « la madre de todos
los vivientes » (Gén 3, 20). Consciente de la intervención de Dios, Eva
dice: « He adquirido un varón con el favor del Señor » (Gén 4, 1). Por
tanto, en la procreación, al comunicar los padres la vida al hijo, se
transmite la imagen y la semejanza de Dios mismo, por la creación del alma
inmortal.[32] En este sentido se expresa el comienzo del « libro de la
genealogía de Adán »: « el día en que Dios creó a Adán, le hizo a imagen de
Dios. Los creó varón y hembra, los bendijo, y los llamó "Hombre" en el día
de su creación. Tenía Adán ciento treinta años cuando engendró un hijo a su
semejanza, según su imagen, a quien puso por nombre Set » (Gén 5, 1-3).
Precisamente en esta función suya como colaboradores de Dios que transmiten
su imagen a la nueva criatura, está la grandeza de los esposos dispuestos «
a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos
aumenta y enriquece su propia familia cada día más ».[33] En este sentido el
obispo Anfiloquio exaltaba el « matrimonio santo, elegido y elevado por
encima de todos los dones terrenos » como « generador de la humanidad,
artífice de imágenes de Dios ».[34]
Así, el hombre y la mujer unidos en matrimonio son asociados a una obra
divina: mediante el acto de la procreación, se acoge el don de Dios y se
abre al futuro una nueva vida.
Sin embargo, más allá de la misión específica de los padres, el deber de
acoger y servir la vida incumbe a todos y ha de manifestarse principalmente
con la vida que se encuentra en condiciones de mayor debilidad. Es el mismo
Cristo quien nos lo recuerda, pidiendo ser amado y servido en los hermanos
probados por cualquier tipo de sufrimiento: hambrientos, sedientos,
forasteros, desnudos, enfermos, encarcelados... Todo lo que se hace a uno de
ellos se hace a Cristo mismo (cf. Mt 25, 31-46).
« Porque tú mis vísceras has formado » (Sal 139/138, 13): la dignidad del
niño aún no nacido
44. La vida humana se encuentra en una situación muy precaria cuando viene
al mundo y cuando sale del tiempo para llegar a la eternidad. Están muy
presentes en la Palabra de Dios -sobre todo en relación con la existencia
marcada por la enfermedad y la vejez- las exhortaciones al cuidado y al
respeto. Si faltan llamadas directas y explícitas a salvaguardar la vida
humana en sus orígenes, especialmente la vida aún no nacida, como también la
que está cercana a su fin, ello se explica fácilmente por el hecho de que la
sola posibilidad de ofender, agredir o, incluso, negar la vida en estas
condiciones se sale del horizonte religioso y cultural del pueblo de Dios.
En el Antiguo Testamento la esterilidad es temida como una maldición,
mientras que la prole numerosa es considerada como una bendición: « La
herencia del Señor son los hijos, recompensa el fruto de las entrañas » (Sal
127/126, 3; cf. Sal 128/127, 3-4). Influye también en esta convicción la
conciencia que tiene Israel de ser el pueblo de la Alianza, llamado a
multiplicarse según la promesa hecha a Abraham: « Mira al cielo, y cuenta
las estrellas, si puedes contarlas... así será tu descendencia » (Gén 5,
15). Pero es sobre todo palpable la certeza de que la vida transmitida por
los padres tiene su origen en Dios, como atestiguan tantas páginas bíblicas
que con respeto y amor hablan de la concepción, de la formación de la vida
en el seno materno, del nacimiento y del estrecho vínculo que hay entre el
momento inicial de la existencia y a acción del Dios Creador.
« Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que
nacieses, te tenía consagrado » (Jr 1, 5): la existencia de cada individuo,
desde su origen, está en el designio divino. Job, desde lo profundo de su
dolor, se detiene a contemplar la obra de Dios en la formación milagrosa de
su cuerpo en el seno materno, encontrando en ello un motivo de confianza y
manifestando la certeza de la existencia de un proyecto divino sobre su
vida: « Tus manos me formaron, me plasmaron, ¡y luego, en arrebato, me
quieres destruir! Recuerda que me hiciste como se amasa el barro, y que al
polvo has de devolverme. ¿No me vertiste como leche y me cuajaste como
queso? De piel y de carne me vestiste y me tejiste de huesos y de nervios.
Luego con la vida me agraciaste y tu solicitud cuidó mi aliento » (10,8-12).
Acentos de reverente estupor ante la intervención de Dios sobre la vida en
formación resuenan también en los Salmos.[35]
¿Como se puede pensar que uno solo de los momentos de este maravilloso
proceso de formación de la vida pueda ser sustraído de la sabia y amorosa
acción del Creador y dejado a merced del arbitrio del hombre? Ciertamente no
lo pensó así la madre de los siete hermanos, que profesó su fe en Dios,
principio y garantía de la vida desde su concepción, y al mismo tiempo
fundamento de la esperanza en la nueva vida más allá de la muerte: « Yo no
sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu
y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno. Pues así el
Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el
origen de todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida con
misericordia, porque ahora no miráis por vosotros mismos a causa de sus
leyes » (2 M 7, 22-23).
45. La revelación del Nuevo Testamento confirma el reconocimiento
indiscutible del valor de la vida desde sus comienzos. La exaltación de la
fecundidad y la espera diligente de la vida resuenan en las palabras con las
que Isabel se alegra por su embarazo: « El Señor... se dignó quitar mi
oprobio entre los hombres » (Lc 1, 25). El valor de la persona desde su
concepción es celebrado más vivamente aún en el encuentro entre la Virgen
María e Isabel, y entre los dos niños que llevan en su seno. Son
precisamente ellos, los niños, quienes revelan la llegada de la era
mesiánica:
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