HAURIETIS AQUAS
ENCÍCLICA SOBRE EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
PIO XII
15 de mayo de 1956
Introducción
Haurietis Aquas constituye la
teología y el apoyo oficial de la Iglesia al culto del Sagrado
Corazón de Jesús.
El papa vibra con los latidos del
Corazón de Jesús, en los que se manifiesta su «triple amor»:
amor divino, humano espiritual y humano sensible (1418). Afirma
la gozosa necesidad de darle culto, pues ese Corazón sagrado,
«al ser tan íntimo participante de la vida del Verbo
Encarnado... es el símbolo legítimo de aquella inmensa caridad
que movió a nuestro Salvador» a dar su sangre por nosotros (21).
Nosotros hemos de adorar el Corazón de Jesús, porque es «el
símbolo natural, el más expresivo, de aquel amor inagotable que
nuestro Divino Redentor siente aun hoy hacia el género humano»
(24). Queda claro, por todo ello, que necesariamente el culto al
Corazón de Cristo «termina en la persona misma del Verbo
Encarnado» (28).
Pío XII escribe aquí páginas muy
bellas en la contemplación del amor de Jesucristo, manifestado
en los diversos misterios de su vida terrena pasada y de su vida
actualmente celestial: en él se nos revela el amor que nos tiene
la Santísima Trinidad (17-24). Estas son, quizá, las páginas de
la encíclica de más alto vuelo contemplativo.
Apoyándose en las consideraciones
expuestas, el papa define con toda precisión teológica el
sentido exacto del culto al Corazón de Cristo, que «se
identifica sustancialmente con el culto al amor divino y humano
del Verbo Encarnado, y también con el culto al amor mismo con
que el Padre y el Espíritu Santo aman a los hombres pecadores»
(25).
Por eso mismo, «el culto al
Sagrado Corazón se considera, en la práctica, como la más
completa profesión de la religión cristiana» (29),y ha de
considerarse «la devoción al Sagrado Corazón de Jesús como
escuela eficacísima de la caridad divina» (36).
Notemos, por último, que esta
encíclica vincula profundamente el culto al Corazón de Jesús y
el culto a la Eucaristía (20 y 35), aspecto en el que también
Pablo VI insistirá en su carta apostólica Investigabiles
divitias .
SUMARIO
Introducción: el culto al Corazón
de Jesús, 1-2.
I.
Fundamentación teológica. Dificultades y objeciones, 3. Doctrina
de los papas, 4. Fundamentación del culto, 5. Culto de latría,
6. Antiguo Testamento, 7-8.
II. Nuevo
Testamento y Tradición, 9-10. Amor divino y humano, 11-12.
Santos Padres, 13. Corazón físico, 14. Símbolo del triple amor
de Cristo, 15-16.
III.
Contemplación del amor del Corazón de Jesús, 17-19; Eucaristía,
María, Cruz, 20; Iglesia, sacramentos, 21; Ascensión, 22;
Pentecostés, 23. Sagrado Corazón, símbolo del amor de Cristo,
24.
IV. Historia del
culto al Corazón de Jesús, 25. Santos, Sta. Margarita María, 26.
1765, Clemente XIII, y 1856, Pío IX, 27. Culto al Corazón de
Jesús, culto en espíritu y en verdad, 28. La más completa
profesión de la religión cristiana, 29.
V. Sumo aprecio
por el culto al Corazón de Jesús, 30-31. Difusión de este culto,
32. Penas actuales de la Iglesia, 33-34. Un culto providencial,
35. Final, 36-37.
El culto al Corazón de
Jesús
1. Beberéis
aguas con gozo en las fuentes del Salvador(1).
Estas palabras con las que el profeta Isaías prefiguraba
simbólicamente los múltiples y abundantes bienes que la era
mesiánica había de traer consigo, vienen espontáneas a nuestra
mente, si damos una mirada retrospectiva a los cien años pasados
desde que nuestro predecesor, de i. m., Pío IX, correspondiendo
a los deseos del orbe católico, mandó celebrar la fiesta del
Sacratísimo Corazón de Jesús en la Iglesia universal.
Innumerables son, en efecto, las
riquezas celestiales que el culto tributado al Sagrado Corazón
de Jesús infunde en las almas: las purifica, las llena de
consuelos sobrenaturales y las mueve a alcanzar las virtudes
todas. Por ello, recordando las palabras del apóstol Santiago:
Toda dádiva buena y todo don perfecto de arriba desciende,
del Padre de las luces(2),
razón tenemos para considerar en este culto, ya tan universal y
cada vez más fervoroso, el inapreciable don que el Verbo
Encarnado, nuestro Salvador divino y único Mediador de la gracia
y de la verdad entre el Padre celestial y el género humano, ha
concedido a la Iglesia, su mística Esposa, en el curso de los
últimos siglos, en los que ella ha tenido que vencer tantas
dificultades y soportar pruebas tantas. Gracias a don tan
inestimable, la Iglesia puede manifestar más ampliamente su amor
a su divino Fundador y cumplir más fielmente esta exhortación
que, según el evangelista San Juan, profirió el mismo
Jesucristo: En el último gran día de la fiesta, Jesús habiéndose
puesto en pie, dijo en alta voz: «El que tiene sed, venga a
mí y beba el que cree en mí». Pues, como dice la Escritura,
«de su seno manarán ríos de agua viva». Y esto lo dijo El
del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en El(3).
Los que escuchaban estas palabras de Jesús, con la promesa de
que habían de manar de su seno ríos de agua viva, fácilmente las
relacionaban con los vaticinios de Isaías, Ezequiel y Zacarías,
en los que se -profetizaba el Reino mesiánico, y también con la
simbólica piedra, de la que, golpeada por Moisés, milagrosamente
hubo de brotar agua(4).
2. La caridad
divina tiene su primer origen en el Espíritu Santo, que es el
Amor personal del Padre y del Hijo, en el seno de la augusta
Trinidad. Con toda razón, pues, el Apóstol de las Gentes, como
haciéndose eco de las palabras de Jesucristo, atribuye a este
Espíritu de Amor la efusión de la caridad en las almas de los
creyentes: La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros
corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado(5).
Este tan estrecho vínculo que,
según la Sagrada Escritura, existe entre el Espíritu Santo, que
es Amor por esencia, y la caridad divina que debe encenderse
cada vez más en el alma de los fieles, nos revela a todos en
modo admirable, venerables hermanos, la íntima naturaleza del
culto que se ha de atribuir al Sacratísimo Corazón de
Jesucristo. En efecto, manifiesto es que este culto, si
consideramos su naturaleza peculiar, es el acto de religión por
excelencia, esto es, una plena y absoluta voluntad de
entregarnos y consagramos al amor del Divino Redentor, cuya
señal y símbolo más viviente es su Corazón traspasado. E
igualmente claro es, y en un sentido aún más profundo, que este
culto exige ante todo que nuestro amor corresponda al Amor
divino. Pues sólo por la caridad se logra que los corazones de
los hombres se sometan plena y perfectamente al dominio de Dios,
cuando los afectos de nuestro corazón se ajustan a la divina
voluntad de tal suerte que se hacen casi una cosa con ella, como
está escrito: Quien al Señor se adhiere, un espíritu es con El(6).
1.
FUNDAMENTACIÓN TEOLÓGICA
Dificultades y objeciones
3.
La Iglesia siempre ha tenido y tiene
en tan grande estima el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús:
lo fomenta y propaga entre todos los cristianos, y lo defiende,
además, enérgicamente contra las acusaciones del naturalismo
y del sentimentalismo; sin embargo, es muy doloroso
comprobar cómo, en lo pasado y aun en nuestros días, este
nobilísimo culto no es tenido en el debido honor y estimación
por algunos cristianos, y a veces ni aun por los que se dicen
animados de un sincero celo por la religión católica y por su
propia santificación.
Si tú conocieses el don de
Dios(7).
Con estas palabras, venerables
hermanos, Nos, que por divina disposición hemos sido constituido
guardián y dispensador del tesoro de la fe y de la piedad que el
divino Redentor ha confiado a la Iglesia, consciente del deber
de nuestro oficio, amonestamos a todos aquellos de nuestros
hijos que, a pesar de que el culto del Sagrado Corazón de Jesús,
venciendo la indiferencia y los errores humanos, ha penetrado ya
en su Cuerpo místico, todavía abrigan prejuicios hacia él y aun
llegan a reputarlo menos adaptado, por no decir nocivo, a las
necesidades espirituales de la Iglesia y de la humanidad en la
hora presente, que son las más apremiantes. Pues no faltan
quienes, confundiendo o equiparando la índole de este culto con
las diversas formas particulares de devoción, que la Iglesia
aprueba y favorece sin imponerlas, lo juzgan como algo superfluo
que cada uno puede practicar o no, según le agradare; otros
consideran oneroso este culto, y aun de poca o ninguna utilidad,
singularmente para los que militan en el Reino de Dios,
consagrando todas sus energías espirituales, su actividad y su
tiempo a la defensa y propaganda de la verdad católica, a la
difusión de la doctrina social católica, y a la multiplicación
de aquellas prácticas religiosas y obras que ellos juzgan mucho
más necesarias en nuestros días. Y no faltan quienes estiman que
este culto, lejos de ser un poderoso medio para renovar y
reforzar las costumbres cristianas, tanto en la vida individual
como en la familiar, no es sino una devoción, más saturada de
sentimientos que constituida por pensamientos y afectos nobles;
así, la juzgan más propia de la sensibilidad de las mujeres
piadosas que de la seriedad de los espíritus cultivados.
Otros, finalmente, al considerar
que esta devoción exige, sobre todo, penitencia, expiación y
otras virtudes, que más bien juzgan pasivas porque aparentemente
no producen frutos externos, no la creen a propósito para
reanimar la espiritualidad moderna, a la que corresponde el
deber de emprender una acción franca y de gran alcance en pro
del triunfo de la fe católica y en valiente defensa de las
costumbres cristianas; y ello, dentro de una sociedad plenamente
dominada por el indiferentismo religioso que niega toda norma
para distinguir lo verdadero de lo falso, y que, además, se
halla penetrada, en el pensar y en el obrar, por los principios
del materialismo ateo y del laicismo.
Doctrina de los papas
4.
¿Quién no ve, venerables hermanos,
la plena oposición entre estas opiniones y el sentir de nuestros
predecesores, que desde esta cátedra de verdad aprobaron
públicamente el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús? ¿Quién
se atreverá a llamar inútil o menos acomodada a nuestros tiempos
esta devoción que nuestro predecesor, de i. m., León XIII, llamó
práctica religiosa dignísima de todo encomio, y en la
que vio un poderoso remedio para los mismos males que en
nuestros días, en forma más aguda y más amplia, inquietan y
hacen sufrir a los individuos y a la sociedad? Esta devoción
-decía-, que a todos recomendamos, a todos será de provecho.
Y añadía este aviso y exhortación que se refiere a la
devoción al Sagrado Corazón: Ante la amenaza de las graves
desgracias que hace ya mucho tiempo se ciernen sobre nosotros,
urge recurrir a Aquel único que puede alejarlas. Alas ¿quién
podrá ser Este sino Jesucristo, el Unigénito de Dios?
«Porque debajo del cielo no existe otro nombre, dado a los
hombres, en el cual hayamos de ser salvos»(8).
Por lo tanto, a El debemos recurrir, que es «camino, verdad y
vida(9)»
No menos recomendable ni menos
apto para fomentar la piedad cristiana lo juzgó nuestro
inmediato predecesor, de f. m., Pío XI, en su encíclica
Miserentissimus Redemptor: ¿No están acaso contenidos en esta
forma de devoción el compendio de toda la religión y aun la
norma de vida más Perfecta, Puesto que constituye el medio más
suave de encaminar las almas al profundo conocimiento de Cristo
Señor nuestro y el medio más eficaz que las mueve a amarle con
más ardor y a imitarte con mayor fidelidad y eficacia?(10)
Nos, por nuestra parte, en no
menor grado que nuestros predecesores, hemos aprobado y aceptado
esta sublime verdad; y cuando fuimos elevado al sumo
pontificado, al contemplar el feliz y triunfal progreso del
culto al Sagrado Corazón de Jesús entre el pueblo cristiano,
sentimos nuestro ánimo lleno de gozo y nos regocijamos por los
innumerables frutos de salvación que producía en toda la
Iglesia; sentimientos que nos complacimos en expresar ya en
nuestra primera Encíclica(11).
Estos frutos, a través de los años de nuestro pontificado
-llenos de sufrimientos y angustias, pero también de inefables
consuelos-, no se mermaron en número, eficacia y hermosura,
antes bien se amentaran. Pues, en efecto, muchas iniciativas, y
muy acomodadas a las necesidades de nuestros tiempos, han
surgido para favorecer el crecimiento cada día mayor de este
mismo culto: asociaciones, destinadas a la cultura intelectual Y
a promover la religión y la beneficencia; publicaciones de
carácter histórico, ascético y místico para explicar su
doctrina; piadosas prácticas de reparación y, de manera
especial, las manifestaciones de ardentísima piedad promovidas
por el Apostolado de la Oración, a cuyo celo y
actividad se debe que familias, colegios, instituciones y aun, a
veces, algunas naciones se hayan consagrado al Sacratísimo
Corazón de Jesús. Por todo ello, ya en Cartas, ya en Discursos y
aun Radiomensajes, no pocas veces hemos expresado nuestra
paternal complacencia(12).
Fundamentación del culto
5. Conmovidos,
pues, al ver cómo tan gran abundancia de aguas, es decir, de
dones celestiales de amor sobrenatural del Sagrado Corazón de
nuestro Redentor, se derrama sobre innumerables hijos de la
Iglesia católica por obra e inspiración del Espíritu Santo, no
podemos menos, venerables hermanos, de exhortaros con ánimo
paternal a que, juntamente con Nos, tributéis alabanzas y
rendida acción de gracias a Dios, dador de todo bien, exclamando
con el Apóstol: Al que es poderoso para hacer sobre toda
medida con incomparable exceso más de lo que pedimos o pensamos,
según la potencia que despliega en nosotros su energía, a El la
gloria en la Iglesia y en Cristo y Jesús por todas las
generaciones, en los siglos de los siglos. Amén(13).
Pero, después de tributar las debidas gracias al Dios eterno,
queremos por medio de esta encíclica exhortaros a vosotros y a
todos los amadísimos hijos de la Iglesia a una más atenta
consideración de los principios doctrinales -contenidos en la
Sagrada Escritura, en los Santos Padres y en los teólogos- sobre
los cuales, como sobre sólidos fundamentos, se apoya el culto
del Sacratísimo Corazón de Jesús. Porque Nos estamos plenamente
persuadido de que sólo cuando a la luz de la divina revelación
hayamos penetrado más a fondo en la naturaleza y esencia íntima
de este culto, podremos apreciar debidamente su incomparable
excelencia y su inexhausta fecundidad en toda clase de gracias
celestiales; y de esta manera, luego de meditar y contemplar
piadosamente los innumerables bienes que produce, encontraremos
muy digno de celebrar el primer centenario de la extensión de la
fiesta del Sacratísimo Corazón a la Iglesia universal.
Con el fin, pues, de ofrecer a la
mente de los fieles el alimento de saludables reflexiones, con
las que más fácilmente puedan comprender la naturaleza de este
culto, sacando de él los frutos más abundantes, nos detendremos,
ante todo, en las páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento que
revelan y describen la caridad infinita de Dios hacia el género
humano, pues jamás podremos escudriñar suficientemente su
sublime grandeza; aludiremos luego a los comentarios de los
Padres y Doctores de la Iglesia; finalmente, procuraremos poner
en claro la íntima conexión existente entre la forma de devoción
que se debe tributar al Corazón del Divino Redentor y el culto
que los hombres están obligados a dar a su amor y al amor de la
misma Santísima Trinidad a todo el género humano. Porque
juzgamos que, una vez considerados a la luz de la Sagrada
Escritura y de la Tradición los elementos constitutivos de esta
devoción tan noble, será mas fácil a los cristianos beber
con gozo las aguas en las fuentes del Salvador(14),
es decir, podrán apreciar mejor la singular importancia que el
culto al Corazón Sacratísimo de Jesús ha adquirido en la
liturgia de la Iglesia, en su vida interna y externa, y también
en sus obras: así podrá cada uno obtener aquellos frutos
espirituales que señalarán una saludable renovación en sus
costumbres, según lo desean los Pastores de la grey de Cristo.
Culto de latría
6. Para
comprender mejor, en orden a esta devoción, la fuerza de algunos
textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, precisa atender bien
al motivo por el cual la Iglesia tributa al Corazón del Divino
Redentor el culto de latría. Tal motivo, como bien sabéis,
venerables hermanos, es doble: el primero, común también a los
demás miembros adorables del Cuerpo de Jesucristo, se funda en
el hecho de que su Corazón, por ser la parte más noble de su
naturaleza humana, está unido hipostáticamente a la Persona del
Verbo de Dios, y, por consiguiente, se le ha de tributar el
mismo culto de adoración con que la Iglesia honra a la Persona
del mismo Hijo de Dios encarnado. Es una verdad de la fe
católica, solemnemente definida en el Concilio ecuménico de
Efeso y en el II de Constantinopla(15).
El otro motivo se refiere ya de manera especial al Corazón del
Divino Redentor, y, por lo mismo, le confiere un título
esencialmente propio para recibir el culto de latría: su
Corazón, más que ningún otro miembro de su Cuerpo, es un signo o
símbolo natural de su inmensa caridad hacia el género humano.
Es innata al Sagrado Corazón, observaba León XIII, de
f. m., la cualidad de ser símbolo e imagen expresiva de la
infinita caridad de Jesucristo, que nos incita a devolverle amor
por amor(16).
Es indudable que los Libros
Sagrados nunca se hace mención cierta de un culto de especial
veneración y amor tributado al Corazón físico del Verbo
encarnado por su prerrogativa de símbolo de su encendidísima
caridad. Pero este hecho, que hay que reconocer abiertamente, no
nos ha de admirar ni puede en modo alguno hacernos dudar de que
el amor de Dios a nosotros -razón principal de este culto- es
proclamado e inculcado tanto en el Antiguo como en el Nuevo
Testamento con imágenes con que vivamente se conmueven los
corazones. Y estas imágenes, por encontrarse ya en los Libros
Santos cuando predecían la venida del Hijo de Dios hecho hombre,
han de considerarse como un presagio de lo que había de ser el
símbolo y signo más noble del amor divino, es a saber, el
sacratísimo y adorable Corazón del Redentor divino.
Antiguo Testamento
7. Por lo que
toca a nuestro propósito, al escribir esta Encíclica, no
juzgamos necesario aducir muchos textos de los libros del
Antiguo Testamento que contienen las primeras verdades reveladas
por Dios; creernos baste recordar la Alianza establecida entre
Dios y el pueblo elegido, consagrada con víctimas pacíficas
-cuyas leyes fundamentales, esculpidas en dos tablas, promulgó
Moisés(17) e interpretaron los
profetas-; alianza ratificada por los vínculos del supremo
dominio de Dios y de la obediencia debida por parte de los
hombres, pero consolidada y vivificada por los más nobles
motivos del amor. Porque aun para el mismo pueblo de Israel la
razón suprema de obedecer a Dios era no ya el temor de las
divinas venganzas que los truenos y relámpagos
fulgurantes en la ardiente cumbre del Sinaí
suscitaban en los ánimos, sino más bien el amor debido a Dios:
Escucha Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor.
Amarás, pues, al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu
alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que hoy te mando
estarán en tu corazón(18).
No nos extrañemos, pues, si
Moisés y los profetas, a los que con toda razón llama el
Angélico Doctor los «mayores» del pueblo elegido(19),
comprendiendo bien que el fundamento de toda la ley se basaba en
este mandamiento del amor, describieron las relaciones todas
existentes entre Dios y su nación recurriendo a semejanzas
sacadas del amor recíproco entre padre e hijo, o entre los
esposos, y no representándolas con severas imágenes inspiradas
en el supremo dominio de Dios o en nuestra obligada servidumbre
llena de temor.
Así, por ejemplo, Moisés mismo,
en su celebérrimo cántico, al ver liberado su pueblo de la
servidumbre de Egipto, queriendo expresar cómo esa liberación
era debida a la intervención omnipotente de Dios, recurre a
estas conmovedoras expresiones e imágenes: Como el águila
que adiestra a sus polluelos para que alcen el vuelo y encima de
ellos revolotea, así (Dios) desplegó sus alas, alzó
(a Israel) y le llevó en sus hombros(20).
Pero ninguno, tal vez, entre los profetas, expresa y
descubre tan clara y ardientemente como Oseas el amor constante
de Dios hacia su pueblo. En efecto, en los escritos de este
profeta que entre los profetas menores sobresale por la
profundidad de conceptos y la concisión del lenguaje, se
describe a Dios amando a su pueblo escogido con un amor justo y
lleno de santa solicitud, cual es el amor de un padre lleno de
misericordia y amor, o el de un esposo herido en su honor. Es un
amor que, lejos de disminuir y cesar ante las monstruosas
infidelidades y pérfidas traiciones, las castiga, sí, como lo
merecen, en los culpables, no para repudiarlos y abandonarlos a
sí mismos, sino sólo con el fin de limpiar y purificar a la
esposa alejada e infiel y a los hijos ingratos para hacerles
volver a unirse de nuevo consigo, una vez renovados y
confirmados los vínculos de amor. Cuando Israel era niño, yo
le amé; y de Egipto llamé a mi hijo... Yo enseñé a andar a
Efraín, los tomé en mis brazos, mas ellos no comprendieron que
yo los cuidaba. Los conducía con cuerdas de humanidad, con lazos
de amor... Sanaré su rebeldía, los amaré generosamente, pues mi
ira se ha apartado de ellos. Seré como el rocío para Israel,
florecerá él como el lirio y echará sus raíces como el Líbano(21).
Expresiones semejantes tiene el
profeta Isaías, cuando presenta a Dios mismo y a su pueblo
escogido como dialogando y discutiendo entre sí con opuestos
sentimientos: Mas Sión dijo: Me ha abandonado el Señor, el
Señor se ha olvidado de mí. ¿Puede, acaso, una mujer olvidar a
su pequeñuelo, hasta no apiadarse del hijo de sus entrañas?
Aunque ésta se olvidaré, yo no me olvidaré de ti(22).
Ni son menos conmovedoras las palabras con que el autor del
Cantar de los Cantares, sirviéndose del simbolismo del amor
conyugal, describe con vivos colores los lazos de amor mutuo que
unen entre sí a Dios y a la nación predilecta: Como lirio
entre las espinas, así mi amada entre las doncellas... Yo soy de
mi amado, y mi amado es para mí; El se apacienta entre lirios...
Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo,
pues fuerte como la muerte es el amor, duros como el infierno
los celos; sus ardores son ardores de fuego y llamas(23).
8.
Este amor de Dios tan tierno,
indulgente y sufrido, aunque se indigna por las repetidas
infidelidades del pueblo de Israel, nunca llega a repudiarlo
definitivamente; se nos muestra,
sí, vehemente y sublime; pero no es, en sustancia, sino el
preludio a aquella muy encendida caridad que el Redentor
prometido había de mostrar a todos con su amantísimo Corazón y
que iba a ser el modelo de nuestro amor y la piedra angular de
la Nueva Alianza.
Porque, en verdad, sólo Aquel que
es el Unigénito del Padre y el Verbo hecho carne lleno de
gracia y de verdad(24), al
descender hasta los hombres, oprimidos por innumerables pecados
y miserias, podía hacer que de su naturaleza humana, unida
hipostáticamente a su Divina Persona, brotara un manantial de
agua viva que regaría copiosamente la tierra árida de la
humanidad, transformándola en florido jardín lleno de frutos.
Obra admirable que había de realizar el amor misericordiosísimo
y eterno de Dios, y que ya parece pre- nunciar en cierto modo el
profeta jeremías con estas palabras: Te he amado con un amor
eterno, por eso te he atraído a mí lleno de misericordia... He
aquí que vienen días, afirma el Señor, en que pactaré con la
casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva; ... éste
será el pacto que yo concertaré con la casa de Israel después de
aquellos días, declara el Señor: Pondré mi 1ey en su interior y
la escribiré en su corazón; yo les seré su Dios, y ellos serán
mi pueblo ... ; porque les perdonaré su culpa y no me acordaré
ya de su pecado(25).
II. NUEVO
TESTAMENTO Y TRADICIÓN
9.
Pero tan sólo por los Evangelios
llegamos a conocer con perfecta claridad que la Nueva Alianza
estipulada entre Dios y la humanidad -de la cual la alianza
pactada por Moisés entre el pueblo y Dios fue tan sólo una
prefiguración simbólica, y el vaticinio de jeremías una mera
predicción es la misma que estableció y realizó el Verbo
Encarnado, mereciéndonos la gracia divina. Esta Alianza es
incomparablemente más noble y más sólida, porque, a diferencia
de la precedente, no fue sancionada con sangre de cabritos y
novillos, sino con la sangre sacrosanta de Aquel a quien
aquellos animales pacíficos y privados de razón prefiguraban:
el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo(26).
Porque la Alianza cristiana, más aún que la antigua, se
manifiesta claramente como un pacto fundado no en la servidumbre
o en el temor, sino en la amistad que debe reinar en las
relaciones entre padres e hijos. Se alimenta y se consolida por
una más generosa efusión de la gracia divina y de la verdad,
según la sentencia del evangelista San Juan: De su plenitud
todos nosotros recibimos, y gracia por gracia. Porque la 1ey fue
dada por Moisés, mas la gracia y la verdad por Jesucristo han
venido(27).
Introducidos por estas palabras
del discípulo al que amaban Jesús, y que, durante la Cena,
reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús(28),
en el mismo misterio de la infinita caridad del Verbo Encarnado,
es cosa digna, justa, recta y saludable que nos detengamos un
poco, venerables hermanos, en la contemplación de tan dulce
misterio, a fin de que, iluminados por la luz que sobre él
proyectan las páginas del Evangelio, podamos también nosotros
experimentar el feliz cumplimiento del deseo significado por el
Apóstol a los fieles de Efeso: Que Cristo habite por la fe
en vuestros corazones, a, modo que, arraigados y cimentados en
la caridad, podáis comprender con todos los santos cuál es la
anchura y la longitud, la alteza y la profundidad, hasta conocer
el amor de Cristo, que sobrepuja a todo conocimiento, de suerte
que estéis llenos de toda la plenitud de Dios(29).
10. En efecto,
el misterio de la Redención divina es, ante todo y por su propia
naturaleza, un misterio de amor, esto es, un misterio del amor
justo de Cristo a su Padre celestial, a quien el sacrificio de
la cruz, ofrecido con amor y obediencia, presenta una
satisfacción sobreabundante e infinita por los pecados del
género humano: Cristo sufriendo, por caridad y obediencia,
ofreció a Dios algo de mayor valor que lo que exigía la
compensación por todas las ofensas hechas a Dios Por el género
humano(30). Además, el
misterio de la Redención es un misterio de amor misericordioso
de la augusta Trinidad y del Divino Redentor hacia la humanidad
entera, puesto que, siendo ésta del todo incapaz de ofrecer a
Dios una satisfacción condigna por sus propios delitos, Cristo,
mediante la inescrutable riqueza de méritos que nos ganó con la
efusión de su preciosísima Sangre, pudo restablecer y
perfeccionar aquel pacto de amistad entre Dios y los hombres,
violado por vez primera en el paraíso terrenal por culpa de Adán
y luego innumerables veces por las infidelidades del pueblo
escogido.
Por lo tanto, el Divino Redentor,
en su cualidad de legítimo y perfecto Mediador nuestro, al haber
conciliado bajo el estímulo de su caridad ardentísima hada
nosotros los deberes y obligaciones del género humano con los.
derechos de Dios, ha sido, sin duda, el autor de aquella
maravillosa reconciliación entre la divina justicia y la divina
misericordia, que constituye esencialmente el misterio
trascendente de nuestra salvación. Muy a propósito dice el
Doctor Angélico: Conviene observar que la liberación del
hombre, mediante la pasión de Cristo, fue conveniente lanzo a su
misericordia como a su justicia. A la justicia ciertamente,
porque por su pasión Cristo satisfizo por el pecado del linaje
humano: y así fue el hombre liberado por la justicia de Cristo.
Y a la misericordia, porque, no siéndole posible al hombre
satisfacer por el pecado, que manchaba a toda la naturaleza
humana, Dios le dio un Redentor en la persona de su Hijo(31).
Ahora bien: esto fue de parte de Dios un acto de más generosa
misericordia que si El hubiese perdonado los pecados sin exigir
satisfacción alguna. Por ello está escrito: Dios, que es
rico en misericordia, movido por el excesivo amor con que nos
amó, aun cuando estábamos muertos por los pecados, nos volvió a
dar la vida en Cristo(32).
Amor divino y humano
11. Pero a fin
de que podamos, en cuanto es dado a los hombres mortales,
comprender con todos los santos cuál es la anchura y longitud,
la alteza y la profundidad(33)
del misterioso amor del Verbo Encarnado a su celestial Padre y
hacia los hombres manchados con tantas culpas, conviene tener
muy presente que su amor no fue únicamente espiritual, como
conviene a Dios, puesto que Dios es espíritu(34).
Es indudable que de índole puramente espiritual fue el amor de
Dios a nuestros primeros padres y al pueblo hebreo; por eso, las
expresiones de amor humano conyugal o paterno, que se leen en
los Salmos, en los escritos de los profetas y en el Cantar de
los Cantares, son signos Y símbolos, del muy verdadero amor,
pero exclusivamente espiritual, con que Dios amaba al género
humano; al contrario, el amor que brota del Evangelio, de las
cartas de los Apóstoles y de las páginas del Apocalipsis, al
describir el amor del Corazón mismo de Jesús, comprende no sólo
la caridad divina, sino también los sentimientos de un afecto
humano. Para todos los católicos, esta verdad es indiscutible.
En efecto, el Verbo de Dios no ha tomado un cuerpo ilusorio y
ficticio, como ya en el primer siglo de la era cristiana osaron
afirmar algunos herejes, que atrajeron la severa condenación del
apóstol San Juan: Puesto que en el mundo han salido muchos
impostores: los que no confiesan a Jesucristo como Mesías venido
en carne. Negar esto es ser un impostor y el anticristo(35).
En realidad, El ha unido a su Divina Persona una naturaleza
humana individual, íntegra y perfecta, concebida en el seno
purísimo de la Virgen María por virtud del Espíritu Santo(36).
Nada, pues, faltó a la naturaleza humana que se unió el Verbo de
Dios. El la asumió plena e íntegra tanto en los elementos
constitutivos espirituales como en los corporales, conviene a
saber. dotada de inteligencia y de voluntad y todas las demás
facultades cognoscitivas, internas y externas; dotada asimismo
de las potencias afectivas sensibles y de todas las pasiones
naturales. Esto enseña la Iglesia Católica, y está sancionado y
solemnemente confirmado por los Romanos Pontífices y los
concilios ecuménicos: Entero en sus propiedades, entero en
las nuestras(37); Perfecto en la
divinidad y El mismo perfecto en la humanidad»(38);
todo Dios [hecho] hombre, y todo el hombre
[subsistente en] Dios(39).
12. Luego si no
hay duda alguna de que Jesús poseía un verdadero cuerpo humano,
dotado de todos los sentimientos que le son propios, entre los
que predomina el amor, también es igualmente verdad que El
estuvo provisto de un corazón físico, en todo semejante al
nuestro, puesto que, sin esta parte tan noble del cuerpo, no
puede haber vida humana y menos en sus afectos. Por
consiguiente, no hay duda de que el Corazón de Cristo, unido
hipostáticamente a la Persona divina del Verbo, palpitó de amor
y de todo otro afecto sensible; mas estos sentimientos estaban
tan conformes y tan en armonía con su voluntad de hombre
esencialmente plena de caridad divina, y con el mismo amor
divino que el Hijo tiene en común con el Padre y el Espíritu
Santo, que entre estos tres amores jamás hubo falta de acuerdo y
armonía(40).
Sin embargo, el hecho de que el
Verbo de Dios tomara una verdadera y perfecta naturaleza humana
y se plasmara y aun, en cierto modo, se modelara un corazón de
carne que, no menos que el nuestro, fuese capaz de sufrir y de
ser herido, esto, decimos Nos, si no se piensa y se considera no
sólo bajo la luz que emana de la unión hipostática y sustancial,
sino también bajo la que procede de la Redención del hombre, que
es, por decirlo así, el complemento de aquélla, podría parecer a
algunos escándalo y necedad, como de hecho pareció a
los judíos y gentiles Cristo crucificado(41).
Ahora bien: los Símbolos de la fe, en perfecta concordia con la
Sagrada Escritura, nos aseguran que el Hijo Unigénito de Dios
tomó una naturaleza humana capaz de padecer y morir
principalmente por razón del Sacrificio de la cruz, donde El
deseaba ofrecer un sacrificio cruento a fin de llevar a cabo la
obra de la salvación de los hombres. Esta es, además, la
doctrina expuesta por el Apóstol de las Gentes: Pues tanto
el que santifica como los que son santificados todos traen de
uno su origen. Por cuya causa no se desdeña de llamarlos
hermanos, diciendo: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos ...
». Y también: «Heme aquí a mí y a los hijos que Dios me ha
dado».Y por cuanto los hijos tienen comunes la carne y
sangre, El también Participó de las mismas cosas... Por lo cual
debió, en todo, asemejarse a sus hermanos, a fin de ser un
pontífice misericordioso y fiel en las cosas que miren a Dios,
para expiar los pecados del pueblo. Pues por cuanto El mismo fue
probado con lo que padeció, por ello puede socorrer a los que
son probados(42).
Santos Padres
13. Los SANTOS
PADRES, testigos verídicos de la doctrina revelada, entendieron
muy bien lo que ya el apóstol San Pablo había claramente
significado, a saber, que el misterio del amor divino es como el
principio y el coronamiento de la obra de la Encarnación y
Redención. Con frecuente claridad se lee en sus escritos que
Jesucristo tomó en sí una naturaleza humana perfecta, con un
cuerpo frágil y caduco como el nuestro, para procurarnos la
salvación eterna, y para manifestarnos y darnos a entender, en
la forma más evidente, así su amor infinito como su amor
sensible.
SAN JUSTINO, que parece un eco de
la voz del Apóstol de las Gentes, escribe lo siguiente:
Amamos y adoramos al Verbo nacido de Dios inefable y que no
tiene principio: El, en verdad, se hizo hombre por nosotros para
que, al hacerse partícipe de nuestras dolencias, nos procurase
su remedio(43). Y SAN
BASILIO, el primero de los tres Padres de Capadocia, afirma que
los afectos sensibles de Cristo fueron verdaderos y al mismo
tiempo santos: Aunque todos saben que el Señor poseyó los
afectos naturales en confirmación de su verdadera y no
fantástica encarnación, sin embargo, rechazó de sí como indignos
de su purísima divinidad los afectos viciosos, que manchan la
pureza de nuestra vida(44).
Igualmente, SAN JUAN CRISÓSTOMO, lumbrera de la Iglesia
antioquena, confiesa que las emociones sensibles de que el Señor
dio muestra prueban irrecusablemente que poseyó la naturaleza
humana en toda su integridad: Si no hubiera poseído nuestra
naturaleza, no hubiera experimentado una y más veces la tristeza(45).
Entre los Padres latinos merecen
recuerdo los que hoy venera la Iglesia como máximos Doctores.
SAN AMBROSIO afirma que la unión hipostática es el origen
natural de los afectos y sentimientos que el Verbo de Dios
encarnado experimenté: Por lo tanto, ya que tomó el alma,
tomó las pasiones del alma; pues Dios, como Dios que es, no
podía turbarse ni morir(46).
En estas mismas reacciones apoya
SAN JERÓNIMO el principal argumento para probar que Cristo tomó
realmente la naturaleza humana: Nuestro Señor se entristeció
realmente, para poner de manifiesto la verdad de su naturaleza
humana(47).
Particularmente, SAN AGUSTÍN nota
la íntima unión existente entre los sentimientos del Verbo
encamado y la finalidad de la Redención humana: Jesús, el
Señor, tomó estos afectos de la humana flaqueza, lo mismo que la
carne de la debilidad humana, no por imposición de la necesidad,
sino por conmiseración voluntaria, a fin de transformar en sí a
su Cuerpo que es la Iglesia, para la que se dignó ser Cabeza; es
decir, a fin de transformar a sus miembros en santos y fieles
suyos; de suerte que, si a alguno de ellos le aconteciere
contristarse y dolerse en las tentaciones humanas, no se juzgase
por esto ajeno a su gracia, antes comprendiese que semejantes
afecciones ni eran indicios de pecados, sino de la humana
fragilidad; y como coro que canta después del que entona, así
también su Cuerpo aprendiese de su misma Cabeza a padecer(48).
Doctrina de la Iglesia que con
mayor concisión y no menor fuerza testifican estos pasajes de
SAN JUAN DAMASCENO: En verdad que todo Dios ha tomado todo
lo que en mí es hombre, y todo se ha unido a todo para procurar
la salvación de todo el hombre. De otra manera no hubiera podido
sanar lo que no asumió(49).
Cristo, pues, asumió los elementos todos que componen la
naturaleza humana, a fin de que todos fueran santificados(50).
Corazón físico
14.
Es, sin embargo, de razón que ni los
Autores sagrados ni los Padres de la Iglesia que hemos citado y
otros semejantes, aunque prueban abundantemente que Jesucristo
estuvo sujeto a los sentimientos y afectos humanos y que por eso
precisamente tomó la naturaleza humana para procurarnos la
eterna salvación, no refieran expresamente dichos afectos a su
corazón físicamente considerado, hasta hacer de él expresamente
un símbolo de su amor infinito.
Por más que los evangelistas y
los demás escritores eclesiásticos no nos describan directamente
los varios efectos que en el ritmo pulsante del Corazón de
nuestro Redentor, no menos vivo y sensible que el nuestro, se
debieron indudablemente a las diversas conmociones y afectos de
su alma y a la ardentísima caridad de su doble voluntad -divina
y humana, sin embargo frecuentemente ponen de relieve su divino
amor y todos los demás afectos con él relacionados: el deseo, la
alegría, la tristeza, el temor y la ira, según se manifiestan en
las expresiones de su mirada, palabras y actos. Y principalmente
el rostro adorable de nuestro Salvador sin duda debió aparecer
como signo y casi como espejo fidelísimo de los afectos, que,
conmoviendo en varios modos su ánimo, a semejanza de olas que se
entrechocan, llegaban a su Corazón santísimo y determinaban sus
latidos. A la verdad, vale también a propósito de Jesucristo
cuanto el Doctor Angélico, amaestrado por la experiencia,
observa en materia de psicología humana y de los fenómenos de
ella derivados: La turbación de la ira repercute en los
miembros externos y principalmente en aquellos en que se refleja
más la influencia del corazón, como son los ojos, el semblante,
la lenguas(51).
Símbolo del triple amor
de Cristo
15.
Luego, con toda razón, es
considerado el corazón del Verbo Encarnado como signo y
principal símbolo del triple amor con que el divino Redentor ama
continuamente al Eterno Padre y a todos los hombres. Es, ante
todo, símbolo del divino amor que en El es común con el Padre y
el Espíritu Santo, y que sólo en El, como Verbo Encarnado, se
manifiesta por medio del caduco Y frágil velo del cuerpo humano,
ya que en El habita toda la plenitud de la Divinidad
corporalmente(52).
Además, el Corazón de Cristo es
símbolo de la ardentísima caridad que, infundida en su alma,
constituye la preciosa dote de su voluntad humana y cuyos actos
son dirigidos e iluminados por una doble y perfectísima ciencia,
la beatífica y la infusa(53).
Finalmente, y esto en modo más
natural y directo, el Corazón de Jesús es símbolo de su amor
sensible, pues el Cuerpo de Jesucristo, plasmado en el seno
castísimo de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, supera
en perfección, y, por ende, en capacidad perceptiva a todos los
demás cuerpos humanos(54).
16.
Aleccionados, pues, por los Sagrados
Textos y por los Símbolos de la fe sobre la perfecta consonancia
y armonía que reina en el alma santísima de Jesucristo y sobre
cómo El dirigió al fin de la Redención las manifestaciones todas
de su triple amor, podemos ya con toda seguridad contemplar y
venerar en el Corazón del Divino Redentor la imagen elocuente de
su caridad y la prueba de haberse ya cumplido nuestra Redención,
y como una mística escala para subir al abrazo de Dios
nuestro Salvador(55). Por
eso, en las palabras, en los actos, en la enseñanza, en los
milagros y especialmente en las obras que más claramente
expresan su amor hacia nosotros- como la institución de la
divina Eucaristía, su dolorosa pasión y muerte, la benigna
donación de su Santísima Madre, la fundación de la Iglesia para
provecho nuestro y, finalmente, la misión del Espíritu Santo
sobre los Apóstoles y sobre nosotros-, en todas estas obras,
decimos Nos, hemos de admirar otras tantas pruebas de su triple
amor, y meditar los latidos de su Corazón, con los cuales quiso
medir los instantes de su terrenal peregrinación hasta el
momento supremo, en el que, como atestiguan los Evangelistas,
Jesús, luego de haber clamado de nuevo con gran voz, dijo:
«Todo está consumado». E inclinando la cabeza, entregó su
espíritu(56). Sólo entonces
su Corazón se paró y dejó de latir, y su amor sensible
permaneció como en suspenso, hasta que, triunfando de la muerte,
se levantó del sepulcro.
Después que su Cuerpo, revestido
del estado de la gloria sempiterna, se unió nuevamente al alma
del Divino Redentor victorioso ya de la muerte, su Corazón
sacratísimo no ha dejado nunca ni dejará de palpitar con
imperturbable y plácido latido, ni cesará tampoco de demostrar
el triple amor con que el Hijo de Dios se une a su Padre eterno
y a la humanidad entera, de la que con pleno derecho es Cabeza
mística.
III.
CONTEMPLACIÓN DEL AMOR DEL CORAZÓN DE JESÚS
17.
Ahora, venerables hermanos, para que
de estas nuestras piadosas consideraciones podamos sacar
abundantes y saludables frutos, parémonos a meditar y contemplar
brevemente la íntima participación que el Corazón de nuestro
Salvador Jesucristo tuvo en su vida afectiva divina y humana,
durante el curso de su vida mortal. En las páginas del
Evangelio, principalmente, encontraremos la luz con la cual
iluminados y fortalecidos podremos penetrar en el templo de este
divino Corazón y admirar con el Apóstol de las Gentes las
abundantes riquezas de la gracia [de Dios] en la bondad
usada con nosotros por amor de Jesucristo(57).
18.
El adorable Corazón de Jesucristo
late con amor divino al mismo tiempo que humano desde que la
Virgen María pronunció su Fíat, y el Verbo de Dios,
como nota el Apóstol, al entrar en el mundo dijo:
«Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me diste un cuerpo a
propósito; holocaustos y sacrificios por el pecado no te
agradaron. Entonces dije: Heme aquí presente. En el principio
del libro se habla de mí. Quiero hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad
... » Por esta «voluntad» hemos sido santificados mediante
la «oblación del cuerpo» de Jesucristo, que él ha hecho de una
vez para siempre(58).
De manera semejante palpitaba de
amor su Corazón, en perfecta armonía con los afectos de su
voluntad humana y con su amor divino, cuando en la casita de
Nazaret mantenía celestiales coloquios con su dulcísima Madre y
con su padre putativo, San José, al que obedecía y con quien
colaboraba en el fatigoso oficio de carpintero. Este mismo
triple amor movía su Corazón en su continuo peregrinar
apostólico, cuando realizaba innumerables milagros, cuando
resucitaba a los muertos o devolvía la salud a toda clase de
enfermos, cuando sufría trabajos, soportaba el sudor, hambre y
sed; en las prolongadas vigilias nocturnas pasadas en oración
ante su Padre amantísimo; en fin, cuando daba enseñanzas o
proponía y explicaba parábolas, especialmente las que más nos
hablan de la misericordia, como la parábola de la dracma
perdida, la de la oveja descarriada y la del hijo pródigo. En
estas palabras y en estas obras, como dice San Gregorio Magno,
se manifiesta el Corazón mismo de Dios: Mira el Corazón de
Dios en las palabras de Dios, para que con más ardor suspires
por los bienes eternos(59).
Con amor aun mayor latía el
Corazón de Jesucristo cuando de su boca salían palabras
inspiradas en amor ardentísimo. Así, para poner algún ejemplo,
cuando viendo a las turbas cansadas y hambrientas, dijo: Me
da compasión esta multitud de gentes(60);
y cuando, a la vista de Jerusalén, su predilecta ciudad,
destinada a una fatal ruina por su obstinación en el pecado,
exclamó: Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y
apedreas a los que a ti son enviados: ¡cuántas veces quise
recoger a tus hijos, como la gallina recoge a sus polluelos bajo
las alas, y tú no lo has querido(61)!
Su Corazón palpitó también de amor hacia su Padre y de santa
indignación cuando vio el comercio sacrílego que en el templo se
hacía, e increpó a los vendedores con estas palabras: Escrito
está: «Mi casa será llamada casa de oración»; mas vosotros
hacéis de ella una cueva de ladrones(62).
19.
Pero particularmente se conmovió de
amor y de temor su Corazón cuando, ante la hora ya tan inminente
de los crudelísimos padecimientos y ante la natural repugnancia
a los dolores y a la muerte, exclamó: Padre mío, si es
posible, pase de mí este cáliz(63);
vibró luego con invicto amor y con amargura suma cuando,
aceptando el beso del traidor, le dirigió aquellas palabras que
suenan a última invitación de su Corazón misericordiosísimo al
amigo que, con ánimo impío, infiel y obstinado, se disponía a
entregarlo en manos de sus verdugos: Amigo, ¿a qué has
venido aquí? ¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?(64);
en cambio, se desbordó con inmenso amor y profunda compasión
cuando a las piadosas mujeres, que compasivas lloraban su
inmerecida condena al tremendo suplicio de la cruz, les dijo
así: Hijas de Jerusalén, no lloráis por mí, llorad por
vosotras mismas y por vuestros hijos..., pues si así tratan al
árbol verde, ¿en el seco qué se hará?(65)
Finalmente, colgado ya en la cruz
el Divino Redentor, es cuando siente cómo su Corazón se trueca
en impetuoso torrente, desbordado en los más variados y
vehementes sentimientos, esto es, de amor ardentísimo, de
angustia, de misericordia, de encendido deseo, de serena
tranquilidad, como se nos manifiestan claramente en aquellas
palabras tan inolvidables como significativas: Padre,
perdónales, porque no saben lo que hacen(66);
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?(67);
En verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el paraíso(68);
Tengo sed(69); Padre, en tus
manos encomiendo mi espíritu(70).
Eucaristía, María, Cruz
20.
¿Quién podrá dignamente describir
los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en
aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados
dones: a Sí mismo en el sacramento de la Eucaristía, a su Madre
Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?
Ya antes de celebrar la última
cena con sus discípulos, sólo al pensar en la institución del
Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, con cuya efusión había
de sellarse la Nueva Alianza, en su Corazón sintió intensa
conmoción., que manifestó a sus apóstoles con estas palabras:
Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros,
antes de padecer(71);
conmoción que, sin duda, fue aún más vehemente cuando tomó
el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a ellos, diciendo:
«Este es mi cuerpo, el cual se da por vosotros; haced esto en
memoria mía». Y así hizo también con el cáliz, luego de
haber cenado, y dijo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi
sangre, que se derramará por vosotros(72).
Con razón, pues, debe afirmarse
que la divina EUCARISTÍA, como sacramento por el que El se da a
los hombres y como sacrificio en el que El mismo continuamente
se inmola desde el nacimiento del sol hasta su ocaso(73)»,
y también el SACERDOCIO, son clarísimos dones del Sacratísimo
Corazón de Jesús.
Don también muy precioso del
Sacratísimo Corazón es, como indicábamos, la SANTÍSIMA VIRGEN,
Madre excelsa de Dios y Madre nuestra amantísima. Era, pues,
justo fuese proclamada Madre espiritual del género humano la
que, por ser Madre natural de nuestro Redentor, le fue asociada
en la obra de regenerar a los hijos de Eva para la vida de la
gracia. Con razón escribe de ella San Agustín:
Evidentemente, Ella es la Madre de los miembros del Salvador,
que somos nosotros, porque con su caridad cooperó a que naciesen
en la iglesia los fieles, que son los miembros de aquella Cabeza(74).
Al don incruento de Sí mismo bajo
las especies del pan y del vino quiso Jesucristo nuestro
Salvador unir, como supremo testimonio de su amor infinito, el
sacrificio cruento de la Cruz. Así daba ejemplo de aquella
sublime caridad que él propuso a sus discípulos como meta
suprema del amor con estas palabras: -Nadie tiene amor más
grande que el que da su vida por sus amigos(75).
De donde el amor de Jesucristo, Hijo de Dios, revela en el
sacrificio del Gólgota, del modo más elocuente, el amor mismo de
Dios: En esto hemos conocido la caridad de Dios: en que dio
su vida por nosotros; y así nosotros debemos dar la vida por
nuestros hermanos(76).
Cierto es que nuestro Divino Redentor fue crucificado más por la
interior vehemencia de su amor que por la violencia exterior de
sus verdugos: su sacrificio voluntario es el don supremo que su
Corazón hizo a cada uno de los hombres, según la concisa
expresión del Apóstol: Me amó y se entregó a sí mismo por mí(77).
Iglesia, sacramentos
21. No hay,
pues, duda de que el Sagrado Corazón de Jesús, al ser
participante tan íntimo de la vida del Verbo encarnado, y al
haber sido por ello asumido como instrumento de la divinidad, no
menos que los demás miembros de su naturaleza humana, para
realizar todas las obras de la gracia y de la omnipotencia
divina(78), por lo mismo es
también símbolo legítimo de aquella inmensa caridad que movió a
nuestro Salvador a celebrar, por el derramamiento de la sangre,
su místico matrimonio con la Iglesia: Sufrió la pasión Por
amor a la Iglesia, que había de unir a si comoEsposa(79).
Por lo tanto, del Corazón traspasado del Redentor nació la
Iglesia, verdadera dispensadora de la sangre de la Redención; y
del mismo fluye abundantemente la gracia de los sacramentos que
a los hijos de la Iglesia comunican la vida sobrenatural, como
leemos en la sagrada Liturgia: Del Corazón abierto nace la
Iglesia, desposada con Cristo... Tú, que del Corazón haces manar
la gracia(80).
De este simbolismo, no
desconocido para los antiguos Padres y escritores eclesiásticos,
el Doctor común escribe, haciéndose su fiel intérprete: Del
costado de Cristo brotó agua para lavar y sangre para redimir.
Por eso 1a sangre es propia del sacramento de la Eucaristía; el
agua, del sacramento del Bautismo, el cual, sin embargo, tiene
su fuerza para lavar en virtud de la sangre de Cristo(81).
Lo afirmado del costado de Cristo, herido y abierto por el
soldado, ha de aplicarse a su Corazón, al cual, sin duda, llegó
el golpe de la lanza, asestado precisamente por el soldado para
comprobar de manera cierta la muerte de Jesucristo.
Por ello, durante el curso de los
siglos, la herida del Corazón Sacratísimo de Jesús, muerto ya a
esta vida mortal, ha sido la imagen viva de aquel amor
espontáneo por el que Dios entregó a su Unigénito para la
redención de los hombres, y por el que Cristo nos amó a todos
con tan ardiente amor, que se inmoló a sí mismo como víctima
cruenta en el Calvario: Cristo nos amó, y se ofreció a sí
mismo a Dios, en oblación y hostia de olor suavísimo(82).
Ascensión
22.
Después que nuestro Salvador subió
al cielo con su cuerpo glorificado y se sentó a la diestra de
Dios Padre, no ha cesado de amar a su esposa, la Iglesia, con
aquel inflamado amor que palpita en su Corazón. Aun en la gloria
del cielo, lleva en las heridas de sus manos, de sus pies y de
su costado los esplendentes trofeos de su triple victoria: sobre
el demonio, sobre el pecado y sobre la muerte; lleva además en
su Corazón, como en arca preciosísima, aquellos inmensos tesoros
de sus méritos, fruto de su triple victoria, que ahora
distribuye con largueza al género humano ya redimido. Esta es
una verdad consoladora, enseñada por el Apóstol de las Gentes
cuando escribe: Al subirse a lo alto llevó consigo cautiva a
una gran multitud de cautivos, y derramó sus dones sobre los
hombres... El que descendió, ese mismo es el que ascendió sobre
todos los cielos, para dar cumplimiento a todas las cosas(83).
Pentecostés
23.
La misión del Espíritu Santo a los
discípulos es la primera y espléndida señal del espléndido amor
del Salvador, después de su triunfal ascensión a la diestra del
Padre. De hecho, pasados diez días, el Espíritu Paráclito, dado
por el Padre celestial, bajó sobre los apóstoles reunidos en el
Cenáculo, como Jesús mismo les había prometido en la última
cena: Yo rogaré al Padre y él os dará otro consolador para
que esté con vosotros eternamente(84).
El Espíritu Paráclito, por ser el Amor mutuo personal por el que
el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, es enviado por ambos,
bajo forma de lenguas de fuego, para infundir en el alma de los
discípulos la abundancia de la caridad divina y de los demás
carismas celestiales. Pero esta infusión de la caridad divina
brota también del Corazón de nuestro Salvador, en el cual
están encerrado todos los tesoros de la sabiduría y la ciencia(85).
Esta caridad es, por lo tanto,
don del Corazón de Jesús y de su Espíritu. A este común Espíritu
del Padre y del Hijo se debe, en primer lugar, el nacimiento de
la Iglesia y su propagación admirable en medio de todos los
pueblos paganos, dominados hasta entonces por la idolatría, el
odio fraterno, la corrupción de costumbres y la violencia. Esta
divina caridad, don preciocísimo del Corazón de Cristo y de su
Espíritu, es la que dio a los Apóstoles y a los Mártires la
fortaleza para predicar la verdad evangélica y testimoniarla
hasta con su sangre; a los Doctores de la Iglesia, aquel
ardiente celo por ilustrar y defender la fe católica; a los
Confesores, para practicar las más selectas virtudes y realizar
las empresas más útiles y admirables, provechosas a la propia
santificación y a la salud eterna y temporal de los prójimos; a
las Vírgenes, finalmente, para renunciar espontánea y
alegremente a los goces de los sentidos, con tal de consagrarse
por completo al amor del celestial Esposo.
A esta divina caridad, que
redunda del Corazón del Verbo encarnado y se infunde por obra
del Espíritu Santo en las almas de todos los creyentes, el
Apóstol de las Gentes entonó aquel himno de victoria, que
ensalza a la par el triunfo de Jesucristo, Cabeza, y de los
miembros de su Místico Cuerpo sobre todo de cuanto algún modo se
opone al establecimiento del Reino del amor entre los hombres:
Quien podrá separarnos del amor de Cristo? La turbación?, la
angustia?, el hambre?, la desnudes?, el riesgo, la persecución?,
la espada?... Mas en todas estas cosas soberanamente triunfamos
por obra de Aquel que nos amo. Porque seguro estoy de que ni
muerte ni vida, ni angeles ni principados, ni lo presente ni lo
venidero, ni poderío, ni altura, ni profundidades, ni otra
alguna criatura sera capaz de separarnos del amor de Dios que se
funda en Jesucristo nuestro Señor(86).
Sagrado Corazón, símbolo
del amor de Cristo
24.
Nada, por lo tanto, prohíbe que
adoremos el razón Sacratísimo de Jesucristo como participación y
símbolo natural, el más expresivo, de aquel amor inagotable que
nuestro Divino Redentor siente aun hoy hacía el género humano.
Ya no está sometido a las perturbaciones de esta vida mortal;
sin embargo, vive y palpita y está unido de modo indisoluble a
la Persona del Verbo divino, y, en ella y por ella, a su divina
voluntad. Y porque el Corazón de Cristo se desborda en amor
divino y humano, y porque está lleno de los tesoros de todas las
gracias que nuestro Redentor adquirió por los méritos de su
vida, padecimientos y muerte, es, sin duda, la fuente perenne de
aquel amor que su Espíritu comunica a todos los miembros de su
Cuerpo místico.
Así, pues, el Corazón de nuestro
Salvador en cierto modo refleja la imagen de la divina Persona
del Verbo, y es imagen también de sus dos naturalezas, la humana
y la divina; y podemos considerar no sólo el sino también, en
cierto modo, la síntesis de todo el misterio de nuestra
Redención. Luego, cuando adoramos el Corazón de Jesucristo, en
él y por él adoramos así el amor increado del Verbo divino como
su amor humano, con todos sus demás afectos y virtudes, pues por
un amor y por el otro nuestro Redentor se movió a inmolarse por
nosotros y por toda la Iglesia, su Esposa, según el Apóstol:
Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para
santificarla, purificándola con el bautismo de agua por la
palabra de vida, a fin de hacerla comparecer ante sí llena de
gloria, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino siendo
santa e inmaculada(87).
Cristo ha amado a la Iglesia, y
la sigue amando intensamente con aquel triple amor de que hemos
hablado(88); y ése es el amor
que le mueve a hacerse nuestro Abogado para conciliarnos la
gracia y la misericordia del Padre, siempre vivo para
interceder por nosotros(89).
La plegaria que brota de su inagotable amor, dirigida al
Padre, no sufre interrupción alguna. Como en los días de su
vida en la carne(90),
también ahora, triunfante ya en el cielo, suplica al Padre con
no menor eficacia: a Aquel que amó tanto al mundo
que dio a su Unigénito Hijo, a fin de que todos cuantos eran en
El no perezcan, sino que tengan la vida eterna(91).
El muestra su Corazón vivo y herido, con un amor más ardiente
que cuando, ya exánime, fue herido por la lanza del soldado
romano: Por esto fue herido [tu Corazón], para que por la
herida visible viésemos la herida invisible del amor(92).
Luego no puede haber duda alguna
de que, ante las súplicas de tan grande Abogado hechas con tan
vehemente amor, el Padre celestial, que no perdonó a su
propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros(93),
por medio de El hará descender siempre sobre todos los hombres
la exuberante abundancia de sus gracias divinas.
IV.
HISTORIA DEL CULTO AL CORAZÓN DE JESÚS
25.
Hemos querido, venerables hermanos, proponer a vuestra
consideración y a la del pueblo cristiano, en sus líneas
generales, la naturaleza íntima del culto al CORAZÓN de Jesús, y
las perennes gracias que de él se derivan, tal como resaltan de
su fuente primera, la revelación divina. Estamos persuadidos de
que estas nuestras reflexiones, dictadas por la enseñanza misma
del Evangelio, han mostrado claramente cómo este culto se
identifica sustancialmente con el culto al amor divino y humano
del Verbo Encarnado, y también con el culto al amor mismo con
que el Padre y el Espíritu Santo aman a los hombres pecadores;
porque, como observa el Doctor Angélico, el amor de las tres
Personas divinas es el principio y origen del misterio de la
Redención humana, ya que, desbordándose aquél poderosamente
sobre la voluntad humana de Jesucristo y, por lo tanto, sobre su
Corazón adorable, le indujo con un idéntico amor a derramar
generosamente su Sangre para rescatarnos de la servidumbre del
pecado(94): Con un bautismo
tengo que ser bautizado, y ¡qué angustias hasta que se cumpla(95)!
Por lo demás, es persuasión
nuestra que el culto tributado al amor de Dios y de Jesucristo
hacia el género humano, a través del símbolo augusto del CORAZÓN
traspasado del Redentor crucificado, jamás ha estado
completamente ausente. de la piedad de los fieles, aunque su
manifestación clara y su admirable difusión en toda la Iglesia
se haya realizado en tiempos no muy remotos de nosotros, sobre
todo después que el Señor mismo reveló este divino misterio a
algunos hijos suyos, y los efigio para mensajeros y heraldos
suyos, luego de haberles colmado con abundancia de dones
sobrenaturales.
De hecho, siempre hubo almas
especialmente consagradas a Dios que, inspiradas en los ejemplos
de la excelsa Madre de Dios, de los Apóstoles y de insignes
Padres de la Iglesia, han tributado culto de adoración, de
gratitud y de amor a la Humanidad santísima de Cristo y en modo
especial a las heridas abiertas en su Cuerpo por los tormentos
de la Pasión salvadora.
Y ¿cómo no reconocer en aquellas
palabras ¡Señor mío y Dios mío(96)!,
pronunciadas por el apóstol Tomás y que revelan su espontánea
transformación de incrédulo en fiel, una clara profesión de fe,
de adoración y de amor, que de la humanidad llagada del Salvador
se elevaba hasta la majestad de la Persona Divina?
Mas si el CORAZÓN traspasado del
Redentor siempre ha llevado a los hombres a venerar su infinito
amor por el género humano, porque para los cristianos de todos
los tiempos han tenido siempre valor las palabras del profeta
Zacarías, que el evangelista San Juan aplicó a Jesús
Crucificado: Verán a Quien traspasaron(97),
obligado es, sin embargo, reconocer que tan sólo poco a poco y
progresivamente llegó ese CORAZÓN a constituir objeto directo de
un culto especial, como imagen del amor humano y divino del
Verbo Encamado.
Santos, Sta. Margarita
María
26.
Si queremos indicar siquiera las
etapas gloriosas recorridas por este culto en la historia de la
piedad cristiana, precisa, ante todo, recordar los nombres de
algunos de aquellos que bien se pueden considerar corno los
precursores de esta devoción que, en forma privada, pero de modo
gradual, cada vez más vasto, se fue difundiendo dentro de los
Institutos religiosos. Así, por ejemplo, se distinguieron por
haber establecido y promovido cada vez más este culto al CORAZÓN
Sacratísimo de Jesús: San Buenaventura, San Alberto Magno, Santa
Gertrudis, Santa Catalina de Siena, el Beato Enrique Suso, San
Pedro Canisio y San Francisco de Sales. San Juan Eudes es el
autor del primer oficio litúrgico en honor del Sagrado CORAZÓN
de Jesús, cuya fiesta solemne se celebró por primera vez, con el
beneplácito de muchos Obispos de Francia, el 20 de octubre de
1672.
Pero entre todos los promotores
de esta excelsa devoción merece un puesto especial Santa
Margarita María Alacoque, porque su celo, iluminado y ayudado
por el de su director espiritual -el Beato Claudio de la
Colombiere-, consiguió que este culto, ya tan difundido, haya
alcanzado el desarrollo que hoy suscita la admiración de los
fieles cristianos, y que, por sus características de amor y
reparación, se distingue de todas las demás formas de la piedad
cristiana(98).
Basta esta rápida evocación de
los orígenes y gradual desarrollo del culto del CORAZÓN de Jesús
para convencernos plenamente de que su admirable crecimiento se
debe principalmente al hecho de haberse comprobado que era en
todo conforme con la índole de la religión cristiana, que es la
religión del amor.
No puede decirse, por
consiguiente, ni que este culto deba su origen a revelaciones
privadas, ni cabe pensar que apareció de improviso en la
Iglesia; brotó espontáneamente, en almas selectas, de su fe viva
y de su piedad ferviente hada la persona adorable del Redentor y
hacia aquellas sus gloriosas heridas, testimonio el más
elocuente de su amor inmenso para el espíritu contemplativo de
los fieles. Es evidente, por lo tanto, cómo las revelaciones de
que fue favorecida Santa Margarita María ninguna nueva verdad
añadieron a la doctrina católica- Su importancia consiste en que
-al mostrar el Señor su CORAZÓN Sacratísimo- de modo
extraordinario y singular quiso atraer la consideración de los
hombres a la contemplación y a la veneración del amor tan
misericordioso de Dios al género humano. De hecho, mediante una
manifestación tan excepcional, Jesucristo expresamente y en
repetidas veces mostró su CORAZÓN como el símbolo más apto para
estimular a los hombres al conocimiento y a la estima de su
amor; y al mismo tiempo lo constituyó como señal y prenda de su
misericordia y de su gracia para las necesidades espirituales de
la Iglesia en los tiempos modernos.
1765, Clemente XIII, y
1856, Pío IX
27.
Además, una prueba evidente de que
este culto nace de las fuente-,mismas del dogma católico está en
el hecho de que la aprobación de la fiesta litúrgica por la Sede
Apostólica precedió a la de los escritos de Santa Margarita
María. En realidad, independientemente de toda revelación
privada, y sólo accediendo a los deseos de los fieles, la
Sagrada Congregación de Ritos, por decreto del 25 de enero de
1765, aprobado por nuestro predecesor Clemente XIII el 6 de
febrero del mismo año, concedió a los Obispos de Polonia y a la
Archicofradía Romana del Sagrado Corazón de Jesús la facultad de
celebrar la fiesta litúrgica. Con este acto quiso la Santa Sede
que tomase nuevo incremento un culto, ya en vigor y floreciente,
cuyo fin era reavivar simbólicamente el recuerdo del amor
divino(99), que había
llevado al Salvador a hacerse víctima para expiar los pecados de
los hombres.
A esta primera aprobación, dada
en forma de privilegio Y aún limitada para determinados fines,
siguió otra, a distancia casi de un siglo, de importancia mucho
mayor y expresada en términos más solemnes. Nos referimos al
decreto de la Sagrada Congregación de Ritos del 23 de agosto de
1856, anteriormente mencionado, por el cual nuestro predecesor
Pío IX, de i. m., acogiendo las súplicas de los Obispos de
Francia y de casi todo el mundo católico, extendió a toda la
Iglesia la fiesta del Corazón Sacratísimo de Jesús y prescribió
la forma de su celebración litúrgica(100).
Fecha ésta digna de ser recomendada al perenne recuerdo de los
fieles, pues, como vemos escrito en la liturgia misma de dicha
festividad, desde entonces, el culto del Sacratísimo Corazón
de Jesús, semejante a un río desbordado, venciendo todos los
obstáculos, se difundió por todo el mundo católico.
De cuanto hemos expuesto hasta
ahora aparece evidente, venerables hermanos, que en los textos
de la Sagrada Escritura, en la Tradición y en la Sagrada
Liturgia es donde los fieles han de encontrar principalmente los
manantiales límpidos y profundos del culto al Corazón
Sacratísimo de Jesús, si desean penetrar en su íntima naturaleza
y sacar de su pía meditación sustancia y alimento para su fervor
religioso. Iluminada, y penetrando más íntimamente mediante esta
meditación asidua, el alma fiel no podrá menos de llegar a aquel
dulce conocimiento de la caridad de Cristo, en la cual está la
plenitud toda de la vida cristiana, como, instruido por la
propia experiencia, enseña el Apóstol: Por esta causa doblo
mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo..., para
que, según las riquezas de su gloria, os conceda por medio de su
Espíritu ser fortalecidos en virtud en el hombre interior, y que
Cristo habite por la fe en vuestros corazones, estando
arraigados y cimentados en caridad; a fin de que podáis...
conocer también aquel amor de Cristo, que sobrepuja a todo
conocimiento, para que seáis plenamente colmados de toda la
plenitud de Dios(101). De
esta universal plenitud es precisamente imagen muy espléndida el
Corazón de Jesucristo: plenitud de misericordia, propia del
Nuevo Testamento, en el cual Dios nuestro Salvador ha
manifestado su benignidad y amor para con los hombres(102);
pues no envió Dios su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino
para que por su medio el mundo se salve(103).
Culto al Corazón de
Jesús, culto en espíritu y en verdad
28. Constante
persuasión de la Iglesia, maestra de verdad para los hombres, ya
desde que promulgó los primeros documentos oficiales relativos
al culto del Corazón Sacratísimo de Jesús, fue que sus elementos
esenciales, es decir, los actos de amor y de reparación
tributados al amor infinito de Dios hacia los hombres, lejos de
estar contaminados de materialismo y de superstición,
constituyen una norma de piedad, en la que se cumple
perfectamente aquella religión espiritual y verdadera que
anunció el Salvador mismo a la Samaritana: Ya llega el
tiempo, y ya estamos en él, cuando los verdaderos adoradores
adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los
adoradores que el Padre desea. Dios es espíritu, y los que lo
adoran deben adorarle en espíritu y en verdad(104).
Por lo tanto, no es justo decir
que la contemplación del CORAZÓN físico de Jesús impide el
contacto más íntimo con el amor de Dios, porque retarda el
progreso del alma en la vía que conduce directa a la posesión de
las más excelsas virtudes. La Iglesia rechaza plenamente este
falso misticismo al igual que, por la autoridad de
nuestro predecesor Incendio XI, de f. m., condenó la doctrina de
quienes afirmaban: No deben (las almas de esta vía
interna) hacer actos de amor a la bienaventurada Virgen, a
los Santos o a la humanidad de Cristo; pues como estos objetos
son sensibles, tal es también el amor hacia ellos. Ninguna
criatura, ni aun la bienaventurada Virgen y los Santos, han de
tener asiento en nuestro CORAZÓN; porque Dios quiere ocuparlo y
poseerlo solo(105).
Los que así piensan son, natural
mente, de opinión que el simbolismo del CORAZÓN de Cristo no se
extiende más allá de su amor sensible y que no puede, por lo
tanto, en modo alguno constituir un nuevo fundamento del culto
de latría, que está reservado tan sólo a lo que es esencialmente
divino. Ahora bien, una interpretación semejante del valor
simbólico de las sagradas imágenes es absolutamente falsa,
porque coarta injustamente su trascendental significado.
Contraria es la opinión y la enseñanza de los teólogos
católicos, entre los cuales Santo Tomás escribe así: A las
imágenes se les tributa culto religioso, no consideradas en sí
mismas, es decir, en cuanto realidades, sino en cuanto son
imágenes que nos llevan hasta Dios encarnado. El movimiento del
alma hacia la imagen, en cuanto es imagen, no se para en ella,
sino que tiende al objeto representado por la imagen. Por
consiguiente, del tributar culto religioso a las imágenes de
Cristo no resulta un culto de latría diverso ni una virtud de
religión distinta(106).
Por lo tanto, es en la persona misma del Verbo Encarnado donde
termina el culto relativo tributado a sus imágenes, sean éstas
las reliquias de su acerba Pasión, sea la imagen misma que
supera a todas en valor expresivo, es decir, el Corazón herido
de Cristo crucificado.
Y así, del elemento corpóreo -el
Corazón de Jesucristo- y de su natural simbolismo es legítimo y
justo que, llevados en alas de la fe, nos elevemos no sólo a la
contemplación de su amor sensible, sino más alto aún, hasta la
consideración y adoración de su excelentísimo amor infundido, y,
finalmente, en un vuelo sublime y dulce a un mismo tiempo, hasta
la meditación y adoración del Amor divino del Verbo Encarnado.
De hecho, a la luz de la fe -por la cual creemos que en la
Persona de Cristo están unidas la naturaleza humana y la
naturaleza divina- nuestra mente se torna idónea para concebir
los estrechísimos vínculos que existen entre el amor sensible
del Corazón físico de Jesús y su doble amor espiritual, el
humano y el divino. En realidad, estos amores no se deben
considerar sencillamente como coexistentes en la adorable
Persona del Redentor divino, sino también como unidos entre sí
por vínculo natural, en cuanto que al amor divino están
subordinados el humano espiritual y el sensible, los cuales dos
son una representación analógica de aquél. No pretendemos con
esto que en el Corazón de Jesús se haya de ver y adorar la que
llaman imagen formal, es decir, la representación perfecta y
absoluta de su amor divino, pues que no es posible representar
adecuadamente con ninguna imagen criada la íntima esencia de
este amor, pero el alma fiel, al venerar el Corazón de Jesús,
adora juntamente con la Iglesia el símbolo y como la huella de
la Caridad divina, la cual llegó también a amar con el Corazón
del Verbo Encarnado al género humano, contaminado por tantos
crímenes.
La más completa profesión
de la religión cristiana
29.
Por ello, en esta materia tan importante como delicada, es
necesario tener siempre muy presente cómo la verdad del
simbolismo natural, que relaciona al Corazón físico de Jesús con
la persona del Verbo, descansa toda ella en la verdad primaria
de la unión hipostática; en torno a la cual no cabe duda alguna,
como no se quiera renovar los errores condenados más de una vez
por la Iglesia, por contrarios a la unidad de persona en Cristo
con la distinción e integridad de sus dos naturalezas.
Esta verdad fundamental nos
permite entender cómo el Corazón de Jesús es el corazón de una
persona divina, es decir, del Verbo Encarnado, y que, por
consiguiente representa y pone ante los ojos todo el amor que El
nos ha tenido y tiene aun. Y aquí está la razón de por qué el
culto al Sagrado Corazón se considera, en la practica, como la
más completa profesión de la religión cristiana. Verdaderamente,
la religión de ,Jesucristo se funda toda en el Hombre Dios
Mediador, de manera que no se puede llegar al Corazón de Dios
sino pasando por el Corazón de Cristo, conforme a lo que El
mismo afirmó: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie
viene al Padre sino por mí(107).
Siendo esto así, fácilmente se
deduce que el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús no es
sustancialmente sino el mismo culto al amor con que Dios nos
amó por medio de Jesucristo, al mismo tiempo que el
ejercicio de nuestro amor a Dios y a los demás hombres. Dicho de
otra manera: Este culto se dirige al amor de Dios para con
nosotros, proponiéndolo como objeto de adoración, de acción de
gracias y de imitación; además, considera la perfección de
nuestro amor a Dios y a los hombres como la meta que ha de
alcanzarse por el cumplimiento cada vez más generoso del
mandamiento «nuevo», que el Divino Maestro legó como sacra
herencia a sus Apóstoles, cuando les dijo: Un nuevo
mandamiento os doy: Que os améis los unos a los otros como yo os
he amado... El precepto mío es que os améis unos a otros como yo
os he amado(108).
Mandamiento éste en verdad nuevo y propio de Cristo; porque,
como dice Santo Tomás de Aquino: Poca diferencia hay entre
el Antiguo y el Nuevo Testamento, pues, como dice Jeremías, «Haré
un pacto nuevo con la casa de Israel»(109).
Pero que este mandamiento se practicase en el Antiguo
Testamento a impulso de santo temor y amor, se debía al Nuevo
Testamento; en cuanto que, sí este mandamiento ya existía en la
Antigua Ley, no era como prerrogativa suya propia, sino más bien
como prólogo y preparación de la Ley Nueva(110).
V. SUMO
APRECIO POR EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
30.
Antes de terminar estas
consideraciones tan hermosas como consoladoras sobre la
naturaleza auténtica de este culto y su cristiana excelencia,
Nos, plenamente consciente del oficio apostólico que por primera
vez fue confiado a San Pedro, luego de haber profesado por tres
veces su amor a Jesucristo nuestro Señor, creemos conveniente
exhortaros una vez más, venerables hermanos, y por vuestro medio
a todos los queridísimos hijos en Cristo, para que con creciente
entusiasmo cuidéis de promover esta suavísima devoción, pues de
ella han de brotar grandísimos frutos también en nuestros
tiempos.
Y en verdad que si debidamente se
ponderan los argumentos en que se funda el culto tributado al
Corazón herido de Jesús, todos verán claramente cómo aquí no se
trata de una forma cualquiera de piedad que sea lícito posponer
a otras o tenerla en menos, sino de una práctica religiosa muy
apta para conseguir la perfección cristiana. Si la devoción
-según el tradicional concepto teológico, formulado por el
Doctor Angélico- no es sino la pronta voluntad de dedicarse
a todo cuanto con el servicio de Dios se relaciona(111),
¿puede haber servicio divino más debido y más necesario, al
mismo tiempo que más noble y dulce, que el rendido a su amor? Y
¿qué servicio cabe pensar más grato y afecto a Dios que el
homenaje tributado a la caridad divina y que se hace por amor,
desde el momento en que todo servicio voluntario en cierto modo
es un don, y cuando el amor constituye el don primero, por
el que nos son dados todos los dones gratuitos?(112).
Es digna, pues, de sumo honor aquella forma de culto por la cual
el hombre se dispone a honrar y amar en sumo grado a Dios y a
consagrarse con mayor facilidad y prontitud al servicio de la
divina caridad; y ello tanto más cuanto que nuestro Redentor
mismo se dignó proponerla y recomendarla al pueblo cristiano, y
los Sumos Pontífices la han confirmado con memorables documentos
y la han enaltecido con grandes alabanzas. Y así, quien tuviere
en poco este insigne beneficio que Jesucristo ha dado a su
Iglesia, procedería en forma temeraria y perniciosa, y aun
ofendería al mismo Dios.
31.
Esto supuesto, ya no cabe duda
alguna de que los cristianos que honran el sacratísimo Corazón
del Redentor cumplen el deber, ciertamente gravídico, que tienen
de servir a Dios, y que juntamente se consagran a sí mismos y
toda su propia actividad, tanto interna como externa, a su
Creador y Redentor, poniendo así en práctica aquel divino
mandamiento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y
con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas(113).
Además de que así tienen la certeza de que a honrar a Dios no
les mueve ninguna ventaja personal, corporal o espiritual,
temporal o eterna, sino la bondad misma de Dios, a quien cuidan
de obsequiar con actos de amor, de adoración y de debida acción
de gracias. Si no fuera así, el culto al sacratísimo Corazón de
Jesús ya no respondería a la índole genuina de la religión
cristiana, porque entonces el hombre con tal culto ya no tendría
como mira principal el servicio de honrar principalmente el amor
divino; y entonces deberían mantenerse como justas las
acusaciones de excesivo amor y de demasiada solicitud por sí
mismos, motivadas por quienes entienden mal esta devoción tan
nobilísima, o no la practican con toda rectitud.
Todos, pues, tengan la firme
persuasión de que en el culto al augustísimo Corazón de Jesús lo
más importante no consiste en las devotas prácticas externas de
piedad, y que el motivo principal de abrazarlo tampoco debe ser
la esperanza de la propia utilidad, porque aun estos beneficios
Cristo nuestro Señor los ha prometido mediante ciertas
revelaciones privadas, precisamente para que los hombres se
sintieran movidos a cumplir con mayor fervor los principales
deberes de la religión católica, a saber, el deber del amor y el
de la expiación, al mismo tiempo que así obtengan de mejor
manera su propio provecho espiritual.
Difusión de este culto
32.
Exhortamos, pues, a todos nuestros
hijos en Cristo a que practiquen con fervor esta devoción, así a
los que ya están acostumbrados a beber las aguas saludables que
brotan del Corazón del Redentor como, sobre todo, a los que, a
guisa de espectadores, desde lejos miran todavía con espíritu de
curiosidad y hasta de duda. Piensen éstos con atención que se
trata de un culto, según ya hemos dicho, que desde hace mucho
tiempo está arraigado en la Iglesia, que se apoya profundamente
en los mismos Evangelios; un culto en cuyo favor está claramente
la Tradición y la sagrada Liturgia, y que los mismos Romanos
Pontífices han ensalzado con alabanzas tan multiplicadas como
grandes: no se contentaron con instituir una fiesta en honor del
Corazón augustísimo del Redentor, y extenderla luego a toda la
Iglesia, sino que por su parte tomaron la iniciativa de dedicar
y consagrar solemnemente todo el género humano al mismo
sacratísimo Corazón(114).
Finalmente, conveniente es asimismo pensar que este culto tiene
en su favor una mies de frutos espirituales tan copiosos como
consoladores, que de ella se han derivado para la Iglesia:
innumerables conversiones a la religión católica, reavivada
vigorosamente la fe en muchos espíritus, más íntima la unión de
los fieles con nuestro amantísimo Redentor; frutos todos estos
que, sobre todo en los últimos decenios, se han mostrado en una
forma tan frecuente como conmovedora.
Al contemplar este admirable
espectáculo de la extensión y fervor con que la devoción al
sacratísimo Corazón de Jesús se ha propagado en toda clase de
fieles, nos sentimos ciertamente lleno de gozo y de inefable
consuelo; y, luego de dar a nuestro Redentor las obligadas
gracias por los tesoro infinitos de su bondad, no podemos menos
de expresar nuestra paternal complacencia a todos los que, tanto
del clero como del elemento seglar, con tanta eficacia han
cooperado a promover este culto.
Penas actuales de la
Iglesia
33.
Aunque la devoción al Sagrado
Corazón de Jesús, venerables hermanos, ha producido en todas
partes abundantes frutos de renovación espiritual en la vida
cristiana, sin embargo, nadie ignora que la Iglesia militante en
la tierra y, sobre todo, la sociedad civil no han alcanzado aún
el grado de perfección que corresponde a los deseos de
Jesucristo, Esposo Místico de la Iglesia y Redentor del género
humano. En verdad que no pocos hijos de la Iglesia afean con
numerosas manchas y arrugas el rostro materno, que en sí mismos
reflejan; no todos los cristianos brillan por la santidad de
costumbres, a la que por vocación divina están llamados;. no
todos los pecadores, que en mala hora abandonaron la casa
paterna, han vuelto a ella, para de nuevo vestirse con el
vestido precioso(115) y recibir
el anillo, símbolo de fidelidad para con el Esposo de su alma;
no todos los infieles se han incorporado aún al Cuerpo Místico
de Cristo. Hay más. Porque si bien nos llena de amargo dolor el
ver cómo languidece la fe en los buenos, y contemplar cómo, por
el falaz atractivo de los bienes terrenales, decrece en sus
almas y poco a poco se apaga el fuego de la caridad divina,
mucho más nos atormentan las maquinaciones de los impíos que,
ahora más que nunca, parecen incitados por el enemigo infernal
en su odio implacable y declarado contra Dios, contra la Iglesia
y, sobre todo, contra aquel que en la tierra representa a la
persona del divino Redentor y su caridad para con los hombres,
según la conocidísima frase del Doctor de Milán: (Pedro) es
interrogado acerca de lo que se duda, pero no duda el Señor;
pregunta no para saber, sino para enseñar al que, antes de
ascender al cielo, nos daba como «vicario de su amor(116)».
34.
Ciertamente, el odio contra Dios y
contra los que legítimamente hacen sus veces es el mayor delito
que puede cometer el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios
y destinado a gozar de su amistad perfecta y eterna en el cielo;
puesto que por el odio a Dios el hombre se aleja lo más posible
del Sumo Bien, y se siente impulsado a rechazar de sí y de sus
prójimos cuanto viene de Dios, une con Dios y conduce a gozar de
Dios, o sea, la verdad, la virtud, la paz y la justicia(117).
Pudiendo, pues, observar que, por
desgracia, el número de los que se jactan de ser enemigos del
Señor eterno crece hoy en algunas partes, y que los falsos
principios del materialismo se difunden en las doctrinas y en la
práctica; y oyendo cómo continuamente se exalta la licencia
desenfrenada de las pasiones, ¿qué tiene de extraño que en
muchas almas se enfríe la caridad, que es la suprema ley de la
religión cristiana, el fundamento más firme de la verdadera y
perfecta justicia, el manantial más abundante de la paz y de las
castas delicias? Ya lo advirtió nuestro Salvador: Por la
inundación de los vicios, se resfriará la caridad de muchos(118).
Un culto providencial
35.
Ante tantos males que, hoy más que
nunca, trastornan profundamente a individuos, familias, naciones
y orbe entero, ¿dónde, venerables hermanos, hallaremos un
remedio eficaz? ¿Podremos encontrar alguna devoción que aventaje
al culto augustísimo del Corazón de Jesús, que responda mejor a
la índole propia de la fe católica, que satisfaga con más
eficacia las necesidades espirituales actuales de la Iglesia y
del género humano? ¿Qué homenaje religioso más noble, más suave
y más saludable que este culto, pues se dirige todo a la caridad
misma de Dios?(119). Por
último, ¿qué puede haber más eficaz que la caridad de Cristo
-que la devoción al Sagrado Corazón promueve y fomenta cada día
más- para estimular a los cristianos a que practiquen en su vida
la perfecta observancia de la ley evangélica, sin la cual no es
posible instaurar entre los hombres la paz verdadera, como
claramente enseñan aquellas palabras del Espíritu Santo:
Obra de la justicia será la paz?(120)
Por lo cual, siguiendo el ejemplo
de nuestro inmediato antecesor, queremos recordar de nuevo a
todos nuestros hijos en Cristo la exhortación que León XIII, de
i. m., al expirar el siglo pasado, dirigía a todos los
cristianos y a cuantos se sentían sinceramente preocupados por
su propia salvación y por la salud de la sociedad civil: Ved
hoy ante vuestros ojos un segundo lábaro consolador y divino: el
Sacratísimo, Corazón de Jesús... que brilla con refulgente
esplendor entre las llamas. En El hay que poner toda nuestra
confianza; a El hay que suplicar y de El hay que esperar nuestra
salvación(121).
Deseamos también vivamente que
cuantos se glorían del nombre de cristianos e ,intrépidos,
combaten por establecer el Reino de Jesucristo en el mundo,
consideren la devoción al Corazón de Jesús como bandera y
manantial de unidad, de salvación y de paz. No piense ninguno
que esta devoción perjudique en nada a las otras formas de
piedad con que el pueblo cristiano, bajo la dirección de la
Iglesia , venera al Divino Redentor. Al contrario, una ferviente
devoción al Corazón de Jesús fomentará y promoverá, sobre todo,
el culto a la santísima Cruz, no menos que el amor al
augustísimo Sacramento del altar. Y, en realidad, podemos
afirmar -como lo ponen de relieve las revelaciones de Jesucristo
mismo a Santa Gertrudis y a Santa Margarita María- que ninguno
comprenderá bien a Jesucristo crucificado si no penetra en los
arcanos de su Corazón. Ni será fácil entender el amor con que
Jesucristo se nos dio a sí mismo por alimento espiritual si no
es mediante la práctica de una especial devoción al Corazón
Eucarístico de Jesús; la cual -para valemos de las palabras de
nuestro predecesor, de f. m., León XIII- nos recuerda aquel
acto de amor sumo con que nuestro Redentor, derramando todas las
riquezas de su Corazón, a fin de prolongar su estancia con
nosotros hasta la consumación de los siglos, instituyó el
adorable Sacramento de la Eucaristía(122).
Ciertamente, no es pequeña la parte que en la Eucaristía tuvo su
Corazón, por ser tan grande el amor de su Corazón con que nos la
dio(123).
Final
36.
Finalmente, con el ardiente deseo de
poner una firme muralla contra las impías maquinaciones de los
enemigos de Dios y de la Iglesia, y también hacer que las
familias y las naciones vuelvan a caminar por la senda del amor
a Dios y al prójimo, no dudamos en proponer la devoción al
Sagrado Corazón de Jesús como escuela eficacísima de caridad
divina; caridad divina en la que se ha de fundar, como en el más
sólido fundamento, aquel Reino de Dios que urge establecer en
las almas de los individuos, en la sociedad familiar y en las
naciones, como sabiamente advirtió nuestro mismo predecesor, de
p. m.: El reino de Jesucristo saca su fuerza y su hermosura
de la caridad divina: su fundamento y su excelencia es amar
santa y ordenadamente. De donde se sigue, necesariamente:
cumplir íntegramente los propios deberes, no violar los derechos
ajenos, considerar los bienes naturales como inferiores a los
sobrenaturales y anteponer el amor de Dios a todas las cosas(124).
Y para que la devoción al Corazón
augustísimo de Jesús produzca mas copiosos frutos de bien en la
familia cristiana y aun en toda la humanidad, procuren los
fieles unir a ella estrechamente la devoción al Inmaculado
Corazón de la Madre de Dios. Ha sido voluntad de Díos que en la
obra de la Redención humana, la Santísima Virgen María estuviese
inseparablemente unida con Jesucristo; tanto, que nuestra
salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus
padecimientos, a los cuales estaban íntimamente unidos el amor y
los dolores de su Madre. Por eso, el pueblo cristiano que por
medio de María ha recibido de Jesucristo la vida divina, después
de haber dado al Sagrado Corazón de Jesús el debido culto, rinda
también al amantísimo Corazón de su Madre celestial parecidos
obsequios de piedad, de amor, de agradecimiento y de reparación.
En armonía con este sapientísimo y suavísimo designio de la
divina Providencia, Nos mismo, con un acto solemne, dedicamos y
consagramos la santa Iglesia y el mundo entero al Inmaculado
razón de la Santísima Virgen María(125).
37. Cumpliendose felizmente este
año, como indicamos antes, el primer siglo de la institución de
la fiesta dc1 Sagrado Corazón de Jesús en toda la Iglesia por
nuestro predecesor Pío IX, de f m., es vivo deseo nuestro,
venerables hermanos, que el pueblo cristiano celebre en todas
partes solemnemente este centenario con actos públicos de
adoración, de acción de gracias y de reparación al Corazón
divino de Jesús. Con especial fervor se celebrarán, sin duda,
estas solemnes manifestaciones de alegría cristiana y de
cristiana piedad -en unión de caridad y de oraciones con todos
los demás fieles- en aquella nación en la cuál, por designio de
Dios, nació aquella santa virgen que fue promotora y heraldo
infatigable de esta devoción.
Entre tanto, animados por dulce
esperanza, y como gustando ya los frutos espirituales que
copiosamente han de redundar -en la Iglesia- de la devoción al
Sagrado Corazón de Jesús, con tal de que esta, como ya hemos
explicado, se entienda rectamente y se practique con fervor,
suplicamos a Dios quiera hacer que con el poderoso auxilio de su
gracia se cumplan estos nuestros vivos deseos, a la vez que
expresamos también la esperanza de que, con la divina gracia,
como frutos de las solemnes conmemoraciones de este año, aumente
cada vez más la devoción de los fieles al Sagrado Corazón de
Jesús, y así se extienda más por todo el mundo su imperio y
reino suavísimo: reino de verdad y de vida, reino de gracia,
reino de justicia, de amor y de paz(126).
Como prenda de estos dones
celestiales, os impartimos de todo corazón la Bendición
Apostólica, tanto a vosotros personalmente, venerables hermanos,
como al clero y a todos los fieles encomendados a vuestra
pastoral solicitud, y especialmente a todos los que se consagran
a fomentar y promover la devoción al Sacratísimo Corazón de
Jesús.
Dado en Roma, junto a San Pedro,
el 15 de mayo de 1956, año decimoctavo de nuestro pontificado.
SS. Pío XII
NOTAS:
1. Is12,3
2.
San 1,17
3.
Jn7,37,39
4.
Cf.Is 12,3;Ez 47,1-12;Zac 13,1;Ex
17,1-17;Num 20,7-13; 1Cor 10,4;Ap 7,17;22,1.
5.
Rom 5,5
6.
1Cor 6,17
7.
Jn4,10
8.
Hech 4,12.
9.
Enc. Annum Sacrum, 25 mayo 1899:AL
19 (1900) 71,77-78.
10.
Enc. Misserentissimus Redentor, 8
mayo 1928:AAS 30(1928)167.
11.
Cf.en. Summi Pontificatus,
20oct.1939:AAS 31 (1939)415
12.
Cf.AAS 32 (1940) 276;35 (1943)
170;37 (1945)263-264:40(1948)501;41(1949)331.
13.
Ef3,20-21.
14.
Is 12,3
15.
Conc. Ephes. Can.8;cf.Mansi,Sacrorum
Concilirum amplis. Collectiio,4, 1083 C; Conc. Const. II, can 9;
cf. Ibid,9, 382E
16.
Cf. Enc.Annum sacrum:AL 19 (1900)
76.
17.
Cf. Ex 34.27-28.
18.
Dt 6,4-6
19.
II-II 2,7:ed. Leon. 8 (1895) 34.
20.
Dt 32,11.
21.
Os 11,1,3-4; 14,5-6.
22.
Is 49,14-15
23.
Cant 2,2; 6,2; 8,6.
24.
Jn 1,14.
25.
Jer 31,3;31,33-34.
26.
Cf.Jn1,29;Heb9,18-28;10,1-17
27.
Jn 1,16-17
28.
Ibid., 21
29.
Ef 3,17-19
30.
Sum. Theol. 3,48,2: ed. Leon. 11
(1903)464.
31.
Cf. Enc. Misserentissimus Redemptor:
AAS 20 (1928) 170.
32.
Ef2,4; Sum.theol. 3,46,1 ad 3:ed.
Leon 11 (1903)436.
33.
Ef3,18
34.
Jn 4,24
35.
2Jn 7.
36.
Cf.Lc1,35
37.
S Leon Magno, Ep domg. Lectis
dilectionis tue ad Flavianum Const. Patr. 13 jun. A. 449; cf. PL
54,763.
38.
Conc Chalced. A.451; cf. Mansi, op.
Cit. 7,115B.
39.
S Gelasio Papa, tr.3: Necessarium,
de duebus naturis in Christo; cf.A. Thiel., Rom. Pont. A S
Hilaro usque ad Pelagium II, p.532.
40.
Cf. S. Th., Sum.theol.3,15,4;18,6 ed
Leon II 1903 189 et 237
41.
Cf 1 Cor 1,23
42.
Heb 2,11-14.17-18
43.
Apol. 2,13;PG 6,465.
44.
Ep. 261,3:PG32,972.
45.
In lo. Homil. 63,2:PG 59,350.
46.
De fde ad Grtianum 2,7,56:PL16,594.
47.
Cf. Super Mat.26,37: PL26,205.
48.
Enarr in Ps 87,3 PL 37,1111.
49.
De fide orth. 3,6:PG 94,1006.
50.
Ibid.,3,20:PG 94, 1081.
51.
II-II 48,4: ed. Leon. 6 (1891)306.
52.
Col 2,9
53.
Cf. Sum. Theol. 3,9.1-3; ed. Leon.
11(1903)142
54.
Cf. Ibid., 3,33,2 ad 3;46,6: ed
Leon. 11 (1903)342,433.
55.
Tit 3,4
56.
Mt 27,50; Jn 19,30
57.
Ef 2,7
58.
Heb 10,5-7,10
59.
Registr. Epist.4,ep.31 ad Theodorum
medicum:PL 77,706.
60.
Mc 8,2
61.
Mt 23,37
62.
Ibid.,21,13
63.
Ibid.,26,39
64.
Ibid.,26,50; Lc 22,48
65.
Lc 23,28.31.
66.
Ibid.,23,34
67.
Mt27,46
68.
Lc 23,43
69.
Jn 19,28
70.
Lc 23,46
71.
Ibid.,22,15
72.
Ibid.,22,19-20
73.
Mal 1,11
74.
De Sancta Virginitate 6:PL
75.
Jn 15,13
76.
1 Jn 3,16
77.
Gal 2,20
78.
Cf. S. Th., Sum. Theol.3,19,1:ed.
Leon. 11 (1906)329.
79.
Sum theol.suppl. 42,1 ad 3: ed.Leon.
12(1906)81
80.
Hymn. ad Vesp.Feti Ssmi. Cordis
Iesu.
81.
3,66,3 ad 3:ed Leon. 12(1906)65
82.
Ef 5.2
83.
Ibid.,4,8,10.
84.
Jn14,16
85.
Col2,3
86.
Rom 8,35.37-39
87.
Ef5,25-27
88.
Cf.1Jn 2.1
89.
Heb 7,25
90.
Ibid.,5,7.
91.
Jn 3,16
92.
S Buenaventura, Opusc. X Vitis
Mistica 3,5:Opera Omnia; Ad Claras Aquas (Quaracchi)1898,164. Cf
S.TH3,54,4:ed. Leon. 11 (1903)513
93.
Rom 8,32
94.
Cf. 3,48,5:ed Leon 11 (1903)467
95.
Lc 12,50
96.
Jn 20,28
97.
Ibid.,19,37; cf. Zac 12,10.
98.
Cf. Litt. Enc. Miserentissimus
Redemptor: AAS 20 (1928) 167-168.
99.
Cf.A Gardellini, Decreta authentica
(1857) n.4579, tomo 3,174
100.
Cf. Decr. S.C. Rit. Apud N. Nilles,
De rationibus festorum Sacratisimi Cordis Iesu et purissrmi
Cordis Marie, 5ta ed. (Innsbruck 1885). Tomo 1,167.
101.
Ef 3,14,16-19
102.
Tit 3,4
103.
Jn 3,17
104.
Ibid., 4,23-24
105.
Inocencio XI, consist. Ap. Coelestis
Pastor, 19 nov.1687:Bullarium Romanum (Romae 1734), tomo 8,
p.443
106.
II-II 81,3 ad 3:ed Leon. 9 (1897)
107.
Jn 14,6
108.
Ibid., 13,34; 15,12
109.
Jer 31,31
110.
Comment. In Evang.S. Ioann. 13,
lect.7,3:ed. Parmae (1860), tomo 10,p.541
111.
II-II 82,1: ed.Leon. 9 (1897)187
112.
Ibid., 1,38,2:ed. Leon. 4 (1888)393
113.
Mc 12,30; Mt 22,37
114.
Cf. Leon XIII, enc. Annum
Sacrum:AL19 (1900)71s. Decr. S C Rituum, 28 jun. 1899, in Decr.
Auth.3, n. 3712. Pio XI, enc. Miserentissimus Redemptor:AAS 20
(1928)177s. Decr. SC. Rit.29 en 1929:AAS (1929)77.
115.
Lc 15,22
116.
Exposit. In Evang. Sec. Lucam,
10,175:PL 15,1942.
117.
Cf.S Th.,Sum.theol. II-II 34,2 ed.
Leon. 8(1895)274
118.
Mt24,12