TESTIMONIO DE UN JOVEN VENEZOLANO DE VALENCIA
HOY MISIONERO EN HONDURAS DESDE 2008
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CUANDO ASISTIÓ AL 2º. CONGRESO MISIONERO NACIONAL EN 1997, CON 19 AÑOS
Edith Stein, santa judía mártir en los campos de concentración en la 2da. Guerra Mundial, llegó a decir alguna vez: “Todo lo que no está en mis planes, está en los planes de Dios”.
¡Y cuántas cosas han resultado estar fuera de mis planes! Aún aquello que, en algún momento me pareció desfavorable, doloroso, incomprensible… ¡Se convirtió en kairôs, se transformó en salvación! Pareciera que he estado, sin pretenderlo y sin desearlo, en las situaciones oportunas, en el momento exacto, con las personas correctas. Aunque en aquél entonces no lo comprendía, ni era consciente de ese “paso”. Los signos se escribían en códigos desconocidos, allí se tejía la urdimbre maravillosa de causalidades o diosidencias. Estar aquí, en este aquí, en este ahora, viviendo esta maravillosa y oportuna experiencia, parece una más de esa cadena de hermosas diosidencias.
Descubrirme a través de los hermanos y hermanas, en la comunidad, en la naturaleza, el ver mi reflejo en el mundo, a través de lo que proyecto en el mundo, me hace darme cuenta de lo que tengo, de lo que soy y de lo que me falta por descubrir de mí mismo. En el puzzle de mi vida, aún estoy armándome y construyéndome. Y esta experiencia de servicio misionero, esta experiencia intercultural e intergeneracional, me brinda la oportunidad de aprender mucho de mí mismo, de darme cuenta de mis posibilidades y potencialidades dormidas; y me brinda la oportunidad de desaprender lo tóxico y discernir lo nutritivo de lo que no es nutritivo para mi vida ahora. Me brinda la oportunidad de vivir lo que estoy llamado a ser: misionero.
Ciertamente, sería muy cómodo el ser misionero en la misma cultura, el tener el mismo idioma. Pero la experiencia de sentirse extranjero, minoría, pobre; es también una vivencia de fe; es recordar, es re-actualizar la experiencia de Aquél que se empequeñeció, naciendo en Belén… de Aquél que “siendo de condición divina” bajó a nosotros..
Sería muy fácil quedarme en la comodidad de mi país, en la tranquilidad de mi provincia, laborando en el colegio al que tanto quiero y estimo… y llevar una vida sencilla, estable y segura. Pero eso sería como quedarme en la orilla… y no ver que más allá de ese océano, hay otras tierras y otros mares. Yo podría vivir en la estrechez de mi pequeño mundo. Pero dentro de mí sé y reconozco que el mundo es más ancho, más amplio, más grande. No existe patria… todo el mundo es la patria. No existen fronteras… éstas se amplían y se ensanchan en la medida que los límites son cuestionados (morales, sociológicos, culturales, políticos, y hasta religiosos) y se amplían la conciencia y el corazón, aceptando lo diferente, lo nuevo, lo que es don.
Yo pude haber nacido en China, en Chile, en Paraguay o en Etiopía… pero nací donde nací, y sin importar las fronteras, soy habitante de este mundo.
A veces pienso que todos los seres humanos deberíamos mirar las estrellas todas las noches. Son mil millones de galaxias, y sólo en la nuestra, ¡mil millones de estrellas! Y aquí estamos… y aquí estoy. Polvo de estrellas, moléculas de elementos fraguados al fuego…Más allá: la nada, lo eterno, el universo.
Más acá: esta isla que Dios nos ha dado como don y como tarea; esta “isla” pequeña, casi imperceptible que se encuentra rodeada de nada. Y en esta isla, aún llena de fronteras, estoy y estamos llamados a ser puentes.
La misión no se trata de “convertir”, de llamar a otros a este “redil”… Se trata de vivir y de ser signo de vida y de esperanza, de ser signo de que otro mundo, en Jesús, es posible.
Me he dado cuenta de lo invasivo que a veces he sido en la “misión”. Al llevar planes, programas, catequesis, actividades ya elaboradas para los otros, sin contar con los otros. Encendiendo fuegos que nadie cuidará… Y he visto claro que la misión no es predicar con grandilocuencia, hacer fogatas maravillosas, y convivencias plagadas de gentes…o que la capilla se llene a rebosar, y no falte a la celebración ningún habitante de aquel pueblo o aldea. Puede que esto esté bien, pero la misión es más… es mostrar desde la vida y con la vida que vivir a plenitud es posible y que todo ha valido la pena.
Un fuerte y fraternal abrazo, en Cristo el Resucitado...
Honduras, 14 de Junio de 2009
Pedro Emilio Ramírez Ramos