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“He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres y no recibe en cambio de la mayor parte de los hombres sino ingratitudes. Esto me es más sensible si se considera que son corazones consagrados a Mi por los cuales he sufrido tan dolorosa pasión”
Si, el Señor amó tanto a los hombres que no perdonó nada hasta consumirse reduciéndose a los anonadamientos del pan de la Eucaristía. Consumirse, destruirse, desaparecer, he aquí la obra del divino Salvador. Desde el primer momento de su Encarnación en el Tabernáculo de María el latido primero de su corazón fue ofrecerse en holocausto a la voluntad del Padre. Nada omitió entonces y nada omite ahora en la Eucaristía.
Qué es lo que conserva en la existencia humilde de su humanidad en el sagrario? Nada, sino la pequeña partícula que adoráis, que recibís en vuestro corazón, los accidentes del pan, sin belleza, sin valor en apariencia. Hagamos nuestras comuniones en reparación. Jesús en el altar es Jesús en la cruz y Jesús en la cruz es el gran reparador. En esa unión íntima Jesús te dice: carga con valor tu cruz. |