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Pío XII Fidei Donum Encíclica sobre las Misiones especialmente en África (21 de abril de 1957)
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La situación misionera de África, hacia los años cincuenta de nuestro siglo, necesitaba una atención especial. La fermentación político-social y la independencia gradual y acelerada de todos los países africanos, así como la invasión organizada y sistemática de parte del materialismo ateo y de otras religiones no cristianas, exigían un esfuerzo misionero de primera magnitud. Este es el objetivo principal de la encíclica Fidei donum. Este documento ha sido cualificado como «testamento» misionero de Pío XII (moriría en 1958). Centrar la atención en el continente africano no significa olvidar los problemas generales de todo el campo misionero. En esta encíclica se profundizan temas ya conocidos, como la implantación de la Iglesia, la institución y organización de la jerarquía local, la inserción armónica en grupos humanos y situaciones sociales, el envío de apóstoles, seglares, etc. La Iglesia, por su misión de irradiar la fe a todos los pueblos, puede y debe ofrecer a África y a otros continentes un orden social nuevo basado en el Evangelio. Por eso la Iglesia no es extranjera en ningún país y en ninguna situación humana. Pío XII dio un ejemplo fuerte de esta adaptación misionera al nombrar los primeros cardenales originarios de países de misión. La encíclica Fidei donum es, pues, una aplicación más concreta y un nuevo paso de todo lo apuntado en la encíclica misionera anterior del mismo Papa (Evangelii praecones). Esta llamada urgente para una situación de emergencia hizo surgir una figura nueva en el campo de la evangelización universal: los sacerdotes diocesanos que prestan un servicio temporal o permanente, a ser posible enviados por la propia diócesis. Estos sacerdotes han sido llamados, en algunos países, sacerdotes «Fidei donum». Esta iniciativa fue un impulso definitivo hacia las diócesis misioneras, hacia los cauces misioneros establecidos en algunas Conferencias Episcopales e incluso hacia organizaciones seglares para la acción misional sin fronteras.
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I.- INTRODUCCIÓN
El don de la fel.
El don de la fe, al cual siguen en las almas por gracia de Dios tan
incomparables riquezas, exige que sin cesar mostremos nuestra gratitud al
Señor, su divino Autor. La
fe, en efecto, nos introduce en los sacros misterios de la vida divina;
nos mantiene en la esperanza de la felicidad eterna y es el sólido
fundamento, a través de la vida terrenal, de la unidad en la sociedad
cristiana, conforme a lo dicho por el Apóstol: "Un solo Señor, una sola
fe, un solo bautismo" (Ef 4,5). Ella es, por excelencia, el don que hace
brotar de nuestros labios el himno del reconocimiento: "¿Cómo podré pagar
a Yahvé todo el bien que me ha hecho?"(Sal 115,12) ¿Qué ofreceremos, pues,
al Señor a cambio de este don divino, además del homenaje de la mente, si
no es nuestro celo en difundir cada vez más entre los hombres el esplendor
de la verdad divina? El espíritu misionero, animado por el fuego de la
caridad, es en cierto modo la primera respuesta de nuestra gratitud para
con Dios, al comunicar a nuestros hermanos la fe que nosotros hemos
recibido. Considerando
por un lado las innumerables legiones de hijos nuestros que, sobre todo en
los países de antigua tradición cristiana, participan del bien de la fe,
y, por otro, la masa aún más numerosa de los que todavía esperan el
mensaje de la salvación, sentíamos el ardiente deseo de exhortaros,
venerables hermanos, a que con vuestro celo sostengáis la causa santa de
la expansión de la Iglesia en el mundo. ¡Quiera Dios que, como
consecuencia de nuestro llamamiento, el espíritu misionero penetre más a
fondo en el corazón de todos los sacerdotes y que, a través de su
ministerio, inflame a todos los fieles! Preocupación
misionera de la Iglesia
2.
No es ciertamente la primera vez, bien lo sabéis, que nuestros
predecesores y Nos mismo os hablamos sobre este grave argumento,
particularmente apropiado para fomentar el fervor apostólico de los
cristianos, que se han vuelto más conscientes de los deberes que exige la
fe recibida de Dios. Oriéntese este fervor hacia las regiones
descristianizadas de Europa y hacia las vastas regiones de América del
Sur, donde sabemos que las necesidades son grandes- póngase al servicio de
tantas importantes misiones de Asia y Oceanía, allí sobre todo donde el
campo de lucha sea difícil; sostenga fraternalmente a los miles de
cristianos, particularmente amados por nuestro corazón, que son honor a la
Iglesia porque conocen la bienaventuranza evangélica de los que sufren
persecución por la justicia (Mt 5,10); tenga compasión de la miseria
espiritual de las innumerables víctimas del ateísmo moderno, de los
jóvenes, especialmente, que crecen en la ignorancia y a veces hasta en el
odio de Dios. Problemas todos ellos necesarios, apremiantes, que exigen de
cada cual un despertar de energía apostólica, suscitador de inmensas
falanges de apóstoles, semejantes a la que conoció la Iglesia en su
alborear. Mas, aun teniendo presentes en
nuestro pensamiento y en nuestra oración estos deberes indispensables, aun
recomendándolos a vuestro celo, nos ha parecido oportuno orientar hoy
vuestras miradas hacia el África, en este momento en que se abre a la vida
del mundo moderno y atraviesa los años tal vez más graves de su milenario
destino.
II. LA SITUACION DE LA IGLESIA EN
ÁFRICA
Logros
conseguidos
3.
La expansión de la Iglesia en África durante los últimos decenios es para
los cristianos un motivo de alegría y de orgullo. Conforme al empeño que
Nos asumimos, luego de nuestra elevación al Sumo Pontificado, «de no dejar
de hacer esfuerzo alguno con el fin de que... la cruz, en la que se
encuentran la salvación y la vida, extienda su sombra hasta las más
remotas tierras del mundo», hemos favorecido con todo nuestro poder el
progreso del Evangelio en aquel continente. Las circunscripciones
eclesiásticas se han multiplicado en él; el número de los católicos ha
aumentado considerablemente y continúa aumentando con ritmo rápido. Hemos
tenido la alegría de instituir en muchos países la jerarquía eclesiástica
y de elevar ya a numerosos sacerdotes Africanos a la plenitud del
sacerdocio, conforme al «fin último» de la labor misional: «establecer
sólida y definitivamente la Iglesia en nuevos pueblos». Así es como,
dentro de la gran familia católica, las jóvenes iglesias africanas ocupan
hoy el lugar que les corresponde, saludadas con fraternal corazón por las
diócesis más antiguas que las han precedido en la fe. Legiones
de apóstoles, sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas y
colaboradores seglares, han conseguido tan consoladores resultados gracias
a una labor cuyos ocultos sacrificios tan sólo Dios conoce. A todos y cada
uno de ellos se dirigen nuestro paternal agradecimiento y nuestra
felicitación) allí, como en todas partes, la Iglesia puede sentirse
orgullosa de la labor de sus misioneros. Y, sin embargo, la magnitud de la
obra realizada no podría hacer olvidar que «la labor que queda por hacer
requiere un esfuerzo inmenso e innumerables operarios». En el momento en
que la instauración de la jerarquía podría hacer creer erróneamente que la
actividad misionera está ya para terminar, más que nunca la «Solicitud de
todas las Iglesias» del vasto continente Africano llena nuestro espíritu
de angustia. ¿Cómo, pues, no habría de estremecerse nuestro corazón al
considerar, desde esta Sede Apostólica, los graves problemas allí
planteados por la extensión y la intensificación de la vida cristiana,
cuando comparamos la amplitud y el apremio de los deberes por un lado, y
por otro el número ínfimo de operarios apostólicos y su falta de medios?
Sufrimiento este que os confiamos a vosotros, venerables hermanos, y nos
complace pensar que la prontitud y la generosidad de vuestra respuesta
hará que brille de nuevo la esperanza en el corazón de tantos apóstoles
generosos. Dificultades
actuales
4.
Os son conocidas las condiciones generales dentro de las que se desarrolla
en África la labor de la Iglesia; son, en verdad, difíciles. La mayor
parte de esos territorios está pasando por una fase de evolución social,
económica y política, que está saturada de consecuencias para su porvenir;
mas obligado es reconocer que las numerosas incidencias de la vida
internacional sobre las situaciones locales no siempre permiten, incluso a
los hombres más Prudentes, graduar las etapas que serán necesarias para el
verdadero bien de aquellos pueblos. La Iglesia, que en el curso de los
siglos ha visto nacer y engrandecerse a tantas naciones, no puede dejar de
prestar hoy una atención especial a la entrada, por parte de los nuevos
pueblos, en las responsabilidades de la libertad política. Ya en muchas
ocasiones Nos hemos invitado a las naciones interesadas a que procedan en
este camino con espíritu de paz y de comprensión recíproca. «Que una
libertad política justa y progresiva no sea negada a estos pueblos (que a
ella aspiran), y que no se ponga obstáculo a ella», decíamos a los unos; y
aconsejábamos a los otros «reconocer a Europa el mérito de su progreso:
sin su influencia, extendida a todos los terrenos, podrían ser arrastrados
por un ciego nacionalismo hacia el caos y la esclavitud». Al renovar ahora
esa doble exhortación, formulamos votos para que se continúe en África una
obra de colaboración constructiva, libre de prejuicios y susceptibilidades
recíprocas, preservada de las seducciones y estrecheces del falso
nacionalismo, y capaz de extender a esas poblaciones, ricas en recursos y
en su porvenir, los verdaderos valores de la civilización cristiana, que
tan buenos frutos han dado ya en otros continentes. Peligros
internos y externos
5.
Sabemos, por desgracia, que el materialismo ateo ha difundido en varias
regiones de África su virus de división, atizando las pasiones,
enfrentando a pueblos y razas unos contra otros, aprovechando auténticas
dificultades para seducir los espíritus con fáciles espejismos o para
sembrar la rebelión en los corazones. En nuestra solicitud por un
auténtico progreso humano y cristiano de las poblaciones africanas,
queremos renovar aquí, con respecto a ellas, las graves y solemnes
advertencias que en varias ocasiones hemos dirigido a propósito de este
punto a los católicos de todo el mundo; felicitamos a sus pastores por
haber denunciado firmemente ya, en más de una circunstancia, a sus fieles
el peligro a que les exponen los falsos pastores. Pero
mientras los enemigos del nombre de Dios llevan a cabo en ese continente
sus esfuerzos insidiosos o violentos, hay que denunciar otros graves
obstáculos que se oponen en ciertas regiones a los progresos de la
evangelización. Bien conocéis de modo particular la fácil atracción que
ejerce sobre gran número de espíritus una concepción religiosa de la vida,
que, aun empeñada en profesar el culto de Dios, arrastra, sin embargo, a
sus secuaces por un camino que no es el de Jesucristo, único Salvador de
todos los pueblos. Nuestro corazón de Padre está abierto a todos los
hombres de buena voluntad; pero, Vicario de Aquel que es el Camino, la
Verdad y la Vida, Nos no podemos considerar semejante estado de cosas sin
un vivo dolor. Varias, por otro lado, son las causas de ello: a menudo se
trata de causas históricas recientes, y no siempre le ha sido ajena la
actitud de naciones que, sin embargo, se glorían de su pasado cristiano.
Hay, pues, en todo cuanto al porvenir católico de África se refiere, un
motivo de serias preocupaciones. ¿Comprenderán específicamente los hijos
de la Iglesia la obligación de ayudar más eficazmente y a tiempo a los
misioneros del Evangelio para que lleven la nueva de la verdad salvadora a
los casi ochenta y cinco millones de africanos de raza negra apegados aún
a las creencias paganas? Llamada
especial
6.
Este orden de consideraciones resulta aún más grave -en general- por el
rápido precipitarse de los acontecimientos. Los obispos y los elementos
selectos entre los católicos de África tienen plena conciencia de ello. En
un momento en que se buscan nuevas estructuras, en tanto que algunos
pueblos corren el riesgo de entregarse a las más falaces seducciones de
una civilización técnica, la Iglesia tiene el deber de ofrecerles, en la
medida más grande posible, las sustanciales riquezas de su doctrina y de
su vida, mantenedores de un orden social cristiano. Cualquier retraso
entrañaría peligrosas consecuencias. Los Africanos, que en pocos decenios
están recorriendo las etapas de una evolución que el Occidente ha
realizado a lo largo de varios siglos, se sienten más fácilmente
arrastrados y seducidos por la enseñanza científica y técnica que se les
da, así como por las influencias materialistas a que se ven sometidos. Por
este motivo pueden producirse, en unos lugares u otros, situaciones
difícilmente reparables, que lleven consigo el dañar necesariamente la
penetración del catolicismo en las almas y en las sociedades. Es preciso,
ya desde ahora, dar a los pastores de almas las posibilidades de acción
proporcionadas a la importancia y a las crecientes exigencias de la actual
coyuntura. Nuevas
posibilidades de acción
7.
Ahora bien: salvo raras excepciones, estas posibilidades de acción
misionera son aún inferiores sin parangón a la labor que es preciso
realizar; y aun cuando semejante penuria, por desgracia, no es sólo de
África, allí se siente vivamente, sin embargo, debido a las
circunstancias. No será inútil, venerables hermanos, datos sobre este
punto algunas indicaciones particulares. En
las nuevas misiones, por ejemplo en algunas de las fundadas tan sólo hace
una decena de años, no puede esperarse, hasta que no pase mucho tiempo,
una notable ayuda del clero local; y los demasiado pocos misioneros,
desparramados por inmensos territorios, donde trabajan además otras
confesiones no católicas, ya no pueden atender a todas las peticiones. Se
encuentran a veces cuarenta sacerdotes, en alguna zona, para casi un
millón de almas, entre las cuales solamente veinticinco mil convertidos; y
en otro lugar, hay cincuenta sacerdotes para una población de dos
millones- de habitantes, cuando ya los sesenta mil fieles bastarían por sí
solos para absorber el tiempo de los misioneros. Leyendo estas cifras, un
corazón cristiano no puede permanecer insensible. Veinte sacerdotes más en
una región determinada permitirían hoy implantar en ella la cruz, mientras
que el día de mañana, esa misma tierra, trabajada por otros operarios que
no son los del Señor, se habrá vuelto impermeable, tal vez, a la verdadera
fe. Por lo demás, no basta anunciar el Evangelio: en la crisis social y
política que África está pasando, preciso es formar muy pronto un grupo
selecto de cristianos en medio de un pueblo aún neófito, pero ¿en qué
proporción habrá de multiplicarse el número de misioneros para permitirles
llevar a cabo esta obra de formación personal de las conciencias? A
semejante escasez de hombres se añade, además, casi siempre una falta de
medios que a veces raya en la miseria. ¿Quién dará a estas nuevas
misiones, situadas por lo general en regiones pobres, pero importantes
para lo futuro de la evangelización, la generosa ayuda, de la que tienen
necesidad tan apremiante? El misionero sufre al verse de tal manera
privado de medios frente a semejantes deberes: no pide ser admirado, pero
sí espera ser ayudado a fundar la Iglesia allí donde el hacerlo es aún
posible. Continuar
lo comenzado
8.
En las misiones más antiguas, en donde la proporción ya considerable de
católicos y su fervor son para nuestro corazón motivo de alegría, las
condiciones del apostolado, aunque diversas, no causan menos preocupación.
También allí la falta de sacerdotes se deja sentir duramente. Aquellas
diócesis o vicariatos apostólicos tienen que desarrollar, en efecto, sin
tardanza, las obras indispensables para la expansión e irradiación del
catolicismo: es necesario fundar colegios y difundir la enseñanza
cristiana en sus diversos grados; hay que dar vida a organismos de acción
social que animen la labor de los grupos selectos de cristianos que sirven
a la sociedad civil; es preciso multiplicar la prensa católica en todas
sus formas y preocuparse por las técnicas modernas de difusión y cultura,
pues conocida es la importancia, en nuestros días, de una opinión pública
formada e iluminada- es preciso, sobre todo, dar un desarrollo creciente a
la Acción Católica y satisfacer las necesidades religiosas y culturales de
una. generación que, privada de alimento indispensable, se encontraría
expuesta al peligro de ir a buscar fuera de la Iglesia su alimento. Pues
bien: para hacer frente a todas estas diversas finalidades, los pastores
de almas tienen necesidad no sólo de medios más abundantes, sino también,
y ante todo, de colaboradores preparados para estos ministerios más
especializados y, por lo tanto, más difíciles. Tales apóstoles no pueden
improvisarse; a menudo faltan, y, sin embargo, el problema es apremiante,
si no se quiere perder la confianza de grupos selectos que están
surgiendo. Queremos expresar aquí toda nuestra gratitud a las
Congregaciones religiosas, a los sacerdotes y a los militantes seglares,
los cuales, conscientes de la gravedad de la hora, han acudido, incluso
espontáneamente, a esas necesidades. Iniciativas de este género han dado
fruto ya, y, unidas a la abnegación de todos, hacen concebir grandes
esperanzas; mas nuestro deber es proclamar que en este campo queda por
hacer todavía una labor inmensa. Necesidad
de más misioneros
9.
Y aun el progreso mismo de las misiones plantea a la Iglesia, en algunos
territorios, una nueva dificultad. En efecto, el éxito de la
evangelización exige un proporcionado aumento del número de apóstoles si
no quiere ponerse en peligro tan magnífico desarrollo. Pues bien: las
Congregaciones misioneras se ven solicitadas de todas partes y la
insuficiencia de vocaciones no les permite atender tantas peticiones
simultáneas. Sabed, venerables hermanos, que el número de sacerdotes, en
comparación con el de fieles, se encuentra en disminución en África. El
clero Africano aumenta, indudablemente; pero tan sólo dentro de muchos
años podrá, en las propias diócesis, tomar completamente en sus manos el
gobierno de las mismas, aunque con la ayuda de los misioneros que les
llevaron la fe. Esas jóvenes cristiandades del África no pueden en el
presente, con sus recursos actuales, desempeñar su función en el momento
decisivo por el que atraviesan. ¿Servirán las dificultades de semejante
situación para recordar su deber misional a tantos de nuestros hijos que
no agradecen lo suficientemente a Dios el don de la fe recibido en su
familia cristiana y los medios de salvación que se les han puesto al
alcance de su mano? III. EL CONCURSO DE TODA LA IGLESIA Tarea
de todos
10.
Venerables hermanos, estas condiciones de apostolado, que hemos descrito a
grandes rasgos, demuestran claramente que en África ya no se trata de uno
de esos problemas restringidos y locales que pueden resolverse cómodamente
poco a poco e independientemente de la vida general del mundo cristiano.
Si en otros tiempos «la vida de la Iglesia, en su aspecto visible, se
desarrollaba preferentemente en los países de la vieja Europa, desde donde
se difundía... a lo que podía llamarse la periferia del mundo, hoy
aparece, por lo contrario, como un intercambio de vida y energías entre
todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo en la tierra». Las
repercusiones de la situación católica en África rebasan con mucho las
fronteras de ese continente, y es necesario que de toda la Iglesia, bajo
el impulso de esta Sede Apostólica, venga la respuesta fraternal a tantas
necesidades. Corresponsabilidad
de los obispos
11.
Con toda razón, pues, en una hora importante para la expansión de la
Iglesia, Nos nos dirigimos a vosotros, venerables hermanos. «Pues así como
en nuestro organismo mortal, cuando un miembro sufre todos los otros
sufren también con él (1Cor 12, 26), y los sanos prestan socorro a los
enfermos, así también en la Iglesia los diversos miembros no viven
únicamente para sí mismos, sino que ayudan también a los demás, y se
ayudan unos a otros, ya para mutuo alivio, ya también para edificación
cada vez mayor de todo el cuerpo». Pues bien, ¿no son los obispos, en
verdad, «los principales miembros de la Iglesia universal, como quienes
están ligados por un vínculo especialísimo con la Cabeza divina de todo el
Cuerpo, y por ello con razón son llamados partes principales de los
miembros del Señor»? ¿Acaso no debe decirse de ellos más que de ningún
otro que Cristo, Cabeza del Cuerpo místico, «también necesita de sus
miembros: en primer lugar, porque la persona de Cristo es representada por
el Sumo Pontífice, el cual, para no sucumbir bajo la carga de su oficio
pastoral, tiene que llamar a participar de sus cuidados a otros muchos»?
Unidos
con más estrecho lazo tanto a Cristo como a su Vicario, estaréis
dispuestos, venerables hermanos, a tomar, con espíritu de viva caridad,
vuestra parte en esta solicitud de todas las Iglesias que sobre nuestras
espaldas pesa (2Cor 11,28). Estimulados por la caridad de Cristo (2Cor
5,4), os mostraréis contentos de sentir a fondo con Nos el imperioso deber
de propagar el Evangelio y de fundar la Iglesia en todo el mundo; y os
alegraréis de haber difundido largamente, entre vuestro clero y vuestro
pueblo, un espíritu de oración y de ayuda recíproca, según la medida del
Corazón de Cristo. Si quieres amar a Cristo -decía San Agustín-, propaga
la caridad por toda la tierra, porque los miembros de Cristo se encuentran
doquier por todo el mundo. No
cabe duda alguna de que tan sólo al apóstol Pedro y a sus sucesores, los
Romanos Pontífices, ha confiado Jesús la totalidad de su grey: Apacienta
mis corderos, apacienta mis ovejas (Jn 21,16-17); mas si todo obispo es
propio solamente de la porción de grey confiada a sus cuidados, su caridad
de legítimo sucesor de los apóstoles por institución divina y en virtud
del oficio recibido, le hace solidariamente responsable de la misión
apostólica de la Iglesia, conforme a la palabra de Cristo a sus apóstoles:
Como me envió el Padre, así también yo os envío (Jn 20,21). Esta misión,
que tiene que abarcar a todas las naciones y a todos los tiempos (Mt
28,19.20), no cesó con la muerte de los apóstoles: continúa en la persona
de todos los obispos en comunión con el Vicario de Jesucristo. En ellos,
que son por excelencia los enviados, los misioneros del Señor, reside en
su plenitud la dignidad del apostolado, que es la principal en la Iglesia,
según afirma Santo Tomás de Aquino. Desde su corazón, este fuego
apostólico llevado por Jesús a la tierra habrá de comunicarse al corazón
de todos nuestros hijos y resucitar en ellos un nuevo ardor para la acción
misionera de la Iglesia en el mundo. Catolicidad
y universalismo
12.
Además, este interés por las necesidades universales de la Iglesia
demuestra verdaderamente en forma viva y verdadera la catolicidad de la
Iglesia: «El espíritu misional y el espíritu católico, decíamos hace ya
algún tiempo, son una misma cosa. La catolicidad es una nota esencial de
la verdadera Iglesia: hasta tal punto que un cristiano no es
verdaderamente afecto y devoto a la Iglesia si no se siente igualmente
apegado y devoto de su universalidad, deseando que eche raíces y florezca
en todos los lugares de la tierra». Nada, pues, es más extraño a la
Iglesia de Jesucristo que la división; nada es más nocivo para su vida que
el aislamiento, que el concentrarse en, sí misma, que todas las formas de
egoísmo colectivo que inducen a una comunidad cristiana, cualquiera que
sea, a encerrarse en sí misma. «Madre de todas las naciones y de todos los
pueblos, no menos que de todos y cada uno de los hombres, la Iglesia,
Sancta Mater Ecclesia, no es ni puede ser extranjera en ningún lugar; ella
vive, o al menos por su naturaleza debe vivir, en todos los pueblos».
Inversamente, podríamos decir que nada de lo que dicta a la Iglesia
nuestra Madre es o puede ser ajeno a un cristiano; del mismo modo que su
fe es la fe de toda la Iglesia, su vida sobrenatural es la vida de toda la
Iglesia, así también las alegrías y angustias de la Iglesia habrán de ser
sus alegrías y sus angustias; las perspectivas universales de la Iglesia
serán las perspectivas normales de su vida cristiana, y espontáneamente,
entonces, los llamamientos de los Romanos Pontífices para las grandes
misiones apostólicas en el mundo tendrán eco en su corazón, plenamente
católico, como los llamamientos más estimados, más graves y más
apremiantes. IV. TRIPLE DEBER MISIONERO Oración
y sacrificio
13.
Misionera desde su origen, la santa Iglesia no ha cesado, para realizar la
obra en la que no podía fallar, de dirigir a sus hijos una triple
invitación: a la oración, a la generosidad y, para algunos, a la entrega
de sí mismos. Hoy, de nuevo, las misiones, sobre todo las de África,
esperan del mundo católico esta triple asistencia. Por
lo tanto, venerables hermanos, Nos deseamos, en primer lugar, que por esta
intención se rece más y con un mayor fervor. Vuestro deber es sostener,
entre vuestros sacerdotes y fieles, una súplica instante e intensa en pro
de tan santa causa; alimentar esa oración con una adecuada enseñanza y con
constantes informaciones sobre la vida de la Iglesia; estimularla, en fin,
en determinados períodos del año litúrgico, más adecuados para recordar el
deber misional de los cristianos: pensamos, sobre todo, en el período del
Advierto, que es el de la espera de la humanidad y de los caminos
providenciales de preparación para la salvación; en la festividad de la
Epifanía, que manifiesta cómo esta salvación ya ha llegado al mundo, y en
la de Pentecostés, que celebra la fundación de la Iglesia gracias al soplo
del Espíritu Santo. Pero
la forma más excelente de la oración, ¿no es acaso la que Cristo, Sumo
Sacerdote, dirige diariamente, El mismo, al Padre en los altares, en los
que se renueva su sacrificio redentor? Durante estos años, tal vez
decisivos para el porvenir del catolicismo en muchos países,
multipliquemos las misas celebradas por las intenciones de las misiones;
son las intenciones mismas de Nuestro Señor, que ama a su Iglesia y que la
quisiera ver extendida y floreciente por los lugares todos de la tierra.
Sin discutir en modo alguno la legitimidad de las peticiones particulares
de los fieles, conviene recordarles las intenciones primordiales ligadas
indisolublemente al acto mismo del sacrificio eucarístico y que, por lo
demás, están inscritas en el Canon de la misa latina: In primas... pro
Ecclesia tua sancta calholica, quam pacificare, custodire, adunare et
regere digneris toto orbe terrarum. Estas perspectivas más elevadas serán
mejor comprendidas, por otra parte, si se tiene presente en el espíritu,
según la enseñanza de nuestra encíclica Mediator Dei, que toda misa
celebrada es esencialmente una acción de la Iglesia, ya que «el ministro
del altar representa en ella a la persona de nuestro Señor Jesucristo, que
es cabeza de todos los miembros por los cuales se ofrece»; es, por lo
tanto, la Iglesia toda la que, por medio de Cristo, presenta al Padre la
ofrenda santa totius mundi salute. ¿Cómo, pues, no habría de elevarse la
oración de los fieles, en unión con el Papa, los obispos y toda la
Iglesia, a fin de implorar de Dios una nueva efusión del Espíritu Santo,
gracias a la cual profusas gaudiis, totus in orbe tntarum mundus exsultat?
Orad, pues, venerables hermanos y amados hijos: orad más y más, y sin
cesar. No dejéis de llevar vuestro pensamiento y vuestra preocupación
hacia las inmensas necesidades espirituales de tantos pueblos todavía tan
alejados de la verdadera fe, o bien tan privados de socorros para
perserverar en ella. Dirigíos al Padre celestial y, con Jesús, repetid la
oración, que fue la de los primeros apóstoles y continúa siendo la de los
operarios apostólicos de todos los tiempos: "Santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el
cielo". Por honor de Dios y por el esplendor de su gloria, queremos que su
reino de justicia, de amor y de paz se establezca alguna vez en todo
lugar. Si este celo por la gloria de Dios va unido a una ardiente caridad
hacia los propios hermanos, ¿no es acaso por excelencia el celo misional?
Así se ayuda a los apóstoles, que son, ante todo, los heraldos de
Dios. Cooperación
económica
14.
Pero ¿sería sincera una oración por la Iglesia misionera si no fuera
acompañada en la medida de las propias posibilidades, por obras de
generosidad? Nos conocemos ciertamente más que nadie la inagotable caridad
de nuestros hijos; Nos, que de ella recibimos incesantemente conmovedoras
y múltiples pruebas. Nos sabemos que gracias a su generosidad han podido
ser una realidad los maravillosos progresos de la evangelización desde los
comienzos de este siglo. Nos deseamos dar las gracias aquí a nuestros
amados hijos y amadas hijas que se dedican al servicio de las misiones por
una caridad activa e ingeniosa. Queremos rendir homenaje especial, además,
a los que en las Pontificias Obras Misioneras se consagran a la labor -a
veces ingrata, pero ¡cuán noble!- de extender la mano en nombre de la
Iglesia en favor de las jóvenes cristiandades, su orgullo y su esperanza.
De todo corazón les felicitamos y expresamos también nuestra gratitud a
todos los miembros de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, los
cuales, bajo la dirección de nuestro dilecto hijo el cardenal prefecto,
desempeñan la importante función de servir al progreso de la Iglesia en
vastos continentes. Nuestro
oficio apostólico nos impone, sin embargo, un deber, venerables hermanos:
el de deciros que estos dones, recibidos con tanta gratitud, están muy
lejos, desgraciadamente, de bastar a las crecientes necesidades del
apostolado misionero. Recibimos continuamente angustiosos llamamientos de
pastores, que ven el bien que hay que hacer, el mal que hay que eliminar
con urgencia, el edificio que es necesario construir, la obra que hay que
fundar; grande es nuestro sufrimiento por no poder dar a esas peticiones
tan legítimas más que una respuesta parcial e insuficiente. Esto acontece,
por ejemplo con la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol: los subsidios que
concede a los seminarios de los países de misión son considerables, pero
las vocaciones son, gracias a Dios, cada año más numerosas y requerirían
fondos aún más importantes. ¿Será, pues, necesario limitar estas
providenciales vocaciones en la medida de las cantidades de que se
dispone? ¿Se habrán de cerrar, por falta de dinero, las puertas del
seminario a jóvenes generosos y de óptimas esperanzas, como se nos ha
dicho que ha ocurrido en algunos casos? No; no queremos creer que el mundo
cristiano, puesto ante sus responsabilidades, no haya de ser capaz del
esfuerzo excepcional que se le exige para enfrentarse con tales
necesidades. No
ignoramos la dureza de los tiempos actuales y las dificultades de las
diócesis antiguas de Europa y de América. Pero, si se citaran cifras, se
vería en seguida cómo la pobreza de los unos es relativo bienestar frente
a la miseria de los otros. Vano parangón, de otra parte, pues que se trata
no tanto de formar presupuestos cuanto de exhortar a todos los fieles,
según ya lo hemos hecho en otra circunstancia solemne, a que «acogiéndose
de buen grado a las banderas de la cristiana mortificación y en su afán de
la propia abnegación, vayan aún más allá de lo que prescriben las leyes
morales, cada cual según sus propias fuerzas, según los movimientos de la
gracia divina, según lo conlleve su estado y su vocación... Lo que a la
vanidad se sustrajere, añadíamos, se dará a la caridad, se dará con
misericordia a la Iglesia y a los pobres». Con el dinero que el cristiano
gasta a veces en gustos pasajeros, ¡cuánto no haría aquel misionero,
paralizado en su apostolado por falta de medios! Interróguese sobre este
punto cada uno de los fieles, cada familia, cada comunidad cristiana.
Recordando la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que de rico se hizo
pobre por vosotros, para enriquecemos con su pobreza (2Cor 8,9), dad de lo
que os sobrare, y a veces hasta dad de lo que necesitarais. De vuestra
liberalidad depende el desarrollo del apostolado misionero. La faz del
mundo podría ser plenamente renovada con una victoria de la caridad. Vocaciones
misioneras para África
15.
La Iglesia en África, como en los demás territorios de misión, está falta
de apóstoles. Por lo tanto, de nuevo nos dirigimos a vosotros, venerables
hermanos, para pediros que por todos los medios posibles favorezcáis todo
cuanto se refiere a las vocaciones misioneras: sacerdotes, religiosos y
religiosas. Os
corresponde a vosotros, en primer lugar, fomentar entre vuestros fieles,
según decíamos hace poco, una condición de espíritu, una generosidad de
alma que les haga más sensibles a las preocupaciones universales de la
Iglesia y más dispuestos a comprender la antigua llamada del Señor, cuyo
eco resuena de edad en edad: Abandona tu Pueblo, tu familia y la casa de
tu padre y ve al lugar que yo te indicaré (Gen 12,1). Una generación
formada en estos ideales verdaderamente católicos, tanto en la familia
como en la escuela, en la parroquia, en la acción católica y en las obras
de piedad, una tal generación dará ciertamente a la Iglesia los apóstoles,
cuya necesidad siente ella, para anunciar el Evangelio a todos los
pueblos. Este soplo misionero, además, al animar el conjunto de vuestras
diócesis, será para vosotros una prenda de renovación espiritual. Una
comunidad cristiana que entrega sus hijos y sus hijas a la Iglesia no
puede morir. Y si es verdad que la vida sobrenatural es una vida de
caridad y que se acrecienta con la entrega de sí mismo, bien puede
afirmarse que la vitalidad católica de una nación se mide por los
sacrificios de que es capaz por la causa de las misiones. Mas
no basta formar una atmósfera favorable a esta causa; necesario es hacer
más. Gracias a Dios, existen numerosas diócesis tan generosamente
provistas de sacerdotes que se permiten, sin correr por ello peligro
alguno, el sacrificio de algunas vocaciones A ellas, sobre todo, nos
dirigimos con paternal insistencia: Dad en proporción a vuestros medios
(Cf Lc 11,41), pero Nos pensamos también en aquellos de entre nuestros
hermanos en el episcopado que se sienten angustiados por una dolorosa
escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas y que ya no pueden hacer
frente a las necesidades espirituales de sus ovejuelas. Hacemos nuestros
sus sufrimientos de pastores, y de buen grado les diremos como San Pablo a
los de Corinto: No se trata, para socorrer a los demás, de reduciros a la
escasez, sino de aplicar el principio de igualdad (2Cor 8,13). Que estas
diócesis tan probadas no se hagan sordas, sin embargo, al llamamiento de
las misiones lejanas. El óbolo de la viuda fue citado como ejemplo por
nuestro Señor, y la generosidad de una diócesis pobre para con otra
diócesis más pobre no podría empobrecerlo: Dios no se deja ganar en
generosidad. Las
Obras Misionales Pontificias
16.
Para resolver eficazmente los complejos problemas de las vocaciones
misioneras no pueden bastar, sin embargo, los esfuerzos aislados.
Recordad, pues, venerables hermanos, estos problemas en vuestras reuniones
y en el cuadro de las organizaciones nacionales, allí donde existan: será
más fácil, en esta escala, poner en juego los medios más apropiados para
el despertar de las vocaciones misioneras, y al mismo tiempo soportaréis
más fácilmente las responsabilidades que os hacen solidarios en el
servicio de los intereses generales de la Iglesia. Apoyad con generosidad
en vuestras diócesis a la Unión Misional del Clero, tan frecuentemente
recomendada por nuestros predecesores y por Nos mismo. La acabamos de
elevar a la dignidad de Obra Pontificia, de suerte que nadie pueda poner
en duda la estima que por ella sentimos y la importancia que Nos
concedemos a su desarrollo. Establézcase, en fin, en todas partes una
estrecha coordinación de esfuerzos, condición indispensable para el éxito,
entre los pastores de almas y los que trabajan más inmediatamente por las
Misiones; pensamos, sobre todo, en los presidentes nacionales de las Obras
Pontificias Misionales, cuya labor facilitaréis sosteniendo con vuestra
autoridad y con vuestro celo los Consejos diocesanos de esas mismas Obras;
y también en los superiores de las tan beneméritas Congregaciones, a las
que la Santa Sede no deja de hacer llamamientos para responder a las
necesidades más urgentes de las Misiones, pero que no pueden aumentar el
número de las vocaciones sin la benévola comprensión de los ordinarios
locales. Estudiad de común acuerdo el mejor modo de conciliar los
intereses reales de los unos y de los otros; si a veces estos intereses
parecen divergir de momento, ¿no será tal vez porque se deja de
considerarlos con fe suficiente dentro de la visión sobrenatural de la
unidad y de la catolicidad de la Iglesia? Iniciativas
especiales
17.
Con el mismo espíritu de colaboración fraternal y desinteresada cuidaréis,
venerables hermanos, de ser solícitos en la asistencia espiritual de los
jóvenes Africanos y asiáticos, a los que la continuación de sus estudios
llevare a residir temporalmente en vuestras diócesis. Privados de los
cuadros sociales naturales de su país de origen, a menudo se encuentran, y
por varios motivos, sin contacto suficiente con los centros de vida
católica de las naciones que les acogen. Por ello su vida cristiana puede
peligrar, porque los verdaderos valores de la nueva civilización que
descubren les resultan aún ocultos, en tanto que influencias
materializantes les agitan a fondo, y asociaciones ateas se esfuerzan por
conquistar su confianza. Por lo tanto, correspondiendo a las
preocupaciones de los obispos de las Misiones, no vacilaréis en destinar
para este apostolado a algún sacerdote experimentado y celoso de vuestras
diócesis. Otra
forma de recíproca ayuda, ciertamente más incómoda, ha sido adoptada por
algunos obispos, que autorizan a algunos de sus sacerdotes, aun a costa de
sacrificios, a partir para ponerse, durante un tiempo limitado, al
servicio de los ordinarios de África. De esta manera prestan un
incomparable servicio, tanto para asegurar la introducción prudente y
discreta de formas nuevas y más especializadas del ministerio sacerdotal,
como para sustituir al clero de dichas diócesis en las exigencias de la
enseñanza, eclesiástica y profana, a las que aquél no puede hacer frente.
Con gusto alentamos semejantes iniciativas generosas y oportunas;
preparadas y realizadas con prudencia, pueden llevar una solución preciosa
en un tiempo difícil, pero lleno de esperanza, del catolicismo
africano. Misioneros
seglares
18.
Finalmente, la ayuda a las diócesis misioneras asume actualmente una forma
que es grata a nuestro corazón y que quisiéramos poner de relieve, antes
de terminar: Es la cooperación eficaz que militantes seglares, que actúan
ordinariamente dentro de los cuadros de los movimientos católicos
nacionales o internacionales, aceptan realizar un servicio de las jóvenes
cristiandades. Su trabajo exige abnegación, modestia y prudencia; pero
¡cuán preciosa es la ayuda prestada de ese modo a esas diócesis que han de
enfrentarse con tareas apostólicas nuevas y apremiantes! Con sumisión
plena al obispo del lugar, responsable del apostolado, y en perfecta
colaboración, de otra parte, con los católicos Africanos, que comprenden
el beneficio de semejantes ayuda fraternal, estos militantes seglares
ofrecen a diócesis-recientes el beneficio de una larga experiencia de la
acción católica y de la acción social, así como de todas las demás formas
de apostolado especializado. Facilitan, además, y no es éste el menor
beneficio, un rápido encuadramiento de las organizaciones locales en la
vasta red de instituciones católicas internacionales. De todo corazón Nos
les felicitamos por su celo al servicio de la Iglesia. V.- CONCLUSION 19.
Al dirigiros este grave y apremiante llamamiento en favor de las Misiones
de África, nuestro pensamiento -lo habréis ya comprendido perfectamente,
venerables hermanos- no se ha apartado en modo alguno de todos aquellos
hijos nuestros que se consagran al progreso de la Iglesia en otros
continentes. Todos nos son igualmente amados, sobre todo los que más
sufren en las Misiones del Extremo Oriente. Pues si peculiares
circunstancias de África han sido la causa de esta carta encíclica, no
queremos terminarla sin dirigir una vez más nuestra mirada hacia el
conjunto de las Misiones católicas. A
vosotros, venerables hermanos, pastores responsables de las tierras recién
evangelizadas, que plantáis la Iglesia o la consolidáis a costa de tantos
trabajos, quisiéramos que nuestra carta os llevara no solamente el
testimonio de nuestra paternal solicitud, sino también la seguridad de que
toda la comunidad cristiana, advertida de nuevo sobre la amplitud y
dificultades de vuestra misión, se encuentra más que nunca a vuestro lado
para sostenemos con sus oraciones, sus sacrificios y el envío de sus
mejores hijos. ¡Qué importa la distancia material que os separa del Centro
de la cristiandad! En la Iglesia, ¿no son acaso los más valientes y los
más expuestos de sus hijos los que se hallan más vecinos a su corazón? A
vosotros, una vez más, misioneros, sacerdotes del clero local, religiosos
y religiosas, seminaristas, catequistas militantes seglares, a todos
vosotros, apóstoles de Jesucristo, en cualquier lugar remoto e ignorado
donde os encontréis, Nos renovamos la expresión de nuestra gratitud y de
nuestra esperanza; perseverad con confianza en la obra emprendida,
orgullosos de seguir a la Iglesia, atentos a su voz, cada vez más
penetrados de su espíritu, unidos por los vínculos de una caridad
fraternal. ¡Que fuente de consuelo para vosotros, amados hijos, y qué
seguridad de victoria, el pensar que la oscura y pacífica lucha que
libráis al servicio de la Iglesia no es solamente vuestra, y ni siquiera
de vuestra generación o de vuestro pueblo: es, en verdad, la lucha perenne
de toda la Iglesia, en la que todos sus hijos han de sentir el deber de
tomar parte más activamente, pues que son deudores, a Dios y a sus
hermanos, del don de la fe recibido en el bautismo! Predicar
el Evangelio no es para mí un título de gloria -decía el Apóstol de las
Gentes-, es una necesidad que me incumbe. ¡Ay de mí si no predicase el
Evangelio! (1Cor 9,16) Estas enérgicas palabras, ¿cómo Nos, Vicario de
Jesucristo, no habremos de aplicarlas a Nos mismo, que, por nuestro oficio
apostólico hemos sido establecido en calidad de heraldo y de apóstol...
con la misión de enseñar a las naciones paganas la fe y la verdad? (1Tim
2,7) Invocando, pues, sobre las misiones católicas el doble patrocinio de
San Francisco Javier y de Santa Teresita del Niño Jesús, la protección de
todos los santos mártires y, sobre todo, la poderosa y materna]
intercesión de María, Reina de los Apóstoles, dirigimos nuevamente a la
Iglesia la imperiosa y victoriosa invitación de su Divino Fundador: Duc in
altum! Con la confianza de que todos los católicos responderán a nuestro llamamiento con generosidad tan ardiente que, por la gracia de Dios, las Misiones puedan por fin llevar hasta los confines de la tierra la luz de¡ cristianismo y el progreso de la civilización, impartimos de todo corazón, cual prenda de nuestra paternal benevolencia y de los favores celestiales, a vosotros, venerables hermanos, a vuestros fieles, a todos y a cada uno de los heraldos del Evangelio, por Nos tan amados, nuestra bendición apostólica.
Dado
en Roma, junto a San Pedro, , 21 de abril de 1957
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