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Benedicto XV Maximun Illud Carta Apostólica sobre la propagación de la fe católica en el mundo entero (30 de Noviembre de 1919)
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La carta apostólica Maximum illud es el primer documento "moderno" sobre
las misiones. Se ha llamado "la carta magna" de la actividad misionera. En
ella encontramos un primer esbozo de lo que luego se llamaría
"Misionología": historia, teología, pastoral, derecho y espiritualidad de
la misión.
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SUMARIO Introducción:
I. Normas para los obispos, vicarios y prefectos apostólicos
II. Exhortación a los misioneros
III. Colaboración de todos los fieles
Conclusión |
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INTRODUCCIÓN 1.- Evangelización del mundo, deber permanente de la Iglesia. Historia y actualidad.
1.-
La grande y santísima misión confiada a sus discípulos por nuestro Señor
Jesucristo, al tiempo de su partida hacia el Padre, por aquellas palabras
"Id por todo el mudo y predicad el Evangelio a todas las naciones" (Mc
16,15), no había de limitarse ciertamente a la vida de los apóstoles, sino
que se debía perpetuar en sus sucesores hasta el fin de los tiempos,
mientras hubiera en la tierra hombres para salvar la verdad.
2.-
Pues bien: desde el momento en que los apóstoles "salieron y predicaron
por todas partes" (Mc 16,20) la palabra divina, logrando que "la voz de su
predicación repercutiese en todas las naciones, aún las más apartadas de
la tierra" (Sal 18,5), ya en adelante nunca jamás la Iglesia, fiel al
mandato divino, ha dejado de enviar a todas partes mensajeros de la
doctrina revelada por Dios y dispensadores de la salvación eterna,
alcanzada por Cristo para el género humano. 3.- Aún en los tres primeros siglos, cuando una en pos de otra suscitaba el infierno encarnizadas persecuciones para oprimir en su cuna a la Iglesia, y todo rebosaba sangre de cristianos, la voz de los predicadores evangélicos se difundió por todos los confines del Imperio Romano.
4.-
Pero desde que públicamente se concedió a la Iglesia paz y libertad, fue
mucho mayor en todo el orbe el avance del apostolado, obra que se debió
sobre todo a hombres eminentes en santidad. Así, Gregorio el Iluminadora
gana para la causa cristiana a Armenia; Victoriano a Styria; Frumencio a
Etiopía; Patricio conquista para Cristo a los irlandeses; a los Ingleses,
Agustín; Columbano y Paladio, a los escoceses. Más tarde hace brillar la
luz del Evangelio para Holanda Clemente Villibrordo, pimer obispo de
Utretch, mientras Bonifacio y Anscario atraen a la fe católica a los
pueblos germánicos, como Cirilo y Metodio a los eslavos.
5.-
Ensanchándose luego todavía más el campo de acción misionera, cuando
Guillermo de Rubruquis iluminó con los esplendores de la fe la Mongolia y
el B. Gregorio X envió misioneros a la China, cuyos pasos habían pronto de
seguir los hijos de San Francisco de Asís, fundando una Iglesia numerosa,
que pronto había de desaparecer por completo al golpe de la
persecución.
6.-
Más aún: tras el descubrimiento de América, ejércitos de varones
apostólicos, entre los cuales merece especial mención Bartolomé de las
Casas, honra y prez de la Orden Dominicana, se consagraron a aliviar la
triste suerte de los indígenas, ora defendiéndolos de la tiranía despótica
de ciertos hombres malvados, ora arrancándolos de a dura esclavitud del
demonio.
7.-
Al mismo tiempo, Francisco Javier, digno ciertamente de ser comparado con
los mismos apóstoles, después de haber trabajado heroicamente por la
gloria de Dios y salvación de las almas e las Indias Orientales y en el
Japón, expira a las puertas mismas del Celeste Imperio, adonde se dirigía,
como para abrir con su muerte camino a la predicación del Evangelio en
aquella región vastísima, donde habían de consagrarse al apostolado,
llenos de anhelos misioneros y en medio de mil vicisitudes, los hijos de
tantas Ordenes religiosas e Instituciones misioneras.
8.-
Por fin, Australia, último continente descubierto y las regiones
interiores de Africa, exploradas recientemente por hombres de tesón y
audacia, han recibido también pregoneros de la fe. Y casi no queda ya isla
tan apartada en la inmensidad del Pacífico adonde no haya llegado el celo
y la actividad de nuestros misioneros.
9.-
Muchos de ellos, en el desempeño de su apostolado, han llegado, a ejemplo
de los apóstoles, al más alto grado de perfección en el ejercicio de las
virtudes, y o son pocos los que han confirmado con su sangre la fe y
coronado con el martirio sus trabajos apostólicos.
10.-
Pues bien: quien considere tantos y tan rudos trabajos sufridos en la
propagación de la fe, tantos afanes y ejemplos de invicta fortaleza,
admitirá sin duda que, a pesar de ellos, sean todavía innumerables los que
yacen en las tinieblas y sombras de la muerte, ya que, según estadísticas
modernas, no baja aún de mil millones el número de los gentiles.
11.-
Nos, pues, llenos de compasión por la suerte lamentable de tan inmensa
muchedumbre de almas, no hallando en la santidad de nuestro oficio
apostólico nada más tradicional y sagrado que comunicarles los beneficios
de la divina Redención, vemos, no sin satisfacción y regocijo, brotar
pujantes en todos los rincones del orbe católico los entusiasmos de los
buenos para promover y extender las misiones extranjeras.
12.-
Y así, para encender y fomentar más y más esos mismos anhelos, en
cumplimiento de nuestros más vivos deseos, después de haber implorado con
reiteradas preces la luz y el auxilio del Señor, os mandamos, venerables
hermanos, estas letras, con las que os exhortamos a vosotros y a vuestro
clero y pueblo a cooperar e obra tan trascendental, indicándoos juntamente
el modo como podéis favorecer esta importantísima causa.
I.- NORMAS PARA LOS OBISPOS, VICARIOS Y PREFECTOS APOSTÓLICOS 2.- Sean el alma de la misión 13.- Nuestras palabras dirígense ante todo a aquellos que, como obispos, vicarios y prefectos apostólicos, están al frente de las sagradas Misiones, ya que a ellos incumbe más de cerca el deber de propagar la fe; y en ellos, y más que en ningún otro, ha depositado la Iglesia la esperanza de la expansión del cristianismo. 14.- No se nos oculta su ardiente celo ni las dificultades y peligros grandísimos que, sobre todo últimamente, han atravesado en su empeño no sólo de conservar sus puestos y residencias, sino aún de extender todavía más el Reino de Dios. Con todo, persuadidos de su mucha piedad filial y adhesión a esta sede Apostólica, queremos descubrirles nuestro corazón con la confianza de un padre a sus hijos. 15.- Tengan, pues, ante todo, muy presente que cada uno debe ser el alma, como se dice, de su respectiva Misión. Por lo cual, edifiquen a los sacerdotes y demás colaboradores de su ministerio con palabras, obras y consejos, e infúndanles bríos y alientos para tender siempre a lo mejor. Pues conviene que cuantos en la viña del Señor trabajan de un modo o de otro sientan por propia experiencia y palpen claramente que el superior de la Misión es padre vigilante y solícito, lleno de caridad, que abraza todo y a todos con el mayor afecto, que sabe alegrarse en sus prosperidades, condolerse de sus desgracias, infundir vida y aliento a sus proyectos y loables empresas, prestándoles su concurso, e interesarse por todo lo de sus súbditos como por sus propias cosas. 3.- Cuidado paternal de los misioneros
16.-
Como el diverso resultado de cada Misión depende de la manera de
gobernarla, de ahí el peligro de poner al frente de ella a hombres ineptos
o menos idóneos.
17.-
En efecto, el misionero novel que, inflamado por el celo de la propagación
del nombre cristiano, abandona patria y parientes queridos, tiene que
pasar de ordinario por largos y con mucha frecuencia peligrosos caminos; y
su ánimo se halla siempre dispuesto a sufrir mil penalidades en el
ministerio de ganar para Jesucristo el mayor número posible de almas.
18.-
Claro es que si este tal se encuentra con un superior diligente cuya
prudencia y caridad le pueda ayudar en todas las cosas, sin duda que su
labor habrá de resultar fructuosísima; pero, en caso contrario, muy de
temer es que, fastidiado poco a poco del trabajo y las dificultades, al
fin, sin ánimo para nada, se entregue a la postración y abandono.
4.-
Impulsar la vitalidad de la misión
19.-
Además, el superior de la Misión debe cuidar primeramente de promover e
impulsar de la misma, hasta que ésta haya alcanzado su pleno desarrollo.
Porque todo cuanto entra dentro de los límites que ciñen el territorio a
él confiado, en toda su extensión y amplitud, debe ser objeto de sus
desvelos, y así deber suyo es también mirar por la salvación eterna de
cuantos habitan en aquellas regiones.
20.-
Por lo cual, aunque logre reducir a la fe algunos millares de entre tan
numerosa gentilidad, no por eso podrá descansar. Procure, sí, defender y
confortar a aquellos que engendró ya para Jesucristo, no consintiendo que
ninguno de ellos sucumba ni perezca.
21.-
Por esto es poco, y crea no haber cumplido su deber si no se esfuerza con
todo cuidado, y sin darse tregua ni reposo, por hacer participantes de la
verdad y vida cristiana a los que, en número sin comparación mayor, le
quedan todavía por convertir.
22.-
Para que la predicación del Evangelio pueda más pronta y felizmente llegar
a oídos de cada una de esas almas, aprovechará sobremanera fundar nuevos
puestos y residencias, para que, en cuanto la oportunidad lo permita,
pueda la Misión más tarde subdividirse en otros centros misioneros,
gérmenes asimismo de otros tantos futuros Vicariatos y Prefecturas.
5.-
Buscar nuevos colaboradores
23.-
Al llegar aquí, hemos de tributar el debido elogio a aquellos Vicariatos
Apostólicos que, conforme a esta norma que establecemos, ha ido siempre
preparando nuevos crecimientos para el Reino de Dios, y que, si para este
fin vieron no les bastaba la ayuda de sus hermanos en religión, no dudaron
en acudir siempre gustosos en demanda de auxilio a otras Congregaciones y
familias religiosas.
24.-
Por el contrario, ¡qué digno de reprensión sería quien tuviese de tal
manera como posesión propia y exclusiva la parte de la viña del Señor a él
señalada, que obstaculizara el que otros pusieran mano en ella!
25.-¡Y
cuán severo habría de pesar sobre él el juicio divino, sobre todo si, como
recordamos haber sucedido no pocas veces, teniendo él tan sólo unos pocos
cristianos, y éstos esparcidos e muchedumbres de paganos, y no bastándole
sus propios colaboradores para instruir a todos, se negara, no digo a
pedir, pero ni aún a admitir para la conversión de aquellos gentiles, la
ayuda de misioneros!
26.-
Por eso, el superior de una Misión católica que no abriga en su corazón
más ideal que la gloria de Dios y la salvación de las almas, en presencia
de la necesidad, acude a todas partes en busca de colaboradores para el
santísimo ministerio; ni se le da nada que éstos sean de su Orden y nación
o de Orden y nación distintas, "con tal que de cualquier modo Cristo sea
anunciado" (Flp 1,18)
27.-
No sólo busca toda clase de colaboradores, sino que se da traza para
hacerse también con colaboradoras o hermanas religiosas para escuelas,
orfanatos, hospitales, hospicios y demás instituciones de caridad, en las
que sabe que la providencia de Dios ha puesto increíble eficacia para
dilatar los dominios de la fe.
6.-
Colaboración Pastoral de Conjunto
28.-
Para este mismo efecto, el superior de Misión no se ha de encerrar de tal
modo dentro de su territorio, que tenga por cosa ajena lo que no entra
dentro de su círculo de acción; sino que, en virtud de la fuerza expansiva
del amor de Cristo, cuya gloria debe interesarle como propia en todas
partes, debe procurar mantener trato y amistosas relaciones con sus
colegas vecinos, toda vez que, dentro de una misma región, hay otros
muchos asuntos comunes que naturalmente no pueden solucionarse sino de
común acuerdo.
29.-
Por otro lado, sería de grandísmo provecho para la religión que los
superiores de Misión, en el mayor número posible y en determinados
tiempos, tuviesen sus reuniones donde poder aconsejarse y animarse
mutuamente.
7.-
Cuidado y formación del clero nativo.
30.-
Por último, es de lo más principal e imprescindible, para quienes tienen a
su cargo el gobierno de las Misiones, el educar y formar para los sagrados
ministerios a los naturales mismos de la región que cultivan; en ello se
basa principalmente la esperanza de las Iglesias jóvenes.
31.-
Porque es indecible lo que vale, para infiltrar la fe en las almas de los
naturales, el contacto de un sacerdote indígena del mismo origen,
carácter, sentimientos y aficiones que ellos, ya que nadie puede saber
como él insinuarse en sus almas. Y así, a veces sucede que se abre a un
sacerdote indígena sin dificultar la puerta de una Misión cerrada a
cualquier otro sacerdote extranjero.
32.-
Mas, para que el clero indígena rinda el fruto apetecido, es absolutamente
indispensable que esté dotado de una sólida formación. Para ello no basta
en manera alguna un tinte de formación incipiente y elemental,
esencialmente indispensable para poder recibir el sacerdocio.
33.-
Su formación debe ser plena, completa y acabada bajo todos sus aspectos,
tal como suele darse hoy a los sacerdotes en los pueblos cultos.
34.-
No es el fin de la formación del clero indígena poder ayudar únicamente a
los misioneros extranjeros, desempeñando los oficios de menor importancia,
sino que su objeto es formarles de suerte que puedan el día de mañana
tomar dignamente sobre sí el gobierno de su pueblo y ejercitar en él el
divino ministerio.
35.-
Siendo la Iglesia de Dios católica y propia de todos los pueblos y
naciones, es justo que haya en ella sacerdotes de todos los pueblos, a
quienes puedan seguir sus respectivos naturales como a maestros de la ley
divina y guías en el camino de la salud.
36.-
En efecto, allí donde el clero indígena es suficiente y se halla tan bien
formado que o desmerece en nada de su vocación, puede decirse que la obra
del misionero está felizmente acabada y la Iglesia perfectamente
establecida. Y si, más tarde, la tormenta de la persecución amenaza
destruirla, no habrá que temer que, con tal base y tales raíces, zozobre a
los embates del enemigo.
37.-
Siempre ha insistido la Sede Apostólica en que los superiores de Misiones
den la importancia debida y se apliquen con frecuencia a este deber tan
principal de su cargo. Prueba de esta solicitud son los colegios que
ahora, como en tiempos antiguos, se han levantado en esta ciudad para
formar clérigos de naciones extranjeras, especialmente de rito
oriental.
38.-
Por eso es más de sentir que, después de tanta insistencia por parte de
los Pontífices, haya todavía regiones donde, habiéndose introducido hace
muchos siglos la fe católica, no se vea todavía clero indígena bien
formado y que haya algunos pueblos, favorecidos tiempo ha con la luz y
benéfica influencia del Evangelio y que, habiendo dejado ya su retraso y
subido a tal grado de cultura que cuentan con hombres eminentes en todo
género de artes civiles, sin embargo, en cuestión de clero, no hayan sido
capaces de producir ni obispos que los rijan, ni sacerdotes que se
impongan por su saber a sus conciudadanos. Ello es señal evidente de ser
manco y deficiente el sistema empleado hasta el día de hoy en algunas
partes en orden a la formación del clero indígena.
39.-
Con el fin de obviar este inconveniente, mandamos a la Sagrada
Congregación de Propaganda Fide que apliquen las medidas que las diversas
regiones reclamen, y que tome a su cuenta la fundación o, si ya están
fundados, la debida dirección de seminarios que puedan servir para varias
diócesis en cada región, con miras especiales a que en los Vicariatos y
demás lugares de Misiones adquiera el clero nuevo y conveniente
desarrollo.
II.-
EXHORTACIÓN A LOS MISIONEROS
8.-
Tarea sublime
40.-
Es ya hora, amadísimos hijos, de hablaros a vosotros, cuantos trabajáis en
la viña del Señor, a cuyo celo, juntamente con la propagación de la verdad
cristiana, está encomendada la salvación de innumerables almas.
41.-
Sea lo primero, y como base de todo, que procuréis formaros cabal concepto
de la sublimidad de vuestra misión, la cual debe absorber todas vuestras
energías.
42.-
Misión verdaderamente divina, cuya esfera de acción se remonta muy por
encima de toas las mezquindades de los intereses humanos, ya que vuestro
fin es llevar la luz a los pueblos sumidos en sombras de muerte y abrir la
senda de la vida a quienes de otra suerte se despeñarían en la ruina.
9.-
Evitar nacionalismos
43.-
Convencidos en el alma de que a cada uno de vosotros se dirigía el Señor
cuando dijo: "Olvida tu pueblo y la casa de tu padre" (Sal 44,11),
recordad que no es vuestra vocación para dilatar fronteras de imperios
humanos, sino las de Cristo; ni para agregar ciudadanos a ninguna patria
de aquí abajo, sino a la patria de arriba.
44.-
Sería ciertamente de lamentar que hubiera misioneros tan olvidados de la
dignidad de su ministerio que, con el ideal y el corazón puestos más en
patrias terrenas que en la celestial, dirigiesen sus esfuerzos con
preferencia a la dilatación y exaltación de su patria.
45.-
Sería esa la más infecciosa peste para la vida de un apóstol que, además
de relajar en el ministerio del Evangelio los nervios mismos de la
caridad, pondría en peligro ante los ojos de los evangelizados su propia
reputación, ya que los hombres, por incultos y degradados que sean,
entienden muy bien lo que significa y lo que pretende de ellos el
misionero, y disciernen con sagacísimo olfato si busca otra cosa que su
propio bien espiritual. 46.- Suponed, pues, que en efecto, entren en la conducta del misionero elementos humanos y que, en lugar de verse en él solo al apóstol, se trasluzca también el agente de intereses patrios. Inmediatamente su trabajo se haría sospechoso a la gente, que fácilmente podría ser arrastrada al convencimiento de ser la religión cristiana propia de una determinada nación y, por lo mismo, de que el abrazarla sería renunciar a sus derechos nacionales para someterse a tutelas extranjeras. 47.- Ved por qué han producido en Nos honda amargura ciertos rumores y comentarios que, en cuestión de Misiones, van esparciéndose de unos años a esta parte, por los que se ve que algunos relegan a segundo término, posponiéndola a miras patrióticas, la dilatación de la Iglesia; y nos causa maravilla cómo no reparan en lo mucho que su conducta predispone las voluntades de los infieles contra la religión. 48.- No obrará así quien se precie de ser lo que su nombre de misionero católico significa, pues este tal, teniendo siempre ante los ojos que su misión es embajada de Jesucristo y no legación patriótica, se conducirá de modo que cualquiera que examine su proceder, al punto reconozca en él al ministro de una religión que, sin exclusivismos de fronteras, abraza a todos los hombres que adoran a Dios en verdad y en espíritu, "donde no hay distinción de gentil y judío, de circuncisión e incircucisión, de bárbaro y escita, de siervo y libre, porque Cristo lo es todo en todos" (Col 3,11). 10.- Vivir pobremente 49.- El segundo escollo que debe evitarse con sumo cuidado es el de tener otras miras que no sean las del provecho espiritual. La evidencia de este mal nos ahorra el detenernos mucho en aclararlo. 50.- En efecto, a quien está poseído de la codicia le será imposible que procure, como es su deber, mirar únicamente por la gloria divina; imposible que en la obra de la glorificación de Dios y salud de las almas se halle dispuesto a perder sus bienes y aún la misma vida, cuando así lo reclame la caridad. 51.- Júntese a esto el desprestigio consiguiente de la autoridad del misionero ante los infieles, sobre todo si, como no sería extraño en materia tan resbaladiza, el afán de proveerse de lo necesario degenerase en el vicio de la avaricia, pasión abyecta a los ojos de los hombres y muy ajena del Reino de Dios. 52.- El buen misionero debe, pues, con todo empeño seguir también en este punto las huellas del Apóstol de las Gentes, quien, si no duda en escribir a Timoteo: "Estamos contentos, con tal de tener lo suficiente para nuestro sustento y vestido" 1(Tim 6,8), en la práctica avanzó todavía tanto en su afán de aparecer desinteresado que, aún en medio de los gravísimos cuidados de su apostolado, quiso ganarse el mantenimiento con el trabajo de su propias manos. 11.- Preparación intelectual y técnica 53.- Tampoco debe descuidarse la diligente preparación que exige la vida del misionero, por más que pueda parecer a alguno que no hay por qué atesorar tanto caudal de ciencia para evangelizar pueblos desprovistos aún de la más elemental cultura. 54.- No puede dudarse, es verdad, que en orden a salvar almas, prevalecen los medios sobrenaturales de las virtud sobre los de la ciencia, pero también es cierto que quien no esté provisto de un buen caudal de doctrina se encontrará muchas veces deficiente para desempeñar con fruto su ministerio. 55.- Cuántas veces, sin poder recurrir a los libros i a los sabios, de quienes poder aconsejarse, se verá en la precisión de contestar a muchas dificultades en materia de religión y a consultas muy difíciles. 56.- Está claro que, en estos casos, la reputación social del misionero depende de mostrase docto e instruido y más si se trata de pueblos que se glorían de progreso y cultura; sería muy poco decoroso quedar entonces los maestros de la verdad a la zaga de los ministros del error. 57.- Conviene, pues, que los aspirantes al sacerdocio que se sientan con vocación misionera, mientras se forman para ser útiles en estas expediciones apostólicas, se hagan con todo el acopio de conocimientos sagrados y profanos que las distintas situaciones del misionero reclaman. 58.- Esto queremos, como es justo, se cumpla en las clases del Pontificio Colegio Urbano, instituido para propagar el cristianismo; en el que mandamos, además que en adelante se abran clases en las que se enseñe cuanto se refiere a la ciencia de las Misiones (misionología). 12.- Estudio de las lenguas indígenas 59.- Y ante todo, sea el primer estudio, como es natural, el de la lengua que hablan sus futuros misionados. No debe bastar un conocimiento elemental de ella, sino que se debe llegar a dominarla y manejarla con destreza; porque el misionero ha de consagrarse a los doctos lo mismo que a los ignorantes, y no desconoce cuán fácilmente, quien maneja bien el idioma puede captar los ánimos de los naturales. 60.- Misionero que se precie de diligente en el cumplimiento de su deber no deja completamente en manos de catequistas la explicación de la doctrina, pues considera como una de sus principales ocupaciones, toda vez que para eso, para predicar el Evangelio, ha sido enviado por Dios a las Misiones. 61.- Además, han de ocurrirle casos por sus ministerio de apóstol y de intérprete de religión tan santa, en los que, por invitación o por cortesía, se verá obligado a tener que tratar con los hombres de autoridad y letras de la Misión, y entonces, ¿de qué manera conservará su dignidad si, por ignorancia de la lengua, se ve incapaz de expresar sus sentimientos? 62.- Tal ha sido uno de los fines que recientemente hemos tenido a la vista cuando, para mirar por la propagación e incremento del nombre cristiano entre los orientales, fundamos en Roma una casa de estudios con el intento de que quienes habían de ejercitar el apostolado e aquellas tierras saliesen de ella provistos de la ciencia, conocimiento de la lengua y costumbres y demás requisitos que deben adornar a un buen misionero del Oriente. 63.- Esta fundación nos parece de mucha trascendencia, y así aprovechamos esta oportunidad para exhortar a los superiores de los Institutos religiosos, a los que están confiadas estas Misiones, que procuren cultivar y perfeccionar en estos conocimientos a sus alumnos destinados a las Misiones Orientales. 13.- Santidad de vida 64.- Pero quienes deseen hacerse aptos para el apostolado tienen que concentrar necesariamente sus energías en lo que antes hemos indicado, y que es de suma importancia y trascendencia, a saber: la santidad de la vida. Porque ha de ser hombre de Dios quien a Dios tiene que predicar, como ha de huir del pecado quien a los demás exhorta que lo detesten. 65.- De una manera especial tiene esto explicación tratándose de quien ha de vivir entre gentiles, que se guían más por lo que en que por la razón, y para quienes el ejemplo de la vida, en punto a convertirles a la fe, es más elocuente que las palabras. 66.- Supóngase un misionero que, a las más bellas prendas de inteligencia y carácter, haya unido una formación tan vasta como culta y un trato de gentes exquisito, si a tales dotes personales no acompaña una vida irreprochable, poca o ninguna eficacia tendrá para la conversión de los pueblos, y aún puede ser un obstáculo para sí y para los demás. 67.- El misionero debe ser dechado de todos por su humildad, obediencia, pureza de costumbres, señalándose sobre todo por su piedad y por su espíritu de unión y continuo trato con Dios, de quien ha de procurar a menudo recabar el éxito de sus negocios espirituales, convencido de que la medida de la gracia y ayuda divina en sus empresas corresponderá al grado de su unión con Dios... 68.- Para él es aquel consejo de San Pablo: "Revestíos como escogidos que sois de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de compasión, de benignidad, de modestia, de paciencia" (Col 3,12). Con el auxilio de estas virtudes caerá todos los estorbos y quedará llana y patente a la Verdad la entrada en los corazones de los hombres, porque no hay ninguna voluntad tan contumaz que pueda resistirles fácilmente. 14.- Caridad y mansedumbre 69.- El misionero que, lleno de caridad, a ejemplo de Jesucristo, trata de acrecentar el número de los hijos de Dios, aún con los paganos más perdidos, ya que también estos se rescataron con el precio de la misma sangre divina, ha de evitar lo mismo el irritarse ante su agresividad como el dejarse impresionar por la degradación de sus costumbres; sin despreciarlos ni cansarse de ellos, sin tratarlos con dureza ni aspereza, antes bien ingeniándose con cuantos medios la mansedumbre cristiana pone a su alcance, para irlos atrayendo suavemente hacia el regazo de Jesús, su Buen Pastor. 70.- Medite a este propósito aquello de la Sagrada Escritura: "¡Oh cuán benigno y suave es, Señor tu espíritu en todas las cosas! De aquí es que los que andan perdidos, tú les castigas poco a poco, y les amonestas y les hablas de las faltas que cometen para que, dejada la malicia, crean en ti, oh Señor. Pero como tú eres el soberano Señor de todo, juzgas sin pasión y os gobiernas con moderación suma" (Sab 12,1-2.18). 71.- Porque ¿qué dificultad, molestia o peligro puede haber capaz de detener en el camino comenzado al embajador de Jesucristo? Ninguno, ciertamente; ya que, agradecidísimo para con Dios por haberse dignado escogerle para tan sublime empresa, sabrá soportar y aún abrazar con heroica magnanimidad todas las contrariedades, asperezas, sufrimientos, fatigas, calumnias, indigencias, hambres y hasta la misma muerte, con tal de arrancar una sola alma de las fauces del infierno. 15.- Confianza en Dios 72.- Con esta disposición y estos alientos siga el misionero tras las huellas de Cristo y de sus apóstoles, henchida, sí el alma de esperanza, pero convencido también de que su confianza ha de estribar solamente en Dios. 73.- La propagación de la sabiduría cristiana, lo repetimos, es toda ella obra exclusiva de Dios, pues a sólo Dios pertenece el penetrar en el corazón para derramar allí sobre la inteligencia la luz de la ilustración divina y para enardecer la voluntad con los estímulos de las virtudes, a la vez que prestar al hombre las fuerzas sobrenaturales con las que pueda corresponder y efectuar lo que por la luz divina comprendió ser bueno y verdadero. 74.- De donde se deduce que si el Señor no auxilia con su gracia a su misionero, quedará éste condenado a la esterilidad. Sin embargo, no ha de dejar de trabajar con ahínco en lo comenzado, confiado en que la divina gracia estará siempre a merced de quien acuda a la oración. 16.- Exhortación especial a las misioneras 75.- Al llegar a este punto, o debemos pasar en silencio a las mujeres que, ya desde la cuna misma del cristianismo, aparecen prestando grandísima ayuda y apoyo a los misioneros en su labor apostólica. 76.- Sean nuestras mayores alabanzas en loor de esas vírgenes consagradas al Señor que, en tanto número, sirven a las misiones, dedicadas a la educación de la niñez y al servicio de innumerables instituciones de caridad. 77.- Quisiéramos que esta nuestra recomendación de su benemeritísima labor sirviese para infundirles nuevos ánimos en obra de tanta gloria de la Iglesia. Y persuádanse todas de que el fruto de su ministerio corresponderá a la medida del grado de su entrega a la perfección.
III.- COLABORACIÓN DE TODOS LOS FIELES 17.- Urgidos por la caridad 78.- Tiempo es ya de dirigir nuestra palabra a todos aquellos que, por especial gracia del Señor misericordioso, gozan de la verdadera fe y participan de los innumerables beneficios que de ella dimanan.
79.-
En primer lugar conviene que fijen su atención en aquella santa ley, por
la que están obligados a ayudar a las sagradas Misiones entre los no
cristianos. Porque "mandó (Dios) a cada uno de ellos el amor de su
prójimo" (Eclo 17,12), mandamiento que urge con tanta mayor gravedad
cuanta mayor es la necesidad que pesa sobre el prójimo.
80.-
¿Y qué clase de hombres más acreedores a nuestra ayuda fraternal que los
infieles, quienes, desconocedores de Dios y presa de la ceguera y de las
pasiones desordenadas, yacen en la más abyecta servidumbre del
demonio?
81.-
Por eso, cuantos contribuyeren, en la medida de sus posibilidades, a
llevarles la luz de la fe, principalmente ayudando a la obra de los
misioneros, habrán cumplido su deber en cuestión tan importante y habrán
agradecido a Dios de la manera más delicada el beneficio de la fe.
18.-
La oración
82.-
A tres se reducen los géneros de ayuda a las misiones, que los mismos
misioneros no cesan de encarecérnoslos. Es el primero, fácilmente
asequible a todos, el de la oración, para pedir el favor de Dios. Porque,
según hemos repetido ya varias veces, vana y estéril ha de ser la labor
del misionero si no la fecunda la gracia de Dios. Así lo atestigua San
Pablo: "Yo planté, Apolo regó, pero Dios es quien ha dado el crecimiento"
(1Cor 3,6).
83.-
Sabido es que el único camino para lograr esta gracia es la humilde
perseverancia en la oración, porque "cualquier cosa, dice el Señor, que
pidieren, se las dará mi Padre" (Mt 18,19). Ahora bien, si en materia
alguna, en ésta sin duda más que en otras, es imposible se frustre el
efecto de la oración, ya que no hay petición más excelente ni más del
agrado del Señor.
84.-
Así pues, como Moisés, cuando luchaban los israelitas contra Hamalec,
levantaba sus brazos suplicantes al cielo en la cumbre de la montaña, del
mismo modo, mientras los misioneros del Evangelio se fatigan en el cultivo
de la viña del Señor, todos los fieles cristianos deben ayudarles con sus
oraciones.
85.-
Como para este efecto, hállase ya establecida la asociación llamada
"Apostolado de la Oración" queremos recomendarla aquí encarecidamente a
todos los buenos cristianos, deseando que ninguno deje de pertenecer a
ella, para que así, si no de sobra, al menos por el celo participen de sus
apostólicos trabajos.
19.-
Las vocaciones misioneras
86.-
En segundo lugar, urge la necesidad de cubrir los huecos que abre la
extremada falta de misioneros, que, si siempre grande, ahora, por motivo
de la guerra, preséntase en proporciones alarmantes, de manera que muchas
parcelas de la viña del Señor han tenido que quedar abandonadas.
87.-
Punto es éste, venerables hermanos, que nos obliga a recurrir a vuestra
próvida diligencia; y sabed que será la más exquisita prueba de afecto que
daréis a la Iglesia si os esmeráis en fomentar la semilla de la vocación
misionera, que tal vez empice a germinar en los corazones de vuestros
sacerdotes y seminaristas.
88.-
No os dejéis engañar de ciertas apariencias de bien, ni de meros motivos
humanos, so pretexto de que los sujetos que consagréis a las Misiones
serían una pérdida para vuestras diócesis, ya que, por cada uno que
permitáis salga fuera de ella, el Señor os suscitará dentro muchos y
mejores sacerdotes.
89.-
A los superiores de las Ordenes e Institutos religiosos que tienen a su
cargo Misiones extranjeras les pedimos y suplicamos no dedique a tan
difícil empresa sino sujetos escogidísimos, que sobresalgan por su
intachable conducta, devoción acendrada y celo de las almas.
90.-
Después, a los misioneros que vean son más diestros en amañarse para
arrancar a los pueblos de sus falsas supersticiones, una vez que éstos
vaya consolidando sus misiones, como a soldados avezados de Cristo,
trasládelos a nuevas regiones, encargando gustosos lo ya evangelizado al
cuidado de otros que miren por completar lo adquirido.
91.-
De esta manera, al mismo tiempo que trabajan en el cultivo de una mies
copiosísima, harán descender sobre sus familias religiosas las bendiciones
de la divina Bondad.
20.-
La limosna
92.-
El tercer recurso, y no escaso, que reclama la actual situación de las
Misiones es el de la limosna, ya que, por efecto de la guerra, se han
acumulado sobre ellas necesidades sin cuento.
93.-
¡Cuántas escuelas, hospitales, dispensarios y muchas otras instituciones
gratuitas de caridad deshechas o desaparecidas por completo! Aquí, pues,
hacemos un llamamiento a todos los corazones buenos para que se muestren
generosos en la medida de sus recursos.
94.-
Porque "quien tiene bienes de este mundo y, viendo a su hermano en la
necesidad, cierra las entrañas para no compadecerse de él ¿cómo es posible
que resida en él la caridad de Dios?" (1Jn 3,17)
95.-
Así habla el apóstol San Juan cuando se trata del alivio de las
necesidades temporales. Pero ¿con cuánta mayor exactitud se debe observar
la ley de la caridad en esta causa, donde no se trata solamente de
socorrer la necesidad, indigencia y demás miserias de una muchedumbre
infinita, sino también, y en primer lugar, de arrancar tan gran número de
almas de la soberbia dominación de Satanás para trasladarlas a la libertad
de los hijos de Dios?
21.-
Prioridad de las Obras Misionales Pontificias
96.-
Por lo cual, queremos recomendar a la generosidad de los católicos
favorezcan preferentemente las obras instituidas para ayudar a las
sagradas Misiones.
97.-
Se la primera de éstas la llamada "Obra de la Propagación de la fe",
muchas veces elogiada ya por nuestros predecesores, y a la que quisiéramos
que la Congregación de Propaganda la hiciera con sumo empeño rendir en
adelante todo el ubérrimo fruto que de ella puede esperarse. Porque muy
provista ha de estar la fuente principal, de donde no sólo las actuales
Misiones, sino aún las que todavía estén por establecerse han de surtirse
y proveerse.
98.-
Confiamos, sí, que no consentirá el orbe católico que, mientras los
predicadores del error abundan en dinero para sus propagandas, los
misioneros de la verdad tengan que luchar con la falta de todo.
99.-
La segunda obra, que también recomendamos intensamente a todos, es la de
la Santa Infancia, obra cuyo fin es proporcionar el bautismo a los niños
moribundos hijos de paganos.
100.-
Hácese esta obra tanto más simpática cuanto que también nuestros niños
tienen en ella su participación; con lo cual, a la vez que aprenden a
estimar el valor del beneficio de la fe, se acostumbran a la práctica de
cooperar a su difusión.
101.-
No queremos tampoco dejar de mencionar aquí la "Obra de San Pedro",
instituida con el fin de coadyuvar a la educación y formación del clero
nativo en las Misiones.
102.-
Además, deseamos que se cumpla también lo prescrito por nuestro
predecesor, de feliz memoria, León XIII, a saber: que el día de la
Epifanía del Señor se haga en todas las Iglesias del mundo la colecta
"para redimir esclavos en Africa" y que se remita íntegramente el dinero
recaudado a la Sagrada Congregación de Propaganda
(20 de noviembre de 1890,
Cf. Collectanea n. 1943)
22.-
La Unión Misional del Clero
103.-
Pero, para que estos nuestros deseos lleguen a verificarse con la más
segura garantía y éxito halagador, debéis de un modo especial, venerables
hermanos, organizar vuestro clero en punto de Misiones.
104.-
En efecto: el pueblo fiel siente propensión innata a socorrer con largueza
las empresas apostólicas; y así, ha de ser obra de vuestra diligencia
saber encauzar en bien y prosperidad de las Misiones ese espíritu de
liberalidad.
105.-
Para el logro de esto, sería nuestro deseo se implantase en todas las
diócesis del mundo la "Unión Misional del Clero", sujeta en todo a la
Sagrada Congregación de Propaganda Fide, a la que por nuestra parte hemos
otorgado cuantas atribuciones necesita su perfecto funcionamiento.
106.-
Apenas nacida en Italia, se ha extendido ya por otras varias regiones, y,
objeto juntamente de nuestra complacencia, florece al amparo de no pocos
favores pontificios.
107.-
Y con razón: porque su carácter cuadra perfectamente con el influjo que
debe ejercer el sacerdote, ya para despertar entre los fieles el interés
por la conversión de los gentiles, ya para hacerles contribuir a las obras
misionales, que llevan nuestra aprobación.
CONCLUSIÓN
108.-
He aquí, venerables hermanos, lo que he creído deber escribiros sobre la
difusión del catolicismo por toda la tierra.
109.-
Ahora bien: si cada uno cumpliese con su obligación como es debido, lejos
de la patria los misioneros y en ella los demás fieles cristianos,
abrigamos la confianza de que presto tornarían las misiones a reverdecer
llenas de vida, repuestas ya de las profundas y peligrosas heridas que les
han ocasionado la guerra.
110.-
Y cual si repercutiese aún en nuestros oídos aquella palabra del Señor:
"¡Guía mar adentro!" (Lc 5,4), dicha a San Pedro, a los ardorosos impulsos
de nuestro corazón de padre, sólo ansiamos conducir a la humanidad entera
a los brazos de Jesucristo.
111.-
Porque la Iglesia siempre ha de llevar entrañado en su ser el espíritu de
Dios, rebosante de vida y fecundidad, ni es posible que el celo de tantos
varones, que han fecundado y aún fecundan con sus sudores de apóstol las
tierras por conquistar, carezca de su fruto natural.
112.-
Tras ellos, inducidos sin duda por su ejemplo, surgirán después nuevos
escuadrones que, merced a la caritativa munificiencia de los buenos,
engendrarán para Cristo una numerosa y gozosa multitud de almas.
113.-
Secunde los anhelos de todos la excelsa Madre de Dios y Reina de los
Apóstoles, e impetre la difusión del Espíritu Santo sobre los pregoneros
de la fe.
114.-
Como augurio de tanta gracia y en prenda de nuestro amor, os otorgamos a
vosotros, venerables hermanos y a vuestro clero y pueblo, amantísimamente
la apostólica bendición.
Dado
en Roma, en San Pedro, el 30 de noviembre de 1919, |