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Pío XII Evangelii Praecones Encíclica sobre el modo de promover la Obra Misional (2 de Junio de 1951)
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Con ocasión del
vigésimo quinto aniversario de la encíclica misionera Rerum Ecclesiae, Pío
XII hizo pública su propia encíclica sobre el mismo tema: Evangelii
praecones. En ella armoniza los dos objetivos de la misión: llamada a la
conversión y a la fe, e implantación de la Iglesia principalmente por el
establecimiento de la jerarquía autóctona. No deja de resumir la historia
misionera de los últimos veinticinco años, con persecuciones y martirio,
así como hace una llamada especial a la ayuda misionera precisamente en un
momento de posguerra, también en los países de misión, donde había habido
gran pérdida de misioneros y de obras de apostolado.
La insistencia sobre
el clero nativo camina a la par con la llamada a despertar la conciencia
misionera de todas las Iglesias locales. Se acentúa cada vez más la
necesidad de una preparación especializada para los misioneros, teniendo
en cuenta la urgencia de adaptarse a las culturas y costumbres locales. Un
tema nuevo, al menos en cuanto a la insistencia, es la cooperación de los
seglares y, de modo particular, la Acción Católica en el apostolado
misionero directo.
No hay que olvidar que
Pío XII había ya publicado una encíclica misionera (13 de junio de 1940:
Saeculo exeunte), dirigido a la jerarquía de Portugal, en la que alaba la
gran labor misionera realizada en Africa, América y Asia. En esta
encíclica hay aportaciones de gran valor universal, como es todo lo
referente a la formación de los misioneros.
Posteriormente, Pío
XII publicó una tercera encíclica misionera (Fidei donum, en 1957). Los
temas tratados por este gran Pontífice en todas sus encíclicas tienen ya
una apertura misionera, tanto hacia los sectores de primera evangelización
como hacia la evangelización de la sociedad actual. La naturaleza
evangelizadora de la Iglesia encuentra su mejor explicación en las
encíclicas Mystici Corporis Christi, Mediator Dei y Haurictis aquas, que
tanto influirían en el concilio Vaticano II.
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INTRODUCCION
1.
Los heraldos del Evangelio, que trabajan fatigosamente en inmensos campos
de apostolado para que "la palabra de Dios se propague y sea glorificada"
(2Tes 3,1), se presentan de un modo particular a nuestra mente y a nuestro
corazón, al recurrir el vigésimo quinto aniversario de la encíclica Rerum
Ecclesiae, por la que nuestro predecesor de inmortal memoria, Pío XI,
mediante normas sapientísimas, cuidó de promover más y más las Misiones
católicas. Al considerar cuántos progresos ha hecho esta santísima causa
durante este período, nos llenamos de grande gozo. Pues, como tuvimos
ocasión de afirmar el 24 de junio de 1944, al recibir a los dirigentes de
las Obras Misionales Pontificias, «aquel activo celo de los propagadores
de la religión cristiana, tanto en las religiones que ya están en posesión
de la cruz del Evangelio como entre los gentiles a quienes esta luz no ha
iluminado todavía, alcanzó tal vigor, impulso y amplitud cual quizás nunca
se había registrado en los anales de las Misiones católicas».
2. Mas ahora, cuando corren tiempos
turbios y amenazantes, y no pocos pueblos se separan unos de otros y se
combaten mutuamente, parécenos en gran manera oportuno recomendar de nuevo
con insistencia esta empresa, por cuanto los legados evangélicos inculcan
a todo el mundo la bondad humana y cristiana, y lo exhortan a una
convivencia fraterna que está por encima de las luchas entre los pueblos y
de las fronteras de las naciones.
3.
Al hablar en aquella misma ocasión a los directores de las mencionadas
Obras, dijimos, por eso, entre otras cosas: «La naturaleza de vuestra
vocación, que no se circunscribe a ningunas fronteras nacionales, y
vuestra labor universalista y fraterna ponen ante los ojos de todo el
mundo aquella gloriosa característica de la Iglesia católica que rehúsa
las discordias, evita las discrepancias y es enteramente ajena a aquellas
luchas que perturban a los pueblos y a veces los arruinan miserablemente;
nos referimos a la fe cristiana y a la cristiana caridad para con todos,
la cual pasa más allá de las partes en lucha, más allá de cualesquiera
fronteras entre Estados, más allá de todas las distancias terrestres y de
las inmensidades del océano, y excita y estimula a todos y a cada uno de
vosotros a alcanzar aquella meta que, una vez alcanzada, hará que el Reino
de Dios se extienda a todas las partes de la tierra» .
4. Por lo cual, aprovechando la
oportunidad del vigésimo quinto aniversario de la encíclica Rerum
Ecclesiae, alabamos con gran satisfacción del alma la fecunda labor ya
realizada, y exhortamos a todos a proseguir adelante con el mayor
entusiasmo posible; a todos, decimos: a los venerables hermanos en el
Episcopado, a los propagadores del Evangelio, a los sagrados ministros y a
cada uno de los fieles, tanto a los que trabajan en territorios que aún
hay que cultivar en la verdad cristiana como a los que en cualquier región
del mundo contribuyen a una empresa tan importante, ya elevando a Dios sus
oraciones, ya instruyendo y ayudando a los frutos misioneros, ya también
por medio del óbolo de su limosna.
l. MIRADA RETROSPECTIVA SOBRE LOS ULTIMOS VEINTICINCO AÑOS
2. Auge misionero
5.
En primer lugar, queremos resumir aquí brevemente los progresos felizmente
realizados en este campo. En 1926 existían 400 Misiones y hoy en día son
ya unas 600; los católicos residentes en ellas no llegaban a 15 millones,
mientras hoy son ya casi 20 millones. En aquella misma fecha los
sacerdotes, tanto del clero extranjero como indígena, se acercaban a
14.800, al paso que hoy son ya más de 26.860... Entonces, los sagrados
pastores de casi todas las Misiones provenían del extranjero; en cambio,
durante estos veinticinco años, 88 Misiones han sido confiadas al clero
indígena, y en no pocos territorios la implantación de la jerarquía
eclesiástica y la designación de obispos originarios de los mismos
habitantes de la región demuestran de un modo más elocuente que la
religión de Jesucristo es en realidad «católica», y que en parte alguna
del mundo debe ser tenida por extranjera.
6.
Así, para aducir algunos ejemplos, en China y en algunas regiones del
Africa, la jerarquía eclesiástica ha sido establecida según las normas de
los sagrados cánones. Se han celebrado tres concilios plenarios, todos muy
importantes: el primero en Indochina el año 1934, el segundo en Australia
en 1937, el tercero el año pasado en la India. Los seminarios de estudios
inferiores, que suelen llamarse seminarios menores, han crecido mucho en
número y en importancia; mientras los seminaristas de cursos superiores,
que hace veinticinco años eran sólo 1.770, en la actualidad son 4.300; y
han sido edificados muchos seminarios regionales. En Roma se ha creado el
«Instituto Misionológico» en el Ateneo Urbaniano de Propaganda; también en
Roma, como en otras partes, se han erigido facultades y no pocas cátedras
de «Misionología». En esta misma alma ciudad se ha fundado el Colegio de
San Pedro Apóstol, para que los sacerdotes nativos reciban en él una
formación más honda y más perfecta en los estudios sagrados, en la virtud
y en la preparación al apostolado. Se han fundado además dos
universidades; los colegios de estudios superiores y medios, que antes
eran alrededor de 1.600, pasan hoy de 5.000; las escuelas primarias casi
han duplicado su número, y lo mismo puede decirse de los dispensarios y de
los hospitales, en los cuales son atendidos toda suerte de enfermos, aun
los leprosos. A todo ello hay que añadir todavía que la Unión Misional del
Clero ha tomado un gran incremento en este período, que ha surgido la
Agencia Fides, cuyo fin es obtener, suministrar y divulgar informaciones
sobre los sucesos religiosos; que los escritos impresos se multiplican y
difunden más y más casi en todas partes, que se han celebrado no pocos
congresos para promover las Misiones, entre los cuales es digno de
especial recuerdo el celebrado en Roma durante el Año Santo, el cual
demostró elocuentemente cuántas cosas y cuán grandes se han realizado en
esta empresa; que poco antes se había celebrado un Congreso Eucarístico en
Kumasi (Costa de Oro, Africa), notable por la muchedumbre de los
asistentes, admirable por el fervor y la piedad; y, finalmente, que hemos
señalado un día al año para promover con la oración y la limosna la «Obra
Pontificia de la Santa Infancia». Todo lo cual claramente manifiesta que
las iniciativas apostólicas, empleando métodos nuevos y más adaptados,
responden oportunamente a las nuevas circunstancias y a las necesidades
cada día mayores de nuestros tiempos.
7. Tampoco hay que pasar en
silencio que en este lapso de tiempo han sido creadas legítimamente en
varias regiones cinco Delegaciones Apostólicas dependientes de la Sagrada
Congregación de Propaganda Fide, además de que existen no pocos
territorios de Misiones sometidos a nuncios o internuncios apostólicos. Y,
a este propósito, nos es grato afirmar que la presencia y la actividad de
estos prelados han dado ya ubérrimos frutos, sobre todo consiguiendo que
los trabajos apostólicos de los misioneros contribuyesen a alcanzar la
meta común más ordenadamente y en más íntima cooperación. Para obtener lo
cual, no poco han ayudado además nuestros legados, ya visitando con
frecuencia cada una de las regiones, ya interviniendo a veces con nuestra
autoridad en las reuniones de los obispos, en las que los ordinarios
locales exponían lo que la experiencia les había enseñado y a los demás
pudiera ser útil, y de común acuerdo adoptaban métodos de apostolado más
aptos y más fáciles, Esta fraterna unión en la fe y en las obras
apostólicas ha traído también la ventaja de que las autoridades civiles y
los no católicos tengan mayor estima de la religión cristiana.
8.
Lo que hemos mencionado aquí brevemente por escrito acerca de los
progresos misionales en el transcurso de estos veinticinco años, y lo que
pudimos ver Nos mismo durante el Año Santo, cuando muchedumbres no
pequeñas vinieron a Roma desde remotas tierras cultivadas por los
predicadores del Evangelio, para alcanzar los dones sobrenaturales de Dios
y nuestra bendición, todo ello, decimos, nos mueve vehementemente a
formular de nuevo los encendidos deseos del Apóstol de las Gentes, quien
escribe a los Romanos: «que yo os comunique alguna gracia espiritual con
la que seáis fortalecidos; quiero decir que, hallándome entre vosotros,
podamos consolarnos mutuamente por medio de la fe, que es común a vosotros
y a Mí» (Rom 1,11-12).
9. Parécenos que el mismo Divino
Maestro nos repite a todos aquellas palabras llenas de consolación y de
aliento: «Alzad vuestros ojos, tended la vista por los campos y ved ya las
mieses blancas y a punto de segarse» (Jn 4,35). Con todo eso, como los
propagadores del cristianismo no pueden dar abasto a las necesidades
presentes, a esas palabras corresponde en cierto modo aquella invitación
del mismo divino Redentor: «La mies es verdaderamente mucha, mas los
obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obrerosa su
mies» (Mt 9,37-38).
10.
Sabemos en verdad, no sin grande consolación del alma, que el número de
los que actualmente, movidos por cierta inspiración divina, se sienten
llamados a la grande empresa de propagar el Evangelio por todas partes del
mundo, aumenta felizmente, y con él crece la firme esperanza de la
Iglesia. Pero aún queda mucho por hacer; es mucho lo que hay que alcanzar
de Dios por medio de la oración. Recapacitando sobre aquellas innumerables
gentes que por medio de estos ministros sagrados han de ser llamadas a un
solo redil y a un solo puerto de salvación, Nos elevamos al celestial
Príncipe de los Pastores esta súplica del Eclesiástico: «Así como a vista
de sus ojos demostraste en nosotros tu santidad, así también a nuestra
vista muestres en ellos tu grandeza; a fin de que te conozcan, como
nosotros hemos conocido, oh Señor, que no hay otro Dios fuera de ti» (Eclo
36,4-5).
3. Persecución y martirio
11.
Este salutífero incremento que la empresa misional ha tenido se debe no
sólo a los arduos trabajos de los sembradores de la palabra divina, sino
también a mucha sangre vertida generosamente por el martirio. Pues en el
decurso de estos años no faltaron, en algunas naciones, acérrimas
persecuciones contra la naciente Iglesia; y en nuestros días no faltan
tampoco en el Extremo Oriente regiones purpuradas con sangre santa por
este motivo. Pues ha llegado hasta Nos que no pocos fieles, por el solo
hecho de haber sido y ser fidelísimos a su religión, al igual que vírgenes
consagradas a Dios, misioneros, sacerdotes indígenas y aun algunos
obispos, se han visto desposeídos de sus casas y de sus bienes, y perecen
de hambre en el destierro, o se hallan detenidos en prisiones, cárceles y
campos de concentración, o a veces han sido bárbaramente asesinados.
12.
Nuestra alma se llena de la mayor tristeza cuando pensamos en las
angustias, en los dolores y en la muerte de estos queridísimos hijos
nuestros; no sólo sentimos hacia ellos un afecto paterno, sino que aun los
veneramos con paternal reverencia, puesto que sabemos perfectamente que su
altísima vocación se ve a veces elevada a la dignidad misma del martirio.
Jesucristo, el Príncipe de los mártires, dijo: «Si me han perseguido a mí,
también os han de perseguir a vosotros» (Jn 15,20); «en el mundo tendréis
grandes tribulaciones; pero tened confianza, Yo he vencido al mundo» (Jn
16,33); «si el grano de trigo, después de echado en la tierra, no muere,
queda infecundo; mas si muere, produce mucho fruto» (Jn 12,24-25)
13.
Los propagadores y heraldos de la verdad y de las virtudes cristianas que,
lejos de sus hogares, sucumben a la muerte en el ejercicio de este
santísimo oficio, con semillas de las que algún día, cuando Dios disponga,
germinarán ubérrimos frutos. Por lo cual afirmaba el apóstol San Pablo:
«Nos gloriamos en las tribulaciones» (Rom 5,3); y San Cipriano, obispo y
mártir, consolaba y animaba a los cristianos de su tiempo con estas
palabras: «Quiso el Señor que nosotros nos alegrásemos y nos gozásemos en
las persecuciones, porque, cuando hay persecuciones, entonces hay también
corazones de fe, se prueban los soldados de Dios y se abren los cielos a
los mártires. No nos alistamos en este ejército para pensar sólo en la
paz, evitando y rehuyendo el servicio militar; pues que el primero que
militó en este ejército fue el mismo Señor, maestro de humildad, de
paciencia y de sufrimiento, haciendo El mismo por nosotros lo que exhorta
a padecer»
14.
Estos sembradores del Evangelio, que hoy trabajan denodadamente en
apartadas regiones, promueven una empresa semejante a la que incumbía a la
primitiva Iglesia. Pues casi en las mismas circunstancias vivían en Roma
los que con los príncipes de los apóstoles, San Pedro y San Pablo,
introducían la verdad evangélica en la fortaleza del Imperio romano. Quien
considere que en aquellos tiempos la Iglesia naciente carecía de recursos
humanos, mientras era oprimida con tribulaciones, trabajos y
persecuciones, no podrá menos de admirarse vehementemente viendo que un
inerme puñado de cristianos venció a la mayor potencia que tal vez jamás
haya existido. Lo que entonces sucedió, sin duda sucederá también de nuevo
una y otra vez. Como el joven David, fiado más en el auxilio de Dios que
en su honda, echó por tierra al gigante Goliat protegido por su armadura
de hierro, así aquella divina sociedad fundada por Jesucristo no podrá
jamás ser vencida por ningún poder humano, sino que superará todas las
persecuciones con frente serena. Aunque bien sabemos que ello proviene de
las divinas promesas, que no fallarán nunca, no podemos menos de
manifestar nuestro agradecimiento a los que han atestiguado su fe invicta
e impávida en Jesucristo y en la Iglesia, columna y apoyo de la verdad (cf
1Tim 3,15), a la vez que los exhortamos a que con la misma constancia
prosigan por el camino comenzado.
15.
Con mucha frecuencia nos llegan noticias de esa fe invicta y de ese valor
esforzado, que nos llenan de grande consuelo. Y si no han faltado quienes
intentasen separar de esta alma Urbe y de esta Sede Apostólica a los hijos
de la Iglesia católica, como si el amor y la fidelidad a la nación propia
demandara esa separación, ellos, empero, han podido y pueden responder con
toda razón que no ceden en amor patrio a ninguno de sus conciudadanos,
pero que con la mayor sinceridad de miras desean gozar de la justa
libertad.
4. Lo que queda por hacer
16.
Ante todo hay que tener presente el hecho que ya hemos indicado: lo que en
esta empresa queda aún por realizar exige un trabajo en verdad ingente e
innumerables operarios. Acordémonos de que aquellos hermanos nuestros que
«yacen entre las tinieblas y las sombras» (Sal 106,10) son una gran
multitud de hombres que puede calcularse en unos mil millones. Parece,
Pues, que aún resuena aquel gemido inenarrable del amantísimo Corazón de
Jesucristo: «Tengo también otras ovejas que no son de este aprisco, las
cuales debo Yo recoger, y oirán mi voz, y se hará un solo rebaño y un solo
pastor» (Jn 10,16).
17.
Y no faltan pastores, como bien sabéis, venerables hermanos, que se
esfuerzan por separar a las ovejas de este único aprisco y de este único
puerto de salvación; y sabéis también que tal peligro en algunas partes es
cada día mayor. Por lo cual Nos, considerando ante Dios la inmensa
multitud de hombres que todavía están privados de la luz de la verdad
evangélica y a la vez ponderando como conviene el grave peligro en que
muchos se encuentran, debido al creciente materialismo ateo o a cierta
doctrina que se dice cristiana, pero que en realidad está contagiada de
los errores y falsedades del comunismo, nos sentimos movidos, con intensa
solicitud y ansiedad del alma, a promover en todas partes y con todos los
medios posibles las obras de apostolado, y estimamos como dirigida a Nos
mismo aquella exhortación del profeta: «Clama, no ceses, haz resonar tu
voz como una trompeta» (Is 58,1).
18.
Y de un modo particular encomendamos a Dios a los operarios apostólicos
que trabajan en las regiones interiores de la América Latina, teniendo
bien sabido a qué peligros y a cuántas insidias están expuestos por parte
de los errores de los no católicos, que se difunden, ya abierta, ya
solapadamente.
II. PRINCIPIOS Y NORMAS DE ACCION MISIONERA
5.
Formación de los misioneros
19.
A fin de que la obra de los predicadores del Evangelio sea cada día más
eficaz y ni una sola gota de su sudor y de su sangre caiga en tierra
inútilmente, deseamos exponer aquí brevemente los principios y las normas
que deben regular las actividades y el celo de los misioneros.
20.
Y desde el principio hay que advertir que el que es llamado por divina
inspiración a cultivar en la verdad evangélica y la virtud cristiana los
lejanos campos de la gentilidad, ha recibido una vocación en verdad
grandiosa y excelsa. Porque el misionero consagra a Dios la vida, a fin de
que su Reino se propague hasta los últimos confines de la tierra. El
misionero no busca sus propios intereses, sino los de Jesucristo (Flp
2,21). El misionero considera como suyas estas palabras del Apóstol de las
Gentes: «Somos embajadores de Cristo» (2Cor 5,20) «porque aunque vivimos
en carne, no militamos según la carne» (2Cor 10,13). «Me hice débil con
los débiles, por ganar a los débiles» (1Cor 9,22). El misionero debe, por
tanto, considerar la región a la que ha ido a llevar la luz del Evangelio
como una segunda patria, y amarla con el debido amor, de modo que no
busque ventajas terrenas ni lo que favorezca a su nación o a su Instituto
religioso, sino ante todo lo que sirva a la salvación de las almas. Ha de
amar, sí, íntimamente a su nación y a su familia religiosa, pero con más
ardiente entusiasmo ha de amar a la Iglesia. Y acuérdese de que nada que
perjudique al bien de la Iglesia puede ser provechoso a su
Congregación.
21. Es además necesario que los que
son llamados a este género de apostolado, mientras todavía están en la
patria, no sólo se formen en la práctica de todas las virtudes y sean
instruidos en todas las disciplinas eclesiásticas, sino aprendan también
aquellas ciencias y artes que, cuando estén predicando el Evangelio en las
naciones extranjeras, les han de ser de suma utilidad. Así conviene que
estén versados en lenguas, sobre todo las que el día de mañana les serán
necesarias, y que adquieran una suficiente instrucción en algunos tratados
pertenecientes a la medicina, a la agricultura, a la etnografía, a la
historia, a la geografía y a otras ciencias semejantes.
6. Objetivo de la acción
misional
22.
El intento primario de las Misiones es, como todos saben, el que brille
con más esplendor la luz de la verdad cristiana en otras naciones y se
consignan nuevos cristianos. Pero es necesario tiendan también, como
última meta -y esto conviene tenerlo siempre ante los ojos-, a que la
Iglesia se establezca sólidamente en otros pueblos y se constituya en
ellos una jerarquía propia, formada con elementos indígenas.
23.
En la carta que el año pasado, el 9 de agosto, Nos dirigimos a nuestro
querido hijo el cardenal presbítero de la Santa Romana Iglesia Pedro
Fumasoni Biondi, prefecto de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide,
escribíamos, entre otras cosas: «La Iglesia ciertamente no abriga ambición
alguna de dominio sobre los pueblos o sobre las cosas meramente
temporales. Su único anhelo es el de llevar la luz sobrenatural de la fe a
todas las gentes, de favorecer el incremento de la cultura humana y civil
y la concordia fraterna entre los pueblos».
24.
En la carta apostólica Maximum illud, de nuestro predecesor, de inmortal
memoria, Benedicto XV, escrita en 1919, y en la encíclica Rerum Ecclesiae,
de nuestro inmediato predecesor de feliz memoria Pío XI, se decía que en
las Misiones todos deberían trabajar denodadamente hasta obtener este
supremo ideal: que la Iglesia se funde en nuevos territorios. Y Nos mismo,
cuando, como más arriba dijimos, en 1944 recibimos en audiencia a los
directores de las Obras Misionales, pronunciamos las siguientes palabras:
«El fin que con grandeza y generosidad de ánimo pretenden los misioneros
es propagar de tal modo la Iglesia por nuevas regiones, que eche allá
raíces cada día más profundas y llegue cuanto antes, en virtud del
crecimiento conseguido, a poder vivir y florecer sin la ayuda de las Obras
Misionales. Estas Obras Misionales no son un fin en sí mismas; deben
tender con todo empeño y energía al sublime ideal que antes indicamos; y
una vez que lo hayan conseguido, deben dirigirse de buen grado a iniciar
otras empresas». Por lo cual, los sembradores y propagadores de la divina
palabra no permanecen como en casa propia en los campos de apostolado ya
cultivados; su oficio es más bien iluminar a todo el orbe con la verdad
evangélica y consagrarlo con la santidad cristiana. El fin que pretende el
misionero es éste: hacer avanzar con paso cada vez más veloz el Reino del
Divino Redentor, que resucitó triunfante de la muerte, y a quien se le ha
dado toda potestad en el cielo y en la tierra (cf Mt 28,18), hasta
conseguir que este Reino llegue aun a la más remota e ignorada cabaña y al
hombre más lejano y desconocido».
7. Clero nativo
25.
Es evidente que la Iglesia no podrá establecerse convenientemente en
nuevos territorios si no ha precedido una oportuna y apta organización de
las diversas obras, y sobre todo una formación del clero indígena
acomodada a las necesidades de la región. Deseamos en este punto repetir
algunas expresiones importantes y sabias de la encíclica Rerum Ecclesiae:
«Ahora bien: si cada uno de vosotros ha de tomar a pecho el aumentar lo
más posible el número de sus seminaristas, con mayor cuidado aún debe
formarlos en la virtud propia del estado sacerdotal y en el espíritu de
apostolado y celo de las almas, de modo que se hallen dispuestos hasta a
dar la vida por la salud espiritual de sus compatriotas».
«Supóngase
que por una guerra o por otros acontecimientos políticos que pueden
sobrevenir en el país que se misiona y, como consecuencia de ello, se pida
o decrete la expulsión de los misioneros de tal o cual nación que allí
trabajan, o también, aunque esto pueda ocurrir en menor escala, las
aspiraciones de ciertos pueblos de Misiones, más civilizados y más cultos,
de bastarse a sí propios en todo, sobre todo si determinan para lograrlo
el arrojar violentamente de sus territorios a gobernantes, tropas y
misioneros venidos de la metrópoli. En tales casos, ¿cuál no sería la
ruina de la Iglesia en aquellos países, si antes no se tuvo la precaución
de asegurar, como con una red organizada de sacerdotes indígenas, todo el
campo de las cristiandades?»
26.
Al ver cómo en no pocas regiones del Extremo Oriente se han cumplido estas
previsiones de nuestro inmediato predecesor, sentimos una íntima tristeza.
Misiones que estaban muy florecientes, «blancas ya a punto de segarse» (Jn
4,35), hoy por desgracia sufren gravísimas dificultades. Ojalá pudiéramos
esperar que los pueblos de Corea y de China, de sentimientos naturalmente
humanos y nobles, y que brillaron desde antaño por el esplendor de su
civilización, se vean pronto libres no sólo de las luchas turbulentas y
conflictos bélicos, sino también de aquella doctrina funesta que busca
solamente los bienes terrenos y rechaza los celestiales; y, por tanto, que
aprecien justamente la caridad y virtud de los misioneros extranjeros y de
los sacerdotes nativos, que con sus trabajos y, cuando es necesario, con
el sacrificio de la misma vida, no pretenden sinceramente sino el
verdadero bien del pueblo.
27.
Damos a Dios gracias perpetuas de que en ambas naciones crece el clero
indígena, esperanza de la Iglesia, y de que no pocas diócesis han sido
allí confiadas a obispos del país. El que se haya podido llegar a eso
redunda en alabanza de los misioneros extranjeros.
28.
En este punto nos parece conveniente notar una norma que juzgamos se debe
tener muy presente cuando las Misiones, que antes eran confiadas al clero
extranjero, se encargan a la dirección de obispos y sacerdotes indígenas.
El Instituto religioso, cuyos miembros labraron con el sudor de su frente
el campo del Señor, cuando por orden de la Sagrada Congregación de
Propaganda Fide confía a otros operarios la viña por ellos cultivada y
cargada ya de copiosos frutos, no crea que por eso deba abandonarla; hará
obra útil y oportuna si continuara prestando su colaboración al nuevo
obispo indígena. Porque, así como en todas las demás diócesis del mundo
los religiosos ayudan comúnmente al Ordinario local, de la misma manera en
las Misiones no dejen dichos religiosos, aunque extranjeros de tomar parte
en la santa batalla como fuerzas auxiliares, así se realizarán felizmente
las palabras pronunciadas por el Divino Maestro junto al pozo de Sicar:
«Aquel que siega recibe su jornal y recoge frutos para la vida eterna, a
fin de que igualmente se gocen así el que siembra como el que siega» (Jn
4,36).
8. Cooperación de los seglares y de
la Acción Católica
A)
Resumen histórico
29.
Deseamos además dirigirnos y exhortar en esta encíclica no sólo a los
sacerdotes o misioneros, sino también a los seglares que «con grande
espíritu y con un ánimo fervoroso» (2Mac 1,3) ayudan a las Misiones en las
filas de la «Acción Católica».
30.
Puédese afirmar que esta ayuda de los seglares, que hoy llamamos Acción
Católica, no faltó desde los orígenes de la Iglesia; más aún, se puede
decir que de ella recabaron los apóstoles y los demás propagadores del
Evangelio no pequeño auxilio, y la religión cristiana no exiguo
incremento. Así, v.gr., el Apóstol de las Gentes hace mención de Apolo,
Lidia, Aquila, Priscila y Filemón; y escribe estas palabras en la carta a
los Filipenses: «También te pido a ti, fiel compañero, que asistas a los
que conmigo han trabajado por el Evangelio, con Clemente y los demás
coadjutores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida» (Flp
,3).
31. Del mismo modo, nadie ignora
que la fe cristiana la propagaron por las vías del imperio no sólo los
obispos y sacerdotes, sino también las autoridades civiles, los soldados y
los simples ciudadanos. Millares de cristianos, recientemente convertidos
a la fe católica, cuyos nombres hoy nos son desconocidos, anhelando
ardientemente extender la nueva religión que habían abrazado, se
esforzaban por preparar el camino a la verdad evangélica; y así sucedió
que en urios cien años el nombre y la virtud cristiana penetraron en todas
las principales ciudades del Imperio romano.
32.
San Justino, Minucio Félix, Arístides, el cónsul Acilio Glabrión, el
patricio Flavio Clemente, San Tarsicio e innumerables santos y santas
mártires, que corroboraron y fecundaron la Iglesia naciente con sus
trabajos y con el derramamiento de su sangre, pueden en cierta manera
llamarse adalides y precursores de la Acción Católica. Queremos citar
aquellas hermosísimas palabras del autor de la Carta a Diogneto, palabras
que conservan todavía hoy toda su fuerza amonestadora: «Los cristianos
habitan en su propia patria, pero como forasteros... cualquier nación
extranjera es patria para ellos, y cualquier patria es lugar de paso»
(Epístola ad Diognetum 5,5).
33.
En la Edad Media, en tiempo de las invasiones de los bárbaros, vemos
señores príncipes y nobles damas, humildes artesanos y mujeres animosas
del pueblo cristiano trabajar con todas sus fuerzas para que sus
compatriotas se convirtiesen a la religión de Jesucristo y se conformasen
a ella sus costumbres, y para que la religión y civilización se
conservasen en aquellas peligrosas circunstancias. Así, cuando nuestro
inmortal predecesor León Magno resistió valientemente a Atila, que invadía
Italia, iba acompañado de dos consulares romanos, según refiere la
historia. Cuando las hordas terribles de los hunos asediaban París, la
santa virgen Genoveva, que tenía sus delicias en la continua oración y
áspera penitencia, atendió según sus fuerzas y con admirable caridad a las
necesidades corporales y espirituales de sus conciudadanos. Teodolinda,
reina de los lombardos, consiguió la conversión de su pueblo a la religión
cristiana. Recaredo, rey de España, se esforzó por convertir a su nación
de la herejía arriana a la verdadera fe. En la Galia no solamente se
encuentran prelados -como, Remigio de Reims, Cesáreo de Arlés, Gregorio de
Tours, Eloy de Nimega y otros muchos- que resplandecieron por su virtud y
celo apostólico, sino también reinas, que en aquellos tiempos adoctrinaban
en la verdad cristiana a los iletrados e ignorantes, sustentaban a los
hambrientos y aliviaban y consolaban todas las miserias: son ejemplos de
esto Clotilde, que atrajo el ánimo de Clodoveo hacia la religión católica,
hasta que logró llevarlo de buen grado a la fuente bautismal; Radegonda y
Batilda, que cuidaban con gran caridad a los enfermos y curaban aun a los
leprosos. En Inglaterra, la reina Berta recibió a San Agustín, apóstol de
los ingleses, y de propósito persuadió a su esposo, Etelberto, a acoger
favorablemente la ley evangélica. Apenas los anglosajones, nobles y
plebeyos, hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, abrazaron la fe
cristiana, arrastrados como por un impulso del amor divino, se unieron a
esta Sede Apostólica con estrechísimos vínculos de piedad, de fidelidad y
de reverencia.
34.
De igual modo, la Germania ofrece un espectáculo maravilloso cuando San
Bonifacio y sus compañeros recorren aquellas regiones en sus viajes
apostólicos y las fecundan con su generoso sudor. Los hijos e hijas de
aquel noble pueblo prestaron a porfía su colaboración activa a los monjes,
a los sacerdotes y a los obispos, para que la luz de la verdad evangélica
difundiese cada día más lejos sus rayos en aquellas vastas regiones, y la
doctrina y virtud cristiana hiciesen cada día mayores progresos con
abundantes frutos de salvación.
35.
La Iglesia católica, pues, no sólo con la labor infatigable del clero,
sino también con la cooperación de los seglares, fue siempre aumentando la
religión y conduciendo los pueblos a un mayor bienestar aun en el terreno
social. Todos conocen lo que en este campo realizaron Santa Isabel,
duquesa de Turingia, en Alemania; San Fernando, rey de Castilla; San Luis
IX, de Francia: todos éstos, con su santidad y su actividad asidua,
contribuyeron a vigorizar saludablemente los órdenes varios de la
sociedad, ya iniciando obras benéficas, ya propagando en todas partes la
verdadera religión, ya protegiendo con firmeza a la Iglesia, ya
principalmente precediendo a todos con el ejemplo. Ni son desconocidos los
méritos de las asociaciones de seglares de la Edad Media; en ella eran
recibidos artesanos y obreros de ambos sexos que, continuando a vivir en
el mundo, se proponían una elevada norma de perfección evangélica,
aspiraban a ella con entusiasmo y, en colaboración con el clero, se
esforzaban por que todos los demás tendiesen también a conseguirla. B) Importancia actual
36.
Ahora bien: las circunstancias que existían en los primeros tiempos de la
Iglesia son las mismas en que se encuentra hoy la mayor parte de los
países evangelizados por los misioneros; o por lo menos se debaten con las
mismas dificultades a cuya solución fue necesario atender en épocas
siguientes. Por lo cual, conviene absolutamente que los seglares unan allí
su actividad generosa, diligente y laboriosa con el apostolado jerárquico
del clero, engrosando las filas de la Acción Católica. La obra de los
catequistas es ciertamente necesaria y deseamos que se les tenga en el
debido honor; con todo, no lo es menos aquella actividad asidua de los
que, sin esperar compensación humana, sino movidos sólo por la caridad
divina, ayudan y auxilian a los ministros sagrados en el desempeño de su
ministerio. Deseamos, por consiguiente, que en todas partes se creen
asociaciones católicas de hombres y mujeres, de estudiantes, de obreros y
artesanos, de deportistas y otras corporaciones y uniones piadosas, que
sean como las fuerzas auxiliares de los misioneros. En la constitución y
formación de las cuales se ha de mirar más a la bondad, virtud y actividad
que al número.
37.
Conviene advertir además que nada contribuye tanto a conquistar la
confianza de los padres y madres de familia hacia los misioneros como
encargarse con diligencia del cuidado de sus hijos, los cuales, si se
aplican a conocer la verdad cristiana y a adquirir las virtudes,
conferirán vitalidad, honor y gloria no sólo a su familia, sino a la
población entera, y muchas veces se obtendrá con este medio que la vida de
la comunidad cristiana, tal vez un tanto relajada, recobre felizmente el
antiguo vigor.
38.
Aunque, como todos saben, la Acción Católica despliegue su actividad
principalmente promoviendo las obras de apostolado cristiano, nada impide
que los inscritos en ella puedan participar en otras asociaciones cuyo fin
sea el conformar la vida social y política a los principios y normas
evangélicas; aún más, no sólo como ciudadanos, sino también como católicos
tienen el derecho y el deber de obrar así.
9.
En el campo de la educación, prensa y acción caritativa
39.
Como quiera que los jóvenes, principalmente los que se forman en las
letras, en las ciencias y en las artes, serán la clase directora del
futuro, no hay quien no vea cuánto importe que se ponga sumo interés en
las escuelas y en los colegios. Exhortamos, pues, paternalmente a los
superiores de Misiones a que promuevan estas instituciones con todas sus
fuerzas, sin escatimar gastos, según las posibilidades de cada uno.
40.
Pues las escuelas y los colegios producen, ante todo, este fruto: que por
medio de ellos se establezcan oportunas relaciones entre los misioneros y
los paganos de todas clases, y que principalmente la juventud, modelable
como blanda cera, se sienta más fácilmente atraída a entender, estimar y
abrazar la doctrina católica. Estos jóvenes así formados, es claro, son
los futuros directores de la nación, y los pueblos los seguirán como guías
y maestros. El Apóstol de las Gentes explicó la sabiduría evangélica ante
una asamblea de hombres doctísimos cuando anunció el Dios ignoto en el
Areópago de Atenas. Y si, aun empleados estos recursos, no se lograre que
muchos se entreguen completamente a obedecer a los preceptos del Divino
Redentor, bastantes serán los que se sientan conmovidos suavemente, al
considerar la belleza de esta religión y la caridad de sus
seguidores.
41. Estas escuelas y colegios son
además utilísimos para la refutación de toda clase de errores, que hoy se
difunden cada vez más por la obra principalmente de los no católicos y de
los comunistas, y oculta o manifestamente se inoculan sobre todo en las
almas de los jóvenes.
42. No es menos útil la edición y
divulgación de buenas publicaciones. Creemos que no es necesario insistir
mucho en este punto; es manifiesto a todos cuánto contribuyen los
periódicos, revistas y folletos a ilustrar la verdad y la virtud, e
inculcarles en las inteligencias y en los corazones, a desenmascarar el
error disfrazado con apariencias de verdad, a refutar las falsas opiniones
que ultrajan a la religión o exponen equivocadamente cuestiones muy
debatidas de orden social con perjuicio de las almas, mucho alabamos,
pues, a aquellos Pastores de almas que tienen sumo interés en que se
propaguen lo más posible escritos de este género, cuidadosamente
elaborados e impresos.
43.
Queremos también recomendar aquí con ahínco las obras y empresas que
tienden a remediar en lo posible las enfermedades, dolencias y toda clase
de sufrimientos. Nos referimos a los hospitales, a las leproserías, a los
dispensarios, a los asilos de ancianos y de niños, a las casas de
maternidad, y a los demás institutos que, según las posibilidades, ofrecen
refugio a los indigentes. Estas instituciones, que nos parecen las más
hermosas flores del jardín en que trabajan los sembradores de la palabra
evangélica, ponen ante los ojos de todos la imagen del Divino Redentor,
«el cual pasó haciendo el bien y curando a todos» (He 10,38).
44.
Está fuera de duda que estas obras insignes de caridad preparan
eficacísimamente los ánimos de los gentiles, y los atraen a profesar la fe
cristiana y a abrazar la ley cristiana; y por esto dijo Jesucristo a los
apóstoles: «En cualquier ciudad en que entrarais y os hospedaran... curad
los enfermos que en ella hubiese, y decidles: el Reino de Dios está cerca
de vosotros» (Lc 10,8-9).
45.
Sin embargo, es necesario que los religiosos que se sientan llamados a
ejercer con fruto estos ministerios, cuando aún se hallen en su propia
patria, adquieran aquella preparación intelectual y moral que la moderna
técnica exige. Sabemos que no faltan religiosas que, habiendo obtenido
títulos académicos para ejercitar esta profesión, se han hecho acreedoras
de merecida alabanza, investigando con estudios especiales algunas
terribles enfermedades, como la lepra, y descubriendo remedios eficaces. A
ellas, como a todos los misioneros que generosamente ejercen su ministerio
en las leproserías, bendecimos con ánimo paterno y encomiamos con
admiración su caridad sublime. 46. En medicina y cirugía será conveniente valerse de la cooperación de seglares que no sólo hayan adquirido ya los grados académicos que los capaciten al ejercicio de esta profesión y voluntariamente se decidan a abandonar su patria para ayudar a los misioneros, sino además posean las cualidades necesarias de sana doctrina y de virtud. 10. Doctrina y práctica social de la Iglesia 47. Pasemos ahora a otro punto, que no es de menor importancia y gravedad: deseamos decir una palabra sobre la cuestión social, que se debe regular según las normas de la justicia y de la caridad. Mientras las doctrinas comunistas, que se difunden hoy por todas partes, engañan fácilmente la simplicidad e ignorancia del pueblo, parecen resonar en nuestros oídos las palabras de Jesucristo: «Tengo compasión de esta muchedumbre» (Mc 8,2). Es absolutamente necesario que se lleven cuidadosa y diligentemente a la práctica los rectos principios que sobre este punto enseña la Iglesia. Es absolutamente necesario conservar inmunes de aquellos perniciosos errores a todos los pueblos, y si han sido ya inficionados, librarlos de estas doctrinas nocivas, que proponen a los hombres, como meta única de esta vida mortal, el goce del mundo presente, y, como quiera que conceden al poder y arbitrio del Estado poseer y regular todo lo que existe, de tal manera disminuyen la dignidad de la persona humana, que casi la reducen a la nada. Es absolutamente necesario que pública y privadamente se enseñe a todos que somos desterrados, que caminamos hacia una patria inmortal, y que hemos sido destinados a una vida eterna y a una eterna felicidad, la cual debemos finalmente conseguir guiados por la verdad y movidos por la virtud. Jesucristo es el único defensor de la justicia humana y el único consolador suavísimo del dolor humano, inevitable en esta vida; El es el único que nos muestra el puerto de la paz, de la justicia y del gozo eterno, al cual todos los que hemos sido redimidos con la sangre divina es menester que lleguemos después de la peregrinación terrena.
48. Pero es deber de todos mitigar,
suavizar y aliviar, en cuanto sea posible, las angustias, las miserias y
las inquietudes que en esta vida padecen nuestros hermanos.
49. La caridad puede remediar en
alguna manera muchas de las injusticias sociales; pero no suficientemente.
Ante todo es menester que se haga valer, que se imponga y se practique la
justicia.
50.
A este propósito queremos repetir (traduciéndolo del latín) lo que el año
1942, en la víspera de Navidad, dijimos ante el Sacro Colegio de
Cardenales y demás Prelados reunidos: «La Iglesia, así como condenó los
varios sistemas del socialismo que siguen la doctrina de Carlos Marx, de
igual modo los condena hoy de nuevo, como lo exige su deber y como lo pide
la salvación eterna de los hombres, que este modo sofistico de argumentar
y estas instigaciones insidiosas ponen en grave peligro. Pero la Iglesia
no puede ignorar o dejar de percatarse que los obreros, en el esfuerzo por
mejorar su condición, tropiezan con frecuencia contra cierto mecanismo
que, lejos de ser conforme a la naturaleza, está en oposición con el orden
establecido por Dios y con el fin que El ha señalado a los bienes
terrenos. Por lo tanto, aunque los caminos y los modos que antes decíamos
deban ser reprobados como perniciosísimos, ¿qué cristiano, qué sacerdote
podrá permanecer sordo al grito que se levanta de lo profundo del alma y
que, en un mundo creado por un Dios justo, pide justicia y convivencia
fraterna de todos los hombres? Prescindir de ello, silenciarlo, sería una
culpa injustificable delante de Dios; sería contrario a la doctrina del
Apóstol, quien, si inculca la necesidad de refutar los errores, enseña
también que es necesario salir al encuentro de los descarriados con suma
benignidad, y ponderar sus razones, fomentar su confianza y llenar sus
anhelos.
51. Por lo cual, la dignidad de la
persona humana exige, como fundamento natural, esta norma general: todos
tienen derecho al uso de los bienes de la tierra necesarios para vivir, y
a este derecho corresponde la obligación fundamental de conceder a todos y
a cada uno, de ser posible, alguna propiedad privada. Las normas jurídicas
nacidas de las leyes humanas, que regulan el derecho de la propiedad
privada, pueden sufrir cambios y conceder un uso más o menos restringido
de las cosas; pero si se quiere sinceramente contribuir a la pacificación
y tranquilidad de la sociedad humana, hay que impedir absolutamente que
los obreros que son o serán padres de familia estén condenados a una
esclavitud económica irreconciliable con los derechos de la persona
humana.
52.
Que esa esclavitud provenga de la prepotencia abusiva del capital privado
o que provenga del poder absoluto y universal del Estado, poco importa;
más aún, cuando la autoridad suprema de un Estado lo domina y regula todo,
tanto en la vida pública como en la privada, y procura invadir hasta el
campo de las ideas, de las iniciativas, de las opiniones y aun de la misma
conciencia, resulta una tal falta de libertad, que puede ser origen de
mayores daños y mayores desgracias, como lo demuestra la
experiencia».
53.
También vosotros, venerables hermanos, los que trabajáis con solicitud en
los territorios de las misiones católicas, debéis procurar diligentemente
que estos principios y normas se lleven a la práctica. Teniendo en cuenta
las peculiares y diversas circunstancias de cada lugar, después de
discutir el asunto en las conferencias episcopales, sínodos y reuniones
semejantes, procurad, según os sea posible, que se creen oportunamente
próbidas asociaciones, corporaciones e institutos de carácter económico y
social que os parezcan requerir las condiciones actuales de nuestros
tiempos y la índole de vuestro pueblo. Esto, sin duda, lo exige vuestro
oficio pastoral, a fin de que los nuevos errores, disfrazados con
apariencias de justicia y verdad, o las malas seducciones no desvíen del
camino recto la grey confiada a vuestros cuidados. Procurad que los
propagadores del Evangelio, que competentemente trabajan con vosotros, se
aventajen a todos en promover esta causa; de esta manera estarán seguros
que no se refiere a ellos aquel dicho: «Los hijos de este mundo son más
sagaces que los hijos de la luz» (Lc 16,8). Será, con todo, conveniente
que, de ser posible, se valgan de católicos seglares capaces, eminentes en
bondad y en el manejo de los negocios que tomen a su cargo y promuevan
estas instituciones.
11.
Colaboración entre los Institutos misioneros
54.
En tiempos pasados, el vastísimo campo del apostolado misional no estaba
dividido por límites de circunscripciones eclesiásticas determinadas, ni
se encomendaba a una Orden o Congregación religiosa para que lo cultivase
juntamente con el clero indígena a medida que éste fuese creciendo. Esta
es, hoy, como todos saben, la costumbre general, y sucede también a veces
que algunas regiones confiadas a religiosos sean de una determinada
provincia del mismo Instituto. Nos, en verdad, vemos la utilidad de este
sistema, pues que con estos métodos y normas se simplifica la organización
de las misiones católicas.
55.
Pero puede suceder que de este modo de proceder se sigan inconvenientes y
daños no pequeños, a los cuales hay que poner remedio en cuanto sea
posible. Ya nuestros predecesores trataron este asunto en las letras
apostólicas que antes hemos recordado, y dieron normas prudentísimas en
esta materia; las cuales nos es grato ahora repetir y confirmar,
exhortándoos paternalmente a que, por el conocido celo de la religión y de
la salvación de las almas que os anima, las recibáis con ánimo filial y
dócil. «Los territorios y distritos de Misiones que encomendó a vuestro
cuidado y diligencia la Sede Apostólica, para que los reduzcáis al imperio
de Cristo, son muchas veces tan extensos que no bastan ni con mucho para
cultivarlos los misioneros de que puede disponer uno u otro Instituto
misionero. En este caso imitad sin vacilaciones la conducta que en las
diócesis ya constituidas guardan los obispos, valiéndose de religiosos de
varias Congregaciones clericales o laicales, y de hermanas pertenecientes
a diversos Institutos. Esa ha de ser vuestra norma en requerir la ayuda de
otros misioneros, sean o no sacerdotes, pertenezcan o no a vuestra
Congregación o Instituto, ya para la dilatación de la fe, ya para la
educación de la juventud indígena, ya para otros cualesquiera
ministerios.
56.
Gloríense santamente todas las Ordenes y Congregaciones religiosas de las
misiones vivas, que les han sido confiadas, y de los trabajos y éxitos que
por el amor de Cristo han realizado en ellas hasta el día de hoy; pero
entiendan bien que no laboran en aquellas regiones ni por derecho propio
ni para siempre, sino sólo por concesión de la Sede Apostólica y a
voluntad de la misma. A ella, por lo tanto, compete el derecho y el deber
de mirar por su entera y cumplida evangelización.
57.
No puede, pues, satisfacer a esta obligación apostólica el Papa con sólo
distribuir los países de misiones, grandes o pequeños, entre las varias
Congregaciones misioneras, sino que -lo que más importa- está obligado a
proveer siempre y cuidadosamente a que los dichos Institutos manden tantos
y sobre todo tales misioneros a cada región, como allí fueren necesarios,
para difundir copiosa y eficazmente por toda ella la luz del
cristianismo».
12. Adaptación y respeto por las
culturas
58.
Queda un punto por tratar, el cual deseamos ardientemente que todos
entiendan claramente. La Iglesia, desde sus orígenes hasta nuestros días,
ha conseguido siempre la prudentísima norma que, al abrazar los pueblos el
Evangelio, no se destruya ni extinga nada de lo bueno, honesto y hermoso
que, según su propia índole y genio, cada uno de ellos posee. Pues cuando
la Iglesia llama a los pueblos a una condición humana más elevada y a una
vida más culta, bajo los auspicios de la religión cristiana, no sigue el
ejemplo de los que sin norma ni método cortan la selva frondosa, abaten y
destruyen, sino más bien imita a los que injertan en los árboles
silvestres la buena rama, a fin de que algún día broten y maduren en ellos
frutos más dulces y exquisitos.
59,
La naturaleza humana, aunque inficionada con el pecado original por la
miserable caída de Adán, tiene con todo en sí «algo naturalmente
cristiano»; lo cual, si es iluminado con la luz divina y alimentado por la
gracia de Dios, podrá algún día ser elevado a la verdadera virtud y a la
vida sobrenatural.
60.
Por lo cual, la Iglesia católica ni despreció las doctrinas de los paganos
ni las rechazó, sino que más bien las libró de todo error e impureza, y
las consumó y perfeccionó con la sabiduría cristiana. De la misma manera
acogió benignamente sus artes y disciplinas liberales que habían alcanzado
en algunas partes tan alto grado de perfección, las cultivó con diligencia
y las elevó a una extrema belleza a la que antes tal vez nunca había
llegado. Tampoco suprimió completamente las costumbres típicas de los
pueblos y sus instituciones tradicionales, sino que en cierto sentido las
santificó; y los mismos días de fiesta, cambiando el modo y la forma, los
hizo que sirviesen para celebrar los aniversarios de los mártires y los
misterios sagrados. A este propósito escribe muy oportunamente San
Basilio: «Como los tintoreros preparan de antemano con ciertos
procedimientos lo que hay que teñir, y así fácilmente después le dan el
color de púrpura o cualquier otro, de la misma manera nosotros también, si
queremos que permanezca indeleble y para siempre en nosotros el esplendor
de la virtud, procuraremos en primer lugar iniciarnos en estas artes
externas y después aprenderemos las doctrinas sagradas y arcanas;
acostumbrados a ver el sol, por decirlo así, en el reflejo del agua,
podremos alzar nuestros ojos directamente a la luz... Y así como la vida
propia del árbol es producir a su tiempo frutos abundantes, y, sin
embargo, las hojas adheridas a los ramos les proporcionan algún ornato, de
igual modo el fruto principal del alma es la misma verdad, pero, sin
embargo, no es desagradable el adorno de la sabiduría externa, que, como
follaje, proporciona al fruto sombra y agradable aspecto. Se dice que
Moisés, varón verdaderamente eximio y de gran fama entre todos los hombres
por su sabiduría, después de haber ejercitado su espíritu en las
enseñanzas de los egipcios, llegó a la contemplación de Aquel que es. De
igual manera, posteriormente, del profeta Daniel se refiere que llegó al
conocimiento de las doctrinas sagradas después de haber sido instruido en
Babilonia en la sabiduría de los caldeos» .
61.
Y Nos mismo, en la presente encíclica que publicamos, Summi Pontificatus,
escribimos lo siguiente: «Los predicadores de la palabra de Dios, después
de muchas investigaciones realizadas en el decurso de los tiempos con sumo
trabajo e intenso estudio, se han esforzado en conocer más profunda y
dignamente la civilización e instituciones de los diversos pueblos y
cultivar las buenas cualidades y dotes de sus almas, para que así el
Evangelio de Cristo obtuviese en ellos más fáciles y abundantes progresos.
Todo aquello que en las costumbres de los pueblos no está vinculado
indisolublemente con supersticiones o errores, se examina siempre con
benevolencia y, si es posible, se conserva incólume».
62.
En el discurso que tuvimos en 1944 a los directores de las Obras
Pontificias entre otras cosas decíamos: «El misionero es apóstol de
Jesucristo. Su oficio no le exige que introduzca y propague en las lejanas
tierras de misión precisamente la civilización de los pueblos europeos, y
no otra, como quien trasplanta un árbol; sino más bien que enseñe y eduque
a aquellas naciones, que a veces se ufanan de sus culturas antiquísimas,
para que se apresten a recibir prácticamente los principios de la vida y
costumbres cristianas. Tales principios pueden armonizarse con cualquier
civilización que sea sana e íntegra, y pueden conferirle un mayor vigor en
la defensa de la divinidad humana y conseguir la felicidad. Los católicos
nativos deben ser en primer lugar miembros de la gran familia de Dios y
ciudadanos de su Reino (cf Ef 2,19); pero sin dejar por esto de ser
ciudadanos de su patria terrena».
13. Importancia del sector
artístico
63.
Nuestro predecesor de feliz memoria Pío XI, en el Año jubilar de 1925,
mandó hacer una gran Exposición Misional cuyo éxito, en verdad sumamente
feliz, El mismo describió con estas palabras: «Parece una manifestación
hecha por el mismo Dios, con la cual aun experimentalmente hemos visto,
con nuevo argumento, cómo el organismo vivo de la Iglesia de Dios goza en
todas partes de unidad perfecta... Verdaderamente, la Exposición ha sido,
y lo es aún, como un libro inmenso y de proporciones grandiosas».
64.
Nos también, obedeciendo al mismo pensamiento de que el mayor número
posible de gente conociese los egregios méritos de las misiones, sobre
todo los que especialmente se refieren a la civilización, mandamos reunir
durante el último Año Santo una copiosa documentación y exhibirla
públicamente, como sabéis no lejos del Palacio Vaticano, por la cual
quedase ampliamente demostrada la restauración del arte cristiano
realizada por los misioneros, tanto entre las gentes más cultas como entre
los pueblos de cultura aun más primitiva.
65.
Con ello se mostró claramente cuánto ha aportado la obra de los heraldos
del Evangelio al progreso de las artes liberales y a las investigaciones
universitarias que versan sobre esta especialidad; quedó asimismo patente
que la Iglesia, lejos de ser una rémora al desarrollo de las
características de cada pueblo, más bien las perfecciona en alto
grado.
66.
Al Dios de las misericordias atribuimos el que todos hayan considerado con
interés especial y complacencia este hecho, el cual es evidente argumento
de la crecida vitalidad y del vigor cada día mayor de que goza la obra
misional. Ya que, gracias a la actividad de los misioneros entre pueblos
paganos tan distanciados en el espacio unos de otros y de costumbres tan
diversas, el aliento evangélico ha penetrado tanto en las almas cuanto
claramente demuestra el elocuente testimonio de estas artes renacientes.
Esta exposición prueba también que la fe cristiana, grabada en las almas y
exteriorizada en costumbres en armonía con ella, es la única que puede
elevar el entendimiento humano a producir esas excelentes obras
artísticas, que ciertamente constituyen una alabanza perenne de la Iglesia
católica y un ornamento esplendidísimo del culto divino.
14.
Obras Misionales Pontifícias
67.
Recordáis cómo la encíclica Rerum Ecclesiae recomendaba insistentemente la
Unión Misional del Clero, cuya finalidad es reunir los miembros de ambos
cleros y los aspirantes al sacerdocio para que propaguen en unidad de
fuerzas y con todo empeño la causa de las misiones católicas. Nos, pues,
que no sin gran contento de nuestro corazón, como antes dijimos, hemos
visto los progresos de esta unión, ardientemente deseamos que se extienda
más y más y que incite cada día con mayor entusiasmo la voluntad de los
sacerdotes y de los pueblos encomendados a sus cuidados a ayudar a la obra
de las misiones. Es esta unión como un manantial en la cual salen las
corrientes que riegan los florecientes campos de las demás Obras
Pontificias, a saber: de la Propagación de la Fe, de San Pedro Apóstol
para el clero indígena y de la Santa Infancia. No hay por qué nos
detengamos al presente a explicaras la excelencia, la necesidad y los
méritos esclarecidos de estas Obras, las cuales enriquecieron nuestros
predecesores con muchos y abundantes tesoros de indulgencias. Nos agrada
sobremanera ver cómo se piden las limosnas de los fieles, especialmente el
Domingo de las Misiones; pero ante todo deseamos que todos eleven a Dios
omnipotente sus preces, que ayuden a los llamados a la Acción Misional, y
que se alisten en las mencionadas Obras Pontificias y las promuevan lo más
posible. No ignoramos ciertamente, venerables hermanos, que, con esta
finalidad, poco ha instituimos una fiesta que ha de ser celebrada
principalmente por los niños, en la cual se promueva con oraciones y
limosnas la Obra de la Santa Infancia. De este modo aprenderán estos
hijitos nuestros a orar incesantemente a Dios por la salvación de los
infieles; y quiera Dios que en sus almas, que aún conservan el perfume de
la inocencia, brote y se desarrolle convenientemente el germen del
apostolado misional. 68. Sentimos además especial complacencia en alabar como se merecen tantas y tan laudables iniciativas que, en favor de esta misma causa y con denodado empeño, han llevado a cabo los Institutos religiosos para ayudar por todos los medios a las Obras Misionales Pontificias. Igualmente merece que mostremos nuestra benevolencia de Padre a aquellos grupos de señoras que trabajan con gran utilidad en confeccionar vestiduras sagradas y paños de altar. Por fin, a todos los colaboradores de la Iglesia, tan queridos para Nos, les aseguramos que la colaboración prestada por el pueblo cristiano a la obra de la salvación de los infieles florece y da óptimos frutos de nueva fe, y que a los esfuerzos hechos en favor de las misiones responde un mayor aumento de piedad. CONCLUSION
69. No queremos poner fin a esta
encíclica sin antes dirigirnos al clero y a los fieles cristianos todos, y
mostrarles sobre todo el agradecimiento de nuestro corazón. Sabemos que
nuestros hijos han aumentado considerablemente también en este año la
aportación material en ayuda de las Misiones. Verdaderamente que vuestra
caridad en ninguna otra obra puede ejercitarse más fructuosamente que en
ésta, ya que se trata de extender más y más el Reino de Cristo y de
procurar la salvación de tantos que carecen de la fe; toda vez que el
mismo Señor «encargó a cada uno tener cuidado de su prójimo» (Eclo
17,12).
70.
Movidos por una nueva solicitud, queremos recomendar con mayor insistencia
lo que escribíamos en la carta a nuestro querido hijo, el cardenal
presbítero de la Santa Romana Iglesia, Pedro Fumasoni Biondi, prefecto de
la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, el 9 de agosto de 1950: «Que
todos los fieles cristianos... perseveren en la empresa comenzada de
ayudar a las Misiones, que multipliquen sus iniciativas en bien de las
mismas, que sin cesar eleven a Dios fervientes plegarias y presten su
cooperación a los llamados a la obra misional, ofreciéndoles los recursos
necesarios según las posibilidades de cada uno.
71.
Porque la Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo, en el cual "si hay un
miembro que padece, todos los miembros se compadecen" (1Cor 12,26). Por lo
cual, estando hoy tantos de estos miembros atormentados por los dolores
acerbísimos y graves heridas, pesa sobre todos los fieles de Cristo el
sagrado deber de unirse a ellos con vínculo de colaboración y de amor. En
algunas tierras de misión el furor bélico ha devastado y destruido
horriblemente no pocas iglesias, casas de misión, escuelas y hospitales.
Para resarcir tantos daños y para reconstruir tantos edificios, ofrecerá
liberalmente los subsidios necesarios todo el orbe católico, el cual debe
ciertamente especial solicitud y caridad a las Misiones»
72.
Bien sabéis, venerables hermanos, que casi toda la humanidad tiende hoy a
dividirse en dos campos opuestos: con Cristo o contra Cristo. El género
humano se ve hoy en un momento sumamente crítico, del cual se seguirá o la
salvación en Cristo o la más espantosa ruina. Es verdad que la actividad y
el esfuerzo eficaz de los predicadores del Evangelio luchan por propagar
el Reino de Cristo; pero hay también otros heraldos, quienes, reduciendo
todo a la materia y rechazando toda esperanza en una existencia feliz y
eterna, trabajan por llevar a los hombres a una vida incompatible con la
dignidad humana.
73.
Con toda razón, la Iglesia católica, madre amantísima de todos los
hombres, llama a todos sus hijos, diseminados por toda la tierra, para que
se esfuercen, según las propias posibilidades, por cooperar con los
intrépidos sembradores de la verdad evangélica, ayudándolos con limosnas,
oraciones y vocaciones misioneras. Con insistencia materna los invita a
que «se revistan de entrañas de misericordia» (Col 3,12); a que tomen
parte en el trabajo misional, si no personalmente, al menos con el deseo;
a que, finalmente, no dejen irrealizado aquel deseo del benignísimo
Corazón de Jesús, el cual «vino a buscar y salvar lo que había perdido»
(Lc 19,10). Si cooperan en alguna manera a que al menos una familia sea
iluminada y recreada con la fe cristiana, sepan que de allí nacerá un
impulso de gracia divina que ha de crecer continuamente para la eternidad;
si ayudan al menos en la formación de un misionero, en ellos redundarán
abundantemente tantos frutos de sacrificios eucarísticos, de trabajos
apostólicos y de santidad. Pues todos los fieles de Cristo forman una
misma y grande familia, cuyos miembros participan mutuamente de los bienes
de la Iglesia militante, purgante y triunfante. Nada, pues, parece más
eficaz para inculcar en la mente y en el corazón del pueblo cristiano la
utilidad y la importancia de las Misiones que el dogma de la Comisión de
los Santos.
74.
Con estos paternales votos, habiendo dado oportunas normas y directivas,
confiamos en que todos los católicos tomen este vigésimo quinto
aniversario de la publicación de la encíclica Rerum Ecclesiae como punto
de partida para procurar que las Misiones avancen con paso cada día más
acelerado.
75. Entre tanto, animados con esta
suavísima esperanza, tanto a cada uno de vosotros, venerables hermanos,
como al clero y pueblo todo, especialmente a aquellos que o en patria, con
oraciones y limosnas, o en naciones extranjeras con su acción personal,
promueven esta santísima empresa, de todo corazón damos, la bendición
apostólica, presagio de los dones celestiales y testimonio de nuestra
benevolencia paterna.
Dado
en Roma, junto a San Pedro, el 2 de junio de 1951,
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