CARTA
ENCICLICA DEL SUMO PONTIFICE
JUAN PABLO II
SOBRE LA MISION DEL REDENTOR
Venerables Hermanos,
Amadísimos Hijos e Hijos:
Salud y bendición Apostólica
INTRODUCCION
CAPITULO I: JESUCRISTO UNICO SALVADOR
" Nadie va al Padre sino por mí " (Jn 14, 6)
La fe en Cristo es una propuesta a la libertad del hombre
La Iglesia, signo e instrumento de salvación
La salvación es ofrecida a todos los hombres
" Nosotros no podemos menos de hablar " (Act 4, 20)
CAPITULO II: EL REINO DE DIOS
Cristo hace presente el Reino
Características y exigencias del Reino
En el Resucitado, llega a su cumplimiento y es proclamado el
Reino de Dios
El Reino con relación a Cristo y a la Iglesia
La Iglesia al servicio del Reino
CAPITULO III: EL ESPIRITU SANTO PROTAGONISTA DE LA MISION
El envío « hasta los confines de la tierra » (Act 1, 8)
El Espíritu guía la misión
El Espíritu hace misionera a toda la Iglesia
El Espíritu está presente operante en todo tiempo y lugar
La actividad misionera está aún en sus comienzos
CAPITULO IV: LOS INMENSOS HORIZONTES DE LA MISION AD GENTES
Un marco religioso, complejo y en movimiento
La misión « ad gentes » conserva su valor
A todos los pueblos, no obstante las dificultades
Ámbitos de la misión « ad gentes »
Fidelidad a Cristo y promoción de la libertad del hombre
Dirigir la atención hacia el Sur y hacia el Oriente
CAPITULO V: LOS CAMINOS DE LA MISION
La primera forma de evangelización es el testimonio
El primer anuncio de Cristo Salvador
Conversión y bautismo
Formación de Iglesias locales
Las « comunidades eclesiales de base » fuerza evangelizadora
Encarnar el Evangelio en las culturas de los pueblos
El diálogo con los hermanos de otras religiones
Promover el desarrollo, educando las conciencias
La Caridad, fuente y criterio de la misión
CAPITULO VI: LOS RESPONSABLES Y AGENTES DE LA PASTORAL
MISIONERA
Los primeros responsables de la actividad misionera
Misioneros e Institutos « ad gentes »
Sacerdotes diocesanos para la misión universal
Fecundidad misionera de la Consagración
Todos los laicos son misioneros en virtud del bautismo
La obra de los catequistas y la variedad de los ministerios
Congregación para la Evangelización de los Pueblos y otras
estructuras para la actividad misionera
CAPITULO VII: LA COOPERACION EN LA ACTIVIDAD MISIONERA
Oración y sacrificios por los misioneros
" Heme aquí, Señor, estoy dispuesto, envíame " (cf. Is 6, 8)
" Mayor felicidad hay en dar que en recibir " (Act 20, 35)
Nuevas formas de cooperación misionera
Animación y formación del Pueblo de Dios
La responsabilidad primaria de las Obras Misionales Pontificias
No sólo dar a la misión, sino también recibir
Dios prepara una nueva primavera del Evangelio
CAPITULO VIII: ESPIRITUALIDAD MISIONERA
Dejarse guiar por el Espíritu
Vivir el misterio de Cristo « enviado »
Amar a la Iglesia y a los hombres como Jesús los ha amado
El verdadero misionero es el santo
CONCLUSION
INTRODUCCION
1. LA MISIÓN DE CRISTO REDENTOR, confiada a la Iglesia,
está aún lejos de cumplirse. A finales del segundo milenio
después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra
que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos
comprometernos con todas nuestras energías en su servicio. Es el
Espíritu Santo quien impulsa a anunciar las grandes obras de
Dios: « Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de
gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mi si no
predicara el Evangelio! »(1 Cor 9, 16).
En nombre de toda la Iglesia, siento imperioso el deber de
repetir este grito de san Pablo. Desde el comienzo de mi
pontificado he tomado la decisión de viajar hasta los últimos
confines de la tierra para poner de manifiesto la solicitud
misionera; y precisamente el contacto directo con los pueblos
que desconocen a Cristo me ha convencido aún más de la urgencia
de tal actividad a la cual dedico la presente Encíclica.
El Concilio Vaticano II ha querido renovar la vida y la
actividad de la Iglesia según las necesidades del mundo
contemporáneo; ha subrayado su « índole misionera », basándola
dinámicamente en la misma misión trinitaria. El impulso
misionero pertenece, pues, a la naturaleza íntima de la vida
cristiana e inspira también el ecumenismo: « Que todos sean uno
... para que el mundo crea que tú me has enviado » (Jn 17, 21).
2. Muchos son ya los frutos misioneros del Concilio: se han
multiplicado las Iglesias locales provistas de Obispo, clero y
personal apostólico propios; se va logrando una inserción más
profunda de las comunidades cristianas en la vida de los
pueblos; la comunión entre las Iglesias lleva a un intercambio
eficaz de bienes y dones espirituales; la labor evangelizadora
de los laicos está cambiando la vida eclesial; las Iglesias
particulares se muestran abiertas al encuentro, al diálogo y a
la colaboración con los miembros de otras Iglesias cristianas y
de otras religiones. Sobre todo, se está afianzando una
conciencia nueva: la misión atañe a todos los cristianos, a
todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y
asociaciones eclesiales.
No obstante, en esta « nueva primaveras del cristianismo no se
puede dejar oculta una tendencia negativa, que este Documento
quiere contribuir a superar: la misión específica ad gentes
parece que se va parando, no ciertamente en sintonía con las
indicaciones del Concilio y del Magisterio posterior.
Dificultades internas y externas han debilitado el impulso
misionero de la Iglesia hacia los no cristianos, lo cual es un
hecho que debe preocupar a todos los creyentes en Cristo. En
efecto, en la historia de la Iglesia, este impulso misionero ha
sido siempre signo de vitalidad , así como su disminución es
signo de una crisis de fe.[1]
A los veinticinco años de la clausura del Concilio y de la
publicación del Decreto sobre la actividad misionera Ad gentes y
a los quince de la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi,
del Papa Pablo VI, quiero invitar a la Iglesia a un renovado
compromiso misionero, siguiendo al respecto el Magisterio de mis
predecesores.[2] El presente Documento se propone una finalidad
interna: la renovación de la fe y de la vida cristiana. En
efecto, la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la
identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones.
¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los
pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso
por la misión universal.
Pero lo que más me mueve a proclamar la urgencia de la
evangelización misionera es que ésta constituye el primer
servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la
humanidad entera en el mundo actual, el cual está conociendo
grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de las
realidades últimas y de la misma existencia. « Cristo Redentor
-he escrito en mi primera Encíclica- revela plenamente el hombre
al mismo hombre. El hombre que quiere comprenderse hasta el
fondo a sí mismo ... debe ... acercarse a Cristo. La Redención
llevada a cabo por medio de la cruz ha vuelto a dar
definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su
existencia en el mundo ».[3]
No faltan tampoco otras motivaciones y finalidades, como
responder a las numerosas peticiones de un documento de esta
índole; disipar dudas y ambigüedades sobre la misión ad gentes,
confirmando así en su entrega a los beneméritos hombres y
mujeres dedicados a la actividad misionera y a cuantos les
ayudan; promover las vocaciones misioneras; animar a los
teólogos a profundizar y exponer sistemáticamente los diversos
aspectos de la misión; dar nuevo impulso a la misión propiamente
dicha, comprometiendo a las Iglesias particulares, especialmente
las jóvenes, a mandar y recibir misioneros; asegurar a los no
cristianos y, de manera especial, a las autoridades de los
países a los que se dirige la actividad misionera, que ésta
tiene como único fin servir al hombre, revelándole el amor de
Dios que se ha manifestado en Jesucristo.
3. ¡Pueblos todos, abrid las puertas a Cristo! Su Evangelio no
resta nada a la libertad humana, al debido respeto de las
culturas, a cuanto hay de bueno en cada religión. Al acoger a
Cristo, os abrís a la Palabra definitiva de Dios, a aquel en
quien Dios se ha dado a conocer plenamente y a quien el mismo
Dios nos ha indicado como camino para llegar hasta él.
El número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de
la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del
Concilio, casi se ha duplicado. Para esta humanidad inmensa, tan
amada por el Padre que por ella envió a su propio Hijo, es
patente la urgencia de la misión.
Por otra parte, nuestra época ofrece en este campo nuevas
ocasiones a la Iglesia: la caída de ideologías y sistemas
políticos opresores; la apertura de fronteras y la configuración
de un mundo más unido, merced al incremento de los medios de
comunicación; el afianzarse en los pueblos los valores
evangélicos que Jesús encarnó en su vida (paz, justicia,
fraternidad, dedicación a los más necesitados); un tipo de
desarrollo económico y técnico falto de alma que, no obstante,
apremia a buscar la verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre
el sentido de la vida.
Dios abre a la Iglesia horizontes de una humanidad más preparada
para la siembra evangélica. Preveo que ha llegado el momento de
dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y
a la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna
institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo:
anunciar a Cristo a todos los pueblos.
CAPITULO I:
JESUCRISTO UNICO SALVADOR
4. El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas y
particularmente en la nuestra -como recordaba en mi primera
Encíclica programática- es « dirigir la mirada del hombre,
orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad
hacia el misterio de Cristo ».[4]
La misión universal de la Iglesia nace de la fe en Jesucristo,
tal como se expresa en la profesión de fe trinitaria: « Creo en
un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre
antes de todos los siglos... Por nosotros, los hombres, y por
nuestra salvación bajó del cielo y, por obra del Espíritu Santo,
se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre ».[5] En el
hecho de la Redención está la salvación de todos, « porque cada
uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con
cada uno Cristo se ha unido, para siempre, por medio de este
misterio ».[6] Sólo en la fe se comprende y se fundamenta la
misión.
No obstante, debido también a los cambios modernos y a la
difusión de nuevas concepciones teológicas, algunos se
preguntan: ¿Es válida aún la misión entre los no cristianos? ¿No
ha sido sustituida quizás por el diálogo interreligioso? ¿No es
un objetivo suficiente la promoción humana? El respeto de la
conciencia y de la libertad ¿no excluye toda propuesta de
conversión? ¿No puede uno salvarse en cualquier religión? ¿Para
qué, entonces, la misión?
"NADIE VA AL PADRE SI NO ES POR MI" (Jn 14, 6)
5. Remontándonos a los orígenes de la Iglesia, vemos afirmado
claramente que Cristo es el único Salvador de la humanidad, el
único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios. A
las autoridades religiosas judías que interrogan a los Apóstoles
sobre la curación del tullido realizada por Pedro, éste
responde: « Por el nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien
vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los
muertos; por su nombre y no por ningún otro se presenta éste
aquí sano delante de vosotros... Porque no hay bajo el cielo
otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos
salvarnos » (Act 4, 10. 12). Esta afirmación, dirigida al
Sanedrín, asume un valor universal, ya que para todos -judíos y
gentiles- la salvación no puede venir más que de Jesucristo.
La universalidad de esta salvación en Cristo es afirmada en todo
el Nuevo Testamento San Pablo reconoce en Cristo resucitado al
Señor: « Pues -escribe él- aun cuando se les dé el nombre de
dioses, bien en el cielo, bien en la tierra, de forma que hay
multitud de dioses y señores, para nosotros no hay más que un
solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el
cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las
cosas y por el cual somos nosotros » (1 Cor 8, 5-6). Se confiesa
a un único Dios y a un único Señor en contraste con la multitud
de « dioses » y « señores » que el pueblo admitía. Pablo
reacciona contra el politeísmo del ambiente religioso de su
tiempo y pone de relieve la característica de la fe cristiana:
fe en un solo Dios y en un solo Señor, enviado por Dios.
En el Evangelio de san Juan esta universalidad salvífica de
Cristo abarca los aspectos de su misión de gracia, de verdad y
de revelación: « La Palabra es la luz verdadera que ilumina a
todo hombre » (cf. Jn 1, 9). Y añade: « A Dios nadie lo ha visto
jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha
revelado » (Jn 1, 18; cf. Mt 11, 27). La revelación de Dios se
hace definitiva y completa por medio de su Hijo unigénito: «
Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a
nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos
tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó
heredero de todo, por quien también hizo los mundos » (Heb 1,
1-2; cf. Jn 14, 6). En esta Palabra definitiva de su revelación,
Dios se ha dado a conocer del modo más completo; ha dicho a la
humanidad quién es. Esta autorrevelación definitiva de Dios es
el motivo fundamental por el que la Iglesia es misionera por
naturaleza. Ella no puede dejar de proclamar el Evangelio, es
decir, la plenitud de la verdad que Dios nos ha dado a conocer
sobre sí mismo.
Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres: « Porque
hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los
hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo
como rescate por todos. Este es el testimonio dado en el tiempo
oportuno, y de este testimonio -digo la verdad, no miento- yo he
sido constituido heraldo y apóstol, maestro de los gentiles en
la fe y en la verdad » (1 Tim 2, 5-7; cf. Heb 4, 14-16). Los
hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios, si no es
por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. Esta
mediación suya única y universal, lejos de ser obstáculo en el
camino hacia Dios, es la via establecida por Dios mismo, y de
ello Cristo tiene plena conciencia. Aun cuando no se excluyan
mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin
embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación
de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y
complementarias
6. Es contrario a la fe cristiana introducir cualquier
separación entre el Verbo y Jesucristo. San Juan afirma
claramente que el Verbo, que « estaba en el principio con Dios
», es el mismo que « se hizo carne » (Jn 1, 2.14). Jesús es el
Verbo encarnado, una sola persona e inseparable: no se puede
separar a Jesús de Cristo, ni hablar de un « Jesús de la
historia », que sería distinto del « Cristo de la fe ». La
Iglesia conoce y confiesa a Jesús como « el Cristo, el Hijo de
Dios vivo » (Mt 16, 16). Cristo no es sino Jesús de Nazaret, y
éste es el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de
todos. En Cristo « reside toda la plenitud de la divinidad
corporalmente » (Col 2, 9) y « de su plenitud hemos recibido
todos » (Jn 1, 16). El « Hijo único, que está en el seno del
Padre » (Jn 1, 18), es el « Hijo de su amor, en quien tenemos la
redención. Pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la
plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas,
pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la
tierra y en los cielos » (Col 1, 13-14.19-20). Es precisamente
esta singularidad única de Cristo la que le confiere un
significado absoluto y universal, por lo cual, mientras está en
la historia, es el centro y el fin de la misma: [7] « Yo soy el
Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin »
(Ap 22, 13).
Si, pues, es lícito y útil considerar los diversos aspectos del
misterio de Cristo, no se debe perder nunca de vista su unidad.
Mientras vamos descubriendo y valorando los dones de todas
clases, sobre todo las riquezas espirituales, que Dios ha
concedido a cada pueblo, no podemos disociarlos de Jesucristo,
centro del plan divino de salvación. Así como « el Hijo de Dios
con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre
», así también « debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a
todos la posibilidad de que, en forma sólo de Dios conocida, se
asocien a este misterio pascual ».[8] El designio divino es «
hacer que todo tenga a Cristo por cabeza, lo que está en los
cielos y lo que está en la tierra » (Ef 1, 10).
LA FE DE CRISTO ES UNA PROPUESTA A LA LIBERTAD DEL HOMBRE
7. La urgencia de la actividad misionera brota de la radical
novedad de vida, traída por Cristo y vivida por sus discípulos.
Esta nueva vida es un don de Dios, y al hombre se le pide que lo
acoja y desarrolle, si quiere realizarse según su vocación
integral, en conformidad con Cristo. El Nuevo Testamento es un
himno a la vida nueva para quien cree en Cristo y vive en su
Iglesia. La salvación en Cristo, atestiguada y anunciada por la
Iglesia, es autocomunicación de Dios: « Es el amor, que no sólo
crea el bien, sino que hace participar en la misma vida de Dios:
Padre, Hijo y Espíritu Santo. En efecto, el que ama desea darse
a sí mismo ».[9]
Dios ofrece al hombre esta vida nueva: ¿Se puede rechazar a
Cristo y todo lo que él ha traído a la historia del hombre?
Ciertamente es posible. El hombre es libre. El hombre puede
decir no a Dios. El hombre puede decir no a Cristo. Pero sigue
en pie la pregunta fundamental. ¿Es licito hacer esto? ¿Con qué
fundamento es licito? ».[10]
8. En el mundo moderno hay tendencia a reducir el hombre a una
mera dimensión horizontal. Pero ¿en qué se convierte el hombre
sin apertura al Absoluto? La respuesta se halla no sólo en la
experiencia de cada hombre, sino también en la historia de la
humanidad con la sangre derramada en nombre de ideologías y de
regímenes políticos que han querido construir una « nueva
humanidad » sin Dios.[11]
Por lo demás, a cuantos están preocupados por salvar la libertad
de conciencia, dice el Concilio Vaticano II: « La persona humana
tiene derecho a la libertad religiosa ... todos los hombres han
de estar inmunes de coacción por parte de personas particulares,
como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto
de tal manera que en materia religiosa ni se obligue a nadie a
obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a
ella en privado y en público, solo o asociado con otros dentro
de los limites debidos ».[12]
El anuncio y el testimonio de Cristo, cuando se llevan a cabo
respetando las conciencias, no violan la libertad. La fe exige
la libre adhesión del hombre, pero debe ser propuesta, pues «
las multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio
de Cristo, dentro del cual creemos que toda la humanidad puede
encontrar, con insospechada plenitud , todo lo que busca a
tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino, de la vida y
de la muerte, de la verdad. Por eso, la Iglesia mantiene vivo su
empuje misionero e incluso desea intensificarlo en un momento
histórico como el nuestro ».[13] Hay que decir también con
palabras del Concilio que: « Todos los hombres, conforme a su
dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y de
voluntad libre y, por tanto, enaltecidos con una responsabilidad
personal, tienen la obligación moral de buscar la verdad, sobre
todo la que se refiere a la religión. Están obligados, asimismo,
a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según
las exigencias de la verdad ».[14]
LA IGLESIA, SIGNO E INSTRUMENTO DE SALVACION
9. La primera beneficiaria de la salvación es la Iglesia. Cristo
la ha adquirido con su sangre (cf. Act 20, 28) y la ha hecho su
colaboradora en la obra de la salvación universal. En efecto,
Cristo vive en ella; es su esposo; fomenta su crecimiento; por
medio de ella cumple su misión.
El Concilio ha reclamado ampliamente el papel de la Iglesia para
la salvación de la humanidad. A la par que reconoce que Dios ama
a todos los hombres y les concede la posibilidad de salvarse
(cf. 1 Tim 2, 4),[15] la Iglesia profesa que Dios ha constituido
a Cristo como único mediador y que ella misma ha sido
constituida como sacramento universal de salvación.[16] « Todos
los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de
Dios, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea
los fieles católicos, sea los demás creyentes en Cristo, sea
también todos los hombres en general llamados a la salvación por
la gracia de Dios ».[17] Es necesario, pues, mantener unidas
estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación
en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en
orden a esta misma salvación. Ambas favorecen la comprensión del
único misterio salvífico, de manera que se pueda experimentar la
misericordia de Dios y nuestra responsabilidad. La salvación,
que siempre es don del Espíritu, exige la colaboración del
hombre para salvarse tanto a sí mismo como a los demás. Así lo
ha querido Dios, y para esto ha establecido y asociado a la
Iglesia a su plan de salvación: « Ese pueblo mesiánico -afirma
el Concilio- constituido por Cristo en orden a la comunión de
vida, de caridad y de verdad, es empleado también por él como
instrumento de la redención universal y es enviado a todo el
mundo como luz del mundo y sal de la tierra ».[18]
LA SALVACION ES OFRECIDA A TODOS LOS HOMBRES
10. La universalidad de la salvación no significa que se conceda
solamente a los que, de modo explícito, creen en Cristo y han
entrado en la Iglesia. Si es destinada a todos, la salvación
debe estar en verdad a disposición de todos. Pero es evidente
que, tanto hoy como en el pasado, muchos hombres no tienen la
posibilidad de conocer o aceptar la revelación del Evangelio y
de entrar en la Iglesia. Viven en condiciones socioculturales
que no se lo permiten y, en muchos casos, han sido educados en
otras tradiciones religiosas. Para ellos, la salvación de Cristo
es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una
misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente
en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su situación
interior y ambiental Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de
su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo: ella
permite a cada uno llegar a la salvación mediante su libre
colaboración.
Por esto mismo, el Concilio, después de haber afirmado la
centralidad del misterio pascual, afirma: « Esto vale no
solamente para los cristianos, sino también para todos los
hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de
modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema
del hombre en realidad es una sola, es decir, divina. En
consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos
la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se
asocien a este misterio pascual ».[19]
" NOSOTROS NO PODEMOS MENSO DE HABLAR " (Act 4, 20)
11. ¿Qué decir, pues, de las objeciones ya mencionadas sobre la
misión ad gentes? Con pleno respeto de todas las creencias y
sensibilidades, ante todo debemos afirmar con sencillez nuestra
fe en Cristo, único salvador del hombre; fe recibida como un don
que proviene de lo Alto, sin mérito por nuestra parte. Decimos
con san Pablo: « No me avergüenzo del Evangelio, que es una
fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree » (Rom 1,
16). Los mártires cristianos de todas las épocas -también los de
la nuestra- han dado y siguen dando la vida por testimoniar ante
los hombres esta fe, convencidos de que cada hombre tiene
necesidad de Jesucristo, que ha vencido el pecado y la muerte, y
ha reconciliado a los hombres con Dios.
Cristo se ha proclamado Hijo de Dios, íntimamente unido al
Padre, y, como tal, ha sido reconocido por los discípulos,
confirmando sus palabras con los milagros y su resurrección. La
Iglesia ofrece a los hombres el Evangelio, documento profético,
que responde a las exigencias y aspiraciones del corazón humano
y que es siempre « Buena Nueva ». La Iglesia no puede dejar de
proclamar que Jesús, vino a revelar el rostro de Dios y
alcanzar, mediante la cruz y la resurrección, la salvación para
todos los hombres.
A la pregunta ¿Para qué la misión? respondemos con la fe y la
esperanza de la Iglesia: abrirse al amor de Dios es la verdadera
liberación. En él, sólo en él, somos liberados de toda forma de
alienación y extravío, de la esclavitud del poder del pecado y
de la muerte. Cristo es verdaderamente « nuestra paz » (Ef 2,
14), y « el amor de Cristo nos apremia » (2 Cor 5, 14), dando
sentido y alegría a nuestra vida. La misión es un problema de
fe, es el índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por
nosotros.
La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una
sabiduría meramente humanas, casi como una ciencia del vivir
bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una «
gradual secularización de la salvación », debido a lo cual se
lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a
medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio,
nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral,
que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a
los admirables horizontes de la filiación divina.
¿Por qué la misión? Porque a nosotros, como a san Pablo, « se
nos ha concedido la gracia de anunciar a los gentiles las
inescrutables riquezas de Cristo » (Ef 3, 8). La novedad de vida
en él es la « Buena Nueva » para el hombre de todo tiempo: a
ella han sido llamados y destinados todos los hombres. De hecho,
todos la buscan, aunque a veces de manera confusa, y tienen el
derecho a conocer el valor de este don y la posibilidad de
alcanzarlo. La Iglesia y, en ella, todo cristiano, no puede
esconder ni conservar para sí esta novedad y riqueza, recibidas
de la divina bondad para ser comunicadas a todos los hombres.
He ahí por qué la misión, además de provenir del mandato formal
del Señor, deriva de la exigencia profunda de la vida de Dios en
nosotros. Quienes han sido incorporados a la Iglesia han de
considerarse privilegiados y, por ello, mayormente comprometidos
en testimoniar la fe y la vida cristiana como servicio a los
hermanos y respuesta debida a Dios, recordando que « su
excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios
sino a una gracia singular de Cristo, no respondiendo a la cual
con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán
juzgados con mayor severidad ».[20]
CAPITULO II:
EL REINO DE DIOS
12. « Dios rico en misericordia es el que Jesucristo nos ha
revelado como Padre; cabalmente su Hijo, en sí mismo, nos lo ha
manifestado y nos lo ha hecho conocer ».[21] Escribía esto al
comienzo de la Encíclica Dives in Misericordia, mostrando cómo
Cristo es la revelación y la encarnación de la misericordia del
Padre. La salvación consiste en creer y acoger el misterio del
Padre y de su amor, que se manifiesta y se da en Jesús mediante
el Espíritu. Así se cumple el Reino de Dios, preparado ya por la
Antigua Alianza, llevado a cabo por Cristo y en Cristo, y
anunciado a todas las gentes por la Iglesia, que se esfuerza y
ora para que llegue a su plenitud de modo perfecto y definitivo.
El Antiguo Testamento atestigua que Dios ha escogido y formado
un pueblo para revelar y llevar a cabo su designio de amor.
Pero, al mismo tiempo, Dios es Creador y Padre de todos los
hombres se cuida de todos, a todos extiende su bendición (cf.
Gén 12, 3) y con todos hace una alianza -Gén 9, 1-17). Israel
tiene experiencia de un Dios personal y salvador (cf. Dt 4, 37;
7, 6-8; Is 43, 1-7), del cual se convierte en testigo y portavoz
en medio de las naciones. A lo largo de la propia historia,
Israel adquiere conciencia de que su elección tiene un
significado universal (cf. por ejemplo Is 2, 2-5; 6-8; 60, 1-6;
Jer 3, 17; 16, 19.
CRISTO HACE PRESENTE EL REINO
13. Jesús de Nazaret lleva a cumplimiento el plan de Dios.
Después de haber recibido el Espíritu Santo en el bautismo,
manifiesta su vocación mesiánica: recorre Galilea proclamando «
la Buena Nueva de Dios: "El tiempo se ha cumplido y el Reino
está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" » (Mc 1,
14-15; cf. Mt 4, 17; Lc 4, 43). La proclamación y la
instauración del Reino de Dios son el objeto de su misión: «
Porque a esto he sido enviado » (Lc 4, 43). Pero hay algo más:
Jesús en persona es la « Buena Nueva », como él mismo afirma al
comienzo de su misión en la sinagoga de Nazaret, aplicándose las
palabras de Isaías relativas al Ungido, enviado por el Espíritu
del Señor (cf. Lc. 4, 14-21). Al ser él la « Buena Nueva »,
existe en Cristo plena identidad entre mensaje y mensajero,
entre el decir, el actuar y el ser. Su fuerza, el secreto de la
eficacia de su acción consiste en la identificación total con el
mensaje que anuncia; proclama la « Buena Nueva » no sólo con lo
que dice o hace, sino también con lo que es.
El ministerio de Jesús se describe en el contexto de los viajes
por su tierra. La perspectiva de la misión antes de la Pascua se
centra en Israel; sin embargo, Jesús nos ofrece un elemento
nuevo de capital importancia. La realidad escatológica no se
aplaza hasta un fin remoto del mundo, sino que se hace próxima y
comienza a cumplirse. « El Reino de Dios está cerca » (Mc 1,
15); se ora para que venga (cf. Mt 6, 10); la fe lo ve ya
presente en los signos, como los milagros (cf. Mt 11, 4-5), los
exorcismos (cf. Mt 12, 25-28), la elección de los Doce (cf. Mc
3, 13-19), el anuncio de la Buena Nueva a los pobres (cf. Lc 4,
18). En los encuentros de Jesús con los paganos se ve con
claridad que la entrada en el Reino acaece mediante la fe y la
conversión (cf. Mc 1, 15) Y no por la mera pertenencia étnica.
El Reino que inaugura Jesús es el Reino de Dios; él mismo nos
revela quién es este Dios al que llama con el término familiar «
Abba », Padre (Mc 14, 36). El Dios revelado sobre todo en las
parábolas (cf. Lc 15, 3-32; Mt 20, 1-16) es sensible a las
necesidades, a los sufrimientos de todo hombre; es un Padre
amoroso y lleno de compasión, que perdona y concede
gratuitamente las gracias pedidas.
San Juan nos dice que « Dios es Amor » (1 Jn 4, 8. 16). Todo
hombre, por tanto, es invitado a « convertirse » y « creer » en
el amor misericordioso de Dios por él; el Reino crecerá en a
medida en que cada hombre aprenda a dirigirse a Dios como a un
Padre en la intimidad de la oración (cf. Lc 11, 2; Mt 23, 9), y
se esfuerce en cumplir su voluntad (cf. Mt 7, 21).
CARACTERISTICAS Y EXIGENCIAS DEL REINO
14. Jesús revela progresivamente las características y
exigencias del Reino mediante sus palabras, sus obras y su
persona.
El Reino está destinado a todos los hombres, dado que todos son
llamados a ser sus miembros. Para subrayar este aspecto, Jesús
se ha acercado sobre todo a aquellos que estaban al margen de la
sociedad, dándoles su preferencia, cuando anuncia la « Buena
Nueva ». Al comienzo de su ministerio proclama que ha sido «
enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva » (Lc 4, 18). A
todas las víctimas del rechazo y del desprecio Jesús les dice: «
Bienaventurados los pobres » (Lc 6, 20). Además, hace vivir ya a
estos marginados una experiencia de liberación, estando con
ellos y yendo a comer con ellos (cf. Lc 5, 30; 15, 2),
tratándoles como a iguales y amigos (cf. Lc 7, 34), haciéndolos
sentirse amados por Dios y manifestando así su inmensa ternura
hacia los necesitados y los pecadores (cf. Lc 15, 1-32).
La liberación y la salvación que el Reino de Dios trae consigo
alcanzan a la persona humana en su dimensión tanto física como
espiritual. Dos gestos caracterizan la misión de Jesús: curar y
perdonar. Las numerosas curaciones demuestran su gran compasión
ante la miseria humana, pero significan también que en el Reino
ya no habrá enfermedades ni sufrimientos y que su misión, desde
el principio, tiende a liberar de todo ello a las personas. En
la perspectiva de Jesús, las curaciones son también signo de
salvación espiritual, de liberación del pecado. Mientras cura,
Jesús invita a la fe, a la conversión, al deseo de perdón (cf.
Lc 5, 24). Recibida la fe, la curación anima a ir más lejos:
introduce en la salvación (cf. Lc 18, 42-43). Los gestos
liberadores de la posesión del demonio, mal supremo y símbolo
del pecado y de la rebelión contra Dios, son signos de que « ha
llegado a vosotros el Reino de Dios » (Mt 12, 28).
15. El Reino tiende a transformar las relaciones humanas y se
realiza progresivamente, a medida que los hombres aprenden a
amarse, a perdonarse y a servirse mutuamente. Jesús se refiere a
toda la ley, centrándola en el mandamiento del amor (cf. Mt 22,
34-40); Lc 10, 25-28). Antes de dejar a los suyos les da un «
mandamiento nuevo »: « Que os améis los unos a los otros como yo
os he amado » (Jn 15, 12; cf. 13, 34). El amor con el que Jesús
ha amado al mundo halla su expresión suprema en el don de su
vida por los hombres (cf. Jn 15, 13), manifestando así el amor
que el Padre tiene por el mundo (cf. Jn 3, 16). Por tanto la
naturaleza del Reino es la comunión de todos los seres humanos
entre sí y con Dios.
El Reino interesa a todos: a las personas, a sociedad, al mundo
entero. Trabajar por el Reino quiere decir reconocer y favorecer
el dinamismo divino, que está presente en la historia humana y
la transforma. Construir el Reino significa trabajar por la
liberación del mal en todas sus formas. En resumen, el Reino de
Dios es la manifestación y la realización de su designio de
salvación en toda su plenitud.
EN EL RESUCITADO, LLEGA A SU CUMPLIMIENTO Y ES PROCLAMADO EL
REINO E DIOS
16. Al resucitar Jesús de entre los muertos Dios ha vencido la
muerte y en él ha inaugurado definitivamente su Reino. Durante
su vida terrena Jesús es el profeta del Reino y, después de su
pasión, resurrección y ascensión al cielo, participa del poder
de Dios y de su dominio sobre el mundo (cf. Mt 28, 18; Act 2,
36; Ef 1, 18-31). La resurrección confiere un alcance universal
al mensaje de Cristo, a su acción y a toda su misión. Los
discípulos se percatan de que el Reino ya está presente en la
persona de Jesús y se va instaurando paulatinamente en el hombre
y en el mundo a través de un vínculo misterioso con él.
En efecto, después de la resurrección ellos predicaban el Reino,
anunciando a Jesús muerto y resucitado. Felipe anunciaba en
Samaría « la Buena Nueva del Reino de Dios y el nombre de
Jesucristo » (Act 8, 12). Pablo predicaba en Roma el Reino de
Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo (cf. Act 28,
31).
También los primeros cristianos anunciaban « el Reino de Cristo
y de Dios » (Ef 5, 5; cf. Ap 11, 15; 12, 10) o bien « el Reino
eterno de nuestro Señor Jesucristo » (2 Pe 1, 11). Es en el
anuncio de Jesucristo, con el que el Reino se identifica, donde
se centra la predicación de la Iglesia primitiva. Al igual que
entonces, hoy también es necesario unir el anuncio del Reino de
Dios (elcontenido del « kerigma » de Jesús) y la proclamación
del evento de Jesucristo (que es el « kerigma » de los
Apóstoles). Los dos anuncios se completan y se iluminan
mutuamente.
EL REINO CON RELACION A CRISTO Y A LA IGLESIA
17. Hoy se habla mucho del Reino, pero no siempre en sintonía
con el sentir de la Iglesia. En efecto, se dan concepciones de
la salvación y de la misión que podemos llamar «
antropocéntricas », en el sentido reductivo del término, al
estar centradas en torno a las necesidades terrenas del hombre.
En esta perspectiva el Reino tiende a convertirse en una
realidad plenamente humana y secularizada, en la que sólo
cuentan los programas y luchas por la liberación socioeconómica,
política y también cultural, pero con unos horizontes cerrados a
lo trascendente. Aun no negando que también a ese nivel haya
valores por promover, sin embargo tal concepción se reduce a los
confines de un reino del hombre, amputado en sus dimensiones
auténticas y profundas, y se traduce fácilmente en una de las
ideologías que miran a un progreso meramente terreno. El Reino
de Dios, en cambio, « no es de este mundo, no es de aquí » (Jn
18, 36).
Se dan además determinadas concepciones que, intencionadamente,
ponen el acento sobre el Reino y se presentan como «
reinocéntricas », las cuales dan relieve a la imagen de una
Iglesia que no piensa en si misma, sino que se dedica a
testimoniar y servir al Reino. Es una « Iglesia para los demás
», -se dice- como « Cristo es el hombre para los demás ». Se
describe el cometido de la Iglesia, como si debiera proceder en
una doble dirección; por un lado, promoviendo los llamados «
valores del Reino », cuales son la paz, la justicia, la
libertad, la fraternidad; por otro, favoreciendo el diálogo
entre los pueblos, las culturas, las religiones, para que,
enriqueciéndose mutuamente, ayuden al mundo a renovarse y a
caminar cada vez más hacia el Reino.
Junto a unos aspectos positivos, estas concepciones manifiestan
a menudo otros negativos. Ante todo, dejan en silencio a Cristo:
el Reino, del que hablan, se basa en un « teocentrismo », porque
Cristo -dicen- no puede ser comprendido por quien no profesa la
fe cristiana, mientras que pueblos, culturas y religiones
diversas pueden coincidir en la única realidad divina,
cualquiera que sea su nombre. Por el mismo motivo, conceden
privilegio al misterio de la creación, que se refleja en la
diversidad de culturas y creencias, pero no dicen nada sobre el
misterio de la redención. Además el Reino, tal como lo
entienden, termina por marginar o menospreciar a la Iglesia,
como reacción a un supuesto « eclesiocentrismo » del pasado y
porque consideran a la Iglesia misma sólo un signo, por lo demás
no exento de ambigüedad.
18. Ahora bien, no es éste el Reino de Dios que conocemos por la
Revelación, el cual no puede ser separado ni de Cristo ni de la
Iglesia.
Como ya queda dicho, Cristo no sólo ha anunciado el Reino, sino
que en él el Reino mismo se ha hecho presente y ha llegado a su
cumplimiento: « Sobre todo, el Reino se manifiesta en la persona
misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, quien vino "a
servir y a dar su vida para la redención de muchos" (Mc 10, 45)
».[22] El Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un
programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una
persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret,
imagen del Dios invisible.[23] Si se separa el Reino de la
persona de Jesús, no existe ya el reino de Dios revelado por él,
y se termina por distorsionar tanto el significado del Reino
-que corre el riesgo de transformarse en un objetivo puramente
humano o ideológico- como la identidad de Cristo, que no aparece
ya como el Señor, al cual debe someterse todo (cf. 1 Cor l5,
27).
Asimismo, el Reino no puede ser separado de la Iglesia.
Ciertamente, ésta no es fin para sí misma, ya que está ordenada
al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento. Sin
embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está
indisolublemente unida a ambos. Cristo ha dotado a la Iglesia,
su Cuerpo, de la plenitud de los bienes y medios de salvación;
el Espíritu Santo mora en ella, la vivifica con sus dones y
carismas, la santifica, la guía y la renueva sin cesar.[24] De
ahí deriva una relación singular y única que, aunque no excluya
la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los confines
visibles de la Iglesia, le confiere un papel específico y
necesario. De ahí también el vínculo especial de la Iglesia con
el Reino de Dios y de Cristo, dado que tiene « la misión de
anunciarlo e instaurarlo en todos los pueblos ».[25]
19. Es en esta visión de conjunto donde se comprende la realidad
del Reino. Ciertamente, éste exige la promoción de los bienes
humanos y de los valores que bien pueden llamarse « evangélicos
», porque están íntimamente unidos a la Buena Nueva. Pero esta
promoción, que la Iglesia siente también muy dentro de sí, no
debe separarse ni contraponerse a los otros cometidos
fundamentales, como son el anuncio de Cristo y de su Evangelio,
la fundación y el desarrollo de comunidades que actúan entre los
hombres la imagen viva del Reino. Con esto no hay que tener
miedo a caer en una forma de « eclesiocentrismo ». Pablo VI, que
afirmó la existencia de « un vínculo profundo entre Cristo, la
Iglesia y la evangelización »,[26] dijo también que la Iglesia «
no es fin para sí misma, sino fervientemente solícita de ser
toda de Cristo, en Cristo y para Cristo, y toda igualmente de
los hombres, entre los hombres y para los hombres ».[27]
LA IGLESIA AL SERVICIO DEL REINO
20. La Iglesia está efectiva y concretamente al servicio del
Reino. Lo está, ante todo, mediante el anuncio que llama a la
conversión; éste es el primer y fundamental servicio a la venida
del Reino en las personas y en la sociedad humana. La salvación
escatológica empieza, ya desde ahora, con la novedad de vida en
Cristo: « A todos los que la recibieron les dio el poder de
hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre » (Jn 1,
12).
La Iglesia, pues, sirve al Reino, fundando comunidades e
instituyendo Iglesias particulares, llevándolas a la madurez de
la fe y de la caridad, mediante la apertura a los demás, con el
servicio a la persona y a la sociedad, por la comprensión y
estima de las instituciones humanas.
La Iglesia, además, sirve al Reino difundiendo en el mundo los «
valores evangélicos », que son expresión de ese Reino y ayudan a
los hombres a acoger el designio de Dios. Es verdad, pues, que
la realidad incipiente del Reino puede hallarse también fuera de
los confines de la Iglesia, en la humanidad entera, siempre que
ésta viva los « valores evangélicos » y esté abierta a la acción
del Espíritu que. sopla donde y como quiere (cf. Jn 3, 8); pero
además hay que decir que esta dimensión temporal del Reino es
incompleta, si no está en coordinación con el Reino de Cristo,
presente en la Iglesia y en tensión hacia la plenitud
escatológica.[28]
Las múltiples perspectivas del Reino de Dios [29] no debilitan
los fundamentos y las finalidades de la actividad misionera,
sino que los refuerzan y propagan. La Iglesia, es sacramento de
salvación para toda la humanidad y su acción no se limita a los
que aceptan su mensaje. Es fuerza dinámica en el camino de la
humanidad hacia el Reino escatológico; es signo y a la vez
promotora de los valores evangélicos entre los hombres.[30] La
Iglesia contribuye a este itinerario de conversión al proyecto
de Dios, con su testimonio y su actividad, como son el diálogo,
la promoción humana, el compromiso por la justicia y la paz, la
educación, el cuidado de los enfermos, la asistencia a los
pobres y a los pequeños, salvaguardando siempre la prioridad de
las realidades trascendentes y espirituales, que son premisas de
la salvación escatológica.
La Iglesia, finalmente, sirve también al Reino con su
intercesión, al ser éste por su naturaleza don y obra de Dios,
como recuerdan las parábolas del Evangelio y la misma oración
enseñada por Jesús. Nosotros debemos pedirlo, acogerlo, hacerlo
crecer dentro de nosotros; pero también debemos cooperar para
que el Reino sea acogido y crezca entre los hombres, hasta que
Cristo « entregue a Dios Padre el Reino » y « Dios sea todo en
todo » (1 Cor 15, 24.28).
CAPITULO III:
EL ESPIRITU SANTO PROTAGONISTA DE LA MISION
21. « En el momento culminante de la misión mesiánica de Jesús,
el Espíritu Santo se hace presente en el misterio pascual con
toda su subjetividad divina: como el que debe continuar la obra
salvífica, basada en el sacrificio de la cruz. Sin duda esta
obra es encomendada por Jesús a los hombres: a los Apóstoles y a
la Iglesia. Sin embargo, en estos hombres y por medio de ellos,
el Espíritu Santo sigue siendo el protagonista trascendente de
la realización de esta obra en el espíritu del hombre y en la
historia del mundo ».
[31]
El Espíritu Santo es en verdad el protagonista de toda la misión
eclesial; su obra resplandece de modo eminente en la misión ad
gentes, como se ve en la Iglesia primitiva por la conversión de
Cornelio (cf. Act 10), por las decisiones sobre los problemas
que surgían (cf. Act 15),por la elección de los territorios y de
los pueblos (cf. Act 16, 6 ss). El Espíritu actúa por medio de
los Apóstoles, pero al mismo tiempo actúa también en los
oyentes: « Mediante su acción, la Buena Nueva toma cuerpo en las
conciencias y en los corazones humanos y se difunde en la
historia. En todo está el Espíritu Santo que da la vida »[32]
EL ENVIO "HASTA LOS CONFINES DE LA TIERRA" (Act 1, 8)
22. Todos los evangelistas, al narrar el encuentro del
Resucitado con los Apóstoles, concluyen con el mandato misional:
« Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id,
pues, y haced discípulos a todas las gentes. Sabed que yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28,
18-20; cf. Mc 16, 15-18; Lc 24, 46-49; Jn 20, 21-23).
Este envío es envío en el Espíritu, como aparece claramente en
el texto de san Juan: Cristo envía a los suyos al mundo, al
igual que el Padre le ha enviado a él y por esto les da el
Espíritu. A su vez, Lucas relaciona estrictamente el testimonio
que los Apóstoles deberán dar de Cristo con la acción del
Espíritu, que les hará capaces de llevar a cabo el mandato
recibido.
23. Las diversas formas del « mandato misionero » tienen puntos
comunes y también acentuaciones características. Dos elementos,
sin embargo, se hallan en todas las versiones. Ante todo, la
dimensión universal de la tarea confiada a los Apóstoles: « A
todas las gentes » (Mt 28, 19); « por todo el mundo ... a toda
la creación » (Mc 16, 15); « a todas las naciones » (Act 1, 8).
En segundo lugar, la certeza dada por el Señor de que en esa
tarea ellos no estarán solos, sino que recibirán la fuerza y los
medios para desarrollar su misión. En esto está la presencia y
el poder del Espíritu, y la asistencia de Jesús: « Ellos
salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con
ellos » (Mc 16, 20).
En cuanto a las diferencias de acentuación en el mandato, Marcos
presenta la misión como proclamación o Kerigma: « Proclaman la
Buena Nueva » (Mc 16, 15). Objetivo del evangelista es guiar a
sus lectores a repetir la confesión de Pedro: « Tú eres el
Cristo » (Mc 8, 29) y proclamar, como el Centurión romano
delante de Jesús muerto en la cruz: « Verdaderamente este hombre
era Hijo de Dios » (Mc 15, 39). En Mateo el acento misional está
puesto en la fundación de la Iglesia y en su enseñanza (cf. Mt
28, 19-20; 16, 18). En él, pues, este mandato pone de relieve
que la proclamación del Evangelio debe ser completada por una
específica catequesis de orden eclesial y sacramental. En Lucas,
la misión se presenta como testimonio (cf. Lc 24, 48; Act 1, 8),
cuyo objeto ante todo es la resurrección (cf. Act 1, 22). El
misionero es invitado a creer en la fuerza transformadora del
Evangelio y a anunciar lo que tan bien describe Lucas, a saber,
la conversión al amor y a la misericordia de Dios, la
experiencia de una liberación total hasta la raíz de todo mal,
el pecado.
Juan es el único que habla explícitamente de « mandato »
-palabra que equivale a « misión »- relacionando directamente la
misión que Jesús confía a sus discípulos con la que él mismo ha
recibido del Padre: « Como el Padre me envió, también yo os
envío » (Jn 20, 21).Jesús dice, dirigiéndose al Padre: « Como tú
me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo » (Jn
17, 18). Todo el sentido misionero del Evangelio de Juan está
expresado en la « oración sacerdotal »: « Esta es la vida
eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que
tu has enviado Jesucristo » (Jn 17, 3). Fin último de la misión
es hacer participes de la comunión que existe entre el Padre y
el Hijo: los discípulos deben vivir la unidad entre sí ,
permaneciendo en el Padre y en el Hijo, para que el mundo
conozca y crea (cf. Jn 17,21-23). Es éste un significativo texto
misionero que nos hace entender que se es misionero ante todo
por lo que se es, en cuanto Iglesia que vive profundamente la
unidad en el amor, antes de serlo por lo que se dice o se hace.
Por tanto, los cuatro evangelios, en la unidad fundamental de la
misma misión, testimonian un cierto pluralismo que refleja
experiencias y situaciones diversas de las primeras comunidades
cristianas; este pluralismo es también fruto del empuje dinámico
del mismo Espíritu; invita a estar atentos a los diversos
carismas misioneros y a las distintas condiciones ambientales y
humanas. Sin embargo, todos los evangelistas subrayan que la
misión de los discípulos es colaboración con la de Cristo: «
Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo » (Mt 28, 20) La misión, por consiguiente , no se basa en
las capacidades humanas, sino en el poder del Resucitado.
EL ESPIRITU GUIA LA MISION
24. La misión de la Iglesia, al igual que la de Jesús, es obra
de Dios o, como dice a menudo Lucas, obra del Espíritu. Después
de la resurrección y ascensión de Jesús, los Apóstoles viven una
profunda experiencia que los transforma: Pentecostés. La venida
del Espíritu Santo los convierte en testigos o profetas (cf. Act
1, 8; 2, 17-18), infundiéndoles una serena audacia que les
impulsa a transmitir a los demás su experiencia de Jesús y la
esperanza que los anima. El Espíritu les da la capacidad de
testimoniar a Jesús con « toda libertad ».
[33]
Cuando los evangelizadores salen de Jerusalén, el Espíritu asume
aún más la función de « guía » tanto en la elección de las
personas como de los caminos de la misión. Su acción se
manifiesta de modo especial en el impulso dado a la misión que
de hecho, según palabras de Cristo, se extiende desde Jerusalén
a toda Judea y Samaria, hasta los últimos confines de la tierra.
Los Hechos recogen seis síntesis de los « discursos misioneros »
dirigidos a los judíos el los comienzos de la Iglesia (cf. Act
2, 22-39; 3, 12-26; 4, 9-12; 5, 29-32; 10, 34-43; 13, 16-41).
Estos discursos-modelo, pronunciados por Pedro y por Pablo,
anuncian a Jesús e invitan a la « conversión », es decir, a
acoger a Jesús por la fe y a dejarse transformar en él por el
Espíritu.
Pablo y Bernabé se sienten empujados por el Espíritu hacia los
paganos (cf. Act 13 46-48), lo cual no sucede sin tensiones y
problemas. ¿Cómo deben vivir su fe en Jesús los gentiles
convertidos? ¿Están ellos vinculados a las tradiciones judías y
a la ley de la circuncisión? En el primer Concilio, que reúne en
Jerusalén a miembros de diversas Iglesias alrededor de los
Apóstoles, se toma una decisión reconocida como proveniente del
Espíritu: para hacerse cristiano no es necesario que un gentil
se someta a la ley judía (cf. Act 15, 5-11.28). Desde aquel
momento la Iglesia abre sus puertas y se convierte en la casa
donde todos pueden entrar y sentirse a gusto, conservando la
propia cultura y las propias tradiciones, siempre que no estén
en contraste con el Evangelio.
25. Los misioneros han procedido según esta línea, teniendo muy
presentes las expectativas y esperanzas) las angustias y
sufrimientos la cultura de la gente para anunciar la salvación
en Cristo. Los discursos de Listra y Atenas (cf. Act 14, 11-17;
17, 22-31) son considerados como modelos para la evangelización
de los paganos. En ellos Pablo « entra en diálogo » con los
valores culturales y religiosos de los diversos pueblos. A los
habitantes de Licaonia, que practicaban una religión de tipo
cósmico, les recuerda experiencias religiosas que se refieren al
cosmos; con los griegos discute sobre filosofía y cita a sus
poetas (cf. Act 17, 18.26-28). El Dios al que quiere revelar
está ya presente en su vida; es él, en efecto, quien los ha
creado y el que dirige misteriosamente los pueblos y la
historia. Sin embargo, para reconocer al Dios verdadero, es
necesario que abandonen los falsos dioses que ellos mismos han
fabricado y abrirse a aquel a quien Dios ha enviado para colmar
su ignorancia y satisfacer la espera de sus corazones (cf. Act
17, 27-30). Son discursos que ofrecen un ejemplo de
inculturación del Evangelio.
Bajo la acción del Espíritu, la fe cristiana se abre
decisivamente a las a gentes » y el testimonio de Cristo se
extiende a los centros más importantes del Mediterráneo oriental
para llegar posteriormente a Roma y al extremo occidente. Es el
Espíritu quien impulsa a ir cada vez mas lejos, no sólo en
sentido geográfico, sino también más allá de las barreras
étnicas y religiosas, para una misión verdaderamente universal.
EL ESPIRITU HACE MISIONERA A TODA IGLESIA
26. El Espíritu mueve al grupo de los creyentes a « hacer
comunidad », a ser Iglesia. Tras el primer anuncio de Pedro, el
día de Pentecostés, y las conversiones que se dieron a
continuación, se forma la primera comunidad (cf. Act 2, 42-47;
4, 32-35).
En efecto, uno de los objetivos centrales de la misión es reunir
al pueblo para la escucha del Evangelio, en la comunión
fraterna, en la oración y la Eucaristía. Vivir « la comunión
fraterna » (koinonía) significa tener « un solo corazón y una
sola alma » (Act 4, 32), instaurando una comunión bajo todos los
aspectos: humano, espiritual y material. De hecho, la verdadera
comunidad cristiana, se compromete también a distribuir los
bienes terrenos para que no haya indigentes y todos puedan tener
acceso a los bienes « según su necesidad » (Act 2, 45; 4, 35).
Las primeras comunidades, en las que reinaba « la alegría y
sencillez de corazón » (Act 2, 46) eran dinámicamente abiertas y
misioneras y « gozaban de la simpatía de todo el pueblo » (Act
2, 47). Aun antes de ser acción, la misión es testimonio e
irradiación.
[34]
27. Los Hechos indican que la misión, dirigida primero a Israel
y luego a las gentes, se desarrolla a muchos niveles. Ante todo,
existe el grupo de los Doce que, como un único cuerpo guiado por
Pedro, proclama la Buena Nueva. Está luego la comunidad de los
creyentes que, con su modo de vivir y actuar, da testimonio del
Señor y convierte a los paganos (cf. Act 2, 46-47). Están
también los enviados especiales, destinados a anunciar el
Evangelio. Y así, la comunidad cristiana de Antioquía envía sus
miembros a misionar: después de haber ayunado, rezado y
celebrado la Eucaristía, esta comunidad percibe que el Espíritu
Santo ha elegido a Pablo y Bernabé para ser enviados (cf. Act
13, 1-4). En sus orígenes, por tanto, la misión es considerada
como un compromiso comunitario y una responsabilidad de la
Iglesia local, que tiene necesidad precisamente de « misioneros
» para lanzarse hacia nuevas fronteras. Junto a aquellos
enviados había otros que atestiguaban espontáneamente la novedad
que había transformado sus vidas y luego ponían en conexión las
comunidades en formación con la Iglesia apostólica.
La lectura de los Hechos nos hace entender que, al comienzo de
la Iglesia, la misión ad gentes, aun contando ya con misioneros
« de por vida », entregados a ella por una vocación especial, de
hecho era considerada como un fruto normal de la vida cristiana,
un compromiso para todo creyente mediante el testimonio personal
y el anuncio explícito, cuando era posible.
EL ESPIRIRTU ESTA PRESENTE OPERANTE EN TODO LUGAR
28. El Espíritu se manifiesta de modo particular en la Iglesia y
en sus miembros; sin embargo, su presencia y acción son
universales, sin límite alguno ni de espacio ni de tiempo.
[35] El Concilio Vaticano II recuerda la acción del Espíritu en
el corazón del hombre, mediante las « semillas de la Palabra »,
incluso en las iniciativas religiosas, en los esfuerzos de la
actividad humana encaminados a la verdad, al bien y a Dios.
[36]
El Espíritu ofrece al hombre « su luz y su fuerza ... a fin de
que pueda responder a su máxima vocación »; mediante el Espíritu
« el hombre llega por la fe a contemplar y saborear el misterio
del plan divino »; más aún, « debemos creer que el Espíritu
Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma que sólo
Dios conoce, se asocien a este misterio pascual ».[37] En todo
caso, la Iglesia « sabe también que el hombre, atraído sin cesar
por el Espíritu de Dios, nunca jamás será del todo indiferente
ante el problema religioso » y « siempre deseará ... saber, al
menos confusamente, el sentido de su vida, de su acción y de su
muerte ».[38] El Espíritu, pues, está en el origen mismo de la
pregunta existencial y religiosa del hombre, la cual surge no
sólo de situaciones contingentes, sino de la estructura misma de
su ser.[39]
La presencia y la actividad del Espíritu no afectan únicamente a
los individuos, sino también a la sociedad, a la historia, a los
pueblos, a las culturas y a las religiones. En efecto, el
Espíritu se halla en el origen de los nobles ideales y de las
iniciativas de bien de la humanidad en camino; « con admirable
providencia guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la
tierra ».[40] Cristo resucitado « obra ya por la virtud de su
Espíritu en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo
del siglo futuro, sino también, por eso mismo, alentando,
purificando y corroborando los generosos propósitos con que la
familia humana intenta hacer más llevadera su vida y someter la
tierra a este fin ».[41] Es también el Espíritu quien esparce «
las semillas de la Palabra » presentes en los ritos y culturas,
y los prepara para su madurez en Cristo.[42]
29. Así el Espíritu que « sopla donde quiere » (Jn 3, 8) y «
obraba ya en el mundo aun antes de que Cristo fuera glorificado
»,[43] que « llena el mundo y todo lo mantiene unido, que sabe
todo cuanto se habla » (Sab 1, 7), nos lleva a abrir más nuestra
mirada para considerar su acción presente en todo tiempo y
lugar.[44] Es una llamada que yo mismo he hecho repetidamente y
que me ha guiado en mis encuentros con los pueblos más diversos.
La relación de la Iglesia con las demás religiones está guiada
por un doble respeto: « Respeto por el hombre en su búsqueda de
respuesta a las preguntas más profundas de la vida, y respeto
por la acción del Espíritu en el hombre ».[45] El encuentro
interreligioso de Asís, excluida toda interpretación equívoca,
ha querido reafirmar mi convicción de que « toda auténtica
plegaria está movida por el Espíritu Santo, que está presente
misteriosamente en el corazón de cada persona.[46]
Este Espíritu es el mismo que se ha hecho presente en la
encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y que
actúa en la Iglesia. No es, por consiguiente, algo alternativo a
Cristo, ni viene a llenar una especie de vacío, como a veces se
da por hipótesis que exista entre Cristo y el Logos. Todo lo que
el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos,
así como en las culturas y religiones tiene un papel de
preparación evangélica,[47] y no puede menos de referirse a
Cristo, Verbo encarnado por obra del Espíritu, « para que,
hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas
».[48]
La acción universal del Espíritu no hay que separarla tampoco de
la peculiar acción que despliega en el Cuerpo de Cristo que es
la Iglesia. En efecto, es siempre el Espíritu quien actúa, ya
sea cuando vivifica la Iglesia y la impulsa a anunciar a Cristo,
ya sea cuando siembra y desarrolla sus dones en todos los
hombres y pueblos, guiando a la Iglesia a descubrirlos,
promoverlos y recibirlos mediante el diálogo. Toda clase de
presencia del Espíritu ha de ser acogida con estima y gratitud;
pero el discernirla compete a la Iglesia, a la cual Cristo ha
dado su Espíritu para guiarla hasta la verdad completa (cf. Jn
16, 13).
LA ACTIVIDAD MISIONERA ESTA AUN EN SUS COMIENZOS
30. Nuestra época, con la humanidad en movimiento y búsqueda,
exige un nuevo impulso en la actividad misionera de la Iglesia.
Los horizontes y las posibilidades de la misión se ensanchan, y
nosotros los cristianos estamos llamados a la valentía
apostólica, basada en la confianza en el Espíritu ¡El es el
protagonista de la misión!
En la historia de la humanidad son numerosos los cambios
periódicos que favorecen el dinamismo misionero. La Iglesia,
guiada por el Espíritu, ha respondido siempre a ellos con
generosidad y previsión. Los frutos no han faltado. Hace poco se
ha celebrado el milenario de la evangelización de la Rus" y de
los pueblos eslavos y se está acercando la celebración del V
Centenario de la evangelización de América. Asimismo se han
conmemorado recientemente los centenarios de las primeras
misiones en diversos Países de Asia, África y Oceanía. Hoy la
Iglesia debe afrontar otros desafíos, proyectándose hacia nuevas
fronteras, tanto en la primera misión ad gentes, como en la
nueva evangelización de pueblos que han recibido ya el anuncio
de Cristo. Hoy se pide a todos los cristianos, a las Iglesias
particulares y a la Iglesia universal la misma valentía que
movió a los misioneros del pasado y la misma disponibilidad para
escuchar la voz del Espíritu.
CAPITULO IV:
LOS INMENSOS HORIZONTES DE LA MISION AD GENTES
31. El Señor Jesús envió a sus Apóstoles a todas las personas y
pueblos, y a todos los lugares de la tierra. Por medio de los
Apóstoles la Iglesia recibió una misión universal, que no conoce
confines y concierne a la salvación en toda su integridad, de
conformidad con la plenitud de vida que Cristo vino a traer (cf.
Jn 10,10); ha sido enviada « para manifestar y comunicar la
caridad de Dios a todos los hombres y pueblos ».[49]
Esta misión es única, al tener el mismo origen y finalidad; pero
en el interior de la Iglesia hay tareas y actividades diversas.
Ante todo, se da la actividad misionera que vamos a llamar
misión ad gentes, con referencia al Decreto conciliar: se trata
de una actividad primaria de la Iglesia, esencial y nunca
concluida. En efecto, la Iglesia « no puede sustraerse a la
perenne misión de llevar el Evangelio a cuantos -y son millones
de hombres y mujeres- no conocen todavía a Cristo Redentor del
hombre. Esta es la responsabilidad más específicamente misionera
que Jesús ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su
Iglesia ».[50]
UN MARCO RELIGIOSO, COMPLEJO Y EN MOVIMIENTO
32. Hoy nos encontramos ante una situación religiosa bastante
diversificada y cambiante; los pueblos están en movimiento;
realidades sociales y religiosas, que tiempo atrás eran claras y
definidas, hoy día se transforman en situaciones complejas.
Baste pensar en algunos fenómenos, como el urbanismo, las
migraciones masivas, el movimiento de prófugos, la
descristianización de países de antigua cristiandad, el influjo
pujante del Evangelio y de sus valores en naciones de grandísima
mayoría no cristiana, el pulular de mesianismos y sectas
religiosas. Es un trastocamiento tal de situaciones religiosas y
sociales, que resulta difícil aplicar concretamente determinadas
distinciones y categorías eclesiales a las que ya estábamos
acostumbrados. Antes del Concilio ya se decía de algunas
metrópolis o tierras cristianas que se habían convertido en «
países de misión »; ciertamente la situación no ha mejorado en
los años sucesivos.
Por otra parte, la actividad misionera ha dado ya abundantes
frutos en todas las partes del mundo, debido a lo cual hay ya
Iglesias establecidas, a veces tan sólidas y maduras que proveen
adecuadamente a las necesidades de las propias comunidades y
envían también personal para la evangelización a otras Iglesias
y territorios. Surge de aquí el contraste con áreas de antigua
cristiandad, que es necesario reevangelizar. Tanto es así que
algunos se preguntan si aún se puede hablar de actividad
misionera específica o de ámbitos precisos de la misma, o más
bien se debe admitir que existe una situación misionera única,
no habiendo en consecuencia más que una sola misión, igual por
todas partes. La dificultad de interpretar esta realidad
compleja y mudable respecto al mandato de evangelización, se
manifiesta ya en el mismo « vocabulario misionero »; por
ejemplo, existe una cierta duda en usar los términos « misiones
» y « misioneros », por considerarlos superados y cargados de
resonancias históricas negativas. Se prefiere emplear el
substantivo « misión » en singular y el adjetivo « misionero »,
para calificar toda actividad de la Iglesia.
Tal entorpecimiento esta indicando un cambio real que tiene
aspectos positivos. La llamada vuelta o « repatriación » de las
misiones a la misión de la Iglesia, la confluencia de la
misionología en la eclesiología y la inserción de ambas en el
designio trinitario de salvación, han dado un nuevo respiro a la
misma actividad misionera, concebida no ya como una tarea al
margen de la Iglesia, sino inserta en el centro de su vida, como
compromiso básico de todo el Pueblo de Dios. Hay que precaverse,
sin embargo, contra el riesgo de igualar situaciones muy
distintas y de reducir, si no hacer desaparecer, la misión y los
misioneros ad gentes. Afirmar que toda la Iglesia es misionera
no excluye que haya una específica misión ad gentes; al igual
que decir que todos los católicos deben ser misioneros, no
excluye que haya « misioneros ad gentes yde por vida », por
vocación específica.
LA MISION "AD AGENTES" CONSERVA SU VALOR
33. Las diferencias en cuanto a la actividad dentro de esta
misión de la Iglesia, nacen no de razones intrínsecas a la
misión misma, sino de las diversas circunstancias en las que
ésta se desarrolla.[51] Mirando al mundo actual, desde el punto
de vista de la evangelización, se pueden distinguir tres
situaciones.
En primer lugar, aquella a la cual se dirige la actividad
misionera de la Iglesia: pueblos, grupos humanos, contextos
socioculturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos, o
donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como
para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a
otros grupos. Esta es propiamente la misión ad gentes.[52]
Hay también comunidades cristianas con estructuras eclesiales
adecuadas y sólidas; tienen un gran fervor de fe y de vida;
irradian el testimonio del Evangelio en su ambiente y sienten el
compromiso de la misión universal. En ellas se desarrolla la
actividad o atención pastoral de la Iglesia.
Se da, por último, una situación intermedia, especialmente en
los países de antigua cristiandad, pero a veces también en las
Iglesias más jóvenes, donde grupos enteros de bautizados han
perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya
como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de
Cristo y de su Evangelio. En este caso es necesaria una « nueva
evangelización » o « reevangelización ».
34. La actividad misionera específica, o misión ad gentes, tiene
como destinatarios « a los pueblos o grupos humanos que todavía
no creen en Cristo », « a los que están alejados de Cristo »,
entre los cuales la Iglesia « no ha arraigado todavía »,[53] y
cuya cultura no ha sido influenciada aún por el Evangelio.[54]
Esta actividad se distingue de las demás actividades eclesiales,
porque se dirige a grupos y ambientes no cristianos, debido a la
ausencia o insuficiencia del anuncio evangélico y de la
presencia eclesial. Por tanto, se caracteriza como tarea de
anunciar a Cristo y a su Evangelio, de edificación de la Iglesia
local, de promoción de los valores del Reino. La peculiaridad de
esta misión ad gentes está en el hecho de que se dirige a los «
no cristianos ». Por tanto, hay que evitar que esta «
responsabilidad más específicamente misionera que Jesús ha
confiado y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia »,[55] se
vuelva una flaca realidad dentro de la misión global del Pueblo
de Dios y, consiguientemente, descuidada u olvidada.
Por lo demás, no es fácil definir los confines entre atención
pastoral a los fieles, nueva evangelización y actividad
misionera específica, yno es pensable crear entre ellos barreras
o recintos estancados. No obstante, es necesario mantener viva
la solicitud por el anuncio y por la fundación de nuevas
Iglesias en los pueblos y grupos humanos donde no existen,
porque ésta es la tarea primordial de la Iglesia, que ha sido
enviada a todos los pueblos, hasta los confines dela tierra. Sin
la misión ad gentes, la misma dimensión misionera de la Iglesia
estaría privada de su significado fundamental y de su actuación
ejemplar.
Hay que subrayar, además, una real y creciente interdependencia
entre las diversas actividades salvíficas de la Iglesia: cada
una influye en la otra, la estimula y la ayuda. El dinamismo
misionero crea intercambio entre las Iglesias y las orienta
hacia el mundo exterior, influyendo positivamente en todos los
sentidos. Las Iglesias de antigua cristiandad, por ejemplo, ante
la dramática tarea de la nueva evangelización, comprenden mejor
que no pueden ser misioneras respecto a los no cristianos de
otros países o continentes, si antes no se preocupan seriamente
de los no cristianos en su propia casa. La misión ad intra es
signo creíble y estímulo para la misión ad extra, y viceversa.
A TODOS LOS PUEBLOS, NO OBSTANTE LAS DIFICULTADES
35. La misión ad gentes tiene ante sí una tarea inmensa que de
ningún modo está en vías de extinción. Al contrario, bien sea
bajo el punto de vista numérico por el aumento demográfico, o
bien bajo el punto de vista sociocultural por el surgir de
nuevas relaciones, comunicaciones y cambios de situaciones,
parece destinada hacia horizontes todavía más amplios. La tarea
de anunciar a Jesucristo a todos los pueblos se presenta inmensa
y desproporcionada respecto a las fuerzas humanas de la Iglesia.
Las dificultades parecen insuperables y podrían desanimar, si se
tratara de una obra meramente humana. En algunos países está
prohibida la entrada de misioneros; en otros, está prohibida no
sólo la evangelización, sino también la conversión e incluso el
culto cristiano. En otros lugares los obstáculos son de tipo
cultural: la transmisión del mensaje evangélico resulta
insignificante o incomprensible, y la conversión está
considerada como un abandono del propio pueblo y cultura.
36. No faltan tampoco dificultades internas al Pueblo de Dios,
las cuales son ciertamente las más dolorosas. Mi predecesor
Pablo VI señalaba, en primer lugar, « la falta de fervor, tanto
más grave cuanto que viene de dentro. Dicha falta de fervor se
manifiesta en la fatiga y desilusión, en la acomodación al
ambiente y en el desinterés, y sobre todo en la falta de alegría
y de esperanza ».[56] Grandes obstáculos para la actividad
misionera de la Iglesia son también las divisiones pasadas y
presentes entre los cristianos,[57] la descristianización de
países cristianos, la disminución de las vocaciones al
apostolado, los antitestimonios de fieles que en su vida no
siguen el ejemplo de Cristo. Pero una de las razones más graves
del escaso interés por el compromiso misionero es la mentalidad
indiferentista, ampliamente difundida, por desgracia, incluso
entre los cristianos, enraizada a menudo en concepciones
teológicas no correctas y marcada por un relativismo religioso
que termina por pensar que « una religión vale la otra ».
Podemos añadir -como decía el mismo Pontífice- que no faltan
tampoco « pretextos que parecen oponerse a la evangelización.
Los más insidiosos son ciertamente aquellos para cuya
justificación se quieren emplear ciertas enseñanzas del Concilio
».[58]
A este respecto, recomiendo vivamente a los teólogos y a los
profesionales de la prensa cristiana que intensifiquen su propio
servicio a la misión, para encontrar el sentido profundo de su
importante labor, siguiendo la recta vía del sentire cum
Ecclesia.
Las dificultades internas y externas no deben hacernos
pesimistas o inactivos. Lo que cuenta -aquí como en todo sector
de la vida cristiana- es la confianza que brota de la fe, o sea,
de la certeza de que no somos nosotros los protagonistas de la
misión , sino Jesucristo y su Espíritu. Nosotros únicamente
somos colaboradores y, cuando hayamos hecho todo lo que hemos
podido, debemos decir: « Siervos inútiles somos; hemos hecho lo
que debíamos hacer » (Lc 17, 10).
AMBITOS DE LA MISION "AD AGENTES"
37. La misión ad gentes en virtud del mandato universal de
Cristo no conoce confines. Sin embargo, se pueden delinear
varios ámbitos en los que se realiza, de modo que se pueda tener
una visión real de la situación.
a) Ambitos territoriales. La actividad misionera ha sido
definida normalmente en relación con territorios concretos. El
Concilio Vaticano II ha reconocido la dimensión territorial de
la misión ad gentes,[59] que también hoy es importante, en orden
a determinar responsabilidades, competencias y límites
geográficos de acción. Es verdad que a una misión universal debe
corresponder una perspectiva universal. En efecto, la Iglesia no
puede aceptar que límites geográficos o dificultades de índole
política sean obstáculo para su presencia misionera. Pero
también es verdad que la actividad misionera ad gentes, al ser
diferente de la atención pastoral a los fieles y de la nueva
evangelización de los no practicantes, se ejerce en territorios
y entre grupos humanos bien definidos.
El multiplicarse de las jóvenes Iglesias en tiempos recientes no
debe crear ilusiones. En los territorios confiados a estas
Iglesias, especialmente en Asia, pero también en África, América
Latina y Oceanía, hay vastas zonas sin evangelizar; a pueblos
enteros y áreas culturales de gran importancia en no pocas
naciones no ha llegado aún el anuncio evangélico y la presencia
de la Iglesia local.[60] Incluso en países tradicionalmente
cristianos hay regiones confiadas al régimen especial de la
misión ad gentes grupos y áreas no evangelizadas. Se impone
pues, incluso en estos países, no sólo una nueva evangelización
sino también, en algunos casos, una primera evangelización.[61]
Las situaciones, con todo, no son homogéneas. Aun reconociendo
que las afirmaciones sobre la responsabilidad misionera de la
Iglesia no son creíbles, si no están respaldadas por un serio
esfuerzo de nueva evangelización en los países de antigua
cristiandad, no parece justo equiparar la situación de un pueblo
que no ha conocido nunca a Jesucristo con la de otro que lo ha
conocido, lo ha aceptado y después lo ha rechazado, aunque haya
seguido viviendo en una cultura que ha asimilado en gran parte
los principios y valores evangélicos. Con respecto a la fe, son
dos situaciones sustancialmente distintas. De ahí que, el
criterio geográfico, aunque no muy preciso y siempre
provisional, sigue siendo válido todavía para indicar las
fronteras hacia las que debe dirigirse la actividad misionera.
Hay países, áreas geográficas y culturales en que faltan
comunidades cristianas autóctonas; en otros lugares éstas son
tan pequeñas, que no son un signo claro de la presencia
cristiana; o bien estas comunidades carecen de dinamismo para
evangelizar su sociedad o pertenecen a poblaciones minoritarias,
no insertadas en la cultura nacional dominante. En el Continente
asiático, en particular, hacia el que debería orientarse
principalmente la misión ad gentes, los cristianos son una
pequeña minoría, por más que a veces se den movimientos
significativos de conversión y modos ejemplares de presencia
cristiana.
b) Mundos y fenómenos sociales nuevos. Las rápidas y profundas
transformaciones que caracterizan el mundo actual, en particular
el Sur, influyen grandemente en el campo misionero: donde antes
existían situaciones humanas y sociales estables, hoy día todo
está cambiado. Piénsese, por ejemplo, en la urbanización y en el
incremento masivo de las ciudades, sobre todo donde es más
fuerte la presión demográfica. Ahora mismo, en no pocos países,
más de la mitad de la población vive en algunas megalópolis,
donde los problemas humanos a menudo se agravan incluso por el
anonimato en que se ven sumergidas las masas humanas.
En los tiempos modernos la actividad misionera se ha
desarrollado sobre todo en regiones aisladas, distantes de los
centros civilizados e inaccesibles por la dificultades de
comunicación, de lengua y de clima. Hoy la imagen de la misión
ad gentes quizá está cambiando: lugares privilegiados deberían
ser las grandes ciudades, donde surgen nuevas costumbres y
modelos de vida, nuevas formas de cultura, que luego influyen
sobre la población. Es verdad que la « opción por los últimos »
debe llevar a no olvidar los grupos humanos más marginados y
aislados, pero también es verdad que no se pueden evangelizar
las personas o los pequeños grupos descuidando, por así decir,
los centros donde nace una humanidad nueva con nuevos modelos de
desarrollo. El futuro de las jóvenes naciones se está formando
en las ciudades.
Hablando del futuro no se puede olvidar a los jóvenes, que en
numerosos países representan ya más de la mitad de la población.
¿Cómo hacer llegar el mensaje de Cristo a los jóvenes no
cristianos, que son el futuro de Continentes enteros?
Evidentemente ya no bastan los medios ordinarios de la pastoral;
hacen falta asociaciones e instituciones, grupos y centros
apropiados, iniciativas culturales y sociales para los jóvenes.
He ahí un campo en el que los movimientos eclesiales modernos
tienen amplio espacio para trabajar con empeño.
Entre los grandes cambios del mundo contemporáneo, las
migraciones han producido un fenómeno nuevo: los no cristianos
llegan en gran número a los países de antigua cristiandad,
creando nuevas ocasiones de comunicación e intercambios
culturales, lo cual exige a la Iglesia la acogida, el diálogo,
la ayuda y, en una palabra, la fraternidad. Entre los
emigrantes, los refugiados ocupan un lugar destacado y merecen
la máxima atención. Estos son ya muchos millones en el mundo y
no cesan de aumentar; han huido de condiciones de opresión
política y de miseria inhumana, de carestías y sequías de
dimensiones catastróficas. La Iglesia debe acogerlos en el
ámbito de su solicitud apostólica.
Finalmente, se deben recordar las situaciones de pobreza, a
menudo intolerable, que se dan en no pocos países y que, con
frecuencia, son el origen de las migraciones de masa. La
comunidad de los creyentes en Cristo se ve interpelada por estas
situaciones inhumanas: el anuncio de Cristo y del Reino de Dios
debe llegar a ser instrumento de rescate humano para estas
poblaciones.
c) Areas culturales o areópagos modernos. Pablo, después de
haber predicado en numerosos lugares, una vez llegado a Atenas
se dirige al areópago donde anuncia el Evangelio usando un
lenguaje adecuado y comprensible en aquel ambiente (cf. Act 17,
22-31). El areópago representaba entonces el centro de la
cultura del docto pueblo ateniense, y hoy puede ser tomado como
símbolo de los nuevos ambientes donde debe proclamarse el
Evangelio.
El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la
comunicación, que está unificando a la humanidad y
transformándola -como suele decirse- en una « aldea global ».
Los medios de comunicación social han alcanzado tal importancia
que para muchos son el principal instrumento informativo y
formativo, de orientación e inspiración para los comportamientos
individuales, familiares y sociales. Las nuevas generaciones,
sobre todo, crecen en un mundo condicionado por estos medios.
Quizás se ha descuidado un poco este areópago: generalmente se
privilegian otros instrumentos para el anuncio evangélico y para
la formación cristiana, mientras los medios de comunicación
social se dejan a la iniciativa de individuos o de pequeños
grupos, y entran en la programación pastoral sólo a nivel
secundario. El trabajo en estos medios, sin embargo, no tiene
solamente el objetivo de multiplicar el anuncio. Se trata de un
hecho más profundo, porque la evangelización misma de la cultura
moderna depende en gran parte de su influjo. No basta, pues,
usarlos para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la
Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta «
nueva cultura » creada por la comunicación moderna. Es un
problema complejo, ya que esta cultura nace, aun antes que de
los contenidos, del hecho mismo de que existen nuevos modos de
comunicar con nuevos lenguajes, nuevas técnicas, nuevos
comportamientos sicológicos. Mi predecesor Pablo VI decía que: «
la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama
de nuestro tiempo »;[62] y el campo de la comunicación actual
confirma plenamente este juicio.
Existen otros muchos areópagos del mundo moderno hacia los
cuales debe orientarse la actividad misionera de la Iglesia. Por
ejemplo, el compromiso por la paz, el desarrollo y la liberación
de los pueblos; los derechos del hombre y de los pueblos, sobre
todo los de las minorías; la promoción de la mujer y del niño;
la salvaguardia de la creación, son otros tantos sectores que
han de ser iluminados con la luz del Evangelio.
Hay que recordar, además, el vastísimo areópago de la cultura,
de la investigación científica, de las relaciones
internacionales que favorecen el diálogo y conducen a nuevos
proyectos de vida. Conviene estar atentos y comprometidos con
estas instancias modernas. Los hombres se sienten como
navegantes en el mar tempestuoso de la vida, llamados siempre a
una mayor unidad y solidaridad: las soluciones a los problemas
existenciales deben ser estudiadas, discutidas y experimentadas
con la colaboración de todos. Por esto los organismos y
encuentros internacionales se demuestran cada vez más
importantes en muchos sectores de la vida humana, desde la
cultura a la política, desde la economía a la investigación. Los
cristianos, que viven y trabajan en esta dimensión
internacional, deben recordar siempre su deber de dar testimonio
del Evangelio.
38. Nuestro tiempo es dramático y al mismo tiempo fascinador.
Mientras por un lado los hombres dan la impresión de ir detrás
de la prosperidad material y de sumergirse cada vez más en el
materialismo consumístico, por otro, manifiestan la angustiosa
búsqueda de sentido, la necesidad de interioridad , el deseo de
aprender nuevas formas y modos de concentración y de oración. No
sólo en las culturas impregnadas de religiosidad, sino también
en las sociedades secularizadas, se busca la dimensión
espiritual de la vida como antídoto a la deshumanización. Este
fenómeno así llamado del « retorno religioso » no carece de
ambigüedad, pero también encierra una invitación. La Iglesia
tiene un inmenso patrimonio espiritual para ofrecer a la
humanidad: en Cristo, que se proclama « el Camino, la Verdad y
la Vida » (Jn 14, 6).Es la vía cristiana para el encuentro con
Dios, para la oración, la ascesis, el descubrimiento del sentido
de la vida. También éste es un areópago que hay que evangelizar.
FIDELIDAD A CRISTO Y PROMOCION DE LA LIBERTAD DEL HOMBRE
39. Todas las formas de la actividad misionera están marcadas
por la conciencia de promover la libertad del hombre,
anunciándole a Jesucristo. La Iglesia debe ser fiel a Cristo,
del cual es el Cuerpo y continuadora de su misión. Es necesario
que ella camine « por el mismo sendero que Cristo; es decir, por
el sendero de la pobreza, la obediencia, el servicio y la
inmolación propia hasta la muerte, de la que surgió victorioso
por su resurrección ».[63] La Iglesia, pues, tiene el deber de
hacer todo lo posible para desarrollar su misión en el mundo y
llegar a todos los pueblos; tiene también el derecho que le ha
dado Dios para realizar su plan. La libertad religiosa, a veces
todavía limitada o coartada, es la premisa y la garantía de
todas las libertades que aseguran el bien común de las personas
y de los pueblos. Es de desear que la auténtica libertad
religiosa sea concedida a todos en todo lugar; ya con este fin
la Iglesia despliega su labor en los diferentes países,
especialmente en los de mayoría católica, donde tiene un mayor
peso. No se trata de un problema de religión de mayoría o de
minoría, sino más bien de un derecho inalienable de toda persona
humana.
Por otra parte, la Iglesia se dirige al hombre en el pleno
respeto de su libertad.[64] La misión no coarta la libertad,
sino más bien la favorece. La Iglesia propone, no impone nada:
respeta las personas y las culturas, y se detiene ante el
sagrario de la conciencia. A quienes se oponen con los pretextos
más variados a la actividad misionera de la Iglesia; ella va
repitiendo: ¡Abrid las puertas a Cristo!
Me dirijo a todas las Iglesias particulares, jóvenes y antiguas.
El mundo va unificándose cada vez más, el espíritu evangélico
debe llevar a la superación de las barreras culturales y
nacionalísticas, evitando toda cerrazón. Benedicto XV ya
amonestaba a los misioneros de su tiempo a que, si acaso « se
olvidaban de la propia dignidad, pensasen en su patria terrestre
más que en la del cielo ».[65] La misma amonestación vale hoy
para las Iglesias particulares: ¡Abrid las puertas a los
misioneros!, ya que « una Iglesia particular que se desgajara
voluntariamente de la Iglesia universal perdería su referencia
al designio de Dios y se empobrecería en su dimensión eclesial
».[66]
DIRIGIR LA ATENCION HACIA EL SUR Y HACIA EL ORIENTE
40. La actividad misionera representa aún hoy día el mayor
desafío para la Iglesia. Mientras se aproxima el final del
segundo milenio de la Redención, es cada vez más evidente que
las gentes que todavía no han recibido el primer anuncio de
Cristo son la mayoría de la humanidad. EL balance de la
actividad misionera en los tiempos modernos es ciertamente
positivo: la Iglesia ha sido fundada en todos los Continentes;
es más, hoy la mayoría de los fieles y de las Iglesias
particulares ya no están en la vieja Europa sino en los
Continentes que los misioneros han abierto a la fe.
Sin embargo, se da el caso de que « los confines de la tierra »,
a los que debe llegar el Evangelio, se alejan cada vez más, y la
sentencia de Tertuliano, según la cual « el Evangelio ha sido
anunciado en toda la tierra y a todos los pueblos » [67]está muy
lejos de su realización concreta: la misión ad gentes está
todavía en los comienzos. Nuevos pueblos comparecen en la escena
mundial y también ellos tienen el derecho a recibir el anuncio
de la salvación. El crecimiento demográfico del Sur y de
Oriente, en países no cristianos, hace aumentar continuamente el
número de personas que ignoran la redención de Cristo.
Hay que dirigir, pues, la atención misionera hacia aquellas
áreas geográficas y aquellos ambientes culturales que han
quedado fuera del influjo evangélico. Todos los creyentes en
Cristo deben sentir como parte integrante de su fe la solicitud
apostólica de transmitir a otros su alegría y su luz. Esta
solicitud debe convertirse, por así decirlo, en hambre y sed de
dar a conocer al Señor, cuando se mira abiertamente hacia los
inmensos horizontes del mundo no cristiano.
CAPITULO V:
LOS CAMINOS DE LA MISION
41. « La actividad misionera es, en última instancia, la
manifestación del propósito de Dios, o epifanía, y su
realización en el mundo y en la historia, en la que Dios, por
medio de la misión, perfecciona abiertamente la historia de la
salvación ».[68] ¿Qué camino sigue la Iglesia para conseguir
este resultado?
La misión es una realidad unitaria, pero compleja, y se
desarrolla de diversas maneras, entre las cuales algunas son de
particular importancia en la presente situación de la Iglesia y
del mundo.
LA PRIMERA FORMA DE EVANGELIZACION ES EL TESTIMONIO
42. El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los
maestros;[69] cree más en la experiencia que en la doctrina, en
la vida y los hechos que en las teorías. El testimonio de vida
cristiana es la primera e insustituible forma de la misión:
Cristo, de cuya misión somos continuadores, es el « Testigo »
por excelencia (Ap 1, 5; 3, 14) y el modelo del testimonio
cristiano. El Espíritu Santo acompaña el camino de la Iglesia y
la asocia al testimonio que él da de Cristo (cf. Jn 15, 26-27).
La primera forma de testimonio es la vida misma del misionero,
la de la familia cristiana y de la comunidad eclesial, que hace
visible un nuevo modo de comportarse. El misionero que, aun con
todos los límites y defectos humanos, vive con sencillez según
el modelo de Cristo, es un signo de Dios y de las realidades
trascendentales. Pero todos en la Iglesia, esforzándose por
imitar al divino Maestro, pueden y deben dar este
testimonio,[70] que en muchos casos es el único modo posible de
ser misioneros.
El testimonio evangélico, al que el mundo es más sensible, es el
de la atención a las personas y el de la caridad para con los
pobres y los pequeños, con los que sufren. La gratuidad de esta
actitud y de estas acciones, que contrastan profundamente con el
egoísmo presente en el hombre, hace surgir unas preguntas
precisas que orientan hacia Dios y el Evangelio. Incluso el
trabajar por la paz, la justicia, los derechos del hombre, la
promoción humana, es un testimonio del Evangelio, si es un signo
de atención a las personas y está ordenado al desarrollo
integral del hombre.[71]
43. EL cristiano y las comunidades cristianas viven
profundamente insertados en la vida de sus pueblos respectivos y
son signo del Evangelio incluso por la fidelidad a su patria, a
su pueblo, a la cultura nacional, pero siempre con la libertad
que Cristo ha traído. El cristianismo está abierto a la
fraternidad universal, porque todos los hombres son hijos del
mismo Padre y hermanos en Cristo.
La Iglesia está llamada a dar su testimonio de Cristo, asumiendo
posiciones valientes y proféticas ante la corrupción del poder
político o económico; no buscando la gloria o bienes materiales;
usando sus bienes para el servicio de los más pobres e imitando
la sencillez de vida de Cristo. La Iglesia y los misioneros
deben dar también testimonio de humildad, ante todo en sí
mismos, lo cual se traduce en la capacidad de un examen de
conciencia, a nivel personal y comunitario, para corregir en los
propios comportamientos lo que es antievangélico y desfigura el
rostro de Cristo.
EL PRIMER ANUNCIO DE CRISTO SALVADOR
44. EL anuncio tiene la prioridad permanente en la misión: la
Iglesia no puede substraerse al mandato explícito de Cristo; no
puede privar a los hombres de la « Buena Nueva » de que son
amados y salvados por Dios. « La evangelización también debe
contener siempre -como base, centro y a la vez culmen de su
dinamismo- una clara proclamación de que en Jesucristo, se
ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y
de la misericordia de Dios ».[72] Todas las formas de la
actividad misionera están orientadas hacia esta proclamación que
revela e introduce el misterio escondido en los siglos y
revelado en Cristo (cf. Ef 3, 3-9; Col 1, 25-29), el cual es el
centro de la misión y de la vida de la Iglesia, como base de
toda la evangelización.
En la compleja realidad de la misión, el primer anuncio tiene
una función central e insustituible, porque introduce « en el
misterio del amor de Dios, quien lo llama a iniciar una
comunicación personal con él en Cristo »[73] y abre la vía para
la conversión. La fe nace del anuncio, y toda comunidad eclesial
tiene su origen y vida en la respuesta de cada fiel a este
anuncio.[74] Como la economía salvífica está centrada en Cristo,
así la actividad misionera tiende a la proclamación de su
misterio.
EL anuncio tiene por objeto a Cristo crucificado, muerto y
resucitado: en él se realiza la plena y auténtica liberación del
mal, del pecado y de la muerte; por él, Dios da la « nueva vida
», divina y eterna. Esta es la « Buena Nueva » que cambia al
hombre y la historia de la humanidad, y que todos los pueblos
tienen el derecho a conocer. Este anuncio se hace en el contexto
de la vida del hombre y de los pueblos que lo reciben. Debe
hacerse además con una actitud de amor y de estima hacia quien
escucha, con un lenguaje concreto y adaptado a las
circunstancias. En este anuncio el Espíritu actúa e instaura una
comunión entre el misionero y los oyentes, posible en la medida
en que uno y otros entran en comunión, por Cristo, con el
Padre.[75]
45. Al hacerse en unión con toda la comunidad eclesial, el
anuncio nunca es un hecho personal. El misionero está presente y
actúa en virtud de un mandato recibido y, aunque se encuentre
solo , está unido por vínculos invisibles, pero profundos, a la
actividad evangelizadora de toda la Iglesia.[76] Los oyentes,
pronto o más tarde, vislumbran a través de él la comunidad que
lo ha enviado y lo sostiene.
El anuncio está animado por la fe, que suscita entusiasmo y
fervor en el misionero. Como ya se ha dicho, los Hechos de los
Apóstoles expresan esta actitud con la palabra parresía, que
significa hablar con franqueza y valentía; este término se
encuentra también en san Pablo: « Confiados en nuestro Dios,
tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre
frecuentes luchas » (1 Tes 2, 2). « Orando ... también por mí,
para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a
conocer con valentía el misterio del Evangelio, del cual soy
embajador entre cadenas, y pueda hablar de él valientemente como
conviene » (Ef 6, 19-20).
Al anunciar a Cristo a los no cristianos, el misionero está
convencido de que existe ya en las personas y en los pueblos,
por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente,
por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el
camino que lleva a la liberación del pecado y de la muerte. El
entusiasmo por anunciar a Cristo deriva de la convicción de
responder a esta esperanza, de modo que el misionero no se
desalienta ni desiste de su testimonio, incluso cuando es
llamado a manifestar su fe en un ambiente hostil o indiferente.
Sabe que el Espíritu del Padre habla en él (cf. Mt 10, 17-20; Lc
12, 11-12) y puede repetir con los Apóstoles: « Nosotros somos
testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo » (Act 5,
32). Sabe que no anuncia una verdad humana, sino la « Palabra de
Dios », la cual tiene una fuerza intrínseca y misteriosa (cf.
Rom 1, 16).
La prueba suprema es el don de la vida, hasta aceptar la muerte
para testimoniar la fe en Jesucristo. Como siempre en la
historia cristiana, los « mártires », es decir, los testigos,
son numerosos e indispensables para el camino del Evangelio.
También en nuestra época hay muchos: obispos, sacerdotes,
religiosos y religiosas, así como laicos; a veces héroes
desconocidos que dan la vida como testimonio de la fe. Ellos son
los anunciadores y los testigos por excelencia.
CONVERSION Y BAUTISMO
46. El anuncio de la Palabra de Dios tiende a la conversión
cristiana, es decir, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a
su Evangelio mediante la fe. La conversión es un don de Dios,
obra de la Trinidad; es el Espíritu que abre las puertas de los
corazones, a fin de que los hombres puedan creer en el Señor y «
confesarlo » (cf. 1 Cor 12, 3). De quien se acerca a él por la
fe, Jesús dice: « Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha
enviado no lo atrae » (Jn 6, 44).
La conversión se expresa desde el principio con una fe total y
radical, que no pone límites ni obstáculos al don de Dios. Al
mismo tiempo, sin embargo, determina un proceso dinámico y
permanente que dura toda la existencia, exigiendo un esfuerzo
continuo por pasar de la vida « según la carne » a la « vida
según el Espíritu (cf. Rom 8, 3-13). La conversión significa
aceptar, con decisión personal, la soberanía de Cristo y hacerse
discípulos suyos.
La Iglesia llama a todos a esta conversión, siguiendo el ejemplo
de Juan Bautista que preparaba los caminos hacia Cristo, «
proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados
» (Mc 1, 4), y los caminos de Cristo mismo, el cual, « después
que Juan fue entregado, marchó ... a Galilea y proclamaba la
Buena Nueva de Dios: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de
Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" » (Mc 1,
14-15).
Hoy la llamada a la conversión, que los misioneros dirigen a los
no cristianos, se pone en tela de juicio o pasa en silencio. Se
ve en ella un acto de « proselitismo »; se dice que basta ayudar
a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia
religión; que basta formar comunidades capaces de trabajar por
la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Pero se olvida
que toda persona tiene el derecho a escuchar la « Buena Nueva »
de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en
plenitud la propia vocación. La grandeza de este acontecimiento
resuena en las palabras de Jesús a la Samaritana: « Si
conocieras el don de Dios » y en el deseo inconsciente, pero
ardiente de la mujer: « Señor, dame de esa agua, para que no
tenga más sed » (Jn 4,10.15).
47. Los Apóstoles, movidos por el Espíritu Santo, invitaban a
todos a cambiar de vida, a convertirse y a recibir el bautismo.
Inmediatamente después del acontecimiento de Pentecostés, Pedro
habla a la multitud de manera persuasiva « Al oír esto, dijeron
con el corazón compungido a Pedro y a los demás Apóstoles: "¿Qué
hemos de hacer, hermanos?" Pedro les contestó: "Convertíos y que
cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo
para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del
Espíritu Santo" » (Act 2, 37-38). Y bautizó aquel día cerca de
tres mil personas. Pedro mismo, después de la curación del
tullido, habla a la multitud y repite: « Arrepentíos, pues, y
convertíos, para que vuestros pecados sean borrados » (Act 3,
19).
La conversión a Cristo está relacionada con el bautismo, no sólo
por la praxis de la Iglesia, sino por voluntad del mismo Cristo,
que envió a hacer discípulos a todas las gentes y a bautizarlas
(cf. Mt 28, 19); está relacionada también por la exigencia
intrínseca de recibir la plenitud de la nueva vida en él: « En
verdad, en verdad te digo: -dice Jesús a Nicodemo- el que no
nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de
Dios » (Jn 3, 5). En efecto, el bautismo nos regenera a la vida
de los hijos de Dios, nos une a Jesucristo y nos unge en el
Espíritu Santo: no es un mero sello de la conversión, como un
signo exterior que la demuestra y la certifica, sino que es un
sacramento que significa y lleva a cabo este nuevo nacimiento
por el Espíritu; instaura vínculos reales e inseparables con la
Trinidad; hace miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.
Todo esto hay que recordarlo, porque no pocos, precisamente
donde se desarrolla la misión ad gentes, tienden a separar la
conversión a Cristo del bautismo, considerándolo como no
necesario. Es verdad que en ciertos ambientes se advierten
aspectos sociológicos relativos al bautismo que oscurecen su
genuino significado de fe y su valor eclesial. Esto se debe a
diversos factores históricos y culturales, que es necesario
remover donde todavía subsisten, a fin de que el sacramento de
la regeneración espiritual aparezca en todo su valor. A este
cometido deben dedicarse las comunidades eclesiales locales.
También es verdad que no pocas personas afirman que están
interiormente comprometidas con Cristo y con su mensaje, pero no
quieren estarlo sacramentalmente, porque, a causa de sus
prejuicios o de las culpas de los cristianos, no llegan a
percibir la verdadera naturaleza de la Iglesia, misterio de fe y
de amor.[77] Deseo alentar, pues, a estas personas a abrirse
plenamente a Cristo, recordándoles que, si sienten el atractivo
de Cristo, él mismo ha querido a la Iglesia como « lugar » donde
pueden encontrarlo realmente. Al mismo tiempo, invito a los
fieles y a las comunidades cristianas a dar auténtico testimonio
de Cristo con su nueva vida.
Ciertamente, cada convertido es un don hecho a la Iglesia y
comporta una grave responsabilidad para ella, no sólo porque
debe ser preparado para el bautismo con el catecumenado y
continuar luego con la instrucción religiosa, sino porque,
especialmente si es adulto, lleva consigo, como una energía
nueva, el entusiasmo de la fe, el deseo de encontrar en la
Iglesia el Evangelio vivido. Sería una desilusión para él, si
después de ingresar en la comunidad eclesial encontrase en la
misma una vida que carece de fervor y sin signos de renovación.
No podemos predicar la conversión, si no nos convertimos
nosotros mismos cada día.
FORMACION DE LAS IGLESIAS LOCALES
48. La conversión y el bautismo introducen en la Iglesia, donde
ya existe, o requieren la constitución de nuevas comunidades que
confiesen a Jesús Salvador y Señor. Esto forma parte del
designio de Dios, al cual plugo « llamar a los hombres a
participar de su vida no sólo individualmente, sin mutua
conexión alguna entre ellos, sino constituirlos en un pueblo en
el que sus hijos, que estaban dispersos, se congreguen en unidad
».[78]
La misión ad gentes tiene este objetivo: fundar comunidades
cristianas, hacer crecer las Iglesias hasta su completa madurez.
Esta es una meta central y específica de la actividad misionera,
hasta el punto de que ésta no puede considerarse desarrollada,
mientras no consiga edificar una nueva Iglesia particular, que
funcione normalmente en el ambiente local. De esto habla
ampliamente el Decreto Ad gentes.[79] Después del Concilio se ha
ido desarrollando una línea teológica para subrayar que todo el
misterio de la Iglesia está contenido en cada Iglesia
particular, con tal de que ésta no se aísle, sino que permanezca
en comunión con la Iglesia universal y, a su vez, se haga
misionera. Se trata de un trabajo considerable y largo, del cual
es difícil indicar las etapas precisas, con las que se termina
la acción propiamente misionera y se pasa a la actividad
pastoral. No obstante, algunos puntos deben quedar claros.
49. Es necesario, ante todo, tratar de establecer en cada lugar
comunidades cristianas que sean un « exponente de la presencia
de Dios en el mundo » [80] y crezcan hasta llegar a ser
Iglesias. A pesar del gran número de diócesis, existen todavía
grandes áreas en que las Iglesias locales o no existen en
absoluto o son insuficientes con respecto a la extensión del
territorio y a la densidad y variedad de la población; queda por
realizar un gran trabajo de implantación y desarrollo de la
Iglesia. Esta fase de la historia eclesial, llamada plantatio
Ecclesiae, no está terminada; es más, en muchos agrupamientos
humanos debe empezar aún.
La responsabilidad de este cometido recae sobre la Iglesia
universal y sobre las Iglesias particulares, sobre el pueblo de
Dios entero y sobre todas las fuerzas misioneras. Cada Iglesia,
incluso la formada por neoconvertidos, es misionera por
naturaleza, es evangelizada y evangelizadora, y la fe siempre
debe ser presentada como un don de Dios para vivirlo en
comunidad (familias, parroquias, asociaciones) y para irradiarlo
fuera, sea con el testimonio de vida, sea con la palabra. La
acción evangelizadora de la comunidad cristiana, primero en su
propio territorio y luego en otras partes, como participación en
la misión universal, es el signo más claro de madurez en la fe.
Es necesaria una radical conversión de la mentalidad para
hacerse misioneros, y esto vale tanto para las personas, como
para las comunidades. El Señor llama siempre a salir de uno
mismo, a compartir con los demás los bienes que tenemos,
empezando por el más precioso que es la fe. A la luz de este
imperativo misionero se deberá medir la validez de los
organismos, movimientos, parroquias u obras de apostolado de la
Iglesia. Sólo haciéndose misionera la comunidad cristiana podrá
superar las divisiones y tensiones internas y recobrar su unidad
y su vigor de fe.
Las fuerzas misioneras provenientes de otras Iglesias y países
deben actuar en comunión con las Iglesias locales para el
desarrollo de la comunidad cristiana. En particular, concierne a
ellas -siguiendo siempre las directrices de los Obispos y en
colaboración con los responsables del lugar- promover la
difusión de la fe y la expansión de la Iglesia en los ambientes
y grupos no cristianos; y animar en sentido misionero a las
Iglesias locales, de manera que la preocupación pastoral vaya
unida siempre a la preocupación por la misión ad gentes. Cada
Iglesia hará propia, entonces, la solicitud de Cristo, Buen
Pastor, que se entrega a su grey y al mismo tiempo, se preocupa
de las « otras ovejas que no son de este redil » (Jn 10, 15).
50. Esta solicitud constituirá un motivo y un estímulo para una
renovada acción ecuménica. Los vínculos existentes entre
actividad ecuménica y actividad misionera hacen necesario
considerar dos factores concomitantes. Por una parte se debe
reconocer que « la división de los cristianos perjudica a la
causa santísima de la predicación del Evangelio a toda criatura
y cierra a muchos las puertas de la fe ».[81] El hecho de que la
Buena Nueva de la reconciliación sea predicada por los
cristianos divididos entre sí debilita su testimonio, y por esto
es urgente trabajar por la unidad de los cristianos, a fin de
que la actividad misionera sea más incisiva. Al mismo tiempo, no
debemos olvidar que los mismos esfuerzos por la unidad
constituyen de por sí un signo de la obra de reconciliación que
Dios realiza en medio de nosotros.
Por otra parte, es verdad que todos los que han recibido el
bautismo en Cristo están en una cierta comunión entre sí, aunque
no perfecta. Sobre esta base se funda la orientación dada por el
Concilio: « En cuanto lo permitan las condiciones religiosas,
promuévase la acción ecuménica de forma que, excluida toda
especie tanto de indiferentismo y confusionismo como de
emulación insensata, los católicos colaboren fraternalmente con
los hermanos separados, según las normas del Decreto sobre el
Ecumenismo mediante la profesión común, en cuanto sea posible,
de la fe en Dios y en Jesucristo delante de las naciones y den
vida a la cooperación en asuntos sociales y técnicos, culturales
y religiosos ».[82]
La actividad ecuménica y el testimonio concorde de Jesucristo,
por parte de los cristianos pertenecientes a diferentes Iglesias
y comunidades eclesiales, ha dado ya abundantes frutos. Es cada
vez más urgente que ellos colaboren y den testimonio unidos, en
este tiempo en el que sectas cristianas y paracristianas
siembran confusión con su acción. La expansión de estas sectas
constituye una amenaza para la Iglesia católica y para todas las
comunidades eclesiales con las que ella mantiene un diálogo.
Donde sea posible y según las circunstancias locales, la
respuesta de los cristianos deberá ser también ecuménica.
LAS "COMUNIDADES ECLESIALES DE BASE" FUERZA EVANGELIZADORA
51. Un fenómeno de rápida expansión en las jóvenes Iglesias,
promovido, a veces, por los Obispos y sus Conferencias como
opción prioritaria de la pastoral, lo constituyen las «
comunidades eclesiales de base » (conocidas también con otros
nombres), que están dando prueba positiva como centros de
formación cristiana y de irradiación misionera. Se trata de
grupos de cristianos a nivel familiar o de ámbito restringido,
los cuales se reúnen para la oración, la lectura de la
Escritura, la catequesis, para compartir problemas humanos y
eclesiales de cara a un compromiso común. Son un signo de
vitalidad de la Iglesia, instrumento de formación y de
evangelización un punto de partida válido para una nueva
sociedad fundada sobre la « civilización del Amor ».
Estas comunidades descentralizan y articulan la comunidad
parroquial a la que permanecen siempre unidas; se enraízan en
ambientes populares y rurales, convirtiéndose en fermento de
vida cristiana, de atención a los últimos, de compromiso en pos
de la transformación de la sociedad. En ellas cada cristiano
hace una experiencia comunitaria, gracias a la cual también él
se siente un elemento activo, estimulado a ofrecer su
colaboración en las tareas de todos. De este modo, las mismas
comunidades son instrumento de evangelización y de primer
anuncio, así como fuente de nuevos ministerios, a la vez que,
animadas por la caridad de Cristo, ofrecen también una
orientación sobre el modo de superar divisiones, tribalismos y
racismos.
En efecto, toda comunidad, para ser cristiana, debe formarse y
vivir en Cristo, en la escucha de la Palabra de Dios, en la
oración centra da en la Eucaristía, en la comunión expresada en
la unión de corazones y espíritus, así como en el compartir
según las necesidades de los miembros (cf. Act 2, 42-47). Cada
comunidad -recordaba Pablo VI- debe vivir unida a la Iglesia
particular y universal, en sincera comunión con los Pastores y
el Magisterio, comprometida en la irradiación misionera y
evitando toda forma de cerrazón y de instrumentalización
ideológica.[83] Y el Sínodo de los Obispos ha afirmado: « Porque
la Iglesia es comunión, las así llamadas nuevas comunidades de
base, si verdaderamente viven en la unidad con la Iglesia, son
verdadera expresión de comunión e instrumento para edificar una
comunión más profunda. Por ello, dan una gran esperanza para la
vida de la Iglesia.[84]
ENCARNAR EL EVNAGELIO EN LAS CULTURAS DE LOS PUEBLOS
52. Al desarrollar su actividad misionera entre las gentes, la
Iglesia encuentra diversas culturas y se ve comprometida en el
proceso de inculturación. Es ésta una exigencia que ha marcado
todo su camino histórico, pero hoy es particularmente aguda y
urgente.
El proceso de inserción de la Iglesia en las culturas de los
pueblos requiere largo tiempo: no se trata de una mera
adaptación externa, ya que la inculturación « significa una
íntima transformación de los auténticos valores culturales
mediante su integración en el cristianismo y la radicación del
cristianismo en las diversas culturas ».[85] Es, pues, un
proceso profundo y global que abarca tanto el mensaje cristiano,
como la reflexión y la praxis de la Iglesia. Pero es también un
proceso difícil, porque no debe comprometer en ningún modo las
características y la integridad de la fe cristiana.
Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en
las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los
pueblos con sus culturas en su misma comunidad; [86] transmite a
las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en
ellas y renovándolas desde dentro.[87] Por su parte, con la
inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo
que es e instrumento más apto para la misión.
Gracias a esta acción en las Iglesias locales, la misma Iglesia
universal se enriquece con expresiones y valores en los
diferentes sectores de la vida cristiana, como la
evangelización, el culto, la teología, la caridad; conoce y
expresa aún mejor el misterio de Cristo, a la vez que es
alentada a una continua renovación. Estos temas, presentes en el
Concilio y en el Magisterio posterior, los he afrontado
repetidas veces en mis visitas pastorales a las Iglesias
jóvenes.[88]
La inculturación es un camino lento que acompaña toda la vida
misionera y requiere la aportación de los diversos colaboradores
de la misión ad gentes, la de las comunidades cristianas a
medida que se desarrollan, la de los Pastores que tienen la
responsabilidad de discernir y fomentar su actuación.[89]
53. Los misioneros, provenientes de otras Iglesias y países,
deben insertarse en el mundo sociocultural de aquellos a quienes
son enviados, superando los condicionamientos del propio
ambiente de origen. Así, deben aprender la lengua de la región
donde trabajan, conocer las expresiones más significativas de
aquella cultura, descubriendo sus valores por experiencia
directa. Solamente con este conocimiento los misioneros podrán
llevar a los pueblos de manera creíble y fructífera el
conocimiento del misterio escondido (cf. Rom 16, 25-27; Ef 3,
5). Para ellos no se trata ciertamente de renegar a la propia
identidad cultural, sino de comprender, apreciar, promover y
evangelizar la del ambiente donde actúan y, por consiguiente,
estar en condiciones de comunicar realmente con él, asumiendo un
estilo de vida que sea signo de testimonio evangélico y de
solidaridad con la gente.
Las comunidades eclesiales que se están formando, inspiradas en
el Evangelio, podrán manifestar progresivamente la propia
experiencia cristiana en manera y forma originales, conformes
con las propias tradiciones culturales, con tal de que estén
siempre en sintonía con las exigencias objetivas de la misma fe.
A este respecto, especialmente en relación con los sectores de
inculturación más delicados, las Iglesias particulares del mismo
territorio deberán actuar en comunión entre si [90] y con toda
la Iglesia, convencidas de que sólo la atención tanto a la
Iglesia universal como a las Iglesias particulares las harán
capaces de traducir el tesoro de la fe en la legitima variedad
de sus expresiones.[91] Por esto, los grupos evangelizados
ofrecerán los elementos para una « traducción » del mensaje
evangélico [92] teniendo presente las aportaciones positivas
recibidas a través de los siglos gracias al contacto del
cristianismo con las diversas culturas, sin olvidar los peligros
de alteraciones que a veces se han verificado.[93]
54. A este respecto, son fundamentales algunas indicaciones. La
inculturación, en su recto proceso debe estar dirigida por dos
principios: « la compatibilidad con el Evangelio de las varias
culturas a asumir y la comunión con la Iglesia universal ».[94]
Los Obispos, guardianes del « depósito de la fe » se cuidarán de
la fidelidad y, sobre todo, del discernimiento,[95] para lo cual
es necesario un profundo equilibrio; en efecto, existe el riesgo
de pasar acríticamente de una especie de alienación de la
cultura a una supervaloración de la misma, que es un producto
del hombre, en consecuencia, marcada por el pecado. También ella
debe ser « purificada, elevada y perfeccionada ».[96]
Este proceso necesita una gradualidad, para que sea
verdaderamente expresión de la experiencia cristiana de la
comunidad: « Será necesaria una incubación del misterio
cristiano en el seno de vuestro pueblo -decía Pablo VI en
Kampala-, para que su voz nativa, más límpida y franca, se
levante armoniosa en el coro de las voces de la Iglesia
universal ».[97] Finalmente, la inculturación debe implicar a
todo el pueblo de Dios, no sólo a algunos expertos, ya que se
sabe que el pueblo reflexiona sobre el genuino sentido de la fe
que nunca conviene perder de vista. Esta inculturación debe ser
dirigida y estimulada, pero no forzada, para no suscitar
reacciones negativas en los cristianos: debe ser expresión de la
vida comunitaria, es decir, debe madurar en el seno de la
comunidad, y no ser fruto exclusivo de investigaciones eruditas.
La salvaguardia de los valores tradicionales es efecto de una fe
madura.
EL DIALOGO CON LOS HERMANOS DE OTRAS RELIGIONES
55. El diálogo interreligioso forma parte de la misión
evangelizadora de la Iglesia. Entendido como método y medio para
un conocimiento y enriquecimiento recíproco , no está en
contraposición con la misión ad gentes; es más, tiene vínculos
especiales con ella y es una de sus expresiones. En efecto, esta
misión tiene como destinatarios a los hombres que no conocen a
Cristo y su Evangelio, y que en su gran mayoría pertenecen a
otras religiones. Dios llama a sí a todas las gentes en Cristo,
queriendo comunicarles la plenitud de su revelación y de su
amor; y no deja de hacerse presente de muchas maneras, no sólo
en cada individuo sino también en los pueblos mediante sus
riquezas espirituales, cuya expresión principal y esencial son
las religiones, aunque contengan « lagunas, insuficiencias y
errores ».[98] Todo ello ha sido subrayado ampliamente por el
Concilio Vaticano II y por el Magisterio posterior, defendiendo
siempre que la salvación viene de Cristo y que el diálogo no
dispensa de la evangelización.[99]
A la luz de la economía de la salvación, la Iglesia no ve un
contraste entre el anuncio de Cristo y el diálogo
interreligioso; sin embargo siente la necesidad de compaginarlos
en el ámbito de su misión ad gentes. En efecto, conviene que
estos dos elementos mantengan su vinculación íntima y, al mismo
tiempo, su distinción, por lo cual no deben ser confundidos, ni
instrumentalizados, ni tampoco considerados equivalentes, como
si fueran intercambiables.
Recientemente he escrito a los Obispos de Asia: « Aunque la
Iglesia reconoce con gusto cuanto hay de verdadero y de santo en
las tradiciones religiosas del Budismo, del Hinduismo y del
Islam -reflejos de aquella verdad que ilumina a todos los
hombres-, sigue en pie su deber y su determinación de proclamar
sin titubeos a Jesucristo, que es "el camino, la verdad y la
vida"... El hecho de que los seguidores de otras religiones
puedan recibir la gracia de Dios y ser salvados por Cristo
independientemente de los medios ordinarios que él ha
establecido, no quita la llamada a la fe y al bautismo que Dios
quiere para todos los pueblos ».[100] En efecto, Cristo mismo, «
al inculcar con palabras explícitas la necesidad de la fe y el
bautismo... confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia,
en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta
».[101] El diálogo debe ser conducido y llevado a término con la
convicción de que la Iglesia es el camino ordinario de salvación
yque sólo ella posee la plenitud de los medios de
salvación.[102]
56. El diálogo no nace de una táctica o de un interés, sino que
es una actividad con motivaciones, exigencias y dignidad
propias: es exigido por el profundo respeto hacia todo lo que en
el hombre ha obrado el Espíritu, que « sopla donde quiere » (Jn
3, 8).[103] Con ello la Iglesia trata de descubrir las «
semillas de la Palabra » [104] el « destello de aquella Verdad
que ilumina a todos los hombres »,[105] semillas y destellos que
se encuentran en las personas y en las tradiciones religiosas de
la humanidad. El diálogo se funda en la esperanza y la caridad,
y dará frutos en el Espíritu. Las otras religiones constituyen
un desafío positivo para la Iglesia de hoy; en efecto, la
estimulan tanto a descubrir y a conocer los signos de la
presencia de Cristo y de la acción del Espíritu, como a
profundizar la propia identidad y a testimoniar la integridad de
la Revelación, de la que es depositaria para el bien de todos.
De aquí deriva el espíritu que debe animar este diálogo en el
ámbito de la misión. EL interlocutor debe ser coherente con las
propias tradiciones y convicciones religiosas y abierto para
comprender las del otro, sin disimular o cerrarse, sino con una
actitud de verdad, humildad y lealtad, sabiendo que el diálogo
puede enriquecer a cada uno. No debe darse ningún tipo de
abdicación ni de irenismo, sino el testimonio recíproco para un
progreso común en el camino de búsqueda y experiencia religiosa
y, al mismo tiempo, para superar prejuicios, intolerancias y
malentendidos. El diálogo tiende a la purificación y conversión
interior que, si se alcanza con docilidad al Espíritu, será
espiritualmente fructífero.
57. Un vasto campo se le abre al diálogo, pudiendo asumir
múltiples formas y expresiones, desde los intercambios entre
expertos de las tradiciones religiosas o representantes
oficiales de las mismas, hasta la colaboración para el
desarrollo integral y la salvaguardia de los valores religiosos;
desde la comunicación de las respectivas experiencias
espirituales hasta el llamado « diálogo de vida », por el cual
los creyentes de las diversas religiones atestiguan unos a otros
en la existencia cotidiana los propios valores humanos y
espirituales, y se ayudan a vivirlos para edificar una sociedad
más justa y fraterna.
Todos los fieles y las comunidades cristianas están llamados a
practicar el diálogo, aunque no al mismo nivel y de la misma
forma. Para ello es indispensable la aportación de los laicos
que « con el ejemplo de su vida y con la propia acción, pueden
favorecer la mejora de las relaciones entre los seguidores de
las diversas religiones »,[106] mientras algunos de ellos podrán
también ofrecer una aportación de búsqueda y de estudio.[107]
Sabiendo que no pocos misioneros y comunidades cristianas
encuentran en ese camino difícil y a menudo incomprensible del
diálogo la única manera de dar sincero testimonio de Cristo y un
generoso servicio al hombre, deseo alentarlos a perseverar con
fe y caridad, incluso allí donde sus esfuerzos no encuentran
acogida y respuesta. El diálogo es un camino para el Reino y
seguramente dará sus frutos, aunque los tiempos y momentos los
tiene fijados el Padre (cf. Act 1, 7).
PROMOVER EL DESARROLLO, EDUCANDO LAS CONCIENCIAS
58. La misión ad gentes se despliega aun hoy día, mayormente, en
aquellas regiones del Sur del mundo donde es más urgente la
acción para el desarrollo integral y la liberación de toda
opresión. La Iglesia siempre ha sabido suscitar, en las
poblaciones que ha evangelizado, un impulso hacia el progreso, y
ahora mismo los misioneros, más que en el pasado, son conocidos
también como promotores de desarrollo por gobiernos y expertos
internacionales, los cuales se maravillan del hecho de que se
consigan notables resultados con escasos medios.
En la Encíclica Sollicitudo rei socialis he afirmado que « la
Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer al problema del
subdesarrollo en cuanto tal », sino que « da su primera
contribución a la solución del problema urgente del desarrollo
cuando proclama la verdad sobre Cristo, sobre sí misma y sobre
el hombre, aplicándola a una situación concreta ».[108] La
Conferencia de los Obispos latinoamericanos en Puebla afirmó que
« el mejor servicio al hermano es la evangelización, que lo
prepara a realizarse como hijo de Dios, lo libera de las
injusticias y lo promueve integralmente ».[109] La misión de la
Iglesia no es actuar directamente en el plano económico,
técnico, político o contribuir materialmente al desarrollo, sino
que consiste esencialmente en ofrecer a los pueblos no un «
tener más », sino un « ser más », despertando las conciencias
con el Evangelio. El desarrollo humano auténtico debe echar sus
raíces en una evangelización cada vez más profunda ».[110]
La Iglesia y los misioneros son también promotores de desarrollo
con sus escuelas, hospitales, tipografías, universidades,
granjas agrícolas experimentales. Pero el desarrollo de un
pueblo no deriva primariamente ni del dinero, ni de las ayudas
materiales, ni de las estructuras técnicas, sino más bien de la
formación de las conciencias, de la madurez de la mentalidad y
de las costumbres. Es el hombre el protagonista del desarrollo,
no el dinero ni la técnica. La Iglesia educa las conciencias
revelando a los pueblos al Dios que buscan, pero que no conocen;
la grandeza del hombre creado a imagen de Dios y amado por él;
la igualdad de todos los hombres como hijos de Dios; el dominio
sobre la naturaleza creada y puesta al servicio del hombre; el
deber de trabajar para el desarrollo del hombre entero y de
todos los hombres.
59. Con el mensaje evangélico la Iglesia ofrece una fuerza
liberadora y promotora de desarrollo, precisamente porque lleva
a la conversión del corazón y de la mentalidad; ayuda a
reconocer la dignidad de cada persona; dispone a la solidaridad,
al compromiso, al servicio de los hermanos; inserta al hombre en
el proyecto de Dios, que es la construcción del Reino de paz y
de justicia, a partir ya de esta vida. Es la perspectiva bíblica
de los « nuevos cielos y nueva tierra » (cf. Is 65, 17; 2 Pe 3,
13; Ap 21, 1), la que ha introducido en la historia el estímulo
y la meta para el progreso de la humanidad. El desarrollo del
hombre viene de Dios, del modelo de Jesús Dios y hombre, y debe
llevar a Dios.[111] He ahí por qué entre el anuncio evangélico y
promoción del hombre hay una estrecha conexión.
La aportación de la Iglesia y de su obra evangelizadora al
desarrollo de los pueblos abarca no sólo el Sur del mundo, para
combatir la miseria y el subdesarrollo, sino también el Norte,
que está expuesto a la miseria moral y espiritual causada por el
« superdesarrollo ».[112] Una cierta modernidad arreligiosa,
dominante en algunas partes del mundo, se basa sobre la idea de
que, para hacer al hombre más hombre, baste enriquecerse y
perseguir el crecimiento técnico-económico. Pero un desarrollo
sin alma no puede bastar al hombre, y el exceso de opulencia es
nocivo para él, como lo es el exceso de pobreza. El Norte del
mundo ha construido un « modelo de desarrollo » y lo difunde en
el Sur, donde el espíritu religioso y los valores humanos, allí
presentes, corren el riesgo de ser inundados por la ola del
consumismo. « Contra el hambre cambia la vida » es el lema
surgido en ambientes eclesiales, que indica a los pueblos ricos
el camino para convertirse en hermanos de los pobres; es
necesario volver a una vida más austera que favorezca un nuevo
modelo de desarrollo, atento a los valores éticos y religiosos.
La actividad misionera lleva a los pobres luz y aliento para un
verdadero desarrollo, mientras que la nueva evangelización debe
crear en los ricos, entre otras cosas, la conciencia de que ha
llegado el momento de hacerse realmente hermanos de los pobres
en la común conversión hacia el « desarrollo integral », abierto
al Absoluto.[113]
LA CARIDAD, FUENTE Y CRITERIO DE LA MISION
60. « La Iglesia en todo el mundo -dije en mi primera visita
pastoral al Brasil- quiere ser la Iglesia de los pobres...
quiere extraer toda la verdad contenida en las bienaventuranzas
de Cristo y sobre todo en esta primera: "Bienaventurados los
pobres de espíritu...". Quiere enseñar esta verdad y quiere
ponerla en práctica, igual que Jesús vino a hacer y enseñar
».[114]
Las jóvenes Iglesias que en su mayoría viven entre pueblos
afligidos por una pobreza muy difundida, expresan a menudo esta
preocupación como parte integrante de su misión. La III
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla,
después de haber recordado el ejemplo de Jesús, escribe que «
los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera que sea
la situación moral o personal en que se encuentren. Hechos a
imagen y semejanza de Dios para ser sus hijos, esta imagen está
ensombrecida y aun escarnecida. Por eso, Dios toma su defensa y
los ama. Es así como los pobres son los primeros destinatarios
de la misión y su evangelización es por excelencia señal y
prueba de la misión de Jesús ».[115]
Fiel al espíritu de las bienaventuranzas, la Iglesia está
llamada a compartir con los pobres y los oprimidos de todo tipo.
Por esto, exhorto a todos los discípulos de Cristo y a las
comunidades cristianas, desde las familias a las diócesis, desde
las parroquias a los Institutos religiosos, a hacer una sincera
revisión de la propia vida en el sentido de la solidaridad con
los pobres. Al mismo tiempo, doy gracias a los misioneros
quienes, con su presencia amorosa y su humilde servicio,
trabajan por el desarrollo integral de la persona y de la
sociedad por medio de escuelas, centros sanitarios, leproserías,
casas de asistencia para minusválidos y ancianos, iniciativas
para la promoción de la mujer y otras similares. Doy gracias a
los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los
laicos por su entrega. También aliento a los voluntarios de
Organizaciones no gubernamentales, cada día más numerosos, los
cuales se dedican a estas obras de caridad y de promoción
humana.
En efecto, son estas numerosas « obras de caridad » las que
atestiguan el espíritu de toda la actividad misionera: El amor,
que es y sigue siendo la fuerza de la misión, y es también « el
único criterio según el cual todo debe hacerse y no hacerse,
cambiarse y no cambiarse. Es el principio que debe dirigir toda
acción y el fin al que debe tender. Actuando con caridad o
inspirados por la caridad, nada es disconforme y todo es bueno
».[116]
CAPITULO VI:
LOS RESPONSABLES Y AGENTES DE LA PASTORAL MISIONERA
61. No se da testimonio sin testigos, como no existe misión sin
misioneros. Para que colaboren en su misión y continúen su obra
salvífica, Jesús escoge y envía a unas personas como testigos
suyos y Apóstoles: « Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda
Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra » (Act 1, 8).
Los Doce son los primeros agentes de la misión universal:
constituyen un « sujeto colegial » de la misión, al haber sido
escogidos por Jesús para estar con él y ser enviados « a las
ovejas perdidas de la casa de Israel » (Mt 10, 6). Esta
colegialidad no impide que en el grupo se distingan figuras
singularmente, como Santiago, Juan y, por encima de todos,
Pedro, cuya persona asume tanto relieve que justifica la
expresión: « Pedro y los demás Apóstoles » (Act 2, 14. 37).
Gracias a él se abren los horizontes de la misión universal en
la que posteriormente destacará Pablo, quien por voluntad divina
fue llamado y enviado a los gentiles (cf. Gál 1, 15-16).
En la expansión misionera de los orígenes junto a los Apóstoles
encontramos a otros agentes menos conocidos que no deben
olvidarse: son personas, grupos, comunidades. Un típico ejemplo
de Iglesia local es la comunidad de Antioquía que de
evangelizada, pasa a ser evangelizadora y envía sus misioneros a
los gentiles (cf. Act 13, 2-3). La Iglesia primitiva vive la
misión como tarea comunitaria, aun reconociendo en su seno a «
enviados especiales » o « misioneros consagrados a los gentiles
», como lo son Pablo y Bernabé.
62. Lo que se hizo al principio del cristianismo para la misión
universal, también sigue siendo válido y urgente hoy. La Iglesia
es misionera por su propia naturaleza ya que el mandato de
Cristo no es algo contingente y externo, sino que alcanza al
corazón mismo de la Iglesia. Por esto, toda la Iglesia y cada
Iglesia es enviada a las gentes. Las mismas Iglesias más
jóvenes, precisamente « para que ese celo misionero florezca en
los miembros de su patria », deben participar « cuanto antes y
de hecho en la misión universal de la Iglesia, enviando también
ellas misioneros a predicar por todas las partes del mundo el
Evangelio, aunque sufran escasez de clero ».[117] Muchas ya
actúan así, y yo las aliento vivamente a continuar.
En este vínculo esencial de comunión entre la Iglesia universal
y las Iglesias particulares se desarrolla la auténtica y plena
condición misionera. « En un mundo que, con la desaparición de
las distancias, se hace cada vez más pequeño, las comunidades
eclesiales deben relacionarse entre sí, intercambiarse energías
y medios, comprometerse aunadamente en la única y común misión
de anunciar y de vivir el Evangelio... Las llamadas Iglesias más
jóvenes... necesitan la fuerza de las antiguas, mientras que
éstas tienen necesidad del testimonio y del empuje de las más
jóvenes, de tal modo que cada Iglesia se beneficie de las
riquezas de las otras Iglesias ».[118]
LOS PRIMEROS RESPONSABLES DE LA ACTIVIDAD MISIONERA
63. Así como el Señor resucitado confirió al Colegio apostólico
encabezado por Pedro el mandato de la misión universal, así esta
responsabilidad incumbe al Colegio episcopal encabezado por el
Sucesor de Pedro.[119] Consciente de esta responsabilidad, en
los encuentros con los Obispos siento el deber de compartirla,
con miras tanto a la nueva evangelización como a la misión
universal. Me he puesto en marcha por los caminos del mundo «
para anunciar el Evangelio, para "confirmar a los hermanos" en
la, fe, para consolar a la Iglesia, para encontrar al hombre.
Son viajes de fe... Son otras tantas ocasiones de catequesis
itinerante, de anuncio evangélico para la prolongación, en todas
las latitudes, del Evangelio y del Magisterio apostólico
dilatado a las actuales esferas planetarias ».[120]
Mis hermanos Obispos son directamente responsables conmigo de la
evangelización del mundo, ya sea como miembros del Colegio
episcopal, ya sea como pastores de las Iglesias particulares. El
Concilio Vaticano II dice al respecto: « El cuidado de anunciar
el Evangelio en todo el mundo pertenece al Cuerpo de los
Pastores, ya que a todos ellos, en común, dio Cristo el mandato
».[121] El Concilio afirma también que los Obispos « han sido
consagrados no sólo para la salvación de todo el mundo ».[122]
Esta responsabilidad colegial tiene consecuencias prácticas.
Asimismo, « el Sínodo de los Obispos, ... entre los asuntos de
importancia general, había de considerar especialmente la
actividad misionera, deber supremo y santísimo de la Iglesia
».[123] La misma responsabilidad se refleja, en diversa medida,
en las Conferencias Episcopales y en sus organismos a nivel
continental, que por ello tienen que ofrecer su propia
contribución a la causa misionera. [124]
Amplio es también el deber misionero de cada Obispo, como pastor
de una Iglesia particular. Compete a él, « como rector y centro
de la unidad en el apostolado diocesano, promover; dirigir y
coordinar la actividad misionera... Procure, además, que la
actividad apostólica no se limite sólo a los convertidos, sino
que se destine una parte conveniente de operarios y de recursos
a la evangelización de los no cristianos ».[125]
64. Toda Iglesia particular debe abrirse generosamente a las
necesidades de las demás. La colaboración entre las Iglesias,
por medio de una reciprocidad real que las prepare a dar y a
recibir, es también fuente de enriquecimiento para todas y
abarca varios sectores de la vida eclesial. A este respecto, es
ejemplar la declaración de los Obispos en Puebla: « Finalmente,
ha llegado para América Latina la hora ... de proyectarse más
allá de sus propias fronteras, ad gentes. Es verdad que nosotros
mismos necesitamos misioneros. Pero debemos dar desde nuestra
pobreza » .[126]
Con este espíritu invito a los Obispos y a las Conferencias
Episcopales a poner generosamente en práctica todo lo que ha
sido previsto en las Normas directivas, que la Congregación para
el Clero emanó para la colaboración entre las Iglesias
particulares y, especialmente, para la mejor distribución del
clero en el mundo.[127]
La misión de la Iglesia es más vasta que la « comunión entre las
Iglesias »: ésta, además de la ayuda para la nueva
evangelización, debe tener sobre todo una orientación con miras
a la especifica índole misionera. Hago una llamada a todas las
Iglesias, jóvenes y antiguas, para que compartan esta
preocupación conmigo, favoreciendo el incremento de las
vocaciones misioneras y tratando de superar las diversas
dificultades.
MISIONEROS E INSTITUTOS "AD AGENTES"
65. Entre los agentes de la pastoral misionera, ocupan aún hoy,
como en el pasado, un puesto de fundamental importancia aquellas
personas e instituciones a las que el Decreto Ad gentes dedica
el capítulo del título: « Los misioneros ».[128]A este respecto,
se impone ante todo, una profunda reflexión, para los misioneros
mismos, que debido a los cambios de la misión pueden sentirse
inclinados a no comprender ya el sentido de su vocación, a no
saber ya qué espera precisamente hoy de ellos la Iglesia.
Punto de referencia son estas palabras del Concilio: « Aunque a
todo discípulo de Cristo incumbe la tarea de propagar la fe
según su condición, Cristo Señor, de entre los discípulos, llama
siempre a los que quiere, para que lo acompañen y para enviarlos
a predicar a las gentes. Por lo cual, por medio del Espíritu
Santo, que distribuye los carismas según quiere para común
utilidad, inspira la vocación misionera en el corazón de cada
uno y suscita al mismo tiempo en la Iglesia institutos que
asuman como misión propia el deber de la evangelización, que
pertenece a toda la Iglesia ».[129]
Se trata, pues, de una « vocación especial », que tiene como
modelo la de los Apóstoles: se manifiesta en el compromiso total
al servicio de la evangelización; se trata de una entrega que
abarca a toda la persona y toda la vida del misionero, exigiendo
de él una donación sin límites de fuerzas y de tiempo. Quienes
están dotados de tal vocación, « enviados por la autoridad
legítima, se dirigen por la fe y obediencia a los que están
alejados de Cristo, segregados para la obra a que han sido
llamados, como ministros del Evangelio ».[130] Los misioneros
deben meditar siempre sobre la correspondencia que requiere el
don recibido por ellos y ponerse al día en lo relativo a su
formación doctrinal y apostólica.
66. Los Institutos misioneros, pues, deben emplear todos los
recursos necesarios, poniendo a disposición su experiencia y
creatividad con fidelidad al carisma originario, para preparar
adecuadamente a los candidatos y asegurar el relevo de las
energías espirituales, morales y físicas de sus miembros.[131]
Que éstos se sientan parte activa de la comunidad eclesial y que
actúen en comunión con la misma. De hecho, « todos los
Institutos religiosos han nacido por la Iglesia y para ella;
obligación de los mismos es enriquecerla con sus propias
características en conformidad con su espíritu peculiar y su
misión específica » y los mismos Obispos son custodios de esta
fidelidad al carisma originarlo.[132]
Los Institutos misioneros generalmente han nacido en las
Iglesias de antigua cristiandad e históricamente han sido
instrumentos de la Congregación de Propaganda Fide para la
difusión de la fe y la fundación de nuevas Iglesias. Ellos
acogen hoy de manera creciente candidatos provenientes de las
jóvenes Iglesias que han fundado, mientras nuevos Institutos han
surgido precisamente en los países que antes recibían solamente
misioneros y que hoy los envían. Es de alabar esta doble
tendencia que demuestra la validez y la actualidad de la
vocación misionera específica de estos Institutos, que todavía «
continúan siendo muy necesarios »,[133] no sólo para la
actividad misionera ad gentes, como es su tradición, sino
también para la animación misionera tanto en las Iglesias de
antigua cristiandad, como en las más jóvenes.
La vocación especial de los misioneros ad vitam conserva toda su
validez: representa el paradigma del compromiso misionero de la
Iglesia, que siempre necesita donaciones radicales y totales,
impulsos nuevos y valientes Que los misioneros y misioneras, que
han con sagrado toda la vida para dar testimonio del Resucitado
entre las gentes, no se dejen atemorizar por dudas,
incomprensiones, rechazos, persecuciones. Aviven la gracia de su
carisma especifico y emprendan de nuevo con valentía su camino,
prefiriendo -con espíritu de fe obediencia y comunión con los
propios Pastores- los lugares más humildes y difíciles.
SACERDOTES DIOCESANOS PARA LA MISION UNIVERSAL
67. Colaboradores del Obispo, los presbíteros, en virtud del
sacramento del Orden, están llamados a compartir la solicitud
por la misión: « El don espiritual que los presbíteros
recibieron en la ordenación no los prepara a una misión limitada
y restringida, sino a la misión universal y amplísima de
salvación "hasta los confines de la tierra", pues cualquier
ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal
de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles ».[134] Por
esto, la misma formación de los candidatos al sacerdocio debe
tender a darles « un espíritu genuinamente católico que les
habitúe a mirar más allá de los limites de la propia diócesis,
nación, rito y lanzarse en ayuda de las necesidades de toda la
Iglesia con ánimo dispuesto para predicar el Evangelio en todas
partes ».[135] Todos los sacerdotes deben de tener corazón y
mentalidad misioneros, estar abiertos a las necesidades de la
Iglesia y del mundo, atentos a los más alejados y, sobre todo, a
los grupos no cristianos del propio ambiente. Que en la oración
y, particularmente, en el sacrificio eucarístico sientan la
solicitud de toda la Iglesia por la humanidad entera.
Especialmente los sacerdotes que se encuentran en áreas de
minoría cristiana deben sentirse movidos por un celo especial y
el compromiso misionero. El Señor les confía no sólo el cuidado
pastoral de la comunidad cristiana, sino también y sobre todo la
evangelización de sus compatriotas que no forman parte de su
grey. Los sacerdotes « no dejarán además de estar concretamente
disponibles al Espíritu Santo y al Obispo, para ser enviados a
predicar el Evangelio más allá de los confines del propio país.
Esto exigirá en ellos no sólo madurez en la vocación, sino
también una capacidad no común de desprendimiento de la propia
patria, grupo étnico y familia, y una particular idoneidad para
insertarse en otras culturas, con inteligencia y respeto ».
[136]
68 En la Encíclica Fidei donum, Pío XII con intuición profética,
alentó a los Obispos a ofrecer algunos de sus sacerdotes para un
servicio temporal a las Iglesias de África, aprobando las
iniciativas ya existentes al respecto. A veinticinco años de
distancia, quise subrayar la gran novedad de aquel Documento,
que ha hecho superar « la dimensión territorial del servicio
sacerdotal para ponerlo a disposición de toda la Iglesia ».[137]
Hoy se ven confirmadas la validez y los frutos de esta
experiencia; en efecto, los presbíteros llamados Fidei donum
ponen en evidencia de manera singular el vínculo de comunión
entre las Iglesias, ofrecen una aportación valiosa al
crecimiento de comunidades eclesiales necesitadas, mientras
encuentran en ellas frescor y vitalidad de fe. Es necesario,
ciertamente, que el servicio misionero del sacerdote diocesano
responda a algunos criterios y condiciones. Se deben enviar
sacerdotes escogidos entre los mejores, idóneos y debidamente
preparados para el trabajo peculiar que les espera.[138] Deberán
insertarse en el nuevo ambiente de la Iglesia que los recibe con
ánimo abierto y fraterno, y constituirán un único presbiterio
con los sacerdotes del lugar, bajo la autoridad del Obispo.[139]
Mi deseo es que el espíritu de servicio aumente en el
presbiterio de las Iglesias antiguas y que sea promovido en el
presbiterio de las Iglesias más jóvenes.
FECUNDIDAD MISIONERA DE LA CONSAGRACION
69. En la inagotable y multiforme riqueza del Espíritu se sitúan
las vocaciones de los Institutos de vida consagrada, cuyos
miembros, « dado que por su misma consagración se dedican al
servicio de la Iglesia ... están obligados a contribuir de modo
especial a la tarea misional, según el modo propio de su
Instituto ».[140] La historia da testimonio de los grandes
méritos de las Familias religiosas en la propagación de la fe y
en la formación de nuevas Iglesias: desde las antiguas
Instituciones monásticas, las Ordenes medievales y hasta las
Congregaciones modernas.
a) Siguiendo el Concilio, invito a los Institutos de vida
contemplativa a establecer comunidades en las jóvenes Iglesias,
para dar « preclaro testimonio entre los no cristianos de la
majestad y de la caridad de Dios, así como de unión en Cristo
».[141] Esta presencia es beneficiosa por doquiera en el mundo
no cristiano, especial mente en aquellas regiones donde las
religiones tienen en gran estima la vida contemplativa por medio
de la ascesis y la búsqueda del Absoluto.
b) A los Institutos de vida activa indico los inmensos espacios
para la caridad, el anuncio evangélico, la educación cristiana,
la cultura y la solidaridad con los pobres , los discriminados,
los marginados y oprimidos. Estos Institutos, persigan o no un
fin estrictamente misionero, se deben plantear la posibilidad y
disponibilidad a extender su propia actividad para la expansión
del Reino de Dios. Esta petición ha sido acogida en tiempos más
recientes por no pocos Institutos, pero quisiera que se
considerase mejor y se actuase con vistas a un auténtico
servicio. La Iglesia debe dar a conocer los grandes valores
evangélicos de que es portadora; y nadie los atestigua más
eficazmente que quienes hacen profesión de vida consagrada en la
castidad, pobreza y obediencia, con una donación total a Dios y
con plena disponibilidad a servir al hombre y a la sociedad,
siguiendo el ejemplo de Cristo.[142]
70. Quiero dirigir unas palabras de especial gratitud a las
religiosas misioneras, en quienes la virginidad por el Reino se
traduce en múltiples frutos de maternidad según el espíritu.
Precisamente la misión ad gentes les ofrece un campo vastísimo
para « entregarse por amor de un modo total e indiviso ».[143]
El ejemplo y la laboriosidad de la mujer virgen, consagrada a la
caridad hacia Dios y el prójimo, especialmente el más pobre, son
indispensables como signo evangélico entre aquellos pueblos y
culturas en que la mujer debe realizar todavía un largo camino
en orden a su promoción humana y a su liberación. Es de desear
que muchas jóvenes mujeres cristianas sientan el atractivo de
entregarse a Cristo con generosidad, encontrando en su
consagración la fuerza y la alegría para dar testimonio de él
entre los pueblos que aún no lo conocen.
TODOS LOS LAICOS SON MISIONEROS EN VIRTUD DEL BAUTISMO
71. Los Pontífices de la época más reciente han insistido mucho
sobre la importancia del papel de los laicos en la actividad
misionera.[144] En la Exhortación Apostólica Christifideles
laici, también yo me he ocupado explícitamente de la « perenne
misión de llevar el Evangelio a cuantos -y son millones y
millones de hombres y mujeres- no conocen todavía a Cristo
Redentor del hombre,[145] y de la correspondiente
responsabilidad de los fieles laicos. La misión es de todo el
pueblo de Dios: aunque la fundación de una nueva Iglesia
requiere la Eucaristía y, consiguientemente, el ministerio
sacerdotal, sin embargo la misión, que se desarrolla de diversas
formas, es tarea de todos los fieles.
La participación de los laicos en la expansión de la fe aparece
claramente, desde los primeros tiempos del cristianismo, por
obra de los fieles y familias, y también de toda la comunidad.
Esto lo recordaba ya el Papa Pío XII, refiriéndose a las
vicisitudes de las misiones, en la primera Encíclica misionera
sobre la historia de las misiones laicales.[146] En los tiempos
modernos no ha faltado la participación activa de los misioneros
laicos y de las misioneras laicas. ¿Cómo no recordar el
importante papel desempeñado por éstas, su trabajo en las
familias, en las escuelas, en la vida política, social y
cultural y, en particular, su enseñanza de la doctrina
cristiana? Es más, hay que reconocer -y esto es un motivo de
gloria- que algunas Iglesias han tenido su origen, gracias a la
actividad de los laicos y de las laicas misioneros.
El Concilio Vaticano II ha confirmado esta tradición, poniendo
de relieve el carácter misionero de todo el Pueblo de Dios,
concretamente el apostolado de los laicos,[147] y subrayando la
contribución específica que éstos están llamados a dar en la
actividad misionera.[148] La necesidad de que todos los fieles
compartan tal responsabilidad no es sólo cuestión de eficacia
apostólica, sino de un deber-derecho basado en la dignidad
bautismal, por la cual « los fieles laicos participan, según el
modo que les es propio, en el triple oficio -sacerdotal,
profético y real- de Jesucristo ».[149] Ellos, por consiguiente,
« tienen la obligación general, y gozan del derecho, tanto
personal como asociadamente, de trabajar para que el mensaje
divino de salvación sea conocido y recibido por todos los
hombres en todo el mundo; obligación que les apremia todavía más
en aquellas circunstancias en las que sólo a través de ellos
pueden los hombres oír el Evangelio y conocer a Jesucristo
».[150] Además, dada su propia índole secular, tienen la
vocación específica de « buscar el Reino de Dios tratando los
asuntos temporales y ordenándolos según Dios ».[151]
72. Los sectores de presencia y de acción misionera de los
laicos son muy amplios. « El campo propio ... es el mundo vasto
y complejo de la política, de lo social, de la economía ...
»[152] a nivel local, nacional e internacional. Dentro de la
Iglesia se presentan diversos tipos de servicios, funciones,
ministerios y formas de animación de la vida cristiana.
Recuerdo, como novedad surgida recientemente en no pocas
Iglesias, el gran desarrollo de los « Movimientos eclesiales »,
dotados de dinamismo misionero. Cuando se integran con humildad
en la vida de las Iglesias locales y son acogidos cordialmente
por Obispos y sacerdotes en las estructuras diocesanas y
parroquiales, los Movimientos representan un verdadero don de
Dios para la nueva evangelización y para la actividad misionera
propiamente dicha. Por tanto, recomiendo difundirlos y valerse
de ellos para dar nuevo vigor, sobre todo entre los jóvenes, a
la vida cristiana y a la evangelización, con una visión
pluralista de los modos de asociarse y de expresarse.
En la actividad misionera hay que revalorar las varias
agrupaciones del laicado, respetando su índole y finalidades:
asociaciones del laicado misionero, organismos cristianos y
hermandades de diverso tipo; que todos se entreguen a la misión
ad gentes y la colaboración con las Iglesias locales. De este
modo se favorecerá el crecimiento de un laicado maduro y
responsable, cuya « formación ... se presenta en las jóvenes
Iglesias como elemento esencial e irrenunciable de la plantatio
Ecclesiae.[153]
LA OBRA DE LOS CATEQUISTAS Y LA VARIEDAD DE LOS MINISTERIOS
73. Entre los laicos que se hacen evangelizadores se encuentran
en primera línea los catequistas. El Decreto conciliar misionero
los define como « esa legión tan benemérita de la, obra de las
misiones entre los gentiles », los cuales, « llenos de espíritu
apostólico, prestan con grandes sacrificios una ayuda singular y
enteramente necesaria para la expansión de la fe y de la Iglesia
».[154] No sin razón las Iglesias más antiguas, al entregarse a
una nueva evangelización, han incrementado el número de
catequistas e intensificado la catequesis. « El título de
"catequista" se aplica por excelencia a los catequistas de
tierras de misión ... Sin ellos no se habrían edificado Iglesias
hoy día florecientes ».[155]
Aunque ha habido un incremento de los, servicios eclesiales y
extraeclesiales, el ministerio de los catequistas continúa
siendo siempre necesario y tiene unas características
peculiares: los catequistas son agentes especializados, testigos
directos, evangelizadores insustituibles, que representan la
fuerza básica de las comunidades cristianas, especialmente en
las Iglesias jóvenes, como varias veces he afirmado y constatado
en mis viajes misioneros. El nuevo Código de Derecho Canónico
reconoce sus cometidos, cualidades y requisitos.[156]
Pero no se puede olvidar que el trabajo de los catequistas
resulta cada vez más difícil y exigente debido a los cambios
eclesiales y culturales en curso. Es válido también en nuestros
días lo que el Concilio mismo sugería: una preparación doctrinal
y pedagógica más cuidada, la constante renovación espiritual y
apostólica. La necesidad de « procurar ... una condición de vida
decorosa y la seguridad social » a los catequistas.[157]
Igualmente, es importante favorecer la creación y el
potenciamiento de las escuelas para catequistas, que, aprobadas
por las Conferencias Episcopales, otorguen títulos oficialmente
reconocidos por éstas últimas.[158]
74. Además de los catequistas, hay que recordar las demás formas
de servicio a la vida de la Iglesia y a la misión, así como
otros agentes: animadores de la oración, del canto y de la
liturgia; responsables de comunidades eclesiales de base y de
grupos bíblicos; encargados de las obras caritativas;
administradores de los bienes de la Iglesia; dirigentes de los
diversos grupos y asociaciones apostólicas; profesores de
religión en las escuelas. Todos los fieles laicos deben dedicar
a la Iglesia parte de su tiempo, viviendo con coherencia la
propia fe.
CONGREGACION PARA LA EVANGELIZACION DE LOS PUEBLOS Y OTRAS
ESCTRUCTURAS PARA LA ACTIVIDAD MISIONERA
75. Los responsables y los agentes de la pastoral misionera
deben sentirse unidos en la comunión que caracteriza al Cuerpo
místico. Por ello Cristo pidió en la última cena: « Como tú,
Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado » (Jn 17, 21). En
esta comunión está el fundamento de la fecundidad de la misión.
Pero la Iglesia es también una comunión visible y orgánica, y
por esto la misión requiere igualmente una unión externa y
ordenada entre las diversas responsabilidades y funciones, de
manera que todos los miembros « dediquen sus esfuerzos con
unanimidad a la edificación de la Iglesia ».[159]
Corresponde al Dicasterio misional « dirigir y coordinar en todo
el mundo la obra de evangelización de los pueblos y la
cooperación misionera, salvo la competencia de la Congregación
para las Iglesias Orientales ».[160] Por ello es de su
competencia el que « forme y distribuya a los misioneros según
las necesidades más urgentes de las regiones..., haga la
planificación, dicte normas, directrices y principios para la
adecuada evangelización y dé impulsos ».[161] No puedo sino
confirmar estas sabias disposiciones: para impulsar la misión ad
gentes es necesario un centro de promoción, dirección y
coordinación como es la Congregación para la Evangelización de
los Pueblos. Invito, pues, a las Conferencias Episcopales y a
sus organismos, a los Superiores Mayores de las Ordenes,
Congregaciones e Institutos, a los organismos laicales
comprometidos en la actividad misionera, a colaborar fielmente
con dicha Congregación, que tiene la autoridad necesaria para
programar y dirigir la actividad y la cooperación misionera a
nivel universal.
La misma Congregación, que cuenta con una larga y gloriosa
experiencia está llamada a desempeñar un papel de primera
importancia a nivel de reflexión, de programas operativos, de
los cuales tiene necesidad la Iglesia para orientarse más
decididamente hacia la misión en sus diversas formas. Para
conseguir este fin, la Congregación debe mantener una estrecha
relación con los otros Dicasterios de la Santa Sede, con las
Iglesias particulares y con las fuerzas misioneras. En una
eclesiología de comunión, en la que la Iglesia es toda ella
misionera, pero al mismo tiempo se ven siempre como
indispensables las vocaciones e instituciones específicas para
la labor ad gentes, sigue siendo muy importante el papel de guía
y coordinación del Dicasterio misional para afrontar
conjuntamente las grandes cuestiones de interés común, salvo las
competencias propias de cada autoridad y estructura.
76. Para la orientación y coordinación de la actividad misionera
a nivel nacional y regional, son de gran importancia las
Conferencias Episcopales y sus diversas agrupaciones. A ellas
les pide el Concilio que « traten ..., de común acuerdo, los
asuntos más graves y los problemas más urgentes, pero sin
descuidar las diferencias locales »,[162] así como el problema
de la inculturación. De hecho, existe ya una amplia y continuada
acción en este campo y los frutos son visibles. Es una acción
que debe ser intensificada y mejor concertada con la de otros
organismos de las mismas Conferencias, de manera que la
solicitud misionera no quede reducida a la dirección de un
determinado sector u organismo, sino que sea compartida por
todos.
Que los mismos organismos e instituciones que se ocupan de la
actividad misionera aúnen oportunamente esfuerzos e iniciativas.
Que las Conferencias de los Superiores Mayores tengan también
este mismo objetivo en su ámbito, en contacto con las
Conferencias Episcopales, según las indicaciones y normas
establecidas,[163] recurriendo incluso a comisiones mixtas.[164]
De modo análogo, finalmente, hay que promover encuentros y
formas de colaboración entre las diferentes instituciones
misioneras, ya sea para la formación y el estudio,[165] ya sea
para la acción apostólica que hay que desarrollar.
CAPITULO VII:
LA COOPERACION EN LA ACTIVIDAD MISIONERA
77. Miembros de la Iglesia en virtud del bautismo, todos los
cristianos son corresponsables de la actividad misionera. La
participación de las comunidades y de cada fiel en este
derecho-deber se llama « cooperación misionera ».
Tal cooperación se fundamenta y se vive, ante todo, mediante la
unión personal con Cristo: sólo si se está unido a él, como el
sarmiento a la viña (cf. Jn 15, 5), se pueden producir buenos
frutos. La santidad de vida permite a cada cristiano ser fecundo
en la misión de la Iglesia: « El Concilio invita a todos a una
profunda renovación interior, a fin de que, teniendo viva
conciencia de la propia responsabilidad en la difusión del
Evangelio, acepten su participación en la obra misionera entre
los gentiles ».[166]
La participación en la misión universal no se reduce, pues, a
algunas actividades particulares, sino que es signo de la
madurez de la fe y de una vida cristiana que produce frutos. De
esta manera el creyente amplía los confines de su caridad,
manifestando la solicitud por quienes están lejos y por quienes
están cerca: ruega por las misiones y por las vocaciones
misioneras, ayuda a los misioneros, sigue sus actividades con
interés y, cuando regresan, los acoge con aquella alegría con la
que las primeras comunidades cristianas escuchaban de los
Apóstoles las maravillas que Dios había obrado mediante su
predicación (cf. Act 14, 27).
ORACION Y SACRIFICIOS POR LOS MISIONEROS
78. Entre las formas de participación, el primer lugar
corresponde a la cooperación espiritual: oración, sacrificios,
testimonio de vida cristiana. La oración debe acompañar el
camino de los misioneros, para que el anuncio de la Palabra
resulte eficaz por medio de la gracia divina. San Pablo, en sus
Cartas, pide a menudo a los fieles que recen por él, para que
pueda anunciar el Evangelio con confianza y franqueza.
A la oración es necesario unir el sacrificio. El valor salvífico
de todo sufrimiento, aceptado y ofrecido a Dios con amor, deriva
del sacrificio de Cristo, que llama a los miembros de su Cuerpo
místico a unirse a sus padecimientos y completarlos en la propia
carne (cf. Col 1, 24). El sacrificio del misionero debe ser
compartido y sostenido por el de todos los fieles. Por esto,
recomiendo a quienes ejercen su ministerio pastoral entre los
enfermos, que los instruyan sobre el valor del sufrimiento,
animándoles a ofrecerlo a Dios por los misioneros. Con tal
ofrecimiento los enfermos se hacen también misioneros, como lo
subrayan algunos movimientos surgidos entre ellos y para ellos.
Incluso la misma solemnidad de Pentecostés, inicio de la misión
de la Iglesia, es celebrada en algunas comunidades como «
Jornada del sufrimiento por las Misiones ».
"HEME AQUI, SEÑOR, ESTOY DISPUESTO, ENVIAME" (cf. Is 6, 8)
79. La cooperación se manifiesta además en el promover las
vocaciones misioneras. A este respecto, hay que reconocer la
validez de las diversas formas de actividad misionera; pero, al
mismo tiempo, es necesario reafirmar la prioridad de la donación
total y perpetua a la obra de las misiones, especialmente en los
Institutos y Congregaciones misioneras, masculinas y femeninas.
La promoción de estas vocaciones es el corazón de la
cooperación: el anuncio del Evangelio requiere anunciadores, la
mies necesita obreros, la misión se hace, sobre todo, con
hombres y mujeres consagrados de por vida a la obra del
Evangelio, dispuestos a ir por todo el mundo para llevar la
salvación.
Deseo, por tanto, recordar y alentar esta solicitud por las
vocaciones misioneras. Conscientes de la responsabilidad
universal de los pueblos cristianos en contribuir a la obra
misional y al desarrollo de los pueblos pobres, debemos
preguntarnos por qué en varias naciones, mientras aumentan los
donativos, se corre el peligro de que desaparezcan las
vocaciones misioneras, las cuales reflejan la verdadera
dimensión de la entrega a los hermanos. Las vocaciones al
sacerdocio y a la vida consagrada son un signo seguro de la
vitalidad de una Iglesia.
80. Pensando en este grave problema, dirijo mi llamada, con
particular confianza y afecto, a las familias y a los jóvenes.
Las familias y, sobre todo, los padres han de ser conscientes de
que deben dar « una contribución particular a la causa misionera
de la Iglesia, cultivando las vocaciones misioneras entre sus
hijos e hijas ».[167]
Una vida de oración intensa, un sentido real del servicio al
prójimo y una generosa participación en las actividades
eclesiales ofrecen a las familias las condiciones favorables
para la vocación de los jóvenes. Cuando los padres están
dispuestos a consentir que uno de sus hijos marche para la
misión, cuando han pedido al Señor esta gracia, él los
recompensará, con gozo, el día en que un hijo suyo o hija
escuche su llamada.
A los mismos jóvenes ruego que escuchen la palabra de Cristo que
les dice, igual que a Simón Pedro y Andrés en la orilla del
lago: « Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres » (Mt 4,
19). Que los jóvenes tengan la valentía de responder, igual que
Isaías: « Heme aquí, Señor, estoy dispuesto, envíame » (cf. Is
6, 8). Ellos tendrán ante sí una vida atrayente y experimentarán
la verdadera satisfacción de anunciar la « Buena Nueva » a los
hermanos y hermanas, a quienes guiarán por el camino de la
salvación.
"MAYOR FELICIDAD EN DAR QUE EN RECIBIR" (Act 20, 35)
81. Son muchas las necesidades materiales y económicas de las
misiones; no sólo para fundar la Iglesia con estructuras mínimas
(capillas, escuelas para catequistas y seminaristas, viviendas),
sino también para sostener las obras de caridad, de educación y
promoción humana, campo inmenso de acción, especialmente en los
países pobres. La Iglesia misionera da lo que recibe; distribuye
a los pobres lo que sus hijos más pudientes en recursos
materiales ponen generosamente a su disposición. A este
respecto, deseo dar las gracias a todos aquellos que dan con
sacrificio para la obra misionera; sus renuncias y su
participación son indispensables para construir la Iglesia y
testimoniar la caridad.
Respecto a las ayudas materiales es importante comprobar el
espíritu con el que se da. Para ello, es necesario revisar el
propio estilo de vida: las misiones no piden solamente ayuda,
sino compartir el anuncio y la caridad para con los pobres. Todo
lo que hemos recibido de Dios -tanto la vida como los bienes
materiales- no es nuestro sino que nos ha sido dado para usarlo.
La generosidad en el dar debe estar siempre iluminada e
inspirada por la fe: entonces sí que hay más alegría en dar que
en recibir.
La Jornada Misionera Mundial, orientada a sensibilizar sobre el
problema misionero, así como a recoger donativos, es una cita
importante en la vida de la Iglesia, porque enseña cómo se ha de
dar: en la celebración eucarística, esto es, como ofrenda a
Dios, y para todas las misiones del mundo.
NUEVAS FORMAS DE COOPERACION MSIONERA
82. La cooperación se abre hoy a nuevas formas, incluyendo no
sólo la ayuda económica sino también la participación directa.
Nuevas situaciones relacionadas con el fenómeno de la movilidad
humana exigen a los cristianos un auténtico espíritu misionero.
El turismo a escala internacional es ya un fenómeno de masas
positivo, si se practica con actitud respetuosa en orden a un
mutuo enriquecimiento cultural, evitando ostentaciones y
derroches, y buscando la comunicación humana. Pero a los
cristianos se les exige sobre todo la conciencia de deber ser
siempre testigos de la fe y de la caridad en Cristo. También el
conocimiento directo de la vida misionera y de las comunidades
cristianas puede enriquecer y dar vigor a la fe. Son encomiables
las visitas a las misiones, sobre todo por parte de los jóvenes,
que van para prestar un servicio y tener una experiencia fuerte
de vida cristiana
Las exigencias del trabajo llevan hoy a numerosos cristianos de
jóvenes comunidades a regiones donde el cristianismo es
desconocido y, a veces, proscrito o perseguido. Esto pasa
también con los fieles de países de antigua tradición cristiana,
que trabajan temporalmente en países no cristianos. Estas
circunstancias son ciertamente una ocasión para vivir y
testimoniar la fe. Durante los primeros siglos, el cristianismo
se difundió sobre todo porque los cristianos, viajando o
estableciéndose en regiones donde Cristo no había sido
anunciado, testimoniaban con valentía su fe y fundaban allí las
primeras comunidades.
Más numerosos son los ciudadanos de países de misión y los que
pertenecen a regiones no cristianas, que van a establecerse en
otras naciones por motivos de trabajo, de estudio, o bien
obligados por las condiciones políticas o económicas de sus
lugares de origen. La presencia de estos hermanos en los países
de antigua tradición cristiana es un desafío para las
comunidades eclesiales, animándolas a la acogida, al diálogo, al
servicio, a compartir, al testimonio y al anuncio directo. De
hecho, también en los países cristianos se forman grupos humanos
y culturales que exigen la misión ad gentes. Las Iglesias
locales, con la ayuda de personas provenientes de los países de
los emigrantes y de misioneros que hayan regresado, deben
ocuparse generosamente de estas situaciones.
La cooperación puede implicar también a los responsables de la
política, de la economía de la cultura, del periodismo, además
de los expertos de los diversos Organismos internacionales. En
el mundo moderno es cada vez más difícil trazar líneas de
demarcación geográfica y cultural; se da una creciente
interdependencia entre los pueblos, lo cual es un estímulo para
el testimonio cristiano y para la evangelización.
Animación y formación del Pueblo de Dios
83. La formación misionera del Pueblo de Dios es obra de la
Iglesia local con la ayuda de los misioneros y de sus
Institutos, así como de los miembros de las Iglesias jóvenes.
Esta labor ha de ser entendida no como algo marginal, sino
central en la vida cristiana. Para la misma « nueva
evangelización » de los pueblos cristianos, el tema misionero
puede ser de gran ayuda: en efecto, el testimonio de los
misioneros conserva su atractivo incluso para los alejados y los
no creyentes, y es transmisor de valores cristianos. Las
Iglesias locales, por consiguiente, han de incluir la animación
misionera como elemento primordial de su pastoral ordinaria en
las parroquias, asociaciones y grupos, especialmente los
juveniles.
Para conseguir este fin, es valiosa ante todo la información
mediante la prensa misionera y los diversos medios
audiovisuales. Su papel es de gran importancia en cuanto ayudan
a conocer la vida de la Iglesia universal, las voces y la
experiencia de los misioneros y de las Iglesias locales donde
ellos trabajan. Conviene que en las Iglesias más jóvenes, que no
están aún en condiciones de poseer una prensa y otros
instrumentos, los Institutos misioneros destinen personal y
medios para estas iniciativas.
Para esta formación están llamados los sacerdotes y sus
colaboradores, los educadores y profesores, los teólogos,
particularmente los que enseñan en los seminarios y en los
centros para laicos. La enseñanza teológica no puede ni debe
prescindir de la misión universal de la Iglesia, del ecumenismo,
del estudio de las grandes religiones y de la misionología.
Recomiendo que sobre todo en los Seminarios y en las Casas de
formación para religiosos y religiosas se lleven a cabo tales
estudios, procurando que algunos sacerdotes, o alumnos y
alumnas, se especialicen en los diversos campos de las ciencias
misionológicas.
Las actividades de animación deben orientarse siempre hacia sus
fines específicos: informar y formar al Pueblo de Dios para la
misión universal de la Iglesia; promover vocaciones ad gentes;
suscitar cooperación para la evangelización. En efecto, no se
puede dar una imagen reductiva de la actividad misionera, como
si fuera principalmente ayuda a los pobres, contribución a la
liberación de los oprimidos, promoción del desarrollo, defensa
de los derechos humanos. La Iglesia misionera está comprometida
también en estos frentes, pero su cometido primario es otro: los
pobres tienen hambre de Dios, y no sólo de pan y libertad; la
actividad misionera ante todo ha de testimoniar y anunciar la
salvación en Cristo, fundando las Iglesias locales que son luego
instrumento de liberación en todos los sentidos.
LA RESPONSABILIDAD PRIMARIA DE LAS OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS
84. En esta obra de animación el cometido primario corresponde a
las Obras Misionales Pontificias, como he afirmado varias veces
en los Mensajes para la Jornada Mundial de las Misiones. Las
cuatro Obras -Propagación de la Fe, San Pedro Apóstol, Santa
Infancia y Unión Misional- tienen en común el objetivo de
promover el espíritu misionero universal en el Pueblo de Dios.
La Unión Misional tiene como fin inmediato y específico la
sensibilización y formación misionera de los sacerdotes,
religiosos y religiosas que, a su vez, deben cultivarla en las
comunidades cristianas; además, trata de promover otras Obras,
de las que ella es el alma.[168] « La consigna ha de ser ésta:
Todas las Iglesias para la conversión de todo el mundo ».[169]
Estas Obras, por ser del Papa y del Colegio Episcopal, incluso
en el ámbito de las Iglesias particulares, « deben ocupar con
todo derecho el primer lugar, pues son medios para difundir
entre los católicos, desde la infancia, el sentido
verdaderamente universal y misionero, y para estimular la
recogida eficaz de subsidios en favor de todas las misiones ,
según las necesidades de cada una ».[170] Otro objetivo de las
Obras Misionales es suscitar vocaciones ad gentes y de por vida,
tanto en las Iglesias antiguas como en las más jóvenes.
Recomiendo vivamente que se oriente cada vez más a este fin su
servicio de animación.
En el ejercicio de sus actividades, estas Obras dependen, a
nivel universal, de la Congregación para la Evangelización de
los Pueblos y, a nivel local, de las Conferencias Episcopales y
de los Obispos en cada Iglesia particular, colaborando con los
centros de animación existentes: ellas llevan al mundo católico
el espíritu de universalidad y de servicio a la misión, sin el
cual no existe auténtica cooperación.
NO SOLO DAR A LA MSION, SINO TAMBIEN RECIBIR
85. Cooperar con las misiones quiere decir no sólo dar, sino
también saber recibir: todas las Iglesias particulares, jóvenes
o antiguas, están llamadas a dar y a recibir en favor de la
misión universal y ninguna deberá encerrarse en sí misma: « En
virtud de esta catolicidad -dice el Concilio-, cada una de las
partes colabora con sus dones propios con las restantes partes y
con toda la Iglesia, de tal modo que el todo y cada una de las
partes aumenten a causa de todos los que mutuamente se comunican
y tienden a la plenitud en la unidad ... De aquí se derivan...
entre las diversas partes de la Iglesia, unos vínculos de íntima
comunión en lo que respecta a riquezas espirituales, obreros
apostólicos y ayudas temporales ».[171]
Exhorto a todas las Iglesias, a los Pastores, sacerdotes,
religiosos y fieles a abrirse a la universalidad de la Iglesia,
evitando cualquier forma de particularismo, exclusivismo o
sentimiento de autosuficiencia. Las Iglesias locales, aunque
arraigadas en su pueblo y en su cultura, sin embargo deben
mantener concretamente este sentido universal de la fe, es
decir, dando y recibiendo de las otras Iglesias dones
espirituales, experiencias pastorales del primer anuncio y de
evangelización, personal apostólico y medios materiales.
En efecto, la tendencia a cerrarse puede ser fuerte: las
Iglesias antiguas, comprometidas en la nueva evangelización,
piensan que la misión han de realizarla en su propia casa, y
corren el riesgo de frenar el impulso hacia el mundo no
cristiano, concediendo no de buena gana las vocaciones a los
Institutos misioneros, a las Congregaciones religiosas y a las
demás Iglesias. Sin embargo, es dando generosamente de lo
nuestro como recibiremos; y ya hoy las Iglesias jóvenes --no
pocas de las cuales experimentan un prodigioso florecimiento de
vocaciones-- son capaces de enviar sacerdotes, religiosos y
religiosas a las antiguas.
Por otra parte, estas Iglesias jóvenes sienten el problema de la
propia identidad, de la inculturación, de la libertad de crecer
sin influencias externas, con la posible consecuencia de cerrar
las puertas a los misioneros. A estas Iglesias les digo: lejos
de aislaros, acoged abiertamente a misioneros y medios de las
otras Iglesias y enviadlos también vosotras mismas al mundo.
Precisamente por los problemas que os angustian tenéis necesidad
de manteneros en continua comunicación con los hermanos y
hermanas en la fe. Haced valer por todos los medios legítimos
las libertades a las que tenéis derecho, acordándoos de que los
discípulos de Cristo tienen el deber de « obedecer a Dios antes
que a los hombres » (Act 5, 29).
DIOS PREPARARA UNA NUEVA PRIMAVERA DEL EVANGELIO
86. Si se mira superficialmente a nuestro mundo, impresionan no
pocos hechos negativos que pueden llevar al pesimismo. Mas éste
es un sentimiento injustificado: tenemos fe en Dios Padre y
Señor, en su bondad y misericordia. En la proximidad del tercer
milenio de la Redención, Dios está preparando una gran primavera
cristiana, de la que ya se vislumbra su comienzo. En efecto,
tanto en el mundo no cristiano como en el de antigua tradición
cristiana, existe un progresivo acercamiento de los pueblos a
los ideales y a los valores evangélicos, que la Iglesia se
esfuerza en favorecer. Hoy se manifiesta una nueva convergencia
de los pueblos hacia estos valores: el rechazo de la violencia y
de la guerra; el respeto de la persona humana y de sus derechos;
el deseo de libertad, de justicia y de fraternidad; la tendencia
a superar los racismos y nacionalismos; el afianzamiento de la
dignidad y la valoración de la mujer.
La esperanza cristiana nos sostiene en nuestro compromiso a
fondo para la nueva evangelización y para la misión universal, y
nos lleva a pedir como Jesús nos ha enseñado: « Venga tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo » (Mt 6, 10).
Los hombres que esperan a Cristo son todavía un número inmenso:
los ámbitos humanos y culturales, que aún no han recibido el
anuncio evangélico o en los cuales la Iglesia esta escasamente
presente, son tan vastos, que requieren la unidad de todas las
fuerzas. Al prepararse a celebrar el jubileo del año dos mil,
toda la Iglesia está comprometida todavía más en el nuevo
adviento misionero. Hemos de fomentar en nosotros el afán
apostólico por transmitir a los demás la luz y la gloria de la
fe, y para este ideal debemos educar a todo el Pueblo de Dios.
No podemos permanecer tranquilos si pensamos en los millones de
hermanos y hermanas nuestros, redimidos también por la sangre de
Cristo, que viven sin conocer el amor de Dios. Para el creyente,
en singular, lo mismo que para toda la Iglesia, la causa
misionera debe ser la primera, porque concierne al destino
eterno de los hombres y responde al designio misterioso y
misericordioso de Dios.
CAPITULO VIII:
ESPIRITUALIDAD MISIONERA
87. La actividad misionera exige una espiritualidad específica,
que concierne particularmente a quienes Dios ha llamado a ser
misioneros.
DEJARSE GUIAR POR EL ESPIRITU
Esta espiritualidad se expresa, ante todo , viviendo con plena
docilidad al Espíritu; ella compromete a dejarse plasmar
interiormente por él, para hacerse cada vez más semejantes a
Cristo. No se puede dar testimonio de Cristo sin reflejar su
imagen, la cual se hace viva en nosotros por la gracia y por
obra del Espíritu. La docilidad al Espíritu compromete además a
acoger los dones de fortaleza y discernimiento, que son rasgos
esenciales de la espiritualidad misionera.
Es emblemático el caso de los Apóstoles , quienes durante la
vida pública del Maestro, no obstante su amor por él y la
generosidad de la respuesta a su llamada, se mostraron incapaces
de comprender sus palabras y fueron reacios a seguirle en el
camino del sufrimiento y de la humillación. El Espíritu los
transformará en testigos valientes de Cristo y preclaros
anunciadores de su palabra: será el Espíritu quien los conducirá
por los caminos arduos y nuevos de la misión, siguiendo sus
decisiones.
También la misión sigue siendo difícil y compleja como en el
pasado y exige igualmente la valentía y la luz del Espíritu.
Vivimos frecuentemente el drama de la primera comunidad
cristiana, que veía cómo fuerzas incrédulas y hostiles se
aliaban « contra el Señor y contra su Ungido » (Act 4, 26). Como
entonces, hoy conviene orar para que Dios nos conceda la
libertad de proclamar el Evangelio; conviene escrutar las vías
misteriosas del Espíritu y dejarse guiar por él hasta la verdad
completa (cf. Jn 16, 13) .
VIVIR EL MISTERIO DE CRISTO ENVIADO
88. Nota esencial de la espiritualidad misionera es la comunión
íntima con Cristo: no se puede comprender y vivir la misión si
no es con referencia a Cristo, en cuanto enviado a evangelizar.
Pablo describe sus actitudes: « Tened entre vosotros los mismos
sentimientos de Cristo: El cual, siendo de condición divina, no
retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de si
mismo tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los
hombres y apareciendo en su porte como un hombre; y se humilló a
si mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz » (Flp 2,
5-8).
Se describe aquí el misterio de la Encarnación y de la
Redención, como despojamiento total de sí, que lleva a Cristo a
vivir plenamente la condición humana y a obedecer hasta el final
el designio del Padre. Se trata de un anonadamiento que, no
obstante, está impregnado de amor y expresa el amor. La misión
recorre este mismo camino y tiene su punto de llegada a los pies
de la cruz.
Al misionero se le pide « renunciarse a sí mismo y a todo lo que
tuvo hasta entonces y a hacerse todo para todos »: [172]en la
pobreza que lo deja libre para el Evangelio; en el desapego de
personas y bienes del propio ambiente, para hacerse así hermano
de aquellos a quienes es enviado y llevarles a Cristo Salvador.
A esto se orienta la espiritualidad del misionero: « Me he hecho
débil con los débiles ... Me he hecho todo para todos, para
salvar a toda costa a algunos. Y todo esto lo hago por el
Evangelio » (1 Cor 9, 22-23).
Precisamente porque es « enviado », el misionero experimenta la
presencia consoladora de Cristo, que lo acompaña en todo momento
de su vida. « No tengas miedo ... porque yo estoy contigo » (Act
18, 9-10). Cristo lo espera en el corazón de cada hombre.
AMAR A LA IGLESIA Y A LOS HOMBRES COMO JESUS LOS A AMADO
89. La espiritualidad misionera se caracteriza además, por la
caridad apostólica; la de Cristo que vino « para reunir en uno a
los hijos de Dios que estaban dispersos » (Jn 11, 52); Cristo,
Buen Pastor que conoce sus ovejas, las busca y ofrece su vida
por ellas (cf. Jn 10). Quien tiene espíritu misionero siente el
ardor de Cristo por las almas y ama a la Iglesia, como Cristo.
El misionero se mueve a impulsos del « celo por las almas », que
se inspira en la caridad misma de Cristo y que está hecha de
atención, ternura, compasión, acogida, disponibilidad, interés
por los problemas de la gente. El amor de Jesús es muy profundo:
él, que « conocía lo que hay en el hombre » (Jn 2, 25), amaba a
todos ofreciéndoles la redención, y sufría cuando ésta era
rechazada.
El misionero es el hombre de la caridad: para poder anunciar a
todo hombre que es amado por Dios y que él mismo puede amar,
debe dar testimonio de caridad para con todos, gastando la vida
por el prójimo. EL misionero es el « hermano universal »; lleva
consigo el espíritu de la Iglesia, su apertura y atención a
todos los pueblos y a todos los hombres, particularmente a los
más pequeños y pobres. En cuanto tal, supera las fronteras y las
divisiones de raza, casta e ideología: es signo del amor de Dios
en el mundo, que es amor sin exclusión ni preferencia.
Por último, lo mismo que Cristo, él debe amar a la Iglesia: «
Cristo amó a la Iglesia y se entregó a si mismo por ella » (Ef
5, 25). Este amor, hasta dar la vida, es para el misionero un
punto de referencia. Sólo un amor profundo por la Iglesia puede
sostener el celo del misionero; su preocupación cotidiana -como
dice san Pablo- es « la solicitud por todas las Iglesias » (2
Cor 11, 28). Para todo misionero y toda comunidad « la fidelidad
a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia ».[173]
EL VERDADERO MISIONERO ES EL SANTO
90. La llamada a la misión deriva de por sí de la llamada a la
santidad. Cada misionero, lo es auténticamente si se esfuerza en
el camino de la santidad: « La santidad es un presupuesto
fundamental y una condición insustituible para realizar la
misión salvífica de la Iglesia ».[174]
La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a
la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la
santidad y a la misión. Esta ha sido la ferviente voluntad del
Concilio al desear, « con la claridad de Cristo, que resplandece
sobre la faz de la Iglesia, iluminar a todos los hombres,
anunciando el Evangelio a toda criatura ».[175] La
espiritualidad misionera de la Iglesia es un camino hacia la
santidad.
El renovado impulso hacia la misión ad gentes exige misioneros
santos. No basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y
coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor
agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es
necesario suscitar un nuevo « anhelo de santidad » entre los
misioneros y en toda la comunidad cristiana, particularmente
entre aquellos que son los colaboradores más íntimos de los
misioneros.[176]
Pensemos, queridos hermanos y hermanas, en el empuje misionero
de las primeras comunidades cristianas. A pesar de la escasez de
medios de transporte y de comunicación de entonces, el anuncio
evangélico llegó en breve tiempo a los confines del mundo. Y se
trataba de la religión de un hombre muerto en cruz, « escándalo
para los judíos, necedad para los gentiles » (1 Cor 1, 23). En
la base de este dinamismo misionero estaba la santidad de los
primeros cristianos y de las primeras comunidades.
91. Me dirijo, por tanto, a los bautizados de las comunidades
jóvenes y de las Iglesias jóvenes. Hoy sois vosotros la
esperanza de nuestra Iglesia, que tiene dos mil años: siendo
jóvenes en la fe, debéis ser como los primeros cristianos e
irradiar entusiasmo y valentía, con generosa entrega a Dios y al
prójimo; en una palabra, debéis tomar el camino de la santidad.
Sólo de esta manera podréis ser signos de Dios en el mundo y
revivir en vuestros países la epopeya misionera de la Iglesia
primitiva. Y seréis también fermento de espíritu misionero para
las Iglesias más antiguas.
Por su parte, los misioneros reflexionen sobre el deber de ser
santos, que el don de la vocación les pide, renovando
constantemente su espíritu y actualizando también su formación
doctrinal y pastoral. El misionero ha de ser un « contemplativo
en acción ». El halla respuesta a los problemas a la luz de la
Palabra de Dios y con la oración personal y comunitaria. El
contacto con los representantes de las tradiciones espirituales
no cristianas, en particular, las de Asia, me ha corroborado que
el futuro de la misión depende en gran parte de la
contemplación. El misionero, sino es contemplativo, no puede
anunciar a Cristo de modo creíble. El misionero es un testigo de
la experiencia de Dios y debe poder decir como los Apóstoles: «
Lo que contemplamos ... acerca de la Palabra de vida ..., os lo
anunciamos » (1 Jn 1, 1-3).
El misionero es el hombre de las Bienaventuranzas. Jesús
instruye a los Doce, antes de mandarlos a evangelizar,
indicándoles los caminos de la misión: pobreza, mansedumbre,
aceptación de los sufrimientos y persecuciones, deseo de
justicia y de paz, caridad; es decir, les indica precisamente
las Bienaventuranzas, practicadas en la vida apostólica (cf. Mt
5, 1-12). Viviendo las Bienaventuranzas el misionero experimenta
y demuestra concretamente que el Reino de Dios ya ha venido y
que él lo ha acogido. La característica de toda vida misionera
auténtica es la alegría interior, que viene de la fe. En un
mundo angustiado y oprimido por tantos problemas, que tiende al
pesimismo, el anunciador de la « Buena Nueva » ha de ser un
hombre que ha encontrado en Cristo la verdadera esperanza.
CONCLUSION
92. Nunca como hoy la Iglesia ha tenido la oportunidad de hacer
llegar el Evangelio, con el testimonio y la palabra, a todos los
hombres y a todos los pueblos. Veo amanecer una nueva época
misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos,
si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las
jóvenes Iglesias responden con generosidad y santidad a las
solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo. Como los Apóstoles
después de la Ascensión de Cristo, la Iglesia debe reunirse en
el Cenáculo con « María, la madre de Jesús » (Act 1, 14), para
implorar el Espíritu y obtener fuerza y valor para cumplir el
mandato misionero. También nosotros, mucho más que los
Apóstoles, tenemos necesidad de ser transformados y guiados por
el Espíritu.
En vísperas del tercer milenio, toda la Iglesia es invitada a
vivir más profundamente el misterio de Cristo, colaborando con
gratitud en la obra de la salvación. Esto lo hace con María y
como María, su madre y modelo: es ella, María, el ejemplo de
aquel amor maternal que es necesario que estén animados todos
aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a
la regeneración de los hombres. Por esto, « la Iglesia,
confortada por la presencia de Cristo, camina en el tiempo hacia
la consumación de los siglos y va al encuentro del Señor que
llega. Pero en este camino ... procede recorriendo de nuevo el
itinerario realizado por la Virgen María ».[177]
A la « mediación de María, orientada plenamente hacia Cristo y
encaminada a la revelación de su poder salvífico »,[178] confío
la Iglesia y, en particular, aquellos que se dedican a cumplir
el mandato misionero en el mundo de hoy. Como Cristo envió a sus
Apóstoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, así, mientras renuevo el mismo mandato, imparto a todos
vosotros la Bendición Apostólica, en el nombre de la Santísima
Trinidad. Amén.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 7 de diciembre, XXV
aniversario del Decreto conciliar Ad gentes, del año 1990,
decimotercero de mi Pontificado.
Joannes Paulus PP. II
[1] Cf. Pablo VI, Mensaje para la Jornada Misionera Mundial 72:
« ¡Cuántas tensiones internas, que debilitan y desgarran a
algunas Iglesias e Instituciones locales , se desvanecerían ante
la convicción firme de que la salvación de las comunidades
locales se logra con la cooperación a la obra misionera en la
universalidad del mundo! » Insegnamenti X (1972), 522.
[2] Cf. Benedicto XV, Cart. Ap. Maximum illud (30 de noviembre
de 1919): AAS 11 (1919), pp. 440-445; Pío XI, Enc. Rerum
Ecclesiae (28 de febrero de 1926): AAS 18 (1926), pp. 65-83; Pío
XII , Enc. Evangelii praecones (2 de junio de 1951): AAS 43
(1951) pp. 497-528; Enc. Fidei donum (21 de abril de 1957): AAS
49 (1957): pp. 225-248; Juan XXIII, Enc. Princeps Pastorum (28
de noviembre de 1959) AAS 5l (1959), 833-864.
[3] Enc. Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), n. 10: AAS 71
(1979), 274 s.
[4] Ibid., l.c., 275.
[5] Credo niceno-constantinopolitano: Ds 150.
[6] Enc. Redemptor hominis, n. 13: l.c., 283.
[7] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes sobre
la Iglesia en el mundo actual, 2.
[8] Ibid., 22.
[9] Enc. Dives in misericordia (30 de noviernbre 1980), 7: AAS
72 (1980), 1202.
[10] Homilía de la celebración eucarística en Cracovia, (10 de
junio de 1919): AAS 71 (1979), 873.
[11] Cf. Juan XXIII, Enc. Mater et magistra (15 de mayo de
1961), IV: AAS 53 (1961), 451-453.
[12] Declar. Dignitatis humamae ,sobre la libertad religiosa, 2
[13] Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de
1975), 53: AAS 68 (1976), 42.
[14] Declar. Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 2.
[15] Cf. Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 14-17;
Decr. Ad gentes, sobre la Actividad misionera de la Iglesia, 3.
[16] Cf. Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 48,
Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
Actual, 43; Decr. Ad gentes, sobre la Actividad misionera de la
Iglesia, 7. 21.
[17] Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 13.
[18] Ibid., 9.
[19] Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual, 22.
[20] Conc. Ecum. Vat. II. Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 14.
[21] Enc. Dives in misericordia, 1: l.c., 1177.
[22] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 5.
[23] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes sobre
la Iglesia en el mundo actual, 22.
[24] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium , sobre
la Iglesia, 4.
[25] Ibid.,5.
[26] Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 16. l.c., 15.
[27] Discurso en la apertura de la III sesión del Conc. Ecum.
Vat. II, 14 de septiembre de 1964: AAS 56 (1964), 810.
[28] Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 34: l.c, 28.
[29] Cf. Comisión Teológica Internacional, Temas selectos de
eclesiología en el XX aniversario de la clausura del Conc. Ecum.
Vat. II (7 de octubre de 1985), 10: « Indole escatológica de la
Iglesia: Reino de Dios e Iglesia ».
[30] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 39.
[31] Enc. Dominum et Vivificantem (18 de mayo de 1986), 42: AAS
78 (1986), 857.
[32] Ibid., 64: l.c., 892.
[33] Este término corresponde al griego « parresía » que
significa también entusiasmo, vigor; cf. Act 2, 29; 4, 13. 29.
31; 9, 27. 28; 13, 46; 14, 3; 18, 26; 19, 8. 26; 28, 31.
[34] Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 41-42: l.c.,
31-33.
[35] Cf. Enc. Dominum et Vivificantem, 53: l.c., 874 s.
[36] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 3. 11. 15; Const. past.
Gudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 10-11. 22.
26. 38. 41. 92-93.
[37] Conc Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 10. 15. 22.
[38] Ibid., 41.
[39] Cf. Enc. Dominum et Vivificantem, 54: l.c., 875-876 s.
[40] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 26.
[41] Ibid., 38; cf. 93.
[42]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 17; Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de
la Iglesia, 3. 15.
[43] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 4.
[44] Cf. Enc. Dominum et Vivificantern, 53: l.c., 874.
[45] Discurso a los representantes de las religiones no
cristianas en Madrás, 5 de febrero de 1986: AAS 78 (1986), 767;
cf. Mensaje a los Pueblos de Asia en Manila, 21 de febrero de
1981, 2-4: AAS 73 (1981), 392 s.; Discurso a los representantes
de las religiones no cristianas en Tokyo, 24 de febrero de 1981,
3-4: Insegnamenti IV/1 (1981), 507 s.
[46] Discurso a los Cardenales y Prelados de la Curia Romana, 22
de diciembre de 1986, 11: AAS 79 (1987), 1089.
[47] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 16.
[48] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 45; cf. Enc. Dominum et
Vivificantem, 54: l.c., 876.
[49] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 10.
[50] Exh. Ap. postsinodal Christifideles laici (30 de diciembre
de1988, 35: AAS 81 (1989), 457.
[51] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 6
[52] Cf. ibid.
[53] Ibid., 6. 23. 27.
[54] Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 18-20: l.c.,
17-19.
[55] Exh. Ap. postsinodal Christifideles laci, 35: l.c., 457.
[56] Exh. ap. Evangelii nuntindi, 80: l.c., 73.
[57] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia,6.
[58] Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 80: l.c., 73.
[59] Cf. Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 6.
[60] Cf. ibid., 20.
[61] Cf. Discurso a los miembros del Simposio del Consejo de las
Conferencias Episcopales de Europa, 11de octubrede1985: AAS 78
(1986), 178-189.
[62] Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 20: l.c., 19.
[63] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 5: cf. Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 8.
[64] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre La
libertad religiosa, 3-4; Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi,
79-80: l.c., 71-75; Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, 12:
l.c., 278-281.
[65] Cart. Ap. Maximum illud: l.c., 446.
[66] Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 62: l.c., 52.
[67] Cf. De praescriptione haereticorum, XX: CCL I, 201 s.
[68] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 9; cf. nn. 10-18.
[69] Cf.Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 41: l.c., 31-32.
[70] Cf. Conc Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 28. 35. 38; Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 43; Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 11-12
[71] Cf. Pablo VI, Enc. Populorum progressio (26 de marzo de
1967), 21. 42: AAS 59 (1967), pp. 267 s., 278.
[72] Pablo VI, Exh. Ap. Evagelii nuntiandi, 27: l.c., 23.
[73] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 13.
[74] Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 15: l.c.,
13-15; Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 13-14.
[75] Cf. Enc. Dominum et Vivificantem, 42. 64: l.c.,857-859,
892-894.
[76] Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 60: l.c.,
50-51.
[77] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 6-9.
[78] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad. gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 2; cf. Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 9.
[79] Cf. Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 19-22.
[80] Conc. ecum . Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 15.
[81] Ibid., 6.
[82] Ibid., 15; cf. Decr. Unitatis redintegratio sobre el
ecumenismo, 3.
[83] Cf. Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 58: l.c., 46-49.
[84] Asamblea extraordinaria del 1985, Relación final, II, C, 6.
[85] Ibid. II, D, 4.
[86] Cf. Exh. Ap. Catechesi tradendae (16 de octubre 1979), 53:
AAS 71 (1979), 1320; Ep. Enc. Slavorum apostoli (2 de junio de
1985), 21: AAS 77 (1985), pp. 802 s.
[87] Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 20: l.c., 18.
[88] Cf. Discurso a los Obispos delZaire en Kinsasa, 3 de mayo
de 1980, 4-6: AAS 72 (1980), 432-435; Discurso a los Obispos de
Kenya en Nairobi, 7 de rnayo de 1980, 6: AAS 72 (1980), 497;
Discurso a los Obispos de la India en Delhi, 1 de febrero de
1986, 5: AAS 78 (1986), 748 s.; Homilía en Cartagena (Colombia),
6 de julio de 1986, 7-8: AAS 79 (1987), 105 s.; cf. también Ep.
Enc. Slavorum apostoli, 21-22: l.c. 802-804.
[89] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 22.
[90] Cf. ibid.
[91] Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 64: l.c., 55.
[92] Las Iglesias particulares « tienen la función de asimilar
lo esencial del mensaje evangélico, de trasvasarlo, sin la menor
traición a su verdad esencial, al lenguaje que esos hombres
comprenden, y, después, de anunciarlo con ese mismo lenguaje...
El lenguaje debe entenderse aquí no tanto a nivel semántico o
literario cuanto al que podría llamarse antropológico y cultural
» (Ibid., 63: l.c., 53)
[93] Cf. Discurso en la Audiencia general del 13 abril de 1988:
Insegnamenti XI/1 (1988), 877-881.
[94] Exh. Ap. Familiaris consortio (22 de noviembre de 1981),
10, en la que se trata de la inculturación « en el ámbito del
matrimonio y de la familia »: AAS 74 (1982), 91.
[95] Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandii, 63-65: l.c.,
53-56.
[96] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 17.
[97] Discurso a los participantes en el Simposio de los Obispos
de Africa, en Kampala, 31 de julio de 1969, 2: AAS 61 (1969),
577.
[98] Pablo VI, Discurso en la apertura de la II sesión del Conc.
Ecum. Vat. II, 29 de septiembre de 1963: AAS 55 (1963), 858; cf.
Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate, sobre las relaciones
de la Iglesia con las religiones no cristianas, 2; Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 16; Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la lglesia, 9; Pablo VI, Exh. Ap.
Evangelii nuntiandi, 53: l.c., 41 s.
[99] Cf. Pablo VI, Enc. Ecclesiam suam (6 de agosto de 1964) AAS
56 (1964), 609-659; Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre
la actividad misionera de la Iglesia, 11. 41; Secretariado para
los no cristianos. La actitud de la Iglesia frente a los
seguidores de otras religiones. Reflexión y orientaciones sobre
diálogo y misión (4 de septiembre de l954): AAS 76 (1984),
816-828.
[100] Carta a los Obispos de Asia con ocasión de la V Asamblea
Plenaria de la Federación de sus Conferencias Episcopales (23 de
junio de 1990), 4: L"Osservatore Romano, ed. en lengua española,
19 de agosto de 1990.
[101] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 14; cf. Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera
de la Iglesia, 7.
[102] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 3; Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 7.
[103] Cf. Enc. Redemptor hominis, 12: l.c., 279.
[104] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 11. 15.
[105] Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate, sobre las
relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 2.
[106] Exh. Ap. postsinodal Christifideles laici 35: l.c., 458.
[107] Cf. Conc. Ecum. Vat. II. Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 41.
[108] Enc. Sollicitudo rei socialis (30 de diciembre de 1987),
41: AAS 80 (1988), 570 s.
[109] Documentos de la III Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano en Puebla, México, (1979), 3760 (1145).
[110] Discurso a los obispos, sacerdotes, religiosos y
religiosas, en Yakartas, Indonesia, 10 de octubre de 1989, 5:
L"Osservatore Romano, ed. en lengua española, 22 de octubre de
1989.
[111] Cf. Pablo VI, Enc. Populorum progressio, 14-21; 40-42:
l.c., 264-268, 277 s.; Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei
socialis, 27-41: l.c., 547-572.
[112] Cf. Enc. Sollicitudo rei socialis, 28 : l.c., 548-550.
[113] Cf. ibid., cap. IV, 27-34: l.c., 547-560; Pablo VI, Enc.
Populorum progressio, 19-21. 41-42: l.c., 266-268, 277 s.
[114] Discurso a los habitantes de la « Favela Vidigal » era Río
de Janeiro, 2 de julio de 1980, 4: AAS 72 (1980), 854.
[115] Documentos de la III Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano en Puebla, México, 3757 (1142).
[116] Isaac de Stella, Sermón 31: PL 194, 1793.
[117] Conc. Ecum. Vat II. Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia. 20.
[118] Exh. Ap. postsinodal Christifideles laici , 35: l.c., 458.
[119] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 38.
[120] Discurso a los Cardenales y a los colaboradores de la
Curia Romana, de la Ciudad del Vaticano y del Vicariato de Roma,
28 de junio de 1980, Insegnamenti III/1 (1980), 1887.
[121] Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.
[122] Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 38.
[123] Ibid., 29.
[124] Cf. ibid., 38.
[125] Ibid., 30.
[126] Documentos de la Conferenda General delEpiscopado
Latinoamericano en Puebla, México, 2941 (368).
[127] Cf. Normas directivas para la colaboración de las Iglesias
particulares y especialmente para una mejor distribución del
clero en el mundo, Postquam Apostoli (25 de marzo de 1980): AAS
72 (1980), 343-364.
[128] Cf. Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 23-27.
[129] Ibid., 23.
[130] Ibid.
[131] Cf. ibid., 23. 27.
[132] Cf. S. Congregación para los Religiosos y los Institutos
Seculares y S. Congregación para los Obispos, Criterios para la
relación entre los Obispos y los Religiosos en la Iglesia,
Mutuae relationes (14 de mayo de 1978), 14 b: AAS 70 (1978),
482; cf. 28: l.c., 490.
[133] Conc . Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 27.
[134] Conc. Ecum. Vat. II. Decr. Presbyterorum ordinis, 10; cf.
Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 39.
[135] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Optatam totius, sobre la
forrnación sacerdotal, 20; cf. « Guide de vie pastoral pour les
prêtres diocésains des Eglises qui dépendent de la Congrégation
pour l"Evangélisation des Peuples », Roma, 1989.
[136] Discurso a los participantes en la Plenaria de la
Congregación para la Evangelizadón de los Pueblos, 14 de abril
de 1989, 4: AAS 81 (1989), 1140.
[137] Mensaje para la Jornada Misionera Mundial de 1982:
Insegnamenti V/2 (1982), 1879.
[138] Cf. Conc. Ecum. Vat. II. Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 38; S. Congregación para el
Clero, Normas directivas Postquam Apostoli, 24-25: l.c., 361.
[139] Cf. S. Congregación para el Clero, Normas directivas
Postquam Apostoli, 29: l.c., 362 s.; Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Ad gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia, 20.
[140] C.I.C., cán. 783.
[141] Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 40.
[142] Cf. Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 69: l.c., 58
s.
[143] Cart. Ap. Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988), 20:
AAS 80 (1988), 1703.
[144] Cf. Pío XII, Enc. Evangelii praecones: l.c., 510 s.; Enc.
Fidei donum: l.c., 228 ss.; Juan XXIII, Enc. Princeps Pastorum:
l.c., 855 ss.; Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 70-73:
l.c., 59-63.
[145] Exh. Ap. postsinodal Chistifideles laici, 35: l.c., 457.
[146] Cf. Enc. Evangelii praecones: l.c., 510-514.
[147] Cf. Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 17. 33
ss.
[148] Cf. Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 35-36. 41.
[149] Exh. Ap. postsinodal Christifideles laici, 14: l.c. , 410.
[150] C.I.C., cán. 225, 1; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los seglares,
6. 13.
[151] Conc. Ecum. Vat II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 31; cf. C.I.C., cán. 225, 2.
[152] Pablo VI, Exh. Ap. Evangelii nuntiandi, 70: l.c. 60.
[153] Exh. Ap. postsinodal Christifideles laici, 35: l.c., 458.
[154] Conc. Ecum. Vat II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 17.
[155] Exh. Ap. Catechesi tradendae, 66: l.c., 1331.
[156] Cf. cán 785, 1.
[157] Decr. Ad gentes, sobre la actividad rnisionera de la
Iglesia, 17.
[158] Cf. Asamblea Plenaria de la S. Congregación para la
Evangelización de los Pueblos de 1969, sobre los catequistas y
la relativa « Instrucción » de abril de 1970 Bibliografía
misionera 34 (1970), 197-212, y S.C. de Propaganda Fide Memoria
Rerum, III/2 (1976), 821-831.
[159] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 28.
[160] Const. Ap. Pastor Bonus, sobre la Curia Romana (28 de
junio de 1988), 85: AAS 80 (1988), 881; cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 29.
[161] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 29; cf. Juan Pablo II, Const. Ap.
Pastor Bonus, sobre la Curia Romana, 86: l.c., 882.
[162] Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la
Iglesia, 31.
[163] Cf. ibid., 33.
[164] Cf. Pablo VI, Cart. Ap. motu proprio data Ecclesiae
Sanctae (6 de agosto de 1966), II, 43: AAS 58 (1966), 782.
[165] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la
actividad misionera de la Iglesia, 34; Pablo Vl, Motu proprio
Ecclesiae sanctae, III, n. 22: l.c., 787.
[166] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 35; cf. C.I.C. cánn. 211. 781.
[167] Exh. Ap.Familiaris consortio, 54: l.c., 147.
[168] Cf. Pablo VI, Cart. Ap. Graves et increscentes (5 de
septiembre de 1966): AAS 58 (1966), 750-756.
[169] P. Manna, Le nostre « Chiese » e la propagazione del
Vangelo, Trentola Ducenta, 1952(2) p. 35.
[170] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 38.
[171] Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 13.
[172] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 24.
[173] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterotum ordinis, sobre el
ministerio y vida de los presbíteros, 14.
[174] Exh. Ap. postsinodal Christifideles laici, 17: l.c., 419.
[175] Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia.
[176] Cf. Discurso a la Asamblea del CELAM en Puerto Príncipe,
Haití, 9 marzo de 1983: AAS 75 (1983), 771-779; Homilía en Santo
Domingo, República Dominicana, para la apertura de la « novena
de años », promovida por el CELAM, 12 de octubre de 1984:
Insegnamenti VII/2 (1984), 885-897.
[177] Enc. Redemptoris Mater (25 de marzo de 1987), 2: AAS 79
(1987), 362 s.
[178] Ibid., 22: l.c., 390.
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