CARTA
ENCICLICA DEL SUMO PONTIFICE
JUAN PABLO II
SOBRE LA MISION DEL REDENTOR
Venerables Hermanos,
Amadísimos Hijos e Hijos:
Salud y bendición Apostólica
INTRODUCCION
CAPITULO I: JESUCRISTO UNICO SALVADOR
" Nadie va al Padre sino por mí " (Jn 14, 6)
La fe en Cristo es una propuesta a la libertad del hombre
La Iglesia, signo e instrumento de salvación
La salvación es ofrecida a todos los hombres
" Nosotros no podemos menos de hablar " (Act 4, 20)
CAPITULO II: EL REINO DE DIOS
Cristo hace presente el Reino
Características y exigencias del Reino
En el Resucitado, llega a su cumplimiento y es proclamado el
Reino de Dios
El Reino con relación a Cristo y a la Iglesia
La Iglesia al servicio del Reino
CAPITULO III: EL ESPIRITU SANTO PROTAGONISTA DE LA MISION
El envío « hasta los confines de la tierra » (Act 1, 8)
El Espíritu guía la misión
El Espíritu hace misionera a toda la Iglesia
El Espíritu está presente operante en todo tiempo y lugar
La actividad misionera está aún en sus comienzos
CAPITULO IV: LOS INMENSOS HORIZONTES DE LA MISION AD GENTES
Un marco religioso, complejo y en movimiento
La misión « ad gentes » conserva su valor
A todos los pueblos, no obstante las dificultades
Ámbitos de la misión « ad gentes »
Fidelidad a Cristo y promoción de la libertad del hombre
Dirigir la atención hacia el Sur y hacia el Oriente
CAPITULO V: LOS CAMINOS DE LA MISION
La primera forma de evangelización es el testimonio
El primer anuncio de Cristo Salvador
Conversión y bautismo
Formación de Iglesias locales
Las « comunidades eclesiales de base » fuerza evangelizadora
Encarnar el Evangelio en las culturas de los pueblos
El diálogo con los hermanos de otras religiones
Promover el desarrollo, educando las conciencias
La Caridad, fuente y criterio de la misión
CAPITULO VI: LOS RESPONSABLES Y AGENTES DE LA PASTORAL
MISIONERA
Los primeros responsables de la actividad misionera
Misioneros e Institutos « ad gentes »
Sacerdotes diocesanos para la misión universal
Fecundidad misionera de la Consagración
Todos los laicos son misioneros en virtud del bautismo
La obra de los catequistas y la variedad de los ministerios
Congregación para la Evangelización de los Pueblos y otras
estructuras para la actividad misionera
CAPITULO VII: LA COOPERACION EN LA ACTIVIDAD MISIONERA
Oración y sacrificios por los misioneros
" Heme aquí, Señor, estoy dispuesto, envíame " (cf. Is 6, 8)
" Mayor felicidad hay en dar que en recibir " (Act 20, 35)
Nuevas formas de cooperación misionera
Animación y formación del Pueblo de Dios
La responsabilidad primaria de las Obras Misionales Pontificias
No sólo dar a la misión, sino también recibir
Dios prepara una nueva primavera del Evangelio
CAPITULO VIII: ESPIRITUALIDAD MISIONERA
Dejarse guiar por el Espíritu
Vivir el misterio de Cristo « enviado »
Amar a la Iglesia y a los hombres como Jesús los ha amado
El verdadero misionero es el santo
CONCLUSION
INTRODUCCION
1. LA MISIÓN DE CRISTO REDENTOR, confiada a la Iglesia,
está aún lejos de cumplirse. A finales del segundo milenio
después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra
que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos
comprometernos con todas nuestras energías en su servicio. Es el
Espíritu Santo quien impulsa a anunciar las grandes obras de
Dios: « Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de
gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mi si no
predicara el Evangelio! »(1 Cor 9, 16).
En nombre de toda la Iglesia, siento imperioso el deber de
repetir este grito de san Pablo. Desde el comienzo de mi
pontificado he tomado la decisión de viajar hasta los últimos
confines de la tierra para poner de manifiesto la solicitud
misionera; y precisamente el contacto directo con los pueblos
que desconocen a Cristo me ha convencido aún más de la urgencia
de tal actividad a la cual dedico la presente Encíclica.
El Concilio Vaticano II ha querido renovar la vida y la
actividad de la Iglesia según las necesidades del mundo
contemporáneo; ha subrayado su « índole misionera », basándola
dinámicamente en la misma misión trinitaria. El impulso
misionero pertenece, pues, a la naturaleza íntima de la vida
cristiana e inspira también el ecumenismo: « Que todos sean uno
... para que el mundo crea que tú me has enviado » (Jn 17, 21).
2. Muchos son ya los frutos misioneros del Concilio: se han
multiplicado las Iglesias locales provistas de Obispo, clero y
personal apostólico propios; se va logrando una inserción más
profunda de las comunidades cristianas en la vida de los
pueblos; la comunión entre las Iglesias lleva a un intercambio
eficaz de bienes y dones espirituales; la labor evangelizadora
de los laicos está cambiando la vida eclesial; las Iglesias
particulares se muestran abiertas al encuentro, al diálogo y a
la colaboración con los miembros de otras Iglesias cristianas y
de otras religiones. Sobre todo, se está afianzando una
conciencia nueva: la misión atañe a todos los cristianos, a
todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y
asociaciones eclesiales.
No obstante, en esta « nueva primaveras del cristianismo no se
puede dejar oculta una tendencia negativa, que este Documento
quiere contribuir a superar: la misión específica ad gentes
parece que se va parando, no ciertamente en sintonía con las
indicaciones del Concilio y del Magisterio posterior.
Dificultades internas y externas han debilitado el impulso
misionero de la Iglesia hacia los no cristianos, lo cual es un
hecho que debe preocupar a todos los creyentes en Cristo. En
efecto, en la historia de la Iglesia, este impulso misionero ha
sido siempre signo de vitalidad , así como su disminución es
signo de una crisis de fe.[1]
A los veinticinco años de la clausura del Concilio y de la
publicación del Decreto sobre la actividad misionera Ad gentes y
a los quince de la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi,
del Papa Pablo VI, quiero invitar a la Iglesia a un renovado
compromiso misionero, siguiendo al respecto el Magisterio de mis
predecesores.[2] El presente Documento se propone una finalidad
interna: la renovación de la fe y de la vida cristiana. En
efecto, la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la
identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones.
¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los
pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso
por la misión universal.
Pero lo que más me mueve a proclamar la urgencia de la
evangelización misionera es que ésta constituye el primer
servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la
humanidad entera en el mundo actual, el cual está conociendo
grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de las
realidades últimas y de la misma existencia. « Cristo Redentor
-he escrito en mi primera Encíclica- revela plenamente el hombre
al mismo hombre. El hombre que quiere comprenderse hasta el
fondo a sí mismo ... debe ... acercarse a Cristo. La Redención
llevada a cabo por medio de la cruz ha vuelto a dar
definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su
existencia en el mundo ».[3]
No faltan tampoco otras motivaciones y finalidades, como
responder a las numerosas peticiones de un documento de esta
índole; disipar dudas y ambigüedades sobre la misión ad gentes,
confirmando así en su entrega a los beneméritos hombres y
mujeres dedicados a la actividad misionera y a cuantos les
ayudan; promover las vocaciones misioneras; animar a los
teólogos a profundizar y exponer sistemáticamente los diversos
aspectos de la misión; dar nuevo impulso a la misión propiamente
dicha, comprometiendo a las Iglesias particulares, especialmente
las jóvenes, a mandar y recibir misioneros; asegurar a los no
cristianos y, de manera especial, a las autoridades de los
países a los que se dirige la actividad misionera, que ésta
tiene como único fin servir al hombre, revelándole el amor de
Dios que se ha manifestado en Jesucristo.
3. ¡Pueblos todos, abrid las puertas a Cristo! Su Evangelio no
resta nada a la libertad humana, al debido respeto de las
culturas, a cuanto hay de bueno en cada religión. Al acoger a
Cristo, os abrís a la Palabra definitiva de Dios, a aquel en
quien Dios se ha dado a conocer plenamente y a quien el mismo
Dios nos ha indicado como camino para llegar hasta él.
El número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de
la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del
Concilio, casi se ha duplicado. Para esta humanidad inmensa, tan
amada por el Padre que por ella envió a su propio Hijo, es
patente la urgencia de la misión.
Por otra parte, nuestra época ofrece en este campo nuevas
ocasiones a la Iglesia: la caída de ideologías y sistemas
políticos opresores; la apertura de fronteras y la configuración
de un mundo más unido, merced al incremento de los medios de
comunicación; el afianzarse en los pueblos los valores
evangélicos que Jesús encarnó en su vida (paz, justicia,
fraternidad, dedicación a los más necesitados); un tipo de
desarrollo económico y técnico falto de alma que, no obstante,
apremia a buscar la verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre
el sentido de la vida.
Dios abre a la Iglesia horizontes de una humanidad más preparada
para la siembra evangélica. Preveo que ha llegado el momento de
dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y
a la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna
institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo:
anunciar a Cristo a todos los pueblos.
CAPITULO I:
JESUCRISTO UNICO SALVADOR
4. El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas y
particularmente en la nuestra -como recordaba en mi primera
Encíclica programática- es « dirigir la mirada del hombre,
orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad
hacia el misterio de Cristo ».[4]
La misión universal de la Iglesia nace de la fe en Jesucristo,
tal como se expresa en la profesión de fe trinitaria: « Creo en
un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre
antes de todos los siglos... Por nosotros, los hombres, y por
nuestra salvación bajó del cielo y, por obra del Espíritu Santo,
se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre ».[5] En el
hecho de la Redención está la salvación de todos, « porque cada
uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con
cada uno Cristo se ha unido, para siempre, por medio de este
misterio ».[6] Sólo en la fe se comprende y se fundamenta la
misión.
No obstante, debido también a los cambios modernos y a la
difusión de nuevas concepciones teológicas, algunos se
preguntan: ¿Es válida aún la misión entre los no cristianos? ¿No
ha sido sustituida quizás por el diálogo interreligioso? ¿No es
un objetivo suficiente la promoción humana? El respeto de la
conciencia y de la libertad ¿no excluye toda propuesta de
conversión? ¿No puede uno salvarse en cualquier religión? ¿Para
qué, entonces, la misión?
"NADIE VA AL PADRE SI NO ES POR MI" (Jn 14, 6)
5. Remontándonos a los orígenes de la Iglesia, vemos afirmado
claramente que Cristo es el único Salvador de la humanidad, el
único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios. A
las autoridades religiosas judías que interrogan a los Apóstoles
sobre la curación del tullido realizada por Pedro, éste
responde: « Por el nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien
vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los
muertos; por su nombre y no por ningún otro se presenta éste
aquí sano delante de vosotros... Porque no hay bajo el cielo
otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos
salvarnos » (Act 4, 10. 12). Esta afirmación, dirigida al
Sanedrín, asume un valor universal, ya que para todos -judíos y
gentiles- la salvación no puede venir más que de Jesucristo.
La universalidad de esta salvación en Cristo es afirmada en todo
el Nuevo Testamento San Pablo reconoce en Cristo resucitado al
Señor: « Pues -escribe él- aun cuando se les dé el nombre de
dioses, bien en el cielo, bien en la tierra, de forma que hay
multitud de dioses y señores, para nosotros no hay más que un
solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el
cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las
cosas y por el cual somos nosotros » (1 Cor 8, 5-6). Se confiesa
a un único Dios y a un único Señor en contraste con la multitud
de « dioses » y « señores » que el pueblo admitía. Pablo
reacciona contra el politeísmo del ambiente religioso de su
tiempo y pone de relieve la característica de la fe cristiana:
fe en un solo Dios y en un solo Señor, enviado por Dios.
En el Evangelio de san Juan esta universalidad salvífica de
Cristo abarca los aspectos de su misión de gracia, de verdad y
de revelación: « La Palabra es la luz verdadera que ilumina a
todo hombre » (cf. Jn 1, 9). Y añade: « A Dios nadie lo ha visto
jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha
revelado » (Jn 1, 18; cf. Mt 11, 27). La revelación de Dios se
hace definitiva y completa por medio de su Hijo unigénito: «
Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a
nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos
tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó
heredero de todo, por quien también hizo los mundos » (Heb 1,
1-2; cf. Jn 14, 6). En esta Palabra definitiva de su revelación,
Dios se ha dado a conocer del modo más completo; ha dicho a la
humanidad quién es. Esta autorrevelación definitiva de Dios es
el motivo fundamental por el que la Iglesia es misionera por
naturaleza. Ella no puede dejar de proclamar el Evangelio, es
decir, la plenitud de la verdad que Dios nos ha dado a conocer
sobre sí mismo.
Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres: « Porque
hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los
hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo
como rescate por todos. Este es el testimonio dado en el tiempo
oportuno, y de este testimonio -digo la verdad, no miento- yo he
sido constituido heraldo y apóstol, maestro de los gentiles en
la fe y en la verdad » (1 Tim 2, 5-7; cf. Heb 4, 14-16). Los
hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios, si no es
por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. Esta
mediación suya única y universal, lejos de ser obstáculo en el
camino hacia Dios, es la via establecida por Dios mismo, y de
ello Cristo tiene plena conciencia. Aun cuando no se excluyan
mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin
embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación
de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y
complementarias
6. Es contrario a la fe cristiana introducir cualquier
separación entre el Verbo y Jesucristo. San Juan afirma
claramente que el Verbo, que « estaba en el principio con Dios
», es el mismo que « se hizo carne » (Jn 1, 2.14). Jesús es el
Verbo encarnado, una sola persona e inseparable: no se puede
separar a Jesús de Cristo, ni hablar de un « Jesús de la
historia », que sería distinto del « Cristo de la fe ». La
Iglesia conoce y confiesa a Jesús como « el Cristo, el Hijo de
Dios vivo » (Mt 16, 16). Cristo no es sino Jesús de Nazaret, y
éste es el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de
todos. En Cristo « reside toda la plenitud de la divinidad
corporalmente » (Col 2, 9) y « de su plenitud hemos recibido
todos » (Jn 1, 16). El « Hijo único, que está en el seno del
Padre » (Jn 1, 18), es el « Hijo de su amor, en quien tenemos la
redención. Pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la
plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas,
pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la
tierra y en los cielos » (Col 1, 13-14.19-20). Es precisamente
esta singularidad única de Cristo la que le confiere un
significado absoluto y universal, por lo cual, mientras está en
la historia, es el centro y el fin de la misma: [7] « Yo soy el
Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin »
(Ap 22, 13).
Si, pues, es lícito y útil considerar los diversos aspectos del
misterio de Cristo, no se debe perder nunca de vista su unidad.
Mientras vamos descubriendo y valorando los dones de todas
clases, sobre todo las riquezas espirituales, que Dios ha
concedido a cada pueblo, no podemos disociarlos de Jesucristo,
centro del plan divino de salvación. Así como « el Hijo de Dios
con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre
», así también « debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a
todos la posibilidad de que, en forma sólo de Dios conocida, se
asocien a este misterio pascual ».[8] El designio divino es «
hacer que todo tenga a Cristo por cabeza, lo que está en los
cielos y lo que está en la tierra » (Ef 1, 10).
LA FE DE CRISTO ES UNA PROPUESTA A LA LIBERTAD DEL HOMBRE
7. La urgencia de la actividad misionera brota de la radical
novedad de vida, traída por Cristo y vivida por sus discípulos.
Esta nueva vida es un don de Dios, y al hombre se le pide que lo
acoja y desarrolle, si quiere realizarse según su vocación
integral, en conformidad con Cristo. El Nuevo Testamento es un
himno a la vida nueva para quien cree en Cristo y vive en su
Iglesia. La salvación en Cristo, atestiguada y anunciada por la
Iglesia, es autocomunicación de Dios: « Es el amor, que no sólo
crea el bien, sino que hace participar en la misma vida de Dios:
Padre, Hijo y Espíritu Santo. En efecto, el que ama desea darse
a sí mismo ».[9]
Dios ofrece al hombre esta vida nueva: ¿Se puede rechazar a
Cristo y todo lo que él ha traído a la historia del hombre?
Ciertamente es posible. El hombre es libre. El hombre puede
decir no a Dios. El hombre puede decir no a Cristo. Pero sigue
en pie la pregunta fundamental. ¿Es licito hacer esto? ¿Con qué
fundamento es licito? ».[10]
8. En el mundo moderno hay tendencia a reducir el hombre a una
mera dimensión horizontal. Pero ¿en qué se convierte el hombre
sin apertura al Absoluto? La respuesta se halla no sólo en la
experiencia de cada hombre, sino también en la historia de la
humanidad con la sangre derramada en nombre de ideologías y de
regímenes políticos que han querido construir una « nueva
humanidad » sin Dios.[11]
Por lo demás, a cuantos están preocupados por salvar la libertad
de conciencia, dice el Concilio Vaticano II: « La persona humana
tiene derecho a la libertad religiosa ... todos los hombres han
de estar inmunes de coacción por parte de personas particulares,
como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto
de tal manera que en materia religiosa ni se obligue a nadie a
obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a
ella en privado y en público, solo o asociado con otros dentro
de los limites debidos ».[12]
El anuncio y el testimonio de Cristo, cuando se llevan a cabo
respetando las conciencias, no violan la libertad. La fe exige
la libre adhesión del hombre, pero debe ser propuesta, pues «
las multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio
de Cristo, dentro del cual creemos que toda la humanidad puede
encontrar, con insospechada plenitud , todo lo que busca a
tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino, de la vida y
de la muerte, de la verdad. Por eso, la Iglesia mantiene vivo su
empuje misionero e incluso desea intensificarlo en un momento
histórico como el nuestro ».[13] Hay que decir también con
palabras del Concilio que: « Todos los hombres, conforme a su
dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y de
voluntad libre y, por tanto, enaltecidos con una responsabilidad
personal, tienen la obligación moral de buscar la verdad, sobre
todo la que se refiere a la religión. Están obligados, asimismo,
a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según
las exigencias de la verdad ».[14]
LA IGLESIA, SIGNO E INSTRUMENTO DE SALVACION
9. La primera beneficiaria de la salvación es la Iglesia. Cristo
la ha adquirido con su sangre (cf. Act 20, 28) y la ha hecho su
colaboradora en la obra de la salvación universal. En efecto,
Cristo vive en ella; es su esposo; fomenta su crecimiento; por
medio de ella cumple su misión.
El Concilio ha reclamado ampliamente el papel de la Iglesia para
la salvación de la humanidad. A la par que reconoce que Dios ama
a todos los hombres y les concede la posibilidad de salvarse
(cf. 1 Tim 2, 4),[15] la Iglesia profesa que Dios ha constituido
a Cristo como único mediador y que ella misma ha sido
constituida como sacramento universal de salvación.[16] « Todos
los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de
Dios, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea
los fieles católicos, sea los demás creyentes en Cristo, sea
también todos los hombres en general llamados a la salvación por
la gracia de Dios ».[17] Es necesario, pues, mantener unidas
estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación
en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en
orden a esta misma salvación. Ambas favorecen la comprensión del
único misterio salvífico, de manera que se pueda experimentar la
misericordia de Dios y nuestra responsabilidad. La salvación,
que siempre es don del Espíritu, exige la colaboración del
hombre para salvarse tanto a sí mismo como a los demás. Así lo
ha querido Dios, y para esto ha establecido y asociado a la
Iglesia a su plan de salvación: « Ese pueblo mesiánico -afirma
el Concilio- constituido por Cristo en orden a la comunión de
vida, de caridad y de verdad, es empleado también por él como
instrumento de la redención universal y es enviado a todo el
mundo como luz del mundo y sal de la tierra ».[18]
LA SALVACION ES OFRECIDA A TODOS LOS HOMBRES
10. La universalidad de la salvación no significa que se conceda
solamente a los que, de modo explícito, creen en Cristo y han
entrado en la Iglesia. Si es destinada a todos, la salvación
debe estar en verdad a disposición de todos. Pero es evidente
que, tanto hoy como en el pasado, muchos hombres no tienen la
posibilidad de conocer o aceptar la revelación del Evangelio y
de entrar en la Iglesia. Viven en condiciones socioculturales
que no se lo permiten y, en muchos casos, han sido educados en
otras tradiciones religiosas. Para ellos, la salvación de Cristo
es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una
misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente
en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su situación
interior y ambiental Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de
su sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo: ella
permite a cada uno llegar a la salvación mediante su libre
colaboración.
Por esto mismo, el Concilio, después de haber afirmado la
centralidad del misterio pascual, afirma: « Esto vale no
solamente para los cristianos, sino también para todos los
hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de
modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema
del hombre en realidad es una sola, es decir, divina. En
consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos
la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se
asocien a este misterio pascual ».[19]
" NOSOTROS NO PODEMOS MENSO DE HABLAR " (Act 4, 20)
11. ¿Qué decir, pues, de las objeciones ya mencionadas sobre la
misión ad gentes? Con pleno respeto de todas las creencias y
sensibilidades, ante todo debemos afirmar con sencillez nuestra
fe en Cristo, único salvador del hombre; fe recibida como un don
que proviene de lo Alto, sin mérito por nuestra parte. Decimos
con san Pablo: « No me avergüenzo del Evangelio, que es una
fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree » (Rom 1,
16). Los mártires cristianos de todas las épocas -también los de
la nuestra- han dado y siguen dando la vida por testimoniar ante
los hombres esta fe, convencidos de que cada hombre tiene
necesidad de Jesucristo, que ha vencido el pecado y la muerte, y
ha reconciliado a los hombres con Dios.
Cristo se ha proclamado Hijo de Dios, íntimamente unido al
Padre, y, como tal, ha sido reconocido por los discípulos,
confirmando sus palabras con los milagros y su resurrección. La
Iglesia ofrece a los hombres el Evangelio, documento profético,
que responde a las exigencias y aspiraciones del corazón humano
y que es siempre « Buena Nueva ». La Iglesia no puede dejar de
proclamar que Jesús, vino a revelar el rostro de Dios y
alcanzar, mediante la cruz y la resurrección, la salvación para
todos los hombres.
A la pregunta ¿Para qué la misión? respondemos con la fe y la
esperanza de la Iglesia: abrirse al amor de Dios es la verdadera
liberación. En él, sólo en él, somos liberados de toda forma de
alienación y extravío, de la esclavitud del poder del pecado y
de la muerte. Cristo es verdaderamente « nuestra paz » (Ef 2,
14), y « el amor de Cristo nos apremia » (2 Cor 5, 14), dando
sentido y alegría a nuestra vida. La misión es un problema de
fe, es el índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por
nosotros.
La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una
sabiduría meramente humanas, casi como una ciencia del vivir
bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una «
gradual secularización de la salvación », debido a lo cual se
lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a
medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio,
nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral,
que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a
los admirables horizontes de la filiación divina.
¿Por qué la misión? Porque a nosotros, como a san Pablo, « se
nos ha concedido la gracia de anunciar a los gentiles las
inescrutables riquezas de Cristo » (Ef 3, 8). La novedad de vida
en él es la « Buena Nueva » para el hombre de todo tiempo: a
ella han sido llamados y destinados todos los hombres. De hecho,
todos la buscan, aunque a veces de manera confusa, y tienen el
derecho a conocer el valor de este don y la posibilidad de
alcanzarlo. La Iglesia y, en ella, todo cristiano, no puede
esconder ni conservar para sí esta novedad y riqueza, recibidas
de la divina bondad para ser comunicadas a todos los hombres.
He ahí por qué la misión, además de provenir del mandato formal
del Señor, deriva de la exigencia profunda de la vida de Dios en
nosotros. Quienes han sido incorporados a la Iglesia han de
considerarse privilegiados y, por ello, mayormente comprometidos
en testimoniar la fe y la vida cristiana como servicio a los
hermanos y respuesta debida a Dios, recordando que « su
excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios
sino a una gracia singular de Cristo, no respondiendo a la cual
con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán
juzgados con mayor severidad ».[20]
CAPITULO II:
EL REINO DE DIOS
12. « Dios rico en misericordia es el que Jesucristo nos ha
revelado como Padre; cabalmente su Hijo, en sí mismo, nos lo ha
manifestado y nos lo ha hecho conocer ».[21] Escribía esto al
comienzo de la Encíclica Dives in Misericordia, mostrando cómo
Cristo es la revelación y la encarnación de la misericordia del
Padre. La salvación consiste en creer y acoger el misterio del
Padre y de su amor, que se manifiesta y se da en Jesús mediante
el Espíritu. Así se cumple el Reino de Dios, preparado ya por la
Antigua Alianza, llevado a cabo por Cristo y en Cristo, y
anunciado a todas las gentes por la Iglesia, que se esfuerza y
ora para que llegue a su plenitud de modo perfecto y definitivo.
El Antiguo Testamento atestigua que Dios ha escogido y formado
un pueblo para revelar y llevar a cabo su designio de amor.
Pero, al mismo tiempo, Dios es Creador y Padre de todos los
hombres se cuida de todos, a todos extiende su bendición (cf.
Gén 12, 3) y con todos hace una alianza -Gén 9, 1-17). Israel
tiene experiencia de un Dios personal y salvador (cf. Dt 4, 37;
7, 6-8; Is 43, 1-7), del cual se convierte en testigo y portavoz
en medio de las naciones. A lo largo de la propia historia,
Israel adquiere conciencia de que su elección tiene un
significado universal (cf. por ejemplo Is 2, 2-5; 6-8; 60, 1-6;
Jer 3, 17; 16, 19.
CRISTO HACE PRESENTE EL REINO
13. Jesús de Nazaret lleva a cumplimiento el plan de Dios.
Después de haber recibido el Espíritu Santo en el bautismo,
manifiesta su vocación mesiánica: recorre Galilea proclamando «
la Buena Nueva de Dios: "El tiempo se ha cumplido y el Reino
está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" » (Mc 1,
14-15; cf. Mt 4, 17; Lc 4, 43). La proclamación y la
instauración del Reino de Dios son el objeto de su misión: «
Porque a esto he sido enviado » (Lc 4, 43). Pero hay algo más:
Jesús en persona es la « Buena Nueva », como él mismo afirma al
comienzo de su misión en la sinagoga de Nazaret, aplicándose las
palabras de Isaías relativas al Ungido, enviado por el Espíritu
del Señor (cf. Lc. 4, 14-21). Al ser él la « Buena Nueva »,
existe en Cristo plena identidad entre mensaje y mensajero,
entre el decir, el actuar y el ser. Su fuerza, el secreto de la
eficacia de su acción consiste en la identificación total con el
mensaje que anuncia; proclama la « Buena Nueva » no sólo con lo
que dice o hace, sino también con lo que es.
El ministerio de Jesús se describe en el contexto de los viajes
por su tierra. La perspectiva de la misión antes de la Pascua se
centra en Israel; sin embargo, Jesús nos ofrece un elemento
nuevo de capital importancia. La realidad escatológica no se
aplaza hasta un fin remoto del mundo, sino que se hace próxima y
comienza a cumplirse. « El Reino de Dios está cerca » (Mc 1,
15); se ora para que venga (cf. Mt 6, 10); la fe lo ve ya
presente en los signos, como los milagros (cf. Mt 11, 4-5), los
exorcismos (cf. Mt 12, 25-28), la elección de los Doce (cf. Mc
3, 13-19), el anuncio de la Buena Nueva a los pobres (cf. Lc 4,
18). En los encuentros de Jesús con los paganos se ve con
claridad que la entrada en el Reino acaece mediante la fe y la
conversión (cf. Mc 1, 15) Y no por la mera pertenencia étnica.
El Reino que inaugura Jesús es el Reino de Dios; él mismo nos
revela quién es este Dios al que llama con el término familiar «
Abba », Padre (Mc 14, 36). El Dios revelado sobre todo en las
parábolas (cf. Lc 15, 3-32; Mt 20, 1-16) es sensible a las
necesidades, a los sufrimientos de todo hombre; es un Padre
amoroso y lleno de compasión, que perdona y concede
gratuitamente las gracias pedidas.
San Juan nos dice que « Dios es Amor » (1 Jn 4, 8. 16). Todo
hombre, por tanto, es invitado a « convertirse » y « creer » en
el amor misericordioso de Dios por él; el Reino crecerá en a
medida en que cada hombre aprenda a dirigirse a Dios como a un
Padre en la intimidad de la oración (cf. Lc 11, 2; Mt 23, 9), y
se esfuerce en cumplir su voluntad (cf. Mt 7, 21).
CARACTERISTICAS Y EXIGENCIAS DEL REINO
14. Jesús revela progresivamente las características y
exigencias del Reino mediante sus palabras, sus obras y su
persona.
El Reino está destinado a todos los hombres, dado que todos son
llamados a ser sus miembros. Para subrayar este aspecto, Jesús
se ha acercado sobre todo a aquellos que estaban al margen de la
sociedad, dándoles su preferencia, cuando anuncia la « Buena
Nueva ». Al comienzo de su ministerio proclama que ha sido «
enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva » (Lc 4, 18). A
todas las víctimas del rechazo y del desprecio Jesús les dice: «
Bienaventurados los pobres » (Lc 6, 20). Además, hace vivir ya a
estos marginados una experiencia de liberación, estando con
ellos y yendo a comer con ellos (cf. Lc 5, 30; 15, 2),
tratándoles como a iguales y amigos (cf. Lc 7, 34), haciéndolos
sentirse amados por Dios y manifestando así su inmensa ternura
hacia los necesitados y los pecadores (cf. Lc 15, 1-32).
La liberación y la salvación que el Reino de Dios trae consigo
alcanzan a la persona humana en su dimensión tanto física como
espiritual. Dos gestos caracterizan la misión de Jesús: curar y
perdonar. Las numerosas curaciones demuestran su gran compasión
ante la miseria humana, pero significan también que en el Reino
ya no habrá enfermedades ni sufrimientos y que su misión, desde
el principio, tiende a liberar de todo ello a las personas. En
la perspectiva de Jesús, las curaciones son también signo de
salvación espiritual, de liberación del pecado. Mientras cura,
Jesús invita a la fe, a la conversión, al deseo de perdón (cf.
Lc 5, 24). Recibida la fe, la curación anima a ir más lejos:
introduce en la salvación (cf. Lc 18, 42-43). Los gestos
liberadores de la posesión del demonio, mal supremo y símbolo
del pecado y de la rebelión contra Dios, son signos de que « ha
llegado a vosotros el Reino de Dios » (Mt 12, 28).
15. El Reino tiende a transformar las relaciones humanas y se
realiza progresivamente, a medida que los hombres aprenden a
amarse, a perdonarse y a servirse mutuamente. Jesús se refiere a
toda la ley, centrándola en el mandamiento del amor (cf. Mt 22,
34-40); Lc 10, 25-28). Antes de dejar a los suyos les da un «
mandamiento nuevo »: « Que os améis los unos a los otros como yo
os he amado » (Jn 15, 12; cf. 13, 34). El amor con el que Jesús
ha amado al mundo halla su expresión suprema en el don de su
vida por los hombres (cf. Jn 15, 13), manifestando así el amor
que el Padre tiene por el mundo (cf. Jn 3, 16). Por tanto la
naturaleza del Reino es la comunión de todos los seres humanos
entre sí y con Dios.
El Reino interesa a todos: a las personas, a sociedad, al mundo
entero. Trabajar por el Reino quiere decir reconocer y favorecer
el dinamismo divino, que está presente en la historia humana y
la transforma. Construir el Reino significa trabajar por la
liberación del mal en todas sus formas. En resumen, el Reino de
Dios es la manifestación y la realización de su designio de
salvación en toda su plenitud.
EN EL RESUCITADO, LLEGA A SU CUMPLIMIENTO Y ES PROCLAMADO EL
REINO E DIOS
16. Al resucitar Jesús de entre los muertos Dios ha vencido la
muerte y en él ha inaugurado definitivamente su Reino. Durante
su vida terrena Jesús es el profeta del Reino y, después de su
pasión, resurrección y ascensión al cielo, participa del poder
de Dios y de su dominio sobre el mundo (cf. Mt 28, 18; Act 2,
36; Ef 1, 18-31). La resurrección confiere un alcance universal
al mensaje de Cristo, a su acción y a toda su misión. Los
discípulos se percatan de que el Reino ya está presente en la
persona de Jesús y se va instaurando paulatinamente en el hombre
y en el mundo a través de un vínculo misterioso con él.
En efecto, después de la resurrección ellos predicaban el Reino,
anunciando a Jesús muerto y resucitado. Felipe anunciaba en
Samaría « la Buena Nueva del Reino de Dios y el nombre de
Jesucristo » (Act 8, 12). Pablo predicaba en Roma el Reino de
Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo (cf. Act 28,
31).
También los primeros cristianos anunciaban « el Reino de Cristo
y de Dios » (Ef 5, 5; cf. Ap 11, 15; 12, 10) o bien « el Reino
eterno de nuestro Señor Jesucristo » (2 Pe 1, 11). Es en el
anuncio de Jesucristo, con el que el Reino se identifica, donde
se centra la predicación de la Iglesia primitiva. Al igual que
entonces, hoy también es necesario unir el anuncio del Reino de
Dios (elcontenido del « kerigma » de Jesús) y la proclamación
del evento de Jesucristo (que es el « kerigma » de los
Apóstoles). Los dos anuncios se completan y se iluminan
mutuamente.
EL REINO CON RELACION A CRISTO Y A LA IGLESIA
17. Hoy se habla mucho del Reino, pero no siempre en sintonía
con el sentir de la Iglesia. En efecto, se dan concepciones de
la salvación y de la misión que podemos llamar «
antropocéntricas », en el sentido reductivo del término, al
estar centradas en torno a las necesidades terrenas del hombre.
En esta perspectiva el Reino tiende a convertirse en una
realidad plenamente humana y secularizada, en la que sólo
cuentan los programas y luchas por la liberación socioeconómica,
política y también cultural, pero con unos horizontes cerrados a
lo trascendente. Aun no negando que también a ese nivel haya
valores por promover, sin embargo tal concepción se reduce a los
confines de un reino del hombre, amputado en sus dimensiones
auténticas y profundas, y se traduce fácilmente en una de las
ideologías que miran a un progreso meramente terreno. El Reino
de Dios, en cambio, « no es de este mundo, no es de aquí » (Jn
18, 36).
Se dan además determinadas concepciones que, intencionadamente,
ponen el acento sobre el Reino y se presentan como «
reinocéntricas », las cuales dan relieve a la imagen de una
Iglesia que no piensa en si misma, sino que se dedica a
testimoniar y servir al Reino. Es una « Iglesia para los demás
», -se dice- como « Cristo es el hombre para los demás ». Se
describe el cometido de la Iglesia, como si debiera proceder en
una doble dirección; por un lado, promoviendo los llamados «
valores del Reino », cuales son la paz, la justicia, la
libertad, la fraternidad; por otro, favoreciendo el diálogo
entre los pueblos, las culturas, las religiones, para que,
enriqueciéndose mutuamente, ayuden al mundo a renovarse y a
caminar cada vez más hacia el Reino.
Junto a unos aspectos positivos, estas concepciones manifiestan
a menudo otros negativos. Ante todo, dejan en silencio a Cristo:
el Reino, del que hablan, se basa en un « teocentrismo », porque
Cristo -dicen- no puede ser comprendido por quien no profesa la
fe cristiana, mientras que pueblos, culturas y religiones
diversas pueden coincidir en la única realidad divina,
cualquiera que sea su nombre. Por el mismo motivo, conceden
privilegio al misterio de la creación, que se refleja en la
diversidad de culturas y creencias, pero no dicen nada sobre el
misterio de la redención. Además el Reino, tal como lo
entienden, termina por marginar o menospreciar a la Iglesia,
como reacción a un supuesto « eclesiocentrismo » del pasado y
porque consideran a la Iglesia misma sólo un signo, por lo demás
no exento de ambigüedad.
18. Ahora bien, no es éste el Reino de Dios que conocemos por la
Revelación, el cual no puede ser separado ni de Cristo ni de la
Iglesia.
Como ya queda dicho, Cristo no sólo ha anunciado el Reino, sino
que en él el Reino mismo se ha hecho presente y ha llegado a su
cumplimiento: « Sobre todo, el Reino se manifiesta en la persona
misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, quien vino "a
servir y a dar su vida para la redención de muchos" (Mc 10, 45)
».[22] El Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un
programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una
persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret,
imagen del Dios invisible.[23] Si se separa el Reino de la
persona de Jesús, no existe ya el reino de Dios revelado por él,
y se termina por distorsionar tanto el significado del Reino
-que corre el riesgo de transformarse en un objetivo puramente
humano o ideológico- como la identidad de Cristo, que no aparece
ya como el Señor, al cual debe someterse todo (cf. 1 Cor l5,
27).
Asimismo, el Reino no puede ser separado de la Iglesia.
Ciertamente, ésta no es fin para sí misma, ya que está ordenada
al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento. Sin
embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está
indisolublemente unida a ambos. Cristo ha dotado a la Iglesia,
su Cuerpo, de la plenitud de los bienes y medios de salvación;
el Espíritu Santo mora en ella, la vivifica con sus dones y
carismas, la santifica, la guía y la renueva sin cesar.[24] De
ahí deriva una relación singular y única que, aunque no excluya
la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los confines
visibles de la Iglesia, le confiere un papel específico y
necesario. De ahí también el vínculo especial de la Iglesia con
el Reino de Dios y de Cristo, dado que tiene « la misión de
anunciarlo e instaurarlo en todos los pueblos ».[25]
19. Es en esta visión de conjunto donde se comprende la realidad
del Reino. Ciertamente, éste exige la promoción de los bienes
humanos y de los valores que bien pueden llamarse « evangélicos
», porque están íntimamente unidos a la Buena Nueva. Pero esta
promoción, que la Iglesia siente también muy dentro de sí, no
debe separarse ni contraponerse a los otros cometidos
fundamentales, como son el anuncio de Cristo y de su Evangelio,
la fundación y el desarrollo de comunidades que actúan entre los
hombres la imagen viva del Reino. Con esto no hay que tener
miedo a caer en una forma de « eclesiocentrismo ». Pablo VI, que
afirmó la existencia de « un vínculo profundo entre Cristo, la
Iglesia y la evangelización »,[26] dijo también que la Iglesia «
no es fin para sí misma, sino fervientemente solícita de ser
toda de Cristo, en Cristo y para Cristo, y toda igualmente de
los hombres, entre los hombres y para los hombres ».[27]
LA IGLESIA AL SERVICIO DEL REINO
20. La Iglesia está efectiva y concretamente al servicio del
Reino. Lo está, ante todo, mediante el anuncio que llama a la
conversión; éste es el primer y fundamental servicio a la venida
del Reino en las personas y en la sociedad humana. La salvación
escatológica empieza, ya desde ahora, con la novedad de vida en
Cristo: « A todos los que la recibieron les dio el poder de
hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre » (Jn 1,
12).
La Iglesia, pues, sirve al Reino, fundando comunidades e
instituyendo Iglesias particulares, llevándolas a la madurez de
la fe y de la caridad, mediante la apertura a los demás, con el
servicio a la persona y a la sociedad, por la comprensión y
estima de las instituciones humanas.
La Iglesia, además, sirve al Reino difundiendo en el mundo los «
valores evangélicos », que son expresión de ese Reino y ayudan a
los hombres a acoger el designio de Dios. Es verdad, pues, que
la realidad incipiente del Reino puede hallarse también fuera de
los confines de la Iglesia, en la humanidad entera, siempre que
ésta viva los « valores evangélicos » y esté abierta a la acción
del Espíritu que. sopla donde y como quiere (cf. Jn 3, 8); pero
además hay que decir que esta dimensión temporal del Reino es
incompleta, si no está en coordinación con el Reino de Cristo,
presente en la Iglesia y en tensión hacia la plenitud
escatológica.[28]
Las múltiples perspectivas del Reino de Dios [29] no debilitan
los fundamentos y las finalidades de la actividad misionera,
sino que los refuerzan y propagan. La Iglesia, es sacramento de
salvación para toda la humanidad y su acción no se limita a los
que aceptan su mensaje. Es fuerza dinámica en el camino de la
humanidad hacia el Reino escatológico; es signo y a la vez
promotora de los valores evangélicos entre los hombres.[30] La
Iglesia contribuye a este itinerario de conversión al proyecto
de Dios, con su testimonio y su actividad, como son el diálogo,
la promoción humana, el compromiso por la justicia y la paz, la
educación, el cuidado de los enfermos, la asistencia a los
pobres y a los pequeños, salvaguardando siempre la prioridad de
las realidades trascendentes y espirituales, que son premisas de
la salvación escatológica.
La Iglesia, finalmente, sirve también al Reino con su
intercesión, al ser éste por su naturaleza don y obra de Dios,
como recuerdan las parábolas del Evangelio y la misma oración
enseñada por Jesús. Nosotros debemos pedirlo, acogerlo, hacerlo
crecer dentro de nosotros; pero también debemos cooperar para
que el Reino sea acogido y crezca entre los hombres, hasta que
Cristo « entregue a Dios Padre el Reino » y « Dios sea todo en
todo » (1 Cor 15, 24.28).
CAPITULO III:
EL ESPIRITU SANTO PROTAGONISTA DE LA MISION
21. « En el momento culminante de la misión mesiánica de Jesús,
el Espíritu Santo se hace presente en el misterio pascual con
toda su subjetividad divina: como el que debe continuar la obra
salvífica, basada en el sacrificio de la cruz. Sin duda esta
obra es encomendada por Jesús a los hombres: a los Apóstoles y a
la Iglesia. Sin embargo, en estos hombres y por medio de ellos,
el Espíritu Santo sigue siendo el protagonista trascendente de
la realización de esta obra en el espíritu del hombre y en la
historia del mundo ».
[31]
El Espíritu Santo es en verdad el protagonista de toda la misión
eclesial; su obra resplandece de modo eminente en la misión ad
gentes, como se ve en la Iglesia primitiva por la conversión de
Cornelio (cf. Act 10), por las decisiones sobre los problemas
que surgían (cf. Act 15),por la elección de los territorios y de
los pueblos (cf. Act 16, 6 ss). El Espíritu actúa por medio de
los Apóstoles, pero al mismo tiempo actúa también en los
oyentes: « Mediante su acción, la Buena Nueva toma cuerpo en las
conciencias y en los corazones humanos y se difunde en la
historia. En todo está el Espíritu Santo que da la vida »[32]
EL ENVIO "HASTA LOS CONFINES DE LA TIERRA" (Act 1, 8)
22. Todos los evangelistas, al narrar el encuentro del
Resucitado con los Apóstoles, concluyen con el mandato misional:
« Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id,
pues, y haced discípulos a todas las gentes. Sabed que yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28,
18-20; cf. Mc 16, 15-18; Lc 24, 46-49; Jn 20, 21-23).
Este envío es envío en el Espíritu, como aparece claramente en
el texto de san Juan: Cristo envía a los suyos al mundo, al
igual que el Padre le ha enviado a él y por esto les da el
Espíritu. A su vez, Lucas relaciona estrictamente el testimonio
que los Apóstoles deberán dar de Cristo con la acción del
Espíritu, que les hará capaces de llevar a cabo el mandato
recibido.
23. Las diversas formas del « mandato misionero » tienen puntos
comunes y también acentuaciones características. Dos elementos,
sin embargo, se hallan en todas las versiones. Ante todo, la
dimensión universal de la tarea confiada a los Apóstoles: « A
todas las gentes » (Mt 28, 19); « por todo el mundo ... a toda
la creación » (Mc 16, 15); « a todas las naciones » (Act 1, 8).
En segundo lugar, la certeza dada por el Señor de que en esa
tarea ellos no estarán solos, sino que recibirán la fuerza y los
medios para desarrollar su misión. En esto está la presencia y
el poder del Espíritu, y la asistencia de Jesús: « Ellos
salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con
ellos » (Mc 16, 20).
En cuanto a las diferencias de acentuación en el mandato, Marcos
presenta la misión como proclamación o Kerigma: « Proclaman la
Buena Nueva » (Mc 16, 15). Objetivo del evangelista es guiar a
sus lectores a repetir la confesión de Pedro: « Tú eres el
Cristo » (Mc 8, 29) y proclamar, como el Centurión romano
delante de Jesús muerto en la cruz: « Verdaderamente este hombre
era Hijo de Dios » (Mc 15, 39). En Mateo el acento misional está
puesto en la fundación de la Iglesia y en su enseñanza (cf. Mt
28, 19-20; 16, 18). En él, pues, este mandato pone de relieve
que la proclamación del Evangelio debe ser completada por una
específica catequesis de orden eclesial y sacramental. En Lucas,
la misión se presenta como testimonio (cf. Lc 24, 48; Act 1, 8),
cuyo objeto ante todo es la resurrección (cf. Act 1, 22). El
misionero es invitado a creer en la fuerza transformadora del
Evangelio y a anunciar lo que tan bien describe Lucas, a saber,
la conversión al amor y a la misericordia de Dios, la
experiencia de una liberación total hasta la raíz de todo mal,
el pecado.
Juan es el único que habla explícitamente de « mandato »
-palabra que equivale a « misión »- relacionando directamente la
misión que Jesús confía a sus discípulos con la que él mismo ha
recibido del Padre: « Como el Padre me envió, también yo os
envío » (Jn 20, 21).Jesús dice, dirigiéndose al Padre: « Como tú
me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo » (Jn
17, 18). Todo el sentido misionero del Evangelio de Juan está
expresado en la « oración sacerdotal »: « Esta es la vida
eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que
tu has enviado Jesucristo » (Jn 17, 3). Fin último de la misión
es hacer participes de la comunión que existe entre el Padre y
el Hijo: los discípulos deben vivir la unidad entre sí ,
permaneciendo en el Padre y en el Hijo, para que el mundo
conozca y crea (cf. Jn 17,21-23). Es éste un significativo texto
misionero que nos hace entender que se es misionero ante todo
por lo que se es, en cuanto Iglesia que vive profundamente la
unidad en el amor, antes de serlo por lo que se dice o se hace.
Por tanto, los cuatro evangelios, en la unidad fundamental de la
misma misión, testimonian un cierto pluralismo que refleja
experiencias y situaciones diversas de las primeras comunidades
cristianas; este pluralismo es también fruto del empuje dinámico
del mismo Espíritu; invita a estar atentos a los diversos
carismas misioneros y a las distintas condiciones ambientales y
humanas. Sin embargo, todos los evangelistas subrayan que la
misión de los discípulos es colaboración con la de Cristo: «
Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo » (Mt 28, 20) La misión, por consiguiente , no se basa en
las capacidades humanas, sino en el poder del Resucitado.
EL ESPIRITU GUIA LA MISION
24. La misión de la Iglesia, al igual que la de Jesús, es obra
de Dios o, como dice a menudo Lucas, obra del Espíritu. Después
de la resurrección y ascensión de Jesús, los Apóstoles viven una
profunda experiencia que los transforma: Pentecostés. La venida
del Espíritu Santo los convierte en testigos o profetas (cf. Act
1, 8; 2, 17-18), infundiéndoles una serena audacia que les
impulsa a transmitir a los demás su experiencia de Jesús y la
esperanza que los anima. El Espíritu les da la capacidad de
testimoniar a Jesús con « toda libertad ».
[33]
Cuando los evangelizadores salen de Jerusalén, el Espíritu asume
aún más la función de « guía » tanto en la elección de las
personas como de los caminos de la misión. Su acción se
manifiesta de modo especial en el impulso dado a la misión que
de hecho, según palabras de Cristo, se extiende desde Jerusalén
a toda Judea y Samaria, hasta los últimos confines de la tierra.
Los Hechos recogen seis síntesis de los « discursos misioneros »
dirigidos a los judíos el los comienzos de la Iglesia (cf. Act
2, 22-39; 3, 12-26; 4, 9-12; 5, 29-32; 10, 34-43; 13, 16-41).
Estos discursos-modelo, pronunciados por Pedro y por Pablo,
anuncian a Jesús e invitan a la « conversión », es decir, a
acoger a Jesús por la fe y a dejarse transformar en él por el
Espíritu.
Pablo y Bernabé se sienten empujados por el Espíritu hacia los
paganos (cf. Act 13 46-48), lo cual no sucede sin tensiones y
problemas. ¿Cómo deben vivir su fe en Jesús los gentiles
convertidos? ¿Están ellos vinculados a las tradiciones judías y
a la ley de la circuncisión? En el primer Concilio, que reúne en
Jerusalén a miembros de diversas Iglesias alrededor de los
Apóstoles, se toma una decisión reconocida como proveniente del
Espíritu: para hacerse cristiano no es necesario que un gentil
se someta a la ley judía (cf. Act 15, 5-11.28). Desde aquel
momento la Iglesia abre sus puertas y se convierte en la casa
donde todos pueden entrar y sentirse a gusto, conservando la
propia cultura y las propias tradiciones, siempre que no estén
en contraste con el Evangelio.
25. Los misioneros han procedido según esta línea, teniendo muy
presentes las expectativas y esperanzas) las angustias y
sufrimientos la cultura de la gente para anunciar la salvación
en Cristo. Los discursos de Listra y Atenas (cf. Act 14, 11-17;
17, 22-31) son considerados como modelos para la evangelización
de los paganos. En ellos Pablo « entra en diálogo » con los
valores culturales y religiosos de los diversos pueblos. A los
habitantes de Licaonia, que practicaban una religión de tipo
cósmico, les recuerda experiencias religiosas que se refieren al
cosmos; con los griegos discute sobre filosofía y cita a sus
poetas (cf. Act 17, 18.26-28). El Dios al que quiere revelar
está ya presente en su vida; es él, en efecto, quien los ha
creado y el que dirige misteriosamente los pueblos y la
historia. Sin embargo, para reconocer al Dios verdadero, es
necesario que abandonen los falsos dioses que ellos mismos han
fabricado y abrirse a aquel a quien Dios ha enviado para colmar
su ignorancia y satisfacer la espera de sus corazones (cf. Act
17, 27-30). Son discursos que ofrecen un ejemplo de
inculturación del Evangelio.
Bajo la acción del Espíritu, la fe cristiana se abre
decisivamente a las a gentes » y el testimonio de Cristo se
extiende a los centros más importantes del Mediterráneo oriental
para llegar posteriormente a Roma y al extremo occidente. Es el
Espíritu quien impulsa a ir cada vez mas lejos, no sólo en
sentido geográfico, sino también más allá de las barreras
étnicas y religiosas, para una misión verdaderamente universal.
EL ESPIRITU HACE MISIONERA A TODA IGLESIA
26. El Espíritu mueve al grupo de los creyentes a « hacer
comunidad », a ser Iglesia. Tras el primer anuncio de Pedro, el
día de Pentecostés, y las conversiones que se dieron a
continuación, se forma la primera comunidad (cf. Act 2, 42-47;
4, 32-35).
En efecto, uno de los objetivos centrales de la misión es reunir
al pueblo para la escucha del Evangelio, en la comunión
fraterna, en la oración y la Eucaristía. Vivir « la comunión
fraterna » (koinonía) significa tener « un solo corazón y una
sola alma » (Act 4, 32), instaurando una comunión bajo todos los
aspectos: humano, espiritual y material. De hecho, la verdadera
comunidad cristiana, se compromete también a distribuir los
bienes terrenos para que no haya indigentes y todos puedan tener
acceso a los bienes « según su necesidad » (Act 2, 45; 4, 35).
Las primeras comunidades, en las que reinaba « la alegría y
sencillez de corazón » (Act 2, 46) eran dinámicamente abiertas y
misioneras y « gozaban de la simpatía de todo el pueblo » (Act
2, 47). Aun antes de ser acción, la misión es testimonio e
irradiación.
[34]
27. Los Hechos indican que la misión, dirigida primero a Israel
y luego a las gentes, se desarrolla a muchos niveles. Ante todo,
existe el grupo de los Doce que, como un único cuerpo guiado por
Pedro, proclama la Buena Nueva. Está luego la comunidad de los
creyentes que, con su modo de vivir y actuar, da testimonio del
Señor y convierte a los paganos (cf. Act 2, 46-47). Están
también los enviados especiales, destinados a anunciar el
Evangelio. Y así, la comunidad cristiana de Antioquía envía sus
miembros a misionar: después de haber ayunado, rezado y
celebrado la Eucaristía, esta comunidad percibe que el Espíritu
Santo ha elegido a Pablo y Bernabé para ser enviados (cf. Act
13, 1-4). En sus orígenes, por tanto, la misión es considerada
como un compromiso comunitario y una responsabilidad de la
Iglesia local, que tiene necesidad precisamente de « misioneros
» para lanzarse hacia nuevas fronteras. Junto a aquellos
enviados había otros que atestiguaban espontáneamente la novedad
que había transformado sus vidas y luego ponían en conexión las
comunidades en formación con la Iglesia apostólica.
La lectura de los Hechos nos hace entender que, al comienzo de
la Iglesia, la misión ad gentes, aun contando ya con misioneros
« de por vida », entregados a ella por una vocación especial, de
hecho era considerada como un fruto normal de la vida cristiana,
un compromiso para todo creyente mediante el testimonio personal
y el anuncio explícito, cuando era posible.
EL ESPIRIRTU ESTA PRESENTE OPERANTE EN TODO LUGAR
28. El Espíritu se manifiesta de modo particular en la Iglesia y
en sus miembros; sin embargo, su presencia y acción son
universales, sin límite alguno ni de espacio ni de tiempo.
[35] El Concilio Vaticano II recuerda la acción del Espíritu en
el corazón del hombre, mediante las « semillas de la Palabra »,
incluso en las iniciativas religiosas, en los esfuerzos de la
actividad humana encaminados a la verdad, al bien y a Dios.
[36]
El Espíritu ofrece al hombre « su luz y su fuerza ... a fin de
que pueda responder a su máxima vocación »; mediante el Espíritu
« el hombre llega por la fe a contemplar y saborear el misterio
del plan divino »; más aún, « debemos creer que el Espíritu
Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma que sólo
Dios conoce, se asocien a este misterio pascual ».[37] En todo
caso, la Iglesia « sabe también que el hombre, atraído sin cesar
por el Espíritu de Dios, nunca jamás será del todo indiferente
ante el problema religioso » y « siempre deseará ... saber, al
menos confusamente, el sentido de su vida, de su acción y de su
muerte ».[38] El Espíritu, pues, está en el origen mismo de la
pregunta existencial y religiosa del hombre, la cual surge no
sólo de situaciones contingentes, sino de la estructura misma de
su ser.[39]
La presencia y la actividad del Espíritu no afectan únicamente a
los individuos, sino también a la sociedad, a la historia, a los
pueblos, a las culturas y a las religiones. En efecto, el
Espíritu se halla en el origen de los nobles ideales y de las
iniciativas de bien de la humanidad en camino; « con admirable
providencia guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la
tierra ».[40] Cristo resucitado « obra ya por la virtud de su
Espíritu en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo
del siglo futuro, sino también, por eso mismo, alentando,
purificando y corroborando los generosos propósitos con que la
familia humana intenta hacer más llevadera su vida y someter la
tierra a este fin ».[41] Es también el Espíritu quien esparce «
las semillas de la Palabra » presentes en los ritos y culturas,
y los prepara para su madurez en Cristo.[42]
29. Así el Espíritu que « sopla donde quiere » (Jn 3, 8) y «
obraba ya en el mundo aun antes de que Cristo fuera glorificado
»,[43] que « llena el mundo y todo lo mantiene unido, que sabe
todo cuanto se habla » (Sab 1, 7), nos lleva a abrir más nuestra
mirada para considerar su acción presente en todo tiempo y
lugar.[44] Es una llamada que yo mismo he hecho repetidamente y
que me ha guiado en mis encuentros con los pueblos más diversos.
La relación de la Iglesia con las demás religiones está guiada
por un doble respeto: « Respeto por el hombre en su búsqueda de
respuesta a las preguntas más profundas de la vida, y respeto
por la acción del Espíritu en el hombre ».[45] El encuentro
interreligioso de Asís, excluida toda interpretación equívoca,
ha querido reafirmar mi convicción de que « toda auténtica
plegaria está movida por el Espíritu Santo, que está presente
misteriosamente en el corazón de cada persona.[46]
Este Espíritu es el mismo que se ha hecho presente en la
encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y que
actúa en la Iglesia. No es, por consiguiente, algo alternativo a
Cristo, ni viene a llenar una especie de vacío, como a veces se
da por hipótesis que exista entre Cristo y el Logos. Todo lo que
el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos,
así como en las culturas y religiones tiene un papel de
preparación evangélica,[47] y no puede menos de referirse a
Cristo, Verbo encarnado por obra del Espíritu, « para que,
hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas
».[48]
La acción universal del Espíritu no hay que separarla tampoco de
la peculiar acción que despliega en el Cuerpo de Cristo que es
la Iglesia. En efecto, es siempre el Espíritu quien actúa, ya
sea cuando vivifica la Iglesia y la impulsa a anunciar a Cristo,
ya sea cuando siembra y desarrolla sus dones en todos los
hombres y pueblos, guiando a la Iglesia a descubrirlos,
promoverlos y recibirlos mediante el diálogo. Toda clase de
presencia del Espíritu ha de ser acogida con estima y gratitud;
pero el discernirla compete a la Iglesia, a la cual Cristo ha
dado su Espíritu para guiarla hasta la verdad completa (cf. Jn
16, 13).
LA ACTIVIDAD MISIONERA ESTA AUN EN SUS COMIENZOS
30. Nuestra época, con la humanidad en movimiento y búsqueda,
exige un nuevo impulso en la actividad misionera de la Iglesia.
Los horizontes y las posibilidades de la misión se ensanchan, y
nosotros los cristianos estamos llamados a la valentía
apostólica, basada en la confianza en el Espíritu ¡El es el
protagonista de la misión!
En la historia de la humanidad son numerosos los cambios
periódicos que favorecen el dinamismo misionero. La Iglesia,
guiada por el Espíritu, ha respondido siempre a ellos con
generosidad y previsión. Los frutos no han faltado. Hace poco se
ha celebrado el milenario de la evangelización de la Rus" y de
los pueblos eslavos y se está acercando la celebración del V
Centenario de la evangelización de América. Asimismo se han
conmemorado recientemente los centenarios de las primeras
misiones en diversos Países de Asia, África y Oceanía. Hoy la
Iglesia debe afrontar otros desafíos, proyectándose hacia nuevas
fronteras, tanto en la primera misión ad gentes, como en la
nueva evangelización de pueblos que han recibido ya el anuncio
de Cristo. Hoy se pide a todos los cristianos, a las Iglesias
particulares y a la Iglesia universal la misma valentía que
movió a los misioneros del pasado y la misma disponibilidad para
escuchar la voz del Espíritu.
CAPITULO IV:
LOS INMENSOS HORIZONTES DE LA MISION AD GENTES
31. El Señor Jesús envió a sus Apóstoles a todas las personas y
pueblos, y a todos los lugares de la tierra. Por medio de los
Apóstoles la Iglesia recibió una misión universal, que no conoce
confines y concierne a la salvación en toda su integridad, de
conformidad con la plenitud de vida que Cristo vino a traer (cf.
Jn 10,10); ha sido enviada « para manifestar y comunicar la
caridad de Dios a todos los hombres y pueblos ».[49]
Esta misión es única, al tener el mismo origen y finalidad; pero
en el interior de la Iglesia hay tareas y actividades diversas.
Ante todo, se da la actividad misionera que vamos a llamar
misión ad gentes, con referencia al Decreto conciliar: se trata
de una actividad primaria de la Iglesia, esencial y nunca
concluida. En efecto, la Iglesia « no puede sustraerse a la
perenne misión de llevar el Evangelio a cuantos -y son millones
de hombres y mujeres- no conocen todavía a Cristo Redentor del
hombre. Esta es la responsabilidad más específicamente misionera
que Jesús ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su
Iglesia ».[50]
UN MARCO RELIGIOSO, COMPLEJO Y EN MOVIMIENTO
32. Hoy nos encontramos ante una situación religiosa bastante
diversificada y cambiante; los pueblos están en movimiento;
realidades sociales y religiosas, que tiempo atrás eran claras y
definidas, hoy día se transforman en situaciones complejas.
Baste pensar en algunos fenómenos, como el urbanismo, las
migraciones masivas, el movimiento de prófugos, la
descristianización de países de antigua cristiandad, el influjo
pujante del Evangelio y de sus valores en naciones de grandísima
mayoría no cristiana, el pulular de mesianismos y sectas
religiosas. Es un trastocamiento tal de situaciones religiosas y
sociales, que resulta difícil aplicar concretamente determinadas
distinciones y categorías eclesiales a las que ya estábamos
acostumbrados. Antes del Concilio ya se decía de algunas
metrópolis o tierras cristianas que se habían convertido en «
países de misión »; ciertamente la situación no ha mejorado en
los años sucesivos.
Por otra parte, la actividad misionera ha dado ya abundantes
frutos en todas las partes del mundo, debido a lo cual hay ya
Iglesias establecidas, a veces tan sólidas y maduras que proveen
adecuadamente a las necesidades de las propias comunidades y
envían también personal para la evangelización a otras Iglesias
y territorios. Surge de aquí el contraste con áreas de antigua
cristiandad, que es necesario reevangelizar. Tanto es así que
algunos se preguntan si aún se puede hablar de actividad
misionera específica o de ámbitos precisos de la misma, o más
bien se debe admitir que existe una situación misionera única,
no habiendo en consecuencia más que una sola misión, igual por
todas partes. La dificultad de interpretar esta realidad
compleja y mudable respecto al mandato de evangelización, se
manifiesta ya en el mismo « vocabulario misionero »; por
ejemplo, existe una cierta duda en usar los términos « misiones
» y « misioneros », por considerarlos superados y cargados de
resonancias históricas negativas. Se prefiere emplear el
substantivo « misión » en singular y el adjetivo « misionero »,
para calificar toda actividad de la Iglesia.
Tal entorpecimiento esta indicando un cambio real que tiene
aspectos positivos. La llamada vuelta o « repatriación » de las
misiones a la misión de la Iglesia, la confluencia de la
misionología en la eclesiología y la inserción de ambas en el
designio trinitario de salvación, han dado un nuevo respiro a la
misma actividad misionera, concebida no ya como una tarea al
margen de la Iglesia, sino inserta en el centro de su vida, como
compromiso básico de todo el Pueblo de Dios. Hay que precaverse,
sin embargo, contra el riesgo de igualar situaciones muy
distintas y de reducir, si no hacer desaparecer, la misión y los
misioneros ad gentes. Afirmar que toda la Iglesia es misionera
no excluye que haya una específica misión ad gentes; al igual
que decir que todos los católicos deben ser misioneros, no
excluye que haya « misioneros ad gentes yde por vida », por
vocación específica.
LA MISION "AD AGENTES" CONSERVA SU VALOR
33. Las diferencias en cuanto a la actividad dentro de esta
misión de la Iglesia, nacen no de razones intrínsecas a la
misión misma, sino de las diversas circunstancias en las que
ésta se desarrolla.[51] Mirando al mundo actual, desde el punto
de vista de la evangelización, se pueden distinguir tres
situaciones.
En primer lugar, aquella a la cual se dirige la actividad
misionera de la Iglesia: pueblos, grupos humanos, contextos
socioculturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos, o
donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como
para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a
otros grupos. Esta es propiamente la misión ad gentes.[52]
Hay también comunidades cristianas con estructuras eclesiales
adecuadas y sólidas; tienen un gran fervor de fe y de vida;
irradian el testimonio del Evangelio en su ambiente y sienten el
compromiso de la misión universal. En ellas se desarrolla la
actividad o atención pastoral de la Iglesia.
Se da, por último, una situación intermedia, especialmente en
los países de antigua cristiandad, pero a veces también en las
Iglesias más jóvenes, donde grupos enteros de bautizados han
perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya
como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de
Cristo y de su Evangelio. En este caso es necesaria una « nueva
evangelización » o « reevangelización ».
34. La actividad misionera específica, o misión ad gentes, tiene
como destinatarios « a los pueblos o grupos humanos que todavía
no creen en Cristo », « a los que están alejados de Cristo »,
entre los cuales la Iglesia « no ha arraigado todavía »,[53] y
cuya cultura no ha sido influenciada aún por el Evangelio.[54]
Esta actividad se distingue de las demás actividades eclesiales,
porque se dirige a grupos y ambientes no cristianos, debido a la
ausencia o insuficiencia del anuncio evangélico y de la
presencia eclesial. Por tanto, se caracteriza como tarea de
anunciar a Cristo y a su Evangelio, de edificación de la Iglesia
local, de promoción de los valores del Reino. La peculiaridad de
esta misión ad gentes está en el hecho de que se dirige a los «
no cristianos ». Por tanto, hay que evitar que esta «
responsabilidad más específicamente misionera que Jesús ha
confiado y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia »,[55] se
vuelva una flaca realidad dentro de la misión global del Pueblo
de Dios y, consiguientemente, descuidada u olvidada.
Por lo demás, no es fácil definir los confines entre atención
pastoral a los fieles, nueva evangelización y actividad
misionera específica, yno es pensable crear entre ellos barreras
o recintos estancados. No obstante, es necesario mantener viva
la solicitud por el anuncio y por la fundación de nuevas
Iglesias en los pueblos y grupos humanos donde no existen,
porque ésta es la tarea primordial de la Iglesia, que ha sido
enviada a todos los pueblos, hasta los confines dela tierra. Sin
la misión ad gentes, la misma dimensión misionera de la Iglesia
estaría privada de su significado fundamental y de su actuación
ejemplar.
Hay que subrayar, además, una real y creciente interdependencia
entre las diversas actividades salvíficas de la Iglesia: cada
una influye en la otra, la estimula y la ayuda. El dinamismo
misionero crea intercambio entre las Iglesias y las orienta
hacia el mundo exterior, influyendo positivamente en todos los
sentidos. Las Iglesias de antigua cristiandad, por ejemplo, ante
la dramática tarea de la nueva evangelización, comprenden mejor
que no pueden ser misioneras respecto a los no cristianos de
otros países o continentes, si antes no se preocupan seriamente
de los no cristianos en su propia casa. La misión ad intra es
signo creíble y estímulo para la misión ad extra, y viceversa.
A TODOS LOS PUEBLOS, NO OBSTANTE LAS DIFICULTADES
35. La misión ad gentes tiene ante sí una tarea inmensa que de
ningún modo está en vías de extinción. Al contrario, bien sea
bajo el punto de vista numérico por el aumento demográfico, o
bien bajo el punto de vista sociocultural por el surgir de
nuevas relaciones, comunicaciones y cambios de situaciones,
parece destinada hacia horizontes todavía más amplios. La tarea
de anunciar a Jesucristo a todos los pueblos se presenta inmensa
y desproporcionada respecto a las fuerzas humanas de la Iglesia.
Las dificultades parecen insuperables y podrían desanimar, si se
tratara de una obra meramente humana. En algunos países está
prohibida la entrada de misioneros; en otros, está prohibida no
sólo la evangelización, sino también la conversión e incluso el
culto cristiano. En otros lugares los obstáculos son de tipo
cultural: la transmisión del mensaje evangélico resulta
insignificante o incomprensible, y la conversión está
considerada como un abandono del propio pueblo y cultura.
36. No faltan tampoco dificultades internas al Pueblo de Dios,
las cuales son ciertamente las más dolorosas. Mi predecesor
Pablo VI señalaba, en primer lugar, « la falta de fervor, tanto
más grave cuanto que viene de dentro. Dicha falta de fervor se
manifiesta en la fatiga y desilusión, en la acomodación al
ambiente y en el desinterés, y sobre todo en la falta de alegría
y de esperanza ».[56] Grandes obstáculos para la actividad
misionera de la Iglesia son también las divisiones pasadas y
presentes entre los cristianos,[57] la descristianización de
países cristianos, la disminución de las vocaciones al
apostolado, los antitestimonios de fieles que en su vida no
siguen el ejemplo de Cristo. Pero una de las razones más graves
del escaso interés por el compromiso misionero es la mentalidad
indiferentista, ampliamente difundida, por desgracia, incluso
entre los cristianos, enraizada a menudo en concepciones
teológicas no correctas y marcada por un relativismo religioso
que termina por pensar que « una religión vale la otra ».
Podemos añadir -como decía el mismo Pontífice- que no faltan
tampoco « pretextos que parecen oponerse a la evangelización.
Los más insidiosos son ciertamente aquellos para cuya
justificación se quieren emplear ciertas enseñanzas del Concilio
».[58]
A este respecto, recomiendo vivamente a los teólogos y a los
profesionales de la prensa cristiana que intensifiquen su propio
servicio a la misión, para encontrar el sentido profundo de su
importante labor, siguiendo la recta vía del sentire cum
Ecclesia.
Las dificultades internas y externas no deben hacernos
pesimistas o inactivos. Lo que cuenta -aquí como en todo sector
de la vida cristiana- es la confianza que brota de la fe, o sea,
de la certeza de que no somos nosotros los protagonistas de la
misión , sino Jesucristo y su Espíritu. Nosotros únicamente
somos colaboradores y, cuando hayamos hecho todo lo que hemos
podido, debemos decir: « Siervos inútiles somos; hemos hecho lo
que debíamos hacer » (Lc 17, 10).
AMBITOS DE LA MISION "AD AGENTES"
37. La misión ad gentes en virtud del mandato universal de
Cristo no conoce confines. Sin embargo, se pueden delinear
varios ámbitos en los que se realiza, de modo que se pueda tener
una visión real de la situación.
a) Ambitos territoriales. La actividad misionera ha sido
definida normalmente en relación con territorios concretos. El
Concilio Vaticano II ha reconocido la dimensión territorial de
la misión ad gentes,[59] que también hoy es importante, en orden
a determinar responsabilidades, competencias y límites
geográficos de acción. Es verdad que a una misión universal debe
corresponder una perspectiva universal. En efecto, la Iglesia no
puede aceptar que límites geográficos o dificultades de índole
política sean obstáculo para su presencia misionera. Pero
también es verdad que la actividad misionera ad gentes, al ser
diferente de la atención pastoral a los fieles y de la nueva
evangelización de los no practicantes, se ejerce en territorios
y entre grupos humanos bien definidos.
El multiplicarse de las jóvenes Iglesias en tiempos recientes no
debe crear ilusiones. En los territorios confiados a estas
Iglesias, especialmente en Asia, pero también en África, América
Latina y Oceanía, hay vastas zonas sin evangelizar; a pueblos
enteros y áreas culturales de gran importancia en no pocas
naciones no ha llegado aún el anuncio evangélico y la presencia
de la Iglesia local.[60] Incluso en países tradicionalmente
cristianos hay regiones confiadas al régimen especial de la
misión ad gentes grupos y áreas no evangelizadas. Se impone
pues, incluso en estos países, no sólo una nueva evangelización
sino también, en algunos casos, una primera evangelización.[61]
Las situaciones, con todo, no son homogéneas. Aun reconociendo
que las afirmaciones sobre la responsabilidad misionera de la
Iglesia no son creíbles, si no están respaldadas por un serio
esfuerzo de nueva evangelización en los países de antigua
cristiandad, no parece justo equiparar la situación de un pueblo
que no ha conocido nunca a Jesucristo con la de otro que lo ha
conocido, lo ha aceptado y después lo ha rechazado, aunque haya
seguido viviendo en una cultura que ha asimilado en gran parte
los principios y valores evangélicos. Con respecto a la fe, son
dos situaciones sustancialmente distintas. De ahí que, el
criterio geográfico, aunque no muy preciso y siempre
provisional, sigue siendo válido todavía para indicar las
fronteras hacia las que debe dirigirse la actividad misionera.
Hay países, áreas geográficas y culturales en que faltan
comunidades cristianas autóctonas; en otros lugares éstas son
tan pequeñas, que no son un signo claro de la presencia
cristiana; o bien estas comunidades carecen de dinamismo para
evangelizar su sociedad o pertenecen a poblaciones minoritarias,
no insertadas en la cultura nacional dominante. En el Continente
asiático, en particular, hacia el que debería orientarse
principalmente la misión ad gentes, los cristianos son una
pequeña minoría, por más que a veces se den movimientos
significativos de conversión y modos ejemplares de presencia
cristiana.
b) Mundos y fenómenos sociales nuevos. Las rápidas y profundas
transformaciones que caracterizan el mundo actual, en particular
el Sur, influyen grandemente en el campo misionero: donde antes
existían situaciones humanas y sociales estables, hoy día todo
está cambiado. Piénsese, por ejemplo, en la urbanización y en el
incremento masivo de las ciudades, sobre todo donde es más
fuerte la presión demográfica. Ahora mismo, en no pocos países,
más de la mitad de la población vive en algunas megalópolis,
donde los problemas humanos a menudo se agravan incluso por el
anonimato en que se ven sumergidas las masas humanas.
En los tiempos modernos la actividad misionera se ha
desarrollado sobre todo en regiones aisladas, distantes de los
centros civilizados e inaccesibles por la dificultades de
comunicación, de lengua y de clima. Hoy la imagen de la misión
ad gentes quizá está cambiando: lugares privilegiados deberían
ser las grandes ciudades, donde surgen nuevas costumbres y
modelos de vida, nuevas formas de cultura, que luego influyen
sobre la población. Es verdad que la « opción por los últimos »
debe llevar a no olvidar los grupos humanos más marginados y
aislados, pero también es verdad que no se pueden evangelizar
las personas o los pequeños grupos descuidando, por así decir,
los centros donde nace una humanidad nueva con nuevos modelos de
desarrollo. El futuro de las jóvenes naciones se está formando
en las ciudades.
Hablando del futuro no se puede olvidar a los jóvenes, que en
numerosos países representan ya más de la mitad de la población.
¿Cómo hacer llegar el mensaje de Cristo a los jóvenes no
cristianos, que son el futuro de Continentes enteros?
Evidentemente ya no bastan los medios ordinarios de la pastoral;
hacen falta asociaciones e instituciones, grupos y centros
apropiados, iniciativas culturales y sociales para los jóvenes.
He ahí un campo en el que los movimientos eclesiales modernos
tienen amplio espacio para trabajar con empeño.
Entre los grandes cambios del mundo contemporáneo, las
migraciones han producido un fenómeno nuevo: los no cristianos
llegan en gran número a los países de antigua cristiandad,
creando nuevas ocasiones de comunicación e intercambios
culturales, lo cual exige a la Iglesia la acogida, el diálogo,
la ayuda y, en una palabra, la fraternidad. Entre los
emigrantes, los refugiados ocupan un lugar destacado y merecen
la máxima atención. Estos son ya muchos millones en el mundo y
no cesan de aumentar; han huido de condiciones de opresión
política y de miseria inhumana, de carestías y sequías de
dimensiones catastróficas. La Iglesia debe acogerlos en el
ámbito de su solicitud apostólica.
Finalmente, se deben recordar las situaciones de pobreza, a
menudo intolerable, que se dan en no pocos países y que, con
frecuencia, son el origen de las migraciones de masa. La
comunidad de los creyentes en Cristo se ve interpelada por estas
situaciones inhumanas: el anuncio de Cristo y del Reino de Dios
debe llegar a ser instrumento de rescate humano para estas
poblaciones.
c) Areas culturales o areópagos modernos. Pablo, después de
haber predicado en numerosos lugares, una vez llegado a Atenas
se dirige al areópago donde anuncia el Evangelio usando un
lenguaje adecuado y comprensible en aquel ambiente (cf. Act 17,
22-31). El areópago representaba entonces el centro de la
cultura del docto pueblo ateniense, y hoy puede ser tomado como
símbolo de los nuevos ambientes donde debe proclamarse el
Evangelio.
El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la
comunicación, que está unificando a la humanidad y
transformándola -como suele decirse- en una « aldea global ».
Los medios de comunicación social han alcanzado tal importancia
que para muchos son el principal instrumento informativo y
formativo, de orientación e inspiración para los comportamientos
individuales, familiares y sociales. Las nuevas generaciones,
sobre todo, crecen en un mundo condicionado por estos medios.
Quizás se ha descuidado un poco este areópago: generalmente se
privilegian otros instrumentos para el anuncio evangélico y para
la formación cristiana, mientras los medios de comunicación
social se dejan a la iniciativa de individuos o de pequeños
grupos, y entran en la programación pastoral sólo a nivel
secundario. El trabajo en estos medios, sin embargo, no tiene
solamente el objetivo de multiplicar el anuncio. Se trata de un
hecho más profundo, porque la evangelización misma de la cultura
moderna depende en gran parte de su influjo. No basta, pues,
usarlos para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la
Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta «
nueva cultura » creada por la comunicación moderna. Es un
problema complejo, ya que esta cultura nace, aun antes que de
los contenidos, del hecho mismo de que existen nuevos modos de
comunicar con nuevos lenguajes, nuevas técnicas, nuevos
comportamientos sicológicos. Mi predecesor Pablo VI decía que: «
la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama
de nuestro tiempo »;[62] y el campo de la comunicación actual
confirma plenamente este juicio.
Existen otros muchos areópagos del mundo moderno hacia los
cuales debe orientarse la actividad misionera de la Iglesia. Por
ejemplo, el compromiso por la paz, el desarrollo y la liberación
de los pueblos; los derechos del hombre y de los pueblos, sobre
todo los de las minorías; la promoción de la mujer y del niño;
la salvaguardia de la creación, son otros tantos sectores que
han de ser iluminados con la luz del Evangelio.
Hay que recordar, además, el vastísimo areópago de la cultura,
de la investigación científica, de las relaciones
internacionales que favorecen el diálogo y conducen a nuevos
proyectos de vida. Conviene estar atentos y comprometidos con
estas instancias modernas. Los hombres se sienten como
navegantes en el mar tempestuoso de la vida, llamados siempre a
una mayor unidad y solidaridad: las soluciones a los problemas
existenciales deben ser estudiadas, discutidas y experimentadas
con la colaboración de todos. Por esto los organismos y
encuentros internacionales se demuestran cada vez más
importantes en muchos sectores de la vida humana, desde la
cultura a la política, desde la economía a la investigación. Los
cristianos, que viven y trabajan en esta dimensión
internacional, deben recordar siempre su deber de dar testimonio
del Evangelio.
38. Nuestro tiempo es dramático y al mismo tiempo fascinador.
Mientras por un lado los hombres dan la impresión de ir detrás
de la prosperidad material y de sumergirse cada vez más en el
materialismo consumístico, por otro, manifiestan la angustiosa
búsqueda de sentido, la necesidad de interioridad , el deseo de
aprender nuevas formas y modos de concentración y de oración. No
sólo en las culturas impregnadas de religiosidad, sino también
en las sociedades secularizadas, se busca la dimensión
espiritual de la vida como antídoto a la deshumanización. Este
fenómeno así llamado del « retorno religioso » no carece de
ambigüedad, pero también encierra una invitación. La Iglesia
tiene un inmenso patrimonio espiritual para ofrecer a la
humanidad: en Cristo, que se proclama « el Camino, la Verdad y
la Vida » (Jn 14, 6).Es la vía cristiana para el encuentro con
Dios, para la oración, la ascesis, el descubrimiento del sentido
de la vida. También éste es un areópago que hay que evangelizar.
FIDELIDAD A CRISTO Y PROMOCION DE LA LIBERTAD DEL HOMBRE
39. Todas las formas de la actividad misionera están marcadas
por la conciencia de promover la libertad del hombre,
anunciándole a Jesucristo. La Iglesia debe ser fiel a Cristo,
del cual es el Cuerpo y continuadora de su misión. Es necesario
que ella camine « por el mismo sendero que Cristo; es decir, por
el sendero de la pobreza, la obediencia, el servicio y la
inmolación propia hasta la muerte, de la que surgió victorioso
por su resurrección ».[63] La Iglesia, pues, tiene el deber de
hacer todo lo posible para desarrollar su misión en el mundo y
llegar a todos los pueblos; tiene también el derecho que le ha
dado Dios para realizar su plan. La libertad religiosa, a veces
todavía limitada o coartada, es la premisa y la garantía de
todas las libertades que aseguran el bien común de las personas
y de los pueblos. Es de desear que la auténtica libertad
religiosa sea concedida a todos en todo lugar; ya con este fin
la Iglesia despliega su labor en los diferentes países,
especialmente en los de mayoría católica, donde tiene un mayor
peso. No se trata de un problema de religión de mayoría o de
minoría, sino más bien de un derecho inalienable de toda persona
humana.
Por otra parte, la Iglesia se dirige al hombre en el pleno
respeto de su libertad.[64] La misión no coarta la libertad,
sino más bien la favorece. La Iglesia propone, no impone nada:
respeta las personas y las culturas, y se detiene ante el
sagrario de la conciencia. A quienes se oponen con los pretextos
más variados a la actividad misionera de la Iglesia; ella va
repitiendo: ¡Abrid las puertas a Cristo!
Me dirijo a todas las Iglesias particulares, jóvenes y antiguas.
El mundo va unificándose cada vez más, el espíritu evangélico
debe llevar a la superación de las barreras culturales y
nacionalísticas, evitando toda cerrazón. Benedicto XV ya
amonestaba a los misioneros de su tiempo a que, si acaso « se
olvidaban de la propia dignidad, pensasen en su patria terrestre
más que en la del cielo ».[65] La misma amonestación vale hoy
para las Iglesias particulares: ¡Abrid las puertas a los
misioneros!, ya que « una Iglesia particular que se desgajara
voluntariamente de la Iglesia universal perdería su referencia
al designio de Dios y se empobrecería en su dimensión eclesial
».[66]
DIRIGIR LA ATENCION HACIA EL SUR Y HACIA EL ORIENTE
40. La actividad misionera representa aún hoy día el mayor
desafío para la Iglesia. Mientras se aproxima el final del
segundo milenio de la Redención, es cada vez más evidente que
las gentes que todavía no han recibido el primer anuncio de
Cristo son la mayoría de la humanidad. EL balance de la
actividad misionera en los tiempos modernos es ciertamente
positivo: la Iglesia ha sido fundada en todos los Continentes;
es más, hoy la mayoría de los fieles y de las Iglesias
particulares ya no están en la vieja Europa sino en los
Continentes que los misioneros han abierto a la fe.
Sin embargo, se da el caso de que « los confines de la tierra »,
a los que debe llegar el Evangelio, se alejan cada vez más, y la
sentencia de Tertuliano, según la cual « el Evangelio ha sido
anunciado en toda la tierra y a todos los pueblos » [67]está muy
lejos de su realización concreta: la misión ad gentes está
todavía en los comienzos. Nuevos pueblos comparecen en la escena
mundial y también ellos tienen el derecho a recibir el anuncio
de la salvación. El crecimiento demográfico del Sur y de
Oriente, en países no cristianos, hace aumentar continuamente el
número de personas que ignoran la redención de Cristo.
Hay que dirigir, pues, la atención misionera hacia aquellas
áreas geográficas y aquellos ambientes culturales que han
quedado fuera del influjo evangélico. Todos los creyentes en
Cristo deben sentir como parte integrante de su fe la solicitud
apostólica de transmitir a otros su alegría y su luz. Esta
solicitud debe convertirse, por así decirlo, en hambre y sed de
dar a conocer al Señor, cuando se mira abiertamente hacia los
inmensos horizontes del mundo no cristiano.
CAPITULO V:
LOS CAMINOS DE LA MISION
41. « La actividad misionera es, en última instancia, la
manifestación del propósito de Dios, o epifanía, y su
realización en el mundo y en la historia, en la que Dios, por
medio de la misión, perfecciona abiertamente la historia de la
salvación ».[68] ¿Qué camino sigue la Iglesia para conseguir
este resultado?
La misión es una realidad unitaria, pero compleja, y se
desarrolla de diversas maneras, entre las cuales algunas son de
particular importancia en la presente situación de la Iglesia y
del mundo.
LA PRIMERA FORMA DE EVANGELIZACION ES EL TESTIMONIO
42. El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los
maestros;[69] cree más en la experiencia que en la doctrina, en
la vida y los hechos que en las teorías. El testimonio de vida
cristiana es la primera e insustituible forma de la misión:
Cristo, de cuya misión somos continuadores, es el « Testigo »
por excelencia (Ap 1, 5; 3, 14) y el modelo del testimonio
cristiano. El Espíritu Santo acompaña el camino de la Iglesia y
la asocia al testimonio que él da de Cristo (cf. Jn 15, 26-27).
La primera forma de testimonio es la vida misma del misionero,
la de la familia cristiana y de la comunidad eclesial, que hace
visible un nuevo modo de comportarse. El misionero que, aun con
todos los límites y defectos humanos, vive con sencillez según
el modelo de Cristo, es un signo de Dios y de las realidades
trascendentales. Pero todos en la Iglesia, esforzándose por
imitar al divino Maestro, pueden y deben dar este
testimonio,[70] que en muchos casos es el único modo posible de
ser misioneros.
El testimonio evangélico, al que el mundo es más sensible, es el
de la atención a las personas y el de la caridad para con los
pobres y los pequeños, con los que sufren. La gratuidad de esta
actitud y de estas acciones, que contrastan profundamente con el
egoísmo presente en el hombre, hace surgir unas preguntas
precisas que orientan hacia Dios y el Evangelio. Incluso el
trabajar por la paz, la justicia, los derechos del hombre, la
promoción humana, es un testimonio del Evangelio, si es un signo
de atención a las personas y está ordenado al desarrollo
integral del hombre.[71]
43. EL cristiano y las comunidades cristianas viven
profundamente insertados en la vida de sus pueblos respectivos y
son signo del Evangelio incluso por la fidelidad a su patria, a
su pueblo, a la cultura nacional, pero siempre con la libertad
que Cristo ha traído. El cristianismo está abierto a la
fraternidad universal, porque todos los hombres son hijos del
mismo Padre y hermanos en Cristo.
La Iglesia está llamada a dar su testimonio de Cristo, asumiendo
posiciones valientes y proféticas ante la corrupción del poder
político o económico; no buscando la gloria o bienes materiales;
usando sus bienes para el servicio de los más pobres e imitando
la sencillez de vida de Cristo. La Iglesia y los misioneros
deben dar también testimonio de humildad, ante todo en sí
mismos, lo cual se traduce en la capacidad de un examen de
conciencia, a nivel personal y comunitario, para corregir en los
propios comportamientos lo que es antievangélico y desfigura el
rostro de Cristo.
EL PRIMER ANUNCIO DE CRISTO SALVADOR
44. EL anuncio tiene la prioridad permanente en la misión: la
Iglesia no puede substraerse al mandato explícito de Cristo; no
puede privar a los hombres de la « Buena Nueva » de que son
amados y salvados por Dios. « La evangelización también debe
contener siempre -como base, centro y a la vez culmen de su
dinamismo- una clara proclamación de que en Jesucristo, se
ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y
de la misericordia de Dios ».[72] Todas las formas de la
actividad misionera están orientadas hacia esta proclamación que
revela e introduce el misterio escondido en los siglos y
revelado en Cristo (cf. Ef 3, 3-9; Col 1, 25-29), el cual es el
centro de la misión y de la vida de la Iglesia, como base de
toda la evangelización.
En la compleja realidad de la misión, el primer anuncio tiene
una función central e insustituible, porque introduce « en el
misterio del amor de Dios, quien lo llama a iniciar una
comunicación personal con él en Cristo »[73] y abre la vía para
la conversión. La fe nace del anuncio, y toda comunidad eclesial
tiene su origen y vida en la respuesta de cada fiel a este
anuncio.[74] Como la economía salvífica está centrada en Cristo,
así la actividad misionera tiende a la proclamación de su
misterio.
EL anuncio tiene por objeto a Cristo crucificado, muerto y
resucitado: en él se realiza la plena y auténtica liberación del
mal, del pecado y de la muerte; por él, Dios da la « nueva vida
», divina y eterna. Esta es la « Buena Nueva » que cambia al
hombre y la historia de la humanidad, y que todos los pueblos
tienen el derecho a conocer. Este anuncio se hace en el contexto
de la vida del hombre y de los pueblos que lo reciben. Debe
hacerse además con una actitud de amor y de estima hacia quien
escucha, con un lenguaje concreto y adaptado a las
circunstancias. En este anuncio el Espíritu actúa e instaura una
comunión entre el misionero y los oyentes, posible en la medida
en que uno y otros entran en comunión, por Cristo, con el
Padre.[75]
45. Al hacerse en unión con toda la comunidad eclesial, el
anuncio nunca es un hecho personal. El misionero está presente y
actúa en virtud de un mandato recibido y, aunque se encuentre
solo , está unido por vínculos invisibles, pero profundos, a la
actividad evangelizadora de toda la Iglesia.[76] Los oyentes,
pronto o más tarde, vislumbran a través de él la comunidad que
lo ha enviado y lo sostiene.
El anuncio está animado por la fe, que suscita entusiasmo y
fervor en el misionero. Como ya se ha dicho, los Hechos de los
Apóstoles expresan esta actitud con la palabra parresía, que
significa hablar con franqueza y valentía; este término se
encuentra también en san Pablo: « Confiados en nuestro Dios,
tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre
frecuentes luchas » (1 Tes 2, 2). « Orando ... también por mí,
para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a
conocer con valentía el misterio del Evangelio, del cual soy
embajador entre cadenas, y pueda hablar de él valientemente como
conviene » (Ef 6, 19-20).
Al anunciar a Cristo a los no cristianos, el misionero está
convencido de que existe ya en las personas y en los pueblos,
por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente,
por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el
camino que lleva a la liberación del pecado y de la muerte. El
entusiasmo por anunciar a Cristo deriva de la convicción de
responder a esta esperanza, de modo que el misionero no se
desalienta ni desiste de su testimonio, incluso cuando es
llamado a manifestar su fe en un ambiente hostil o indiferente.
Sabe que el Espíritu del Padre habla en él (cf. Mt 10, 17-20; Lc
12, 11-12) y puede repetir con los Apóstoles: « Nosotros somos
testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo » (Act 5,
32). Sabe que no anuncia una verdad humana, sino la « Palabra de
Dios », la cual tiene una fuerza intrínseca y misteriosa (cf.
Rom 1, 16).
La prueba suprema es el don de la vida, hasta aceptar la muerte
para testimoniar la fe en Jesucristo. Como siempre en la
historia cristiana, los « mártires », es decir, los testigos,
son numerosos e indispensables para el camino del Evangelio.
También en nuestra época hay muchos: obispos, sacerdotes,
religiosos y religiosas, así como laicos; a veces héroes
desconocidos que dan la vida como testimonio de la fe. Ellos son
los anunciadores y los testigos por excelencia.
CONVERSION Y BAUTISMO
46. El anuncio de la Palabra de Dios tiende a la conversión
cristiana, es decir, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a
su Evangelio mediante la fe. La conversión es un don de Dios,
obra de la Trinidad; es el Espíritu que abre las puertas de los
corazones, a fin de que los hombres puedan creer en el Señor y «
confesarlo » (cf. 1 Cor 12, 3). De quien se acerca a él por la
fe, Jesús dice: « Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha
enviado no lo atrae » (Jn 6, 44).
La conversión se expresa desde el principio con una fe total y
radical, que no pone límites ni obstáculos al don de Dios. Al
mismo tiempo, sin embargo, determina un proceso dinámico y
permanente que dura toda la existencia, exigiendo un esfuerzo
continuo por pasar de la vida « según la carne » a la « vida
según el Espíritu (cf. Rom 8, 3-13). La conversión significa
aceptar, con decisión personal, la soberanía de Cristo y hacerse
discípulos suyos.
La Iglesia llama a todos a esta conversión, siguiendo el ejemplo
de Juan Bautista que preparaba los caminos hacia Cristo, «
proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados
» (Mc 1, 4), y los caminos de Cristo mismo, el cual, « después
que Juan fue entregado, marchó ... a Galilea y proclamaba la
Buena Nueva de Dios: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de
Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" » (Mc 1,
14-15).
Hoy la llamada a la conversión, que los misioneros dirigen a los
no cristianos, se pone en tela de juicio o pasa en silencio. Se
ve en ella un acto de « proselitismo »; se dice que basta ayudar
a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia
religión; que basta formar comunidades capaces de trabajar por
la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Pero se olvida
que toda persona tiene el derecho a escuchar la « Buena Nueva »
de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en
plenitud la propia vocación. La grandeza de este acontecimiento
resuena en las palabras de Jesús a la Samaritana: « Si
conocieras el don de Dios » y en el deseo inconsciente, pero
ardiente de la mujer: « Señor, dame de esa agua, para que no
tenga más sed » (Jn 4,10.15).
47. Los Apóstoles, movidos por el Espíritu Santo, invitaban a
todos a cambiar de vida, a convertirse y a recibir el bautismo.
Inmediatamente después del acontecimiento de Pentecostés, Pedro
habla a la multitud de manera persuasiva « Al oír esto, dijeron
con el corazón compungido a Pedro y a los demás Apóstoles: "¿Qué
hemos de hacer, hermanos?" Pedro les contestó: "Convertíos y que
cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo
para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del
Espíritu Santo" » (Act 2, 37-38). Y bautizó aquel día cerca de
tres mil personas. Pedro mismo, después de la curación del
tullido, habla a la multitud y repite: « Arrepentíos, pues, y
convertíos, para que vuestros pecados sean borrados » (Act 3,
19).
La conversión a Cristo está relacionada con el bautismo, no sólo
por la praxis de la Iglesia, sino por voluntad del mismo Cristo,
que envió a hacer discípulos a todas las gentes y a bautizarlas
(cf. Mt 28, 19); está relacionada también por la exigencia
intrínseca de recibir la plenitud de la nueva vida en él: « En
verdad, en verdad te digo: -dice Jesús a Nicodemo- el que no
nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de
Dios » (Jn 3, 5). En efecto, el bautismo nos regenera a la vida
de los hijos de Dios, nos une a Jesucristo y nos unge en el
Espíritu Santo: no es un mero sello de la conversión, como un
signo exterior que la demuestra y la certifica, sino que es un
sacramento que significa y lleva a cabo este nuevo nacimiento
por el Espíritu; instaura vínculos reales e inseparables con la
Trinidad; hace miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.
Todo esto hay que recordarlo, porque no pocos, precisamente
donde se desarrolla la misión ad gentes, tienden a separar la
conversión a Cristo del bautismo, considerándolo como no
necesario. Es verdad que en ciertos ambientes se advierten
aspectos sociológicos relativos al bautismo que oscurecen su
genuino significado de fe y su valor eclesial. Esto se debe a
diversos factores históricos y culturales, que es necesario
remover donde todavía subsisten, a fin de que el sacramento de
la regeneración espiritual aparezca en todo su valor. A este
cometido deben dedicarse las comunidades eclesiales locales.
También es verdad que no pocas personas afirman que están
interiormente comprometidas con Cristo y con su mensaje, pero no
quieren estarlo sacramentalmente, porque, a causa de sus
prejuicios o de las culpas de los cristianos, no llegan a
percibir la verdadera naturaleza de la Iglesia, misterio de fe y
de amor.[77] Deseo alentar, pues, a estas personas a abrirse
plenamente a Cristo, recordándoles que, si sienten el atractivo
de Cristo, él mismo ha querido a la Iglesia como « lugar » donde
pueden encontrarlo realmente. Al mismo tiempo, invito a los
fieles y a las comunidades cristianas a dar auténtico testimonio
de Cristo con su nueva vida.
Ciertamente, cada convertido es un don hecho a la Iglesia y
comporta una grave responsabilidad para ella, no sólo porque
debe ser preparado para el bautismo con el catecumenado y
continuar luego con la instrucción religiosa, sino porque,
especialmente si es adulto, lleva consigo, como una energía
nueva, el entusiasmo de la fe, el deseo de encontrar en la
Iglesia el Evangelio vivido. Sería una desilusión para él, si
después de ingresar en la comunidad eclesial encontrase en la
misma una vida que carece de fervor y sin signos de renovación.
No podemos predicar la conversión, si no nos convertimos
nosotros mismos cada día.
FORMACION DE LAS IGLESIAS LOCALES
48. La conversión y el bautismo introducen en la Iglesia, donde
ya existe, o requieren la constitución de nuevas comunidades que
confiesen a Jesús Salvador y Señor. Esto forma parte del
designio de Dios, al cual plugo « llamar a los hombres a
participar de su vida no sólo individualmente, sin mutua
conexión alguna entre ellos, sino constituirlos en un pueblo en
el que sus hijos, que estaban dispersos, se congreguen en unidad
».[78]
La misión ad gentes tiene este objetivo: fundar comunidades
cristianas, hacer crecer las Iglesias hasta su completa madurez.
Esta es una meta central y específica de la actividad misionera,
hasta el punto de que ésta no puede considerarse desarrollada,
mientras no consiga edificar una nueva Iglesia particular, que
funcione normalmente en el ambiente local. De esto habla
ampliamente el Decreto Ad gentes.[79] Después del Concilio se ha
ido desarrollando una línea teológica para subrayar que todo el
misterio de la Iglesia está contenido en cada Iglesia
particular, con tal de que ésta no se aísle, sino que permanezca
en comunión con la Iglesia universal y, a su vez, se haga
misionera. Se trata de un trabajo considerable y largo, del cual
es difícil indicar las etapas precisas, con las que se termina
la acción propiamente misionera y se pasa a la actividad
pastoral. No obstante, algunos puntos deben quedar claros.
49. Es necesario, ante todo, tratar de establecer en cada lugar
comunidades cristianas que sean un « exponente de la presencia
de Dios en el mundo » [80] y crezcan hasta llegar a ser
Iglesias. A pesar del gran número de diócesis, existen todavía
grandes áreas en que las Iglesias locales o no existen en
absoluto o son insuficientes con respecto a la extensión del
territorio y a la densidad y variedad de la población; queda por
realizar un gran trabajo de implantación y desarrollo de la
Iglesia. Esta fase de la historia eclesial, llamada plantatio
Ecclesiae, no está terminada; es más, en muchos agrupamientos
humanos debe empezar aún.
La responsabilidad de este cometido recae sobre la Iglesia
universal y sobre las Iglesias particulares, sobre el pueblo de
Dios entero y sobre todas las fuerzas misioneras. Cada Iglesia,
incluso la formada por neoconvertidos, es misionera por
naturaleza, es evangelizada y evangelizadora, y la fe siempre
debe ser presentada como un don de Dios para vivirlo en
comunidad (familias, parroquias, asociaciones) y para irradiarlo
fuera, sea con el testimonio de vida, sea con la palabra. La
acción evangelizadora de la comunidad cristiana, primero en su
propio territorio y luego en otras partes, como participación en
la misión universal, es el signo más claro de madurez en la fe.
Es necesaria una radical conversión de la mentalidad para
hacerse misioneros, y esto vale tanto para las personas, como
para las comunidades. El Señor llama siempre a salir de uno
mismo, a compartir con los demás los bienes que tenemos,
empezando por el más precioso que es la fe. A la luz de este
imperativo misionero se deberá medir la validez de los
organismos, movimientos, parroquias u obras de apostolado de la
Iglesia. Sólo haciéndose misionera la comunidad cristiana podrá
superar las divisiones y tensiones internas y recobrar su unidad
y su vigor de fe.
Las fuerzas misioneras provenientes de otras Iglesias y países
deben actuar en comunión con las Iglesias locales para el
desarrollo de la comunidad cristiana. En particular, concierne a
ellas -siguiendo siempre las directrices de los Obispos y en
colaboración con los responsables del lugar- promover la
difusión de la fe y la expansión de la Iglesia en los ambientes
y grupos no cristianos; y animar en sentido misionero a las
Iglesias locales, de manera que la preocupación pastoral vaya
unida siempre a la preocupación por la misión ad gentes. Cada
Iglesia hará propia, entonces, la solicitud de Cristo, Buen
Pastor, que se entrega a su grey y al mismo tiempo, se preocupa
de las « otras ovejas que no son de este redil » (Jn 10, 15).
50. Esta solicitud constituirá un motivo y un estímulo para una
renovada acción ecuménica. Los vínculos existentes entre
actividad ecuménica y actividad misionera hacen necesario
considerar dos factores concomitantes. Por una parte se debe
reconocer que « la división de los cristianos perjudica a la
causa santísima de la predicación del Evangelio a toda criatura
y cierra a muchos las puertas de la fe ».[81] El hecho de que la
Buena Nueva de la reconciliación sea predicada por los
cristianos divididos entre sí debilita su testimonio, y por esto
es urgente trabajar por la unidad de los cristianos, a fin de
que la actividad misionera sea más incisiva. Al mismo tiempo, no
debemos olvidar que los mismos esfuerzos por la unidad
constituyen de por sí un signo de la obra de reconciliación que
Dios realiza en medio de nosotros.
Por otra parte, es verdad que todos los que han recibido el
bautismo en Cristo están en una cierta comunión entre sí, aunque
no perfecta. Sobre esta base se funda la orientación dada por el
Concilio: « En cuanto lo permitan las condiciones religiosas,
promuévase la acción ecuménica de forma que, excluida toda
especie tanto de indiferentismo y confusionismo como de
emulación insensata, los católicos colaboren fraternalmente con
los hermanos separados, según las normas del Decreto sobre el
Ecumenismo mediante la profesión común, en cuanto sea posible,
de la fe en Dios y en Jesucristo delante de las naciones y den
vida a la cooperación en asuntos sociales y técnicos, culturales
y religiosos ».[82]
La actividad ecuménica y el testimonio concorde de Jesucristo,
por parte de los cristianos pertenecientes a diferentes Iglesias
y comunidades eclesiales, ha dado ya abundantes frutos. Es cada
vez más urgente que ellos colaboren y den testimonio unidos, en
este tiempo en el que sectas cristianas y paracristianas
siembran confusión con su acción. La expansión de estas sectas
constituye una amenaza para la Iglesia católica y para todas las
comunidades eclesiales con las que ella mantiene un diálogo.
Donde sea posible y según las circunstancias locales, la
respuesta de los cristianos deberá ser también ecuménica.
LAS "COMUNIDADES ECLESIALES DE BASE" FUERZA EVANGELIZADORA
51. Un fenómeno de rápida expansión en las jóvenes Iglesias,
promovido, a veces, por los Obispos y sus Conferencias como
opción prioritaria de la pastoral, lo constituyen las «
comunidades eclesiales de base » (conocidas también con otros
nombres), que están dando prueba positiva como centros de
formación cristiana y de irradiación misionera. Se trata de
grupos de cristianos a nivel familiar o de ámbito restringido,
los cuales se reúnen para la oración, la lectura de la
Escritura, la catequesis, para compartir problemas humanos y
eclesiales de cara a un compromiso común. Son un signo de
vitalidad de la Iglesia, instrumento de formación y de
evangelización un punto de partida válido para una nueva
sociedad fundada sobre la « civilización del Amor ».
Estas comunidades descentralizan y articulan la comunidad
parroquial a la que permanecen siempre unidas; se enraízan en
ambientes populares y rurales, convirtiéndose en fermento de
vida cristiana, de atención a los últimos, de compromiso en pos
de la transformación de la sociedad. En ellas cada cristiano
hace una experiencia comunitaria, gracias a la cual también él
se siente un elemento activo, estimulado a ofrecer su
colaboración en las tareas de todos. De este modo, las mismas
comunidades son instrumento de evangelización y de primer
anuncio, así como fuente de nuevos ministerios, a la vez que,
animadas por la caridad de Cristo, ofrecen también una
orientación sobre el modo de superar divisiones, tribalismos y
racismos.
En efecto, toda comunidad, para ser cristiana, debe formarse y
vivir en Cristo, en la escucha de la Palabra de Dios, en la
oración centra da en la Eucaristía, en la comunión expresada en
la unión de corazones y espíritus, así como en el compartir
según las necesidades de los miembros (cf. Act 2, 42-47). Cada
comunidad -recordaba Pablo VI- debe vivir unida a la Iglesia
particular y universal, en sincera comunión con los Pastores y
el Magisterio, comprometida en la irradiación misionera y
evitando toda forma de cerrazón y de instrumentalización
ideológica.[83] Y el Sínodo de los Obispos ha afirmado: « Porque
la Iglesia es comunión, las así llamadas nuevas comunidades de
base, si verdaderamente viven en la unidad con la Iglesia, son
verdadera expresión de comunión e instrumento para edificar una
comunión más profunda. Por ello, dan una gran esperanza para la
vida de la Iglesia.[84]
ENCARNAR EL EVNAGELIO EN LAS CULTURAS DE LOS PUEBLOS
52. Al desarrollar su actividad misionera entre las gentes, la
Iglesia encuentra diversas culturas y se ve comprometida en el
proceso de inculturación. Es ésta una exigencia que ha marcado
todo su camino histórico, pero hoy es particularmente aguda y
urgente.
El proceso de inserción de la Iglesia en las culturas de los
pueblos requiere largo tiempo: no se trata de una mera
adaptación externa, ya que la inculturación « significa una
íntima transformación de los auténticos valores culturales
mediante su integración en el cristianismo y la radicación del
cristianismo en las diversas culturas ».[85] Es, pues, un
proceso profundo y global que abarca tanto el mensaje cristiano,
como la reflexión y la praxis de la Iglesia. Pero es también un
proceso difícil, porque no debe comprometer en ningún modo las
características y la integridad de la fe cristiana.
Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en
las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los
pueblos con sus culturas en su misma comunidad; [86] transmite a
las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en
ellas y renovándolas desde dentro.[87] Por su parte, con la
inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo
que es e instrumento más apto para la misión.
Gracias a esta acción en las Iglesias locales, la misma Iglesia
universal se enriquece con expresiones y valores en los
diferentes sectores de la vida cristiana, como la
evangelización, el culto, la teología, la caridad; conoce y
expresa aún mejor el misterio de Cristo, a la vez que es
alentada a una continua renovación. Estos temas, presentes en el
Concilio y en el Magisterio posterior, los he afrontado
repetidas veces en mis visitas pastorales a las Iglesias
jóvenes.[88]
La inculturación es un camino lento que acompaña toda la vida
misionera y requiere la aportación de los diversos colaboradores
de la misión ad gentes, la de las comunidades cristianas a
medida que se desarrollan, la de los Pastores que tienen la
responsabilidad de discernir y fomentar su actuación.[89]
53. Los misioneros, provenientes de otras Iglesias y países,
deben insertarse en el mundo sociocultural de aquellos a quienes
son enviados, superando los condicionamientos del propio
ambiente de origen. Así, deben aprender la lengua de la región
donde trabajan, conocer las expresiones más significativas de
aquella cultura, descubriendo sus valores por experiencia
directa. Solamente con este conocimiento los misioneros podrán
llevar a los pueblos de manera creíble y fructífera el
conocimiento del misterio escondido (cf. Rom 16, 25-27; Ef 3,
5). Para ellos no se trata ciertamente de renegar a la propia
identidad cultural, sino de comprender, apreciar, promover y
evangelizar la del ambiente donde actúan y, por consiguiente,
estar en condiciones de comunicar realmente con él, asumiendo un
estilo de vida que sea signo de testimonio evangélico y de
solidaridad con la gente.
Las comunidades eclesiales que se están formando, inspiradas en
el Evangelio, podrán manifestar progresivamente la propia
experiencia cristiana en manera y forma originales, conformes
con las propias tradiciones culturales, con tal de que estén
siempre en sintonía con las exigencias objetivas de la misma fe.
A este respecto, especialmente en relación con los sectores de
inculturación más delicados, las Iglesias particulares del mismo
territorio deberán actuar en comunión entre si [90] y con toda
la Iglesia, convencidas de que sólo la atención tanto a la
Iglesia universal como a las Iglesias particulares las harán
capaces de traducir el tesoro de la fe en la legitima variedad
de sus expresiones.[91] Por esto, los grupos evangelizados
ofrecerán los elementos para una « traducción » del mensaje
evangélico [92] teniendo presente las aportaciones positivas
recibidas a través de los siglos gracias al contacto del
cristianismo con las diversas culturas, sin olvidar los peligros
de alteraciones que a veces se han verificado.[93]
54. A este respecto, son fundamentales algunas indicaciones. La
inculturación, en su recto proceso debe estar dirigida por dos
principios: « la compatibilidad con el Evangelio de las varias
culturas a asumir y la comunión con la Iglesia universal ».[94]
Los Obispos, guardianes del « depósito de la fe » se cuidarán de
la fidelidad y, sobre todo, del discernimiento,[95] para lo cual
es necesario un profundo equilibrio; en efecto, existe el riesgo
de pasar acríticamente de una especie de alienación de la
cultura a una supervaloración de la misma, que es un producto
del hombre, en consecuencia, marcada por el pecado. También ella
debe ser « purificada, elevada y perfeccionada ».[96]
Este proceso necesita una gradualidad, para que sea
verdaderamente expresión de la experiencia cristiana de la
comunidad: « Será necesaria una incubación del misterio
cristiano en el seno de vuestro pueblo -decía Pablo VI en
Kampala-, para que su voz nativa, más límpida y franca, se
levante armoniosa en el coro de las voces de la Iglesia
universal ».[97] Finalmente, la inculturación debe implicar a
todo el pueblo de Dios, no sólo a algunos expertos, ya que se
sabe que el pueblo reflexiona sobre el genuino sentido de la fe
que nunca conviene perder de vista. Esta inculturación debe ser
dirigida y estimulada, pero no forzada, para no suscitar
reacciones negativas en los cristianos: debe ser expresión de la
vida comunitaria, es decir, debe madurar en el seno de la
comunidad, y no ser fruto exclusivo de investigaciones eruditas.
La salvaguardia de los valores tradicionales es efecto de una fe
madura.
EL DIALOGO CON LOS HERMANOS DE OTRAS RELIGIONES
55. El diálogo interreligioso forma parte de la misión
evangelizadora de la Iglesia. Entendido como método y medio para
un conocimiento y enriquecimiento recíproco , no está en
contraposición con la misión ad gentes; es más, tiene vínculos
especiales con ella y es una de sus expresiones. En efecto, esta
misión tiene como destinatarios a los hombres que no conocen a
Cristo y su Evangelio, y que en su gran mayoría pertenecen a
otras religiones. Dios llama a sí a todas las gentes en Cristo,
queriendo comunicarles la plenitud de su revelación y de su
amor; y no deja de hacerse presente de muchas maneras, no sólo
en cada individuo sino también en los pueblos mediante sus
riquezas espirituales, cuya expresión principal y esencial son
las religiones, aunque contengan « lagunas, insuficiencias y
errores ».[98] Todo ello ha sido subrayado ampliamente por el
Concilio Vaticano II y por el Magisterio posterior, defendiendo
siempre que la salvación viene de Cristo y que el diálogo no
dispensa de la evangelización.[99]
A la luz de la economía de la salvación, la Iglesia no ve un
contraste entre el anuncio de Cristo y el diálogo
interreligioso; sin embargo siente la necesidad de compaginarlos
en el ámbito de su misión ad gentes. En efecto, conviene que
estos dos elementos mantengan su vinculación íntima y, al mismo
tiempo, su distinción, por lo cual no deben ser confundidos, n | |