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Benedicto XVI: El anuncio del Evangelio, primer servicio de los cristianos
Discurso en el 40 aniversario del decreto conciliar «Ad gentes»
CIUDAD DEL VATICANO(ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció el 11 de marzo Benedicto XVI a los participantes en un congreso con ocasión del cuadragésimo aniversario del decreto del Concilio Vaticano II «Ad Gentes», convocado en Roma por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.
* * *
Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado;
queridos hermanos y hermanas:
Os saludo con afecto a todos vosotros, que habéis participado en el congreso
internacional organizado por la Congregación para la evangelización de los
pueblos y la Pontificia Universidad Urbaniana, con ocasión del 40° aniversario
del decreto conciliar «Ad gentes». Saludo en primer lugar al cardenal Crescenzio
Sepe, prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos, y le
agradezco las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Saludo a los
obispos y a los sacerdotes presentes, y a todos los que han participado en esta
iniciativa tan oportuna, porque responde a la exigencia de seguir profundizando
las enseñanzas del Vaticano II, para mostrar la fuerza propulsora dada por dicho
concilio a la vida y a la misión de la Iglesia.
En efecto, con la aprobación, el 7 de diciembre de 1965, del decreto «Ad
gentes», se dio un renovado impulso a la misión de la Iglesia. Se pusieron de
relieve mejor los fundamentos teológicos del compromiso misionero; su valor y su
actualidad ante las transformaciones del mundo y frente a los desafíos que la
modernidad plantea al anuncio del Evangelio (cf. n. 1). La Iglesia ha adquirido
una conciencia aún más clara de su innata vocación misionera, reconociendo en
ella un elemento constitutivo de su misma naturaleza. En obediencia al mandato
de Cristo, que envió a sus discípulos a anunciar el Evangelio a todas las gentes
(cf. Mt 28, 18-20), también en nuestra época la comunidad cristiana se siente
enviada a los hombres y a las mujeres del tercer milenio, para darles a conocer
la verdad del mensaje evangélico y abrirles de este modo el camino de la
salvación. Y esto —como decía— no es algo facultativo, sino la vocación propia
del pueblo de Dios, un deber que le incumbe por mandato del mismo Señor
Jesucristo (cf. «Evangelii nuntiandi», 5). Más aún, el anuncio y el testimonio
del Evangelio son el primer servicio que los cristianos pueden dar a cada
persona y a todo el género humano, por estar llamados a comunicar a todos el
amor de Dios, que se manifestó plenamente en el único Redentor del mundo,
Jesucristo.
La publicación del decreto conciliar «Ad gentes», sobre el que habéis
reflexionado oportunamente, ha permitido poner mejor de relieve la raíz
originaria de la misión de la Iglesia, es decir, la vida trinitaria de Dios, de
quien proviene el movimiento de amor que, desde las Personas divinas, se difunde
por la humanidad. Todo brota del corazón del Padre celestial, que tanto amó al
mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no muera,
sino que tenga vida eterna (cf. Jn 3, 16).
Con el misterio de la Encarnación, el Hijo unigénito fue constituido auténtico y
supremo mediador entre el Padre y los hombres. En él, muerto y resucitado, la
ternura providente del Padre alcanza a todo hombre de modos y por caminos que
sólo él conoce. La tarea de la Iglesia consiste en comunicar incesantemente este
amor divino, gracias a la acción vivificante del Espíritu Santo. En efecto, el
Espíritu es quien transforma la vida de los creyentes, liberándolos de la
esclavitud del pecado y de la muerte, y capacitándolos para testimoniar el amor
misericordioso de Dios, que en su Hijo, quiere hacer de la humanidad, una única
familia (cf. «Deus caritas est», 19).
Desde sus orígenes, el pueblo cristiano percibió con claridad la importancia de
comunicar, a través de una incesante acción misionera, la riqueza de este amor a
todos los que todavía no conocían a Cristo. Más aún, durante estos últimos años
se ha sentido la necesidad de reafirmar este compromiso, porque —como observó mi
amado predecesor Juan Pablo II— en la época moderna la «missio ad gentes» parece
sufrir a veces una fase de mayor lentitud debido a las dificultades del nuevo
marco antropológico, cultural, social y religioso de la humanidad. Hoy la
Iglesia está llamada a afrontar desafíos nuevos, y está dispuesta a dialogar con
culturas y religiones diversas, tratando de construir con toda persona de buena
voluntad la convivencia pacífica de los pueblos. Así, el campo de la missio ad
gentes se ha ampliado notablemente, y no se puede definir sólo basándose en
consideraciones geográficas o jurídicas; en efecto, los verdaderos destinatarios
de la actividad misionera del pueblo de Dios no son sólo los pueblos no
cristianos y las tierras lejanas, sino también los ámbitos socioculturales y,
sobre todo, los corazones.
Se trata de un mandato cuya fiel realización exige paciencia y clarividencia,
valentía y humildad, escucha de Dios y discernimiento vigilante de los «signos
de los tiempos». El decreto conciliar «Ad gentes» muestra cómo la Iglesia es
consciente de que, para que «lo que una vez se obró para todos en orden a la
salvación alcance su efecto en todos a través de los tiempos» (n. 3), es
necesario recorrer el mismo camino de Cristo, camino que conduce hasta la muerte
en la cruz. En efecto, la acción evangelizadora «debe avanzar por el mismo
camino por el que avanzó Cristo: esto es, el camino de la pobreza, la
obediencia, el servicio y la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que
surgió victorioso por su resurrección» (ib., 5). Sí, la Iglesia está llamada a
servir a la humanidad de nuestro tiempo, confiando únicamente en Jesús,
dejándose iluminar por su Palabra e imitándolo en su entrega generosa a los
hermanos. Ella es instrumento en sus manos, y por eso hace lo que puede,
consciente de que es siempre el Señor quien realiza todo.
Queridos hermanos y hermanas, gracias por la reflexión que habéis desarrollado
durante estos días, profundizando los contenidos y las modalidades de la
actividad misionera en nuestra época, en particular, poniendo de relieve la
tarea de la teología, que es también exposición sistemática de los diversos
aspectos de la misión de la Iglesia. Con la aportación de todos los cristianos
el anuncio del Evangelio resultará ciertamente cada vez más comprensible y
eficaz.
Que María, Estrella de la evangelización, ayude y sostenga a los que en
numerosas regiones del mundo trabajan en la vanguardia de la misión. A este
propósito, ¿cómo no recordar a todos los que, también recientemente, han dado la
vida por el Evangelio? Que su sacrificio obtenga una renovada primavera, rica en
frutos apostólicos para la evangelización. Oremos por esto, encomendando al
Señor a todos los que, de diversos modos, trabajan en la gran viña del Señor.
Con estos sentimientos, os imparto a vosotros aquí presentes la bendición
apostólica, extendiéndola de corazón a vuestros seres queridos y a las
comunidades eclesiales a las que pertenecéis.
EUROPA/ITALIA
Religiosos y religiosas llamados a "remar mar adentro" en el océano de Internet Roma (Agencia Fides) -
El prof. Vincenzo Comodo, Médico en Sociología y Ciencias de la Comunicación, docente en el ateneo Pontificio Regina Apostolorum y en el "Claretianum", ha publicado recientemente un libro titulado "Cons@crati on line. Rutas para la navegación de los religiosos en Internet" en el que trata la interesante y delicada relación entre Internet y la vida consagrada. A continuación publicamos una contribución sobre el tema. “Son cada vez más los consagrados que navegan por Internet; a la vez que aumentan los sitios realizados por ellos. Más que limitarse a registrar estos trends, es oportuno explorar la "conexión" que se ha creado entre Internet y la vida consagrada. Las motivaciones son varias, pero entre las más significativas cabe destacar: la importancia de ilustrar las potencialidades de la Red como lugar en que los consagrados puedan ampliar el mandato apostólico; la gran posibilidad de darse a conocer como Congregación, a nivel global. Podría parecer banal, pero para realizar esta "exploración" es fundamental saber que es Internet. Por una simple razón: Internet no es un tradicional medio de comunicación de masa como la televisión, la radio, el cine y la prensa, sino que es algo más. Mucho más: es un ambiente cultural. Tanto es así que en el hay de todo, se encuentra de todo: culturas de todo tipo, propuestas de cualquier género, gente de todas las nacionalidades. No cuesta mucho entender que es un territorio de encuentro global e interactivo. Es aquí, en efecto, donde surgen dinámicas inéditas de socialización de extensión planetaria; es aquí donde se difunden nuevos modos de producir y consumir cultura. A la luz de todo esto, no se puede descuidar la urgente necesidad de actualizar la relación entre los consagrados y el renovado sistema de la comunicación. Cabe destacar la importancia de modernizar algunas visiones tradicionales (pero no por ello superadas) de los medios de comunicación, basadas en el simple empleo pasivo y en la imposibilidad de participar activamente en el proceso de la comunicación - como ocurre, por ejemplo, viendo la televisión o leyendo un periódico. El por qué de esta actualización, pues, debe ser localizado específicamente en la libre accesibilidad de Internet. Quienquiera puede entrar; así como cada cultura puede estar presente y tener éxito. Pero tal urgencia se justifica sobre todo por las consecuencias negativas que esta total abertura puede provocar a los surfers más debilidades y solos, a la Iglesia, a su misión, a los mismos consagrados y sus Institut! os. Son muchos, en efecto, los que llenan la Red de sustancias inmorales y sucias; y no son pocos los despachadores de pseudo religiones, de culturas efímeras y anticristianas, por medio de las cuales atacan al pueblo de Dios, su obra salvadora y particularmente, el mundo de la vida consagrada,. A este respecto cabe pensar, por ejemplo, en tantos sitios que contienen imágenes y audiovisuales que se mofan de Cristo, los santos, el Papa, los sacerdotes, los religiosos y religiosas. ¿Entonces que hacer? ¿Sufrir estas ofensas o bien defenderse? ¿Abandonar a los navegantes en manos de las olas digitales o socorrerlos? ¿Dejar que las culturas adversas a la cristiana conquisten y dominen la Web? Ante estos interrogantes, es muy relevante ver como la Red constituye un inmenso territorio de desafío intercultural y de valores. Pero es igualmente significativo señalar precisamente entre los consagrados a los agentes de la comunicación y de la cultura que, por la fuerza de su misma consagración, pueden promover la cultura eclesial, anunciar el Evangelio y poner a salvo a quién pide ayuda en las agitadas aguas del océano de Internet. Sin embargo, se debe admitir que para ser @postol y agente de salvación on line, es indispensable conocer Internet "a fondo", sabiendo los riesgos y peligros que se esconden en el mismo, pero también los usos y abusos que se pueden hacer. Dentro del plano de las oportunidades disponibles a las Congregaciones, deben ser también consideradas las "aplicaciones" para promover los carismas de fundación y para poner en marcha nuevas iniciativas pastorales. De modo particular, de tipo vocacional. Basta pensar, por ejemplo, en las vocaciones "descubiertas" o que han nacido en Internet. También es de estimar la posibilidad de iniciar nuevos "programas" de comunicación interior a la vida consagrada: sea dentro de cada Instituto, sea en el campo intercongregacional: para compartir la consagración, poniendo en común el saber y las experiencias. En síntesis, son estas las principales cuestiones tratadas en el libro, presentado por Sor Enrica Rosanna, Subsecretaria de la Congregación pra los Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica. Sin la presunción de haber dicho todo sobre el argumento, tengo, sin embargo, la viva esperanza de haber ofrecido una pequeña contribución sobre como pueden ser los consagrados "pescadores de hombres" (cf. Mt 4, 19) mediante esta gran…Red". (Vincenzo Comodo)